viernes, 28 de junio de 2019

Juan Pablo II : La devoción al Sagrado Corazon



La devoción al Sagrado Corazón, tal como se desarrolló en la Europa de hace dos siglos, bajo el impulso de las experiencias místicas de santa Margarita María Alacoque, fue la respuesta al rigorismo jansenista, que había acabado por desconocer la infinita misericordia de Dios. Hoy, a la humanidad reducida a una sola dimensión o, incluso, tentada de ceder a formas de nihilismo, si no teórico por lo menos práctico, la devoción al Corazón de Jesús le ofrece una propuesta de auténtica y armoniosa plenitud en la perspectiva de la esperanza que no defrauda.

Hace más o menos un siglo, un conocido pensador denunció la muerte de Dios. Pues bien, precisamente del Corazón del Hijo de Dios, muerto en la cruz, ha brotado la fuente perenne de la vida que da esperanza a todo hombre. Del Corazón de Cristo crucificado nace la nueva humanidad, redimida del pecado. El hombre del año 2000 tiene necesidad del Corazón de Cristo para conocer a Dios y para conocerse a sí mismo; tiene necesidad de él para construir la civilización del amor.

Os invito, por tanto, amadísimos hermanos y hermanas, a mirar con confianza al Sagrado Corazón de Jesús y a repetir a menudo, sobre todo durante este mes de junio:

¡Sacratísimo Corazón de Jesús, en ti confío!


Juan Pablo II : El valor de la alegría



Cuando yo era muchacho, leí algo sobre Andrew Carnegie, un escocés que marchó, con sus padres, a América, donde poco a poco llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo.
 No era católico, pero me impresionó el hecho de que hablara insistentemente de los gozos sanos y auténticos de su vida. 
«Nací en la miseria —decía—, pero no cambiaría los recuerdos de mi infancia por los de los hijos de los millonarios. ¿Qué saben ellos de las alegrías familiares, de la dulce figura de la madre que reúne en sí misma las funciones de niñera, lavandera, cocinera, maestro, ángel y santa?» Se había empleado, muy joven, en una hilandería de Pittsburg, con un estipendio de 56 miserables liras mensuales. 
Una tarde, en vez de pagarle enseguida, el cajero le dijo que esperase. Carnegie temblaba: «Ahora me despiden», pensó. Por el contrario, después de pagar a los demás, el cajero le dijo: «Andrew, he seguido atentamente tu trabajo y he sacado en conclusión que vale más que el de los otros. Te subo la paga a 67 liras» Carnegie volvió corriendo a su casa, donde la madre lloró de contento por la promoción del hijo. «Habláis de millonarios —decía Carnegie muchos años después—; todos mis millones juntos no me han dado jamás la alegría de aquellas once liras de aumento»


Oración de Juan Pablo II por los jóvenes


Señor Jesucristo 

conserva a estos jóvenes en tu amor.

Haz que oigan tu voz 

y crean en lo que dices, 

porque sólo tú tienes 
palabras de vida eterna.

Enséñales cómo profesar su fe, 

cómo dar su amor, 

cómo comunicar su esperanza 
a los demás.

Hazlos testigos convincentes 

de tu Evangelio, 

en un mundo que tanto necesita 
de tu gracia que salva.

Haz de ellos el nuevo pueblo 

de las Bienaventuranzas, 

para que sean la sal de la tierra 
y la luz del mundo 
al inicio del tercer milenio cristiano.

María, Madre de la Iglesia, 

protege y guía 

a estos muchachos y muchachas 
del siglo XXI.

Abrázalos a todos 

en tu corazón materno.


La esperanza - virtud teologal en las catequesis de Juan Pablo II



Para el Papa Juan, la segunda entre las siete “lámparas de la santificación” era la esperanza. Hoy voy a hablaros de esta virtud, que es obligatoria para todo cristiano.
Dante, en su Paraíso (cantos 24, 25 y 26) imaginó que se presentaba a un examen de cristianismo. El tribunal era de altos vuelos. «¿Tienes fe?», le pregunta, en primer lugar, San Pedro. «¿Tienes esperanza?», continúa Santiago. «¿Tienes caridad?», termina San Juan. «Sí, —responde Dante tengo fe, esperanza y caridad». Lo demuestra y pasa el examen con la máxima calificación.
He dicho que la esperanza es obligatoria; pero no por ello es fea o dura. Más aún, quien la vive, viaja en un clima de confianza y abandono, pudiendo decir con el salmista: “Señor, tú eres mi roca, mi escudo, mi fortaleza, mi refugio, mi lámpara, mi pastor, mi salvación. Aunque se enfrentara a mí todo un ejército, no temerá mi corazón; y si se levanta contra mí una batalla, aun entonces estaré confiado”.
Diréis quizá: ¿No es exageradamente entusiasta este salmista? ¿Es posible que a él le hayan salido siempre bien todas las cosas? No, no le salieron bien siempre. Sabe también, y lo dice, que los malos son muchas veces afortunados y los buenos oprimidos. Incluso se lamentó de ello alguna vez al Señor. Hasta llegó a decir: “¿Por qué duermes, Señor? ¿Por qué callas? Despiértate, escúchame, Señor”. Pero conservó la esperanza, firme e inquebrantable. A él y a todos los que esperan, se puede aplicar lo que de Abrahán dijo San Pablo: «Creyó esperando contra toda esperanza» (Rom. 4, 18.
Diréis todavía: ¿Cómo puede suceder esto? Sucede, porque nos agarramos a tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas. Y es Él, el Dios de la misericordia, quien enciende en mí la confianza; gracias a Él no me siento solo, ni inútil, ni abandonado, sino comprometido en un destino de salvación, que desembocará un día en el Paraíso.
He aludido a los Salmos. La misma segura confianza vibra en los libros de los Santos. Quisiera que leyerais una homilía predicada por San Agustín un día de Pascua sobre el Aleluya. El verdadero Aleluya —dice más o menos— lo cantaremos en el Paraíso. Aquél será el Aleluya del amor pleno; éste de acá abajo, es el Aleluya del amor hambriento, esto es, de la esperanza.
[…]
En Ostia, a la orilla del mar, en un famoso coloquio, Agustín y su madre Mónica, «olvidados del pasado y mirando hacia el porvenir, se preguntaban lo que sería la vida eterna» (Confess. IX núm. 10) Ésta es esperanza cristiana; a esa esperanza se refería el Papa Juan y a ella nos referimos nosotros cuando, con el catecismo, rezamos: «Dios mío, espero en vuestra bondad... la vida eterna y las gracias necesarias para merecerla con las buenas obras que debo y quiero hacer. Dios mío, que no quede yo confundido por toda la eternidad»
Esperanza, virtudes teologales


jueves, 27 de junio de 2019

Bajo tu amparo nos acogemos, oh Maria



Del saludo del Papa JuanPablo II  a la querida imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en la capilla de la santa Cruz en la iglesia parroquial de su pueblo natal Wadowice, durante el  viaje apostolico a Polonia en 1999.

«Sub tuum praesidium...». Bajo tu amparo nos acogemos, oh María.
A tu amor materno encomendamos el futuro de cada uno de nosotros, de nuestras familias y de toda la sociedad.

No desoigas la oración de tus hijos necesitados; antes bien, líbranos de todo peligro.
María, alcánzanos la gracia de la fe, de la esperanza y de la caridad, para que, siguiendo tu ejemplo y bajo tu guía, llevemos al nuevo milenio el testimonio del amor del Padre, de la muerte redentora y de la resurrección del Hijo, y la acción santificadora del Espíritu Santo.
Permanece con nosotros siempre.

Oh Virgen, gloriosa y bendita. Señora nuestra, Abogada nuestra, Mediadora nuestra, Consoladora nuestra, Madre nuestra. Amén.

miércoles, 26 de junio de 2019

Corazón de Jesús - templo santo de Dios




 En noviembre de 1989, el Papa Juan Pablo II completó una serie de mensajes que había empezado en 1985,  dedicada a un mismo tema: Las Letanías del Corazón de Jesús. La serie completa consta de 33 meditaciones sobre las invocaciones de las Letanías. Dio doce, de junio a septiembre de 1985 y diez, de junio a agosto de 1986. La serie fue interrumpida entonces por los temas dedicados al Año Mariano, 1987-88. Reanudó después las reflexiones sobre las letanías con 9 homilías dadas de julio a septiembre de 1989 y las dos últimas durante el mes de noviembre de 1989.

La siguiente es  del 9 de junio de 1985 


A la hora de la común oración del Ángelus, nos dirigimos, juntamente con María —por medio de su Corazón Inmaculado— al Corazón Divino de su Hijo. Corazón de Jesús - templo santo de Dios / Corazón de Jesús - tabernáculo del Altísimo.
Corazón de un Hombre semejante a tantos, a tantos otros corazones humanos y, a la vez, Corazón de Dios-Hijo.
Por tanto, si es verdad que cada uno de los hombres "habita", de algún modo, en su corazón, entonces en el Corazón del Hombre de Nazaret, de Jesucristo, habita Dios. Es "templo de Dios", por ser Corazón de este hombre.
Dios-Hijo está unido con el Padre, como Verbo Eterno, "Dios de Dios, Luz de Luz..., engendrado no creado".
El Hijo esta unido con el Padre en el Espíritu Santo, que es el "soplo" del Padre y del Hijo y es, en la Divina Trinidad, la Persona-Amor.
El Corazón del Hombre Jesucristo es, pues, en el sentido trinitario, "templo de Dios": es el templo interior del Hijo que está unido con el Padre en el Espíritu Santo mediante la unidad de la Divinidad. ¡Qué inescrutable permanece el misterio de este Corazón, que es "templo de Dios" y "tabernáculo del Altísimo"!
Al mismo tiempo, es la verdadera "morada de Dios con los hombres" (Ap 21, 3), porque el Corazón de Jesús, en su templo interior, abraza a todos los hombres. Todos habitan allí, abrazados por el eterno amor. A todos pueden dirigirse —en el Corazón de Jesús— las palabras del Profeta: "Con amor eterno te amé, / por eso prolongué mi misericordia (Jer 31, 3).
Que esta fuerza del eterno amor que está en el Corazón divino de Jesús, se comunique hoy de modo particular a los jóvenes que reciben la confirmación.
En ellos debe habitar de modo particular el Espíritu Santo.
Que se conviertan, pues, también sus corazones —a semejanza de Cristo— en "templo santo de Dios" y "tabernáculo del Altísimo".
Con frecuencia he oído cantar a los jóvenes: "¿Vosotros sabéis que sois un templo?". Sí, somos templo de Dios y el Espíritu Santo habita en nosotros, según las palabras de San Pablo (cf. 1 Cor 3, 16).
Por medio del Corazón Inmaculado de María permanezcamos en la Alianza con el Corazón de Jesús, que es "templo de Dios", el más espléndido "tabernáculo del Altísimo", el más perfecto.


martes, 25 de junio de 2019

Corazón de Jesús, "lleno de bondad y de amor".



Deseamos, en nuestra plegaria del Angelus Domini, dirigirnos al Corazón de Cristo, siguiendo las palabras de las letanías.
Deseamos hablar al Corazón del Hijo mediante el Corazón de la Madre. ¿Qué puede haber más bello que el coloquio de estos dos corazones? Queremos participar en él.
 El Corazón de Jesús es "horno ardiente de caridad", porque el amor posee algo de la naturaleza del fuego, que arde y quema para iluminar y calentar.
Al mismo tiempo, en el sacrificio del Calvario el corazón del Redentor no fue aniquilado con el fuego del sufrimiento. Aunque humanamente muerto, como constató el centurión romano traspasando con la lanza el costado de Cristo, en la economía divina de la salvación este Corazón quedó vivo, como manifestó la resurrección.
 Y he aquí que el Corazón vivo del Redentor resucitado y glorificado está "lleno de bondad y de amor": infinita y sobreabundantemente lleno. El rebosar del corazón humano alcanza en Cristo la medida divina.
Así fue este Corazón ya durante los días de la vida terrena. Lo testimonia cuanto está narrado en el Evangelio. La plenitud del amor se manifiesta a través de la bondad: a través de la bondad irradiaba y se difundía sobre todos, en primer lugar sobre los que sufren y los pobres. Sobre todos según sus necesidades y expectativas más verdaderas.
Así es el Corazón humano del Hijo de Dios, incluso después de la experiencia de la cruz y del sacrificio. Mejor dicho, todavía más: rebosante de amor y de bondad.
 En el momento de la anunciación comenzó el coloquio del Corazón de la Madre con el Corazón del Hijo. Nos unimos hoy a este coloquio, meditando el misterio de la Encarnación en la plegaria del Angelus Domini.


miércoles, 19 de junio de 2019

Corazón de Jesús, "santuario de justicia y amor".




En noviembre de 1989, el Papa Juan Pablo II completó una serie de mensajes que había empezado en 1985,  dedicada a un mismo tema: Las Letanías del Corazón de Jesús. La serie completa consta de 33 meditaciones sobre las invocaciones de las Letanías. Dio doce, de junio a septiembre de 1985 y diez, de junio a agosto de 1986. La serie fue interrumpida entonces por los temas dedicados al Año Mariano, 1987-88. Reanudó después las reflexiones sobre las letanías con 9 homilías dadas de julio a septiembre de 1989 y las dos últimas durante el mes de noviembre de 1989.

La siguiente es  del 14 de julio de 1985 


La oración del "Ángelus" nos recuerda cada vez ese momento salvífico en el que, bajo el Corazón de la Virgen de Nazaret, comenzó a latir el Corazón del Verbo, del Hijo de Dios En su seno se hizo hombre, por obra del Espíritu Santo. En el seno de María fue concebido el hombre, y fue concebido el Corazón.

 Este Corazón es ―como todo corazón humano― un centro, un santuario en el que palpita con un ritmo especial la vida espiritual. Corazón, insustituible resonancia de todo lo que experimenta el espíritu del hombre.

Todo corazón humano está llamado a palpitar con el ritmo de la justicia y del amor. Por esto se mide la verdadera dignidad del hombre.

¡El Corazón de Jesús palpita con el ritmo de la justicia y del amor según la misma medida divina! Este es precisamente el Corazón del Dios-Hombre. En Él se debe cumplir hasta el final toda justicia de Dios hacia el hombre, y también, en cierto sentido, la justicia del hombre hacia Dios. En el corazón humano del Hijo de Dios se ofrece a la humanidad la justicia de Dios mismo.

Esta justicia es al mismo tiempo el don del Amor.

Mediante el Corazón de Jesús el amor entra en la historia de la humanidad como Amor subsistente: "porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo" (Jn 3, 16).

 Deseamos mirar con los ojos de la Virgen Inmaculada la luz de aquel admirable misterio: ¡La justicia que se revela como Amor! ¡Amor que llena hasta el borde toda medida de la justicia! ¡Y la sobrepasa!
Oremos: a fin de que mediante tu Corazón, oh Madre de Dios, el Corazón de Jesús, como "santuario de justicia y amor", se convierta para nosotros en "camino, verdad y vida".

lunes, 17 de junio de 2019

¡Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad!

 En noviembre de 1989, el Papa Juan Pablo II completó una serie de mensajes que había empezado en 1985,  dedicada a un mismo tema: Las Letanías del Corazón de Jesús. La serie completa consta de 33 meditaciones sobre las invocaciones de las Letanías. Dio doce, de junio a septiembre de 1985 y diez, de junio a agosto de 1986. La serie fue interrumpida entonces por los temas dedicados al Año Mariano, 1987-88. Reanudó después las reflexiones sobre las letanías con 9 homilías dadas de julio a septiembre de 1989 y las dos últimas durante el mes de noviembre de 1989.


La siguiente es  del 10 de agosto de 1986 

Recordemos cuando Jesús se acercó a la pequeña ciudad de Samaria, llamada Sicar, donde se encontraba una fuente que se remontaba a los tiempos del Patriarca Jacob.
En aquel lugar encontró a una samaritana, que se acercaba para sacar agua de la fuente. Él le dice: "Dame de beber". La mujer responde: "¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, mujer samaritana?".

Entonces Jesús replicó: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría a ti agua viva".

Y continuó: "El agua que yo te dé se hará en ti fuente que salte hasta la vida eterna" (cf. Jn 4, 5-14).
¡Fuente! ¡Fuente de vida y de santidad!

En otra ocasión, en el último día de la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén, Jesús ―como escribe también el Evangelista Juan― "gritó, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, según dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su seno". El Evangelista añade: "Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él" (Jn 7, 37-39).

Todos deseamos acercarnos a esta fuente de agua viva. Todos deseamos beber del Corazón divino, que es fuente de vida y de santidad.

En Él nos ha sido dado el Espíritu Santo, que se da constantemente a todos aquellos que con adoración y amor se acercan a Cristo, a su Corazón.

Acercarse a la fuente quiere decir alcanzar el principio. No hay en el mundo creado otro lugar del cual pueda brotar la santidad para la vida humana, fuera de este Corazón, que ha amado tanto. "Ríos de agua viva" han manado de tantos corazones... y ¡manan todavía! De ello dan testimonio los Santos de todos los tiempos.

Te pedimos, Madre de Cristo, que seas nuestra Guía al Corazón de tu Hijo. Te pedimos que nos acerques a Él y nos enseñes a vivir en intimidad con este Corazón, que es fuente de vida y de santidad.

sábado, 15 de junio de 2019

Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido

En noviembre de 1989, el Papa Juan Pablo II completó una serie de mensajes que había empezado en 1985,  dedicada a un mismo tema: Las Letanías del Corazón de Jesús. La serie completa consta de 33 meditaciones sobre las invocaciones de las Letanías. Dio doce, de junio a septiembre de 1985 y diez, de junio a agosto de 1986. La serie fue interrumpida entonces por los temas dedicados al Año Mariano, 1987-88. Reanudó después las reflexiones sobre las letanías con 9 homilías dadas de julio a septiembre de 1989 y las dos últimas durante el mes de noviembre de 1989.
La siguiente es  del 13 de julio de 1986

(Basílica del Sagrado Corazon en Paris, donde desde 1885 se expone el Santisimo Sacramento en adoración perpetua)

Congregados para rezar el Ángelus, nos unimos a María en el momento de la Anunciación, cuando el Verbo se hizo carne y vino a habitar bajo su Corazón: el Corazón de la Madre.
Nos unimos, pues, al Corazón de la Madre, que desde el momento de la concepción conoce mejor el corazón humano de su divino Hijo: "De su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia", así escribe el Evangelista Juan (Jn 1, 16).

¿Qué es lo que determina la plenitud del corazón? ¿Cuándo podemos decir que el corazón está pleno? ¿De qué está lleno el Corazón de Jesús?
Está lleno de amor.

El amor decide sobre esta plenitud del corazón del Hijo de Dios, a la que nos dirigimos hoy en la oración.

Es un Corazón lleno de amor del Padre: lleno al modo divino y al mismo tiempo humano. En efecto, el Corazón de Jesús es verdaderamente el corazón humano de Dios-Hijo. Está, pues, lleno de amor filial: todo lo que Él ha hecho y dicho en la tierra da testimonio precisamente de ese amor filial.

Al mismo tiempo el amor filial del Corazón de Jesús ha revelado ―y revela continuamente al mundo― el amor del Padre. El Padre, en efecto, "tanto amó al mundo, que le dio su unigénito Hijo" (Jn 3, 16) para la salvación del mundo; para la salvación del hombre, para que él "no perezca, sino que tenga la vida eterna" (ib.).

El Corazón de Jesús está por tanto lleno de amor al hombre. Está lleno de amor a la creatura. 
Lleno de amor al mundo.

¡Está totalmente lleno!
Esa plenitud no se agota nunca.
Cuando la humanidad gasta los recursos materiales de la tierra, del agua, del aire, estos recursos disminuyen, y poco a poco se acaban.

Se habla mucho de este tema relativo a la explotación acelerada de dichos recursos que se lleva a cabo en nuestros días. De aquí derivan advertencias tales como: "No explotar sobre medida".
Muy distinto sucede con el amor. Todo lo contrario sucede con la plenitud del Corazón de Jesús.
No se agota nunca, ni se agotará jamás.

De esta plenitud todos recibimos gracia sobre gracia. Sólo es necesario que se dilate la medida de nuestro corazón, nuestra disponibilidad para sacar de esa sobreabundancia de amor.

Precisamente para esto nos unimos al Corazón de María.

viernes, 14 de junio de 2019

"Corazón de Jesús, en el que están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia".



(vitral Iglesia Santa Efigenia, San Pablo, Brasil)

En noviembre de 1989, el Papa Juan Pablo II completó una serie de mensajes que había empezado en 1985,  dedicada a un mismo tema: Las Letanías del Corazón de Jesús. La serie completa consta de 33 meditaciones sobre las invocaciones de las Letanías. Dio doce, de junio a septiembre de 1985 y diez, de junio a agosto de 1986. La serie fue interrumpida entonces por los temas dedicados al Año Mariano, 1987-88. Reanudó después las reflexiones sobre las letanías con 9 homilías dadas de julio a septiembre de 1989 y las dos últimas durante el mes de noviembre de 1989.
La siguiente es  del 1 deseptiembre de 1985

Esta invocación de las letanías del Sagrado Corazón, tomada de la Carta a los Colosenses (2, 3), nos hace comprender la necesidad de ir al Corazón de Cristo para entrar en la plenitud de Dios.
La ciencia, de la que se habla, no es la ciencia que hincha (cf. 1 Cor 8, 2), fundada en el poder humano. Es sabiduría divina, un misterio escondido durante siglos en la mente de Dios, Creador del universo (Ef 3, 9). Es una ciencia nueva, escondida a los sabios y a los entendidos del mundo, pero revelada a los pequeños (Mt 11, 25), ricos en humildad, sencillez, pureza de corazón.
Esta ciencia y esta sabiduría consisten en conocer el misterio de Dios invisible, que llama a los hombres a ser partícipes de su divina naturaleza y los admite a la comunión con Él.
Nosotros sabemos estas cosas porque Dios mismo se ha dignado revelárnoslas por medio del Hijo, que es sabiduría de Dios (1Cor 1, 24).
Todas las cosas que hay en la tierra y en los cielos, han sido creadas por medio de Él y para Él (Col 1, 16). La sabiduría de Cristo es más grande que la de Salomón (Lc 11, 31). Sus riquezas son inescrutables (Ef 3, 8). Su amor sobrepasa todo conocimiento. Pero con la fe somos capaces de comprender, juntamente con todos los santos, su anchura, su largura, altitud y profundidad (Ef 3, 18).
Al conocer a Jesús, conocemos también a Dios. El que le ve a Él, ve al Padre (Jn 14, 9). Con Él apareció el amor de Dios en nuestros corazones (Rom. 5, 5).
La ciencia humana es como el agua de nuestras fuentes: quien la bebe, vuelve a tener sed. La sabiduría y la ciencia de Jesús, en cambio, abren los ojos de la mente, mueven el corazón en la profundidad del ser y engendran al hombre en el amor trascendente; liberan de las tinieblas del error, de las manchas del pecado, del peligro de la muerte, y conducen a la plenitud de la comunión de esos bienes divinos, que trascienden la comprensión de la mente humana (Dei Verbum, 6).
Con la sabiduría y la ciencia de Jesús, nos arraigamos y fundamentamos en la caridad (Ef 3, 17). Se crea el hombre nuevo, interior, que pone a Dios en el centro de su vida y a sí mismo al servicio de los hermanos.
Es el grado de perfección que alcanza María, Madre de Jesús y Madre nuestra; ejemplo único de criatura nueva, enriquecida con la plenitud de gracia y dispuesta a cumplir la voluntad de Dios: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Y por esto, nosotros la invocamos como "Trono de la Sabiduría".

sábado, 8 de junio de 2019

Santa Eduvigis fundadora de la Universidad Jaguellonica de Cracovia


Durante su viaje apostolico a Polonia de 1997 el Santo Padre Juan Pablo II dedicadaba una parte de su discurso con ocasión del VI centeneario de la fundación de la UniversidadJaguellonica a la fundadora de la Universidad Santa Jadwiga, a su esfuerzo y tesón en enriquecer la cultura polaca.
“Durante esta ceremonia jubilar dirigimos nuestra gratitud a la figura de santa Eduvigis, Señora de Wawel, fundadora de la Universidad Jaguellónica y de la facultad de teología. Por una admirable disposición de la divina Providencia, las celebraciones del VI centenario coinciden hoy con su canonización, tanto tiempo esperada en Polonia, y especialmente en Cracovia y en su ambiente académico. Todos anhelaban grandemente esta canonización. Tanto el Senado académico de la Universidad Jaguellónica como el de la Academia pontificia de teología lo han expresado con cartas dirigidas a mí.

La santa fundadora de la Universidad, Eduvigis, sabía, con la sabiduría propia de los santos, que la universidad, como comunidad de hombres que buscan la verdad, es indispensable para la vida de la nación y para la de la Iglesia. Por eso, se esforzó con perseverancia por hacer que renaciera la Academia de Cracovia, fundada por Casimiro, y por enriquecerla con la facultad de teología. Un acontecimiento sumamente importante, pues, según los criterios de la época, sólo la fundación de la facultad de teología confería a un ateneo pleno derecho de ciudadanía y una especie de ennoblecimiento en el mundo académico.

Eduvigis abogó por esta fundación con perseverancia ante el Papa Bonifacio IX, el cual, en 1397, precisamente hace seiscientos años, acogió la solicitud, erigiendo en la Universidad Jaguellónica la facultad de teología con la solemne bula Eximiae devotionis affectus. Solamente entonces la universidad de Cracovia comenzó a existir plenamente en el mapa de las universidades europeas, y el Estado jaguellónico elevó su nivel a la altura de los países occidentales.

La universidad de Cracovia se desarrolló muy rápidamente. Durante el siglo XV alcanzó el nivel de las mayores y más conocidas universidades de la Europa de entonces. Se la comparaba con la Sorbona de París o con otras más antiguas que ella, como las universidades italianas de Bolonia y Padua, sin olvidar las universidades cercanas a Cracovia: las de Praga, Viena y Pecs, en Hungría. Ese período de oro en la historia de la universidad fructificó en numerosas figuras de eminentes profesores y estudiantes. Me limitaré a nombrar solamente dos: Paweł Włodkowic y Nicolás Copérnico.

La obra de Eduvigis dio frutos también en otra dimensión. En efecto, el siglo XV, en la historia de Cracovia, es el siglo de los santos y éstos estuvieron vinculados estrechamente a la Universidad Jaguellónica. En esa época aquí estudiaba, y más tarde dio clases, san Juan de Kety, cuyos restos mortales se encuentran precisamente en esta Colegiata académica de Santa Ana. Y, además de él, se formaron aquí algunos otros, como el beato Estanislao Kazimierczyk, Simón de Lipnica, Ladislao de Gielniów, o Miguel Giedroya, Isaac Boner, Miguel de Cracovia y Mateo de Cracovia, que tienen fama de santidad. Son solamente algunos entre la multitud de los que, buscando la verdad, llegaron a la cima de la santidad y forman la belleza espiritual de esta universidad. Creo que, durante esta celebración jubilar, no podemos olvidar esta dimensión.

3. Permitidme, queridos señores, que me dirija ahora directamente a la Academia pontificia de teología de Cracovia, heredera de la facultad de teología de la Universidad Jaguellónica, fundada por santa Eduvigis hace seiscientos años. No sólo en la historia de la teología polaca, sino también en la de la ciencia y la cultura polaca, ha desempeñado —como he dicho— un papel excepcional. He estado estrechamente unido a esa facultad porque hice en ella mis estudios de filosofía y teología durante la ocupación, es decir, en la clandestinidad, y sucesivamente porque conseguí en ella el doctorado y la habilitación.

Hoy vuelven a mi memoria, ante todo, los años de las dramáticas luchas por su existencia en el período de la dictadura comunista. Yo personalmente participé en ellas como arzobispo de Cracovia. Ese doloroso período merece, bajo cualquier punto de vista, una esmerada documentación y un profundo estudio histórico. La Iglesia nunca se resignó al hecho de una liquidación unilateral e injusta de la Facultad por parte de las autoridades del Estado de entonces. Hizo todo lo posible para que el ambiente universitario de Cracovia no quedase privado de un «Studium» académico de teología.”

Invito leer posto etiquetado Santa Jadwiga, reina de Polonia
 

viernes, 7 de junio de 2019

40 años de la primera visita de Juan Pablo II como Papa a Auswtitz


Se cumplen 40 años desde que Juan Pablo II visito,  por primera vez como Papa,  ese lugar tan venerado por él,  el campo de exterminio de Auschitz-Birkenau en su Polonia natal.
Alli donde “fue pisoteada de modo tan horrendo la humanidad, la dignidad humana” decia, entre otros:
“¿Puede todavía extrañarse alguien de que el Papa, nacido y educado en esta tierra; el Papa que ha ido a la Sede de San Pedro desde la diócesis en cuyo territorio se halla el campo de Auschwitz, haya comenzado su primera Encíclica con las palabras Redemptor hominis y que la haya dedicado en conjunto a la causa del hombre, a la dignidad del hombre, a las amenazas contra él y, en fin, a sus derechos? ¡Derechos inalienables que tan fácilmente pueden ser pisoteados y aniquilados por... el ser humano! Es suficiente revestir al hombre de un uniforme diverso, armarlo con instrumentos de violencia, basta imponerle la ideología en la que los derechos del hombre quedan sometidos a las exigencias del sistema... completamente sometidos, de modo que, de hecho, dejan de existir.
Vengo aquí hoy como peregrino. Se sabe que he estado aquí muchas veces... ¡Cuántas veces!
(…)
Vengo para mirar, junto con vosotros, independientemente de vuestra fe, una vez más a los ojos de la causa del ser humano
(…)
Ciertamente, vengo para orar junto con todos vosotros que habéis llegado aquí —y al mismo tiempo con toda Polonia— y con toda Europa. Cristo quiere que yo, Sucesor de Pedro, dé testimonio ante el mundo de lo que constituye la grandeza del hombre de nuestros tiempos y de su miseria. De lo que constituye su derrota y su victoria.
Vengo pues y me arrodillo en este Gólgota del mundo contemporáneo, sobre estas tumbas, en gran parte sin nombre, como la gran tumba del Soldado Desconocido. Me arrodillo delante de todas las lápidas de Birkenau, en las que se ha grabado la conmemoración de las víctimas de Auschwitz en las siguientes lenguas: polaco, inglés, búlgaro, cíngaro, checo, danés, francés, griego, hebreo, yidis, español, flamenco, serbo-croata, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro, italiano.
En particular, me detengo junto con vosotros, queridos participantes de este encuentro, ante la lápida con la inscripción en lengua hebrea. Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abrahán, que es padre de nuestra fe (cf. Rom 4, 12), como dijo Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que ha recibido de Dios el mandamiento de "no matar", ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia.
Quiero detenerme, además, delante de otra lápida: la que está en lengua rusa. No añado ningún comentario. Sabemos de qué nación habla. Sabemos qué parte ha tenido esta nación, durante la última guerra por la libertad de los pueblos. Tampoco ante esta lápida se puede pasar con indiferencia.
Finalmente, la última lapida: la que está en lengua polaca. Son seis millones de polacos los que perdieron la vida durante la segunda guerra mundial: la quinta parte de la nación. Una etapa más de las luchas seculares de esta nación, de mi nación, por sus derechos fundamentales entre los pueblos de Europa. Un nuevo alto grito por el derecho a un puesto propio en el mapa de Europa. Una dolorosa cuenta con la conciencia de la humanidad.
He elegido tres lápidas. Sería necesario detenerse ante cada una de ellas, y así lo haremos.
 Auschwitz es una cuenta con la conciencia de la humanidad mediante estas lápidas que dan testimonio de las víctimas que habían perdido las naciones. Auschwitz es un lugar que no basta solo visitarlo. Durante la visita hay que pensar con temor dónde están las fronteras del odio.
Auschwitz es un testimonio de la guerra. La guerra lleva consigo un desmedido crecimiento del odio, de la destrucción, de la crueldad. Y si no se puede negar que manifiesta también nuevas posibilidades de la valentía humana, del heroísmo, del patriotismo, queda sin embargo el hecho de que en ella prevalece la cuenta de las pérdidas. Prevalece tanto más, cuanto más la guerra se convierte en el juego de la bien calculada técnica de la destrucción. De la guerra son responsables no sólo los que la causan directamente, sino también aquellos que no hacen todo lo posible por impedirla.”
(…)
hablo no solo por los cuatro millones que murieron en este enorme campo. Hablo en nombre de todas las naciones, cuyos derechos son violados y olvidados. Hablo porque me obliga a ello, nos obliga a todos nosotros la verdad. Hablo porque me obliga a ello, nos obliga a todos nosotros la solicitud por el hombre.
Y por eso pido a todos los que me escuchan que centren todos sus esfuerzos sobre la solicitud por el hombre. En cambio, a los que me escuchan creyendo en Jesucristo les pido que se centren en la oración por la paz y la reconciliación.
Mis queridos hermanos y hermanos, no me queda nada más que decir.
Solo me vienen a la mente las palabras de la suplicación:
¡Santo Dios, Santo Fuerte Santo Inmortal!
De la peste, del hambre, del fuego y de la guerra
...y de la guerra, líbranos, Señor. Amén.


(de la Homilia de Juan Pablo II durante la Misa en el Campo de Concentracion de Auschwitz-Birkenau el 7 d junio de 1979)