La encíclica Humanae Vitae formula esta jerarquía de
valores, que resulta ser esencial y decisiva para todo la cuestión de la
paternidad responsable. No es posible invertir esta jerarquía ni alterar el
justo orden de los valores. Correríamos el riesgo de semejante inversión y
mutación de los valores si para resolver el problema partiésemos de aspectos
parciales en vez de hacerlo «a partir de la visión integral del hombre y su
vocación».
Cada uno de estos aspectos parciales es sumamente importante en sí mismo, y Pablo VI ciertamente no reduce la importancia tanto del aspecto demográfico sociológico como del biopsicologico. Por el contrario, el Pontífice los considera atentamente. Solo quiere impedir que cualquiera de los aspectos parciales en particular, independientemente de su grado de importancia, pueda destruir la recta jerarquía de los valores y despojar de su verdadero significado al amor como comunión de personas y al hombre mismo como persona capaz de una autentica donación en la cual no puede ser sustituido por la «tecnica». Sen todo esto, sin embargo, el Papa no omite aspecto parcial alguno del problema, afrontando en cambio cada uno de ellos y estableciendo su contenido fundamental, y en conexión con lo mismo la recta jerarquía de valores. Y precisamente en este camino existe la posibilidad de un control de los nacimientos y por consiguiente también la posibilidad de resolver las dificultades socio-demográficas. Y por eso Pablo VI pudo escribir con plena seguridad que «los poderes públicos pueden y deben contribuir a la solución del problema demográfico» (n.23) Cuando se trata del aspecto bio9logico y también del aspecto psicológico – como de hecho enseña la encíclica - , el camino de la realización de los respectivos valores pasa por la valorización del amor mismo y de la persona. He asqui las palabras del eminente biólogo, el profesor P.P. Grasset dela Academia de ciencias: «La encíclica esta de acurdo con los datos d ela biología, recuerda a los médicos sus obligaciones y marca al hombre el camino en el cual su dignidad, tanto física como moral, no estará sometida a ofensa alguna» (Le Figaro, 8 de octubre de 1968) Se puede decir que la encíclica penetra en el núcleo de esta problemática universal adoptada por el concilio Vaticano II. El problema del desarrollo «del mundo» tanto en sus instancias modernas como en sus perspectivas mas lejanas, suscita una serie de interrogantes que el hombre se plantea sobre si mismo. Algunos de estos se expresan en la constitución pastoral Gaudium et spes. No es posible una justa respuesta a estos interrogantes sin percatarse del significado de los valores que deciden sobre el hombre y la vida verdaderamente humana. En la encíclica Humanae vitae PabloVI se ocupa de examinar estos valores en su punto neurálgico.
El examen de los valores y a través de este la norma
misma de la paternidad responsable formulada en la encíclica Humanae vitae son portadores de manera
especial de la huella del Evangelio. Es conveniente destacarlo de nuevo al
final de estas consideraciones, si bien desde el comienzo ninguna otra idea ha
sido su hilo conductor. Las cuestiones
que agitan a los hombres contemporáneos «exigían del Magisterio de la Iglesia
una nueva y profunda reflexión acerca de los principios de la doctrina moral
del matrimonio, doctrina fundada sobre la ley natural, iluminada y enriquecida
por la Revelación divina» (n.4) La
Revelación como expresión del eterno
pensamiento de Dios nos permite y al mismo tiempo nos ordena considerar el
matrimonio como la institución para transmitir la vida humana, en la cual los
cónyuges son colaboradores libres y responsables de Dios creador (n.1) Cristo
mismo confirmo esta dignidad perenne de ellos e incluyo el conjunto de la vida
matrimonial en la obra de la Redención, insertándola en el orden sacramental.
Con el sacramento del matrimonio, los cónyuges son corroborados y como
consagrados para cumplir fielmente los propios deberes, para realizar su
vocación hasta la perfección y para dar un testimonio propio de ellos delante
del mundo (n.25) Habiéndose expuesto en la encíclica la doctrina de la moral cristiana,
la doctrina de la paternidad responsable, entendida como recta expresión del
amor conyugal y la dignidad de la persona humana, constituyeun componente
importanet del testimonoi cristiano.
Y nos parece propio de este testimonio el hecho de que el
hombre haga cierto sacrifico en aras de los
valores auténticos. El Evangelio confirma constantemente la necesidad de
semejante sacrificio, así como la obra misma de la redención, que se expresa totalmente
en el Misterio pascual. La cruz de Cristo se ha convertido en el precio de la redención
humana. Todo hombre que transita por el camino de los verdaderos valores debe
asumir algo de esta cruz como precio que el mismo debe pagar por los valores auténticos.
Este precio consiste en un esfuerzo especial. Escribe el Papa: «La ley divina exige un serio
compromiso y muchos esfuerzos». Y enseguida agrega que «tales esfuerzos
ennoblecen al hombre y benefician a la comunidad humana» (n.20)
La ultima parte de la encíclica es una llamada a este
compromiso serio y estos esfuerzos, dirigida tanto a las comunidades, para que «creen
un clima favorable para la educación de la castidad», como a los poderes públicos
y a los hombres de ciencia, con el fin de que logren «dar una base
suficientemente segura para una regulación de los nacimientos fundada en la
observancia de los ritmos naturales de fecundidad» (n.24) La encíclica, por último,
se dirige a los cónyuges mismos, al apostolado de las familias por la familia,
a los médicos, a los sacerdotes y a los obispos como pastores de almas.
A los hombres contemporáneos, inquietos e impacientes y
amenazados al mismo tiempo en el ámbito de los valores y principios más
fundamentales, el Vicario de Cristo recuerda las leyes que rigen a este sector.
Y como estos no tienen paciencia y
buscan simplificaciones y aparentes facilitaciones, les recuerda el precio de
los verdaderos valores y en qué medida se requiere paciencia y esfuerzo para
obtener estos valores. Al parecer, a través de todas las argumentaciones y
llamadas de la encíclica, por lo demás llenos de dramática tensión, nos llegan
las palabras del Maestro: «Con vuestra perseverancia salvareis vuestras almas»
(Lc 21,19). Porque en definitiva se trata precisamente de esto.
(Karol Wojtyla, 5 de enero de 1969)
Fuente L Osservatore
Romano, 1 de mayo 2011
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