"¡Ojalá
rasgases el cielo y bajases!" (Is 63,
19). Esta gran invocación de Isaías, que sintetiza bien la espera de Dios
presente ante todo en la historia del Israel bíblico, pero también en el
corazón de cada hombre, no ha caído en el olvido. Dios Padre ha cruzado el
umbral de su trascendencia: mediante su Hijo, Jesucristo, ha recorrido los
senderos del hombre y su Espíritu de vida y amor ha penetrado en el corazón de
sus criaturas. No permite que nos alejemos de sus caminos ni deja que nuestro
corazón se endurezca para siempre (cf. Is 63,
17). En Cristo, Dios se acerca a nosotros, sobre todo cuando nuestro
"rostro está triste", y entonces, al calor de su palabra, como
sucedió con los discípulos de Emaús, nuestro corazón empieza a arder dentro de
nosotros (cf. Lc 24, 17. 32).
Sin embargo, el paso de Dios es misterioso y exige una mirada pura para
descubrirlo, y oídos dispuestos a escucharlo.
Desde esta
perspectiva, queremos reflexionar hoy sobre dos actitudes fundamentales que es
preciso adoptar en relación con el Dios-Emmanuel, el cual ha decidido
encontrarse con el hombre en el espacio y en el tiempo, así como en la
intimidad de su corazón. La primera actitud es la espera, bien ilustrada en el
pasaje del evangelio de san Marcos que acabamos de escuchar (cf. Mc 13, 33-37). En el original griego
encontramos tres imperativos que articulan esta espera. El primero es:
"Estad atentos"; literalmente: "Mirad, vigilad".
"Atención", como indica la misma palabra, significa tender, estar
orientados hacia una realidad con toda el alma. Es lo contrario de distracción
que, por desgracia, es nuestra condición casi habitual, sobre todo en una
sociedad frenética y superficial como la contemporánea. Es difícil fijar
nuestra atención en un objetivo, en un valor, y perseguirlo con fidelidad y
coherencia. Corremos el riesgo de hacer lo mismo también con Dios, que, al
encarnarse, ha venido a nosotros para convertirse en la estrella polar de
nuestra existencia.
Al imperativo
"estad atentos" se añade "velad", que en el original griego
del evangelio equivale a "estar en vela". Es fuerte la tentación de
abandonarse al sueño, envueltos en las tinieblas de la noche, que en la Biblia
es símbolo de culpa, de inercia y de rechazo de la luz. Por eso, se comprende
la exhortación del apóstol san Pablo: "Vosotros, hermanos, no vivís en las
tinieblas, (...) porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois
de la noche ni de las tinieblas. Así pues, no durmamos como los demás, sino
estemos vigilantes y despejados" (1 Ts 5,
4-6). Sólo liberándonos de la oscura atracción de las tinieblas y del mal
lograremos encontrar al Padre de la luz, en el cual "no hay fases ni
períodos de sombra" (St 1,
17).
(de la AudienciaGeneral del Papa Juan Pablo II del 26 de julio de 2000)


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