Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

lunes, 4 de julio de 2022

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI sobre el Concilio Vaticano II – Comentarios de Pablo Blanco Sarto (5 de 5)

 


En este enlacese puede leer una extensa reflexion (34 paginas) de Pablo Blanco Sarto,  profesor de teología sistemática en la Facultad de Teologia de la Universidad de Navarra titulado :   ¿Ruptura o reforma? La hermenéutica del Concilio Vaticano II en los escritos de Joseph Ratzinger. Si no funciona el enlace googlear el titulo

Pablo Blanco Sarto,  entre otros, también escribió sobre : Loscuatro puntos cardinales del Vaticano II según Joseph Ratzinger – ver enlace  - Si no funciona googlear titulo

 

En el resumen inicial Pablo Blanco Sarto comenta:

 

“Ratzinger participó de modo intenso en el debate conciliar. En los textos anteriores a 1965, se aprecian ya las ideas que defenderá más adelante. En estas líneas se ofrecen sus puntos de vista agrupados en torno a las cuatro grandes Constituciones. Respecto a la Liturgia el teólogo alemán aprecia la renovación litúrgica y la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia. Sobre la Escritura entró en el debate sobre la única fuente de la Revelación y la comprensión del cristianismo como historia de la salvación. Respecto a  la Iglesia intenta recuperar el modelo de la Iglesia primitiva:  sacramentalidad, eclesiología eucarística, primado y colegialidad. En cuanto a la Gaudium et Spes, el teólogo bávaro rechaza una politización de la misión de la Iglesia, así como una perspectiva que vería a la esposa de Cristo tan solo como una entidad  mundana. En fin, existe una clara idea de la dimensión misionera de toda la Iglesia, como «signo levantado entre las naciones» (cf. Is 11,12).”

 

Y ya mas adelante en el articulo mismo Pablo Blanco Sarto escribe:

“Fue un momento de extraordinaria expectación” recordaba en 2012 el joven perito conciliar ya convertido en papa.  En aquel entonces estaban flotando en el ambiente los precedentes movimientos bíblico y litúrgico, patrístico y ecuménico, mariano y misionero: la llamada cuestión social, la celebérrima palabra aggiornamento, el problema de la libertad religiosa y el encuentro del cristianismo con religiones no cristianas. Todo un volcán de ideas en plena erupcin que solidificaron después en una serie de documentos conciliares no siempre suficientemente conocidos. Juan Pablo II llamo al Vaticano II “brújula segura” para la Iglesia del tercer milenio. Podriamos continuar esta imagen cartográfica y situar los cuatro puntos cardinales del Concilio en las cuatro grandes constituciones: La Liturgia presentada en Sacrosantum concilium (1963) la Revelacion tal como aparece en la Dei Verbum (1965), la Iglesia descrita en la Lumen gentium (1964) y el mundo visto por la Gaudium et spes (1965). 

En medio de las cuatro se encontraría el mismo Cristo. Joseph Ratzinger fue uno de los protagonistas ocultos de aquel evento eclesial, y abordo con detenimiento todas estas cuestiones, una por una. Las afrontaremos pues ahora a lo largo de estas páginas, siguiendo estos cuatro grandes temas de la Liturgia, la Palabra, la Iglesia y el mundo, tal como aparecen en los textos anteriores a 1965…”

 

 

 

 

viernes, 1 de julio de 2022

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI sobre el Concilio Vaticano II - Notas sobre su actividad durante el Vaticano II (4 de 5)


 Se celebró el 22 de Mayo de 2014 en la Universidad Navarra de Pamplona el Acto académico sobre “Joseph Ratzinger, teólogo del Concilio Vaticano II” en ocasión de la presentación del libro IV en lengua española de la Opera omnia de Joseph Ratzinger.

En la misma Universidad, el cardenal Ratzinger había recibido el Doctorado honoris causa en el 1998. Este año, en el quincuagésimo aniversario del Concilio Vaticano II, la Facultad de Teología y su decano, don Juan Chapa, han querido organizar un significativo Acto académico con las intervenciones de don Carlos Granados, director general de la BAC de Madrid, don Pablo Blanco, profesor de la Universidad, Christian Schaller, que recibió el Premio Ratzinger en el 2013 y el monseñor Giuseppe A. Scotti, Presidente de la Fundación Vaticana Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. Enseguida os ofrecemos todas las intervenciones.

 

Lee la intervención completa de don Carlos Granados

Lee la intervención completa de don Pablo Blanco

Lee la intervención completa de Christian Schaller

Lee la intervención completa de monseñor Giuseppe A. Scotti

(de la Fundacion Vaticana Joseph Ratzinger / Benedicto XVI con abundante información que comprende noticias, comentarios, congresos y reseñas varias 

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI y el Concilio Vaticano II (3 de 5)

 


Estamos en la víspera del día en que celebraremos los cincuenta años de la apertura del concilio ecuménico Vaticano II -  recordaba el Papa Benedicto en su Audiencia General del 10 de octubre de 2012 -. En la próxima Audiencia daría comienzo a las reflexiones sobre la fe y daba inicio al  Año de la fe.

Con esta Catequesis quiero comenzar a reflexionar —con algunos pensamientos breves— sobre el gran acontecimiento de Iglesia que fue el Concilio, acontecimiento del que fui testigo directo. El Concilio, por decirlo así, se nos presenta como un gran fresco, pintado en la gran multiplicidad y variedad de elementos, bajo la guía del Espíritu Santo. Y como ante un gran cuadro, de ese momento de gracia incluso hoy seguimos captando su extraordinaria riqueza, redescubriendo en él pasajes, fragmentos y teselas especiales.

El beato Juan Pablo II, en el umbral del tercer milenio, escribió: «Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia que la Iglesia ha recibido en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza» (Novo millennio ineunte, 57). Pienso que esta imagen es elocuente. Los documentos del concilio Vaticano II, a los que es necesario volver, liberándolos de una masa de publicaciones que a menudo en lugar de darlos a conocer los han ocultado, son, incluso para nuestro tiempo, una brújula que permite a la barca de la Iglesia avanzar mar adentro, en medio de tempestades o de ondas serenas y tranquilas, para navegar segura y llegar a la meta.

Recuerdo bien aquel periodo: era un joven profesor de teología fundamental en la Universidad de Bonn, y fue el arzobispo de Colonia, el cardenal Frings, para mí un punto de referencia humano y sacerdotal, quien me trajo a Roma con él como su teólogo consultor; luego fui nombrado también perito conciliar. Para mí fue una experiencia única: después de todo el fervor y el entusiasmo de la preparación, pude ver una Iglesia viva —casi tres mil padres conciliares de todas partes del mundo reunidos bajo la guía del Sucesor del Apóstol Pedro— que asiste a la escuela del Espíritu Santo, el verdadero motor del Concilio. Raras veces en la historia se pudo casi «tocar» concretamente, como entonces, la universalidad de la Iglesia en un momento de la gran realización de su misión de llevar el Evangelio a todos los tiempos y hasta los confines de la tierra. En estos días, si volvéis a ver las imágenes de la apertura de esta gran Asamblea, a través de la televisión y otros medios de comunicación, podréis percibir también vosotros la alegría, la esperanza y el aliento que nos ha dado a todos nosotros tomar parte en ese evento de luz, que se irradia hasta hoy.

(continuar leyendo en el Sitio de la Santa Sede

 

miércoles, 29 de junio de 2022

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI y el Concilio Vaticano II (2 de 5)

 


El segundo documento que luego resultaría importante para el encuentro de la Iglesia con la modernidad nació casi por casualidad, y creció en varios estratos. Me refiero a la Declaración  “Nostra aetate” sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Inicialmente se tenía la intención de preparar una declaración sobre las relaciones entre la Iglesia y el judaísmo, texto que resultaba intrínsecamente necesario después de los horrores de la Shoah. Los padres conciliares de los países árabes no se opusieron a ese texto, pero explicaron que, si se quería hablar del judaísmo, también se debía hablar del islam. Hasta qué punto tenían razón al respecto, lo hemos ido comprendiendo en Occidente sólo poco a poco. Por último, creció la intuición de que era justo hablar también de otras dos grandes religiones — el hinduismo y el budismo —, así como del tema de la religión en general. A eso se añadió luego espontáneamente una breve instrucción sobre el diálogo y la colaboración con las religiones, cuyos valores espirituales, morales y socioculturales debían ser reconocidos, conservados y desarrollados (n. 2). Así, en un documento preciso y extraordinariamente denso, se inauguró un tema cuya importancia todavía no era previsible en aquel momento. La tarea que ello implica, el esfuerzo que es necesario hacer aún para distinguir, clarificar y comprender, resulta cada vez más patente. En el proceso de recepción activa poco a poco se  fue viendo también  una debilidad de este texto de por sí extraordinario: habla de las religiones sólo de un modo positivo, ignorando las formas enfermizas y distorsionadas de religión, que desde el punto de vista histórico y teológico tienen un gran alcance; por eso la fe cristiana ha sido muy crítica desde el principio respecto a la religión, tanto hacia el interior como hacia el exterior.

Mientras que al comienzo del concilio habían prevalecido los episcopados del centro de Europa con sus teólogos, en el curso de las fases conciliares se amplió cada vez más el radio del trabajo y de la responsabilidad común. Los obispos se consideraban aprendices en la escuela del Espíritu Santo y en la escuela de la colaboración recíproca, pero lo hacían como servidores de la Palabra de Dios, que vivían y actuaban en la fe. Los padres conciliares no podían y no querían crear una Iglesia nueva, diversa. No tenían ni el mandato ni el encargo de hacerlo. Eran padres del Concilio con una voz y un derecho de decisión sólo en cuanto obispos, es decir, en virtud del Sacramento y en la Iglesia del Sacramento. Por eso no podían y no querían crear una fe distinta o una Iglesia nueva, sino comprenderlas de modo más profundo y, por consiguiente, realmente “renovarlas”. Por eso una hermenéutica de la ruptura es absurda, contraria al espíritu y a la voluntad de los padres conciliares.

En el cardenal Frings tuve un “padre” que vivió de modo ejemplar este espíritu del Concilio. Era un hombre de gran apertura y amplitud de miras, pero sabía también que sólo la fe permite salir al aire libre, al espacio que queda vedado al espíritu positivista. Esta es la visión a la que quería servir con el mandato recibido a través del Sacramento de la ordenación episcopal. No puedo menos que estarle siempre agradecido por haberme llevado a mí  — el profesor más joven de la Facultad teológica católica de la universidad de Bonn — como su consultor a la gran asamblea de la Iglesia, permitiéndome frecuentar esa escuela y recorrer desde dentro el camino del concilio. En este volumen se han recogido varios escritos con los cuales, en esa escuela, he pedido la palabra. Peticiones de palabra totalmente fragmentarias, en las que se refleja también el proceso de aprendizaje que el concilio y su recepción han significado y significan aún para mí. Espero que estas diversas contribuciones, con todos sus límites, puedan ayudar en su conjunto a comprender mejor el concilio y a traducirlo en una justa vida eclesial. Agradezco de corazón al arzobispo Gerhard Ludwig Müller y a sus colaboradores del Institut Papst Benedikt XVI el extraordinario empeño que han puesto para la realización de este volumen.

(Papa Benedicto XVI  con ocasión del 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II ) 

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI y el Concilio Vaticano II (1 de 5)

 


Maravillado y emocionado recordaba el Papa Benedicto aquellos días:

Fue un día espléndido aquel  11 de octubre de 1962, (straordinaria attesa dice el texto en italiano)   en el que, con el ingreso solemne de más de dos mil padres conciliares en la basílica de San Pedro en Roma, se inauguró el concilio Vaticano II. En 1931 Pío XI había dedicado este día a la fiesta de la Divina Maternidad de María, para conmemorar que 1500 años antes, en 431, el concilio de Éfeso había reconocido solemnemente a María ese título, con el fin de expresar así la unión indisoluble de Dios y del hombre en Cristo. El Papa Juan XXIII había fijado para ese día el inicio del concilio con la intención de encomendar la gran asamblea eclesial que había convocado a la bondad maternal de María, y de anclar firmemente el trabajo del concilio en el misterio de Jesucristo. Fue emocionante ver entrar a los obispos procedentes de todo el mundo, de todos los pueblos y razas: era una imagen de la Iglesia de Jesucristo que abraza todo el mundo, en la que los pueblos de la tierra se saben unidos en su paz.

Fue un momento de extraordinaria expectación. Grandes cosas debían suceder. Los concilios anteriores habían sido convocados casi siempre para una cuestión concreta a la que debían responder. Esta vez no había un problema particular que resolver. Pero precisamente por esto aleteaba en el aire un sentido de expectativa general: el cristianismo, que había construido y plasmado el mundo occidental, parecía perder cada vez más su fuerza creativa. Se le veía cansado y daba la impresión de que el futuro era decidido por otros poderes espirituales. El sentido de esta pérdida del presente por parte del cristianismo, y de la tarea que ello comportaba, se compendiaba bien en la palabra “aggiornamento” (actualización). El cristianismo debe estar en el presente para poder forjar el futuro. Para que pudiera volver a ser una fuerza que moldeara el futuro, Juan XXIII había convocado el concilio sin indicarle problemas o programas concretos. Esta fue la grandeza y al mismo tiempo la dificultad del cometido que se presentaba a la asamblea eclesial.

Los distintos episcopados se presentaron  sin duda al gran evento con ideas diversas. Algunos llegaron más bien con una actitud de espera ante el programa que se debía desarrollar. Fue el episcopado del centro de Europa —Bélgica, Francia y Alemania— el que llegó con las ideas más claras. En general, el énfasis se ponía en aspectos completamente diferentes, pero había algunas prioridades comunes. Un tema fundamental era la eclesiología, que debía profundizarse desde el punto de vista de la historia de la salvación, trinitario y sacramental; a este se añadía la exigencia de completar la doctrina del primado del concilio Vaticano I a través de una revalorización del ministerio episcopal. Un tema importante para los episcopados del centro de Europa era la renovación litúrgica, que Pío XII ya había comenzado a poner en marcha. Otro aspecto central, especialmente para el episcopado alemán, era el ecumenismo:  haber sufrido juntos la persecución del nazismo había acercado mucho a los cristianos protestantes y a los católicos; ahora, esto se debía comprender y llevar adelante también en el ámbito de toda la Iglesia. A eso se añadía el ciclo temático Revelación – Escritura – Tradición – Magisterio. Los franceses destacaban cada vez más el tema de la relación entre la Iglesia y el mundo moderno, es decir, el trabajo en el llamado Esquema XIII, del que luego nació la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Aquí se tocaba el punto de la verdadera expectativa del Concilio. La Iglesia, que todavía en época barroca había plasmado el mundo, en un sentido lato, a partir del siglo XIX había entrado de manera cada vez más visible en una relación negativa con la edad moderna, sólo entonces plenamente iniciada. ¿Debían permanecer así las cosas? ¿Podía dar la Iglesia un paso positivo en la nueva era? Detrás de la vaga expresión “mundo de hoy” está la cuestión de la relación con la edad moderna. Para clarificarla era necesario definir con mayor precisión lo que era esencial y constitutivo de la era moderna. El “Esquema XIII” no lo consiguió. Aunque esta Constitución pastoral afirma muchas cosas importantes para comprender el “mundo” y da contribuciones notables a la cuestión de la ética cristiana, en este punto no logró ofrecer una aclaración sustancial.

Contrariamente a lo que cabría esperar, el encuentro con los grandes temas de la época moderna no se produjo en la gran Constitución pastoral, sino en dos documentos menores cuya importancia sólo se puso de relieve poco a poco con la recepción del concilio. El primero es la Declaración sobre la libertad religiosa, solicitada y preparada con gran esmero especialmente por el episcopado americano. La doctrina sobre la tolerancia, tal como había sido elaborada en sus detalles por Pío XII, no resultaba suficiente ante la evolución del pensamiento filosófico y la autocomprensión del Estado moderno. Se trataba de la libertad de elegir y de practicar la religión, y de la libertad de cambiarla, como derechos a las libertades fundamentales del hombre. Dadas sus razones más íntimas, esa concepción no podía ser ajena a la fe cristiana, que había entrado en el mundo con la pretensión de que el Estado no pudiera decidir sobre la verdad y no pudiera exigir ningún tipo de culto. La fe cristiana reivindicaba la libertad a la convicción religiosa y a practicarla en el culto, sin que se violara con ello el derecho del Estado en su propio ordenamiento: los cristianos rezaban por el emperador, pero no lo veneraban. Desde este punto de vista, se puede afirmar que el cristianismo trajo al mundo con su nacimiento el principio de la libertad de religión. Sin embargo, la interpretación de este derecho a la libertad en el contexto del pensamiento moderno en cualquier caso era difícil, pues podía parecer que la versión moderna de la libertad de religión presuponía la imposibilidad de que el hombre accediera a la verdad, y desplazaba así la religión de su propio fundamento hacia el ámbito de lo subjetivo. Fue ciertamente providencial que, trece años después de la conclusión del concilio, el Papa Juan Pablo II llegara de un país en el que la libertad de religión era rechazada a causa del marxismo, es decir, de una forma particular de filosofía estatal moderna. El Papa procedía también de una situación parecida a la de la Iglesia antigua, de modo que resultó nuevamente visible el íntimo ordenamiento de la fe al tema de la libertad, sobre todo a la libertad de religión y de culto.

jueves, 23 de junio de 2022

Sagrado Corazon de Maria

 


En su discurso a quienes habían participado del Simposio Internacional de la Alianza de los dos corazones d Jesús y Maria; en el ya lejano 1986 el Siervo de Dios Juan Pablo II decía:


“En el corazón de Maria vemos simbolizado su amor maternal, su singular santidad y su rol central en la misión redentora de su Hijo. Es precisamente en relación a ese rol especial en la misión de su Hijo que la devoción al Corazón de Maria adquiere primordial importancia, porque mediante el amor a su Hijo y a toda la humanidad ella actúa de instrumento para llevarnos a El. El acto de confiarnos al Inmaculado Corazón de María que solemnemente proclame en Fátima el 13 de mayo de 1982, y nuevamente el 25 de Marzo de 1984, a la clausura del Año Santo Extraordinario de la Redención, radica en esta verdad del amor maternal de Maria y de su particular papel de intercesora. Si nos confiamos al Sagrado Corazón de Maria ella con seguridad nos ayudara a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en el corazón de los hombres de hoy y que en sus efectos inconmensurables ya grava sobre la vida presente y parece cerrar los caminos hacia el futuro!.”

Invito visitar Corazones de Jesús y Maria : http://www.corazones.org/jesus_maria_cor/a_corazones.htm
y
Fiesta del Inmaculado Corazón de Maria EWTN

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades,
antes bien, líbranos de todo peligro,
¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita.


miércoles, 22 de junio de 2022

Las letanias del Sagrado Corazón de Jesús en reflexiones de San Juan Pablo II

 


El 5 de noviembre de 1989,  el Papa Juan Pablo II completaba una serie de reflexiones que había empezado con el Ángelus del 2 de junio de 1985 ,  dedicada a Las Letanías del Corazón de Jesús.

La serie completa consta de 32 meditaciones sobre las invocaciones de las Letanías.

Trece de ellas fueron en 1985, la primera el 2 de junio y la  ultima el 15 de septiembre) 

Reanudadas el 22 de junio de 1986 

hasta el 31 agosto de 1986 (la ultima) 

 Luego la serie fue interrumpida por los temas dedicados al Año Mariano, 1987-88 y reanudada

El 23 de julio de 1989 

Hasta el 5 de noviembre de 1989  (la ultima)


NOTA: Todo el material completo descargable y mas rápidamente ubicable se encuentra en Corazón de Jesus, España.