(El texto que sigue fue publicado por Zenit el 6 de agosto de 2001. Se trata de un testimonio del entonces arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, ofrecido a los microfoos de «Radio Vaticano» en lengua polaca el 21 de agosto de 1978, pocos días después de la muerte del Papa Montini publicada con el titiulo : Karol Wojtyla, «Przemówienia i wyklady w Radio Watykanskim», Roma 1987. Traducción al español realizada por la revista Huellas, Octubre de 1998).
Respondiendo
a la petición de «Radio Vaticano», quisiera basar este recuerdo del difunto
Santo Padre Pablo VI en los encuentros que tuve la dicha de vivir desde el año
1962, a lo largo de mi episcopado, y en lo sucesivo durante el cardenalato.
Considero cada uno de aquellos encuentros como una fecha importante en mi vida;
de cada uno salí enriquecido y fortalecido, y todos permanecerán impresos para
siempre en mi memoria. El primero tuvo lugar durante la primera sesión del
Concilio, cuando el Santo Padre Pablo VI era todavía el cardenal Giovanni
Battista Montini, arzobispo de Milán. Me dirigí a él para una cuestión muy
particular. En calidad de Vicario capitular de la Diócesis de Cracovia, llevaba
conmigo una petición, realizada por la parroquia de San Florián de Cracovia y
por su párroco, para conseguir unas campanas. Esto no significaba que los
parroquianos de San Florián no pudieran procurarse campanas nuevas para la
iglesia, ya que se les habían arrebatado durante la guerra y la ocupación
alemana. Se trataba más bien de un símbolo, de un signo de unidad entre las
iglesias.
El cardenal Montini lo comprendió enseguida y evocó los recuerdos personales
que tenía de Polonia, donde había vivido cuando trabajaba en la nunciatura de
Varsovia, y donde en una ocasión fue testigo de la puesta en funcionamiento de
unas campanas que se habían quitado con anterioridad, durante la guerra
mundial, y abandonado después en un prado. Intervinieron entonces los
representantes de las parroquias interesadas, y cada uno recobró sus campanas.
Seregno – Cracovia Aquel recuerdo ilustraba la petición que la parroquia de San
Florián dirigía a Milán. En efecto, la parroquia de Seregno, en la
archidiócesis de Milán, donó las campanas y en abril de 1965 pudimos
consagrarlas en Cracovia. Los encuentros con Pablo VI se hicieron más
frecuentes y regulares desde que me llamó a formar parte del Colegio
cardenalicio. Casi todas las veces que iba a Roma –una media de dos veces al
año–, tenía la alegría de ser recibido en audiencia y hablar con el Santo
Padre. Pero recuerdo particularmente el encuentro que se produjo antes de la
llamada para formar parte del Colegio de los Cardenales. Estábamos en abril de
1967. No olvidaré jamás lo que me dijo entonces el Papa hablando de la
preparación del documento que sería, un año después, la encíclica «Humanae Vitae».
Como formaba parte de una comisión de especialistas en cuya sesión, celebrada
en junio de 1966, desgraciadamente no había podido participar había enviado por
escrito mi parecer al Santo Padre. Pablo VI encaminó rápidamente la
conversación hacia ese tema, y después añadió: «ojalá haya en Polonia, en
Cracovia, alguna persona que quiera ofrecer sus plegarias a Dios, y sobre todo
sus sufrimientos, por esta difícil cuestión. Es algo en lo que tengo mucho
interés». Hubo muchas personas que hicieron esto. Pero yo comprendí entonces
cuál era el peso del problema ante el que se encontraba Pablo VI, como supremo
Maestro y Pastor de la Iglesia.
Audiencias y visitas Las audiencias tenían un carácter distinto. En su mayoría eran audiencias privadas, donde podía conversar a solas con el Santo Padre, pero había también audiencias colectivas. Participé en varias ocasiones en las audiencias que Pablo VI concedía al Consejo de Laicos – Consilium de Laicis: formaba parte de él en calidad de consultor; IUNE, es decir la audiencia al Consejo de la secretaría general del Sínodo de los Obispos. Finalmente, la audiencia colectiva a los Obispos polacos. Recuerdo con particular conmoción la audiencia de noviembre de 1973, durante la cual, junto al Cardenal Primado y al nuevo Metropolita de Wroclaw, a los obispos residentes de Opole, Gorzów, Szczecin, Koszalin, Gdansk y Warmia, expresamos nuestro agradecimiento por la institución definitiva de una organización eclesial regular en los territorios polacos occidentales y septentrionales. Otra audiencia colectiva del Episcopado polaco en que participé tuvo lugar en noviembre del año pasado, con ocasión de la visita de los Obispos de toda Polonia ad limina apostolorum. Pablo VI había cumplido ochenta años a finales de septiembre. Le habíamos hecho entrega de algunos presentes, por los que siempre se mostraba agradecido. Eran presentes que daban testimonio de la vitalidad de la cultura católica en Polonia. Recuerdo con qué atención observó los manuscritos de Karol Hubert Rostworowski y del Metropolita de Cracovia, Adam Stefan Sapieha, que le ofrecimos en aquella ocasión. Las visitas «ad limina» durante sus quince años de pontificado fueron tres: 1967/68, 1972 y 1977. Siempre me impresionaba cómo se preparaba el Papa de forma escrupulosa para las audiencias, cómo deseaba que fueran fructíferas: entrar en los problemas que le eran expuestos, responder a las expectativas, instaurar un contacto personal. El momento más conmovedor era cuando él mismo empezaba a hablar de los problemas de la Iglesia – a menudo incluso de la Iglesia en Italia, en la misma Roma -, cuando lo que decía tomaba la forma de un coloquio confidencial, cuando se desahogaba contando las cosas que le pesaban, que le dolían. El interlocutor se sentía entonces particularmente comprometido, participando de este modo en la «sollicitudo omnium Ecclesiarum» realmente paulina, en las preocupaciones por toda la Iglesia, por los problemas más urgentes de la Iglesia.
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