Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

jueves, 4 de junio de 2026

La última procesión del Corpus Christi de Juan Pablo II

 


El 10 de junio de 2004, durante la última procesión del Corpus Christi que presidió, el Papa Juan Pablo II rogaba, una y otra vez, poder arrodillarse ante el Santísimo, ante a la negativa de sus acompañantes, que temían un accidente del anciano Pontífice. Al final lo consiguió, con grandes dificultades físicas y mucha ayuda. Así lo contó su ceremoniero pontificio, monseñor Konrad Krajewski, en la edición especial de L’Osservatore Romano con motivo de la beatificación.

Cuando era mi turno de asistirlo durante las celebraciones, quedaba siempre conmovido por lo que ocurría en la sacristía, antes y después de la celebración. Cuando el Papa venía, se ponía de rodillas o, en los últimos años del pontificado, permanecía en su silla y rezaba en silencio. Parecía que el Pontífice no estuviera presente entre nosotros. En un momento dado, alzaba la mano derecha, y nosotros nos acercábamos para comenzar a revestirlo en absoluto silencio. Estoy convencido de que Juan Pablo II, antes de dirigirse a la gente, pedía a Dios poder ser su imagen viva delante de los hombres. Lo mismo ocurría después de la celebración: en cuanto se quitaba los ornamentos sagrados, se arrodillaba en la sacristía y oraba.

¡Aquí está Jesús! Por favor…

 

Durante la última celebración del Corpus Christi, presidida por el Papa, ya no podía caminar. El maestro de celebraciones y yo lo habíamos alzado con la silla sobre la plataforma del coche, expresamente preparada para la procesión: delante del Papa, sobre el reclinatorio, estaba puesto el ostensorio con el Santísimo Sacramento. Durante la procesión, el Pontífice se dirigió a mí en polaco, pidiendo poder arrodillarse. Me quedé desconcertado, porque físicamente el Papa no estaba en condiciones de hacerlo. Con gran delicadeza, le sugerí la imposibilidad de arrodillarse, dado que el coche oscilaba durante el trayecto, y habría sido muy peligroso. El Papa respondió con su famoso dulce murmullo. Transcurrido un poco de tiempo, repitió de nuevo: ¡Quiero arrodillarme!,y yo, con gran dificultad al tener que repetir el rechazo, sugerí que sería más prudente intentar hacerlo en las cercanías de Santa María la Mayor; de nuevo escuché el murmullo. Sin embargo, después de unos instantes, al llegar a la Curia de los padres redentoristas, exclamó con determinación, casi gritando, en polaco: ¡Aquí está Jesús! Por favor… El maestro de celebraciones fue testigo de aquellos momentos. Nuestras miradas se encontraron, y, sin decir nada, comenzamos a ayudarlo a arrodillarse. Lo hicimos con gran dificultad, y prácticamente sujetándolo nosotros sobre el reclinatorio. El Papa se aferraba al borde del reclinatorio y trataba de sostenerse; pero las rodillas no lo soportaban, y tuvimos que volver a colocarlo en la silla, entre dificultades que no eran sólo físicas, sino que se debían también al obstáculo de los ornamentos litúrgicos.

Asistimos a una gran demostración de fe: aunque el cuerpo ya no respondía a la llamada interior, la voluntad permanecía firme y fuerte. El Pontífice había demostrado, no obstante su gran sufrimiento, la fuerza interior de la fe, que quería manifestarse a través del gesto de ponerse de rodillas. No contaban para nada nuestras sugerencias de no llevar a cabo aquel gesto. El Papa siempre sostuvo que, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento, hay que ser muy humilde y expresar esta humildad a través del gesto físico.

 Desde que Juan Pablo II regresó a la Casa del Padre, he sugerido a distintas personas que vayan a la tumba del Beato a rezar. Porque él se superaba a sí mismo. Superaba su propio cuerpo, sus propios sufrimientos. Mediante mi sencillo servicio al Romano Pontífice, también yo me he vuelto mejor, como hombre y como sacerdote.

Konrad Krajewski

La Iglesia vive de la Eucaristía – Solemnidad de Corpus Christi

 


"Ecclesia de Eucharistia vivit":  La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza”

Son palabras tomadas de la carta encíclica sobre la Eucarística  Ecclesia de Eucharistia que el Papa Juan Pablo II firmaba el “Jueves santo, durante la misa in Cena Domini” . Esta solemnidad – decía con ocasión de la Fiesta de Corpus Christi  elaño 2003 recuerda aquella sugestiva celebración,  haciéndonos  revivir,  al  mismo tiempo, el intenso clima de la última Cena.

 

"Tomad, esto es mi cuerpo. (...) Esta es mi sangre" (Mt 14, 22-24). Escuchamos nuevamente las palabras de Jesús mientras ofrece a los discípulos el pan convertido en su Cuerpo, y el vino convertido en su Sangre. Así inaugura el nuevo rito pascual:  la Eucaristía es el sacramento de la alianza nueva y eterna.

[…]

La santísima Eucaristía, resquicio del Paraíso que se abre aquí en la tierra, penetra las nubes de nuestra historia. Como rayo de gloria de la Jerusalén celestial, proyecta luz sobre nuestro camino (cf. Ecclesia de Eucharistia, 19).

 

"Ave, verum corpus natum de Maria Virgine":  ¡Salve, verdadero cuerpo de Cristo, nacido de María Virgen!

 

El alma se llena de asombro adorando este misterio tan sublime.

"Vere passum, immolatum in cruce pro homine". De tu muerte en la cruz, oh Señor, brota para nosotros la vida que no muere.

 

"Esto nobis praegustatum mortis in examine". Haz, Señor, que cada uno de nosotros, alimentado de ti, afronte con confiada esperanza todas las pruebas de la vida, hasta el día en que seas viático para el último viaje, hacia la casa del Padre.

 

"O Iesu dulcis! O Iesu pie! O Iesu, fili Mariae!", "¡Oh dulce Jesús! ¡Oh piadoso Jesús! ¡Oh Jesús, Hijo de María!". Amén.”

 


 

Corpus Christi: Iglesia santa alaba a tu Señor

 


“ La Iglesia ha escogido, desde hace siglos, el jueves siguiente a la fiesta de la Santísima Trinidad como día dedicado a una especial veneración pública de la Eucaristía: el día del Corpus Domini. (En la Argentina hace años - como el jueves es dia laborable - la solemnidad se ha trasladado al sábado o domingo siguiente.)

La celebramos… deseando asociar a ella toda la fe y todo el amor de Pedro y de los Apóstoles, los cuales, el Jueves Santo, antes de Pascua, participaron en la última Cena, es decir, en la institución de este Sacramento, que fue siempre considerado en la Iglesia como el más santo: el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor. El sacramento de la Pascua divina. El sacramento de la muerte y de la resurrección. El sacramento del Amor, que es más poderoso que la muerte. El sacramento del sacrificio y del banquete de la redención. El sacramento de la comunión de las almas con Cristo en el Espíritu Santo. El sacramento de la fe de la Iglesia peregrinante y de la esperanza de la unión eterna. El alimento de las almas. El sacramento del pan y del vino, de las especies más pobres, que se convierten en nuestro tesoro y en nuestra riqueza más grandes. "He aquí el pan de los ángeles, convertido en pan de los caminantes" (secuencia), "...no como el pan que comieron los padres y murieron; el que come de este pan vivirá para siempre" (Jn 6, 58).

¿Por qué ha sido escogido un jueves para la solemnidad del Corpus Domini?... Esta solemnidad se refiere al misterio ligado históricamente a ese día, al Jueves Santo. Y tal día es, en el sentido más estricto de la palabra, la fiesta eucarística de la Iglesia. El Jueves Santo se cumplieron las palabras que Jesús había pronunciado una vez en la sinagoga de Cafarnaún; al oírle, "muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían", mientras los Apóstoles respondieron por boca de Pedro: "¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 66-68). La Eucaristía encierra en sí el cumplimiento de esas palabras. En ella la vida eterna tiene su anticipo y su comienzo.

"El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo le resucitaré el último día" (Jn 6, 54). Eso vale ya para el mismo Cristo, que inicia su triduo pascual el Jueves Santo con la última Cena, es condenado a muerte y crucificado el Viernes Santo, y resucitará al tercer día. La Eucaristía es el sacramento de esa muerte y de esa resurrección.

En ella, el Cuerpo de Cristo se transforma verdaderamente en comida y la Sangre en bebida para la vida eterna, para la resurrección. En efecto, el que come ese Cuerpo eucarístico del Señor y bebe en la Eucaristía la Sangre derramada por El para la redención del mundo, llega a esa comunión con Cristo, de la que el Señor mismo dice: "Permanece en mí y yo en él" (Jn 15, 4). Y el hombre, permaneciendo en Cristo, en el Hijo que vive del Padre, vive también, mediante El, de esa vida que constituye la unión del Hijo con el Padre en el Espíritu Santo: vive la vida divina.

Celebramos, por tanto, la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo el jueves después de la Santísima Trinidad, para poner de relieve precisamente esa Vida que nos da la Eucaristía. Mediante el Cuerpo y la Sangre de Cristo permanece en ella un reflejo más completo de la Santísima Trinidad, de modo que la Vida divina es participada, en este sacramento, por nuestras almas. Este es el misterio más profundo, más íntimo que asumimos con todo nuestro corazón, con todo nuestro "yo" interior. Y lo vivimos en la intimidad, en el recogimiento más profundo, sin encontrar ni las palabras justas, ni los gestos adecuados para corresponder a él. Las palabras más exactas quizá sean éstas: "Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo..." (Mt 8, 8), unidas a una actitud de adoración profunda.

Sin embargo, existe un único día —y un determinado tiempo— en el que nosotros queremos dar, a una realidad tan íntima, una especial expresión exterior y pública. Esto sucede precisamente hoy. Es una expresión de amor y de veneración.

Cristo pensando en su muerte, de la que dejó su propio memorial en la Eucaristía, ¿no dijo acaso una vez "Padre, glorifícame cerca de Ti mismo, con la gloria que tuve cerca de Ti antes que el mundo existiese" (Jn 17, 5)?

Cristo permanece en esa gloria después de la resurrección. El sacramento de su expoliación y de su muerte es al mismo tiempo el sacramento de esa gloria en la que permanece. Y aunque a la glorificación, de que goza en Dios, no corresponda ninguna expresión adecuada de adoración humana, es justo sin embargo, que con la Eucaristía del Jueves Santo se enlace también esa liturgia especial de adoración, que lleva consigo la fiesta de hoy. Este es el día en que no solamente recibimos la Hostia de la vida eterna, sino que también caminamos con la mirada fija en la Hostia eucarística, juntos todos en procesión, que es un símbolo de nuestra peregrinación con Cristo en la vida terrena.

Caminamos por las plazas y calles de nuestras ciudades, por esos caminos nuestros en los que se desarrolla normalmente nuestra peregrinación. Allí donde viviendo, trabajando, andando con prisas, lo llevamos en lo íntimo de nuestros corazones, allí queremos llevarlo en procesión y mostrárselo a todos, para que sepan que, gracias al Cuerpo del Señor, todos tienen o pueden tener en sí la vida (cf. Jn 6, 52 Y para que respeten esa nueva vida que hay en el hombre.

¡Iglesia santa, alaba a tu Señor! Amén.

 

(JuanPablo II Homilía en la Misa de la solemnidad del Corpus Christi Domingo 8 de juniode 1980)

 

lunes, 1 de junio de 2026

«Corazón de Jesús atravesado por una lanza, ten piedad de nosotros»

 


1. Pocas páginas del Evangelio a lo largo de los siglos han atraído la atención de los místicos, de los escritores espirituales y de los teólogos tanto como el pasaje del Evangelio de San Juan que nos narra la muerte gloriosa de Cristo y la escena en que le atraviesan el costado (cf. Jn 19, 23-37). En esa página se inspira la invocación de las Letanías, que he recordado hace un momento.

En el Corazón atravesado contemplamos la obediencia filial de Jesús al Padre, cuya misión Él realizó con valentía (cf. Jn 19, 30) y su amor fraterno hacia los hombres, a quienes Él "amó hasta el extremo" (Jn 13, 1), es decir, hasta el extremo sacrificio de Sí mismo. El Corazón atravesado de Jesús es el signo de la totalidad de este amor en dirección vertical y horizontal, como los dos brazos de la cruz.

2. El Corazón atravesado es también el símbolo de la vida nueva, dada a los hombres mediante el Espíritu y los sacramentos. En cuanto el soldado le dio el golpe de gracia, del costado herido de Cristo "al instante salió sangre y agua" (Jn 19, 34). La lanzada atestigua la realidad de la muerte de Cristo. Él murió verdaderamente, como había nacido verdaderamente y como resucitará verdaderamente en su misma carne (cf. Jn 20, 24.27). Contra toda tentación antigua o moderna de docetismo, de ceder a la "apariencia", el Evangelista nos recuerda a todos la cruda certeza de la realidad. Pero al mismo tiempo tiende a profundizar el significado del acontecimiento salvífico y a expresarlo a través del símbolo. Él, por tanto, en el episodio de la lanzada, ve un profundo significado: como de la roca golpeada por Moisés brotó en el desierto un manantial de agua (cf. Nm 20, 8-11), así del costado de Cristo, herido por la lanza, brotó un torrente de agua para saciar la sed del nuevo pueblo de Dios. Este torrente es el don del Espíritu (cf. Jn 7, 37-39), que alimenta en nosotros la vida divina.

3. Finalmente, del Corazón atravesado de Cristo brota la Iglesia. Como del costado de Adán que dormía fue extraída Eva, su esposa, así ―según una tradición patrística que se remonta a los primeros siglos―, del costado abierto del Salvador, que dormía sobre la cruz en el sueño de la muerte, fue extraída la Iglesia, su esposa. Esta se forma precisamente del agua y de la sangre, ―Bautismo y Eucaristía―, que brotan del Corazón traspasado. Por eso, con razón afirma la Constitución conciliar sobre la liturgia: "Del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de la Iglesia entera" (Sacrosanctum Concilium, 5).

4. Junto a la cruz, advierte el Evangelista, se encontraba la Madre de Jesús (cf. Jn 19, 25). Ella vio el Corazón abierto del que fluían sangre y agua, ―sangre tomada de su sangre―, y comprendió que la sangre del Hijo era derramada por nuestra salvación. Entonces comprendió hasta el fondo el significado de las palabras que el Hijo le había dirigido poco antes: "Mujer, he ahí a tu hijo" (Jn 19, 26): la Iglesia que brotaba del Corazón atravesado era confiada a sus cuidados de Madre.

Pidamos a María que nos guíe a sacar cada vez más abundantemente el agua de los manantiales de gracia que fluyen del Corazón atravesado de Cristo.

(Papa Juan Pablo II Ángelus 30de julio de 1989) 

El corazón misericordioso de Jesús


 “El mes de junio se caracteriza, de modo particular, por la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Celebrar el Corazón de Cristo significa dirigirse hacia el centro íntimo de la persona del Salvador, el centro que la Biblia identifica precisamente con su corazón, sede del amor que ha redimido el mundo.

 Si ya el corazón humano representa un misterio insondable que sólo Dios conoce, ¡cuánto más sublime es el Corazón de Jesús, en el que late la vida misma del Verbo! En él, como sugieren las hermosas letanías del Sagrado Corazón, haciéndose eco de las Escrituras, se encuentran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, y toda la plenitud de la divinidad.

 Para salvar al hombre, víctima de su misma desobediencia, Dios quiso darle un "corazón nuevo", fiel a su voluntad de amor (cf. Jr 31, 33; Ez 36, 26; Sal 50, 12). Este corazón es el Corazón de Cristo, la obra maestra del Espíritu Santo, que comenzó a latir en el seno virginal de María y fue traspasado por la lanza en la cruz, convirtiéndose de este modo, y para todos, en manantial inagotable de vida eterna. Ese Corazón es ahora prenda de esperanza para todo hombre.

¡Cuán necesario es para la humanidad contemporánea el mensaje que brota de la contemplación del Corazón de Cristo! En efecto, ¿de dónde, si no es de esa fuente, podrá sacar las reservas de mansedumbre y de perdón necesarias para resolver los duros conflictos que la ensangrientan?

Al Corazón misericordioso de Jesús quisiera encomendarle hoy de modo especial a cuantos viven en Tierra Santa: judíos, cristianos y musulmanes. Ese Corazón que, colmado de afrentas, no albergó jamás sentimientos de odio y venganza, sino que pidió el perdón para sus asesinos, nos señala el único camino para salir de la espiral de la violencia: el de la pacificación de los ánimos, de la comprensión recíproca y de la reconciliación.

Junto con el Corazón misericordioso de Cristo veneramos el Corazón inmaculado de María santísima, mediadora de gracia y de salvación.

A ella nos dirigimos con confianza ahora para implorar misericordia y paz para la Iglesia y para el mundo entero.”


 (JuanPablo II Ángelus 23 de junio 2002)

 

sábado, 30 de mayo de 2026

Los expertos en IA: «Magnifica humanitas», una «voz moral» que no se doblega

 


Invito leer completo el articulo de EdoardoGiribaldi  en Vatican News , cuyo comentario inicial transcribo mas abajo. Después de ese comentario Giribaldi comenta brevemente las presentaciones de cada uno de los expertos que presentaron sus opiniones :  

Christopher Olah, cofundador de Anthropic  y director de investigación sobre la interpretabilidad de la IA; 


Anna Rowlands, profesora de Teología Política, incluyendo la Doctrina Social de la Iglesia y la Ética Teológica de la Migración Humana en el Departamento de Teología y Religión de la Universidad de Durham, Reino Unido; 


y Leocadie Lushombo, profesora de Teología Política y Pensamiento Social Católico en la Escuela Jesuita de Teología de la Universidad de Santa Clara, California.  

Aqui pueden leerse todas las presentaciones en su idioma original. 




Las palabras del Santo Padre ya fueron publicadas y  están en este enlace.

Hablaron también los cardenales Czerny, Fernandez y Parolin (ver este enlace) 

La presentación de Christopher Olah  esta disponible en español en la pagina de Zenit y también en Religion Digital


Dice Edoardo Giribaldi en la introducciòn :

Figuras destacadas del mundo de las nuevas tecnologías intervinieron en la presentación de la primera encíclica de León XIV. El debate sobre la inteligencia artificial no es «neutral». Recordar la centralidad de la persona humana hoy implica intervenir en una división histórica, suspendida entre la desesperación y la tentación prometeica de convertirse en la propia deidad.

«Puede parecer extraño», admite, que el cofundador de Anthropic, una de las empresas de inteligencia artificial más influyentes, se sume al debate abierto por la primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas , dedicada a salvaguardar la persona humana en la era de la IA. Sin embargo, es precisamente en el corazón de este terreno, atravesado por el afán de lucro, la competencia geopolítica y la ambición desmedida, donde sentimos la necesidad de una voz capaz de resistir los «incentivos», de pronunciar palabras «incómodas», de recordar lo que las máquinas jamás poseerán: cuerpo, conciencia, sentido moral. Una voz que también denuncie la cara oculta del progreso. Niños del Sur Global obligados a trabajar jornadas enteras entre polvo tóxico y materiales triturados para extraer las tierras raras necesarias para alimentar el «flujo de cálculo» del mundo digital. Gobiernos incapaces de «mirar más allá del PIB». Por eso el debate sobre la inteligencia artificial no es «neutral». Recordar la centralidad de la persona humana hoy implica intervenir en una división histórica, suspendida entre la desesperación y la tentación prometeica de convertirse en la propia deidad. En este contexto, la voz del Pontífice no se presenta como una «interferencia indeseada», sino como la continuación de una larga vigilancia iniciada hace 135 años con Rerum Novarum : desenmascarar los ídolos de cada época. Los ídolos actuales conciben a la humanidad como «engranajes del Estado, agentes del mercado o instrumentos de un orden algorítmico», redimibles únicamente mediante las promesas del posthumanismo y el transhumanismo. Pero en una época en la que «el poder crea la razón», y sin embargo crece más rápido que la sabiduría necesaria para gobernarlo, la verdadera urgencia persiste: redescubrir el valor profundamente humano de las limitaciones.

 

Magnifica Humanitas – Papa Leon XIV – Sintesis


MagnificaHumanitas  La Encíclica del Papa León XIV sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial

 La dignidad del ser humano como criterio para orientar el progreso tecnológico.

 El Papa León XIV, al presentar al mundo y a todo el pueblo de Dios su primera Carta Encíclica sobre la custodia de la persona humana en en tiempo de la inteligencia artificial, declaró: “Invito a todos los miembros de la Iglesia y de la familia humana: aprendamos a escucharnos unos a otros, afrontemos con valentía los desafíos presentes y cooperemos en la construcción de una sociedad más humana y fraterna. [...] Por favor, lleven con ustedes el compromiso de permanecer despiertos y ser ‘artesanos de esperanza’ para seguir construyendo la obra de nuestro tiempo. Que el Espíritu del Señor Resucitado sostenga nuestro trabajo común”.

 

La Encíclica en síntesis

En la era de la inteligencia artificial, la humanidad se enfrenta a una disyuntiva: dejarse guiar por la tecnología y el progreso como únicos principios sobre los que construir nuestra civilización, o situar la dignidad de la persona en el centro, relegando el progreso tecnológico a la categoría de mero instrumento. Para ilustrar esta disyuntiva, el Papa León recurre a dos imágenes bíblicas: por un lado, la construcción de la Torre de Babel y, por el otro, la reconstrucción de Jerusalén.  

Para elegir el camino “correcto”, se requiere un PENSAMIENTO DINÁMICO (cap. 1), centrado en la Doctrina Social de la Iglesia, siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II: escuchar, discernir e interpretar nuestros tiempos a la luz del Evangelio, para poder devolver a la humanidad la verdad revelada, incluso a través de los lenguajes contemporáneos.

Para una mejor interpretación de las res novae de nuestra época en relación con la dignidad de la persona, acuden en nuestra ayuda los FUNDAMENTOS Y PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (cap. 2). Los fundamentos atañen al ser humano en cuanto imagen del Dios trinitario, quien, en virtud de esta condición, es depositario de derechos inviolables y de una dignidad intrínseca, sin acepción de personas. Los principios son aquellos del bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la solidaridad, así como la justicia social. Si estos principios rigen las relaciones sociales, se logra lo que Pablo VI compendió por primera vez en el concepto de desarrollo humano integral.

Así llegamos al núcleo de la cuestión, es decir, la relación entre tecnología, poder y persona humana (cap. 3). Aunque el Papa León reconoce el valor del desarrollo tecnológico como manifestación de la creatividad humana, advierte del riesgo de que este se erija en criterio absoluto de juicio. Las inteligencias artificiales, al carecer de experiencias, valores y sentimientos, no pueden ni deben asumir jamás una función de responsabilidad y supremacía sobre la inteligencia humana.

Para escapar de tal peligro, es necesario, por consiguiente, CUSTODIAR LO HUMANO EN LA TRANSFORMACIÓN (cap. 4). El primer ámbito que requiere atención es el de la verdad: en una era en la que todo es susceptible de manipulación, es preciso custodiar una educación crítica que nos permita distinguir lo verdadero de lo falso. El segundo ámbito es el del trabajo: cuando la eficiencia se convierte en el criterio dominante, el trabajo corre el riesgo de perder su valor humano y relacional. El tercer ámbito es el de la libertad: amenazada por las adicciones digitales y la recopilación masiva de datos; su defensa exige una regulación justa, responsabilidad compartida y educación. Para custodiar las condiciones de una vida auténticamente humana, capaz de verdad, trabajo digno y libertad real, es necesario un esfuerzo conjunto.

En este punto de la Carta Encíclica, el Papa León recuerda que la inteligencia artificial produce efectos, a menudo dramáticos, también sobre la guerra. Las innovaciones tecnológicas no solo optimizan la eficacia de los medios de defensa, sino que también corren el riesgo de automatizar y despersonalizar decisiones que implican la vida y la muerte, por lo que requieren ética y responsabilidad moral. Esta es LA CULTURA DEL PODER a la que se contrapone LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR (cap. 5). Frente a la deriva que tiende a anteponer la eficacia de los medios al juicio moral y los resultados militares a la salvaguarda de la vida humana, la única perspectiva de salvación radica en una civilización fundada en la justicia, la fraternidad y el diálogo. En la civilización del amor, todos podemos aportar nuestro granito de arena, comenzando por el desarme de las palabras, practicando la justicia, adoptando la mirada de las víctimas, cultivando el diálogo, sin refugiarnos en el idealismo, pero confiando en un sano realismo. Todas estas buenas prácticas encuentran su fuerza vital en la oración.

El capítulo conclusivo se centra en la dimensión espiritual y teológica. La misericordia de Dios, presente a lo largo de la historia, pone en el centro el misterio de la Encarnación. Dios se hizo hombre y nos mostró cuál es la verdadera humanidad, así como una atención preferencial por los últimos. En esto radica la grandeza del ser humano, no en el poder tecnológico, sino en la libertad, el amor y la gracia. En una época que genera exclusión, estamos llamados, como hermanos y hermanas reunidos en un “único cuerpo en Cristo”, a custodiar los vínculos, en particular mediante la solidaridad y el cuidado de los más frágiles.

Custodiar lo humano en la era de la inteligencia artificial es, por consiguiente, una responsabilidad común y compartida. Aquí resurge la imagen inicial de contraposición entre la Torre de Babel y la Ciudad Santa: ¿a la construcción de cuál de estas dos obras deseamos contribuir?  Si actuamos como “sabios arquitectos” y constructores fieles de la verdad, custodiando las relaciones, invirtiendo en educación y mostrando amor por la justicia y la paz, la humanidad no perderá su magnificencia. Por tanto, es importante, no permanecer como espectadores resignados, sino actuar como tejedores de esperanza, con la misma fe que María, quien, en su humildad, bajo una dominación extranjera y en medio de un pueblo humillado y dividido, fue capaz de vislumbrar la obra invisible y salvífica de Dios.

 Para leer la síntesis ampliada de la Encíclica, haga clic aquí.

 Fuente: Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral (En este mismo enlace una gran cantidad de información, recursos y discursos.)