Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

jueves, 26 de marzo de 2026

Juan Pablo II sobre el drama de la eutanasia

 



 (de la carta Encíclica Evangelium Vitae sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana) 

(…)

64. En el otro extremo de la existencia, el hombre se encuentra ante el misterio de la muerte. Hoy, debido a los progresos de la medicina y en un contexto cultural con frecuencia cerrado a la trascendencia, la experiencia de la muerte se presenta con algunas características nuevas.

(…)

 La muerte, considerada « absurda » cuando interrumpe por sorpresa una vida todavía abierta a un futuro rico de posibles experiencias interesantes, se convierte por el contrario en una « liberación reivindicada » cuando se considera que la existencia carece ya de sentido por estar sumergida en el dolor e inexorablemente condenada a un sufrimiento posterior más agudo.

Además, el hombre, rechazando u olvidando su relación fundamental con Dios, cree ser criterio y norma de sí mismo y piensa tener el derecho de pedir incluso a la sociedad que le garantice posibilidades y modos de decidir sobre la propia vida en plena y total autonomía. Es particularmente el hombre que vive en países desarrollados quien se comporta así: se siente también movido a ello por los continuos progresos de la medicina y por sus técnicas cada vez más avanzadas.

(…).

En semejante contexto es cada vez más fuerte la tentación de la eutanasia, esto es, adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado y poniendo así fin « dulcemente » a la propia vida o a la de otros. En realidad, lo que podría parecer lógico y humano, al considerarlo en profundidad se presenta absurdo e inhumano. Estamos aquí ante uno de los síntomas más alarmantes de la « cultura de la muerte », que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar, caracterizadas por una mentalidad eficientista que presenta el creciente número de personas ancianas y debilitadas como algo demasiado gravoso e insoportable. Muy a menudo, éstas se ven aisladas por la familia y la sociedad, organizadas casi exclusivamente sobre la base de criterios de eficiencia productiva, según los cuales una vida irremediablemente inhábil no tiene ya valor alguno.

65. Para un correcto juicio moral sobre la eutanasia, es necesario ante todo definirla con claridad. Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. « La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados ».76

De ella debe distinguirse la decisión de renunciar al llamado « ensañamiento terapéutico », o sea, ciertas intervenciones médicas ya no adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar o, bien, por ser demasiado gravosas para él o su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede en conciencia « renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares ».77 Ciertamente existe la obligación moral de curarse y hacerse curar, pero esta obligación se debe valorar según las situaciones concretas; es decir, hay que examinar si los medios terapéuticos a disposición son objetivamente proporcionados a las perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante la muerte. 78

En la medicina moderna van teniendo auge los llamados « cuidados paliativos », destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento humano adecuado. En este contexto aparece, entre otros, el problema de la licitud del recurso a los diversos tipos de analgésicos y sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de acortarle la vida. En efecto, si puede ser digno de elogio quien acepta voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para conservar la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente en la pasión del Señor, tal comportamiento « heroico » no debe considerarse obligatorio para todos. Ya Pío XII afirmó que es lícito suprimir el dolor por medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida, « si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales ».79 En efecto, en este caso no se quiere ni se busca la muerte, aunque por motivos razonables se corra ese riesgo. Simplemente se pretende mitigar el dolor de manera eficaz, recurriendo a los analgésicos puestos a disposición por la medicina. Sin embargo, « no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo »: 80 acercándose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios.

Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores  y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. 

Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio.

66. Ahora bien, el suicidio es siempre moralmente inaceptable, al igual que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado como decisión gravemente mala.  Aunque determinados condicionamientos psicológicos, culturales y sociales puedan llevar a realizar un gesto que contradice tan radicalmente la inclinación innata de cada uno a la vida, atenuando o anulando la responsabilidad subjetiva, el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general.  En su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte, proclamada así en la oración del antiguo sabio de Israel: « Tú tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces bajar a las puertas del Hades y de allí subir » (Sb 16, 13; cf. Tb 13, 2).

Compartir la intención suicida de otro y ayudarle a realizarla mediante el llamado « suicidio asistido » significa hacerse colaborador, y algunas veces autor en primera persona, de una injusticia que nunca tiene justificación, ni siquiera cuando es solicitada. « No es lícito —escribe con sorprendente actualidad san Agustín— matar a otro, aunque éste lo pida y lo quiera y no pueda ya vivir... para librar, con un golpe, el alma de aquellos dolores, que luchaba con las ligaduras del cuerpo y quería desasirse ».85 La eutanasia, aunque no esté motivada por el rechazo egoísta de hacerse cargo de la existencia del que sufre, debe considerarse como una falsa piedad, más aún, como una preocupante « perversión » de la misma. En efecto, la verdadera « compasión » hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes —como los familiares— deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos —como los médicos—, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas.

La opción de la eutanasia es más grave cuando se configura como un homicidio que otros practican en una persona que no la pidió de ningún modo y que nunca dio su consentimiento. Se llega además al colmo del arbitrio y de la injusticia cuando algunos, médicos o legisladores, se arrogan el poder de decidir sobre quién debe vivir o morir. Así, se presenta de nuevo la tentación del Edén: ser como Dios « conocedores del bien y del mal » (Gn 3, 5). Sin embargo, sólo Dios tiene el poder sobre el morir y el vivir: « Yo doy la muerte y doy la vida » (Dt 32, 39; cf. 2 R 5, 7; 1 S 2, 6). El ejerce su poder siempre y sólo según su designio de sabiduría y de amor. Cuando el hombre usurpa este poder, dominado por una lógica de necedad y de egoísmo, lo usa fatalmente para la injusticia y la muerte. De este modo, la vida del más débil queda en manos del más fuerte; se pierde el sentido de la justicia en la sociedad y se mina en su misma raíz la confianza recíproca, fundamento de toda relación auténtica entre las personas.

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No pocas veces se considera que la vida de quien aún no ha nacido o está gravemente debilitado es un bien sólo relativo: según una lógica proporcionalista o de puro cálculo, deberá ser cotejada y sopesada con otros bienes. Y se piensa también que solamente quien se encuentra en esa situación concreta y está personalmente afectado puede hacer una ponderación justa de los bienes en juego; en consecuencia, sólo él podría juzgar la moralidad de su decisión. El Estado, por tanto, en interés de la convivencia civil y de la armonía social, debería respetar esta decisión, llegando incluso a admitir el aborto y la eutanasia.

Otras veces se cree que la ley civil no puede exigir que todos los ciudadanos vivan de acuerdo con un nivel de moralidad más elevado que el que ellos mismos aceptan y comparten. Por esto, la ley debería siempre manifestar la opinión y la voluntad de la mayoría de los ciudadanos y reconcerles también, al menos en ciertos casos extremos, el derecho al aborto y a la eutanasia. Por otra parte, la prohibición y el castigo del aborto y de la eutanasia en estos casos llevaría inevitablemente —así se dice— a un aumento de prácticas ilegales, que, sin embargo, no estarían sujetas al necesario control social y se efectuarían sin la debida seguridad médica. Se plantea, además, si sostener una ley no aplicable concretamente no significaría, al final, minar también la autoridad de las demás leyes.

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Así, las leyes que, como el aborto y la eutanasia, legitiman la eliminación directa de seres humanos inocentes están en total e insuperable contradicción con el derecho inviolable a la vida inherente a todos los hombres, y niegan, por tanto, la igualdad de todos ante la ley. Se podría objetar que éste no es el caso de la eutanasia, cuando es pedida por el sujeto interesado con plena conciencia. Pero un Estado que legitimase una petición de este tipo y autorizase a llevarla a cabo, estaría legalizando un caso de suicidio-homicidio, contra los principios fundamentales de que no se puede disponer de la vida y de la tutela de toda vida inocente. De este modo se favorece una disminución del respeto a la vida y se abre camino a comportamientos destructivos de la confianza en las relaciones sociales.

Por tanto, las leyes que autorizan y favorecen el aborto y la eutanasia se oponen radicalmente no sólo al bien del individuo, sino también al bien común y, por consiguiente, están privadas totalmente de auténtica validez jurídica. En efecto, la negación del derecho a la vida, precisamente porque lleva a eliminar la persona en cuyo servicio tiene la sociedad su razón de existir, es lo que se contrapone más directa e irreparablemente a la posibilidad de realizar el bien común. De esto se sigue que, cuando una ley civil legitima el aborto o la eutanasia deja de ser, por ello mismo, una verdadera ley civil moralmente vinculante.

73. Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (cf. Rm 13, 1-7, 1 P 2, 13-14), pero al mismo tiempo enseñó firmemente que « hay que obedecer a Dios antes que a los hombres » (Hch 5, 29). Ya en el Antiguo Testamento, precisamente en relación a las amenazas contra la vida, encontramos un ejemplo significativo de resistencia a la orden injusta de la autoridad. Las comadronas de los hebreos se opusieron al faraón, que había ordenado matar a todo recién nacido varón. Ellas « no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños » (Ex 1, 17). Pero es necesario señalar el motivo profundo de su comportamiento: « Las parteras temían a Dios » (ivi). Es precisamente de la obediencia a Dios —a quien sólo se debe aquel temor que es reconocimiento de su absoluta soberanía— de donde nacen la fuerza y el valor para resistir a las leyes injustas de los hombres. Es la fuerza y el valor de quien está dispuesto incluso a ir a prisión o a morir a espada, en la certeza de que « aquí se requiere la paciencia y la fe de los santos » (Ap 13, 10).

En el caso pues de una ley intrínsecamente injusta, como es la que admite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito someterse a ella, « ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto ».

Invito leer la Declaración  de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, titulada “Iura et Bona” sobre la eutanasia,  fechada 5 de mayo de 1980, firmada por  el cardenal Franjo Seper, Prefecto y aprobada por el Papa Juan Pablo II


miércoles, 25 de marzo de 2026

Maria, la esclava obediente del Señor

 


“ Las palabras de María en la Anunciación: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), ponen de manifiesto una actitud característica de la religiosidad hebrea. Moisés, al comienzo de la antigua alianza, como respuesta a la llamada del Señor, se había declarado su siervo (cf. Ex 4,10; 14,31). Al llegar la nueva alianza, también María responde a Dios con un acto de libre sumisión y de consciente abandono a su voluntad, manifestando plena disponibilidad a ser «la esclava del Señor».

La expresión «siervo» de Dios se aplica en el Antiguo Testamento a todos los que son llamados a ejercer una misión en favor del pueblo elegido: Abraham (Gn 26,24), Isaac (Gn 24,14) Jacob (Ex 32,13; Ez 37,25), Josué (Jos 24,29), David (2 Sm 7,8) etc. Son siervos también los profetas y los sacerdotes, a quienes se encomienda la misión de formar al pueblo para el servicio fiel del Señor. El libro del profeta Isaías exalta en la docilidad del «Siervo sufriente» un modelo de fidelidad a Dios con la esperanza de rescate por los pecados del pueblo (cf, Is 42-53). También algunas mujeres brindan ejemplos de fidelidad, como la reina Ester, que, antes de interceder por la salvación de los hebreos, dirige una oración a Dios, llamándose varias veces «tu sierva» (Est 4,17).

María, la «llena de gracia», al proclamarse «esclava del Señor», desea comprometerse a realizar personalmente de modo perfecto el servicio que Dios espera de todo su pueblo. Las palabras: «He aquí la esclava del Señor» anuncian a Aquel que dirá de sí mismo: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45; cf. Mt 20,28). Así, el Espíritu Santo realiza entre la Madre y el Hijo una armonía de disposiciones íntimas, que permitirá a María asumir plenamente su función materna con respecto a Jesús, acompañándolo en su misión de Siervo.”

(De la Catequesis del Papa Juan Pablo II 4-IX-96)

Invito visitar el sitio del Directorio Franciscano con un completísimo detalle de enlaces marianos


 

martes, 24 de marzo de 2026

Quo vadis Europa?

 

Reflexiones siempre - y cada dia mas - actuales :

 



“¿Cómo es la Europa de nuestros días? ¿Cuáles son sus rasgos característicos? La Europa de hoy presenta caras diferentes y bajo algunos aspectos contradictorias. Está la Europa de las grandes ilusiones y las grandes esperanzas de progreso, de libertad y democracia, de bienestar, de solidaridad y de paz. En una palabra, la Europa soñada por sus fundadores como casa común de los pueblos europeos desde el Atlántico hasta los Urales.

Y está la otra Europa, la que engendra preocupación y fuerte perplejidad[1]. Es la Europa de los nuevos muros divisorios, de democracias cada vez más frágiles, tocadas por una profunda crisis de valores y amenazadas por antiguas y nuevas ideologías, entre las que destaca la ideología del “políticamente correcto”. Basada sobre el relativismo nihilista, esta ideología genera una cultura hostil al hombre desde diversos puntos de vista, especialmente en el ámbito del respeto de la dignidad de la persona humana, del derecho a la vida, de la institución familiar, de la libertad educativa. Es la Europa opulenta que está perdiendo su alma; el continente de la “apostasía silenciosa” de una humanidad harta que vive como si Dios no existiese[2] , y en el que la secularización asume forma institucional, convertida en un neopaganismo combatiente con dogmas propios y misioneros aguerridos. La cultura dominante de nuestro tiempo ha infiltrado en las mismas instituciones europeas un fuerte prejuicio anticristiano. Lo reconocen incluso observadores que se autodefinen “laicos”, uno de los cuales escribe al respecto: «El prejuicio anticristiano es el pórtico de la secularización ya profusamente consumada en Europa. En el espacio público de la Europa secularizada, los cristianos pueden ser tolerados sólo si son “transigentes” con las ideologías dominantes»[3]. Tenemos aquí la Europa del pluralismo sin límites y sin brújula, que renegando sus raíces cristianas pierde cada vez más su identidad.


Entonces: ¿Adónde vas Europa? Quo vadis Europa? Esta pregunta se la ponen hoy , con profunda inquietud, muchos ciudadanos europeos. Nos la ponemos también nosotros al final de este Congreso. Y la ponemos aquí, en España, de dónde en el ya lejano 1982 partió aquel grito profético de Juan Pablo II:


«Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: «lo puedo».

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Si Europa abre nuevamente las puertas a Cristo y no tiene miedo de abrir a su poder salvífico los confines de los estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo (Cfr. Homilía en el inicio de pontificado, su futuro no estará dominado por la incertidumbre y el temor, antes bien se abrirá a un nuevo período de vida, tanto interior como exterior, benéfico y determinante para el mundo, amenazado constantemente por las nubes de la guerra y por un posible ciclón de holocausto atómico.

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Jesucristo, el Señor de la historia, tiene abierto el futuro a las decisiones generosas y libres de todos aquellos que, acogiendo la gracia de las buenas inspiraciones, se comprometen a una acción decidida por la justicia y la caridad, en el marco del pleno respeto a la verdad y la libertad.»

El papa añade un consejo para el futuro europeo –que incluye tanto amonestación como advertencia–: Europa no debe enorgullecerse por «sus conquistas» –políticas, económicas y científicas–, pero tampoco deprimirse por la «pérdida cuantitativa» –así la llama– de su influencia en el mundo y/o por sus crisis sociales y culturales que la están afectando. Todavía «puede ser faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo»

¿Y, veinte años después, concluido el proceso de cambios radicales desencadenados en Europa por el derrumbamiento de los regímenes comunistas, el Papa —gran profeta de esperanza— no se cansa de repetir: «Europa, que estás comenzando el tercer milenio, “vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces [...] ¡No temas! El Evangelio no está contra ti, sino a tu favor [...]. ¡Ten confianza! En el Evangelio, que es Jesús, encontrarás la esperanza firme y duradera a la que aspiras [...]. ¡Ten seguridad! ¡El Evangelio de la esperanza no defrauda!»[5]. Nace de aquí el motivo que tanto preocupa al Papa y a toda la Iglesia por la omisión de esa referencia a las raíces cristianas en el Tratado constitucional europeo, firmado en Roma el 29 de octubre pasado, porque: «¡Una sociedad que olvida su pasado está expuesta al riesgo de no ser capaz de afrontar su presente y, peor aún, de llegar a ser víctima de su futuro!»[6].

Fuentes: Acto Europeo en Santiago de Compostela, discurso del Papa Juan Pablo II 9 de noviembrede 1982

Y también

Mons. Stanislaw Rylko "El laicado europeo, situación y perspectivas” en el Congreso de Apostolado seglar testigos de la esperanza (12-14 de noviembre de 2004) en Madrid

 

 

 

 

 

 

viernes, 20 de marzo de 2026

Magisterio de Juan Pablo II sobre el Sacramento de la Penitencia - Armando Bandera O.P.

 


(se trata de un estudio extenso y profundo -28 paginas en pdf - sobre el Sacramento de la Penitencia, basado en el Magisterio del Papa Juan Pablo II)

 Introduccion

 

Todo lo referente al sacramento de la penitencia constituye una verdadera prioridad en el magisterio de Juan Pablo II y en sus preocupaciones pastorales. Ya desde su primera encíclica presenta la Iglesia en estado de adviento, es decir, de prparación para iniciar su tercer milenio mediante una cada vez más profunda identificación con Cristo, sobre todo a través de los sacramentos de la eucaristía y de la penitencia. «La Iglesia del nuevo adviento -dice-, la Iglesia que se prepara continuamente a la nueva venida del Señor, debe ser la Iglesia de la eucaristía y de la penitencia. Sólo bajo este aspecto espiritual de su vitalidad y de su actividad es ésta la Iglesia de la misión divina, la Iglesia in statu missionis, tal como nos la ha mostrado el Concilio Vaticano 11»

 

 ¡La Iglesia de la eucaristía y de la penitencia! Ciertamente, no se trata de equiparar ambos sacramentos. Pero la expresión es bien significativa del empeño que Juan Pablo II quiere poner en revitalizar el sacramento del perdón.

 

El magisterio de Juan Pablo II sobre la penitencia forma ya un denso cuerpo de doctrina que la ilumina desde variadas perspectivas, a través de las cuales se descubren exigencias serias en orden a la práctica cristiana, pero sobre todo las inagotables riquezas que este sacramento produce en cada fiel y en la entera comunidad de la Iglesia. Aquí no· es posible tomar en consideración la totalidad de este magisterio. Por lo cual habré de limitarme a unos pocos puntos seleccionados sin ninguna pretensión sistemática. Doy preferencia al tema de la absolución colectiva, porque Juan Pablo II lo trata muy a menudo y porque creo que lo exige también la situación pastoral en que vivimos.

La primera parte del artículo elabora sobre los siguientes títulos: recomiendo, tal como sugiere el autor, analizar en detalle los puntos 5 y 6, sobre los cuales no se habla mucho y se conoce muy poco.

El contenido y sus títulos:

 

1 Conversión y sacramento de la penitencia

2 Confesión frecuente

3 Obligación de la confesión

4 Pecado mortal y pecado grave

5 La absolución colectiva

6 Fuera de circunstancias excepcionales, es válida la absolución colectiva?

 

La Sagrada Penitenciaría

La Congregación para la Doctrina de la Fe

El ardo paenitentiae

 

 

Pablo VI

Juan Pablo II

Un último principio de esclarecimiento

 

Conclusión

 

Cualquiera que sea la solución dada al problema de la validez o nulidad de las absoluciones colectivas impartidas fuera de circunstancias excepcionales, una cosa es absolutamente clara, a saber, que tales absoluciones son, por parte de quien las da, un pecado objetivamente grave o mortal. El criterio primario que rige toda esta cuestión no es ampliar la concesión de absoluciones colectivas, sino dejar a salvo el principio dogmático de la confesión individual e íntegra en el sentido propuesto por el Concilio de Trento, al que se remiten todos los documentos que tratan de la absolución colectiva. Esta absolución es siempre una excepción y, por lo mismo, no puede ser erigida en norma.

 

Fuentedel estudio completo

Si no funciona el enlace googlear : Armando Bandera: Magisterio de Juan Pablo II sobre el sacramento de la penitencia .

 

 

jueves, 19 de marzo de 2026

Karol Wojtyla: comunión de la palabra con la Palabra (2 de 2

 



En el verano de 1938 se instalan con su padre en Cracovia, “su” ciudad,  - en una segunda y vital etapa de su vida - para que el joven Karol estudie filología polaca en la Universidad Jaguellonica. Y en esta etapa no debemos olvidarnos de aquel sastre místico Jan Tyranowski cuya influencia  fortaleció su vida espiritual.

Karol se siente atraído por el estudio de la lengua misma, que lo llevaria a “ horizontes completamente nuevos, por no decir en el misterio mismo de la palabra” esa palabra que “antes de ser pronunciada en el escenario, vive en la historia del hombre como dimensión fundamental de su experiencia espiritual. En última instancia, remite al insondable misterio de Dios mismo” (Don y Misterio). 

“A propósito de los estudios, deseo subrayar – agregaba - que mi elección de la filología polaca estaba motivada por una clara predisposición hacia la literatura. Sin embargo, ya durante el primer año, atrajo mi atención el estudio de la lengua misma. Estudiábamos la gramática descriptiva del polaco moderno y al mismo tiempo la evolución histórica de la lengua, con un particular interés por el viejo tronco eslavo.”

 

Si se puede hablar de una primera vocación,  la de Karol Wojtyla fue la palabra hablada, la palabra viva  acompañada de la palabra escrita desde la temprana época de Wadowice en primeros textos que nunca fueron publicados,  (Krzysztof Dybciak)  pero que recuerdan sus compañeros. Prosiguió escribiendo durante sus estudios en Cracovia;  en 1939 completo un volumen de poesía titulado El Libro Eslavo, sus primeros trabajos literarios conocidos poseen fuerte tenor patriótico. “De su correspondencia con Kotlarczyk extraemos  su admiración por los poetas románticos polacos, la filosofía de Cyprian Kamil Norwid, la poesía de Jan Kasprowicz, y el teatro de Stanislaw Wyspianski.  Su primer trabajo literario publicado fue Canción sobre al Dios oculto que apareció en 1946.  Los escritos de Wojtyla muestran la búsqueda insistente de sintetizar los multiples tipos de comunicación interhumana.  A partir de 1956  los problemas presentados en su poesía se amplían.  Es la época de su La canteraLa Iglesia”.  


 

 “Muchos de sus sermones – agrega Dybciak en su epílogo a la edición bilingüe de poesías publicada por Wydawnictvo Literackie - “han encontrado un lugar importante dentro de la literatura polaca y quizás dentro de la historia polaca.”  Recordemos sus homilías de Nowa Huta, las homilías de Navidad, de Corpus Christi, sus homilías en defensa de los derechos  de los ciudadanos, por la libertad, la dignidad del hombre (tema que luego sería el corazón de su primera encíclica Redemptor Hominis.   El estudio y el análisis de su palabra escrita promete ser  demandante y largo y si  agregamos sus clases en la Universidad Católica de Lublin que exigen cierta preparación.  (Invito leer  Lafilosofía personalista de Karol Wojtyla de Juan Manuel Burgos)    nos encontramos ante una lectura nada fácil,  como nos anticipa Burgos.

 “El redescubrir la palabra a través de los estudios literarios y lingüísticos, me acercaba al misterio de la Palabra, de esa Palabra a la cual nos referimos cada día en la oración del Ángelus: ''La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros'' (Jn 1, 14). Comprendí más tarde que los estudios de filología polaca preparaban en mí el terreno para otro tipo de intereses y de estudios. Predisponían mi ánimo para acercarme a la filosofía y a la teología. “(Don y Misterio)   

Cito aquí solo dos textos de su obra literaria, dos momentos de una misma llamada (con toda una vida de por medio):

El primero un “comienzo” El Magnificat escrito en primavera-verano de 1939.   Un esbozo de su devoción mariana, un canto de gloria, de gracias, de bendiciones de un “servidor orante”  “joven roca sobre el Tatra inclinada” ansioso que su patria se transforme en una “abierta sementera” (la futura chispa de la Divina Misericordia?)  

El segundo: un “legado”  El triptico romano escrito ya desde la sede de Pedro.   “Un sorprendente poemario que a Karol Wojtyla se le ha escapado del alma – ¡a sus 82 años y bajo la blanca túnica de Sumo Pontífice!”   

El primero la expresión de una vocación incipiente? que algunos llaman tardía ? No lo sabremos pues el mismo Juan Pablo II al hablar de ella nos dice: “En los comienzos….¡El misterio! ¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre todo Dios.”

Al elegir el lugar para celebrar sus primeras Misas no lo duda: la cripta de San Leonardo en la catedral de Wawel porque “Quería destacar mi particular vínculo espiritual con la historia de Polonia, de la cual la colina del Wawel representa casi una síntesis emblemática.”  

Pero no sólo eso. Había, en esa elección, una especial dimensión teológica.

“Como he dicho, fui ordenado el día anterior, en la Solemnidad de Todos los Santos, cuando la Iglesia expresa litúrgicamente la verdad de la Comunión de los Santos -Communio Sanctorum-. Los Santos son aquellos que, habiendo acogido en la fe el misterio pascual de Cristo, esperan ahora la resurrección final.  También las personas, cuyos restos reposan en los sarcófagos de la catedral del Wawel, esperan allí la resurrección. Toda la catedral parece repetir las palabras del Símbolo de los Apóstoles: "Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna''. Esta verdad de fe ilumina la historia de las Naciones. Aquellas personas son como "los grandes espíritus" que guían la Nación a través de los siglos. No se encuentran allí solamente soberanos junto con sus esposas, u obispos y cardenales; también hay poetas, grandes maestros de la palabra, que han tenido una importancia enorme para mi formación cristiana y patriótica.”

En Piekary decía: “La fe es la Palabra de Dios Viviente hablada al hombre. Eso es todo? No, es solo la fuente. La fe es la respuesta del hombre viviente dada al Dios viviente;  con la mente, con el corazón, con la vida entera. El hombre viviente responde al Dios viviente en la fe….La Fe comienza en la Palabra de Dios y se expresa en la palabra del hombre.” (Karol Wojtyla en Piekary) 

Hay diversas maneras  para analizar exhaustiva y profundamente la rica herencia escrita y de vida de Karol Wojtyla/Juan Pablo II, pero en  ningún caso deberán  omitirse los comienzos mismos en su natal Wadowice.    El mismo lo decía durante su visita de 1999  “aquí, en esta ciudad de Wadowice, comenzó todo para mí: la vida, la escuela, los estudios, el teatro... y el sacerdocio.

 

Invito consultar en el sitio de la Santa Sede:

Breve biografía

Pre pontificado 

Pontificado  

 

A partir de allí los caminos y recursos que se abren son múltiples,  variados, extensos…..  


Karol Wojtyla: comunión de la palabra con la Palabra (1 de 2)

 


Si le preguntáramos a Karol Wojtyla en qué preciso momento de su vida la “palabra” se encontró con la “Palabra” quizás no pudiera respondernos con exactitud y con una profunda mirada de asombro nos haría comprender que de alguna manera para él siempre estuvieron íntimamente ligadas en la vida diaria, en la oración…...

Y sin embargo, si insistiéramos en los detalles…. cuándo se había producido ese especial  “punto de fusión”, esa comunión   - si la hubo - seguramente nos invitaría recordar momentos lejanos, pero siempre vivos, de su infancia en Wadowice, testigo de sus primeros pasos, sus primeras palabras y «las primeras inclinaciones»,  su “seminario doméstico” sobre la calle Koscielna,   desde cuya ventana  “veía la meridiana y el lema: «El tiempo huye, la eternidad espera» sobre el muro lateral de la iglesia parroquial, a un “salto” nomás de su ventana en la casa paterna;  a sus padres Emilia y Karol– especialmente a su padre – quien quedo a cargo de los hijos después de la muerte de su madre y a su hermano si bien 14 años mayor que Karol;   al profesor de religión, el padre Edward Zacher;   al capellán   Figlewicz, maestro de catequesis, confesor y más tarde su director espiritual. (a quien volvió a encontrar en Cracovia),  a sus compañeros de escuela (por quienes nos enteramos como Karol de a momentos se escapaba para rezar de rodillas al ejemplo de su padre) …. a la visita del cardenal Sapieha y a sus sabias y proféticas palabras….a  Mieczyslaw Kotlarczyk,  creador del «teatro de la palabra»”,   ese profesor de literatura polaca que soñaba con sacar adelante un teatro de la palabra interior,  con quien Karol compartió su pasión por el teatro en Wadowice y después en Cracovia. Un “teatro diferente, más escuchado que visto como espectáculo, un teatro de la palabra”, “limitando la escenografía al máximo y centrando su arte en la palabra”.

 


Uno tras otro fueron momentos y personas que iban formando un inusual mosaico de múltiples facetas que generaron en Karol su fascinación por la palabra,  una palabra viva, un espacio que el joven custodiaba celosa y respetuosamente,  sin tener  conciencia quizás de  la riqueza y la amplitud del extraordinario don que poseía y que el gozaba enormemente.

Vivia aquella etapa de su vida “cuando la vocación sacerdotal no estaba aún madura” , período en que “estaba fascinado sobre todo por la literatura, en particular por la dramática, y por el teatro”, el “teatro de la palabra viva”. (Don y Misterio), palabra viva que había tomado forma en Wadowice. Ese mismo amor por el teatro lo llevaría mas tarde a una encrucijada, también a algunas incomprensiones de parte de sus compañeros quienes viendo las extraordinarias dotes de Karol-actor no lograban comprender su decisión de optar por otro camino impregnado de la Palabra. 

Años más tarde el mismo Juan Pablo II admite en Don y Misterio que “aquella experiencia teatral  ha quedado profundamente grabada en mi espíritu, a pesar de que en un cierto momento de mi vida me di cuenta que, en realidad, no era esa mi vocación”. 

“El teatro para Wojtyla no es una mera escenificación superficial de alguna historia sino es un lugar privilegiado en el que la vida se vuelve palabra y la palabra se vuelve vida.” (Guerra-Lopez) 

Palabra viva que se fue transformando en misterio...

 

San José hombre de la elección divina

 

(La audiencia del miércoles 19 de marzo se desarrolló en dos fases: la primera en la basílica de San Pedro, donde el Papa habló a los jóvenes, y la segunda en el Sala Pablo VI, donde pronunció su catequesis)

«El 19 de marzo es la solemnidad de San José, el esposo de María Santísima, Madre de Cristo (…).

La meditación de hoy nos prepara a la oración, a fin de que, reconociendo las grandes obras de Dios en aquel a quien confió sus misterios, busquemos en nuestra vida personal el reflejo vivo de estas obras para cumplirlas con la fidelidad, la humildad y la nobleza de corazón que fueron propias de San José.

“José, hijo de David, no temas recibir a María tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 20-21).   Encontramos estas palabras en el capítulo primero del Evangelio según Mateo. Ellas –sobre todo en la segunda parte– son muy semejantes a las que escuchó Miriam, esto es, María, en el momento de la Anunciación [..] La descripción de la Anunciación se encuentra en el Evangelio según Lucas. Seguidamente Mateo hace notar de nuevo que, después de las nupcias de María con José, “antes de que viviesen juntos, se halló haber concebido María del Espíritu Santo” (Mt 1, 18). Así, pues, se realizó en María el misterio que había tenido su comienzo en el momento de la Anunciación, en el momento en que la Virgen respondió a las palabras de Gabriel: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). 

A medida que el misterio de la maternidad de María se revelaba a la conciencia de José, él, “siendo justo; no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto” (Mt 1, 19). Así dice a continuación la descripción de Mateo.  Y precisamente entonces, José, esposo de María y ya su marido ante la ley, recibe su anunciación personal. Oye durante la noche las palabras que hemos citado antes, las palabras que son explicación y al mismo tiempo invitación de parte de Dios: “No temas recibir a María” (Mt 1, 20).  Dios confía a José el misterio cuyo cumplimiento habían esperado desde hacía muchas generaciones la estirpe de David y toda la casa de Israel, y le confía, a la vez, todo aquello de lo que depende la realización de este misterio en la historia del Pueblo de Dios. Desde el momento en que estas palabras llegaron a su conciencia, José se convierte en el hombre de la elección divina, el hombre de una particular confianza. Se define su puesto en la historia de la salvación. José entra en este puesto con la sencillez y humildad en las que se manifiesta la profundidad espiritual del hombre.

 (…). “Al despertar José de su sueño –leemos en Mateo–, hizo como el ángel del Señor le había mandado” (Mt 1, 24). En estas pocas palabras está todo. Toda la decisión de la vida de José y la plena característica de su santidad. Hizo. José, al que conocemos por el Evangelio, es hombre de acción. José es hombre de trabajo. El Evangelio no ha conservado ninguna palabra suya; en cambio ha descrito sus acciones: acciones sencillas, cotidianas, que tienen a la vez el significado límpido para la realización de la promesa divina en la historia del hombre; obras llenas de la profundidad espiritual y de la sencillez madura (…). .

La meditación sobre su vida y sus obras, tan profundamente ocultas en el misterio de Cristo y, a la vez, tan sencillas y límpidas, ayude a todos a encontrar el justo valor y la belleza de la vocación de la que cada una de las familias humanas saca su fuerza espiritual y su santidad».

San Juan Pablo II, Audiencia general 19-3-1980