Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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sábado, 23 de mayo de 2026

Dominum et vivificantem - Enciclica de Juan Pablo II sobre el Espíritu Santo (reposteo)

 


La Carta Encíclica Dominum et vivificantem  sobre el Espiritu Santo en la Vida  de la Iglesia y del Mundo de S.S. Juan Pablo II fue promulgada el 18 de mayo y publicada el 30 de mayo de 1986. 

Decia Juan Pablo II en la Audiencia del 22 de julio de 1989 

En la Encíclica Dominum et Vivificantem he escrito: El Espíritu Santo, consubstancial al Padre y al Hijo en la divinidad, es amor y don (increado), del que deriva como de una fuente (fons vivus) toda dádiva a las criaturas (don creado): la donación de la existencia a todas las cosas mediante la creación; la donación de la gracia a los hombres mediante toda la economía de la salvación' (n. 10).

…….En el Espíritu Santo se halla, pues, la revelación de la profundidad de la Divinidad: el misterio de la Trinidad en el que subsisten las Personas divinas, pero abierto al hombre para darle vida y salvación. A ello se refiere San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, cuando escribe: 'El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios'.  Como leemos en la Encíclica Dominum et Vivificantem todo 'lo que dice (Jesús) del Padre y de sí como Hijo, brota de la plenitud del Espíritu que está en Él y que se derrama en su corazón, penetra su mismo 'yo', inspira y vivifica profunda mente su acción' (n. 21). Por eso el Evangelio puede decir que Jesús 'se llenó de gozo en el Espíritu Santo' (Lc 10,21). Así la 'plenitud' del Espíritu Santo, que se halla en Cristo, se manifestó el día de Pentecostés llenando de Espíritu Santo' a todos aquellos que estaban reunidos en el Cenáculo. Así se constituyó aquella realidad cristológico eclesiológica a que alude el apóstol Pablo: 'alcanzáis la plenitud en él, que es la Cabeza' (Col 2, 10). (1 Cor 2, 10).

………. En la Encíclica sobre el Espíritu Santo Dominum et Vivificantem escribí: 'Pentecostés es un nuevo inicio en relación con el primero, inicio originario de la donación salvífica de Dios, que se identifica con el misterio de la creación. Así leemos ya en las primeras páginas del libro del Génesis: 'En el principio creó Dios los cielos y la tierra... y el Espíritu de Dios (ruah Elohim) aleteaba por encima de las aguas' (1, 1 ss.). Este concepto bíblico de creación comporta no sólo la llamada del ser mismo del cosmos a la existencia, es decir, el dar la existencia, sino también la presencia del Espíritu de Dios en la creación, o sea, el inicio de la comunicación salvífica de Dios a las cosas que crea. Lo cual es válido ante todo para el hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios' (n. 12). En Pentecostés el 'nuevo inicio' del donarse salvífico de Dios se funde con el misterio pascual, fuente de nueva vida

Y el entonces Cardenal Joseph Ratzinger (Papa Benedicto XVI) en su conferencia acerca de Las catorce enciclicas del Santo Padre Juan Pablo II con ocasión del  Congreso Juan Pablo II 25 años de Pontificado. La Iglesia alservicio del hombre”con ocasión del 

en la Pontificia Universidad Lateranense realizado entre el 8 y el 10 de mayo de 2003 expresó, entre otros

las encíclicas se deben dividir por grupos de temas afines. Conviene recordar ante todo el tríptico trinitario de los años 1979-1986, que abarca las encíclicas Redemptor hominisDives in misericordia Dominum et vivificantem.

Quiero dedicar también unas pocas palabras a la encíclica sobre el Espíritu Santo, en la cual se trata el tema de la verdad y de la conciencia. Según el Papa, el auténtico don del Espíritu Santo es "el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención" («Dominum et vivificantem», 31). Así pues, en la raíz del pecado está la mentira, el rechazo de la verdad. "La "desobediencia", como dimensión originaria del pecado, significa rechazo de esta fuente por la pretensión del hombre de llegar a ser fuente autónoma y exclusiva en decidir sobre el bien y el mal" (ib., 36). La perspectiva fundamental de la encíclica «Veritatis splendor» ya aparece aquí muy claramente. Es evidente que el Papa, precisamente en la encíclica sobre el Espíritu Santo, no se detiene en el diagnóstico de nuestra situación de peligro, sino que hace ese diagnóstico para preparar el camino a la curación. En la conversión, el afán de la conciencia se transforma en amor que sana, que sabe sufrir: "El dispensador oculto de esa fuerza salvadora es el Espíritu Santo" (ib., 5)”

domingo, 8 de junio de 2025

Papa Leon XIV : El don del Espíritu abre fronteras y abate los muros de la indiferencia


El Espíritu abre las fronteras, ante todo, dentro de nosotros. 
Es el Don que abre nuestra vida al amor. Y esta presencia del Señor disuelve nuestras durezas, nuestras cerrazones, los egoísmos, los miedos que nos paralizan, los narcisismos que nos hacen girar sólo en torno a nosotros mismos. El Espíritu Santo viene a desafiar, en nuestro interior, el riesgo de una vida que se atrofia, absorbida por el individualismo. Es triste observar como en un mundo donde se multiplican las ocasiones para socializar, corremos el riesgo de estar paradójicamente más solos, siempre conectados y sin embargo incapaces de “establecer vínculos”, siempre inmersos en la multitud, pero restando viajeros desorientados y solitarios.

El Espíritu de Dios, en cambio, nos hace descubrir un nuevo modo de ver y de vivir la vida. Nos abre al encuentro con nosotros mismos, más allá de las máscaras que llevamos puestas; nos conduce al encuentro con el Señor enseñándonos a experimentar su alegría; nos convence —según las mismas palabras de Jesús apenas proclamadas— de que sólo si permanecemos en el amor recibimos también la fuerza de observar su Palabra y, por tanto, de ser transformados por ella. Abre las fronteras en nuestro interior, para que nuestra vida se convierta en un espacio hospitalario.

 

El Espíritu abre también las fronteras en nuestras relaciones. En efecto, Jesús dice que este Don es el amor entre Él y el Padre que viene a habitar en nosotros. Y cuando el amor de Dios mora en nosotros, somos capaces de abrirnos a los hermanos, de vencer nuestras rigideces, de superar el miedo hacia el que es distinto, de educar las pasiones que se sublevan dentro de nosotros. Pero el Espíritu transforma también aquellos peligros más ocultos que contaminan nuestras relaciones, como los malentendidos, los prejuicios, las instrumentalizaciones. Pienso también —con mucho dolor— en los casos en que una relación se intoxica por la voluntad de dominar al otro, una actitud que frecuentemente desemboca en violencia, como desgraciadamente demuestran los numerosos y recientes casos de feminicidio.

 

El Espíritu Santo, en cambio, hace madurar en nosotros los frutos que ayudan a vivir relaciones auténticas y sanas: «amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza» (Gal 5,22). De este modo, el Espíritu expande las fronteras de nuestras relaciones con los demás y nos abre a la alegría de la fraternidad.

(…)  

el Espíritu abre las fronteras también entre los pueblos. En Pentecostés los Apóstoles hablan las leguas de aquellos que encuentran y el caos de Babel es finalmente apaciguado por la armonía generada por el Espíritu. Las diferencias, cuando el Soplo divino une nuestros corazones y nos hace ver en el otro el rostro de un hermano, no son ocasión de división y de conflicto, sino un patrimonio común del que todos podemos beneficiarnos, y que nos pone a todos en camino, juntos, en la fraternidad.

El Espíritu rompe las fronteras y abate los muros de la indiferencia y del odio, porque “nos enseña todo” y nos “recuerda las palabras de Jesús” (cf. Jn 14,26); 

(...)

(De la homilia del Santo Padre Leon XIV en la Santa Misa de la Solemnidad de Pentecostes 8 de junio 2025)

viernes, 6 de junio de 2025

El Espíritu Santo en las catequesis y Regina Caeli/Angelus de Juan Pablo II

 


Completado el ciclo cristológico de las Audiencias Generales el 26 de abril de 1989 el Papa Juan Pablo II abria el  neumatológico, “que el Símbolo de los Apóstoles expresa con una fórmula concisa: “Creo en el Espíritu Santo”.

Fue una serie extensa de catequesis que comenzarían ese 26 de abril de 1989   y durarían el resto del año 1989,  con solo algunas breves interrupciones para comentar viajes o reflexionar sobre festividades, y se extenderían luego en 1990 hasta el 28 de noviembre de 1990 cuando el Papa anunciaría “Hoy comenzamos una nueva serie de catequesis del ciclo pneumatológico, en el que he querido atraer la atención de los oyentes, cercanos y lejanos, sobre la verdad fundamental cristiana del Espíritu Santo… Hablemos, ante todo, del Espíritu Santo como principio vivificante de la Iglesia.”   

Esta serie finalmente concluiría el 20 de marzo de 1991 (en total dos años dedicados al Espiritu Santo, a lo cual debemos agregar las diez catequesis adicionales sobre los dones) en una catequesis que introduciría con estas palabras   “En una catequesis precedente había anunciado que volvería a tocar temas relacionados con la presencia y la acción del Espíritu Santo en el alma. Temas fundados teológicamente y ricos desde el punto de vista espiritual, que ejercen un atractivo e, incluso una cierta fascinación sobrenatural sobre aquellas personas que desean profundizar en su vida interior, atentas y dóciles a la voz de Aquel que habita en ellas como en un templo y que, desde su interior, las ilumina y las sostiene por el camino de la coherencia evangélica. En estas almas pensaba mi predecesor León XIII cuando escribió la Encíclica Divinum illud acerca del Espíritu Santo (9 de mayo de 1897) y, luego la carta Ad fovendum sobre la devoción del pueblo cristiano hacia su divina Persona (18 de abril de 1902), estableciendo en su honor la celebración de una novena especial, dirigida de modo particular a obtener el bien de la unidad de los cristianos («ad maturandum christianae unitatis bonum»). El Papa de la Rerum novarum era también el Papa de la devoción al Espíritu Santo, pues sabía a qué fuente era preciso acudir para obtener la energía a fin de realizar el bien verdadero, incluso en el ámbito social. Hacia esa misma fuente quise atraer la atención de los cristianos de nuestro tiempo con la encíclica Dominum et vivificantem (16 de mayo de 1986), y a ella quiero dedicar la parte conclusiva de la catequesis pneumatológica.

A continuación,  a partir del 3 de abril de 1991 Juan Pablo II  seguirian las otras diez catequesis relacionadas con los dones del Espíritu Santo que recibe el hombre, aclarando que “En las catequesis anteriores, dedicadas a la influencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, hemos subrayado la multiplicidad de los dones que él concede para el desarrollo de toda la comunidad. La misma multiplicidad se realiza en la vida cristiana personal: todo hombre recibe los dones del Espíritu Santo en la condición existencial concreta en que se halla, en la medida del amor de Dios, del que derivan la vocación, el camino y la historia espiritual de cada uno.

Varios años mas tarde el Papa retomaría el tema del Espiritu Santo a partir de la Audiencia del 13 de mayo de 1998 ,  en preparación para el gran jubileo del año 2000,  año  particularmente dedicado al Espíritu Santo,  serie que seria anunciada con estas palabras: “Prosiguiendo por el camino iniciado por toda la Iglesia, después de haber concluido la temática cristológica, comenzamos hoy una reflexión sistemática sobre el Espíritu Santo, «Señor y dador de vida». De la tercera persona de la santísima Trinidad he hablado ampliamente en muchas ocasiones. Recuerdo, en particular, la encíclica Dominum et vivificantem y la catequesis sobre el Credo. La perspectiva del jubileo inminente me brinda la ocasión para volver una vez más a la contemplación del Espíritu Santo, a fin de escrutar, con espíritu de adoración, la acción que realiza en el decurso del tiempo y de la historia."


Esta serie se extendería hasta el 9 de diciembre de 1998 , Audiencia dedicada a “Maria, Madre animada por el Espiritu Santo”. En ella el Papa concluiría: “Como culminación de la reflexión sobre el Espíritu Santo, en este año dedicado a él durante el camino hacia el gran jubileo, elevamos la mirada hacia María. El consentimiento que dio en la Anunciación, hace dos mil años, constituye el punto de partida de la nueva historia de la humanidad. En efecto, el Hijo de Dios se encarnó y comenzó a habitar entre nosotros cuando María declaró al ángel: «He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

Y ya el 16 de diciembrede 1998   comenzaba una nueva serie de catequesis centrada en la figura de Dios Padre, siguiendo así las indicaciones temáticas sugeridas en la carta apostólica Tertio millennio adveniente con vistas a la preparación para el gran jubileo del año 2000”

Y en 1989 el Papa Juan Pablo II también había dedicado una serie de reflexiones en los Regina Caeli/Angelus dominicales, a los dones del Espiritu Santo   

Comenzando el 2 de abril de 1989en nuestra cita dominical para el rezo de la oración mariana de Pascua, el "Regina coeli", meditaremos sobre los dones del Espíritu Santo. Invocaremos la intercesión de la Virgen María para que se nos conceda comprender más en profundidad tales dones, recordando con fe que descendió primero sobre Ella el Espíritu Santo y la cubrió con su sombra la potencia del Altísimo (cf. Lc 1, 35); recordaremos también que precisamente María fue partícipe de la asidua oración de la Iglesia naciente en espera de Pentecostés.”

Don de la sabiduría – 9 de abril de 1989  

Don del entendimiento /   inteligencia – 16 de abril de 1989  

Don de la ciencia – 23 de abril de 1989  

Don del consejo – 7 de mayo de 1989  

Don de la fortaleza – 14 de mayo de 1989  

Don de la piedad – 28 de mayo de 1989 

Don del temor de Dios – 11 de junio de 1989 

Invito también visitar el Sitio de la Santa Sede donde además de los textos correspondientes a la celebración de Pentecostés 2010 (y durante el pontificado de Benedicto XVI) se han recopilado valiosos documentos, catequesis, reflexiones y mensajes de años anteriores correspondientes a varios Pontífices,

 


 

Pentecostés Fiesta de la Evangelización

 

“Ya en las primeras frases de los Hechos de los Apóstoles leemos que Jesús, después de su pasión y resurrección, "se presentó a ellos vivo... con muchas pruebas evidentes, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios" (Act 1, 3). Entonces anunció que, pasados no muchos días, serían "bautizados en el Espíritu Santo" (Act 1, 5). Y antes de la separación definitiva, como observa el autor de los Hechos de los Apóstoles, San Lucas, pero ahora en su Evangelio, les ordenó "...permanecer en la ciudad, hasta que seáis revestidos del poder de lo alto" (Lc 24, 49). Por eso, los Apóstoles, después que Él los dejó, subiendo al cielo, "volvieron a Jerusalén" (Lc 24, 52), donde —como informan de nuevo los Hechos— "perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús" (Act 1, 14). Ciertamente el lugar de esta oración común, recomendada explícitamente por el Maestro, era el templo de Jerusalén, como leemos al final del Evangelio de San Lucas (24, 53). Pero era también el Cenáculo, como se deduce de los Hechos de los Apóstoles. El Señor Jesús les había dicho; "pero recibiréis el poder del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el extremo de la tierra" (Act 1, 8).

Año tras año, la Iglesia en su liturgia celebra la Ascensión del Señor cuarenta días después de la Pascua. Año tras año, también ese período de diez días, que van de la Ascensión a Pentecostés, transcurre en oración al Espíritu Santo. En cierto sentido la Iglesia, año tras año se prepara al aniversario de su nacimiento

Ella —como enseñan los Padres— nació en la cruz el Viernes Santo; pero manifestó su nacimiento ante el mundo el día de Pentecostés, cuando los Apóstoles fueron "revestidos del poder de lo alto" (Act 1, 5). "Ubi enim Ecclesia, ibi et Spiritus Dei; et ibi Spiritus Dei, illic Ecclesia at omnis gratia: Spiritus autem veritas" (Donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia: el Espíritu es la verdad) (S. Ireneo, Adversus haereses III, 24, 1: PG 7, 966).”

 

(de la Audiencia General de Juan Pablo II el 30 de mayo de 1979)

 

domingo, 27 de mayo de 2012

III Congreso Catequístico Nacional, Argentina



Hoy, Domingo de Pentecostés día que celebramos la Fiesta del Espíritu Santo, Señor y dador de vida,  concluye el III Congreso Catequístico Nacional que se llevó a cabo en la ciudad de Moron, Buenos Aires, Argentina, un evento de vital importancia en la Argentina de hoy, que - tal como ocurre en otras partes del mundo -  en muchos aspectos ha perdido el rumbo y necesita recuperar y fortalecer sus vínculos con el Creador. 

El primer Congreso fue celebrado en 1962,  en los comienzos del Concilio Vaticano II. Se reunieron entonces en Buenos Aires unos 7.000 catequistas.  Al año siguiente por iniciativa de la Junta Catequística Nacional presidida por Mons. Miguel Raspanti,  Obispo de Morón, nacía el Movimiento Nacional de Apostolado catequístico.    Es en memoria de Mons. Raspanti que este III Congreso se realiza en la ciudad de Moron.

El segundo congreso tuvo lugar en la ciudad de Rosario en 1987 ya en el espíritu de la nueva evangelización convocada por el Papa Juan Pablo II.  “La evangelización no es solamente la enseñanza viva de la Iglesia, el primer anuncio de la fe (kérygma) y la instrucción, la formación en la fe (la catequesis), sino que es también todo el vasto esfuerzo de reflexión sobre la verdad revelada, que se ha expresado desde el comienzo en la obra de los Padres de Oriente y de Occidente ….” (Juan Pablo II Cruzando el Umbral de la Esperanza)

En su primera Exhortación ApostólicaCathechesi Tradendae el Beato Juan Pablo II resaltaba la importancia de la catequesis y subrayaba las grandes posibilidades que hoy nos ofrecen los medios y los “múltiples lugares, momentos o reuniones por valorizar …. las peregrinaciones diocesanas, regionales o nacionales, que son más provechosas si están centradas en un tema escogido con acierto a partir de la vida de Cristo, de la Virgen y de los Santos; las misiones tradicionales, tantas veces abandonadas con excesiva prisa, y que son insustituibles para una renovación periódica y vigorosa de la vida cristiana…. los círculos bíblicos, que deben ir más allá de la exégesis para hacer vivir la Palabra de Dios; las reuniones de las comunidades eclesiales de base, en la medida en que se atengan a los criterios expuestos en la Exhortación Apostólica «Evangelii nuntiandi».(91)  los grupos de jóvenes….que se multiplican y florecen como en una primavera muy reconfortante para la Iglesia: grupos de acción católica, grupos caritativos, grupos de oración, grupos de reflexión cristiana, etc. Estos grupos suscitan grandes esperanzas para la Iglesia del mañana.”

“La catequesis – decía en la misma Exhortaciónestá íntimamente unida a toda la vida de la Iglesia. No sólo la extensión geográfica y el incremento numérico sino también, y más todavía, el crecimiento interior de la Iglesia, su correspondencia con el designio de Dios, dependen esencialmente de ella.”  Y agregaba más adelante “en la Iglesia de Jesucristo  nadie debería sentirse dispensado de recibir la catequesis; pensamos incluso en los jóvenes seminaristas y religiosos, y en todos los que están destinados a la tarea de pastores y catequistas, los cuales desempeñarán mucho mejor ese ministerio si saben formarse humildemente en la escuela de la Iglesia, la gran catequista y a la vez la gran catequizada”

En su homilía del  Domingo de Pentecostés 1998 el papa Juan Pablo II citaba a san Pablo en el pasaje de la carta a los romanos «Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios» (Rm 8, 14) y nos invitaba a “comprender la acción admirable del Espíritu en nuestra vida de creyentes.”

Veni, Sancte Spiritus! Para que el resultado y el espíritu de este Congreso vivifique y fructifique la obra de  la Iglesia argentina y sus comunidades eclesiales,  y todos aspiremos a una verdadera transformación interior

En el blog de regreso se pueden escuchar algunos audios 

sábado, 22 de mayo de 2010

Pentecostés 2010

« Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo he dicho ». Jn 14, 26.

“Entre todas las solemnidades Pentecostés destaca por su importancia, pues en ella se realiza lo que Jesús mismo anunció como finalidad de toda su misión en la tierra. En efecto, mientras subía a Jerusalén, declaró a los discípulos: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!" (Lc 12, 49). Estas palabras se cumplieron de la forma más evidente cincuenta días después de la resurrección, en Pentecostés, antigua fiesta judía que en la Iglesia ha llegado a ser la fiesta por excelencia del Espíritu Santo: "Se les aparecieron unas lenguas como de fuego (...) y quedaron todos llenos del Espíritu Santo" (Hch 2, 3-4). Cristo trajo a la tierra el fuego verdadero, el Espíritu Santo. No se lo arrebató a los dioses, como hizo Prometeo, según el mito griego, sino que se hizo mediador del "don de Dios" obteniéndolo para nosotros con el mayor acto de amor de la historia: su muerte en la cruz.
Dios quiere seguir dando este "fuego" a toda generación humana y, naturalmente, es libre de hacerlo como quiera y cuando quiera. Él es espíritu, y el espíritu "sopla donde quiere" (cf. Jn 3, 8). Sin embargo, hay un "camino normal" que Dios mismo ha elegido para "arrojar el fuego sobre la tierra": este camino es Jesús, su Hijo unigénito encarnado, muerto y resucitado. A su vez, Jesucristo constituyó la Iglesia como su Cuerpo místico, para que prolongue su misión en la historia. "Recibid el Espíritu Santo", dijo el Señor a los Apóstoles la tarde de la Resurrección, acompañando estas palabras con un gesto expresivo: "sopló" sobre ellos (cf. Jn 20, 22). Así manifestó que les transmitía su Espíritu, el Espíritu del Padre y del Hijo.
La Escritura nos dice una vez más cómo debe ser la comunidad, cómo debemos ser nosotros, para recibir el don del Espíritu Santo. En el relato que describe el acontecimiento de Pentecostés, el autor sagrado recuerda que los discípulos "estaban todos reunidos en un mismo lugar". Este "lugar" es el Cenáculo, la "sala grande en el piso superior" (cf. Mc 14, 15) donde Jesús había celebrado con sus discípulos la última Cena, donde se les había aparecido después de su resurrección; esa sala se había convertido, por decirlo así, en la "sede" de la Iglesia naciente (cf. Hch 1, 13). Sin embargo, los Hechos de los Apóstoles, más que insistir en el lugar físico, quieren poner de relieve la actitud interior de los discípulos: "Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu" (Hch 1, 14). Por consiguiente, la concordia de los discípulos es la condición para que venga el Espíritu Santo; y la concordia presupone la oración.”
(de la homilía del santo Padre Benedicto XVI en la Solemnidad de Pentecostés Domingo 31 de mayo de 2009)