Esta
promesa de Dios está, todavía hoy, viva y operante en la Iglesia, la cual se
siente, en todo tiempo, destinataria afortunada de estas palabras proféticas y
ve cómo se cumplen diariamente en tantas partes del mundo, mejor aún, en tantos
corazones humanos, sobre todo de jóvenes. Y desea, ante las graves y urgentes
necesidades propias y del mundo, que en los umbrales del tercer milenio se
cumpla esta promesa divina de un modo nuevo, más amplio, intenso, eficaz: como
una extraordinaria efusión del Espíritu de Pentecostés.
La promesa del
Señor suscita en el corazón de la Iglesia la oración, la petición confiada y
ardiente en el amor del Padre que, igual que ha enviado a Jesús, el buen
Pastor, a los Apóstoles, a sus sucesores y a una multitud de presbíteros, siga
así manifestando a los hombres de hoy su fidelidad y su bondad.
Y la Iglesia
está dispuesta a responder a esta gracia. Siente que el don de Dios exige una
respuesta comunitaria y generosa: todo el Pueblo de Dios debe orar intensamente
y trabajar por las vocaciones sacerdotales; los candidatos al sacerdocio deben
prepararse con gran seriedad a acoger y vivir el don de Dios, conscientes de
que la Iglesia y el mundo tienen absoluta necesidad de ellos; deben enamorarse
de Cristo, buen Pastor; modelar el propio corazón a imagen del suyo; estar
dispuestos a salir por los caminos del mundo como imagen suya para proclamar a
todos a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida.
Una llamada
particular dirijo a las familias: que los padres, y especialmente las madres,
sean generosos en entregar sus hijos al Señor, que los llama al sacerdocio, y
que colaboren con alegría en su itinerario vocacional, conscientes de que así
será más grande y profunda su fecundidad cristiana y eclesial, y que pueden
experimentar, en cierto modo, la bienaventuranza de María, la Virgen Madre:
«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno» (Lc 1, 42).
También digo a
los jóvenes de hoy: sed más dóciles a la voz del Espíritu; dejad que resuenen
en la intimidad de vuestro corazón las grandes expectativas de la Iglesia y de
la humanidad; no tengáis miedo en abrir vuestro espíritu a la llamada de
Cristo, el Señor; sentid sobre vosotros la mirada amorosa de Jesús y responded
con entusiasmo a la invitación de un seguimiento radical.
La Iglesia
responde a la gracia mediante el compromiso que los sacerdotes asumen para
llevar a cabo aquella formación permanente que exige la dignidad y
responsabilidad que el sacramento del Orden les confirió. Todos los sacerdotes
están llamados a ser conscientes de la especial urgencia de su formación en la
hora presente: la nueva evangelización tiene necesidad de nuevos
evangelizadores, y éstos son los sacerdotes que se comprometen a vivir su
sacerdocio como camino específico hacia la santidad.
La promesa de
Dios asegura a la Iglesia no unos pastores cualesquiera, sino unos pastores
«según su corazón». El «corazón» de Dios se ha revelado plenamente a nosotros
en el Corazón de Cristo, buen Pastor. Y el Corazón de Cristo sigue hoy teniendo
compasión de las muchedumbres y dándoles el pan de la verdad, del amor y de la
vida (cf. Mc 6, 30 ss.), y
desea palpitar en otros corazones —los de los sacerdotes—: «Dadles vosotros de
comer» (Mc 6, 37). La gente necesita
salir del anonimato y del miedo; ser conocida y llamada por su nombre; caminar
segura por los caminos de la vida; ser encontrada si se pierde; ser amada;
recibir la salvación como don supremo del amor de Dios; precisamente esto es lo
que hace Jesús, el buen Pastor; Él y sus presbíteros con Él.

No hay comentarios:
Publicar un comentario