Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

martes, 26 de mayo de 2026

«Magnifica humanitas», Seguir siendo humanos en la era de los algoritmos – Andrea Tornielli

 


Me permito “robarle” a Vatican News este comentario completo,  de una autoridad como Andrea Tornielli,  sobre la primer Encíclica del Papa Leon XIV

En la encíclica «Magnifica humanitas», la petición del Papa León: hacer que la tecnología avance sin que el corazón retroceda.

En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por las enormes concentraciones de poder tecnológico fuera de todo control y por nuevas formas de deshumanización, el Papa León nos recuerda el «deber urgente» de seguir siendo profundamente humanos. En la era de las polarizaciones y la violencia, que ve cómo se expande una «cultura del poder» con la guerra rehabilitada como instrumento de la política internacional, el Sucesor de Pedro nos pide que hagamos crecer la técnica «sin que el corazón retroceda». Nos invita a aceptar el límite y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos, como hace la ideología tecnocrática, un error que hay que corregir. Nos exhorta a mirar el mundo no desde la perspectiva de los grandes, sino desde abajo, con los ojos de quienes sufren, partiendo de los últimos. Con los ojos de un Dios que ha tomado sobre sí nuestra debilidad transformándola en un lugar de salvación, porque «aunque las máquinas destaquen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que pide ser mirado».

 

«Magnifica humanitas», la primera encíclica de León XIV, no es ante todo un texto analítico sobre la inteligencia artificial, no entra en los detalles de procesos que están en continua evolución. Es más bien una «summa», que aplica los principios de la Doctrina social a nuestro tiempo, que es el tiempo de la IA, consolidando y actualizando los puntos cardinales del magisterio. Es un texto que pone fin también al malentendido de quienes, confiando en la absoluta libertad de los mercados y de las nuevas tecnologías, tienden a desestimar como enseñanza discutible el magisterio papal sobre la exigencia de un gobierno humano compartido de la IA, sobre la ecología integral, sobre las estructuras económicas que se convierten en «estructuras de pecado», sobre el no a la guerra.

 

El Papa, que ha tomado el nombre del autor de la «Rerum novarum», en la era de la revolución digital nos pide a cada uno de nosotros que asumamos un papel activo, porque la construcción de la «civilización del amor» se realiza gracias a «una suma de pequeñas y tenaces fidelidades», capaces de frenar la deshumanización. Una tarea, por tanto, que nos concierne a todos, y de cerca.

 

León nos recuerda que «las injusticias no nacen solo de las decisiones erróneas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos y ordenamientos económicos y culturales que producen desigualdad» y que «no es humano un desarrollo que aumenta el consumo de unos descargando los costes y las heridas sobre otros, o que relega regiones enteras a roles subordinados», como lamentablemente está ocurriendo hoy también en el ámbito de las nuevas tecnologías y de los recursos que estas requieren. En la encíclica se lee que es «doctrina cierta» de la Iglesia la función social de la propiedad privada, y hoy, entre los bienes universalmente destinados a todos, «debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos», para evitar que surjan o se consoliden nuevas formas de exclusión y privación de libertad. De hecho, la técnica no es un simple instrumento, y cuando se convierte en criterio, «acaba por establecer qué es lo que cuenta y qué puede descartarse», reduciendo «a las personas a engranajes de un sistema que debe ser cada vez más eficiente».

 

Hoy en día, el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo «no es prerrogativa de los Estados, sino de los grandes actores económicos y tecnológicos», que fijan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las propias posibilidades de participación. Cuando tal poder se concentra en unas pocas manos, «tiende a volverse opaco y a escapar al control público», conllevando el riesgo de un desarrollo distorsionado «que genera nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades».

 

El Papa, reiterando la superación de la teoría de la «guerra justa», pide que el uso de la inteligencia artificial en el ámbito bélico se someta a las más rigurosas restricciones éticas porque «no existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable». Además, la inteligencia artificial se ha convertido en un elemento determinante para orientar la opinión pública mediante la manipulación de imágenes y contenidos, lo que hace cada vez más difícil distinguir lo verdadero de lo falso. Son muchas, además, las incógnitas que afectan al mercado laboral. La encíclica recuerda, a este respecto, que ya no es posible confiar únicamente en la «mano invisible» del mercado: es la política la que tiene la tarea de orientar las dinámicas económico-tecnológicas hacia el bien común, promoviendo el trabajo digno, la inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la innovación.

 

Seguir siendo humanos, gobernar los procesos, evitar —también en este ámbito— los monopolios que acaban aumentando el poder de unos pocos a costa de la vida de muchos: el camino indicado por el Pontífice no levanta barricadas ni rechaza a priori el uso de la IA. Más bien señala sus numerosos aspectos positivos y sus muchas aplicaciones útiles, pero al mismo tiempo explica que no basta con plantearse una cuestión ética sobre el fin bueno o malo para el que se utiliza. De hecho, es indispensable intervenir antes y preguntarse también cómo se diseña un sistema y qué idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guían. Para ello se necesitan marcos jurídicos adecuados, una supervisión independiente, la educación de los usuarios y, sobre todo, una vez más, «una política que no renuncie a su tarea». De lo contrario, el cambio estará regido únicamente por lógicas tecnocráticas y se presentará como «necesario e inevitable», acabando así por imponer reglas «dictadas» por quienes poseen los datos, las infraestructuras y las capacidades de cálculo.

 

Es necesario, por tanto, «desarmar» a la IA, es decir, «romper esta equivalencia entre poder técnico y derecho a gobernar». No para renunciar a la tecnología, sino para impedir que domine a lo humano: hay que hacerla discutible, cuestionable y, por tanto, habitable. Precisamente para no renunciar a nuestra humanidad, tan frágil y tan «magnífica».

 

Invito leer otros comentarios en Vatican News: 

La encíclica de León XIV: la IA sirva a la humanidad, no al poder de pocos - Isabella Piro  

Los expertos en IA: «Magnifica humanitas», una «voz moral» que no se doblega - Edoardo Giribaldi 

León XIV presenta la encíclica: desarmar la IA, no a lógicas de exclusión y dominio - Salvatore Cernuzio 

El párroco de Silicon Valley: la encíclica aboga por el diálogo entre la Iglesia y hi-tech - Salvatore Cernuzio 


 

 

 

lunes, 25 de mayo de 2026

Feliz dia de la patria argentinos !!

 

Recordemos  lo que comprende esta palabra Patria, tan llena de sentido,  según Karol Wojtyla

 

Cuando yo pienso Patria

Cuando yo pienso Patria, cuando digo: Patria,

Me estoy expresando a mí mismo, y me enraizo,

Y el corazón me dice que ella es la frontera oculta

Que va de mí hacia los otros hombres

Para abrazarlos a todos en un pasado

Más antiguo que cada uno de nosotros…

 Y de ese pasado – cuando yo pienso: Patria 

Emerjo para encerrarla en mí como un tesoro,

Y sin cesar me acucia el ansia

De cómo engrandecerla,

De cómo ensanchar el espacio

Que mi patria habita.

 Karol Wojtyla: Cuando pienso en la patria, Poesias, BAC, 1979


 

Y por aquí, en Argentina, las palabras sabias del Arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva en la Catedral de Buenos Aires hoy en el Te Deum  celebrando nuestro dia patrio (cito algunos párrafos) : 

 Nosotros también venimos a pedirle a Dios que nuestra Argentina se cure y viva. Experimentamos que se está muriendo la fraternidad, se está 1 muriendo la tolerancia, se está muriendo el respeto; y si se mueren esos valores, se muere un poco el futuro, se mueren las esperanzas de forjar una Argentina unida, una Patria de hermanos.

(…)

Y mas adelante,  siguiendo las líneas del evangelio del día el  Arzobispo de Buenos Aires , Jorge García Cuerva se refiere nuevamente a la Argentina

Argentina sangra en la inequidad entre los que se laburan todo, y los que han vivido de privilegios que los alejó de la calle, de los medios de transporte público, de saber cuánto valen las cosas en un supermercado; alejados de la gente de a pie, no sienten su dolor, ni sus frustraciones, pero tampoco se emocionan con sus esperanzas y su esfuerzo diario por salir adelante. Y ante el dolor, a veces, como aquellas personas de la casa del jefe de la sinagoga, bajamos los brazos y decimos como ellos “ya murió”, ya no hay nada que hacer, transformándonos en agoreros de malas noticias, en profetas de calamidades, incluso escuchando todo el tiempo a los que envenenan el alma remarcando siempre lo que está mal, lo que falta.

Son los haters de aquélla época, los que difaman, desprecian o critican destructivamente a una persona, a una entidad, o una obra; los que odian y justifican su desprecio; el terrorismo de las redes, como decía el Papa Francisco . Hemos pasado todos los límites, la descalificación, la agresión constante, el destrato, la difamación, parecen moneda corriente. El Santo Padre León XIV decía a los representantes de los medios de comunicación hace unos días: La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en el que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una importancia fundamental; debemos decir “no” a la guerra de las palabras y de las imágenes.

Tenemos necesidad de diálogo, de forjar la cultura del encuentro, de frenar urgentemente el odio. Démonos otra oportunidad, no podemos construir una Nación desde la guerra entre nosotros. Todo acto de violencia es condenable, y quiebra el tejido social.

Por eso vuelvo a invitarlos a prestar atención a la escena del frontispicio de esta catedral, esculpido en 1862, elegida con la intención de perpetuar a través del arte, la reconciliación nacional. Allí está representado el episodio bíblico del Antiguo Testamento del encuentro del patriarca Jacob con su hijo José. Buenos Aires venía a reconciliarse con la Confederación Argentina en fraterno pacto de unión rubricado en San José de Flores, en 1859. Luego de enfrentarse por años y desangrarse en luchas fratricidas, los argentinos dijeron basta y se abrazaron. Hoy quisiera que volvamos allí nuestra mirada e imaginemos el abrazo que nos debemos los argentinos, el abrazo que negamos al que piensa distinto, o al que tiene otras costumbres o modo de vivir, el abrazo que no compartimos con los que sufren, incluso los abrazos que no nos pudimos dar durante la pandemia. Usemos las manos para acariciar el dolor y las heridas de tantos que la están pasando mal; “manos a la obra entonces”, pero unidos, como pueblo, más allá de las legítimas diferencias

 

sábado, 23 de mayo de 2026

Dominum et vivificantem - Enciclica de Juan Pablo II sobre el Espíritu Santo (reposteo)

 


La Carta Encíclica Dominum et vivificantem  sobre el Espiritu Santo en la Vida  de la Iglesia y del Mundo de S.S. Juan Pablo II fue promulgada el 18 de mayo y publicada el 30 de mayo de 1986. 

Decia Juan Pablo II en la Audiencia del 22 de julio de 1989 

En la Encíclica Dominum et Vivificantem he escrito: El Espíritu Santo, consubstancial al Padre y al Hijo en la divinidad, es amor y don (increado), del que deriva como de una fuente (fons vivus) toda dádiva a las criaturas (don creado): la donación de la existencia a todas las cosas mediante la creación; la donación de la gracia a los hombres mediante toda la economía de la salvación' (n. 10).

…….En el Espíritu Santo se halla, pues, la revelación de la profundidad de la Divinidad: el misterio de la Trinidad en el que subsisten las Personas divinas, pero abierto al hombre para darle vida y salvación. A ello se refiere San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, cuando escribe: 'El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios'.  Como leemos en la Encíclica Dominum et Vivificantem todo 'lo que dice (Jesús) del Padre y de sí como Hijo, brota de la plenitud del Espíritu que está en Él y que se derrama en su corazón, penetra su mismo 'yo', inspira y vivifica profunda mente su acción' (n. 21). Por eso el Evangelio puede decir que Jesús 'se llenó de gozo en el Espíritu Santo' (Lc 10,21). Así la 'plenitud' del Espíritu Santo, que se halla en Cristo, se manifestó el día de Pentecostés llenando de Espíritu Santo' a todos aquellos que estaban reunidos en el Cenáculo. Así se constituyó aquella realidad cristológico eclesiológica a que alude el apóstol Pablo: 'alcanzáis la plenitud en él, que es la Cabeza' (Col 2, 10). (1 Cor 2, 10).

………. En la Encíclica sobre el Espíritu Santo Dominum et Vivificantem escribí: 'Pentecostés es un nuevo inicio en relación con el primero, inicio originario de la donación salvífica de Dios, que se identifica con el misterio de la creación. Así leemos ya en las primeras páginas del libro del Génesis: 'En el principio creó Dios los cielos y la tierra... y el Espíritu de Dios (ruah Elohim) aleteaba por encima de las aguas' (1, 1 ss.). Este concepto bíblico de creación comporta no sólo la llamada del ser mismo del cosmos a la existencia, es decir, el dar la existencia, sino también la presencia del Espíritu de Dios en la creación, o sea, el inicio de la comunicación salvífica de Dios a las cosas que crea. Lo cual es válido ante todo para el hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios' (n. 12). En Pentecostés el 'nuevo inicio' del donarse salvífico de Dios se funde con el misterio pascual, fuente de nueva vida

Y el entonces Cardenal Joseph Ratzinger (Papa Benedicto XVI) en su conferencia acerca de Las catorce enciclicas del Santo Padre Juan Pablo II con ocasión del  Congreso Juan Pablo II 25 años de Pontificado. La Iglesia alservicio del hombre”con ocasión del 

en la Pontificia Universidad Lateranense realizado entre el 8 y el 10 de mayo de 2003 expresó, entre otros

las encíclicas se deben dividir por grupos de temas afines. Conviene recordar ante todo el tríptico trinitario de los años 1979-1986, que abarca las encíclicas Redemptor hominisDives in misericordia Dominum et vivificantem.

Quiero dedicar también unas pocas palabras a la encíclica sobre el Espíritu Santo, en la cual se trata el tema de la verdad y de la conciencia. Según el Papa, el auténtico don del Espíritu Santo es "el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención" («Dominum et vivificantem», 31). Así pues, en la raíz del pecado está la mentira, el rechazo de la verdad. "La "desobediencia", como dimensión originaria del pecado, significa rechazo de esta fuente por la pretensión del hombre de llegar a ser fuente autónoma y exclusiva en decidir sobre el bien y el mal" (ib., 36). La perspectiva fundamental de la encíclica «Veritatis splendor» ya aparece aquí muy claramente. Es evidente que el Papa, precisamente en la encíclica sobre el Espíritu Santo, no se detiene en el diagnóstico de nuestra situación de peligro, sino que hace ese diagnóstico para preparar el camino a la curación. En la conversión, el afán de la conciencia se transforma en amor que sana, que sabe sufrir: "El dispensador oculto de esa fuerza salvadora es el Espíritu Santo" (ib., 5)”

viernes, 22 de mayo de 2026

Juan Pablo II : Los siete dones del Espiritu Santo – (7 de 7) El don del temor de Dios

 


Al regreso de su peregrinación apostólica a los países de la Europa septentrional, sobre la cual hablaría próximamente,  el 11 de junio de 1989 el Papa Juan Pablo II completaba las reflexiones sobre los dones del Espíritu Santo. El último el dondel temor de Dios. 

 Hoy deseo completar con vosotros la reflexión sobre los dones del Espíritu Santo. El último, en orden de enumeración de estos dones, es el don del temor de Dios.

La Sagrada Escritura afirma que "Principio del saber, es el temor de Yahveh" (Sal 110/111, 10; Pr 1, 7). ¿Pero de qué temor se trata? No ciertamente de ese "miedo de Dios" que impulsa a evitar pensar o recordarse de Él, como de algo o de alguno que turba e inquieta. Este fue el estado de ánimo que, según la Biblia, impulsó a nuestros progenitores, después del pecado, a "ocultarse de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín" (Gn 3, 8); éste fue también el sentimiento del siervo infiel y malvado de la parábola evangélica, que escondió bajo tierra el talento recibido (cf. Mt 25, 18. 26).

Pero este concepto del temor-miedo no es el verdadero concepto de temor-don del Espíritu. Aquí se trata de algo mucho más noble y sublime; es el sentimiento sincero y trémulo que el hombre experimenta frente a la tremenda majestad de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre las propias infidelidades y sobre el peligro de ser "encontrado falto de peso" (Dn 5, 27) en el juicio eterno, del que nadie puede escapar. El creyente se presenta y se pone ante Dios con el "espíritu contrito" y con el "corazón humillado" (cf. Sal 50/51, 19), sabiendo bien que debe atender a la propia salvación "con temor y temblor" (Flp 2, 12). Sin embargo, esto no significa miedo irracional, sino sentido de responsabilidad y de fidelidad a su ley.

2. El Espíritu Santo asume todo este conjunto y lo eleva con el don del temor de Dios. Ciertamente ello no excluye la trepidación que nace de la conciencia de las culpas cometidas y de la perspectiva del castigo divino, la suaviza con la fe en a misericordia divina y con la certeza de la solicitud paterna de Dios que quiere la salvación eterna de todos. Sin embargo, con este don, el Espíritu Santo infunde en el alma sobre todo el temor filial, que es un sentimiento arraigado en el amor de Dios: el alma se preocupa entonces de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de "permanecer" y crecer en la caridad (cf. Jn 15, 4-7).

3. De este santo y justo temor, conjugado en el alma con el amor a Dios, depende toda la práctica de las virtudes cristianas, y especialmente de la humildad, de la templanza, de la castidad, de la mortificación de los sentidos. Recordemos la exhortación del Apóstol Pablo a sus cristianos: "Queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando la santificación en el temor de Dios" (2 Co 7, 1).

Es una advertencia para todos nosotros que, a veces, con tanta facilidad transgredimos la ley de Dios, ignorando o desafiando sus castigos. Invoquemos al Espíritu Santo a fin de que infunda largamente el don del santo temor de Dios en los hombres de nuestro tiempo. Invoquémoslo por intercesión de Aquella que, al anuncio del mensaje celeste "se conturbó" (Lc 1, 29) y, aun trepidante por la inaudita responsabilidad que se le confiaba, supo pronunciar el "fiat" de la fe, de la obediencia y del amor.

Invito también visitar el Sitio de la Santa Sede donde además de los textos correspondientes a la celebración de Pentecostés 2010 (y durante el pontificado de Benedicto XVI) se han recopilado valiosos documentos, catequesis, reflexiones y mensajes de años anteriores correspondientes a varios Pontífices, al Catecismo de la Iglesia Católica y del Concilio Vaticano II .

 

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Juan Pablo II : Los siete dones del Espiritu Santo – (6 de 7) El don de la piedad

 


Ya llegando hacia el final de las reflexiones dominicales del Regina Caeli/Ángelus la penúltima del domingo 28 de mayo de 1989 fue sobre el don de la piedad :

 1. La reflexión sobre los dones del Espíritu Santo nos lleva hoy, a hablar de otro insigne don: la piedad. Mediante éste, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos.

La ternura, como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial, del vacío que las cosas terrenas dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda, perdón. El don de la piedad orienta y alimenta dicha exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de profunda confianza para con Dios, experimentado como Padre providente y bueno. En este sentido escribía San Pablo: "Envió Dios a su Hijo,... para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo..." (Ga 4, 4-7; cf. Rm 8, 15).

2. La ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre. Con el don de la piedad el Espíritu infunde en el creyente una nueva capacidad de amor hacia los hermanos, haciendo su corazón de alguna manera participe de la misma mansedumbre del Corazón de Cristo. El cristiano "piadoso" siempre sabe ver en los demás a hijos del mismo Padre, llamados a formar parte de la familia de Dios, que es la Iglesia. Por esto él se siente impulsado a tratarlos con la solicitud y la amabilidad propias de una genuina relación fraterna.

El don de la piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón. Dicho don está, por tanto, a la raíz de aquella nueva comunidad humana, que se fundamenta en la civilización del amor.

3. Invoquemos del Espíritu Santo una renovada efusión de este don, confiando nuestra súplica a la intercesión de María modelo sublime de ferviente oración y de dulzura materna. Ella, a quien la Iglesia en las Letanías lauretanas saluda como Vas insignae devotionis, nos enseñe a adorar a Dios "en espíritu y en verdad" (Jn 4, 23) y a abrirnos, con corazón manso y acogedor, a cuantos son sus hijos y, por tanto, nuestros hermanos. Se lo pedimos con las palabras de la "Salve Regina": "¡...O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria!".

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Juan Pablo II : Los siete dones del Espiritu Santo – (5 de 7) El don de la fortaleza

 


En el Ángelus del domingo 24 de mayo de 1989 el Papa Juan Pablo reflexiono sobre el don de la fortaleza:  

1. "Veni, Sancte Spiritus!". Esta es, muy queridos hermanos y hermanas, la invocación que hoy, solemnidad de Pentecostés, se eleva insistente y confiada desde toda la Iglesia: Ven, Espíritu Santo, y "reparte tus siete dones según la fe de tus siervos" (Secuencia de Pentecostés).

Entre estos dones del Espíritu hay uno sobre el que deseo detenerme esta mañana: el don de la fortaleza. En nuestro tiempo muchos exaltan la fuerza física, llegando incluso a aprobar las manifestaciones extremas de la violencia. En realidad, el hombre cada día experimenta la propia debilidad, especialmente en el campo espiritual y moral, cediendo a los impulsos de las pasiones internas y a las presiones que sobre él ejerce el ambiente circundante.

2. Precisamente para resistir a estas múltiples instigaciones es necesaria la virtud de la fortaleza, que es una de las cuatro virtudes cardinales sobre las que se apoya todo el edificio de la vida moral: la fortaleza es la virtud de quien no se aviene a componendas en el cumplimiento del propio deber.

Esta virtud encuentra poco espacio en una sociedad en la que está difundida la práctica tanto del ceder y del acomodarse como la del atropello y de la dureza en las relaciones económicas, sociales y políticas. La timidez y la agresividad son dos formas de falta de fortaleza que, a menudo, se encuentran en el comportamiento humano, con la consiguiente repetición del entristecedor espectáculo de quien es débil y vil con los poderosos, petulante y prepotente con los indefensos.

3. Quizás nunca como hoy la virtud moral de la fortaleza tiene necesidad de ser sostenida por el homónimo don del Espíritu Santo. El don de la fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma no sólo en momentos dramáticos como el del martirio, sino también en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios; en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez.

Cuando experimentamos, como Jesús en Getsemaní, "la debilidad de la carne" (cf. Mt 26, 41; Mc 14, 38), es decir, de la naturaleza humana sometida a las enfermedades físicas y psíquicas, tenemos que invocar del Espíritu Santo el don de la fortaleza para permanecer firmes y decididos en el camino del bien. Entonces podremos repetir con San Pablo: "Me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte" (2 Co 12, 10).

4. Son muchos los seguidores de Cristo -Pastores y fieles, sacerdotes, religiosos y laicos, comprometidos en todo campo del apostolado y de la vida social- que, en todos los tiempos y también en nuestro tiempo, han conocido y conocen el martirio del cuerpo y del alma, en intima unión con la Mater Dolorosa junto a la cruz. ¡Ellos lo han superado todo gracias a este don del Espíritu!

Pidamos a María, a la que ahora saludamos como Regina coeli, nos obtenga el don de la fortaleza en todas las vicisitudes de la vida y en la hora de la muerte.

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Juan Pablo II : Los siete dones del Espiritu Santo – (4 de 7) El don del consejo

 


Despues de haber regresado de su viaje pastoral que me ha llevado a Madagascar, isla de La Reunión, Zambia y Malawi, (sobre el cual hablaría en una próxima audiencia general  le tocaba hablar del don del consejo:  

 2. Continuando la reflexión sobre los dones del Espíritu Santo, hoy tomamos en consideración el don de consejo. Se da al cristiano para iluminar la conciencia en las opciones morales que la vida diaria le impone.

Una necesidad que se siente mucho en nuestro tiempo, turbado por no pocos motivos de crisis y por una incertidumbre difundida acerca de los verdaderos valores, es la que se denomina "reconstrucción de las conciencias". Es decir, se advierte la necesidad de neutralizar algunos factores destructivos que fácilmente se insinúan en el espíritu humano, cuando está agitado por las pasiones, y la de introducir en ellas elementos sanos y positivos.

En este empeño de recuperación moral la Iglesia debe estar y está en primera línea: de aquí la invocación que brota del corazón de sus miembros ―de todos nosotros― para obtener ante todo la ayuda de una luz de lo Alto. El Espíritu de Dios sale al encuentro de esta súplica mediante el don de consejo, con el cual enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes (por ejemplo, de dar respuesta a la vocación), o de un camino que recorrer entre dificultades y obstáculos. Y en realidad la experiencia confirma que "los pensamientos de los mortales son tímidos e inseguras nuestras ideas", como dice el Libro de la Sabiduría (9, 14).

3. El don de consejo actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma (cf. San Buenaventura, Collationes de septem donis Spiritus Sancti, VII, 5). La conciencia se convierte entonces en el "ojo sano" del que habla el Evangelio (Mt 6, 22), y adquiere una especie de nueva pupila, gracias a la cual le es posible ver mejor qué hay que hacer en una determinada circunstancia, aunque sea la más intrincada y difícil. El cristiano, ayudado por este don, penetra en el verdadero sentido de los valores evangélicos, en especial de los que manifiesta el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7).

Por tanto, pidamos el don de consejo. Pidámoslo para nosotros y, de modo particular, para los Pastores de la Iglesia, llamados tan a menudo, en virtud de su deber, a tomar decisiones arduas y penosas.

Pidámoslo por intercesión de Aquella a quien saludamos en las letanías como Mater Boni Consilii, la Madre del Buen Consejo.

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