El
4 de agosto de cada año celebramos la
memoria litúrgica de San Juan Maria Vianney
– el Cura de Ars, y el dia del párroco.Juan
Pablo II en su libro Don y Misterio comentaba
su experiencia sobre la primer visita realizada a Ars.
“En el camino de regreso de Bélgica a Roma, tuve la suerte
de detenerme en Ars. Era al final del mes de octubre de 1947, el domingo de
Cristo Rey. Con gran emoción visité la vieja iglesita donde San Juan María
Vianney confesaba, enseñaba el catecismo y predicaba sus homilías. Fue para mí
una experiencia inolvidable. Desde los años del seminario había quedado
impresionado por la figura del Cura de Ars, sobre todo por la lectura de su
biografía escrita por Mons. Trochu. San Juan María Vianney sorprende en
especial porque en él se manifiesta el poder de la gracia que actúa en la pobreza
de los medios humanos. Me impresionaba profundamente, en particular, su heroico
servicio en el confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba mas de diez
horas al día, comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había
logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución
espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y
se arrodillaban en su confesionario. En medio del laicismo y del
anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un acontecimiento
verdaderamente revolucionario.
Del encuentro con su figura llegué a la
convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el
confesionario, por medio de aquel voluntario "hacerse prisionero del
confesionario". Muchas veces, confesando en Niegowic, en mi primera
parroquia, y después en Cracovia, volvía con el pensamiento a esta experiencia
inolvidable. He procurado mantener siempre el vínculo con el confesionario
tanto durante los trabajos científicos en Cracovia, confesando sobre todo en la
Basílica de la Asunción de la Santísima Virgen María, como ahora en Roma,
aunque sea de modo casi simbólico, volviendo cada año al confesionario el
Viernes Santo en la Basílica de San Pedro”
Ya siendo
Pontífice, y con ocasión de su tercer visita a Francia, invitado por el
Episcopado francés, participo de las
ceremonias en honor al 200 aniversario del nacimiento del santo Cura de Ars. A su regreso comentaba “con profunda alegría” en su AudienciaGeneral del 15 de octubre de 1986 :
"La figura del Santo Cura de Ars no
deja de hablar también al hombre de hoy. Su extraordinaria vida llena de
oración y de mortificación, el heroico servicio a la Palabra de Dios y a los
sacramentos, especialmente el de la penitencia, continúan siendo un punto de
viva referencia para los sacerdotes de la Iglesia contemporánea.
San Juan María Vianney vivió su juventud en
los tiempos de la Revolución Francesa. En ese período inició clandestinamente
la preparación al sacerdocio, siguiendo la voz de la vocación. Con emoción
dirijo mi pensamiento a la familia campesina del Santo, que habitaba en
Dardilly, y al espíritu que en ella reinaba. La peregrinación que he hecho me
ha ayudado además a hacerme más consciente de la existencia de una
"genealogía" más lejana del Cura de Ars. Lo fue en efecto, el
"Anfiteatro de las Tres Galias", lugar del martirio de los
cristianos en el 177. Este es un particular recuerdo de la vitalidad de la
Iglesia en la capital de esa antigua provincia romana. Otro recuerdo es también
la figura de San Ireneo, uno de esos grandes Padres de la Iglesia, al que tanto
debe la doctrina y la teología católica desde sus comienzos.
Me place
además recordar que en el "Anfiteatro de las Tres Galias" se
desarrolló un encuentro ecuménico, un acto también coherente con la herencia de
la Iglesia que está en Lión. Es suficiente recordar, al respecto, el Concilio
allí celebrado en el 1274, con el fin de hacer un intento de reconciliación
eclesial entre Oriente y Occidente, y todas las iniciativas ecuménicas tomadas
durante este siglo en el surco abierto por el sacerdote Couturier.
La
genealogía de la santidad se desarrolló posteriormente en el curso de los
siglos.
(…)
Frente a
las diversas dificultades, indiqué allí los medios para una renovación espiritual,
un constante alimento intelectual, una ayuda fraterna, una pastoral misionera,
subrayando que las exigencias de los compromisos sacerdotales aseguran libertad
y arrojo apostólico. También la formación de los seminaristas y el ministerio
de los diáconos fueron objeto de una atención especial.
el sacerdocio
ministerial de Cristo ha ocupado el centro de la peregrinación a Ars.
Ciertamente la temática fundamental de este encuentro inolvidable del 6 de
octubre de 1986 se proyectó sobre los sacerdotes, a los cuales rendí
solemnemente un homenaje de gratitud haciéndoles una apremiante invitación a la
fidelidad, mientras tenía presentes en la mente y en el corazón a los
sacerdotes del mundo entero.
El Papa dirigió
además breves mensajes individuales a las familias cristianas, a los jóvenes, a
los enfermos, a los presos, a los miembros del Consejo pastoral y presbiteral teólogos,
profesores y estudiantes de Lyon y sobre todo a “mis hermanos en el Episcopado,
que vinieron de todas las diócesis de Francia.”
(..)
El mismo
primer día de mi visita a Lyon –agregaba - me fue dado proclamar Beato al padre Antonio
Chevrier, fundador del Prado, contemporáneo del Cura de Ars. Aferrado a Cristo,
este sacerdote que fue pobre y sensible a la gran miseria de los jóvenes
obreros de su tiempo, se hizo apóstol de los pobres. Tuvo en cuenta
profundamente su dignidad de hombres amados por Dios, compartió su condición de
pobreza, les dio una instrucción escolar y de fe, fundó la Familia del Prado
con sacerdotes, hermanos y hermanas disponibles a llevarles la Buena Nueva. He
tenido así ocasión de reflexionar sobre las modalidades de cuidar y de ayudar a
los pobres de hoy, según las bienaventuranzas del Evangelio.
Y
reiteraba:
La mies
del Señor es mucha.
Hacen
falta obreros: Hacen falta sacerdotes. Hacen falta Santos.
Ha sido
una significativa peregrinación tras las huellas de los Santos.
"Por
donde los Santos pasan... Dios pasa con ellos".
Oracion
compuesta por San Juan Maria Vianney
Te amo, Oh mi Dios.
Mi único deseo es amarte
Hasta el último suspiro de mi vida.
Te amo, Oh infinitamente amoroso Dios,
Y prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti.
Te amo, oh mi Dios, y mi único temor es ir al infierno
Porque ahí nunca tendría la dulce consolación de tu amor,
Oh mi Dios,
si mi lengua no puede decir
cada instante que te amo,
por lo menos quiero
que mi corazón lo repita cada vez que respiro.
Ah, dame la gracia de sufrir mientras que te amo,
Y de amarte mientras que sufro,
y el día que me muera
No solo amarte pero sentir que te amo.
Te suplico que mientras más cerca estés de mi hora
Final aumentes y perfecciones mi amor por Ti.
Amén.
Invito
visitar: SAN
JUAN MARÍA VIANNEY (1786-1859) EL SANTO CURA DE ARS por Lamberto de
Echeverría