Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

miércoles, 5 de agosto de 2009

El humilde misterio de Ars


Hace unos días atrás me regalaron un ejemplar atrasado de la revista 30 días (30 giorni) En la Iglesia y en el mundo, con un reportaje sobre el catolicismo en Francia, donde bajo el subtitulo “Sin inventarse nada” encuentro una breve descripción del humilde misterio de Ars. Transcribo esa parte del texto, que sin estridencias cuenta la historia de esa «sencilla oración».

"Ars no es un lugar para reuniones. Pocas casas inmersas en el campo tranquilo: las carmelitas, el convento de las clarisas, la calle que rodea la iglesia del cura Jean-Marie Vianney, el santo patrón de los párrocos. Allí dentro hay casi siempre alguien. Van solos, en grupos pequeños y grandes. Un flujo continuo y discreto. Casi medio millón de personas al año, «cada año un poco más, y entre ellos, los sacerdotes son más de ocho mil», añade el padre Jean-Philippe Nault, joven rector del santuario. Un aumento registrado en los últimos tiempos, después que durante lustros pareciera que el olvido había caído sobre san Juan Maria Vianney. En los años ochenta nació la Societè Jean-Marie Vianney: curas que no pretenden ninguna espiritualidad particular que no sea la que procede de su propia ordenación sacerdotal para la salvación de las almas.

Y este año, jubileo por los 150 años de la muerte del santo, el “programa” sigue siendo el mismo. Sin horario, uno puede confesarse y decir misa «soltar el peso de los pecados» y saborear un sorbo de misericordia. A cualquier hora, «desde las seis y media de la mañana hasta la noche». Dentro de poco abrirán una capilla para la adoración perpetua del Santísimo Sacramento. Es algo que ha pedido la gente del pueblo. Hace diez años – confiesa el padre Nault – algo así era inimaginable.
Cuando llegó Jean Marie, en febrero de 1818, la iglesia de Francia salía de las ruinas de la Revolución.

.La parroquia de Ars era como una tierra desolada. «Y el hizo solo lo que todo sacerdote, ordinariamente puede hacer: rezos, catecismo, confesar, celebrar la eucaristía, ayudar a los pequeños y los pobres» repite el obispo Bagnard. «Hasta el minúsculo agujero en el que había sido encerrado porque estaba incapacitado» escribe Renè Laurentin, «ha hecho que acuda la muchedumbre a escala nacional. Sin quererlo ha fundado un centro de peregrinación». Tampoco hoy hay necesidad de organizar nada. Vienen solos. «Es un santo pobre» repite el padre Nault, y «encontrar a un pobre no da miedo». Como Teresita. Como Bernardette. Ellos nos dicen: si tú eres pobre, yo lo soy más que tú. Somos pobres juntos, frente al Señor. Tú reza por mí y yo por ti»,
«Si el buen Dios hubiera encontrado un sacerdote más miserable que yo, repetía el cura de Ars, a él le hubieran pasado todas estas cosas maravillosas». Quizás también el mundo, en Francia como en cualquier otra parte, siente nostalgia de una Iglesia así. Una Iglesia que no pretende dictar ley, no se queja de los tiempos malos. Deja sólo que se asome al horizonte la esperanza del milagro. «Nos han contado tantas cosas, oh Reina de los apóstoles. Hemos perdido el gusto por los discursos. No tenemos ya altares sino los tuyos. No sabemos nada más, que una sencilla oración» (Charles Peguy)"

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