La mayoría de las oraciones compuestas y recitadas por Juan Pablo II son oraciones dirigidas a la Virgen Maria. Constituyen verdaderamente un rasgo característico de su piedad. Dirigiéndose a la Madre del cielo y hablando de Ella en toda ocasión, Juan Pablo II evidencia sobre todo tres grandes privilegios marianos: la unión sublime con las Personas divinas que se ejercita en la oración, la pureza inmaculada de la vida, la protección universal de los hombres y de todo el universo. Al Papa Juan Pablo II podemos atribuir el mérito especial de haber sido capaz de iluminarnos de modo sugerente como esta vía aurea de la santificación cristiana se haya verificado de modo del todo particular en la Madre de Dios. El nos muestra como la devoción mariana se inserta orgánicamente en las místicas consideraciones sobre la Trinidad Santísima.
Escuchando la voz de Dios y respondiéndole con asentimiento generoso, se le revela al hombre otro aspecto del gran misterio: Dios escucha también la palabra del hombre y satisface sus deseos realizándolos. Pero ¿Cómo es que algunas peticiones son escuchadas y otras no? El Papa, según su modo habitual, explica este misterio de la oración con estupenda brevedad. «Maria constituye el modelo de la oración de la Iglesia. Es muy probable que Maria estuviese recogida en oración cuando el ángel Gabriel entro en la casa de Nazareth y la saludo. Tal contexto de oración ciertamente sostuvo a la Virgen en su respuesta al ángel y en su generosa adhesión al misterio de la encarnación. En la escena de la Anunciación, los artistas casi siempre representantan a Maria en actitud orante. Recordamos, por ejemplo, al Beato Angélico. De ahí proviene a la Iglesia y a todo creyente la indicación del clima que debe presidir al desarrollo del culto. Podemos también añadir que Maria representa para el Pueblo de Dios el paradigma de toda expresión de su vida de oración. En particular, Ella enseña a los cristianos cómo dirigirse a Dios para invocar su ayuda en las diversas situaciones de la vida.»
De todo ello se deduce que el objeto fundamental de las oraciones de Maria es el mismo que el de las oraciones de Jesús, la salvación del mundo: «Maria aparece, por tanto, como supremo modelo de participación personal a los divinos misterios. Ella guía a la Iglesia en la meditación del misterio celebrado y en la participación en el evento de la salvación, promoviendo en los fieles el deseo de una intima inserción personal con Cristo para cooperar con el don de la propia vida a la salvación universal.».
En las arcaicas expresiones orantes junto al “Escucha!”, aparece también “Acoge, dígnate de recibir”! A las divinidades se ofrecía un don, un sacrificio. En sentido cristiano, el único don que el Padre de los cielos recibe es el sacrifico de si mismo ofrecido por Jesús. Y María? La Virgen constituye también para la Iglesia el modelo en la participación generosa al sacrificio. En la Presentación de Jesus en el Templo, y sobre todo, a los pies de la cruz. Maria cumple el don de si que la asocia como Madre al sufrimiento y a las pruebas del Hijo. Así, en la vida cotidiana y en la celebración eucarística, la Virgen (Marialis cultus 20) anima a los cristianos a ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Jesucristo (l Pe, 2,5)
¿A quién pues, tiene que dirigirse nuestra oración confiada? Responde Juan Pablo II: «Confío al Padre, rico de misericordia, al Hijo de Dios, hecho hombre como nuestro redentor y reconciliador, confío al Espíritu Santo, fuente de unidad y de paz esta llamada mía de padre y de pastor… Os invito, pus a dirigirnos conmigo al corazón inmaculado de Maria madre de Jesus, en quien se ha obrado la reconciliación de Dios con la humanidad… A las manos de esta Madre, cuyo fiat marcó el inicio de la plenitud de los tiempos…confío ahora en especial esta intención: que, por su intercesión, la humanidad misma descubra y recorra el camino de la penitencia, la única que podrá conducirla a la plena reconciliación.
Concluyendo, la vida y la actividad pastoral de Juan Pablo II se desarrolla en un tiempo de ateísmo ampliamente difundido y violentamente propagado, del que sufrió también en su vida personal las graves consecuencias. Tenía, pues que preguntarse desde el inicio en qué modo los creyentes podrían defenderse para salvar su fe y en muchas ocasiones también la vida, personal y de la socidad.
(Parte del texto preparado por el Cardenal Špidlik para la Causa de beatificación de Juan Pablo II) publicado en la revista Totus Tuus Nr 1 año 2011).



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