Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

lunes, 2 de marzo de 2026

Jordania también es Tierra Santa

 

Prácticamente todos los cristianos asociamos Tierra Santa con Israel, y es que entre Galilea y Jerusalén ocurrió prácticamente toda la vida conocida de Jesús. Por ello los peregrinos nos olvidamos injustamente de su vecina Jordania, a la que en los Evangelios se la denomina como la tierra “al otro lado del Jordán”, la Transjordania. Os contamos algunos ejemplos de los lugares santos que tiene (por orden cronológico según aparecen en la Biblia):

La cueva de Lot

Frente al Mar Muerto, en una pared rocosa cerca de la orilla, el peregrino que recorra Jordania siguiendo las huellas de la Biblia y del cristianismo primigenio podrá encontrarse con una grata sorpresa: la cueva de Lot. Los cristianos han venerado este lugar como lugar santo desde los inicios del cristianismo. La prueba más evidente son las ruinas, en aceptable estado de conservación, de una iglesia bizantina construida junto a la cueva.


(pintura de Peter Paul Rubens de Lot y su familia huyendo de Sodoma – Wikipedia) 

 

Madaba/Monte Nebo

Durante el período bizantino, Madaba experimentó un importante desarrollo. En esa época, entre los siglos V y VII después de Cristo, se construyeron numerosas iglesias cuya principal característica eran los suelos cubiertos por complejos y ricos mosaicos. El mapa de Madaba es una parte del mosaico que cubre el suelo de la iglesia bizantina/ortodoxa de San Jorge y es la representación cartográfica más antigua de Jerusalén y de Tierra Santa que se conserva (siglo VI).

Muy cerca de Madaba se encuentra el monte Nebo, el pico desde el cual Moisés contempló la tierra prometida que se le había negado al final de sus días y donde los franciscanos restauraron a comienzos del siglo XX una maravillosa iglesia bizantina y sus mosaicos del siglo VI. La Orden de San Francisco sigue custodiando el lugar, lo cual explica el perfecto estado en el que se encuentra el enclave.

Betania de Transjordania



Lugar del bautismo de Jesús. Poco antes de desembocar en el Mar Muerto nos encontramos en la parte donde Juan Bautista bautizaba y donde bautizó al mismo Hijo de Dios. Israel y Jordania se disputan el punto exacto, pero las evidencias arqueológicas y la tradición parecen dar la razón a los jordanos. La misma iglesia de San Juan Bautista (siglo V) con su escalera que desciende hasta un afluente del Jordán indica que ya entonces los peregrinos la usaban para ser bautizados allí. 

Maqueronte

El final de Juan el Bautista: Esta fortaleza fue originalmente construida por Herodes el Grande como puesto militar. A su muerte pasó a manos de su hijo Herodes Antipas cuya impiedad y lujuria condujeron al martirio de San Juan Bautista. Barrida del mapa por las tropas romanas durante la primera guerra judeo-romana, actualmente es un páramo cuyas pocas columnas recuerdan un pasado esplendoroso pero cruel y efímero.



Pella

una de las ciudades de la Decápolis de la cual poco queda. Tuvo una gran importancia para las primeras comunidades cristianas del siglo I ya que acogió a los cristianos que huyeron de Jerusalén con las guerras judeo-romanas. 

Petra

La joya de Jordania tiene un pasado cristiano que se obvia. A partir del siglo IV se convierte oficialmente al cristianismo y gran parte de sus asombrosas tumbas horadadas y talladas en sus montañas se transformaron en iglesias (la más famosa es la conocida como El Monasterio).

Jerash/Gerasa

No hay palabras para describir la belleza de esta ciudad, antaño miembro de la Decápolis y que tuvo su máximo esplendor durante el dominio de Roma. Debido a su excelente estado de conservación se le conoce como la Pompeya asiática. Entre los siglos IV y VII albergó una importante comunidad cristiana que construyó más de trece iglesias, incluyendo la catedral cuyos restos aun se pueden visitar.

 


(texto tomado de Primeros cristianos)

 

Andrea Tornielli : Tierra Santa, un quinto Evangelio que comienza en Jordania

 

El país ha sido escenario de numerosos episodios bíblicos: desde el éxodo guiado por Moisés hasta el bautismo de Jesús. Las presencias cristianas tienen orígenes antiquísimos.

Cuando se piensa en Tierra Santa, cuando se habla de Tierra Santa, resulta natural referirse a los lugares históricos de la vida de Jesús en Palestina e Israel: Belén, Nazaret, Cafarnaúm, Jerusalén… Pero hay otro país sembrado de memorias cristianas que merece convertirse en destino de peregrinación: Jordania. Es la tierra que atravesó el pueblo hebreo guiado por Moisés hacia la tierra de la prom
esa, donde tuvieron lugar numerosos episodios bíblicos y también evangélicos. Es la tierra desde la que Moisés, antes de morir, pudo contemplar Canaán. Es la tierra donde Jesús fue bautizado por Juan el Bautista, donde el Nazareno encontró a sus primeros apóstoles, Andrés y Pedro, donde curó y realizó milagros.

En un contexto difícil -basta recordar los países con los que limita: Siria, Irak, Arabia Saudí, Israel y Palestina- Jordania destaca por su estabilidad y por la convivencia pacífica entre las distintas tradiciones religiosas. Los cristianos son una minoría, alrededor del 4% de la población, y se sienten ciudadanos de pleno derecho: gestionan escuelas y hospitales y, en el caso de los católicos de rito latino, constituyen la parte más numerosa de la diócesis guiada por el patriarca latino de Jerusalén. Destino turístico por sus complejos en el mar Muerto y el mar Rojo, y sobre todo por la extraordinaria belleza de Petra -la antigua ciudad nabatea excavada en la roca, Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1985-, Jordania busca valorizar cada vez más su patrimonio cristiano.

Aqaba y Petra…Monte Nebo…Maqueronte

El bautismo de Jesús

El lugar evangélico más significativo es, sin duda, aquel donde tuvo lugar el bautismo de Jesús, la “Betania al otro lado del Jordán” mencionada en el Evangelio de Juan. En los primeros siglos del cristianismo era conocida como Bethabara y hoy como Al-Maghtas, término árabe que significa “bautismo” o “inmersión”. Aparece también en el famoso mapa de Madaba -otro de los lugares que visitar en Jordania-, un mosaico del siglo VI.

 

(Leercompleto en Vatican News)

 


Benedicto XVI invitaba a elevar los ojos desde la Tierra prometida

 



Desde ese santo lugar, consagrado por la memoria de Moisés””con  renovada gratitud a los Frailes Menores de la Custodia por su presencia secular en estas tierras y su gozosa fidelidad al carisma de san Francisco el Papa Benedicto XVI nos recordaba:  

Es apropiado que mi peregrinación comience en este monte, donde Moisés contempló desde lejos la Tierra prometida. El magnífico escenario que se abre desde la explanada de este santuario nos invita a considerar cómo la visión profética abarcaba misteriosamente el gran plan de la salvación que Dios había preparado para su pueblo. Por eso, en el valle del Jordán, que se extiende bajo nosotros, en la plenitud de los tiempos Juan Bautista vino a preparar el camino del Señor. En las aguas del río Jordán Jesús, después de ser bautizado por Juan, fue revelado como Hijo predilecto del Padre y, ungido por el Espíritu Santo, inauguró su ministerio público. También desde el Jordán se difundió el Evangelio, primero mediante la predicación y los milagros de Cristo, y luego, después de su resurrección y de la venida del Espíritu en Pentecostés, fue llevado por sus discípulos hasta los confines de la tierra.

Aquí, en las alturas del monte Nebo, la memoria de Moisés nos invita a "elevar los ojos" para abrazar con gratitud no sólo las grandes hazañas realizadas por Dios en el pasado, sino también para mirar con fe y esperanza al futuro que él nos tiene reservado a nosotros y al mundo entero. Como Moisés, también nosotros hemos sido llamados por nuestro nombre, invitados a emprender un éxodo diario desde el pecado y la esclavitud hacia la vida y la libertad, y se nos da una promesa inquebrantable para orientar nuestro camino.

En las aguas del Bautismo hemos pasado de la esclavitud del pecado a una nueva vida y a una nueva esperanza. En la comunión de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, gozamos anticipadamente de la visión de la ciudad celestial, la nueva Jerusalén, en la que Dios será todo en todos. Desde este santo monte Moisés orienta nuestra mirada hacia lo alto, hacia el cumplimiento de todas las promesas de Dios en Cristo.

Moisés contempló desde lejos la Tierra prometida, al final de su peregrinación terrena. Su ejemplo nos recuerda que también nosotros formamos parte de la peregrinación sin tiempo del pueblo de Dios a lo largo de la historia. Siguiendo las huellas de los profetas, de los Apóstoles y de los santos, estamos llamados a caminar con el Señor, a proseguir su misión, a dar testimonio del Evangelio del amor y de la misericordia universales de Dios.

Estamos llamados a acoger la venida del reino de Cristo mediante nuestra caridad, nuestro servicio a los pobres y nuestros esfuerzos por ser levadura de reconciliación, de perdón y de paz en el mundo que nos rodea. Sabemos que, como Moisés, en el arco de nuestra vida no veremos el pleno cumplimiento del plan de Dios; y, sin embargo, confiamos en que, haciendo lo poco que está de nuestra parte, con la fidelidad a la vocación que cada uno ha recibido, contribuiremos a preparar los caminos del Señor y acoger el alba de su Reino. Sabemos que el Dios que reveló su nombre a Moisés como prenda de que estaría siempre con nosotros (cf.Ex 3, 14) nos dará la fuerza para perseverar en gozosa esperanza incluso entre sufrimientos, pruebas y tribulaciones.”

(Invitoleer la homilía completa en el sitio de la Santa Sede)

sábado, 28 de febrero de 2026

Juan Pablo II y Tierra Santa

 


Durante mucho tiempo he nutrido en el corazón el deseo de hacer una peregrinación sobre las huellas de Abraham, pues había ya hecho numerosas peregrinaciones en todas partes del mundo…. Pablo VI fue a aquellos Santos Lugares en su primer viaje. Yo deseaba que mi viaje fuera durante el Año Jubilar. Tenia que haberlo comenzado en Ur de los caldeos, situada en el territorio del actual Irak, de donde hace tantos siglos salió Abraham siguiendo la llamada de Dios (Gn 12,1-4). Tendría que haber proseguido hacia Egipto, siguiendo las huellas de Moisés, de donde saco a los israelitas y recibió, al pie del monte Sinaí los Diez andamientos como fundamento de la alianza con Dios. Mi peregrinación terminaría en Tierra Santa, comenzando por el lugar de la Anunciación. Acto seguido me hubiera trasladado a Belén, donde nació Jesús, y a otros lugares relacionados con su vida y su actividad.

 

El viaje no fue precisamente como lo  había proyectado. No me fue posible realizar la primera parte, la dedicada a las huellas de Abraham. Fue el único sitio al que no pude llegar, porque las autoridades iraquíes no lo permitieron. Me traslade a Ur de los Caldeos espiritualmente, durante una ceremonia organizada a propósito en el aula Pablo VI. Pude en cambio trasladarme personalmente a Egipto, a los pies del monte Sinaí, donde el señor  reveló su propio nombre a Moisés. Allí fui recibido por los monjes ortodoxos. Fueron muy hospitalarios.

 

Después fui a Belén, a Nazaret y a Jerusalén. Me traslade al Huerto de los Olivos, al Cenáculo y, naturalmente, al Calvario, al Gólgota.  Era la segunda vez que iba a aquellos Santos Lugares. Había estado una primera vez como arzobispo de Cracovia, durante el Concilio. En el ultimo día de peregrinación jubilar a Tierra Santa celebre la Santa Misa junto al sepulcro de Cristo con el secretario de Estado cardenal Ángel Sodano, y con otros oficiales de la Curia. ¿Qué se puede decir después de todo esto? .  Aquel viaje fue una grande, grandísima, experiencia. El momento más importante de toda la peregrinación fue indudablemente estar sobre el Calvario, sobre el monte de la Crucifixión y junto al Sepulcro, aquel Sepulcro que fue al mismo tiempo el lugar de la resurrección. Mis pensamientos volvían a la emoción vivida durante mi primera peregrinación  Tierra Santa. Entonces escribí:

 

·         Lugares de la tierra, lugares de Tierra Santa, no se cómo guardaros aquí dentro, dentro de mí.  No se cómo pisaros, no puedo: arrodillarme quiero ante vosotros. Doblo la rodilla y callo. Algo mío te quedara, tierra, te quedara mi silencio. Y mientras tanto te llevo dentro para ser como tu, lugar de testimonio. Me voy, me marcho como testigo, me voy para atestiguar lo que ha pasado a través de los milenios  (Poesías «Peregrinación a los Santos Lugares, 3 Identidades»

 

¡El lugar de la Redención! No basta decir: Estoy contento de haber estado allí. Se trata de algo más: del signo del gran sufrimiento, del signo de la muerte salvadora, del signo de la resurrección.

 

(Fuente: Juan Pablo II ¡Levantaos! ¡Vamos! p. 175/6/7, Editorial Sudamericana)

 

 

 Invito ver :  Peregrinacion Jubilar de Juan Pablo II a Tierra Santa (20 al 26 de marzo de 2000

 

Audiencia General Miercoles 1 de marzo de 2000 Peregrinacin jubilar al Monte Sinai  24 al 26 de febrero de 2000

Audiencia General Miércoles 29de marzo de 2000 Peregrinación Jubilar a Tierra Santa

 

 

Benedicto XVI: Que es la fe?

 


¿Qué es la fe?

¿Tiene aún sentido la fe en un mundo donde ciencia y técnica han abierto horizontes hasta hace poco impensables?

¿Qué significa creer hoy?

¿qué sentido tiene vivir?

¿Hay un futuro para el hombre, para nosotros y para las nuevas generaciones?

¿En qué dirección orientar las elecciones de nuestra libertad para un resultado bueno y feliz de la vida?

¿Qué nos espera tras el umbral de la muerte?

 

De estas preguntas insuprimibles surge como el mundo de la planificación, del cálculo exacto y de la experimentación; en una palabra, el saber de la ciencia, por importante que sea para la vida del hombre, por sí sólo no basta. 

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La fe no es un simple asentimiento intelectual del hombre a las verdades particulares sobre Dios; es un acto con el que me confío libremente a un Dios que es Padre y me ama; es adhesión a un «Tú» que me dona esperanza y confianza. Cierto, esta adhesión a Dios no carece de contenidos: con ella somos conscientes de que Dios mismo se ha mostrado a nosotros en Cristo; ha dado a ver su rostro y se ha hecho realmente cercano a cada uno de nosotros.

Es más, Dios ha revelado que su amor hacia el hombre, hacia cada uno de nosotros, es sin medida: en la Cruz, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, nos muestra en el modo más luminoso hasta qué punto llega este amor, hasta el don de sí mismo, hasta el sacrificio total. Con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, Dios desciende hasta el fondo de nuestra humanidad para volver a llevarla a Él, para elevarla a su alteza. La fe es creer en este amor de Dios que no decae frente a la maldad del hombre, frente al mal y la muerte, sino que es capaz de transformar toda forma de esclavitud, donando la posibilidad de la salvación. Tener fe, entonces, es encontrar a este «Tú», Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible que no sólo aspira a la eternidad, sino que la dona; es confiarme a Dios con la actitud del niño, quien sabe bien que todas sus dificultades, todos sus problemas están asegurados en el «tú» de la madre. Y esta posibilidad de salvación a través de la fe es un don que Dios ofrece a todos los hombres. 

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La fe es don de Dios, pero es también acto profundamente libre y humano. El Catecismo de la Iglesia católica lo dice con claridad: «Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre» (n. 154)


 (Papa Benedicto XVI Audiencia General 24 de octubre de 2012 – Año de la fe)

 

 

martes, 24 de febrero de 2026

“Perdónanos... como nosotros perdonamos”.


 ¡El perdón! Cristo nos ha enseñado a perdonar. Muchas veces y de varios modos Él ha hablado de perdón. Cuando Pedro le preguntó cuántas veces habría de perdonar a su prójimo, “¿hasta siete veces?”. Jesús contestó que debía perdonar “hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21 s.). En la práctica, esto quiere decir siempre: efectivamente, el número «setenta” por “siete” es simbólico, y significa, más que una cantidad determinada, una cantidad incalculable, infinita. Al responder a la pregunta sobre cómo es necesario orar, Cristo pronunció aquellas magníficas palabras dirigidas al Padre: “Padre nuestro que estás en los cielos”; y entre las peticiones que componen esta oración, la última habla del perdón: “Perdónanos nuestras deudas, como nosotros las perdonamos” a quienes son culpables con relación a nosotros (“a nuestros deudores”). Finalmente, Cristo mismo confirmó la verdad de estas palabras en la cruz, cuando, dirigiéndose al Padre, suplicó: “¡Perdónalos!”, “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 32, 34).

“Perdón” es una palabra pronunciada por los labios de un hombre, al que se le habla hecho mal. Más aún, es la palabra del corazón humano. En esta palabra del corazón cada uno de nosotros se esfuerza por superar la frontera de la enemistad, que puede separarlo del otro, trata de reconstruir el interior espacio de entendimiento, de contacto, de unión. Cristo nos ha enseñado con la palabra del Evangelio y, sobre todo, con el propio ejemplo, que este espacio se abre no sólo ante el otro hombre sino, a la vez, ante Dios mismo. El Padre, que es Dios de perdón y de misericordia, desea actuar precisamente en este espacio del perdón humano, desea perdonar a aquellos que son capaces de perdonar recíprocamente, a los que tratan de poner en práctica estas palabras: “Perdónanos... como nosotros perdonamos”.

El perdón es una gracia, en la que se debe pensar con humildad y gratitud profundas. Es un misterio del corazón humano, sobre el cual es difícil explayarse. Sin embargo, quisiera detenerme sobre cuanto he dicho.

(Fue la tercer Audiencia General del Papa Juan Pablo II -21 de octubre de 1981 - despuésdel atentado de Mayo 1981)



sábado, 21 de febrero de 2026

La misericordia infinita

 


“La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito es también infinita. Infinita pues e inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan continuamente del valor admirable del sacrificio de su Hijo. No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite. Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente frente al testimonio de la cruz y de la resurrección de Cristo.

Por tanto, la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno 117 a medida del Creador y Padre: el amor, al que « Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo » 118 es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del « reencuentro » de este Padre, rico en misericordia.

El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo « ven » así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a El. Viven pues in statu conversionis; es este estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre por la tierra in statu viatoris. Es evidente que la Iglesia profesa la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, no sólo con la palabra de sus enseñanzas, sino, por encima de todo, con la más profunda pulsación de la vida de todo el Pueblo de Dios. Mediante este testimonio de vida, la Iglesia cumple la propia misión del Pueblo de Dios, misión que es participación y, en cierto sentido, continuación de la misión mesiánica del mismo Cristo.”

(de la Enciclica Dives in Misericordia, 13,  de Juan Pablo II)