Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

miércoles, 21 de julio de 2010

"Y VOSOTROS QUIÉN DECÍS QUE SOY YO" responde Vittorio Messori


Restaurar la esperanza es el “trabajo humanitario” mas urgente.
“Pero vosotros quién decís que soy yo?” Desde que fuera planteada a los discípulos cerca de Cesarea-Filippa, esta pregunta no ha cesado de ser formulada a cada hombre y a cada mujer. Porque cada uno de nosotros – como bien expresara Pascal – “debe dar una respuesta, y aunque fuese negativa, debemos asumir el riesgo”.
Siempre ha sido así. La fe nunca ha sido un bien hereditario, transmitido de padre a hijo.
No obstante, hasta tiempos recientes – al menos en ciertas partes de algunos países – todavía existía una “cristianidad” un “mundo católico” que facilitaba que la fe se desarrollara espontáneamente desde la infancia, que creciera merced al ejemplo y la catequesis y que permaneciera hasta los sacramentos de “partida” de esta vida. Ya en ningún lugar es así. Hoy la fe recupera su carácter original: es un riesgo, una elección personal, asediada por todas partes por palabras y comportamientos discordantes. Creer hoy se esta convirtiendo o ya se ha convertido, en un acto anti conformista, militancia de minorías que van contra la corriente.

Por ello, la necesidad de una pastoral eclesial que no se limite a comentar los contenidos del Cristianismo, sino que indique sobre todo sus razones. Muchos discursos, dando la fe por sentado, que se limitan a inspirar consecuencias de naturaleza moral producen ineficacia total y absoluta. En realidad porque esforzarse en vivir “como cristiano” si ya no se está convencido que aquel Jesús es verdaderamente Cristo y que sus palabras son normativas porque nos vienen de Dios mismo?

También esto, evidentemente, es lo que el Santo Padre entiende por “nueva evangelización”: comenzar desde el principio, con el apostolado de la proclamación, dejando para más adelante el de catequesis, que solamente rendirá fruto cuando el “riesgo” sobre el Evangelio haya sido propuesto y aceptado.

Y a esto aspira, a mi entender, el programa de preparación para el Gran Jubileo cuyas etapas han sido prescriptas por el Papa Juan Pablo II:

Aquellos que llevan la fe en su corazón – y por lo tanto la Iglesia, la cual no puede subsistir sin sus fundamentos – deben comprometerse para que este tiempo que nos separa del cumpleaños del bimilenio de Jesús quede marcado por una búsqueda de razones que induzcan a los creyentes a ver en El, a Cristo, el Hijo de Dios vivo.

Este es un tiempo de kerygma, de nueva proclamación, a viva voz y clara, sin la cual el dialogo mismo (con el “mundo” o con otras religiones) pierde sentido. Es tiempo de redescubrir que entre las jerarquías evangélicas de valores, la caridad mas grande, la que precede a todas las demás, es la de la verdad. Ofrecer nueva Esperanza, mostrar sus razones, es la solidaridad mas urgente y mas loable, la mas valiosa de todo el “trabajo humanitario”.

Mas que del pan – dice el Evangelio – el hombre vive de la palabra de Dios.

Que los dos mil años del nacimiento del Redentor nos ayuden a redescubir esta realidad que arriesgamos olvidar en una rutina eclesial que frecuentemente se convierte en habito, o un cristianismo que es vivido, pero que sin motivaciones explicitas de fe, puede llegar a ser mera filantropía. Y esto tiene poco que ver con la verdadera caridad.
Vittorio Messori




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