MagnificaHumanitas La Encíclica del Papa León XIV sobre la
custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial
La dignidad del
ser humano como criterio para orientar el progreso tecnológico.
El Papa León
XIV, al presentar al mundo y a todo el pueblo de Dios su primera Carta
Encíclica sobre la custodia de la persona humana en en tiempo de la
inteligencia artificial, declaró: “Invito a todos los miembros de la Iglesia y
de la familia humana: aprendamos a escucharnos unos a otros, afrontemos con
valentía los desafíos presentes y cooperemos en la construcción de una sociedad
más humana y fraterna. [...] Por favor, lleven con ustedes el compromiso de
permanecer despiertos y ser ‘artesanos de esperanza’ para seguir construyendo
la obra de nuestro tiempo. Que el Espíritu del Señor Resucitado sostenga
nuestro trabajo común”.
La
Encíclica en síntesis
En
la era de la inteligencia artificial, la humanidad se enfrenta a una
disyuntiva: dejarse guiar por la tecnología y el progreso como únicos
principios sobre los que construir nuestra civilización, o situar
la dignidad de la persona en el centro, relegando el progreso
tecnológico a la categoría de mero instrumento. Para ilustrar esta disyuntiva,
el Papa León recurre a dos imágenes bíblicas: por un lado, la construcción de
la Torre de Babel y, por el otro, la reconstrucción de Jerusalén.
Para
elegir el camino “correcto”, se requiere un PENSAMIENTO
DINÁMICO (cap. 1), centrado en la Doctrina Social de la Iglesia, siguiendo
las enseñanzas del Concilio Vaticano II: escuchar, discernir e interpretar
nuestros tiempos a la luz del Evangelio, para poder devolver a la humanidad la
verdad revelada, incluso a través de los lenguajes contemporáneos.
Para
una mejor interpretación de las res novae de nuestra época en
relación con la dignidad de la persona, acuden en nuestra ayuda
los FUNDAMENTOS Y PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA
IGLESIA (cap. 2). Los fundamentos atañen al ser humano en cuanto imagen
del Dios trinitario, quien, en virtud de esta condición, es depositario de
derechos inviolables y de una dignidad intrínseca, sin acepción de personas.
Los principios son aquellos del bien común, el destino universal de los bienes,
la subsidiariedad y la solidaridad, así como la justicia social. Si estos
principios rigen las relaciones sociales, se logra lo que Pablo VI compendió
por primera vez en el concepto de desarrollo humano integral.
Así
llegamos al núcleo de la cuestión, es decir, la relación entre tecnología,
poder y persona humana (cap. 3). Aunque el Papa León reconoce el valor del
desarrollo tecnológico como manifestación de la creatividad humana, advierte
del riesgo de que este se erija en criterio absoluto de juicio. Las inteligencias
artificiales, al carecer de experiencias, valores y sentimientos, no pueden ni
deben asumir jamás una función de responsabilidad y supremacía sobre la
inteligencia humana.
Para
escapar de tal peligro, es necesario, por consiguiente, CUSTODIAR LO
HUMANO EN LA TRANSFORMACIÓN (cap. 4). El primer ámbito que requiere
atención es el de la verdad: en una era en la que todo es susceptible de
manipulación, es preciso custodiar una educación crítica que nos permita
distinguir lo verdadero de lo falso. El segundo ámbito es el del trabajo:
cuando la eficiencia se convierte en el criterio dominante, el trabajo corre el
riesgo de perder su valor humano y relacional. El tercer ámbito es el de
la libertad: amenazada por las adicciones digitales y la recopilación
masiva de datos; su defensa exige una regulación justa, responsabilidad
compartida y educación. Para custodiar las condiciones de una vida
auténticamente humana, capaz de verdad, trabajo digno y libertad real, es
necesario un esfuerzo conjunto.
En
este punto de la Carta Encíclica, el Papa León recuerda que la inteligencia
artificial produce efectos, a menudo dramáticos, también sobre la guerra. Las
innovaciones tecnológicas no solo optimizan la eficacia de los medios de
defensa, sino que también corren el riesgo de automatizar y despersonalizar
decisiones que implican la vida y la muerte, por lo que requieren ética y
responsabilidad moral. Esta es LA CULTURA DEL PODER a la que se
contrapone LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR (cap. 5). Frente a la deriva que
tiende a anteponer la eficacia de los medios al juicio moral y los resultados
militares a la salvaguarda de la vida humana, la única perspectiva de salvación
radica en una civilización fundada en la justicia, la fraternidad y el
diálogo. En la civilización del amor, todos podemos aportar nuestro granito de
arena, comenzando por el desarme de las palabras, practicando la justicia,
adoptando la mirada de las víctimas, cultivando el diálogo, sin refugiarnos en
el idealismo, pero confiando en un sano realismo. Todas estas buenas prácticas
encuentran su fuerza vital en la oración.
El
capítulo conclusivo se centra en la dimensión espiritual y teológica. La
misericordia de Dios, presente a lo largo de la historia, pone en el centro el
misterio de la Encarnación. Dios se hizo hombre y nos mostró cuál es la
verdadera humanidad, así como una atención preferencial por los últimos. En
esto radica la grandeza del ser humano, no en el poder tecnológico, sino
en la libertad, el amor y la gracia. En una época que genera exclusión, estamos
llamados, como hermanos y hermanas reunidos en un “único cuerpo en
Cristo”, a custodiar los vínculos, en particular mediante la solidaridad y el
cuidado de los más frágiles.
Custodiar
lo humano en la era de la inteligencia artificial es, por consiguiente,
una responsabilidad común y compartida. Aquí resurge la imagen inicial de
contraposición entre la Torre de Babel y la Ciudad Santa: ¿a la construcción de
cuál de estas dos obras deseamos contribuir? Si actuamos como “sabios
arquitectos” y constructores fieles de la verdad, custodiando las relaciones,
invirtiendo en educación y mostrando amor por la justicia y la paz, la
humanidad no perderá su magnificencia. Por tanto, es importante, no
permanecer como espectadores resignados, sino actuar como tejedores de
esperanza, con la misma fe que María, quien, en su humildad, bajo una
dominación extranjera y en medio de un pueblo humillado y dividido, fue capaz
de vislumbrar la obra invisible y salvífica de Dios.
Para
leer la síntesis ampliada de la Encíclica, haga clic aquí.
Fuente: Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral (En este mismo enlace una gran cantidad de información, recursos y
discursos.)