Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

jueves, 1 de noviembre de 2012

Juan Pablo II : Mirar al Señor para ser radiantes




“La fiesta de hoy recuerda y propone a la meditación común algunos componentes fundamentales de nuestra fe cristiana. En el centro de la liturgia están sobre todo los grandes temas de la comunión de los santos, del destino universal de la salvación, de la fuente de toda santidad que es Dios mismo, de la esperanza cierta en la futura e indestructible unión con el Señor, de la relación existente entre salvación y sufrimiento, y de una bienaventuranza que ya desde ahora caracteriza a aquellos que se hallan en las condiciones descritas por Jesús en el Evangelio según Mateo. Pero la clave de toda esta rica temática es la alegría, como hemos rezado en la antífona de entrada: "Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos"; y se trata de una alegría genuina, límpida, corroborante, como la de quien se encuentra en una gran familia donde sabe que hunde sus propias raíces y de la que saca la linfa de la propia vitalidad y de la propia identidad espiritual.

Efectivamente, este día, en el que vivimos con acentos especiales la realidad vivificante de la comunión de los santos, debemos tener firmemente presente que en el comienzo, en la base, en el centro de esta comunión está Dios mismo, que no sólo nos llama a la santidad, sino que también y sobre todo nos la da magnánimamente en la sangre de Cristo, venciendo así nuestros pecados. He aquí por qué los santos del Apocalipsis "clamaban con grande voz diciendo: Salud a nuestro Dios... y al Cordero" (Ap 7, 10), y luego "cayeron sobre sus rostros delante del trono y adoraron a Dios, diciendo: Amén. Bendición, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos" (7, 11-12). También nosotros debemos cantar siempre al Señor un himno de gratitud y de adoración, como hizo María con su Magníficat para reconocer y proclamar gozosamente la magnificencia y la bondad del "Padre que nos ha hecho capaces de participar de la herencia de los santos en la luz... y nos trasladó al reino del Hijo de su amor" (Col 1, 12.13). Por esto, la fiesta de Todos los Santos nos invita también a no replegarnos nunca sobre nosotros mismos, sino a mirar al Señor para ser radiantes (cf. Sal 34, 6); a no considerar nuestras pobres virtudes, sino la gracia de Dios que siempre nos confunde (cf. Lc 19, 5-6); a no presumir de nuestras fuerzas, sino a confiar filialmente en Aquel que nos ha amado cuando todavía éramos pecadores (cf. Rom 5, 8); y también a no cansarnos jamás de obrar el bien, puesto que en todo caso nuestra santificación es "voluntad de Dios" (1 Tes 4, 3).

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