Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

sábado, 24 de octubre de 2026

¿Matar en nombre de Dios? (Stanislaw Dziwisz/Gian Franco Svidercoschi – 1 de 2

 


(Svidercoschi)

No era tarea fácil borrar, olvidar siquiera, catorce siglos de conflictos, de prejuicios, de «guerras santas». Desde el nacimiento del islam, la historia de sus relaciones con el cristianismo – salvo rarísimas excepciones – ha sido siempre una historia de antagonismos, de mutuos intentos de dominación, cuando no de aniquilación. De un lado, las cruzadas. Del otro, las invasiones de Europa. De un lado, la cruz de Cristo en los estandartes, del otro, el nombre de Alá grabado en las cimitarras, en los fusiles.

Luego, el vuelco. El Concilio Vaticano II también había mostrado una actitud positiva con respecto a la religión musulmana. Se habían ido relajando, poco a poco, las tensiones de antaño. Se habían  producido declaraciones conjuntas para condenar actos de violencia, como los sucedidos en Argelia. Pero fue sobre todo con Juan Pablo II con quien empezaron a cambiar las cosas. Incluso escribió «la civilización católica», ningún otro Papa le había prestado personalmente «tanta atención» a las relaciones con los musulmanes.

(Dziwisz) La experiencia acumulada durante los viajes a países musulmanes fue de una importancia decisiva. El Santo Padre se convenció cada vez mas de que la Iglesia católica tenía que multiplicar sus esfuerzos para ampliar lo antes posible los espacios de diálogo y de la colaboración con el islam. El mundo – decía – también saldría beneficiado de la existencia de unas buenas relaciones entre las dos grandes tradiciones religiosas.

Al final de un largo viaje por África, en la primavera de 1985, el Pontífice se detuvo en Marruecos, donde recibió una acogida excepcional para tratarse de un país musulmán. El rey Hasan II se había ocupado personalmente de los preparativos,  hasta la decoración del altar. Pero el momento culminante fue el encuentro, en Casablanca, con el menos ochenta mil jóvenes musulmanes. Una esplendida mancha blanca que recubría el estado y el prado. «Tenemos que respetarnos»  dijo Juan Pablo II, y su franqueza conquisto el auditorio.

Se presentó como lo que era, el obispo de Roma, la cabeza de la Iglesia católica, y nada más empezar explicó que estaba allí para hablar de Jesucristo nada de camuflajes, ni subterfugios. Pero, sobre todo,  se presentó como un creyente en Dios que estaba ante otros creyentes en Dios. Simplemente, quiero ofrecerosaquí el testimonio de aquello en lo que creo. 

Era extraordinario comprobar cómo los jóvenes aplaudían en los momentos en que había que hacerlo. No podían conocer de antemano el texto del discurso, ni estar preparados.  No había más remedio que deducir que estaban atentos, interesados por lo que les decía el Santo Padre: cristianos y musulmanes, en cuanto hijos de Abraham, creen en el mismo Dios, el único Dios, tienen muchas cosas en común, como creyentes y como hombres, y especialmente hoy, en un mundo cada vez más secularizado y más ateo, cristianos y musulmanes tienen que dar testimonio común de sus valores espirituales.

Fue realmente un encuentro inolvidable. Muchos periódicos publicaron crónicas positivas. 

Al año siguiente se celebró en Asís la Jornada de oración por la Paz, a la que acudieron también algunos representantes musulmanes: o, al menos, vinieron los representantes del islam más espiritual, más moderado, dado que esta religon – de más de mil millones de seguidores – se caracteriza porque está extremadamente fragmentada en sus posturas, sus comportamientos.



Además, justo en esa época, la gran variedad de posturas estaba saliendo a la superficie, de un lado, por el recrudecimiento del conflicto árabe-israelí, ocasionado por el problema palestino; del otro, por el progresivo aumento de los grupos integristas y de los Estados dominados por la sharia, es decir, por la subordinación de las leyes civiles a los preceptos religiosos. O por casos como el de Arabia Saudí, donde no está permitido que haya un solo lugar sagrado para el culto católico.

Esta era una preocupación que afloraba cada vez con más frecuencia en las reflexiones que el Santo Padre hacía con sus más estrechos colaboradores. Era preciso hacer cuanto estuviera en manos de la Santa Sede para impedir que estallasen guerras en Oriente Próximo y, sobre todo, que estas guerras tuviesen la mas mínima apariencia de conflicto religioso.

La fe en Dios no podía conducir, de ninguna de las maneras, a que los poblemas se resolvieran mediante un conflicto armado. ¡Sería una blasfemia pensar lo contrario! He aquí porque  –difundiendo el espíritu de Asís – era necesario hacer todo lo posible para profundizar el diálogo entre las religiones monoteístas, pero también con otras religiones.

Para el año 2000, Juan  Pablo II tenía proyectada una peregrinación jubilar siguiendo las huellas de Abraham, de Moisés, de Jesús y de Pablo. Casi un regreso a los  orígenes de la historia del cristianismo y a los mismos lugares en los que Dios había dejado su «huella». Pero la primera etapa, la de Ur de los caldeos, en Irak, se la impidieron hacer,  el Papa tuvo que empezar su peregrinación en el Vaticano  con una solemne conmemoración de Abraham.

Estaba disgustado por la negativa, obviamente. Pero lo estaba todavía más porque no se hubiera comprendido que su deseo era seguir las huellas de aquel que es el padre común también para los musulmanes.

Una negativa extraña. El cardenal Echegaray había ido a Irak a organizar el viaje. Las fuerzas multinacionales le habían hecho saber que podían garantizar la seguridad. Y, en cambio, después de una larga espera, llegó aquel no de Sadam Husein. Muy educado, entendámonos aduciendo problemas con la seguridad, ¿pero era verdaderamente el motivo? Para que resultase menos amarga aquella negativa, los obispos iraquíes le llevaron de regalo un ladrillo de la casa de Abraham. Yél: «Y pensar que siempre he creído que Abraham vivía en una tienda…»

De todas formas, durante la peregrinación, Juan Pablo II pudo recorrer también los «caminos» del mundo musulmán. Fue a El Cairo, al Sinaì, a Jordania, al monte Nebo, a Palestina, a Belén, a Jerusalén, a la Cúpula de la Roca, uno de los lugares más sagrados para el islam. ¿Quién hubiera podido imaginar lo que iba a ocurrir al año siguiente?



Debo decir que, tres meses antes del viaje del Santo Padre a Siria, todavía no se sabía nada. Ni siquiera se había hablado de ello. Y no sólo en aquella ocasión sino tampoco en las precedentes en El Cairo, en Jerusalén, nadie había invitado al Papa a entrar en una mezquita. No sé, quizás, no lo habían hecho por delicadeza, pensando que lo iban a poner en una situación embarazosa. Y el Papa, ciertamente, no podía pedirles que le llevaran. Y de repente, llegó aquella invitación procedente de Damasco. La idea era, un poco, del Gobierno sirio, y otro poco de los círculos islámicos. Al final, todos de acuerdo. Muy contentos por haber pensado en ello. Y por haber tomado la iniciativa.

Así el 6 de mayo de 2001, el jefe de la Iglesia católica entró por primera vez en una mezquita: la mezquita Omeya, donde se conserva el memoria de San Juan Bautista. Ésta también fue una gran página de la historia religiosa. No solo por lo que significaba con respecto a un turbulento pasado, sino, sobre todo, por el compromiso, por parte de cristianos y musulmanes, de no «abusar» más de la religión para justificar la violencia y el odio, de redescubrir los fundamentos comunes. EN resumen, como entonces se dijo, de no regatear esfuerzos para presentar a ambas religiones no enfrentadas, como ya había ocurrido demasiados veces, sino colaborando entre ellas.

Parecía que era el inicio de un periodo de convivencia pacífica, constructiva. El santo Padre no escondía la esperanza de que el mundo, también gracias al clima espiritual propiciado por el Jubileo, fuese a encontrar una cierta tranquilidad. Y que, por lo tanto, se pudiese llegar a una paz más estable, más difundida, y con ello, a una ampliación del espacio de la justicia…

 (Dziwisz Estanislao /  Svidercoschi Gian Franco 2008 UNA VIDA CON KAROL capitulo 11, «Abrid las puertas a Cristo» páginas 235/238, La Esfera de los Libros)

 

Una sola es la Iglesia fundada por Cristo Señor – fracturas y escisiones

 


La autorrevelación de Dios, que ha alcanzado su plenitud en Jesucristo, es la fuente de la fe cristiana: es decir, de ese "Credo" al que la Iglesia da expresión en los Símbolos de Fe. Sin embargo, en el ámbito de esta fe cristiana se han verificado a través de los siglos varias fracturas y escisiones. "Todos se confiesan discípulos del Señor, pero (las Comuniones cristianas) sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido (cf. 1 Cor 1, 13)". "Porque una sola es la Iglesia fundada por Cristo Señor; muchas son, sin embargo, las Comuniones cristianas que a sí mismas se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo" (Unitatis redintegratio, I ), en divergencia con las otras y principalmente con la Iglesia católica, apostólica, romana.


A decir verdad, ya desde los tiempos apostólicos se lamentan divisiones entre los discípulos de Cristo, y San Pablo reprende severamente a los responsables como merecedores de condena (cf. 1 Cor 11, 18-19; Gál 1, 6-9; cf. 1 Jn 2, 18-19; cf. Unitatis redintegratio, 3). Las divisiones no faltaron tampoco en los tiempos post-apostólicos. Una atención especial merecen las que "ocurrieron en Oriente, por la contestación de las fórmulas dogmáticas de los Concilios de Efeso y Calcedonia" (Unitatis redintegratio, 13), referentes a la relación entre la naturaleza divina y la naturaleza humana de Jesucristo.

Sin embargo, se deben nombrar aquí sobre todo las dos divisiones mayores, la primera de las cuales interesó al cristianismo sobre todo en Oriente, la segunda en Occidente. La ruptura en Oriente, el llamado cisma oriental, vinculado a la fecha del 1054, ocurrió "por la ruptura de la comunión eclesiástica entre los Patriarcados orientales y la Sede Romana" (Unitatis redintegratio, 13). Como consecuencia de esta ruptura existen en el ámbito del cristianismo la Iglesia católica (romano-católica) y la Iglesia o Iglesias ortodoxas, cuyo centro histórico se halla en Constantinopla.

"En Occidente acaecieron las otras (divisiones), después de más de cuatro siglos, a causa de los sucesos comúnmente conocidos con el nombre de Reforma. A partir de entonces muchas Comuniones, ya nacionales, ya confesionales, quedaron separadas de la Sede Romana. Entre aquellas en las que las tradiciones y estructuras católicas continúan subsistiendo en parte, ocupa lugar especial la Comunión anglicana. Sin embargo, estas diversas separaciones difieren mucho entre sí, no sólo por razones de origen, lugar y época, sino, sobre todo, por la naturaleza y gravedad de los problemas que se refieren a la fe y a la estructura eclesiástica" (ib.).

No se trata pues sólo de divisiones referentes a la disciplina. Es el contenido mismo del "Credo" cristiano el que resulta herido. Un teólogo protestante moderno, K. Barth, ha expresado esta situación de división con la frase siguiente: "Todos creemos en un solo Cristo, pero no todos de la misma manera".

El Concilio Vaticano II se pronuncia así: "Esta división contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres" (Unitatis redintegratio, 1).


Los cristianos de hoy deben recordar y meditar con una sensibilidad especial las palabras de la oración que Cristo Señor dirigió al Padre la noche en la que iba a ser traicionado: "Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21).

El vivo eco de estas palabras hace que, especialmente en la situación histórica actual, estemos invadidos, al recitar el "Credo" cristiano, por un ardiente deseo de la unión de los cristianos hasta la plena unidad en la fe.

 

(Leer completo en el sitio de la Santa Sede) 

jueves, 22 de octubre de 2026

22 de octubre memoria liturgica de San Juan Pablo II

 




Hoy 22 de octubre,   celebramos la memoria litúrgica de San Juan Pablo II;  recordamos también la fecha de  inicio de su pontificado y la fuerza y potencia  de sus palabras en la homilia en la Santa Misa   

¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!

¡Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera!

¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!

Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura. de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo El lo conoce!

 

En esta fecha tan especial - como todos los años - no podría agregar nada más que un infinito e insondable GRACIAS, gracias por todo lo vivido y que me ha sido dado – un don extraordinario - durante estos últimos años a partir de la partida de nuestro querido santo. Parecería extraño, pero fue así que a partir de la partida se me abrió todo un mundo y todo se fue dando de manera extraña, casi inconcebible. Mi viaje a Roma en 2005, mis primeros contactos con el sitio oficial de la Causa de Beatificación y Canonización de Juan Pablo II con la traducción de la Oración al esloveno – primer eslabón –   mi colaboración con la revista, las valiosas amistades forjadas  y tantos momentos y experiencias.  

Todo,  o casi todo ha sido volcado en este blog (y en mis otros dos: Encíclicas  – ya terminando con la ultima;  y Pensamientos  

Causa Beatificacion y Canonización JPII

Diario Canonización 

Diario Roma beatifiación 

1 de mayo 2011 

 

 

 

«Abrid las puertas a Cristo» – 22 de octubre de 1978

 


(Svidercoschi)

Era el domingo 22 de octubre de 1978. El nuevo Papa, el primer Papa eslavo de la historia, comenzaba oficialmente su m ministerio pontifico. Y en la homilía, durante el solemne rito de inicio, lanzó aquel grito inolvidable: «¿No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo! ¡Abridlas de par en par!  Abrid a su poder salvador las fronteras de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los inmensos territorios de la cultura, de la civilización, del desarrollo»

El llamamiento no estaba sólo dirigido a los católicos a los cristianos. El desafío que encerraba no tenía precedentes porque la tentación del hombre de rechazar a Dios en nombre de la propia libertad, de la propia autonomía, había asumido ya dimensiones planetarias. Había sobrepasado ya toda distinción entre religiones.

(Dziwisz)

Apenas terminé de leer el discurso, me sentí sobrecogido. En aquel texto el Santo Padre expresaba su espíritu, su pensamiento y su programa. Era su programa de vida, el programa de su corazón, de su piedad, y al mismo tiempo, el programa del servicio pastoral que, como sucesor de Pedro, estaba iniciando en la Iglesia universal.

Aquellas palabras -- «¡Abrid las puertas a Cristo!,«¡No tengáis miedo!» -- fueron el motor de su vida y la línea maestra de su pontificado. Aquellas palabras querían infundir fuerza y coraje, sobre todo a las naciones esclavizadas a las que él anunciaba la libertad.

En la plaza de San Pedro, entre los asistentes a la ceremonia, se encontraba también el embajador soviético en Italia y el presidente del Consejo de Estado de Polonia. Henryk Jablonski. En un momento dado, el diplomático se dio vuelta hacia su acompañante y, en tono despectivo, le cuchicheo: «La mayor hazaña de la República Popular polaca ha sido regalarle un Papa al mundo». Quería decir: un Papa llegado del Este. Un Papa que conocía bien el mundo comunista, que sabía como hacerle frente. Consecuentemente, había que empezar a pensar en cómo neutralizar las acciones de dicho Papa.

Pero quizás el embajador olvidaba que aquel «¡No tengáis miedo! no provenía, en el caso de Juan Pablo II, de una ideología, de una estrategia politi8ca, sino de la práctica del Evangelio, de la imitación de Cristo. ¡Era su fuerza!. Con aquellas palabras comenzó a caminar por los senderos del mundo, y según mi opinión, a transformarlo.

Es más, Karol Wojtyla  puso enseguida manos a la obra, en el instante mismo en que finalizo aquella solemne celebración. Empuño la cruz pastoral casi como si fuese un estandarte, una bandera, y, con paso decidido, descendió hacia el recinto sagrado de San Pedro. Como si quisiese ir al encuentro del mundo entero para despertarlo, para obligarlo a salir de la pasividad, de la resignación, de sus angustias, de sus falsos mitos, de la ilusión de poder prescindir de Dios.

Nada más ser elegido, el Santo Padre había dicho que quería prescindir de la silla giratoria. Lo había dicho en el acto precisamente para evitar que se lo propusieran. Tenía buenas piernas, piernas de montañero, prefería caminar…

Igualmente rechazo la tirara. No porque fuera el símbolo de la conexión con un poder temporal que ya no existía, no, no era por esto. Era por algo mucho más simple., había habido un Concilio, la Iglesia actual era más evangélica, más espiritual.

Por otra parte, su predecesor, el papa Luciani, también había iniciado así su pontificado, rechazando la «coronación». Y a Wojtyla le gustaba ese estilo pastoral.   Lo consideraba más acorde con los nuevos tiempos, más en consonancia con su misión como Pastor universal, que ddebe estar cerca de la gente. Mejor dicho, que debe estar entre la gente.

Más tarde, el mismo Juan Pablo II confesó que sólo fue plenamente consciente delo que había dicho en un segundo momento. Pero aquellas palabras pronunciadas en la plaza de San Pedro eran palabras que, en su contenido más profundo, Wojtyla llevaba dentro de si, en el interior de su corazón, desde hacía mucho tiempo.

De hecho, el discurso lo escribió de un tirón. ÉL sólo, a mano, con poquísimas correcciones y, como es lógico, en polaco, Una vez traducido al italiano quiso hacer un ensayo, por así decirlo. Se lo leyó a Ángelo Gugel, su ayudante de cámara; y Ángelo era muy meticuloso, muy estricto, si se equivocaba en un acento, no dudaba en corregirle.

Pero es cierto, Lo que el Papa dijo aquel domingo de octubre formaba parte de su memoria, de su historia, del patrimonio religioso y cultural que se había llevado consigo desde su patria hasta la cátedra de San Pedro.

De allí surgía la visión que Juan Pablo II tenía de la relación entre el misterio de la Redención y la verdad sobre el hombre y que, posteriormente, fue le tema central de su primera encíclica, Redemptor hominis. «A través de la Encarnación, el Hijo de Dios se ha unido a todos y cada uno de los hombres». Es decir, Cristo ha desvelado progresivamente al hombre – hombre que es la primera y fundamental viva de la Iglesia – la dimensión constitutiva de su mismo ser, su destino, su singularidad única e irrepetible como persona, en posesión de una dignidad propia y original.

Se trataba de una verdad evangélica que ya había sido redescubierta y vuelta a  proponer por el Vaticano II, en particular por la constitución pastoral Gaudium et  Spes. Y, al mismo tiempo, era el puerto final de las reflexiones, de los pensamientos y las experiencias que Karol Wojtyla había ido madurando durante los años de su ministerio sacerdotal, de su magisterio y de su episcopado.  Por lo tanto, la encíclica programática representaba la síntesis entre el Concilio y la herencia polaca. Síntesis traducida más tarde por el Papa en el compromiso de unir la misión de la Iglesia con el servicio a todos los hombres. Hombres considerados no en abstracto, no sólo simbólicamente, sino en su concreta realidad histórica, en el plano individual, y al mismo tiempo, en el comunitario y social.

Quizás, en esa época, cuando vio la luz la Redemptor hominis, el problema no emergió hasta la superficie, no se hablo apenas de tema en los periódicos. Pero aquella« apuesta por el hombre» no fue acogida pacíficamente en todos los círculos eclesiásticos, tampoco en todos los teológicos.

Hubo, incluso, quien se escandalizó por aquella afirmación de que el hombre era la «via» de la Iglesia. Casi como si el nuevo Papa, al poner el acento sobre la centralidad del ser humano, hubiese socavado la primacía de Dios.

Es necesario volver a aquel «¡No tengáis miedo!», porque de allí le vino a Juan Pablo II la inspiración para la idea central de la Redemptor hominis: el hombre, en cuanto redimido por Cristo, es la «via» de la Iglesia, el hombre en su conjunto de alma y cuerpo, en su constante tensión entre verdad y libertad.

Si quizás, al menos en ese momento, al menos en ciertos círculos, en una situación eclesiástica sobre la que aún pesaban ciertos miedos del pasado, aquella frase habrá podido asombrar a más de uno, hacerle torcer el gesto.  Pero luego se convirtió en el programa de toda la Iglesia, en el programa del pontificado, y todavía hoy no ha perdido nada de su actualidad. Forma parte integrante del magisterio, de la misión de la comunidad eclesiástica.

En resumen, lo que a algunos les pareció entonces una semiherejìa, ha contribuido no poco a superar la antigua contraposición entre teocentrismo y antropocentrismo, haciéndolos converger en la historia misma del hombre. Y ha anticipado la que, para la Iglesia y para la humanidad, se convertiría después en la cuestión principal del siglo XXI:  la cuestión antropológica.

¡Cómo será el hombre de mañana? ¿Cómo será su realidad? ¿Cuáles serán sus valores, sus puntos de referencia éticos, sus modelos, sus estilos de vida? Y, por tanto ¿cómo es posible comprender, más áun, resolver la cuestión del hombre, prescindiendo de la cuestión de Dios?

(Dziwisz Estanislao /  Svidercoschi Gian Franco 2008 UNA VIDA CON KAROL capitulo 11, «Abrid las puertas a Cristo» páginas 76 a 79, La Esfera de los Libros)

 

 

 

 

martes, 20 de octubre de 2026

El Magnificat del cardenal Eduardo Pironio – Beato

 



“Aprendió su fe en las rodillas de su madre, mujer de formación cristiana sólida, aunque sencilla, que supo imprimir en el corazón de sus hijos el genuino sentido evangélico de la vida” decía el Santo Padre Juan Pablo II en su homilía durante la misa en sufragio del Cardenal Eduardo Pironio el 7 de febrero de 1998 “testigo de la fe valiente que sabe fiarse de Dios, incluso cuando, en los designios misteriosos de su Providencia, permite la prueba” y agregaba “¿Cómo olvidar la gran aportación que dio a las celebraciones de las Jornadas mundiales de la juventud? Quisiera dar gracias públicamente aquí a este hermano nuestro, que me prestó una gran ayuda en el ejercicio de mi ministerio petrino”

La puerta de su despacho estaba siempre abierta. Supo ganarse amigos en Roma, donde a partir del llamado del Santo Padre Juan Pablo II en abril de 1984 se ocupo de la animación e los fieles laicos y fue incansable y entusiasta colaborador del Santo Padre en los encuentros con los jóvenes antes aún que comenzaran oficialmente las Jornadas Mundiales de la Juventud.




Su testamento espiritual es un canto a la vida, un Magnificat :

“Ahora entro en la alegría de mi Señor, en la contemplación directa, cara a cara, de la trinidad. Hasta ahora peregriné lejos del Señor. Ahora lo veo tal cual El es. Soy feliz. ¡Magnificat!


¡Magnificat! Me pongo en el corazón de María, mi buena Madre, la Virgen fiel, para que me ayude a dar gracias al Padre ella pedir perdón por mis innumerables pecados.


¡Magnificat! Te doy gracias, Padre, por el don de la vida. ¡Que lindo es vivir! Tú nos hiciste, Señor, para la Vida. La amo, la ofrezco, la espero. Tú eres la Vida, como fuiste siempre mi Verdad y mi Camino.

¡Magnificat! Doy gracias al Padre por el don inapreciable de mi bautismo que me hizo hijo de Dios y templo vivo de la Trinidad […]

¡Magnificat! Agradezco al Señor por mi sacerdocio. Me he sentido extraordinariamente feliz de ser sacerdote y quisiera transmitir esta alegría profunda a los jóvenes de hoy, como mi mejor testamento y herencia….Mi vida sacerdotal estuvo siempre marcada por tres amores y presencias: El Padre, María Santísima, la Cruz. […]

¡Magnificat! Doy gracias a Dios por mi ministerio de servicio en el episcopado…He querido ser padre, hermano y amigo de los sacerdote,s religiosos y religiosas, de todo el Pueblo de Dios […]

Quero manifestar mi agradecimiento al Santo Padre, Juan Pablo II, por haberme confiado, en abril de 1984, la animación de los fieles laicos. De ellos depende la construcción de la civilización del amor […]

¡Magnificat! Doy gracias a Dios que por el Santo Padre Pablo VI, me ha llamado a servir a la Iglesia Universal en el privilegiado campo de la vida consagrada. Como los quiero a los Religiosos y Religiosas y a todos los laicos consagrados del mundo! […]

¡Magnificat! Agradezco al Señor el privilegio de la Cruz. Me siento felicísimo de haber sufrido mucho. Solo me duelo no haber sufrido bien y no haber saboreado siempre en el silencio de la cruz […]

¡Magnificat!
 Agradezco al Señor que me haya hecho comprender el Misterio de Maria en el Misterio de Jesús y que la Virgen haya estado tan presente en mi vida personal y en mi ministerio. A Ella le debo todo […]

¡Magnificat! Agradezco al señor que mi ministerio se haya desarrollado, casi siempre, de un modo privilegiado, al servicio de sacerdotes y seminaristas, de religiosos y religiosas, y ultimamente de los fieles laicos […]

¡Magnificat! Doy gracias a Dios por haber podido gastar mis pobres fuerzas y talentos en la entrega a los queridos laicos, cuya amistad y testimonio me han enriquecido espiritualmente. He querido mucho a la Acción Católica […]

Los dejo en el corazón de María, la Virgen pobre, contemplativa y fiel. ¡Ave María!

A Ella le pido: “Al final de este destierro muéstranos el fruto bendito de tu vientre, Jesús”.


Invito leer: 

Leer testamento completo   

Santuariode Lujan – Beatificación Cardenal Pironio

Saludo del Cardenal Pironio al Santo Padre Juan Pablo II durante el Encuentro Internacional de Jóvenes celebrado en la plaza San Juan de Letrán en Roma el 30 de marzo de 1985.

Algunos escritos del Cardenal Pironio   

Pironio Profeta de esperanza  

jueves, 15 de octubre de 2026

Venia un papa eslavo (2 de 2) – 1978


Más tarde supe por fue el cardenal Wyszynski quien le había sugerido que tomase ese nombre, en memoria del Pontifice difunto y por respeto al pueblo  italiano, que había amado profundamente a Juan Pablo I.

Todos los cardenales se acercaron para rendir homenaje al elegido: cuando Wojtyla llegó ante él, se estrecharon en un largo abrazo. Mientras, de la chimenea de la Sixtina salía la fumata blanca. Viene  un Papa eslavo, hermano de los  pueblos… había escrito más de un siglo antes el gran poeta Juliusz Slowacki.

Yo en la plaza San Pedro, cerca de la entrada de la basílica. Fue allí donde escuché al cardenal Pericle Felici anunciar el nombre del nuevo Papa. ¡Era mi obispo! ¡Mi obispo! El corazón me daba brincos de alegría, por supuesto, pero me sentía como bloqueado, petrificado. Pensé para mis adentros: «Ha sucedido». Ha sucedido lo que nadie creía que podía suceder. En Cracovia había gente que rezaba para que no fuese elegido, querían que se quedase en la diócesis, que no se fuera. Nadie creía que algo asi podía ocurrir. ¡Y sin embargo, había ocurrido! ¡Había ocurrido!

También Polonia vivió un primer momento de incredulidad, pero luego estalló la alegría. La gente abarrotó las calles, las plazas para expresar toda su felicidad, toda su emoción, y  todo su orgullo al ver a un hijo suyo subir a la cátedra de San Pedro.




Alguien consiguió distinguir mi cara en medio de la multitud, vino hacia mi y me llevo del brazo hasta la entrada del cónclave, que todavía estaba cerrada.

En el Vaticano, el Papa estaba vistiéndose con su nuevo hábito. Debìa asomarse a la logia externa de la basílica vaticana para impartir la bendidcion. Al acercarse al balcón y vislumbrar la inmensa multitud que abarrotaba la plaza, le pregunto a la persona que lo acompañaba si no sería conveniente pronunciar algunas palabras. El acompañante le contestó que no, que no estaba previsto por el ritual, por la praxis. Pero Juan Pablo II, según llego a la logia sintió como una oarden irresistible desde su interior. «Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo», dijo. Y la gente respondió: «Alabado sea por siempre.» Y entonces él empezó a hablar. «No se si podré explicarme bien en vuestra…en nuestra lengua italiana. Si me equivoco, corregidme…» Y la multitud rompió en un aplauso que parecía que nunca iba a tener fin.

Las puertas del cónclave se abrieron por fin, y el mariscal, el marqués Giulio Sacchetti, me acompaño al interior del Vaticano. El Santo Padre estaba ya cenando con todos los miembros del Sacro Colegio. Cuando entré, el cardenal camarlengo, Jean Villot, se alzó y sonriendo, me presentó al nuevo Papa.  Fue un encuentro muy sencillo, pero, para mí, de una emoción extraordinaria. El me miraba fijamente, quizá quería adivinar cuales eran mis sentimientos al verlo vestido asi. No decía nada, y sin embargo, sentía que me hablaba con su penetrante mirada. Me encontraba delante del pastor de la Iglesia universal, del Papa; fue justo en ese instante cuando comprendí que ya no era más el cardenal Karol Wojtyla, sino Juan Pablo II, el sucesor de Pedro. Acercó su rostro al mío, y sólo entonces, me habló. Apenas una broma, sólo un par de palabras, pero llenas de su sentido de humor, que hicieron que se me pasase inmediatamente la emoción y me reencontrase con el hombre que conocía. Refiriéndose claramente a los cardenales, quiso transmitirme su sorpresa ante el hecho de que lo hubieran elegido. Mas o menos, quiso decirme: «Pero que han hecho»!  Ésta, sin embargo, es mi…traducción. Él en realidad, lo que me dijo, variándola un poco, fue una frase en romanesco: »Li possono..»   Fui a cenar a otra sala en la que estaban el secretario del cónclave, monseñor Ernesto Civardi, el maestro de ceremonias y otras personas que habían prestado sus servicios durante esos días. Todos me miraban con curiosidad, pero también con simpatía.   El Santo Padre, después de cenar, regreso a su habitaqciòn, en un pequeño departamento que compartìa con el arzobispo de Nápoles, Corrado Ursi, en el entresuelo de la Secretaria de Estado. Conocía bien a Ursi, habían sido nombrados juntos.  Y allí, en aquella habitación, el nuevo Papa comenzó su primer “trabajo”. Empezó a preparar el discurso para el día siguiente, que debía pronunciar en latín; conocía bien el idioma, así que no tuvo problemas en escribirlo. Se trataba del discurso programático, en el que debía definir las líneas principales de su pontificado y las tareas que, por la voluntad de Dios, debería cumplir. Entre los puntos clave, la puesta en práctica del Concilio, la apertura al mundo, la situación del catolicismo en aquel momento histórico y eclesiástico, y el ecumenismo. Después de cenar, volvì al Colegio polaco. Ninguno de nosotros se fue a dormir, los otros sacerdotes y yo nos pasamos toda la noche comentando el gran evento. Mientras, con ayuda de la radio, intentábamos escuchar las reacciones de Cracovia, de las otrs ciudades polacas. Escuchábamos la alegría, el llanto de la gente y las oraciones, las vigilias que tenían lugar ne las iglesias, las mismas, el sonido de las campanas. En la catedral de Wawel – algo que sólo se hacía en circunstancias especiales – había tañido la majestuosa campana de Segismundo.

Pero también había quien no se alegraba, quien se quedo literalmente en estado de shock, traumatizado, ante la elección del arzobispo de Cracovia. En Polonia, la publicación de la noticia se retrasó porque el Comité Central del Partido no sabía como darla, como atenuar los inminentes contragolpes. Y no sólo en Polonia, sino en todo el mundo comunista, y especialmente en el Kremlin, el desconcierto fue enorme.  Durante diez días en el imperio dominó un silencio absoluto! No hubo ninguna declaración. Ningún comentario. La historia se había tomado una revancha clamorosa contra aquellos que estaban convencidos que podían borrar a Dios de la vida de los hombres.   

Cuando el cardenal Wojtyla partió para asistir al cónclave, las autoridades comunistas le quitaron el pasaporte diplomático, dejándole solo el turístico. Uno de los secretarios provinciales del Partido le había dicho: «Vayase, vayase, cuando vuelva echaremos cuentas.» Quien sabe qué habrá pensado aquel celoso funcionario cuando vio regresar, un año después, al cardenal vestido de blanco…

 

(de Una vida con Karol - Stanislao Dziwisz - Conversacion con Gian Franco Svidercoschi, cap 10 Viene un Papa eslavo.)

 

 

Venia un papa eslavo (1 de 2) - 1978

 


El «año de los tres Papas». Asi fue llamado aquel año 1978. 

Aunque, como es lógico, Wojtyla nunca se hubiera podido imaginar, aquel primer domingo de agosto, el vuelco que iba a dar su vida en apenas un par de meses…

Se encontraba de vacaciones en los montes Bieszczady, con algunos amigos, cuando recibió la noticia de la muerte de Pablo VI. Ya se sabía que el Papa estaba enfermo, muy enfermo; pero cuando supo de su partida, el arzobispo sufrió mucho. Estaba muy unido a él, le apreciaba como a un padre. Le habían impresionado desde un princpio su estilo pastoral, la forma en que contemplaba el mundo, la enorme apertura que demostraba hacia los problemas de la cultura.

La Iglesia se puso en camino hacia el cónclave. Muchos comentaristas preveían una elección difícil, compleja, por el elevado número de miembros del Sacro Colegio. Y porque no se habían entibiado aún los debates que laceraron a la comunidad católica en el largo y conflictivo periodo que siguió al Concilio.

El cardenal Wojtyla so  se preguntaba nunca quién sería el sucesor del difunto Pontífice.  Se limitaba a decir: El Espíritu Santo decidirá. Lo observaba todo desde la óptica de la fe, con la mirada de un hombre creyente, un hombre de Iglesia.  En Roma se encontró con albino Luciani, el patriarca de Venecia. No se conocían a fondo, pero se habían visto con frecuencia y entre ellos había una gran afinidad espiritual. Recuerdo uno de aquellos encuentros, en el Colegio Pontificio polaco, en la plaza Remuria. Era el periodo preparatorio del cónclave. El cardenal Wojtyla invitó a comer al patriarca, y él acudió encantado. Yo también tuve ocasión de conocerlo y me cayó ensegida muy bien por su gran espontaneidad. Otro encuentro interesante fue el que tuvo con el cardenal Joseph Ratzinger. Creo que hablaron del carácter propiamente católico, cristiano, que debía tener la propuesta de la Iglesia al mundo contemporáneo en el inminente paso de milenio.

El cónclave, en contra de lo previsto, terminó muy pronto. La elección fue rapidisima, señal de que en aquel momento decisivo el Sacro Colegio había reencontrado una fuerte unidad.  Y, quizás, precisamente por esto, para reforzar la cohesión, el patriarca de Venecia había asumido un nombre compuesto – por el de Juan XXIII y el de Pablo VI -, aunando la herencia de sus dos inmediatos predecesores. Y conciliando asi las dos tendencias que se identificaban – muchas veces contraponiéndolas, equivocadamente – con ambos Pontífices.

El cardenal Wojtyla no contó nunca los detalles del cónclave. Dijo solo que durante su desarrollo se advirtió la presencia del Espìritu Santo. Aceptó y consideró como la voluntad de Dios – indicada por Ël a sus cardenales – la elección del nuevo Papa.  Tuvo un encuentro con Juan Pablo I inmediatamente después de la inauguración del pontificado y regresó a Cracovia llevándose consigo el recuerdo de aquella sonrisa llena de bondad, de la alegría con la que el Papa expresaba su profunda fe.

Transcurrieron sólo treinta y tres días. Wojtyla acababa de regresar de una visita a Alemania Federal con la delegación del episcopado, encabezada por el cardenal Wyszynski. Habia estado en el santuario de Kalwaria. Celebró en la catedral de Wawel una misa solemne por la festividad de San Wenceslao y al mismo tiempo, para recordar el vigésimo aniversario de su ordenación episcopal. La mañana del 29 de septiembre estaba tomando el té cuando Mucha, el chofer, entro como una tromba en la habitación. Tenìa el rostro acalorado, agitado; a duras penas, consiguió decir que Juan Pablo I había muerto.

El arzobispo quedó rígido, pero sólo durante unos instantes. Interrumpió el desayuno y se dirigió a su habitación. En esos momentos tan tristes quería estar solo. No hizo ningún comentario: solo le oíamos murmurar: «Algo inaudito…inaudito». Vimos desde lejos que entraba en la capilla. Se quedo allí mucho rato, rezando.  Rezaba y quizá, se interrogaba, interrogaba a Dios. Igual que hizo luego, abriendo su coracon, en la misa del funeral que se celebró en la basílica Mariacka: El mundo entero, la Iglesia entera se pregunta ¿Por qué?  […] No sabemos que significa esta muerte para la cátedra de Pedro. No sabemos qué ha querido decir Cristo a través de ella a la Iglesia y al mundo.

En Roma, en el Vaticano nos parecía estar asistiendo casi a una réplica de las escenas vividas en agosto. Pero para Wojtyla todo había cambiado…

No hablaba nunca, ni siquiera en privado, de la sucesión del papa Luciani…

Pero los que lo conocían bien podían leer en su rostro la inquietud que sentía en su interior. Quzá también porque se había enterado de que un cardenal tan influyente como Franz Konig, arzobispo de Viena, mencionaba con frecuencia su nombre cuando hablaba con otros purpurados. La noche antes del cónclave quiso saludar, uno por uno, a todos los sacerdotes que residían en el colegio del Aventino, donde el se alojaba siempre que iba a Roma. Fu un saludo intenso, fraternal, pero a nadie se le escapó lo tenso de su actitud, su mirada pensativa.

A la mañana siguiente acompañé al cardenal al Vaticano. Antes nos acercamos al hospital Gemelli, a hacerle una visita a monseñor Andrzej Deskur que, precisamente en esos días, había sufrido un ictus y estaba ingresado en la unidad de reanimacion; estaba muy grave y aún no había recperado la consciencia. Años después ya Papa, Karol Wojtyla recordaría la repentina enfermedad de monseñor Deskur diciendo que lo había interpretado como una señal y que ésta le había hecho reflexionar mucho. También porque a lo largo de su vida se habían producido más señales de este tipo. Cuando le iban a ordenar obispo, uno de sus más queridos amigos, monseñor Marian Jaworski debía sustituirle en un compromiso, ir a predicar los ejercicios a los sacerdotes; acudió en tren, se produjo un terrible accidente y perdió un brazo. Más tarde, justo en las vísperas del cónclave, la gravísima enfermedad de monseñor Deskur. Era como si su elección – quería decir el Papa – estuviese relacionada de alguna forma con el sufrimiento del amigo.  Pero  henos ya en el cónclave. Lo que allí ocurrió es un secreto, garantizado por el juramento. No conocemos ningún detalle. Por lo tanto, que siga guardado por el Espíritu Santo y la sabiduría de la iglesia…

De acuerdo. Nadie quiere hacer conjeturas, mucho menos especulaciones. Con todo, con las debidas cautelas, y apoyándonos siempre sobre las voces autorizadas: podemos intentar reconstruir mínimamente como se desarrolló el cónclave. Al menos para entender claro y de donde surgió aquella elección. Se inició el 15 de octubre de 1978, la primera jornada estuvo marcada por le debate entre los partidarios del arzobispo de Génova, Giuseppe Siri, y los de Giovanni Benelli, arzobispo de Florencia. Dos italianos, pero que representaban posiciones diversas: la primera sostenía la exigencia de una cierta modificación en la ruta trazada por el Concilio; la segunda, en cambio, apostaba por la continuación del Vaticano II, bajo el signo de una plena fidelidad al espíritu y a la letra de las enseñanzas conciliares.  Obviadas las dos candidaturas, mejor dicho, eliminadas recíprocamente, ya en las dos primeras votaciones del 16 de octubre, el nombre del arzobispo de Cracovia obtuvo numerosos votos. En el intervalo, como contó el cardenal Luigi Ciappi se produjo el vuelco decisivo: los que apoyaban a Wojtyla fueron convenciendo poco a poco a los otros miembros del Sacro Colegio. Fue König, casi con toda seguridad, el gran artífice de este progresivo desplazamiento de consensos. Ya había hablado con Wyszynski, convenciéndole de lo oportuno de la elección (Wyszynski había sobreentendido que era él el candidato) y el primado fue a la celda de Wojtyla a expresarle su apoyo, a infundirle valor.    A animarle que aceptase. Le repitió la imperiosa pregunta que en la novela Quo vadis? de Sienkiewicz, le hace el Señor a Pedro cuando éste ha cedido a la tentación de huir de Roma; pero luego dulcifico el tono, rogándole que en el caso de ser elegido, aceptase. Y añadió: «La tarea del nuevo Papa será la de introducir a la Iglesia en el tercer milenio…»  El arzobispo de Cracovia regresó a la Capilla Sixtina con una expresión mas distendida en el rostro, pero con el corazón en pleno tumulto. Se le acercó un viejo amigo, el cardenal Maximilian de Furstenberg, que había sido rector del Colegio belga, y le susurró unas cuantas palabras del momento de la ordenación sacerdotal. «Deus adest et vocat te» (Dios está aquí y te llama). En la octava votación, la segunda de la tarde, fue elegido – parece – con noventa y nueve votos. Conmovido, pero ya sereno aceptó, eligiendo el mismo nombre que Luciani.

(de Una vida con Karol - Stanislao Dziwisz - Conversacion con Gian Franco Svidercoschi, cap 10 Viene un Papa eslavo.)