Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

lunes, 29 de junio de 2026

Juan Pablo II catequesis sobre Jesucristo ¿Qué soy yo de verdad para ti?

 

 (imagen de Wikipedia. Crucifijo en Santa Maria Novella, Florencia)

El 7 de enero de 1987 Juan Pablo II iniciaba un ciclo de catequesis sobre Jesucristo 

 "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" (Mt 16, 15).

 “Al iniciar el ciclo de catequesis sobre Jesucristo, catequesis de fundamental importancia para la fe y la vida cristiana, nos sentimos interpelados por la misma pregunta que hace casi dos mil años el Maestro dirigió a Pedro y a los discípulos que estaban con El….. En ese momento decisivo de su vida, como narra en su Evangelio Mateo, que fue testigo de ello, "viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías u otro de los Profetas. Y El les dijo: y vosotros, ¿quién decís que soy?" (Mt 16, 13-15).

Conocemos la respuesta escueta e impetuosa de Pedro: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Para que nosotros podamos darla, no sólo en términos abstractos, sino como una expresión vital, fruto del don del Padre (Mt 16, 17), cada uno debe dejarse tocar personalmente por la pregunta: "Y tú, ¿quién dices que soy? Tú, que oyes hablar de Mí, responde: ¿Qué soy yo de verdad para ti?. A Pedro la iluminación divina y la respuesta de la fe le llegaron después de un largo período de estar cerca de Jesús, de escuchar su palabra y de observar su vida y su ministerio (cf. Mt 16, 21-24).

También nosotros, para llegar a una confesión más consciente de Jesucristo, hemos de recorrer como Pedro un camino de escucha atenta, diligente. Hemos de ir a la escuela de los primeros discípulos, que son sus testigos y nuestros maestros, y al mismo tiempo hemos de recibir la experiencia y el testimonio nada menos que de veinte siglos de historia surcados por la pregunta del Maestro y enriquecidos por el inmenso coro de las respuestas de fieles de todos los tiempos y lugares…. “

 

EL Papa recordaba que al principio de su pontificado había lanzado una “invitación a los hombres de hoy para "abrir de par en par las puertas a Cristo" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 29 octubre, 1978. pág. 4) y en la  Exhortación Catechesi tradendae,  afirmaba que "el objeto esencial y primordial de la catequesis es (...) el "misterio de Cristo". Catequizar es, en cierto modo llevar a uno a escrutar ese misterio en toda su dimensión...; descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios, que se realiza en Él... Sólo El puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad" (Catechesi tradendae, n. 5: L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 11 de noviembre, 1979. pág.

 

Y anticipaba a su vez que este itinerario catequístico estaría ordenado en torno a cuatro puntos:

 

1) La identidad de Jesucristo 

Jesús en su realidad histórica y en su condición mesiánica trascendente, hijo de Abraham, hijo del hombre, e hijo de Dios;

 

2) Jesús, Hijo de Dios y Salvador. Jesús en su identidad de verdadero Dios y verdadero hombre, en profunda comunión con el Padre y animado por la fuerza del Espíritu Santo, tal y como se nos presenta en el Evangelio;

 

3) Jesús, concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de MaríaVirgen. Jesús a los ojos de la Iglesia que con la asistencia del Espíritu Santo ha esclarecido y profundizado los datos revelados, dándonos formulaciones precisas de la fe cristológica, especialmente en los Concilios Ecuménicos;

 

4) Jesús, hijo de Israel, pueblo elegido de la Antigua Alianza. finalmente, Jesús en su vida y en sus obras, Jesús en su pasión redentora y en su glorificación, Jesús en medio de nosotros y dentro de nosotros, en la historia y en su Iglesia hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20).

 

Aclaraba a su vez que “hay muchos modos de catequizar al Pueblo de Dios sobre Jesucristo. Cada uno de ellos, sin embargo, para ser auténtico ha de tomar su contenido de la fuente perenne de la Sagrada Tradición y de la Sagrada Escritura, interpretada a la luz de las enseñanzas de los Padres y Doctores de la Iglesia, de la liturgia, de la fe y piedad popular, en una palabra, de la Tradición viva y operante en la Iglesia bajo a acción del Espíritu Santo, que —según la promesa del Maestro— "os guiará hacia la verdad completa, porque no hablará de Sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará las cosas venideras" (Jn 16, 13). Esta Tradición la encontramos expresada y sintetizada especialmente en la doctrina de los Sacrosantos Concilios, recogida en los Símbolos de la Fe y profundizada mediante la reflexión teológica fiel a la Revelación y al Magisterio de la Iglesia.

 

Invito visitar mis posts etiquetados  Y tu quien creesque soy yo?

 

Y en el sitio de la Santa Sede todos los espacios en los diferentes números de la valiosa revista  Tertium Milenium dedicados a ese mismo tema 

 

 

viernes, 26 de junio de 2026

El hombre "buscado" por Dios y "en busca" de Dios

 


El apóstol san Pablo, en la carta a los Romanos, recoge, con un poco de asombro, un oráculo del libro de Isaías (cf. Is 65, 1), en el que Dios llega a decir por boca del profeta:  "Fui hallado por quienes no me buscaban; me manifesté a quienes no preguntaban por mí" (Rm 10, 20). Pues bien, después de haber contemplado, en las catequesis anteriores, la gloria de la Trinidad que se manifiesta en el cosmos y en la historia, ahora queremos iniciar un itinerario interior a lo largo de los caminos misteriosos por los que Dios va al encuentro del hombre, para hacerlo partícipe de su vida y de su gloria. En efecto, Dios ama a la criatura formada a su imagen y, como el pastor diligente de la parábola que acabamos de escuchar (cf. Lc 15, 4-7), no se cansa de buscarla ni siquiera cuando se muestra indiferente o, incluso, molesta por la luz divina, como la oveja que se ha alejado del rebaño y se ha extraviado en lugares inaccesibles y peligrosos.

 El hombre, seguido por Dios, ya advierte su presencia, ya es iluminado por la luz que está detrás de él y ya es atraído por la voz que lo llama desde lejos. De este modo, comienza a buscar él mismo al Dios que lo busca:  buscado, busca; amado, comienza a amar.

(…)

También nuestros hermanos musulmanes testimonian una fe análoga, repitiendo a menudo, durante su jornada, la invocación que abre el libro del Corán y que celebra, precisamente, el camino por el que Dios, "el Señor de la creación, el Clemente, el Misericordioso", guía a aquellos en quienes infunde su gracia.

Sobre todo la gran tradición bíblica impulsa al fiel a dirigirse con frecuencia a Dios, a fin de que le conceda la luz y la fuerza necesarias para hacer el bien. Así reza el salmista en el Salmo 119:  "Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente; enséñame a cumplir tu voluntad, y a guardarla de todo corazón; guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo (...). Aparta mis ojos de las vanidades, dame vida con tu palabra" (vv. 33-35. 37).

 Así pues, en la experiencia religiosa universal, y especialmente en la transmitida por la Biblia, encontramos la conciencia del primado de Dios que va en busca del hombre para guiarlo hacia el horizonte de su luz y de su misterio. En el principio está la Palabra que rompe el silencio de la nada, la "buena voluntad" de Dios (cf. Lc 2, 14), que jamás abandona a la criatura a su propio destino.

(…)

"Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3, 20). Si Cristo no recorriera los caminos del mundo, permaneceríamos solitarios en nuestro horizonte limitado. Pero es preciso que le abramos nuestra puerta, para que comparta nuestra mesa, en comunión de vida y amor.

El itinerario del encuentro entre Dios y el hombre se realizará bajo el signo del amor. Por una parte, el amor divino trinitario nos precede, nos envuelve, nos abre constantemente el camino que lleva a la casa paterna. En ella nos espera el Padre para abrazarnos, como en la parábola evangélica del "hijo pródigo", o mejor, del "Padre misericordioso" (cf. Lc 15, 11-32). Por otra, se nos pide que respondamos con amor fraterno al amor de Dios. En efecto, el apóstol san Juan, en su primera carta, nos exhorta:  "Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. (...) Dios es amor y quien permanece  en  el  amor  permanece  en  Dios  y  Dios  en él" (Jn 4, 11. 16). De ese abrazo entre el amor divino y el humano florecen la salvación, la vida y la alegría eterna. 

(de la Audiencia General del Papa Juan Pablo II el 5 de julio de 2000)


Oración a Nuestra Señora de Coromoto por Venezuela – Juan Pablo II

 


«Tu eres el orgullo de nuestro pueblo» (Jdt 15, 9).

 Desde el 8 de septiembre de 1652, Santa María de Coromoto acompaña la fe de los indios y los blancos, de los mestizos y los negros de la tierra venezolana. A Ella, la Madre tan amada, le digo una vez más: «Tú que has entrado tan adentro en los corazones de los fieles a través de la señal de tu presencia, ... vive como en tu casa en estos corazones, también en el futuro» (Homilía en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, 27 de enero de 1979).  

Juan Pablo II en la Homilia de la Santa Misa con ocasión de la inauguración del nuevo Santuario de Nuestra Señora de Coromoto – en su segunda visita a Venezuela) 10 de febrero de 1996) 

 

A los pies de Nuestra Señora quiero depositar una vez más todas estas súplicas:

Virgen y Madre nuestra de Coromoto,
que siempre has preservado la fe del pueblo venezolano,
en tus manos pongo sus alegrías y esperanzas,
las tristezas y sufrimientos de todos tus hijos.

Implora sobre los Obispos y presbíteros los dones del Espíritu,
para que, fieles a sus promesas sacerdotales,
sean infatigables mensajeros de la Buena Nueva,
especialmente entre los más pobres y necesitados.

Infunde en los religiosos y religiosas
el ejemplo de tu entrega total a Dios,
para que en el servicio abnegado a los hermanos
los acompañen en sus trabajos y necesidades.

Madre de la Iglesia, alienta a los fieles laicos,
comprometidos en la Nueva Evangelización,
para que, con la promoción humana y
la evangelización de la cultura,
sean auténticos apóstoles en el Tercer Milenio.

Protege a todas las familias venezolanas
para que sean verdaderas iglesias domésticas,
donde se custodie el tesoro de la fe y de la vida,
se enseñe y se practique siempre la caridad fraterna.

Ayuda a los católicos a ser sal y luz para los demás,
como auténticos testigos de Cristo, presencia salvadora del Señor,
fuente de paz, de alegría y de esperanza.

Reina y Madre Santa de Coromoto,
ilumina a quienes rigen los destinos de Venezuela,
para que trabajen por el progreso de todos,
salvaguardando los valores morales y sociales cristianos.

Ayuda a todos y cada uno de tus hijos e hijas,
para que con Cristo, nuestro Señor y Hermano,
caminen juntos hacia el Padre
en la unidad del Espíritu Santo.

Amén.

 

jueves, 25 de junio de 2026

Karol Wojtyla: «Mis encuentros con Pablo VI» El cardenal de Cracovia recordaba así al Papa Montini – (2 de 2)

 


Ejercicios «papales» Naturalmente, la mayoría de las veces el tema de las conversaciones era la situación y la tarea de la Iglesia en Polonia, en Cracovia, en la Archidiócesis; el Santo Padre hablaba con gusto de sus propios recuerdos: recordaba personalmente al cardenal Sapieha, el encuentro con él en Polonia y en Roma. Sin embargo, lo primero de todo era afrontar los problemas. Era cordial; a menudo repartía gustosamente regalos: rosarios, imágenes. «Esto siempre puede alegrar a alguien», decía. Nunca se negaba a recibir a los sacerdotes que me acompañaban, aunque yo trataba de no abusar de su disponibilidad. Naturalmente, el recuerdo más fuerte está ligado a aquel encuentro excepcional con Pablo VI al que me invitó él mismo en la Cuaresma de 1976. Se trataba de predicar los ejercicios espirituales de ese año para el Santo Padre, los Cardenales y otros colaboradores suyos en la capilla de Santa Matilde, en el Palacio Apostólico. Durante las charlas, el Papa, con su secretario, estaba siempre en una pequeña capilla lateral, visible para el que predicaba, pero no para los participantes en el retiro. Estaba con una actitud de gran recogimiento, bajo las reliquias de san Sebastián. El último día me dio las gracias, recibiéndome en audiencia privada apenas terminados los ejercicios. Recordé más tarde que había tomado apuntes de las charlas.

El hielo de Nowa Huta Mucho se podría decir de los regalos que he recibido de él con ocasión de los distintos encuentros. Pero, de todos ellos, recordaré sólo uno, especialmente significativo: fue también durante el Concilio. El Santo Padre se interesó mucho por el problema de la iglesia de Nowa Huta. Recuerdo que, cuando le conté cómo participaban los parroquianos en la Santa Misa, a cielo abierto, a menudo bajo la lluvia o el hielo, mi interlocutor, escuchando lo que le estaba contando en italiano, me interrumpió hablando en polaco: «El hielo, sí, es una palabra que recuerdo de los tiempos en que conocía mejor vuestra lengua». La conclusión de estas conversaciones fue que el mismo Pablo VI bendijo la primera piedra de la iglesia de Nowa Huta –la piedra provenía de la antigua basílica constantiniana de San Pedro– e hizo llegar un generoso donativo para la construcción de aquella iglesia.

 

El último encuentro La última vez que vi a Pablo VI fue el 19 de mayo de este año, en la audiencia del Consejo del secretariado general del Sínodo de los Obispos. Como es sabido, el secretario general era el obispo Rubin. Como yo ostentaba la presidencia de aquella sesión, tuve también el honor de pronunciar ante el Papa el discurso informativo sobre la problemática de nuestra reunión. No imaginaba que aquella sería la última vez que me encontrara con el Papa y le hablara. Sabía que estaba débil de salud, que las piernas no le sostenían y caminaba con mucha dificultad. Pero al mismo tiempo me asombraba siempre su lucidez y agilidad mentales, la precisión, la concisión de sus discursos y su inagotable fuerza de voluntad. Aquella vez tuve la impresión de que Pablo VI, a pesar de todas sus enfermedades, viviría todavía bastante y continuaría ejerciendo su misión pastoral. Aunque por todas partes se escuchaban rumores sobre su muerte, y él mismo hablaba de ello – tenía ochenta años -, la noticia, que me dieron la tarde del 7 de agosto, me llegó por sorpresa y fue un duro golpe. Y este fue el último encuentro. Directamente desde el aeropuerto, el 11 de agosto, el obispo Andrzej Deskur me condujo a la Basílica. Arrodillado, recé y contemplé aquel rostro con el que tantas veces había dialogado. Los ojos, siempre tan vivos, estaban cerrados. Reposaba en medio de la Basílica, frente a la Confessio de San Pedro, sponsus in sponsae gremio. Ahora ya no conversaré más con él, no comentaré más con él ninguno de los problemas de los que a menudo habíamos hablado. Él contempla ahora otro Rostro. La muerte fue el lugar del último recogimiento en el cual le he visto sobre esta tierra.

 

 (Conferencia pronunciada en la Radio Vaticana el 21 de agosto de 1978, publicada en: Karol Wojtyla, «Przemówienia i wyklady w Radio Watykanskim», Roma 1987. Traducción al español realizada por la revista Huellas, Octubre de 1998).

(Publicadoen Zenit el 6 de agosto de 2001)

Karol Wojtyla: «Mis encuentros con Pablo VI» El cardenal de Cracovia recordaba así al Papa Montini – (1 de m2)

 (El texto que sigue  fue publicado por Zenit el 6 de agosto de 2001. Se trata de un testimonio del entonces arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, ofrecido a los microfoos de  «Radio Vaticano» en lengua polaca el 21 de agosto de 1978, pocos días después de la muerte del Papa Montini publicada con el titiulo : Karol Wojtyla, «Przemówienia i wyklady w Radio Watykanskim», Roma 1987. Traducción al español realizada por la revista Huellas, Octubre de 1998).




Respondiendo a la petición de «Radio Vaticano», quisiera basar este recuerdo del difunto Santo Padre Pablo VI en los encuentros que tuve la dicha de vivir desde el año 1962, a lo largo de mi episcopado, y en lo sucesivo durante el cardenalato. Considero cada uno de aquellos encuentros como una fecha importante en mi vida; de cada uno salí enriquecido y fortalecido, y todos permanecerán impresos para siempre en mi memoria. El primero tuvo lugar durante la primera sesión del Concilio, cuando el Santo Padre Pablo VI era todavía el cardenal Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán. Me dirigí a él para una cuestión muy particular. En calidad de Vicario capitular de la Diócesis de Cracovia, llevaba conmigo una petición, realizada por la parroquia de San Florián de Cracovia y por su párroco, para conseguir unas campanas. Esto no significaba que los parroquianos de San Florián no pudieran procurarse campanas nuevas para la iglesia, ya que se les habían arrebatado durante la guerra y la ocupación alemana. Se trataba más bien de un símbolo, de un signo de unidad entre las iglesias.

El cardenal Montini lo comprendió enseguida y evocó los recuerdos personales que tenía de Polonia, donde había vivido cuando trabajaba en la nunciatura de Varsovia, y donde en una ocasión fue testigo de la puesta en funcionamiento de unas campanas que se habían quitado con anterioridad, durante la guerra mundial, y abandonado después en un prado. Intervinieron entonces los representantes de las parroquias interesadas, y cada uno recobró sus campanas. Seregno – Cracovia Aquel recuerdo ilustraba la petición que la parroquia de San Florián dirigía a Milán. En efecto, la parroquia de Seregno, en la archidiócesis de Milán, donó las campanas y en abril de 1965 pudimos consagrarlas en Cracovia. Los encuentros con Pablo VI se hicieron más frecuentes y regulares desde que me llamó a formar parte del Colegio cardenalicio. Casi todas las veces que iba a Roma –una media de dos veces al año–, tenía la alegría de ser recibido en audiencia y hablar con el Santo Padre. Pero recuerdo particularmente el encuentro que se produjo antes de la llamada para formar parte del Colegio de los Cardenales. Estábamos en abril de 1967. No olvidaré jamás lo que me dijo entonces el Papa hablando de la preparación del documento que sería, un año después, la encíclica «Humanae Vitae». Como formaba parte de una comisión de especialistas en cuya sesión, celebrada en junio de 1966, desgraciadamente no había podido participar había enviado por escrito mi parecer al Santo Padre. Pablo VI encaminó rápidamente la conversación hacia ese tema, y después añadió: «ojalá haya en Polonia, en Cracovia, alguna persona que quiera ofrecer sus plegarias a Dios, y sobre todo sus sufrimientos, por esta difícil cuestión. Es algo en lo que tengo mucho interés». Hubo muchas personas que hicieron esto. Pero yo comprendí entonces cuál era el peso del problema ante el que se encontraba Pablo VI, como supremo Maestro y Pastor de la Iglesia.

Audiencias y visitas Las audiencias tenían un carácter distinto. En su mayoría eran audiencias privadas, donde podía conversar a solas con el Santo Padre, pero había también audiencias colectivas. Participé en varias ocasiones en las audiencias que Pablo VI concedía al Consejo de Laicos – Consilium de Laicis: formaba parte de él en calidad de consultor; IUNE, es decir la audiencia al Consejo de la secretaría general del Sínodo de los Obispos. Finalmente, la audiencia colectiva a los Obispos polacos. Recuerdo con particular conmoción la audiencia de noviembre de 1973, durante la cual, junto al Cardenal Primado y al nuevo Metropolita de Wroclaw, a los obispos residentes de Opole, Gorzów, Szczecin, Koszalin, Gdansk y Warmia, expresamos nuestro agradecimiento por la institución definitiva de una organización eclesial regular en los territorios polacos occidentales y septentrionales. Otra audiencia colectiva del Episcopado polaco en que participé tuvo lugar en noviembre del año pasado, con ocasión de la visita de los Obispos de toda Polonia ad limina apostolorum. Pablo VI había cumplido ochenta años a finales de septiembre. Le habíamos hecho entrega de algunos presentes, por los que siempre se mostraba agradecido. Eran presentes que daban testimonio de la vitalidad de la cultura católica en Polonia. Recuerdo con qué atención observó los manuscritos de Karol Hubert Rostworowski y del Metropolita de Cracovia, Adam Stefan Sapieha, que le ofrecimos en aquella ocasión. Las visitas «ad limina» durante sus quince años de pontificado fueron tres: 1967/68, 1972 y 1977. Siempre me impresionaba cómo se preparaba el Papa de forma escrupulosa para las audiencias, cómo deseaba que fueran fructíferas: entrar en los problemas que le eran expuestos, responder a las expectativas, instaurar un contacto personal. El momento más conmovedor era cuando él mismo empezaba a hablar de los problemas de la Iglesia – a menudo incluso de la Iglesia en Italia, en la misma Roma -, cuando lo que decía tomaba la forma de un coloquio confidencial, cuando se desahogaba contando las cosas que le pesaban, que le dolían. El interlocutor se sentía entonces particularmente comprometido, participando de este modo en la «sollicitudo omnium Ecclesiarum» realmente paulina, en las preocupaciones por toda la Iglesia, por los problemas más urgentes de la Iglesia.


martes, 23 de junio de 2026

El Papa León XIV le rinde homenaje a Jérôme Lejeune, defensor de la dignidad humana, en el centenario de su nacimiento.

 


Leemos en Vatican News que con ocasión del centenario del nacimiento del venerable profesor Jérôme Lejeune, el Papa recibió este lunes 22 de junio en audiencia a los miembros de la Fundación que lleva su nombre y que continúa su obra. En su discurso, el Santo Padre elogió la memoria de quien fue a la vez pionero de la genética moderna, médico dedicado a los más vulnerables y ferviente defensor de la vida. "Sean, como él, testigos comprometidos en la sociedad, al servicio de la búsqueda constante del bien común»", exhortó.

Descubridor de la anomalía cromosómica responsable de la trisomía 21, Jérôme Lejeune dejó una profunda huella en la historia de la medicina moderna. Considerado uno de los padres de la genética contemporánea, dedicó su carrera a la investigación y al acompañamiento de las personas con Síndrome de Down.

«La medicina —solía afirmar— es el odio a la enfermedad y el amor al enfermo», recordó León XIV en su discurso dirigido a los miembros de la Fundación que lleva su nombre y que continúa su labor. Esta convicción guio toda su acción en favor de aquellos a quienes llamaba afectuosamente «los pobres entre los pobres», añadió el Papa.

El Santo Padre destacó la excelencia académica del profesor Lejeune y su incansable dedicación a la Iglesia, cualidades por las que el Papa Pablo VI lo nombró miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias.

Tambien recalcó León XIV, «la profunda amistad forjada con Juan Pablo II y su visión compartida en favor de la defensa de la vida estuvieron en el origen de la creación de la Academia Pontificia para la Vida». El profesor Lejeune «la consideraba una institución necesaria ante la multiplicación de las amenazas contra la vida», añadió el Sumo Pontífice.

«Hombre de ciencia y de sabiduría», Jérôme Lejeune comprendió rápidamente, observó el Papa, que su descubrimiento científico «sería utilizado para erradicar a las personas portadoras de trisomía 21 antes de su nacimiento». Por esta razón, precisó León XIV, no dudó en convertirse en «su abogado», denunciando la «transgresión del juramento hipocrático y este nuevo eugenismo», que él calificaba de «racismo cromosómico».

El Obispo de Roma reconoció después que «sus intervenciones proféticas lo llevaron a defender la vida de toda persona humana, haciendo referencia a la dignidad inviolable que tiene su origen en el acto creador de Dios». Por ello, añadió, «interpeló y asesoró a instituciones y gobernantes de todo el mundo sobre esta cuestión».

«Esta lucha le valió ser objeto de ataques y críticas en ciertos ambientes científicos», señaló finalmente el Papa.

La técnica no debe reemplazar a la ética

Según el Sucesor de Pedro, el profesor Jérôme Lejeune era consciente de que «si la técnica puede ayudar a la medicina, no puede, en cambio, sustituirla». Sabía, en efecto, que «la técnica puede ser utilizada contra la medicina, que por naturaleza está al servicio de la vida».

El valor de una persona, recordó el Papa, nunca depende de su rendimiento, de su autonomía o de su utilidad social. «¡Jamás un médico debería permitirse, basándose en algoritmos de laboratorio, decidir sobre la vida de tal embrión o de tal persona anciana! ¡Jamás la medicina podrá convertirse en servidora de la muerte programada!», advirtió el Santo Padre.

Hoy, la Fundación Jérôme Lejeune prosigue su labor en torno a tres misiones: la investigación, la atención médica y la defensa de la dignidad humana. El Instituto Jérôme Lejeune atiende cada año a varios miles de pacientes con discapacidades intelectuales de origen genético, mientras que la Fundación apoya numerosos programas científicos internacionales.

(continuarleyendo)

 

También lo recordaba el Papa Francisco en su momento al celebrarse la Jornada de la Vida. 

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lunes, 22 de junio de 2026

El espíritu mariano de Juan Pablo II - Cardenal Tomáš Špidlik, S.I.

 


La mayoría de las oraciones compuestas y recitadas por Juan Pablo II son oraciones dirigidas a la Virgen Maria. Constituyen verdaderamente un rasgo característico de su piedad. Dirigiéndose a la Madre del cielo y hablando de Ella en toda ocasión, Juan Pablo II evidencia sobre todo tres grandes privilegios marianos: la unión sublime con las Personas divinas que se ejercita en la oración, la pureza inmaculada de la vida, la protección universal de los hombres y de todo el universo. Al Papa Juan Pablo II podemos atribuir el mérito especial de haber sido capaz de iluminarnos de modo sugerente como esta vía aurea de la santificación cristiana se haya verificado de modo del todo particular en la Madre de Dios. El nos muestra como la devoción mariana se inserta orgánicamente en las místicas consideraciones sobre la Trinidad Santísima.

Escuchando la voz de Dios y respondiéndole con asentimiento generoso, se le revela al hombre otro aspecto del gran misterio: Dios escucha también la palabra del hombre y satisface sus deseos realizándolos. Pero ¿Cómo es que algunas peticiones son escuchadas y otras no? El Papa, según su modo habitual, explica este misterio de la oración con estupenda brevedad. «Maria constituye el modelo de la oración de la Iglesia. Es muy probable que Maria estuviese  recogida en oración cuando el ángel Gabriel entro en la casa de Nazareth  y la saludo. Tal contexto de oración ciertamente sostuvo a la Virgen en su respuesta al ángel y en su generosa adhesión al misterio de la encarnación. En la escena de la Anunciación, los artistas casi siempre representantan a Maria en actitud orante. Recordamos, por ejemplo, al Beato Angélico. De ahí proviene a la Iglesia y a todo creyente la indicación del clima que debe presidir al desarrollo del culto. Podemos también añadir que Maria representa para el Pueblo de Dios el paradigma de toda expresión de su vida de oración. En particular, Ella enseña a los cristianos cómo dirigirse a Dios para invocar su ayuda en las diversas situaciones de la vida.»



De todo ello se deduce que el objeto fundamental de las oraciones de Maria es el mismo que el de las oraciones de Jesús, la salvación del mundo: «Maria aparece, por tanto, como supremo modelo de participación personal a los divinos misterios. Ella guía a la Iglesia en la meditación del misterio celebrado y en la participación en el evento de la salvación, promoviendo en los fieles el deseo de una intima inserción personal con Cristo para cooperar con el don de la propia vida a la salvación universal.».



En las arcaicas expresiones orantes junto al “Escucha!”, aparece también “Acoge, dígnate de recibir”! A las divinidades se ofrecía un don, un sacrificio. En sentido cristiano, el único don que el Padre de los cielos recibe es el sacrifico de si mismo ofrecido por Jesús.  Y María? La Virgen constituye también para la Iglesia el modelo en la participación generosa al sacrificio. En la Presentación de Jesus en el Templo, y sobre todo, a los pies de la cruz. Maria cumple el don de si que la asocia como Madre al sufrimiento y a las pruebas del Hijo. Así, en la vida cotidiana y en la celebración eucarística, la Virgen (Marialis cultus 20)  anima a los cristianos a ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Jesucristo (l Pe, 2,5)

¿A quién pues, tiene que dirigirse nuestra oración confiada? Responde Juan Pablo II: «Confío al Padre, rico de misericordia, al Hijo de Dios, hecho hombre como nuestro redentor y reconciliador, confío al Espíritu Santo, fuente de unidad y de paz esta llamada mía de padre y de pastor… Os invito, pus a dirigirnos conmigo al corazón inmaculado de Maria madre de Jesus, en quien se ha obrado la reconciliación de Dios con la humanidad… A las manos de esta Madre, cuyo fiat marcó el inicio de la plenitud de los tiempos…confío ahora en especial esta intención: que, por su intercesión, la humanidad misma descubra y recorra el camino de la penitencia, la única que podrá conducirla a la plena reconciliación.

Concluyendo, la vida y la actividad pastoral de Juan Pablo II se desarrolla en un tiempo de ateísmo ampliamente difundido y violentamente propagado, del que sufrió también en su vida personal las graves consecuencias. Tenía, pues que preguntarse desde el inicio en qué modo los creyentes podrían defenderse para salvar su fe y en muchas ocasiones también la vida, personal y de la socidad.

(Parte del texto preparado por el Cardenal Špidlik para la Causa de beatificación de Juan Pablo II) publicado en la revista Totus Tuus Nr 1 año 2011).