Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

jueves, 16 de julio de 2026

El escapulario “un hábito” y síntesis de espiritualidad mariana

 

(escapulario de San Juan Pablo II custodiado en el Santuario San Jose de los carmelitas descalzos de Wadowice)

 (…)

Este rico patrimonio mariano del Carmelo se ha convertido con el tiempo, mediante la difusión de la devoción del santo escapulario, en un tesoro para toda la Iglesia. Por su sencillez, por su valor antropológico y por su relación con el papel que desempeña María con respecto a la Iglesia y a la humanidad, el pueblo de Dios ha acogido profunda y ampliamente esta devoción, hasta el punto de encontrar expresión en la memoria del 16 de julio, presente en el calendario litúrgico de la Iglesia universal.

Con el signo del escapulario se manifiesta una síntesis eficaz de espiritualidad mariana, que alimenta la devoción de los creyentes, haciéndolos sensibles a la presencia amorosa de la Virgen Madre en su vida. El escapulario es esencialmente un "hábito". Quien lo recibe se une o se asocia, en un grado más o menos íntimo, a la Orden del Carmen, dedicada al servicio de la Virgen para el bien de toda la Iglesia (cf. Fórmula de la imposición del escapulario, en el "Rito de la bendición e imposición del escapulario", aprobado por la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, 5 de enero de 1996). Por tanto, quien se reviste del escapulario se introduce en la tierra del Carmelo, para "comer sus frutos y sus productos" (cf. Jr 2, 7), y experimenta la presencia dulce y materna de María en su compromiso diario de revestirse interiormente de Jesucristo y de manifestarlo vivo en sí para el bien de la Iglesia y de toda la humanidad (cf. Fórmula de la imposición del escapulario).


Así pues, son dos las verdades evocadas en el signo del escapulario:  por una parte, la protección continua de la Virgen santísima, no sólo a lo largo del camino de la vida, sino también en el momento del paso hacia la plenitud de la gloria eterna; y por otra, la certeza de que la devoción a ella no puede limitarse a oraciones y homenajes en su honor en algunas circunstancias, sino que debe constituir un "hábito", es decir, una orientación permanente de la conducta cristiana, impregnada de oración y de vida interior, mediante la práctica frecuente de los sacramentos y la práctica concreta de las obras de misericordia espirituales y corporales. De este modo, el escapulario se convierte en signo de "alianza" y de comunión recíproca entre María y los fieles, pues traduce de manera concreta la entrega que en la cruz Jesús hizo de su Madre a Juan, y en él a todos nosotros, y la entrega del apóstol predilecto y de nosotros a ella, constituida nuestra Madre espiritual.

Un espléndido ejemplo de esta espiritualidad mariana, que modela interiormente a las personas y las configura a Cristo, primogénito entre muchos hermanos, son los testimonios de santidad y sabiduría de tantos santos y santas del Carmelo, todos crecidos a la sombra y bajo la tutela de la Madre.

También yo llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el escapulario del Carmen. Por el amor que siento hacia nuestra Madre celestial común, cuya protección experimento continuamente, deseo que este año mariano ayude a todos los religiosos y las religiosas del Carmelo y a los piadosos fieles que la veneran filialmente a acrecentar su amor y a irradiar en el mundo la presencia de esta Mujer del silencio y de la oración, invocada como Madre de la misericordia, Madre de la esperanza y de la gracia.

(del  Mensaje del Papa Juan Pablo II a la Orden del Camen, con motivo de la dedicación del año 2001 a Maria) 


sábado, 11 de julio de 2026

San Benito, Juan Pablo II y Montecassino

 


Escuchemos la voz de San Benito: de lasoledad interior, del silencio contemplativo, de la victoria sobre el rumor delmundo exterior, de este «habitar consigo mismo», nace el diálogo consigo y conDios, que lleva hacia las cumbres de la ascética y la mística.”  

Hoy celebramos la memoria litúrgica de San Benito, abad, proclamado patrono y protector de Europa por el Santo Padre Pablo VI, el 24 de octubre de 1964, durante su visita a la Abadía de Montecassino, con ocasión de la Consagración del nuevo templo.

San Benito también fue patrono del pontificado del Santo Padre Benedicto XVI.

Con ocasión del viaje a Roma para la beatificación de Juan Pablo II teníamos planeado visitar Mentorella y la Abadia de Montecassino y solo pudimos cumplir con una parte del sueño visitar Mentorella y Montecassino quedó pendiente. Sin embargo aprovechando la festividad de San Benito quería recordar  Montecassinoun lugar tan significativo y tan caro a Juan Pablo II, por lo sagrado del lugar, por una parte, y por la otra tan trágicamente atado a la historia polaca donde en el cementerio polaco, mas de mil cruces recuerdan el heroísmo de los jóvenes que combatieron y murieron allí (no todos eran polacos).


Juan Pablo II nunca oculto el profundo amor por su patria, tampoco su dolor y su sufrimiento en momentos difíciles. En su  discurso a los monjes de la Abadia durante su  primer visita a Montecassino como Papa en 1979 con ocasión de conmemorarse los 35 años de aquel 18 de mayo de 1949 decia con dolor pero con orgullo:

 



Hace 35 años, el 18 de mayo de 1944, los soldados polacos del General Anders, llegados poco antes al frente y agregados a la "Octava Armada" británica, lograban izar la bandera polaca blanca y roja sobre los escombros todavía humeantes de esta histórica abadía. Tres meses antes, el 15 de febrero de 1944, centenares de toneladas de explosivos habían sido arrojadas por los bombarderos, destruyendo la abadía, considerada objetivo bélico, mientras entre uno y otro bombardeo el tiro cruzado de las artillerías terrestres y marinas sembraban muerte y ruina por todas partes. En el cementerio polaco más de mil cruces recuerdan el sacrificio de estos jóvenes que combatieron y murieron junto con otros muchos ejércitos por la libertad y la paz. Han pasado 35 años; y hoy está aquí, en Montecassino, en la célebre abadía resurgida y gloriosa, un hijo de Polonia, convertido en Pontífice, para recordar y elevar sufragios por sus hermanos, junto a los demás caídos, víctimas de las ideas equivocadas y de los contrastes humanos.

Venid a Montecassino! – decía Juan Pablo II en su alocución – “¡Venid a meditar sobre la historia pasada y a comprender el significado auténtico de nuestra peregrinación terrena! ¡ Venid a recuperar paz y serenidad, ternura con Dios, y amistad con los hombres, para llevar de nuevo esperanza y bondad a las frenéticas metrópolis del mundo moderno, atormentadas y desilusionadas en la angustia de tantas almas!”

Como no aceptar una invitación tan abierta, tan sentida?

Es importante leer su alocución de 1979 para adentrarse un poco en el alma de este Papa polaco, poeta y pastor y es casi obligatorio leer su precioso Mensaje para el 50 aniversario de la Batalla de Montecasino para comprender el profundo amor a su patria, su sufrimiento por la tragedia de la guerra y la incomprensión de Occidente por la suerte de Polonia, invadida por este y oeste. Pero Juan Pablo II va mucho más allá de nuestras propias interpretaciones al expresar que “Montecassino encierra un significado mucho más antiguo que el que se le atribuyo en 1944. Hay que volver atrás quince siglos, a los tiempos de san Benito porque fue precisamente en Montecassino donde se erigió una de aquellas abadías benedictinas que iniciaron la formación de Europa, de la Europa cristiana. Montecassino fue el enfrentamiento de dos “proyectos” – dice Juan Pablo II - uno, tanto en oriente como en occidente, tendía a desarraigar a Europa de su pasado cristiano, ligado a sus patronos y en especial, a san Benito: el otro tendía a defender la tradición cristiana de Europa y el “espíritu europeo”. Hemos de orar concluye su Mensaje Juan Pablo II para que sepamos hacer buen uso de la libertad reconquistada a un precio tan alto: para volver a la herencia de san Benito y de san Cirilo y san Metodio, copatronos de Europa del este y del oeste.

En su mensaje al Abad de Montecassino el P. Bernardo D’Onorio, o.s.b. para el 60 aniversario de la destrucción de la Abadia de Montecassino 
Juan Pablo II recordaba Montecassino como “verdadera arca de un tesoro precioso de espiritualidad, de cultura y de arte. Para nosotros, los creyentes, el hecho de que el antiguo monasterio haya sido totalmente destruido por la guerra y después haya sido perfectamente reconstruido es una invitación a la esperanza, impulsándonos a ver en ello un símbolo de la victoria de Cristo sobre el mal y de la posibilidad que tiene el hombre de superar, con la fuerza de la fe en Dios y del amor fraterno, los conflictos más arduos para hacer que triunfen el bien, la justicia y la concordia.

Fotos de Abadia de Montecassino


 

 

 

jueves, 9 de julio de 2026

La Patria es un don, la Nación una tarea

 Con motivo de nuestra fiesta patria – 210 aniversario de la Declaración de la Independencia, publico nuevamente un documento del año 2010  de la Conferencia Episcopal Argentina que nunca ha perdido ni pierde vigencia.

 


 

Declaración de la 155º Comisión Permanente del la Conferencia Episcopal Argentina

 

1. La celebración del Bicentenario merece un clima social y espiritual distinto al que estamos viviendo. Urge recrear las condiciones políticas e institucionales que nos permitan superar el estado de confrontación permanente que profundiza nuestros males. La situación actual requiere una actitud de grandeza de parte de todos los argentinos, en particular de sus dirigentes. También nosotros, como pastores, nos sentimos interpelados por esta situación y no nos excluimos del examen de conciencia que se debe hacer.


2. La que sufre es la Nación toda; no es momento para victimizarnos ni para procurar ventajas sectoriales. “Aunque a veces lo perdamos de vista, la calidad de vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones de la Constitución cuyo deficiente funcionamiento produce un alto costo social”1 . La calidad institucional es el camino más seguro para lograr la inclusión de todos en la comunidad nacional. Por eso, es necesario que los poderes del Estado, de acuerdo a su naturaleza, actúen respetando su legítima autonomía y complementándose en el servicio al bien común.


3. Si toda la Nación sufre, más duramente sufren los pobres. Este es un reclamo del cual nos volvemos a hacer eco, porque se trata de una deuda que sigue vigente, y que se lee “en los rostros de miles de hermanos que no llegan a vivir conforme a su dignidad de hijos de Dios”2 . Por ello, es el momento de privilegiar la sanción de leyes que respondan a las necesidades reales de nuestro pueblo, y no de detenerse en opciones fijadas por intereses que no tienen en cuenta la naturaleza de la persona humana, de la familia y de la sociedad.


4. La Patria es un don que hemos recibido, la Nación una tarea que nos convoca y compromete nuestro esfuerzo. Asumir esta misión con espíritu fraterno y solidario es el mejor modo de celebrar el Bicentenario de nuestra Patria.


5. Los cristianos invitamos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a unirse a nosotros en la oración para invocar al Señor, que es la fuerza de su pueblo, y a pedirle por nuestra querida Patria argentina: “Salva a tu pueblo y bendice a tu herencia; apaciéntalos y sé su guía para siempre”3 . Una vez más ponemos estos deseos y esperanzas en las manos de Nuestra Madre de Luján.


155º Comisión Permanente
Buenos Aires, 10 de marzo de 2010

 

martes, 7 de julio de 2026

El Totus Tuus "final" de Juan Pablo II – Renato Buzzonetti (*)

 


Aquel anuncio del solemne rito de la beatificación de Juan Pablo II  para el 1 de mayo Domingo in albis y fiesta de la Divina Misericordia, aunque esperado, me turbo profundamente.

Me he sentido personalmente comprometido por el anuncio, como si yo fuese premiado con una aureola minúscula, y al mismo tiempo, sumergido en una miríada de recuerdos, que reaparecieron vivos y presentes en mi memoria y en mi corazón.  De hecho, creo que nunca más asistiré a la glorificación eclesial de un paciente mio, que haya sido Sucesor de Pedro.

Durante algo menos de 27 años, me he visto envuelto en una experiencia profesional y espiritual única, si bien en la cotidianidad de mi servicio. EL cuidado y la preocupación por la salud de este hombre han llenado mis días y mis noches. Ciertas elecciones y decisiones, a menudo llevadas a cabo necesariamente en soledad han comprometido mi conciencia si posibilidad de apelación.

Esta misión ha involucrado mi persona y  mi familia durante casi tres decenios, los años centrales de mi vida: el teléfono móvil permanentemente encendido ha sido el símbolo electrónico.

Durante muchos años, he sido bombardeado con la pregunta ¿Cuál ha sido el momento más difícil de su servicio como medico? Para mí, por mi conciencia de médico y de cristiano, fue la conversación que tuve con Juan Pablo II la tarde del 24 de febrero de 2005.

Después de una noche tempestuosa y arriesgada, a última hora de la mañana de aquel día tenía lugar la última hospitalización de urgencia en el Policlínico A. Gemelli. Después de los chequeos indispensables, la Junta médica propone con extrema urgencia la traqueotomía electiva de protección y la consiguiente inserción de una cánula permanente.

Acompañado por el profesor amigo Rodolfo Proietti, Director del Departamento de Urgencias y Hospitalizaciones del Policlínico, entré en la habitación del Santo Padre y

le comunique la propuesta de los profesionales, a efectos de evitarle las penosísimas crisis de asfixia ya sufridas y asegurarle una respiración tranquila. Para que el consentimiento solicitado fuese informado correctamente, fue mi deber precisar que una consecuencia lamentable de la intervención sería un grave compromiso de la fonación.  En aquellos minutos, viví la consternación de sentirme casi un victimario que golpeaba a un inocente en la cruz.

El enfermo preguntó ingenuamente si la intervención podía posponerse al periodo de vacaciones, pero yo, sin rodeos, me vi obligado a enfatizar la urgencia no postergable.  El Papa se reservó la decisión: se sentía desafiado por mí a abrazar su cruz cada vez más ardua y pesada. Después de algunos minutos, envió a su Secretario para comunicar su consentimiento.

Rápidamente después de la operación qu se llevo a cabo sin mayores problemas, Juan Pablo II fue llevado a su habitación.  Pronto tomó cabal conocimiento de su nuevo estado físico y de los radicales cambios concernientes no solo a su cuerpo, sino a toda su persona y a su misma misión apostólica.

Cuan lejanas estaban las jornadas festivas y gloriosas de Toronto, de Paris, de Denver, de Buenos Aires, de Manila, de Tor Vergata y de todas las aotras Jornadas Mundiales d ela Juventud, cuando multitudes de jóvenes, convocados por le anuncio profético de Juan Pablo II, concurrían para conocer y adorar a Jesucristo, para “ver a Pedro”, y con él confirmar la propia fe o al menos confrontarse con su desafío cristiano en la experiencia concreta de una auténtica fraternidad.

El Santo Padre rápidamente comprendió que había llegado al umbral de la renuncia total a casi todas las facultades de expresión y de comunicación: su cruz se convertía en su palabra.

Entonces pidió una hoja – con mano incierta y en lengua polaca – escribió: «¿Qué me han hecho! Pero ….totus tuus!» Era su “consammatum est”. Y su médico, en aquella hora, intuyó que la traqueotomía había entrado en la historia de la Iglesia.

(artículo publicado en la revista Totus Tuus de la Postulación Nro 1,  2011, Especial Beatificación.)

 

 

(*) Renato Buzzonetti nació el 23 de agosto de 1924 en Roma y falleció el 20 de enero de 2017. Médico italiano, doctor en ciencias médicas, médico personal de Juan Pablo II

lunes, 6 de julio de 2026

¡Inclinad vuestras cabezas ante Dios!

 

21 pensando que con solo tocarle el manto se curaría. 22 Jesús se volvió y al verla le dijo: «¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado». (Matero 21,9)



El texto tomado de este Ángelus del Papa Juan Pablo corresponde al periodo de Cuaresma de 1979. Sin embargo bien vale recordarlo en estos momentos de crisis dentro de la Iglesia.

 

Inclinad vuestras cabezas ante Dios!"

(…)

La inclinación de la cabeza puede ser interpretada como un gesto de humillación y de resignación. La inclinación de la cabeza ante Dios es signo de humildad. Pero la humildad no se identifica con la humillación o resignación. No es igual que la pusilanimidad. Todo lo contrario. La humildad es sumisión creativa a la fuerza de la verdad y del amor. La humildad es rechazo de las apariencias y de la superficialidad; es la expresión de la profundidad del espíritu humano; es condición de su grandeza.

Nos lo recuerda también San Agustín que en un sermón dice así: "¿Quieres ser grande? Comienza por lo más pequeño. ¿Piensas construir un gran edificio que se eleve mucho? Piensa antes en el fundamento de la humildad" (San Agustín, Serm. 64, 2; PL 38, 441).

Quizá esta manera de pensar dista bastante de muchas manifestaciones de la mentalidad contemporánea. Frecuentemente nos dejamos fascinar por valores aparentes, por grandezas exteriores, por lo que es sensacional que agita la superficie de nuestra psique. El hombre, arrancado de su propia profundidad, viene a ser, en cierto sentido, unidimensional. Construye sus cimientos poco profundos. Y con frecuencia sufre por la destrucción de lo que ha construido en sí mismo tan superficialmente.

¡Inclinad vuestras cabezas ante Dios!

Inclinemos la cabeza: para que pueda abrazarnos la fuerza creativa de la verdad y del amor. Es la fuerza de la liberación. La fuerza, mediante la cual, el hombre se levanta, gracias a la cual, crece.

Que el Señor asegure a todos los pueblos el don inestimable de la paz

(del Ángelusdel Papa Juan Pablo II del 4 de marzo de 1979)

viernes, 3 de julio de 2026

El dolor de una ruptura - Andrea Tornielli

 


Acto cismático y excomuniones latae sententiae

En ese doloroso día en el que se publica el decreto que constata la excomunión en la que incurrieron automáticamente, en el preciso momento de la imposición de manos, los dos obispos lefebvrianos, Galarreta y Fellay, y los cuatro nuevos obispos consagrados, hay quienes, con razón, señalan la abierta contradicción de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. De palabra, en sus declaraciones formales, afirma reconocer la legitimidad y la autoridad del Sucesor de Pedro, León XIV, amarlo y rezar por él. En la práctica —y los hechos siempre cuentan más que las palabras—, no se ha tenido en cuenta en absoluto su voluntad expresa, sus repetidos llamamientos, su petición de no proceder a las consagraciones cismáticas sin mandato pontificio; es más, las consagraciones cismáticas están explícitamente prohibidas por el Pontífice.

En estos días se han recordado las palabras de san Pío X, el Papa del que la Fraternidad toma su nombre, quien en 1912 decía: «¿Y cómo hay que amar al Papa? Non verbo neque lingua (no con palabras ni con la lengua, nota del editor) sed opere et veritate (sino con hechos y en la verdad, nota del editor)… para demostrar nuestro amor al Papa es necesario obedecerle. Por eso, cuando se ama al Papa, no se discute sobre lo que Él dispone o exige, ni hasta dónde debe llegar la obediencia, ni en qué cosas se debe obedecer». Se ha mencionado la paradoja de los tradicionalistas que consideran intocable el rito, pero se inventan una fórmula para suplir la falta de un elemento esencial en toda ordenación episcopal católica: el mandato del Papa.

La cuestión real, sin embargo, es otra. Y no tiene nada que ver con la misa en rito preconciliar (erróneamente denominada «misa en latín»), ya que a los fieles apegados a esa forma litúrgica todavía se les permite celebrarla en plena comunión con Pedro. El verdadero quid de la cuestión es qué es la Tradición y, sobre todo, quién debe custodiarla, haciendo crecer nuestra comprensión de la Tradición bajo la inspiración del Espíritu Santo. Si la Tradición se cristaliza en un sistema ideológico, si se arroga el derecho de juzgar un concilio presidido por dos Papas santos con la participación de tres mil obispos de todo el mundo, que promulgó documentos aprobados prácticamente por unanimidad; si se pretende que el Sucesor de Pedro y toda la Iglesia católica deban aceptar y hacer suyas las ideas teológicas de un grupo concreto, hay algo profundamente contradictorio.

Pero, sobre todo, hay algo muy alejado de la fe católica, cuyo secreto —explicaba el gran escritor Vittorio Messori, fallecido el pasado Viernes Santo, quien tanto se había esforzado por el regreso de la Fraternidad San Pío X a la plena comunión— es y sigue siendo «l’et et», no «l’aut aut». Y, por lo tanto, hay lugar en la Iglesia para los fieles apegados a la liturgia antigua; hay lugar en la Iglesia para debatir, para leer y releer los documentos e interpretarlos. Pero no para juzgar al Papa ni para desobedecerle cometiendo actos que desgarran la unidad del «Cuerpo Místico» de Cristo, que es la Iglesia; tampoco para crear una jerarquía paralela en contra de la prohibición explícita de aquel a quien Jesús dijo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

 

Fuente: Vatican News

El cisma de Lefebvre se repite 38 años después – Andrea Tornielli

 


A pesar de los generosos esfuerzos de San Pablo VI y San Juan Pablo II, la decisión de revocar la excomunión impuesta por Benedicto XVI y las facultades otorgadas por Francisco, con las consagraciones ilícitas realizadas en contra de la voluntad del Papa, la Fraternidad Sacerdotal vuelve a separarse de Roma.

 Es una historia turbulenta, marcada por generosos esfuerzos, puertas abiertas y oportunidades ofrecidas. Es una historia dolorosa, caracterizada por dos graves cismas que llevaron a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por el arzobispo Marcel Lefebvre, a separarse del Papa y de la comunión con la Iglesia de Roma al cometer el acto cismático de consagrar obispos sin el mandato pontificio y en contra de la voluntad del Vicario de Cristo. La escisión ocurrida el pasado 1 de julio tiene graves consecuencias no solo para los obispos y sacerdotes lefebvrianos, sino para todos los fieles, dado que —como se afirma en la Nota Explicativa del Dicasterio para la Doctrina de la Fe— los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal «administran ilícitamente los sacramentos, y que el sacramento de la penitencia administrado por ellos y los matrimonios asistidos por ellos son inválidos».

Durante el Concilio Vaticano II, el arzobispo francés Marcel Lefebvre, miembro de la minoría conciliar que se oponía a algunas de las reformas, firmó, no obstante, la Constitución sobre la Liturgia (Sacrosanctum Concilium) y la Declaración sobre la Libertad Religiosa (Dignitatis Humanae). Cabe recordar también que Lefebvre celebró la Misa de 1965, que contenía las primeras reformas litúrgicas, aún experimentales. Tras fundar la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X en 1970, con su propio seminario en Écône, en la diócesis suiza de Friburgo, y con el reconocimiento del obispo diocesano, François Charrière, Lefebvre se negó a celebrar según el nuevo Misal Romano y, en 1974, definió las introducidas por el último Concilio como «innovaciones destructivas para la Iglesia». «Nos negamos», declaró por escrito el 21 de noviembre de 1974, «y siempre nos hemos negado a seguir a la Roma de las tendencias neo-modernistas y neo-protestantes, que se manifestaron claramente en el Concilio Vaticano II y, posteriormente, en todas las reformas que de él se derivaron. Todas estas reformas, de hecho, han contribuido y siguen contribuyendo a la destrucción de la Iglesia…». La diócesis retiró su reconocimiento a la Fraternidad Sacerdotal, pero la Santa Sede buscó el diálogo con el arzobispo. Pablo VI instituyó una comisión para escuchar sus peticiones y, en 1975, le pidió a Lefebvre que cerrara el seminario de Écône y que no realizara nuevas ordenaciones sacerdotales. El Papa Montini le pidió tres veces al arzobispo y envió prelados de su confianza a visitar la sede de los tradicionalistas. Tras otra negativa, Marcel Lefebvre fue suspendido a divinis. Ya no podía celebrar más. Sin embargo, en agosto de ese mismo año, presidió la Misa que para entonces había sido prohibida ante diez mil fieles y cuatrocientos periodistas, obteniendo una enorme cobertura mediática. En septiembre de 1976, Lefebvre fue recibido en audiencia por el Papa en Castel Gandolfo. La conversación no llegó a buen puerto. En una conversación con el filósofo francés Jean Guitton en septiembre de 1976, quien le había pedido que hiciera «todo lo posible e imposible para evitar» un cisma, Pablo VI respondió: «Siento esto exactamente como usted. E incluso infinitamente más que usted: es la primera cruz real en los trece años transcurridos desde mi pontificado. Pero puedo decirle que he hecho todo lo posible para evitarlo». Y añadió: «No veo... cómo, de hecho, en unos meses, no nos veremos obligados a transformar esta falta de comunión en excomunión». En realidad, esto no sucederá. No pasarán meses, sino varios años, a pesar de la mano siempre extendida del Sucesor de Pedro.

 Tras la elección de Juan Pablo II, Lefebvre parece ver a Roma con otros ojos. El 18 de noviembre de 1978, el arzobispo fue recibido en audiencia y, en una carta fechada el 8 de marzo de 1980, dirigida al Papa, el prelado escribió que no tenía «ninguna duda sobre la legitimidad y validez de su elección» y que «nunca había afirmado» que la Misa posconciliar «fuera en sí misma inválida o herética». Un acuerdo para, al menos parcialmente, subsanar las diferencias y levantar las suspensiones a divinis parecía posible diez años después de aquel encuentro con Wojtyla, en abril de 1988. El cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, junto con el secretario del Dicasterio, el arzobispo Alberto Bovone, dirigió personalmente las difíciles negociaciones con el arzobispo Lefebvre y algunos de sus colaboradores durante tres días (del 11 al 13 de abril). El estímulo más significativo provino del propio Papa en vísperas del encuentro. El cardenal bávaro, con paciencia e inteligencia, logró firmar un protocolo doctrinal común con el obispo tradicionalista. El texto se finalizó en la reunión celebrada en Roma el 4 de mayo de 1988 y fue firmado por Ratzinger y Lefebvre al día siguiente. En dicho texto, el obispo y los miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X prometen «ser siempre fieles a la Iglesia Católica y al Romano Pontífice»; declaran que «aceptan la doctrina contenida en el n.º 25 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II sobre el Magisterio Eclesiástico y la debida adhesión»; y se comprometen a «adoptar una actitud positiva y a comunicarse con la Sede Apostólica, evitando toda polémica» respecto a ciertos puntos enseñados por el Concilio o relacionados con reformas posteriores de la liturgia y el derecho, que a los tradicionalistas les parecen «difíciles de conciliar con la Tradición». «Declaramos además», afirma el protocolo, «que reconocemos la validez del Sacrificio de la Misa y de los sacramentos celebrados con la intención de hacer lo que hace la Iglesia» según los ritos promulgados por Pablo VI y Juan Pablo II. El acuerdo también aborda otras cuestiones: la Fraternidad Sacerdotal debería convertirse en una Sociedad de Vida Apostólica, gozando así de plena autonomía, y por «razones prácticas y psicológicas, se considera útil la consagración de un obispo que sea miembro de la Fraternidad Sacerdotal». Todo parece estar resuelto.

El primer acto cismático

Pero de repente, en la mañana del 6 de mayo de 1988, el obispo francés interrumpió las negociaciones, reconsideró su postura e informó en privado a Ratzinger de su intención de consagrar nuevos obispos el 30 de junio. El comportamiento de Lefebvre parece haber estado motivado por la creencia de que la Santa Sede no había encontrado candidatos idóneos para el episcopado entre el clero de la Fraternidad Sacerdotal y por el temor de que el nuevo obispo procediera de fuera. Un encuentro posterior, el 24 de mayo, no llegó a buen puerto, y el 2 de junio, Lefebvre escribió a Juan Pablo II, informándole de la sorprendente decisión: él y sus seguidores esperarían «un momento más propicio para el retorno de Roma a la tradición», orando para que «la Roma de hoy, infectada por el modernismo, vuelva a ser la Roma católica». El 29 de junio, veinticuatro horas antes de las consagraciones anunciadas, Ratzinger envió un telegrama al arzobispo: «Por amor a Cristo y a su Iglesia, el Santo Padre le pide de manera paternal y firme que venga hoy a Roma, sin proceder con las ordenaciones episcopales que anunció para el 30 de junio…». Pero para entonces Lefebvre ya había tomado una decisión, y al día siguiente, asistido por el anciano prelado brasileño de la diócesis de Campos, Antonio de Castro Mayer, ordenó obispos a cuatro sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal: Bernard Fellay, Alfonso de Galarreta, Richard Williamson y Bernard Tissier de Mallerais. El 1 de julio, los consagrantes y los consagrados fueron sometidos a excomunión latae sententiae por haber cometido un acto cismático. Si bien en 1988 el cardenal Ratzinger alcanzó un acuerdo doctrinal con los tradicionalistas de Écône, este fue anulado por problemas eminentemente prácticos. En las negociaciones de los años siguientes, la Santa Sede se mostró dispuesta a ceder lo máximo posible en cuanto a una solución canónica, mientras que los lefebvrianos persistieron en su creencia de que faltaba «claridad doctrinal», exigiendo de hecho que la Iglesia Católica y el Papa renunciaran a partes del Concilio y del Magisterio posconciliar.

La peregrinación del año 2000 y las concesiones de Benedicto

El intento de reconciliación con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X se reanudó en agosto del año 2000. Los lefebvrianos realizaron una peregrinación jubilar a Roma y marcharon ordenadamente por la Plaza de San Pedro. Monseñor Fellay, acompañado por el cardenal Darío Castrillón Hoyos, presidente de la comisión Ecclesia Dei, fue recibido brevemente por Juan Pablo II. Los contactos continuaron e intensificaron tras la elección de Benedicto XVI, quien, con dos decisiones tomadas en un lapso de dos años, atendió las demandas de los tradicionalistas. El 7 de julio de 2007, publicó el Motu Proprio Summorum Pontificum, que liberalizó el uso del Misal Romano de 1962, anterior al Concilio Vaticano II y considerado una forma extraordinaria de la liturgia de la Iglesia Católica de Rito Latino. Y el 24 de enero de 2009, el Papa Ratzinger revocó la excomunión de 1988 de los cuatro obispos consagrados ilícitamente por Lefebvre. El decreto de revocación es un acto unilateral de reconciliación que sana la existencia de un mini-cisma y abre la puerta al diálogo con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Lamentablemente, la publicación de la decisión estuvo precedida por la emisión de una entrevista con uno de los obispos lefebvrianos cuya excomunión había sido revocada, Richard Williamson, quien, en declaraciones a una emisora ​​sueca el noviembre anterior, durante su estancia en Alemania, había negado el exterminio de judíos en las cámaras de gas por los nazis. La entrevista desató una intensa controversia contra Benedicto XVI, quien esperaba que la revocación fuera seguida de un «compromiso inmediato» por parte de los obispos lefebvrianos «para dar los pasos necesarios para alcanzar la plena comunión con la Iglesia, dando así testimonio de verdadera fidelidad y verdadero reconocimiento del magisterio y la autoridad del Papa y del Concilio Vaticano II».

 El preámbulo de 2011 y las facultades de Francisco

Pasaron los años y, en septiembre de 2011, al concluir una serie de debates doctrinales —iniciados por la Fraternidad San Pío X—, la Santa Sede presentó un breve documento solicitando la firma de los lefebvrianos. El texto contenía esencialmente tres puntos, entre ellos la petición de firmar la «profesión de fe» requerida a todo aquel que asume un cargo eclesiástico, garantizando así la «sumisión religiosa de la voluntad y el intelecto» a las enseñanzas que el Papa y el colegio episcopal «proponen al ejercer su auténtico magisterio», aunque no se proclamen dogmáticamente, como ocurre con la mayoría de los documentos magisteriales. Las autoridades vaticanas reiteraron que la firma del preámbulo no implicaba poner fin a «la legítima discusión, estudio y explicación teológica de expresiones o formulaciones individuales presentes en los documentos del Concilio Vaticano II». Sin embargo, este intento también fracasó: Fellay declaró inaceptable el texto doctrinal propuesto. En los años siguientes, se dejaron de lado los preámbulos doctrinales y se exploraron soluciones canónicas —como la administración apostólica o la prelatura personal—, pero el obispo Fellay, entonces superior de los lefebvrianos, dejó claro que «la Fraternidad Sacerdotal no busca principalmente el reconocimiento canónico». Mientras tanto, los interlocutores habían cambiado, y el Papa Francisco ocupaba la Cátedra de Pedro. Con motivo del Jubileo de la Misericordia en 2016, el Papa Francisco otorgó a los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal facultades especiales para escuchar confesiones y absolver válidamente a los fieles. Esta medida, destinada a unir a los fieles, se extendió de forma permanente más allá del Año Santo Extraordinario mediante la Carta Apostólica Misericordia et misera. Si bien la excomunión de sus obispos ya se había levantado en 2009, los sacerdotes lefebvrianos continuaron ejerciendo sin el marco oficial de la jurisdicción ordinaria de la Iglesia Católica Romana. Con este acto, Francisco pretendía abrir el diálogo y la reconciliación pastoral, pensando en el bien de los fieles de la Fraternidad Sacerdotal.

Nuevo cisma, confesiones y matrimonios inválidos

El 2 de febrero de 2026, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X anunció la consagración de nuevos obispos el 1 de julio. El 12 de febrero, el Superior de la Fraternidad Sacerdotal, el padre Davide Pagliarani, fue recibido en Roma por el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. El prefecto propuso a los lefebvrianos «un camino de diálogo específicamente teológico, con una metodología muy precisa, sobre cuestiones que aún no se han aclarado suficientemente», para destacar «los requisitos mínimos para la plena comunión con la Iglesia Católica» y una solución canónica: «La posibilidad de llevar a cabo este diálogo presupone que la Fraternidad suspenda la decisión sobre las ordenaciones episcopales anunciadas». A pesar de los reiterados llamamientos y advertencias para que no procedieran con las nuevas ordenaciones episcopales, a pesar de las reiteradas invitaciones al diálogo, los lefebvrianos profesan obediencia al Sucesor de Pedro de palabra, pero en la práctica no abren ninguna puerta ni toman en consideración las peticiones del Sucesor de Pedro y siguen adelante con su intención, lo que sanciona un nuevo cisma. En respuesta a una pregunta de periodistas en Castel Gandolfo, León XIV declaró el 16 de junio: «Ciertamente, la división entre los cristianos siempre es un punto doloroso, pero se niegan a aceptar ciertos elementos fundamentales de la Iglesia, empezando por varios puntos del Concilio Vaticano II. Si toman esa decisión, lo lamento, pero debemos seguir adelante».

Fuente: Vatican News