Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

sábado, 30 de mayo de 2026

Magnifica Humanitas – Papa Leon XIV – Sintesis


MagnificaHumanitas  La Encíclica del Papa León XIV sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial

 La dignidad del ser humano como criterio para orientar el progreso tecnológico.

 El Papa León XIV, al presentar al mundo y a todo el pueblo de Dios su primera Carta Encíclica sobre la custodia de la persona humana en en tiempo de la inteligencia artificial, declaró: “Invito a todos los miembros de la Iglesia y de la familia humana: aprendamos a escucharnos unos a otros, afrontemos con valentía los desafíos presentes y cooperemos en la construcción de una sociedad más humana y fraterna. [...] Por favor, lleven con ustedes el compromiso de permanecer despiertos y ser ‘artesanos de esperanza’ para seguir construyendo la obra de nuestro tiempo. Que el Espíritu del Señor Resucitado sostenga nuestro trabajo común”.

 

La Encíclica en síntesis

En la era de la inteligencia artificial, la humanidad se enfrenta a una disyuntiva: dejarse guiar por la tecnología y el progreso como únicos principios sobre los que construir nuestra civilización, o situar la dignidad de la persona en el centro, relegando el progreso tecnológico a la categoría de mero instrumento. Para ilustrar esta disyuntiva, el Papa León recurre a dos imágenes bíblicas: por un lado, la construcción de la Torre de Babel y, por el otro, la reconstrucción de Jerusalén.  

Para elegir el camino “correcto”, se requiere un PENSAMIENTO DINÁMICO (cap. 1), centrado en la Doctrina Social de la Iglesia, siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II: escuchar, discernir e interpretar nuestros tiempos a la luz del Evangelio, para poder devolver a la humanidad la verdad revelada, incluso a través de los lenguajes contemporáneos.

Para una mejor interpretación de las res novae de nuestra época en relación con la dignidad de la persona, acuden en nuestra ayuda los FUNDAMENTOS Y PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (cap. 2). Los fundamentos atañen al ser humano en cuanto imagen del Dios trinitario, quien, en virtud de esta condición, es depositario de derechos inviolables y de una dignidad intrínseca, sin acepción de personas. Los principios son aquellos del bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la solidaridad, así como la justicia social. Si estos principios rigen las relaciones sociales, se logra lo que Pablo VI compendió por primera vez en el concepto de desarrollo humano integral.

Así llegamos al núcleo de la cuestión, es decir, la relación entre tecnología, poder y persona humana (cap. 3). Aunque el Papa León reconoce el valor del desarrollo tecnológico como manifestación de la creatividad humana, advierte del riesgo de que este se erija en criterio absoluto de juicio. Las inteligencias artificiales, al carecer de experiencias, valores y sentimientos, no pueden ni deben asumir jamás una función de responsabilidad y supremacía sobre la inteligencia humana.

Para escapar de tal peligro, es necesario, por consiguiente, CUSTODIAR LO HUMANO EN LA TRANSFORMACIÓN (cap. 4). El primer ámbito que requiere atención es el de la verdad: en una era en la que todo es susceptible de manipulación, es preciso custodiar una educación crítica que nos permita distinguir lo verdadero de lo falso. El segundo ámbito es el del trabajo: cuando la eficiencia se convierte en el criterio dominante, el trabajo corre el riesgo de perder su valor humano y relacional. El tercer ámbito es el de la libertad: amenazada por las adicciones digitales y la recopilación masiva de datos; su defensa exige una regulación justa, responsabilidad compartida y educación. Para custodiar las condiciones de una vida auténticamente humana, capaz de verdad, trabajo digno y libertad real, es necesario un esfuerzo conjunto.

En este punto de la Carta Encíclica, el Papa León recuerda que la inteligencia artificial produce efectos, a menudo dramáticos, también sobre la guerra. Las innovaciones tecnológicas no solo optimizan la eficacia de los medios de defensa, sino que también corren el riesgo de automatizar y despersonalizar decisiones que implican la vida y la muerte, por lo que requieren ética y responsabilidad moral. Esta es LA CULTURA DEL PODER a la que se contrapone LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR (cap. 5). Frente a la deriva que tiende a anteponer la eficacia de los medios al juicio moral y los resultados militares a la salvaguarda de la vida humana, la única perspectiva de salvación radica en una civilización fundada en la justicia, la fraternidad y el diálogo. En la civilización del amor, todos podemos aportar nuestro granito de arena, comenzando por el desarme de las palabras, practicando la justicia, adoptando la mirada de las víctimas, cultivando el diálogo, sin refugiarnos en el idealismo, pero confiando en un sano realismo. Todas estas buenas prácticas encuentran su fuerza vital en la oración.

El capítulo conclusivo se centra en la dimensión espiritual y teológica. La misericordia de Dios, presente a lo largo de la historia, pone en el centro el misterio de la Encarnación. Dios se hizo hombre y nos mostró cuál es la verdadera humanidad, así como una atención preferencial por los últimos. En esto radica la grandeza del ser humano, no en el poder tecnológico, sino en la libertad, el amor y la gracia. En una época que genera exclusión, estamos llamados, como hermanos y hermanas reunidos en un “único cuerpo en Cristo”, a custodiar los vínculos, en particular mediante la solidaridad y el cuidado de los más frágiles.

Custodiar lo humano en la era de la inteligencia artificial es, por consiguiente, una responsabilidad común y compartida. Aquí resurge la imagen inicial de contraposición entre la Torre de Babel y la Ciudad Santa: ¿a la construcción de cuál de estas dos obras deseamos contribuir?  Si actuamos como “sabios arquitectos” y constructores fieles de la verdad, custodiando las relaciones, invirtiendo en educación y mostrando amor por la justicia y la paz, la humanidad no perderá su magnificencia. Por tanto, es importante, no permanecer como espectadores resignados, sino actuar como tejedores de esperanza, con la misma fe que María, quien, en su humildad, bajo una dominación extranjera y en medio de un pueblo humillado y dividido, fue capaz de vislumbrar la obra invisible y salvífica de Dios.

 Para leer la síntesis ampliada de la Encíclica, haga clic aquí.

 Fuente: Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral (En este mismo enlace una gran cantidad de información, recursos y discursos.)

 


viernes, 29 de mayo de 2026

"Octogesima adveniens", sobre el reconocimiento de las mujeres de Pablo VI – Andrea Tornielli


El 14 de mayo de 1971, Pablo VI publicó una carta apostólica para conmemorar el octogésimo aniversario de la encíclica Rerum Novarum de León XIII, que abordaba los derechos de la mujer. En ella se trataban temas como el hambre en el mundo, las nuevas formas de pobreza, el rechazo a las ideologías, la protección del medio ambiente y la libertad de los católicos en la política.

 Andrea Tornielli

El 14 de mayo de 1971, Pablo VI publicó la carta apostólica Octogesima adveniens para celebrar el octogésimo aniversario de la gran encíclica social de León XIII, Rerum novarum . El Papa Montini la dirigió al cardenal Maurice Roy, arzobispo de Quebec y presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz. La carta, que trata sobre la pobreza, el desarrollo y el compromiso político, debe leerse a la luz de Populorum progressio .


El Papa escribe sobre las evidentes diferencias que «existen en el desarrollo económico, cultural y político de las naciones: junto a regiones altamente industrializadas, otras aún se encuentran en la etapa agrícola; junto a países que experimentan prosperidad, otros luchan contra el hambre», y sobre las distintas situaciones en las que viven los cristianos: «En algunos países, son silenciados, vistos con recelo y, por así decirlo, marginados por la sociedad, enmarcados sin libertad dentro de un sistema totalitario. En otros, representan una minoría débil, cuya voz apenas se escucha. En otras naciones, donde la Iglesia tiene un estatus reconocido, a veces oficialmente, se ve expuesta a las repercusiones de la crisis que sacude a la sociedad, y algunos de sus miembros se ven tentados por soluciones radicales y violentas, creyendo que pueden esperar un desenlace mejor. Mientras que algunos, ajenos a las injusticias actuales, se esfuerzan por prolongar la situación existente, otros se dejan seducir por ideologías revolucionarias que prometen, no sin ilusiones, un mundo definitivamente mejor». Pablo VI estableció que los métodos de acción, el compromiso y la intervención concreta debían dejarse al criterio de las realidades locales individuales: «Corresponde a las comunidades cristianas analizar objetivamente la situación en su país, esclarecerla a la luz de las palabras inmutables del Evangelio, extraer principios de reflexión, criterios de juicio y directrices para la acción de la doctrina social de la Iglesia».

 (Leer completo en Vatican News ) 

Pablo VI y Juan Pablo II


Giovanni Battista (Enrico Antonio Maria) Montini
 , nació en Concesio, cerca de Brescia, Italia, el 26 de septiembre de 1897. En 1954, el Papa Pío XII lo nombró Arzobispo de Milán, donde debió enfrentar grandes retos, y seria conocido como el "Arzobispo de los obreros". En diciembre de 1958 fué creado Cardenal por S.S. Juan XXIII quien, al mismo tiempo, le otorgó un importante rol en la preparación del Concilio Vaticano II al nombrarlo asistente.

Al morir el Santo Padre Juan XXIII, Montini, a los 66 años, fue elegido Papa el 21 de junio de 1963.

En su primer mensaje al mundo el nuevo Santo Padre Pablo VI se comprometió a continuar los trabajos comenzados por Juan XXIII. Creó el Sínodo de los Obispos en 1965, y naturalmente quedó profundamente vinculado al Concilio Vaticano II que heredó y llevó a feliz término. El Concilio que habia sido inaugurado por decisión de Juan XXIII el 11 de octubre de 1962 concluyó solemnemente el 8 de diciembre de 1965.

De las 7 Encíclicas de Pablo VI la controvertida Humanae vitae del 24 de julio de 1968 fue la última.

Si bien no viajó tanto como Juan Pablo II, tambien él fue llamado en su momento “el papa viajero” y fue el primer Papa en viajar fuera de Europa.

Su relación con Polonia comenzó cuando en 1923 fué enviado a Varsovia a la Nunciatura, pero debido a su delicado estado de salud, que el crudo invierno polaco no favorecia, retornó a Roma comenzando alli su carrera diplomática al servicio de la Santa Sede.

Tuvo intenciones de regresar a Polonia ya como Pablo VI para las ceremonias del milenio en Jasna Gora, el 3 de mayo de 1966, pero las autoridades de entonces no se lo permitieron, hecho que Juan Pablo II citó en su visita al Santuario de Jasna Gora el 4 de junio de 1997 diciendo “Quisiera ahora citar las palabras de mi predecesor en la sede de Pedro, Pablo VI, el Papa que amaba a Polonia y quería participar en las ceremonias del milenio en Jasna Góra, el 3 de mayo de 1966, pero al que las autoridades de entonces no se lo permitieron. «Amad a la Iglesia. Ha llegado la hora de amar a la Iglesia con corazón fuerte y nuevo. (...) Los defectos y las flaquezas de los hombres de Iglesia tendrían que volver más fuerte y solícita la caridad de quien quiere ser miembro vivo, sano y paciente de la Iglesia. Así hacen los hijos buenos, así hacen los santos. (...) Amarla (a la Iglesia) significa estimarla y ser felices de pertenecer a ella, significa ser denodadamente fieles; significa obedecerle y servirla, ayudarla con sacrificio y con gozo en su ardua misión»

En su Audiencia del miércoles 25 de junio de 2003 Juan Pablo II recordando los cuarenta años de la elección a la Cátedra de Pedro de Pablo VI y los 25 años de su muerte expresó : “Al sucederle en la Cátedra de Pedro, me he esforzado por proseguir la acción pastoral que había iniciado, inspirándome en él como en un padre y maestro”….. Pude apreciar personalmente el empeño que Pablo VI puso siempre con vistas a la necesaria actualización de la Iglesia a las exigencias de la nueva evangelización. Pablo VI, apóstol fuerte y amable, amó a la Iglesia y trabajó por su unidad y por intensificar su acción misionera….. Con prudente sabiduría supo resistir a la tentación de "adaptarse" a la mentalidad moderna, afrontando con fortaleza evangélica dificultades e incomprensiones, y en algunos casos también hostilidades…. Su magisterio es rico y, en gran parte, está orientado a educar a los creyentes en el sentido de Iglesia.. Entre sus numerosas intervenciones, me limito a recordar, además de la encíclica Ecclesiam suam, publicada al inicio de su pontificado, su conmovedora profesión de fe, conocida como el Credo del pueblo de Dios, que pronunció con vigor en la plaza de San Pedro el 30 de junio de 1968…. sus valientes tomas de posición en defensa de la vida humana con la encíclica Humanae vitae, y a favor de los pueblos en vías de desarrollo con la encíclica Populorum progressio, para construir una sociedad más justa y solidaria” .

 

La relación del Santo Padre Pablo VI con Karol Wojtyla tuvo varios momentos importantes que se fueron fortaleciendo en el tiempo: desde las tres campanas enviadas para la parroquia de San Florian en Cracovia, confiscadas por las autoridades pero luego entregadas, a la beatificación de Maximiliano Kolbe durante el II Sinodo de Obispos en Roma.

Karol Wojtyla fue nombrado Arzobispo y creado cardenal por Pablo VI. Además durante las arduas negociaciones con el régimen para construir una iglesia en Nowa Huta recibió de Pablo VI un regalo especialmente simbólico: la piedra basal que formaría parte de la Iglesia Arka Pana en Nowa Huta. Karol Wojtyla iba ganando cierta admiración por parte del Santo Padre Pablo VI y su activa y entusiasta participación en el Concilio Vaticano II habría intensificado esa relación. En 1976 el Santo Padre Pablo VI llamó al Cardenal Wojtyla al Vaticano para que predique los ejercicios espirituales de Cuaresma para el Pontífice y la Curia. El tema elegido por Wojtyla fué : "Signos de contradicción", reflexiones que más tarde serían publicadas en varias lenguas.

El 29 de mayo de 1970 Wojtyla y otros sacerdotes polacos participan en Roma de las celebraciones por el 50º aniversario de sacerdocio de Pablo VI y al dia siguiente de la Santa Misa y la audiencia especial. El 30 de mayo de 1970 el Santo Pare Pablo VI dirige un  discurso a los sacerdotes de Polonia por la XXV liberacion de los campos de concetración.

De Pablo VI llamado a veces el “papa olvidado”  Juan Pablo II dijo:  "El Señor había dado a Pablo VI dotes incomparables, que él hizo fructificar estupendamente, con una delicadísima modestia: el corazón lleno de comprensión y longanimidad; la inteligencia aguda, lúcida, sintética; la mirada viva y penetrante; la voluntad diamantina sin compromisos; la fuerza y la belleza de la expresión hablada y escrita; los monumentos de sus encíclicas y de sus discursos; el ardor de sus viajes que él inició, el primero en este siglo a escala internacional, en el ansia que le urgía en su interior de proclamar la verdad, de anunciar a Cristo, de hacer amar a María, Madre de la Iglesia, de hacer conocer la misma Iglesia. Su inteligencia y cultura le dieron un sentido agudo de la grandeza y de la miseria del hombre en una situación contradictoria como aquella de nuestra generación: pero su fe y caridad le inspiraron aquella «civilización del amor» sin la cual, hoy como nunca, la humanidad difícilmente podrá encontrar la solución a los problemas que la turban profundamente. Comprendió al hombre porque lo miró con los ojos de Cristo. Ayudó al hombre, porque lo amó con el amor de Cristo. Sirvió al hombre, porque le indicó la verdad de Cristo en toda su plenitud"

 

Invito leer:  

San Pablo VI y esa invitación, siempre vigente, a ser “cultoresdel hombre” – Amedeo Lomonaco – Vatican News

jueves, 28 de mayo de 2026


Agradezco de corazón a quienes han organizado el encuentro de hoy, y en particular a quienes han compartido su conocimiento y su experiencia en las diversas ponencias que hemos escuchado.

De manera especial, deseo agradecer al señor Olah por haber aceptado nuestra invitación. A mi vez, en nombre de la Iglesia, acepto su invitación a caminar juntos, a escuchar y a dialogar, para encontrar el camino para la humanidad en este tiempo de la inteligencia artificial.

 Qué gran signo de esperanza es el hecho de que, con nuestras diferencias, podamos escucharnos unos a otros. Este intercambio indica claramente la gravedad del momento, así como la convicción de que, juntos, podemos discernir las cuestiones más importantes de nuestro tiempo y, por tanto, el futuro de la humanidad.

En los momentos clave de la historia, la Iglesia está llamada a descifrar «cosas nuevas» a la luz del Evangelio y de la dignidad de la persona. Hace 135 años, mi venerable predecesor León XIII observó la situación de los obreros, de sus familias desarraigadas y las nuevas formas de pobreza generadas por la rápida transformación industrial. Comprendió que la Iglesia no podía permanecer al margen. En un momento de cambio trascendental que amenazaba la dignidad humana, la encíclica Rerum novarum expresó su mensaje evangélico y social sobre las «cosas nuevas» que estaban ocurriendo. 

Hoy nos enfrentamos a una transformación de dimensiones similares, con consecuencias tal vez aún mayores. La inteligencia artificial ya afecta a muchos ámbitos de nuestra vida e incide en decisiones que moldean la convivencia humana. También está cambiando de manera dramática la forma en que se libra la guerra.

Al igual que el «León» anterior, me siento llamado a contemplar otra gran transformación con los ojos de la fe, con la lucidez de la razón, con apertura al misterio y con los gritos de los pobres de la tierra resonando en mi corazón. 

Magnifica humanitas nació de escuchar como lo hizo León XIII. He escuchado a científicos e ingenieros que trabajan con sincero entusiasmo en tecnologías capaces de aliviar inmensos sufrimientos; a líderes políticos y funcionarios públicos que han buscado con perseverancia normas justas; a padres y maestros profundamente preocupados por el futuro de las generaciones más jóvenes.

También me han llegado otras voces muy preocupantes, sobre sistemas de armas cada vez más autónomos, que prácticamente ningún ser humano ni ningún gobierno puede controlar realmente. Escucho relatos muy preocupantes sobre algoritmos que pueden bloquear el acceso a la atención médica, al trabajo y a la seguridad basándose en datos viciados por prejuicios e injusticias. Y he escuchado el silencio de quienes no tienen voz cuando se toman las decisiones, decisiones que corren el riesgo de generar nuevas formas de exclusión y sufrimiento.

De esta escucha ha madurado una convicción alarmante expresada en Magnifica humanitas: la inteligencia artificial debe ser desarmada. Se trata de una palabra fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente porque este momento necesita palabras capaces de llamar la atención, despertar las conciencias e indicar el camino a seguir para la humanidad.

(del Discurso del Papa Leon XIV  en la Presentación con promulgación de la Carta Encíclica “Magnifica Humanitas” del Papa Leon XIV)

(seguir leyendo en el sitio de la Santa Sede) 

 


"Magnifica Humanitas": El Vaticano y el algoritmo - Antonio Spadaro


 Una encíclica y una comisión: la doble jugada de León XIV en materia de IA

El 15 de mayo de 2026, el Papa León XIV firmó su primera encíclica. Al día siguiente, estableció una nueva comisión interdicasterial. Ambos actos abordan el mismo tema: la inteligencia artificial. Juntos, estos dos gestos constituyen la respuesta institucional más significativa a la IA por parte de una importante institución religiosa mundial , y quizás la señal más clara hasta el momento de que el Vaticano pretende ir más allá de emitir advertencias inteligentes desde los márgenes del debate. La inteligencia artificial ya no es solo un tema de reflexión ética. Ahora es una realidad que impregna la vida misma de la Iglesia: las comunicaciones, las instituciones educativas, los procesos doctrinales, la diplomacia. Pretender lo contrario sería una forma de negación.

La encíclica Magnifica Humanitas está dedicada a la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. La fecha tiene un claro simbolismo: el 15 de mayo se conmemora el 135 aniversario de Rerum Novarum , la gran encíclica de León XIII de 1891 sobre la condición de los trabajadores en el apogeo de la industrialización. El paralelismo es explícito y claramente intencional. Así como el primer León XIII antepuso la dignidad del trabajo a las convulsiones de la era fabril, el nuevo León XIII antepone la dignidad de la persona a las convulsiones de la era algorítmica . Incluso el nombre del Papa, leído desde esta perspectiva, se convierte en una declaración de continuidad: la convicción de que la doctrina social católica tiene algo urgente que decir sobre las máquinas de aprendizaje.

León XIV, sin embargo, no parte de cero. Y este es un punto crucial. En enero de 2025, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación publicaron conjuntamente Antiqua et Nova , una extensa nota doctrinal sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana, encargada por el propio Papa Francisco. Dividido en 117 párrafos, el documento logró lo que las anteriores declaraciones vaticanas sobre tecnología no habían conseguido con la misma claridad: trazó una clara línea filosófica entre lo que hacen las máquinas y lo que es la mente humana Antiqua et Nova insistió en que la inteligencia, en su sentido pleno, implica una apertura moral y espiritual a la verdad: conciencia, responsabilidad, alma. Ningún algoritmo, por sofisticado que sea, puede sustituir el discernimiento humano.

El texto también examinó el impacto concreto de la IA en la educación, la sanidad, el empleo, las relaciones sociales y la guerra, advirtiendo sobre los letales sistemas de armas autónomas. Invocó el principio de subsidiariedad en la gobernanza de la inteligencia artificial y abogó por la distribución de las decisiones regulatorias entre los distintos niveles de la sociedad. Si Magnifica Humanitas eleva estos argumentos al nivel de magisterio papal completo, como sugieren los primeros informes, entonces Antiqua et Nova se leerá retrospectivamente como su fundamento intelectual: el documento preparatorio que hizo posible la encíclica.

 El Rescriptum ex Audientia, publicado al día siguiente de la firma de la encíclica, establece una Comisión sobre Inteligencia Artificial, que reúne a siete instituciones vaticanas bajo una coordinación rotativa anual, comenzando con el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, dirigido por el Cardenal Michael Czerny. La comisión también incluye el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el Dicasterio para la Cultura y la Educación, el Dicasterio para la Comunicación, la Academia Pontificia para la Vida y las dos Academias Pontificias de Ciencias y Ciencias Sociales. La composición en sí misma es un mapa: muestra cómo el Vaticano comprende el problema hoy en día. La IA afecta a la fe y la razón, la educación y la información, la ciencia y la conciencia. No puede limitarse a un solo campo. Reunir a organismos tan diversos implica reconocer que ninguna especialización por sí sola es suficiente para comprender la magnitud del fenómeno . Y que la Iglesia, si desea ser seria, debe pensar más allá de sus límites institucionales.

 La estructura institucional puede parecer distante. Sin embargo, vale la pena examinar el diseño de la comisión, ya que refleja un modelo de gobierno vaticano verdaderamente novedoso: un modelo que debe mucho a la reforma de la Curia impulsada por el Papa Francisco con Praedicate Evangelium y su llamado a la colaboración entre los distintos dicasterios. La rotación en el liderazgo es particularmente llamativa. Cada año, una institución diferente, designada por el Papa, asumirá el rol de coordinación. No se trata de una pirámide, sino más bien de una red. Su forma organizativa refleja la tecnología que debe abordar.

 Aún más significativo es el lenguaje del mandato encomendado a la comisión, que habla de «diálogo, comunión y participación»: el vocabulario de la sinodalidad. El Vaticano propone abordar la cuestión tecnológica con el mismo método empleado para la eclesiológica: mediante un proceso compartido de discernimiento. Si esta aspiración resistirá el impacto de la práctica burocrática real es, por supuesto, otra cuestión. Pero la intención merece una cuidadosa consideración.

 La presentación pública de la encíclica, prevista para el 25 de mayo en el Salón del Sínodo, también transmite un mensaje. El panel de oradores está cuidadosamente seleccionado. Los cardenales Víctor Manuel Fernández y Michael Czerny representan, respectivamente, los polos doctrinal y social de la reflexión católica. Junto a ellos se sientan tres figuras que señalan una apertura deliberada. Anna Rowlands, teóloga política de Durham, aporta la tradición británica del pensamiento social católico y un firme compromiso con los temas migratorios. Leocadie Lushombo, teóloga congoleña de la Escuela Jesuita de Teología en Santa Clara, California, introduce la voz del Sur Global: un recordatorio de que el impacto de la IA recaerá con mayor fuerza sobre aquellos menos capacitados para influir en su rumbo. Y luego está Christopher Olah.

Olah es cofundador de Anthropic, una empresa estadounidense de inteligencia artificial, y dirige la investigación sobre interpretabilidad: el esfuerzo por hacer transparentes y comprensibles los procesos internos de toma de decisiones de los sistemas de IA. Su presencia en el Salón del Sínodo es el detalle más revelador de todo el evento. El Vaticano no se limita a debatir sobre tecnología con teólogos, sino que invita a la mesa a alguien que desarrolla estos sistemas y, más precisamente, a alguien que trabaja para que sean comprensibles. El hecho de que las conclusiones se confíen al cardenal secretario de Estado Pietro Parolin y al propio Papa subraya la importancia institucional de la ocasión.

 Todo esto no surgió de la nada. La Santa Sede llevaba años preparándose para este momento. Sin embargo, hasta ahora faltaban dos cosas: un mecanismo interno capaz de coordinar el pensamiento vaticano y una declaración solemne del magisterio. Magnifica Humanitas y la nueva comisión cubren ambas carencias dentro del mismo movimiento.

El significado más profundo, sin embargo, es teológico. Al publicar una encíclica sobre la IA, León XIV formula una tesis sobre la amplitud de la preocupación de la Iglesia. La tecnología no es un asunto secular del que la fe pueda retirarse sin consecuencias. Es uno de los ámbitos donde se decide qué significa ser humano: cada día, de forma concreta, a menudo sin un debate real. El Rescriptum habla de «los efectos potenciales sobre el ser humano y sobre la humanidad en su conjunto». No se trata de una fórmula circunstancial. Es el reconocimiento de que la inteligencia artificial plantea interrogantes sobre la conciencia, la libertad, las relaciones, la creatividad: todo aquello que la tradición cristiana engloba bajo el concepto de imago Dei . Y el título de la encíclica, Magnifica Humanitas , sugiere que la respuesta de la Iglesia será de afirmación, no de temor: no de tecnofobia, sino de un compromiso para enaltecer lo verdaderamente humano.

 Todo esto parece prometedor, incluso sugerente. Pero la verdadera prueba, como siempre, será la implementación. ¿Profundizará realmente la comisión en la materialidad de los algoritmos, los datos y los modelos, o se quedará en el plano de los principios? ¿Podrá incluir voces ajenas al Vaticano: de la industria, la sociedad civil y el mundo académico? La elección de los ponentes para la presentación sugiere una intuición acertada. Pero cualquiera que haya observado a la Iglesia lidiar con cuestiones modernas complejas sabe que las intuiciones y las estructuras no producen resultados automáticamente. El riesgo es que una comisión sobre inteligencia artificial se convierta en otro organismo curial destinado a producir documento tras documento.

 La presencia de un investigador como Olah en el Sínodo, en este sentido, es a la vez un antídoto y una promesa. Indica que el Vaticano comprende que no se puede hablar seriamente de IA sin abordar su funcionamiento real : las formas específicas en que los grandes modelos lingüísticos procesan la información, las decisiones implícitas en los datos de entrenamiento, la opacidad de los sistemas que influyen cada vez más en la contratación, los diagnósticos médicos y las sentencias penales. La doctrina social católica siempre ha sido más sólida cuando ha pasado de los principios generales a las realidades concretas. Rerum Novarum funcionó porque León XIII estuvo dispuesto a hablar de salarios y jornadas laborales, y no solo de la abstracta dignidad humana. Antiqua et Nova funcionó porque mencionó las armas autónomas letales y la vigilancia algorítmica, y no solo los "desafíos tecnológicos". Magnifica Humanitas tendrá que demostrar la misma voluntad.

Una encíclica y una comisión en el lapso de veinticuatro horas: en el lenguaje mesurado de la Curia Romana, esto es algo verdaderamente novedoso. Y lo novedoso siempre conlleva la posibilidad de la sorpresa, esa sorpresa que la Iglesia, en sus mejores momentos, nunca ha temido acoger. Algo se está gestando en Roma , y ​​aún no tiene una forma definida. Quizás ahí reside precisamente la clave. La pregunta más interesante no es si León XIV ya ha hecho lo suficiente, sino qué posibilita esta apertura: dentro y fuera de la Iglesia.

 Fuente: Antonio Spadaro

martes, 26 de mayo de 2026

«Magnifica humanitas», Seguir siendo humanos en la era de los algoritmos – Andrea Tornielli

 


Me permito “robarle” a Vatican News este comentario completo,  de una autoridad como Andrea Tornielli,  sobre la primer Encíclica del Papa Leon XIV

En la encíclica «Magnifica humanitas», la petición del Papa León: hacer que la tecnología avance sin que el corazón retroceda.

En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por las enormes concentraciones de poder tecnológico fuera de todo control y por nuevas formas de deshumanización, el Papa León nos recuerda el «deber urgente» de seguir siendo profundamente humanos. En la era de las polarizaciones y la violencia, que ve cómo se expande una «cultura del poder» con la guerra rehabilitada como instrumento de la política internacional, el Sucesor de Pedro nos pide que hagamos crecer la técnica «sin que el corazón retroceda». Nos invita a aceptar el límite y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos, como hace la ideología tecnocrática, un error que hay que corregir. Nos exhorta a mirar el mundo no desde la perspectiva de los grandes, sino desde abajo, con los ojos de quienes sufren, partiendo de los últimos. Con los ojos de un Dios que ha tomado sobre sí nuestra debilidad transformándola en un lugar de salvación, porque «aunque las máquinas destaquen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que pide ser mirado».

 

«Magnifica humanitas», la primera encíclica de León XIV, no es ante todo un texto analítico sobre la inteligencia artificial, no entra en los detalles de procesos que están en continua evolución. Es más bien una «summa», que aplica los principios de la Doctrina social a nuestro tiempo, que es el tiempo de la IA, consolidando y actualizando los puntos cardinales del magisterio. Es un texto que pone fin también al malentendido de quienes, confiando en la absoluta libertad de los mercados y de las nuevas tecnologías, tienden a desestimar como enseñanza discutible el magisterio papal sobre la exigencia de un gobierno humano compartido de la IA, sobre la ecología integral, sobre las estructuras económicas que se convierten en «estructuras de pecado», sobre el no a la guerra.

 

El Papa, que ha tomado el nombre del autor de la «Rerum novarum», en la era de la revolución digital nos pide a cada uno de nosotros que asumamos un papel activo, porque la construcción de la «civilización del amor» se realiza gracias a «una suma de pequeñas y tenaces fidelidades», capaces de frenar la deshumanización. Una tarea, por tanto, que nos concierne a todos, y de cerca.

 

León nos recuerda que «las injusticias no nacen solo de las decisiones erróneas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos y ordenamientos económicos y culturales que producen desigualdad» y que «no es humano un desarrollo que aumenta el consumo de unos descargando los costes y las heridas sobre otros, o que relega regiones enteras a roles subordinados», como lamentablemente está ocurriendo hoy también en el ámbito de las nuevas tecnologías y de los recursos que estas requieren. En la encíclica se lee que es «doctrina cierta» de la Iglesia la función social de la propiedad privada, y hoy, entre los bienes universalmente destinados a todos, «debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos», para evitar que surjan o se consoliden nuevas formas de exclusión y privación de libertad. De hecho, la técnica no es un simple instrumento, y cuando se convierte en criterio, «acaba por establecer qué es lo que cuenta y qué puede descartarse», reduciendo «a las personas a engranajes de un sistema que debe ser cada vez más eficiente».

 

Hoy en día, el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo «no es prerrogativa de los Estados, sino de los grandes actores económicos y tecnológicos», que fijan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las propias posibilidades de participación. Cuando tal poder se concentra en unas pocas manos, «tiende a volverse opaco y a escapar al control público», conllevando el riesgo de un desarrollo distorsionado «que genera nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades».

 

El Papa, reiterando la superación de la teoría de la «guerra justa», pide que el uso de la inteligencia artificial en el ámbito bélico se someta a las más rigurosas restricciones éticas porque «no existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable». Además, la inteligencia artificial se ha convertido en un elemento determinante para orientar la opinión pública mediante la manipulación de imágenes y contenidos, lo que hace cada vez más difícil distinguir lo verdadero de lo falso. Son muchas, además, las incógnitas que afectan al mercado laboral. La encíclica recuerda, a este respecto, que ya no es posible confiar únicamente en la «mano invisible» del mercado: es la política la que tiene la tarea de orientar las dinámicas económico-tecnológicas hacia el bien común, promoviendo el trabajo digno, la inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la innovación.

 

Seguir siendo humanos, gobernar los procesos, evitar —también en este ámbito— los monopolios que acaban aumentando el poder de unos pocos a costa de la vida de muchos: el camino indicado por el Pontífice no levanta barricadas ni rechaza a priori el uso de la IA. Más bien señala sus numerosos aspectos positivos y sus muchas aplicaciones útiles, pero al mismo tiempo explica que no basta con plantearse una cuestión ética sobre el fin bueno o malo para el que se utiliza. De hecho, es indispensable intervenir antes y preguntarse también cómo se diseña un sistema y qué idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guían. Para ello se necesitan marcos jurídicos adecuados, una supervisión independiente, la educación de los usuarios y, sobre todo, una vez más, «una política que no renuncie a su tarea». De lo contrario, el cambio estará regido únicamente por lógicas tecnocráticas y se presentará como «necesario e inevitable», acabando así por imponer reglas «dictadas» por quienes poseen los datos, las infraestructuras y las capacidades de cálculo.

 

Es necesario, por tanto, «desarmar» a la IA, es decir, «romper esta equivalencia entre poder técnico y derecho a gobernar». No para renunciar a la tecnología, sino para impedir que domine a lo humano: hay que hacerla discutible, cuestionable y, por tanto, habitable. Precisamente para no renunciar a nuestra humanidad, tan frágil y tan «magnífica».

 

Invito leer otros comentarios en Vatican News: 

La encíclica de León XIV: la IA sirva a la humanidad, no al poder de pocos - Isabella Piro  

Los expertos en IA: «Magnifica humanitas», una «voz moral» que no se doblega - Edoardo Giribaldi 

León XIV presenta la encíclica: desarmar la IA, no a lógicas de exclusión y dominio - Salvatore Cernuzio 

El párroco de Silicon Valley: la encíclica aboga por el diálogo entre la Iglesia y hi-tech - Salvatore Cernuzio 


 

 

 

lunes, 25 de mayo de 2026

Feliz dia de la patria argentinos !!

 

Recordemos  lo que comprende esta palabra Patria, tan llena de sentido,  según Karol Wojtyla

 

Cuando yo pienso Patria

Cuando yo pienso Patria, cuando digo: Patria,

Me estoy expresando a mí mismo, y me enraizo,

Y el corazón me dice que ella es la frontera oculta

Que va de mí hacia los otros hombres

Para abrazarlos a todos en un pasado

Más antiguo que cada uno de nosotros…

 Y de ese pasado – cuando yo pienso: Patria 

Emerjo para encerrarla en mí como un tesoro,

Y sin cesar me acucia el ansia

De cómo engrandecerla,

De cómo ensanchar el espacio

Que mi patria habita.

 Karol Wojtyla: Cuando pienso en la patria, Poesias, BAC, 1979


 

Y por aquí, en Argentina, las palabras sabias del Arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva en la Catedral de Buenos Aires hoy en el Te Deum  celebrando nuestro dia patrio (cito algunos párrafos) : 

 Nosotros también venimos a pedirle a Dios que nuestra Argentina se cure y viva. Experimentamos que se está muriendo la fraternidad, se está 1 muriendo la tolerancia, se está muriendo el respeto; y si se mueren esos valores, se muere un poco el futuro, se mueren las esperanzas de forjar una Argentina unida, una Patria de hermanos.

(…)

Y mas adelante,  siguiendo las líneas del evangelio del día el  Arzobispo de Buenos Aires , Jorge García Cuerva se refiere nuevamente a la Argentina

Argentina sangra en la inequidad entre los que se laburan todo, y los que han vivido de privilegios que los alejó de la calle, de los medios de transporte público, de saber cuánto valen las cosas en un supermercado; alejados de la gente de a pie, no sienten su dolor, ni sus frustraciones, pero tampoco se emocionan con sus esperanzas y su esfuerzo diario por salir adelante. Y ante el dolor, a veces, como aquellas personas de la casa del jefe de la sinagoga, bajamos los brazos y decimos como ellos “ya murió”, ya no hay nada que hacer, transformándonos en agoreros de malas noticias, en profetas de calamidades, incluso escuchando todo el tiempo a los que envenenan el alma remarcando siempre lo que está mal, lo que falta.

Son los haters de aquélla época, los que difaman, desprecian o critican destructivamente a una persona, a una entidad, o una obra; los que odian y justifican su desprecio; el terrorismo de las redes, como decía el Papa Francisco . Hemos pasado todos los límites, la descalificación, la agresión constante, el destrato, la difamación, parecen moneda corriente. El Santo Padre León XIV decía a los representantes de los medios de comunicación hace unos días: La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en el que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una importancia fundamental; debemos decir “no” a la guerra de las palabras y de las imágenes.

Tenemos necesidad de diálogo, de forjar la cultura del encuentro, de frenar urgentemente el odio. Démonos otra oportunidad, no podemos construir una Nación desde la guerra entre nosotros. Todo acto de violencia es condenable, y quiebra el tejido social.

Por eso vuelvo a invitarlos a prestar atención a la escena del frontispicio de esta catedral, esculpido en 1862, elegida con la intención de perpetuar a través del arte, la reconciliación nacional. Allí está representado el episodio bíblico del Antiguo Testamento del encuentro del patriarca Jacob con su hijo José. Buenos Aires venía a reconciliarse con la Confederación Argentina en fraterno pacto de unión rubricado en San José de Flores, en 1859. Luego de enfrentarse por años y desangrarse en luchas fratricidas, los argentinos dijeron basta y se abrazaron. Hoy quisiera que volvamos allí nuestra mirada e imaginemos el abrazo que nos debemos los argentinos, el abrazo que negamos al que piensa distinto, o al que tiene otras costumbres o modo de vivir, el abrazo que no compartimos con los que sufren, incluso los abrazos que no nos pudimos dar durante la pandemia. Usemos las manos para acariciar el dolor y las heridas de tantos que la están pasando mal; “manos a la obra entonces”, pero unidos, como pueblo, más allá de las legítimas diferencias