(
Una aproximación desde los Diarios de M.-D. Chenu, Y. M.-J. Congar y H. De
Lubac)
Pocos
meses después de finalizado el gran Jubileo del 2000, Juan Pablo II comenzaba a
recoger sus frutos, exponiéndolos en su carta apostólica Novo Millennio
Ineunte. Desde una “memoria reflexiva” sobre lo vivido, recuerda que la idea
del Jubileo había estado presente en él desde el “inicio de su pontificado”
(NMI 2), y que aquella convocatoria que sentía como “providencial”, tendría su
celebración “treinta y cinco años después del Concilio Ecuménico Vaticano II”;
éste “había invitado a toda la Iglesia a interrogarse sobre su renovación para
asumir con nuevo ímpetu su misión evangelizadora” (Ibid.).1 En el penúltimo
punto del documento, casi como un proemio de su famosa conclusión que tituló
¡Duc in altum!, el papa señalaba el valor religioso del Concilio, concibiéndolo
como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX (NMI
57); “con el Concilio –decía– se le ofrecía a la Iglesia una brújula segura en
el siglo que comenzaba”. Ya han pasado … años desde que la Iglesia, atravesando
la puerta santa, ha celebrado el gozo de una fe reconciliada poniéndose en
camino del tercer milenio; aquella brújula que sigue guiándola…. aquel magno
evento, quizá el que más ha influido sobre la Iglesia en la época
contemporánea. En efecto, el Concilio ha entrado en la historia; muchos de sus
actores que lo vivieron como un acontecimiento asombroso y apasionante ya han
desaparecido. Entre tanto, para las nuevas generaciones los textos conciliares
resultan muchas veces extraños, y muchos, apenas si los conocen. Se hace pues
necesario un renovado ejercicio de memoria –suscitado por el reto permanente de
conocer a fondo el Concilio– que permita una “nueva recepción” del mismo. En
este sentido, puede decirse que la recepción del Vaticano II ha pasado por
varias fases; desde una fase inicial de expectativa excesiva signada por la
euforia, se dio lugar al desencanto, abonado tal vez por expectativas no
satisfechas; ahora nos encontramos en la fase de una nueva acogida, que
reclamará para ello una interpretación y realización auténticas e íntegras del
Concilio y de su tarea de renovación. Junto a la enorme riqueza doctrinal desplegada
en los dieciséis documentos promulgados por la asamblea conciliar, la Iglesia
posee hoy, un marco interpretativo más amplio que en las pasadas décadas. No
solo porque la doctrina ha cristalizado en el pensamiento y vida de las
comunidades cristianas, sino porque también han visto la luz innumerables
fuentes hasta hace poco desconocidas. Basta citar las Acta Synodalia Concilii
Oecumenici Vaticani II que
recogen todas las intervenciones y debates del aula conciliar, y que han
ayudado en gran medida para que empezara a escribirse la “historia del Concilio
Vaticano II”. Sin embargo –como ha hecho notar el historiador de la Universidad
de Lovaina– Roger Aubert: “Las fuentes oficiales no bastan para escribir la
historia de un concilio: muchos aspectos importantes y a veces directamente
decisivos acontecen detrás del bastidor, no solo de la asamblea, sino también
de las comisiones. Sobre estos hechos los archivos oficiales callan, pero de
ellos se encuentran ecos, a veces incluso muy precisos, en las cartas, diarios,
apuntes personales. En efecto, son numerosos los obispos y teólogos que han
redactado sus notas cotidianas sobre el Concilio, y que ya han sido utilizadas
como fuentes históricas”. En las páginas que siguen me propongo una
aproximación al acontecimiento y teología del Concilio a través de aquellos que
con justa razón -puede decirse- han “hecho la teología del Concilio”. Porque si
bien es cierto que según la fórmula propuesta en Calcedonia Concilium
episcoporum est, y que los teólogos no
son la Iglesia docente, no por ello puede negarse su labor necesaria como
influyente. La elección que hago de los testigos obedece a una intención
profunda y es mostrar cómo, el teologizar del Concilio se debe a una
preparación de años de labor teológica gestada en el seno, o acaso en la
periferia de la Iglesia. Los nombres de Chenu, Congar, y Lubac son
representativos de aquella dramática tensión vivida en determinados ámbitos de
la teología católica a partir de los años 30.
Todos ellos estuvieron comprometidos en los movimientos de renovación
eclesial que prepararon el Vaticano II, pero fueron sospechados en su momento,
teniendo que padecer incomprensión, difamación y silencio. La convocatoria que
el papa Juan XXIII les hizo para que prestaran su servicio como peritos, no
sólo significó una reivindicación de sus personas sino también un
reconocimiento de la catolicidad de su teología. Sus Diarios son un testimonio
vivo de su pasión y amor por la Iglesia; con marcado realismo dan prueba de que
el Concilio fue una verdadera primavera del Espíritu, Quien en todo momento
asistió a la asamblea de los Padres y al trabajo de los teólogos; pero muestran
también el carácter histórico de la fe, descubriendo el lado humano de la
asamblea, como un componente para nada marginal, a través del cual el Espíritu
realizó su obra de renovación.
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