El
Triduo pascual que comienza con los
sugestivos ritos vespertinos del
Jueves
santo tiene como preludio la solemne
Misa
Crismal, que por la mañana celebra el obispo con su
presbiterio y en el curso de la cual todos renuevan juntos las promesas
sacerdotales pronunciadas el día de la ordenación. Es un gesto de gran valor,
una ocasión muy propicia en la que los sacerdotes reafirman su fidelidad a
Cristo, que los ha elegido como ministros suyos… También en la
Misa
Crismal se bendecirán el óleo de los enfermos y el de los catecúmenos,
y se consagrará el Crisma. Con estos ritos se significa simbólicamente la
plenitud del sacerdocio de Cristo y la comunión eclesial que debe animar al
pueblo cristiano, reunido para el sacrificio eucarístico y vivificado en la
unidad por el don del Espíritu Santo.
En la misa de la
tarde, llamada in Coena Domini, la Iglesia conmemora la
institución de la Eucaristía, el sacerdocio ministerial y el mandamiento nuevo
de la caridad, que Jesús dejó a sus discípulos. San Pablo ofrece uno de los
testimonios más antiguos de lo que sucedió en el Cenáculo la víspera de la pasión
del Señor. "El Señor Jesús —escribe san Pablo al inicio de los años 50,
basándose en un texto que recibió del entorno del Señor mismo— en la noche en
que iba a ser entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo:
"Este es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria
mía". Asimismo, después de cenar, tomó el cáliz diciendo: "Este cáliz
es la nueva alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en
memoria mía"" (1 Co 11, 23-25).
Estas palabras,
llenas de misterio, manifiestan con claridad la voluntad de Cristo: bajo las
especies del pan y del vino él se hace presente con su cuerpo entregado y con
su sangre derramada. Es el sacrificio de la alianza nueva y definitiva,
ofrecida a todos, sin distinción de raza y de cultura. Y Jesús constituye
ministros de este rito sacramental, que entrega a la Iglesia como prueba
suprema de su amor, a sus discípulos y a cuantos proseguirán su ministerio a lo
largo de los siglos. Por tanto, el Jueves santo constituye una renovada invitación
a dar gracias a Dios por el don supremo de la Eucaristía, que hay que acoger
con devoción y adorar con fe viva. Por eso, la Iglesia anima, después de la
celebración de la santa Misa, a velar en presencia del santísimo Sacramento,
recordando la hora triste que Jesús pasó en soledad y oración en Getsemaní
antes de ser arrestado y luego condenado a muerte.
Así llegamos al Viernes
santo, día
de la pasión y la crucifixión del Señor. Cada año, situándonos en silencio ante
Jesús colgado del madero de la cruz, constatamos cuán llenas de amor están las
palabras pronunciadas por él la víspera, en la última Cena: "Esta es mi
sangre de la alianza, que se derrama por muchos" (cf. Mc 14, 24). Jesús quiso
ofrecer su vida en sacrificio para el perdón de los pecados de la humanidad. Lo
mismo que sucede ante la Eucaristía, sucede ante la pasión y muerte de Jesús en
la cruz: el misterio se hace insondable para la razón. Estamos ante algo que
humanamente podría parecer absurdo: un Dios que no sólo se hace hombre, con
todas las necesidades del hombre; que no sólo sufre para salvar al hombre
cargando sobre sí toda la tragedia de la humanidad, sino que además muere por
el hombre. La muerte de Cristo recuerda el cúmulo de dolor y de
males que pesa sobre la humanidad de todos los tiempos: el peso aplastante de
nuestro morir, el odio y la violencia que aún hoy ensangrientan la tierra. La
pasión del Señor continúa en el sufrimiento de los hombres. Como escribe con
razón Blaise Pascal, "Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo; no
hay que dormir en este tiempo" (Pensamientos, 553). El Viernes santo es un
día lleno de tristeza, pero al mismo tiempo es un día propicio para renovar
nuestra fe, para reafirmar nuestra esperanza y la valentía de llevar cada uno
nuestra cruz con humildad, confianza y abandono en Dios, seguros de su apoyo y
de su victoria. La liturgia de este día canta: "O
Crux, ave, spes unica", "¡Salve, oh cruz, esperanza única!".
Esta esperanza se
alimenta en el gran silencio del Sábado
santo, en
espera de la resurrección de Jesús. En este día las iglesias están desnudas y
no se celebran ritos litúrgicos particulares. La Iglesia vela en oración como
María y junto con María, compartiendo sus mismos sentimientos de dolor y
confianza en Dios. Justamente se recomienda conservar durante todo el día un
clima de oración, favoreciendo la meditación y la reconciliación; se anima a
los fieles a acercarse al sacramento de la Penitencia, para poder participar,
realmente renovados, en las fiestas pascuales.
El
recogimiento y el silencio del Sábado santo nos llevarán en la noche a la
solemne Vigilia
pascual, "madre de todas las vigilias", cuando
prorrumpirá en todas las iglesias y comunidades el canto de alegría por la
resurrección de Cristo. Una vez más, se proclamará la victoria de la luz sobre
las tinieblas, de la vida sobre la muerte, y la Iglesia se llenará de júbilo en
el encuentro con su Señor. Así entraremos en el clima de la Pascua de
Resurrección.
(...)
Dispongámonos a
vivir intensamente el Triduo santo, para participar cada vez más profundamente en el misterio de
Cristo. En este itinerario nos acompaña la Virgen santísima, que siguió en
silencio a su Hijo Jesús hasta el Calvario, participando con gran pena en su
sacrificio, cooperando así al misterio de la redención y convirtiéndose en
Madre de todos los creyentes (cf Jn 19, 25-27). Juntamente
con ella entraremos en el Cenáculo, permaneceremos al pie de la cruz, velaremos
idealmente junto a Cristo muerto aguardando con esperanza el alba del día
radiante de la resurrección.
(BenedictoXVI – de la audiencia general miércoles 8 de
abril de 2009)