Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

sábado, 28 de noviembre de 2015

¡Salve, Madre de México!


“Desde que el indio Juan Diego hablara de la dulce Señora del Tepeyac, Tú, Madre de Guadalupe, entras de modo determinante en la vida cristiana del pueblo de México. No menor ha sido tu presencia en otras partes, donde tus hijos te invocan con tiernos nombres…”
“Este pueblo, que afectuosamente te llama “ la Morenita ”. Este pueblo –e indirectamente todo este inmenso continente - vive su unidad espiritual gracias al hecho de que Tú eres la Madre. Una Madre que, con su amor, crea, conserva, acrecienta espacios de cercanía entre sus hijos.

¡Salve, Madre de México!
¡Madre de América Latina!

Permite pues que yo, Juan Pablo II, Obispo de Roma y Papa, junto con mis hermanos en el Episcopado que representan a la Iglesia de México y de toda la América Latina, en este solemne momento, confiemos y ofrezcamos a Ti, sierva del Señor, todo el patrimonio del Evangelio, de la Cruz, de la Resurrección, de los que todos nosotros somos testigos, apóstoles, maestros y obispos.
¡Oh Madre! Ayúdanos a ser fieles dispensadores de los grandes misterios de Dios. Ayúdanos a enseñar la verdad que tu Hijo ha anunciado y a extender el amor, que es el principal mandamiento y el primer fruto del Espíritu Santo. Ayúdanos a confirmar a nuestros hermanos en la fe, ayúdanos a despertar la esperanza en la vida eterna. Ayúdanos a guardar los grandes tesoros encerrados en las almas del Pueblo de Dios que nos ha sido encomendado.
Te ofrecemos todo este Pueblo de Dios. Te ofrecemos la Iglesia de México y de todo el Continente. Te la ofrecemos como propiedad Tuya. Tú que has entrado tan adentro en los corazones de los fieles a través de la señal de Tu presencia, que es Tu imagen en el Santuario de Guadalupe, vive como en Tu casa en estos corazones, también en el futuro. Sé uno de casa en nuestras familias, en nuestras parroquias, misiones, diócesis y en todos los pueblos”

(Homilía del Papa Juan Pablo II en el Santuario de la Virgen de Guadalupe, Santuario del pueblo de México y de toda América Latina, con ocasión de la Inauguración de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano - Sábado 27 de enero de 1979)


Juan Pablo II a los sacerdotes y religiosos de México

“Sois sacerdotes y religiosos; no sois dirigentes sociales, líderes políticos o funcionarios de un poder temporal. Por eso os repito: “No nos hagamos la ilusión de servir al Evangelio si tratamos de 'diluir' nuestro carisma a través de un interés exagerado hacia el amplio campo de los problemas temporales” (Discurso al clero de Roma, 9 de noviembre de 1978) .No olvidéis que el liderazgo temporal puede fácilmente ser fuente de división, mientras el sacerdote debe ser signo y factor de unidad, de fraternidad. Las funciones seculares son el campo propio de acción de los laicos que han de perfeccionar las cosas temporales con el espíritu cristiano (cf. Apostolicam actuositatem, 4)”
(del Encuentro del Santo Padre Juan Pablo II con los sacerdotes diocesanos y religiosos en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe 27 de enero de 1979)


jueves, 26 de noviembre de 2015

“Mi reino no es de este mundo”


Mi reino no es de este mundo" (Jn 18, 33-36).

Pocos días después de haber asumido  el pontificado Juan Pablo II celebraba en Roma la fiesta de Cristo Rey. Era un 26 de noviembre de aquel primer año 1978.
En aquellas palabras de Juan el Papa nos hacia reflexionar acera de lo dicho por Pilatos y la respuesta de Jesús, nos presentaba las palabras dl Evangelio relacionándolas con el mundo de hoy y recordándonos el significado de aquellos momentos que parecieran tan lejanos y, sin embargo, tanto se relacionan a nuestra vida de hoy.

 “Dijo Pilato: "¿Eres tú el rey de los judíos? Respondió Jesús: ¿Por tu cuenta dices eso o te lo han dicho otros de mí? Pilato contesto: ¿Soy yo judío por ventura? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí; ¿qué has hecho? Jesús respondió: Mi reino no es de este mundo" (Jn 18, 33-36).
Estas palabras nos recuerdan sucesos pasados, que tuvieron lugar en la periferia lejana del gran Imperio romano. Pero que no carecen de significado. Sin duda resuenan también en ellas problemas de hoy, actuales. Al menos bajo ciertos aspectos. se podrían quizá encontrar en este diálogo los mismos debates que se dan hoy.
Cristo responde a la pregunta del juez y demuestra que es infundada la acusación contra Él. Él no propende al poder temporal.
Poco después será flagelado y coronado de espinas. Se burlarán de Él y le insultarán diciendo: "¡Salve, Rey de los judíos!" (Jn 19, 3). Jesús calla, como si con su silencio quisiera manifestar hasta el fondo lo que ya había respondido antes a Pilato.
2. Pero ésta no era aun la respuesta completa. Pilato se apercibía de ello. Y por esto le preguntó por segunda vez: "¿Luego tú eres rey?" (Jn 18, 37).
Pregunta extraña; extraña sobre todo después de lo que Cristo había declarado con tanta firmeza. Pero Pilato se daba cuenta de que la negación del acusado no lo agotaba todo: en el fondo de esta negación se escondía una afirmación. ¿Cuál? Y he aquí qué Cristo ayuda a Pilato-juez a encontrarla:
"Tú dices que soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad: todo el que es de la verdad oye mi voz" (Jn 18, 37).
Debemos reflexionar bien todos sobre la negación y la afirmación de Cristo.
La afirmación de Jesús no pertenece al proceso que tuvo lugar hace tiempo en los territorios lejanos del Imperio romano, sino que está siempre en el centro de nuestra vida. Es actual. Deben reflexionar sobre ello tanto los que dan las leyes, como los que gobiernan los Estados y los que juzgan.
Sobre esta afirmación deben reflexionar todos los cristianos, todos los hombres, ya que el hombre es siempre un ciudadano y, en consecuencia, pertenece a una determinada comunidad política, económica, nacional, internacional….”

(leer completo en el sitio de la Santa Sede) 



sábado, 7 de noviembre de 2015

Mediación materna de María, un don del Padre a la humanidad



María Mediadora
1. Entre los títulos atribuidos a María en el culto de la Iglesia, el capítulo VIII de la Lumen gentium recuerda el de «Mediadora». Aunque algunos padres conciliares no compartían plenamente esa elección (cf. Acta Synodalia III, 8, 163-164), este apelativo fue incluido en la constitución dogmática sobre la Iglesia, confirmando el valor de la verdad que expresa. Ahora bien, se tuvo cuidado de no vincularlo a ninguna teología de la mediación, sino sólo de enumerarlo entre los demás títulos que se le reconocían a María.
Por lo demás, el texto conciliar ya refiere el contenido del título de «Mediadora » cuando afirma que María «continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna » (Lumen gentium, 62).
Como recuerdo en la encíclica Redemptoris Mater, «la mediación de María está íntimamente unida a su maternidad y posee un carácter específicamente materno que la distingue del de las demás criaturas» (n. 38).
Desde este punto de vista, es única en su género y singularmente eficaz.
2. El mismo Concilio quiso responder a las dificultades manifestadas por algunos padres conciliares sobre el término «Mediadora», afirmando que María «es nuestra madre en el orden de la gracia» (Lumen gentium, 61). Recordemos que la mediación de María es cualificada fundamentalmente por su maternidad divina. Además, el reconocimiento de su función de mediadora está implícito en la expresión «Madre nuestra», que propone la doctrina de la mediación mariana, poniendo el énfasis en la maternidad. Por último, el título «Madre en el orden de la gracia» aclara que la Virgen coopera con Cristo en el renacimiento espiritual de la humanidad.
3. La mediación materna de María no hace sombra a la única y perfecta mediación de Cristo. En efecto, el Concilio, después de haberse referido a María «mediadora», precisa a renglón seguido: «Lo cual sin embargo, se entiende de tal manera que no quite ni añada nada a la dignidad y a la eficacia de Cristo, único Mediador» (ib., 62). Y cita, a este respecto, el conocido texto de la primera carta a Timoteo: «Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1 Tm 2, 5-6).
El Concilio afirma, además, que «la misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia» (Lumen gentium, 60).
Así pues, lejos de ser un obstáculo al ejercicio de la única mediación de Cristo, María pone de relieve su fecundidad y su eficacia. «En efecto, todo el influjo de la santísima Virgen en la salvación de los hombres no tiene su origen en ninguna necesidad objetiva, sino en que Dios lo quiso así. Brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia » (ib.).
(Juan Pablo II Audiencia General 1 de octubre de 1997 – texto completo en la pagina oficial de la SantaSede)