Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

viernes, 7 de agosto de 2026

Henri de Lubac (II): antes, en y después del Concilio - Juan Luis Lorda (3 de 3)

 


Después del Concilio.

De Lubac había terminado el Concilio con 68 años. En plena madurez, aunque con achaques. Las viejas ideas, las muchas lecturas, sus abundantes ficheros le empujaban. Completaba constantemente sus grandes temas con vistas a mejoras, correcciones y desarrollos de sus obras. De entrada, se imponía una revisión de sus estudios históricos acerca de lo sobrenatural. No le pareció oportuno (hasta mucho después) reeditar el libro, pero amplió los estudios históricos en dos monumentales libros (que llamaba sus “dos gemelos”): El misterio de lo sobrenatural (1965) y Agustinismo y Teología Moderna (1965). Más tarde añadiría una pequeña reflexión general: Pequeña catequesis sobre naturaleza y gracia (1980). La madurez y el trabajo realizado le permitían abordar síntesis más breves de los temas que había estudiado. Por ejemplo, La Escritura en la Tradición (1966); y desarrollar aspectos nuevos: Las Iglesias particulares en la Iglesia universal (1977). Viendo crecer el desafecto eclesial publica La fe cristiana. Ensayo sobre la estructura del Credo de los Apóstoles (1969).

 

Los últimos años.

Los años no pasan en vano. Siempre había sufrido secuelas de las heridas de la Gran Guerra, a pesar de su apariencia fuerte y entera (era muy alto). Ahora se le presenta un artritismo grave en las cervicales y necesita pequeños tiempos de reposo. Todo se le hace más difícil, pero no deja de anotar y archivar. Para su propia sorpresa pudo completar un viejo proyecto, otra obra monumental en dos volúmenes: La posteridad espiritual de Joaquín de Fiore (1978). El primero, De Joaquín a Schelling; y el segundo, De Saint Simon a nuestros días. Se trata de una panorámica del pensamiento cristiano sobre el milenio, sobre el esfuerzo por hacer un cielo en la tierra. El ambiente que le rodeaba no era alentador ni cómodo para él, debido al estado de la Iglesia en Francia y de la propia Compañía, que también había sufrido mucho en el posconcilio. Los integristas (todavía hoy) lo consideraban, sin ningún motivo, el responsable del modernismo teológico y de la crisis eclesial (a él, que siempre se había nutrido de la tradición patrística y medieval y que no se quitaba la sotana). Y para el enrarecido ambiente eclesial francés de los setenta, resultaba demasiado dispuesto a recordar lo que no querían oír. Dedica atención a pequeñas obras, que son casi “divertimentos”, como un simpático ensayo sobre Pico de la Mirandola (1974) el gran humanista renacentista y converso italiano. Y sigue con la publicación de recuerdos, memorias y correspondencias de compañeros y amigos (por ejemplo entre Marcel y Fessard, o la obra de Montcheuil), con una admirable abundancia de notas. Además prepara la edición de las cartas que le ha dirigido Étienne Gilson a lo largo de su vida.

La gran luz de sus últimos años es la elección de Juan Pablo II (1978). Vive con ilusión todos los acontecimientos del pontificado, en particular su viaje a Francia, donde el nuevo Papa tiene palabras públicas de afecto y reconocimiento para él. En enero de 1983 (tiene 86 años), le llega el nombramiento de cardenal. Le crea un mar de dudas. Escribe al Papa para pedirle que no lo ordene obispo, porque no puede ejercer ninguna función. Así se hace. En octubre una anestesia general, le causa un desajuste cerebral. En 1988, publica como puede, sus recuerdos de la guerra y la oposición a las leyes antijudías del régimen de Vichy (Resistencia cristiana al antisemitismo). Las notas de sus últimos meses muestran su fe, su profunda piedad y su comunión con la Iglesia. Se apaga poco a poco hasta su muerte en 1991. El cardenal de París, Lustiger (también su candidato para ese puesto) celebra su funeral. Para respetar las últimas voluntades del gran teólogo, que no quiere que la homilía se centre en su persona, lee unas páginas de Meditación sobre la Iglesia. Su albacea testamentario (Chantraine) se ocupará de preparar las obras completas (50 volúmenes, sin incluir gran parte de la correspondencia) y una biografía en 4 enormes volúmenes.

"Durante la Asamblea Plenaria (Conferencia Episcopal de Francia) de marzo de 2023, los obispos votaron a favor de abrir la causa, con vistas a una posible beatificación, del cardenal Henri de Lubac (1896-1991), teólogo jesuita, nacido en Cambrai (Nord) el 20 de febrero de 1896 y fallecido en París el 4 de septiembre de 1991. Fue uno de los grandes pensadores y teólogos del siglo XX."

 

Invito leer: Henri de Lubac: una vida teologica – Juan Luis Lorda

Henri de Lubac (II): antes, en y después del Concilio - Juan Luis Lorda (2 de 3)

 


En el Concilio.

Después de los años paradójicos e incómodos de la Comisión Preparatoria (1960-1962), llegó el Concilio. De Lubac era un perito muy reconocido, aunque habían sido nombrados 201 peritos en 1962, y llegaron a ser 434 al final. Mientras otros se convertían en estrellas mediáticas (Küng) o construían plataformas (Rahner) o impulsaban orientaciones (Congar), de Lubac prefería la segunda fila. Trabajó en bastantes comisiones y ayudó a preparar votos de obispos, especialmente africanos, porque se lo pedía otro jesuita, Gustave Martelet, autor después de un conocido libro sobre los grandes temas del Concilio. Tenía un fuerte sentido del misterio cristiano y nunca trataba las cosas de la fe como si fueran “temas”. Le molestaban los enfoques demasiado sociológicos (Schillebeeckx) y los esfuerzos por “adaptarse al mundo” como si hubiera que abandonar lo más específico del cristianismo para ser más fácilmente aceptado. Tuvo la alegría de hacer muchos y buenos amigos. Ratzinger, que era entonces un teólogo muy joven, recuerda la deferencia con que le trató  enseguida. Hicieron buena amistad. También fue para él una gran alegría el encuentro con Karol Wojtyla, después Juan Pablo II, en los trabajos de Gaudium et spes. Se llegaron a apreciar mucho; y de Lubac impulsó la edición francesa del libro de Karol Wojtyla (entonces desconocido en Francia) Amor y responsabilidad, escribiéndole el prólogo. En una entrevista posterior, durante el cónclave en que salió elegido, llegó a decir que era su candidato, aunque la parecía imposible. Pero de Lubac estaba presente en el Concilio sobre todo por sus libros y su teología, conocida por los redactores. Influyó en la expresión del misterio de la Iglesia en Lumen Gentium. Incluso la solución de dedicar el último capítulo a la Virgen, icono de la Iglesia, recordaba el último (y precioso) capítulo de su Meditación sobre la Iglesia. Su idea sobre la íntima relación de las fuentes de la revelación . y Tradición) está muy presente en Dei Verbum. Sus análisis sobre el ateísmo inspiran los números de Gaudium et spes. Y, sobre todo, está allí consagrada la idea de que sólo hay un fin para toda la humanidad, eco y fruto del debate acerca del sobrenatural y también de la apologética de Blondel.

 

El “para-concilio”.

Muy pronto observó que, junto al Concilio, surgía un “para-concilio” (expresión suya), ajeno al trabajo de los obispos y a la construcción de los documentos que era el verdadero objeto del Concilio. Tuvo una relación complicada con Mons. Marty, arzobispo de Reims y presidente de varias comisiones conciliares, y después arzobispo de París y presidente de la Conferencia Episcopal francesa en el posconcilio. Marty le tomaba el pelo diciendo que parecía el “ángel guardián del Concilio”, tan en serio se lo tomaba. Pero después, de Lubac tuvo muchas ocasiones de quejarse de lo poco en serio que se tomaba el Concilio en Francia, y de las manifiestas desviaciones con respecto a los propósitos conciliares. Siempre defendió a Pablo VI que, aparte de la consideración que le merecía por ser el Papa, le parecía una persona honesta y con un alto sentido de su deber, mientras sectores integristas franceses lo deslegitimaban; a veces, de una manera feroz. Y sectores progresistas lo consideraban superado y lo despreciaban (como al propio de Lubac). No le gustaba, como a Ratzinger, que los teólogos se convirtieran en “magisterio paralelo”. Y, por esa razón, abandonó la revista Concilium (promovida por Rahner y Schillebeeckx) y, junto con Ratzinger y Von Balthasar, puso en marcha la revista Communio. Concilium intentaba ser la mente teológica directiva de la Iglesia, más allá de la letra del Concilio y convertida ella misma en una especie de Concilio permanente (de teólogos). Mientras Communio quería defender la comunión en la fe, una teología de la comunión y una teología en comunión.

Henri de Lubac (II): antes, en y después del Concilio - Juan Luis Lorda (1 de 3)

 


(Como intelectual humilde y persona buena, ante las incomprensiones que padeció, de Lubac no tenía otra defensa que escribir y explicarse)

Por voluntad de Juan XXIII, Henri de Lubac (1896-1991) llegó en 1960 a Roma para participar en la comisión preparatoria del Concilio Vaticano II. Fueron años muy ricos que fue anotando puntualmente en sus cuadernos, publicados póstumamente en dos estupendos tomos (Carnets du Concile, 2007). Estaba en una situación paradójica. A sus 64 años, con una obra importante y con el aval de su nombramiento por Juan XXIII, era una personalidad. Por otra parte, había sido puesto en cuestión, a veces de manera muy dura; especialmente, a propósito del debate sobre lo sobrenatural. Y precisamente por algunos de los que estaban en aquella Comisión. No le faltaron desplantes. Pero era una persona extraordinariamente educada e incapaz de maltratar a nadie. Prefería resolver las cosas estudiándolas.

Libros influyentes.

En los años que estuvo en Roma se publicaron, uno tras otro, los cuatro volúmenes de su monumental Exégesis medieval, que le dieron una fama de erudito sin par. Sobre todo, eran una reivindicación de la seriedad de la exégesis espiritual de la Escritura en la tradición de la Iglesia. Se mostraba la continuidad de muchas fórmulas que nacían en la antigüedad patrística (a veces, en la misma Biblia) y atravesaban toda la teología medieval, expresando la vivencia sacramental del misterio cristiano. Era un complemento muy importante y necesario a la exégesis habitual, exclusivamente filológica, de la Escritura, y recordaba las riquezas espirituales de la Iglesia. Aunque a de Lubac, como siempre le pasaba, le parecía un trabajo incompleto y defectuoso, no había nada parecido en la producción teológica. Claro es que todo el mundo teológico no leyó los cuatro tomos, pero tomó nota de que existían. Era muy conocido su libro Catolicismo. Benedicto XVI recordó en varias ocasiones la profunda impresión de haberlo leído en sus años de formación. Era muy conocido El drama del humanismo ateo, libro que cualquiera mencionaba entonces y menciona ahora, para decir que un humanismo sin Dios se vuelve contra el hombre. Y era muy conocido Meditación sobre la Iglesia, libro muy hermoso que desarrolla algunos temas apuntados en otro anterior, más pequeño y menos conocido (pero muy hermoso también): Corpus Mysticum: La Eucaristía y la Iglesia en la Edad Media (1944). Teniendo en cuenta el cambio de sentido de la expresión “Cuerpo Místico”, referido primero a la Eucaristía, y después a la Iglesia, relacionaba profundamente los dos misterios. Todo el mundo recordará las frases: “la Iglesia hace la Eucaristía” y “la Eucarístía hace la Iglesia”.

 

Ataques y defensas.

Era un intelectual notablemente humilde y una buena persona perfectamente inhabilitada para cualquier tipo de maniobra. De manera que, ante las incomprensiones que padeció a lo largo de su vida, no tenía otra defensa que escribir y explicarse. Y eso hizo abundantemente, redactando memoriales y archivando cartas y documentación. Además de los cuadernos sobre el Concilio, que no estaban destinados a publicarse, con los recuerdos y papeles recogidos en todos estos años, escribió una larga y magnífica Memoria con ocasión de mis escritos (1981), donde cuenta el contexto histórico de sus conflictos y sus obras (y procura dejar lo mejor posible a todo el mundo). De lectura muy entretenida, aunque requiere un cierto conocimiento del medio. En la edición francesa (obras completas) se le añade unas interesantes memorias de juventud. También defendía a sus amigos. Le apenaba la suerte del P. Valensin (1879-1953), muy amigo de Blondel y, por eso mismo incomprendido, y olvidado tras su muerte prematura. Pensaba que le debía mucho y, por eso, editó su correspondencia anotándola (3 volúmenes) y algunas de sus obras. Lo mismo haría con otros profesores y compañeros (Monchanin, Fessard) o con el propio Blondel.

 

Teilhard de Chardin.

Además, la Compañía de Jesús y el episcopado francés le animaron a defender a Teilhard de Chardin. En esos años su obra estaba en cuestión y en la misma comisión preparatoria del Concilio, había quienes querían que el Concilio lo condenase expresamente (y algunos, también al propio de Lubac). El propósito había salido en varias reuniones bastante tensas. Y sólo se acabó cuando Juan XXIII en la sesión inaugural declaró que no esperaba condenas del Concilio, sino una expresión más viva y fiel de la fe cristiana. De Lubac congeniaba poco con el estilo grandilocuente y un tanto visionario de Teilhard, pero (quizá viéndose retratado) se sintió obligado a defender su honestidad cristiana y a responder a las críticas más injustas (algunas furibundas). Admiraba el deseo de Teilhard de combinar ciencia y teología, aunque probablemente lo sobrevaloraba en este punto, donde de Lubac se sentía muy inexperto. Dedicará un esfuerzo muy notable y persistente, y sacará varios pequeños libros. Gilson, que le había apoyado totalmente en la cuestión de lo sobrenatural, se distanció en esto y publicó Las tribulaciones de Sofía, donde hacía un discernimiento sobre Teilhard.

jueves, 6 de agosto de 2026

Monte Tabor, el monte de la oración

 


Los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas atestiguan de modo concorde el episodio de la transfiguración de Cristo. Los elementos esenciales son dos: en primer lugar, Jesús sube con sus discípulos Pedro, Santiago y Juan a un monte alto, y allí «se transfiguró delante de ellos» (Mc9, 2), su rostro y sus vestidos irradiaron una luz brillante, mientras que junto a él aparecieron Moisés y Elías; y, en segundo lugar, una nube envolvió la cumbre del monte y de ella salió una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, escuchadlo» (Mc 9, 7). Por lo tanto, la luz y la voz: la luz divina que resplandece en el rostro de Jesús, y la voz del Padre celestial que da testimonio de él y manda escucharlo.

El misterio de la Transfiguración no se debe separar del contexto del camino que Jesús está recorriendo. Ya se ha dirigido decididamente hacia el cumplimiento de su misión, a sabiendas de que, para llegar a la resurrección, tendrá que pasar por la pasión y la muerte de cruz. De esto les ha hablado abiertamente a sus discípulos, los cuales sin embargo no han entendido; más aun, han rechazado esta perspectiva porque no piensan como Dios, sino como los hombres (cf. Mt 16, 23). Por eso Jesús lleva consigo a tres de ellos al monte y les revela su gloria divina, esplendor de Verdad y de Amor. Jesús quiere que esta luz ilumine sus corazones cuando pasen por la densa oscuridad de su pasión y muerte, cuando el escándalo de la cruz sea insoportable para ellos. Dios es luz, y Jesús quiere dar a sus amigos más íntimos la experiencia de esta luz, que habita en él. Así, después de este episodio, él será en ellos una luz interior, capaz de protegerlos de los asaltos de las tinieblas. Incluso en la noche más oscura, Jesús es la luz que nunca se apaga. San Agustín resume este misterio con una expresión muy bella. Dice: «Lo que para los ojos del cuerpo es el sol que vemos, lo es [Cristo] para los ojos del corazón" (Sermo 78, 2: pl 38, 490). (Benedicto XVI Ángelus 4 de marzo de 2012) 

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 Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo « escuchen » (cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo.  (Juan Pablo II Carta Apostolica Rosarium Virginis Mariae ) 

 

martes, 4 de agosto de 2026

Oracion por los sacerdotes – Juan Pablo II

 


OH MARIA

Madre de Jesucristo y Madre de los sacerdotes:
acepta este título con el que hoy te honramos
para exaltar tu maternidad
y contemplar contigo
el Sacerdocio de tu Hijo unigénito y de tus hijos,
oh Santa Madre de Dios.

Madre de Cristo,
que al Mesías Sacerdote diste un cuerpo de carne
por la unción del Espíritu Santo
para salvar a los pobres y contritos de corazón:
custodia en tu seno y en la Iglesia a los sacerdotes,
oh Madre del Salvador.

Madre de la fe,
que acompañaste al templo al Hijo del hombre,
en cumplimiento de las promesas
hechas a nuestros Padres:
presenta a Dios Padre, para su gloria,
a los sacerdotes de tu Hijo,
oh Arca de la Alianza.

Madre de la Iglesia,
que con los discípulos en el Cenáculo
implorabas el Espíritu
para el nuevo Pueblo y sus Pastores:
alcanza para el orden de los presbíteros
la plenitud de los dones,
oh Reina de los Apóstoles.

Madre de Jesucristo,
que estuviste con Él al comienzo de su vida
y de su misión,
lo buscaste como Maestro entre la muchedumbre,
lo acompañaste en la cruz,
exhausto por el sacrificio único y eterno,
y tuviste a tu lado a Juan, como hijo tuyo:
acoge desde el principio
a los llamados al sacerdocio,
protégelos en su formación
y acompaña a tus hijos
en su vida y en su ministerio,
oh Madre de los sacerdotes. Amén.

(De la Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis del Papa Juan Pablo II, al Episcopado, al Clero y a los fieles sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual)

«Os daré pastores según mi corazón» (Jer 3, 15) – Dia del párroco .

 


Esta promesa de Dios está, todavía hoy, viva y operante en la Iglesia, la cual se siente, en todo tiempo, destinataria afortunada de estas palabras proféticas y ve cómo se cumplen diariamente en tantas partes del mundo, mejor aún, en tantos corazones humanos, sobre todo de jóvenes. Y desea, ante las graves y urgentes necesidades propias y del mundo, que en los umbrales del tercer milenio se cumpla esta promesa divina de un modo nuevo, más amplio, intenso, eficaz: como una extraordinaria efusión del Espíritu de Pentecostés.

La promesa del Señor suscita en el corazón de la Iglesia la oración, la petición confiada y ardiente en el amor del Padre que, igual que ha enviado a Jesús, el buen Pastor, a los Apóstoles, a sus sucesores y a una multitud de presbíteros, siga así manifestando a los hombres de hoy su fidelidad y su bondad.

Y la Iglesia está dispuesta a responder a esta gracia. Siente que el don de Dios exige una respuesta comunitaria y generosa: todo el Pueblo de Dios debe orar intensamente y trabajar por las vocaciones sacerdotales; los candidatos al sacerdocio deben prepararse con gran seriedad a acoger y vivir el don de Dios, conscientes de que la Iglesia y el mundo tienen absoluta necesidad de ellos; deben enamorarse de Cristo, buen Pastor; modelar el propio corazón a imagen del suyo; estar dispuestos a salir por los caminos del mundo como imagen suya para proclamar a todos a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida.

Una llamada particular dirijo a las familias: que los padres, y especialmente las madres, sean generosos en entregar sus hijos al Señor, que los llama al sacerdocio, y que colaboren con alegría en su itinerario vocacional, conscientes de que así será más grande y profunda su fecundidad cristiana y eclesial, y que pueden experimentar, en cierto modo, la bienaventuranza de María, la Virgen Madre: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno» (Lc 1, 42).

También digo a los jóvenes de hoy: sed más dóciles a la voz del Espíritu; dejad que resuenen en la intimidad de vuestro corazón las grandes expectativas de la Iglesia y de la humanidad; no tengáis miedo en abrir vuestro espíritu a la llamada de Cristo, el Señor; sentid sobre vosotros la mirada amorosa de Jesús y responded con entusiasmo a la invitación de un seguimiento radical.

La Iglesia responde a la gracia mediante el compromiso que los sacerdotes asumen para llevar a cabo aquella formación permanente que exige la dignidad y responsabilidad que el sacramento del Orden les confirió. Todos los sacerdotes están llamados a ser conscientes de la especial urgencia de su formación en la hora presente: la nueva evangelización tiene necesidad de nuevos evangelizadores, y éstos son los sacerdotes que se comprometen a vivir su sacerdocio como camino específico hacia la santidad.

La promesa de Dios asegura a la Iglesia no unos pastores cualesquiera, sino unos pastores «según su corazón». El «corazón» de Dios se ha revelado plenamente a nosotros en el Corazón de Cristo, buen Pastor. Y el Corazón de Cristo sigue hoy teniendo compasión de las muchedumbres y dándoles el pan de la verdad, del amor y de la vida (cf. Mc 6, 30 ss.), y desea palpitar en otros corazones —los de los sacerdotes—: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6, 37). La gente necesita salir del anonimato y del miedo; ser conocida y llamada por su nombre; caminar segura por los caminos de la vida; ser encontrada si se pierde; ser amada; recibir la salvación como don supremo del amor de Dios; precisamente esto es lo que hace Jesús, el buen Pastor; Él y sus presbíteros con Él.

(De la Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis del Papa Juan Pablo II, al Episcopado, al Clero y a los fieles sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual)

lunes, 3 de agosto de 2026

San Juan Maria Vianney, el cura de Ars

 


El 4 de agosto de cada año celebramos  la memoria litúrgica de  San Juan Maria Vianney – el Cura de Ars, y el dia del párroco.Juan Pablo II en su libro Don y Misterio comentaba su experiencia sobre la primer visita realizada a Ars.

En el camino de regreso de Bélgica a Roma, tuve la suerte de detenerme en Ars. Era al final del mes de octubre de 1947, el domingo de Cristo Rey. Con gran emoción visité la vieja iglesita donde San Juan María Vianney confesaba, enseñaba el catecismo y predicaba sus homilías. Fue para mí una experiencia inolvidable. Desde los años del seminario había quedado impresionado por la figura del Cura de Ars, sobre todo por la lectura de su biografía escrita por Mons. Trochu. San Juan María Vianney sorprende en especial porque en él se manifiesta el poder de la gracia que actúa en la pobreza de los medios humanos. Me impresionaba profundamente, en particular, su heroico servicio en el confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba mas de diez horas al día, comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario. En medio del laicismo y del anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un acontecimiento verdaderamente revolucionario.


Del encuentro con su figura llegué a la convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el confesionario, por medio de aquel voluntario "hacerse prisionero del confesionario". Muchas veces, confesando en Niegowic, en mi primera parroquia, y después en Cracovia, volvía con el pensamiento a esta experiencia inolvidable. He procurado mantener siempre el vínculo con el confesionario tanto durante los trabajos científicos en Cracovia, confesando sobre todo en la Basílica de la Asunción de la Santísima Virgen María, como ahora en Roma, aunque sea de modo casi simbólico, volviendo cada año al confesionario el Viernes Santo en la Basílica de San Pedro”

 Ya siendo Pontífice, y con ocasión de su tercer visita a Francia, invitado por el Episcopado francés,  participo de las ceremonias en honor al 200 aniversario del nacimiento del santo Cura de Ars.  A su regreso comentaba “con profunda alegría”  en  su AudienciaGeneral del 15 de octubre de 1986 

"La figura del Santo Cura de Ars no deja de hablar también al hombre de hoy. Su extraordinaria vida llena de oración y de mortificación, el heroico servicio a la Palabra de Dios y a los sacramentos, especialmente el de la penitencia, continúan siendo un punto de viva referencia para los sacerdotes de la Iglesia contemporánea.

 San Juan María Vianney vivió su juventud en los tiempos de la Revolución Francesa. En ese período inició clandestinamente la preparación al sacerdocio, siguiendo la voz de la vocación. Con emoción dirijo mi pensamiento a la familia campesina del Santo, que habitaba en Dardilly, y al espíritu que en ella reinaba. La peregrinación que he hecho me ha ayudado además a hacerme más consciente de la existencia de una "genealogía" más lejana del Cura de Ars. Lo fue en efecto, el "Anfiteatro de las Tres Galias", lugar del martirio de los cristianos en el 177. Este es un particular recuerdo de la vitalidad de la Iglesia en la capital de esa antigua provincia romana. Otro recuerdo es también la figura de San Ireneo, uno de esos grandes Padres de la Iglesia, al que tanto debe la doctrina y la teología católica desde sus comienzos.

Me place además recordar que en el "Anfiteatro de las Tres Galias" se desarrolló un encuentro ecuménico, un acto también coherente con la herencia de la Iglesia que está en Lión. Es suficiente recordar, al respecto, el Concilio allí celebrado en el 1274, con el fin de hacer un intento de reconciliación eclesial entre Oriente y Occidente, y todas las iniciativas ecuménicas tomadas durante este siglo en el surco abierto por el sacerdote Couturier.

La genealogía de la santidad se desarrolló posteriormente en el curso de los siglos.

(…)

Frente a las diversas dificultades, indiqué allí los medios para una renovación espiritual, un constante alimento intelectual, una ayuda fraterna, una pastoral misionera, subrayando que las exigencias de los compromisos sacerdotales aseguran libertad y arrojo apostólico. También la formación de los seminaristas y el ministerio de los diáconos fueron objeto de una atención especial.

el sacerdocio ministerial de Cristo ha ocupado el centro de la peregrinación a Ars. Ciertamente la temática fundamental de este encuentro inolvidable del 6 de octubre de 1986 se proyectó sobre los sacerdotes, a los cuales rendí solemnemente un homenaje de gratitud haciéndoles una apremiante invitación a la fidelidad, mientras tenía presentes en la mente y en el corazón a los sacerdotes del mundo entero.

El Papa dirigió además breves mensajes individuales a las familias cristianas, a los jóvenes, a los enfermos, a los presos, a los miembros del Consejo pastoral y presbiteral teólogos, profesores y estudiantes de Lyon y sobre todo a “mis hermanos en el Episcopado, que vinieron de todas las diócesis de Francia.”

(..)

El mismo primer día de mi visita a Lyon –agregaba -  me fue dado proclamar Beato al padre Antonio Chevrier, fundador del Prado, contemporáneo del Cura de Ars. Aferrado a Cristo, este sacerdote que fue pobre y sensible a la gran miseria de los jóvenes obreros de su tiempo, se hizo apóstol de los pobres. Tuvo en cuenta profundamente su dignidad de hombres amados por Dios, compartió su condición de pobreza, les dio una instrucción escolar y de fe, fundó la Familia del Prado con sacerdotes, hermanos y hermanas disponibles a llevarles la Buena Nueva. He tenido así ocasión de reflexionar sobre las modalidades de cuidar y de ayudar a los pobres de hoy, según las bienaventuranzas del Evangelio.

Y reiteraba:

La mies del Señor es mucha.

Hacen falta obreros: Hacen falta sacerdotes. Hacen falta Santos.

Ha sido una significativa peregrinación tras las huellas de los Santos.

"Por donde los Santos pasan... Dios pasa con ellos".

Oracion compuesta por San Juan Maria Vianney

 


Te amo, Oh mi Dios.
Mi único deseo es amarte
Hasta el último suspiro de mi vida.
Te amo, Oh infinitamente amoroso Dios,
Y prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti.
Te amo, oh mi Dios, y mi único temor es ir al infierno
Porque ahí nunca tendría la dulce consolación de tu amor,
Oh mi Dios,
si mi lengua no puede decir
cada instante que te amo,
por lo menos quiero
que mi corazón lo repita cada vez que respiro.
Ah, dame la gracia de sufrir mientras que te amo,
Y de amarte mientras que sufro,
y el día que me muera
No solo amarte pero sentir que te amo.
Te suplico que mientras más cerca estés de mi hora
Final aumentes y perfecciones mi amor por Ti.
Amén.

 

Invito visitar: SAN JUAN MARÍA VIANNEY (1786-1859) EL SANTO CURA DE ARS por Lamberto de Echeverría