"¡Tu
nacimiento, Virgen Madre de Dios, ha anunciado la alegría a todo el mundo!"
El 8
de septiembre de 1979 el Papa Juan Pablo II “peregrinaba” por primera vez a
Loreto como
Papa (volvería a hacerlo en abril de 1985, en 1994, en 1995 y en 2004) a ese
lugar que el llamaba “la colina de los laureles” que de una humilde casita se
transformara en hermoso Santuario en honor al nacimiento de la Madre de Dios;
"De
ti nació el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios, que borrando la maldición,
nos trajo la bendición y, triunfando de la muerte, nos dio la vida eterna"
(Ant. Benedictus).
Mañana
la Iglesia celebra ese “dia de gozo” y “Así, pues, la gran alegría de
la Iglesia pasa del Hijo a la Madre. El día de su nacimiento es
verdaderamente un preanuncio y el comienzo del mundo mejor (origo
mundi melioris)” como proclamó de modo estupendo el Papa Pablo VI.
Hacia
ya un año que cumplía su misión como Obispo de Roma pero no quería pasar por
alto que muy cerca de la “casa de Maria” descansan muchos queridos compatriotas
soldados polacos, cuyo recuerdo guardaba en su corazón y
que “durante la segunda guerra mundial cayeron en combate sobre esta
tierra, luchando por "nuestra y vuestra libertad", como dice el
antiguo lema polaco. Cayeron aquí, y pueden descansar cerca del santuario de la
Virgen María, el misterio de cuyo nacimiento difunde su luz en la Iglesia en
tierra polaca y en tierra italiana. También ellos participan, de modo
invisible, en esta peregrinación.”
Gran
parte de su homilía se baso en el significado de la casa, de la casa de
Nazaret, la casa de la Sagrada Familia, la casa
individual de cada uno y de la importancia del techo, de ese techo que no tuvo
el Hijo de Dios al venir al mundo, y de la importancia de
una patria, la “gran casa familiar”.
“ El culto de la Madre de Dios en esta tierra está
vinculado, según la antigua y viva tradición, a la casa de Nazaret. La casa en
la que, como recuerda el Evangelio de hoy, María habitó después de los
desposorios con José. La casa de la Sagrada Familia. Toda
casa es sobre todo santuario de la madre. Y ella lo crea, de
modo especial, con su maternidad. Es necesario que los hijos de la familia
humana, al venir al mundo, tengan un techo sobre la cabeza; que tengan una
casa. Sin embargo la casa de Nazaret, como sabemos, no fue el lugar del
nacimiento del Hijo de María e Hijo de Dios. Probablemente todos los
antepasados de Cristo, de los que habla la genealogía del Evangelio de hoy
según San Mateo, venían al mundo bajo el techo de una casa. Esto no
se le concedió a El. Nació como un extraño en Belén, en un establo. Y no
pudo volver a la casa de Nazaret, porque obligado a huir desde Belén a Egipto
por la crueldad de Herodes, sólo después de morir el rey, José se atrevió a
llevar a María con el Niño a la casa de Nazaret.
(…)
Y desde entonces en adelante esa casa fue el lugar
de la vida cotidiana, el lugar de la vida oculta del Mesías; la casa
de la Sagrada Familia. Fue el primer templo, la primera iglesia, en la que la
Madre de Dios irradió su luz con su Maternidad. La irradió con su luz
procedente del gran misterio de la encarnación; del misterio de su Hijo.
(…)
En el rayo de esta luz crecen, en todo vuestro país
de sol, las casas familiares...Muchas, tantas casas; las casas familiares. Y
muchas, tantas familias; y cada una de ellas permanece, mediante la
tradición cristiana y mariana de vuestra patria, en un cierto vínculo
espiritual con esa luz, que procede de la casa de
Nazaret, especialmente hoy: en el día del nacimiento de la Madre de
Cristo.
(…)
La gran casa habitada por una comunidad
grande.... Efectivamente, la presencia de la Madre de Dios en medio
de los hijos de la familia humana y en medio de cada una de las naciones de la
tierra en particular, nos dice mucho de las naciones y de las comunidades
mismas.
Efectivamente, se trata de trabajar y colaborar
para que en la tierra, que la Providencia ha destinado a ser la morada de los
hombres, la casa de la familia, símbolo de la unidad y del
amor, venza a todo lo que amenaza esta unidad y amor entre los
hombres: el odio, la crueldad, la destrucción, la guerra. Para que esta casa
familiar se convierta en la expresión de las aspiraciones de los hombres, de
los pueblos, de las naciones, de la humanidad, a pesar de todo lo que le es
contrario, que la elimina de la vida de los hombres, de las naciones y de la
humanidad, que sacude sus fundamentos, sean socio-económicos o éticos; porque
sobre unos y otros se basa toda casa; tanto la que se construye cada familia,
como también la que, con el esfuerzo de todas las generaciones, se construyen
los pueblos y las naciones: la casa de la propia cultura, de la propia historia;
la casa de todos y la casa de cada uno.
Esta es la inspiración que encuentro aquí, en
Loreto. Este el imperativo moral que de aquí deseo sacar. Este es, al mismo
tiempo, el problema que precisamente ante la tradición de la casa de Nazaret y
ante el rostro de la Madre de Cristo en Loreto, deseo encomendar y
confiar, de modo especial, a su corazón materno, a su omnipotencia de
intercesión ("omnipotentia suplex") .
Acepta, oh Señora de Loreto, Madre de la Casa
de Nazaret, esta peregrinación mía y nuestra, que es una
gran oración común por la casa del hombre de nuestra época:
por la casa que prepara a los hijos de toda la tierra para la casa eterna del
Padre en el cielo. Amén.”
(Juan Pablo II Peregrinacion a Loreto y
Ancona, Fiesta de la Natividad de la Santisima Virgen Maria, 8 de septiembre de
1979)