(Svidercoschi)
Era el domingo 22 de octubre de 1978. El nuevo Papa, el primer Papa eslavo de la historia, comenzaba oficialmente su m
ministerio pontifico. Y en la homilía, durante el solemne rito de inicio, lanzó
aquel grito inolvidable: «¿No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!
¡Abridlas de par en par! Abrid a su
poder salvador las fronteras de los Estados, los sistemas económicos y los
políticos, los inmensos territorios de la cultura, de la civilización, del
desarrollo»
El llamamiento no estaba sólo dirigido a
los católicos a los cristianos. El desafío que encerraba no tenía precedentes
porque la tentación del hombre de rechazar a Dios en nombre de la propia
libertad, de la propia autonomía, había asumido ya dimensiones planetarias.
Había sobrepasado ya toda distinción entre religiones.
(Dziwisz)
Apenas terminé de leer el
discurso, me sentí sobrecogido. En aquel texto el Santo Padre expresaba su
espíritu, su pensamiento y su programa. Era su programa de vida, el programa de
su corazón, de su piedad, y al mismo tiempo, el programa del servicio pastoral
que, como sucesor de Pedro, estaba iniciando en la Iglesia universal.
Aquellas palabras -- «¡Abrid
las puertas a Cristo!,«¡No tengáis miedo!» -- fueron el motor de su vida y la
línea maestra de su pontificado. Aquellas palabras querían infundir fuerza y
coraje, sobre todo a las naciones esclavizadas a las que él anunciaba la
libertad.
En la plaza de San Pedro, entre los
asistentes a la ceremonia, se encontraba también el embajador soviético en
Italia y el presidente del Consejo de Estado de Polonia. Henryk Jablonski. En
un momento dado, el diplomático se dio vuelta hacia su acompañante y, en tono
despectivo, le cuchicheo: «La mayor hazaña de la República Popular polaca ha
sido regalarle un Papa al mundo». Quería decir: un Papa llegado del Este. Un
Papa que conocía bien el mundo comunista, que sabía como hacerle frente.
Consecuentemente, había que empezar a pensar en cómo neutralizar las acciones de
dicho Papa.
Pero quizás el embajador
olvidaba que aquel «¡No tengáis miedo! no provenía, en el caso de Juan Pablo
II, de una ideología, de una estrategia politi8ca, sino de la práctica del
Evangelio, de la imitación de Cristo. ¡Era su fuerza!. Con aquellas palabras
comenzó a caminar por los senderos del mundo, y según mi opinión, a
transformarlo.
Es más, Karol Wojtyla puso enseguida manos a la obra, en el
instante mismo en que finalizo aquella solemne celebración. Empuño la cruz
pastoral casi como si fuese un estandarte, una bandera, y, con paso decidido,
descendió hacia el recinto sagrado de San Pedro. Como si quisiese ir al
encuentro del mundo entero para despertarlo, para obligarlo a salir de la
pasividad, de la resignación, de sus angustias, de sus falsos mitos, de la
ilusión de poder prescindir de Dios.
Nada más ser elegido, el
Santo Padre había dicho que quería prescindir de la silla giratoria. Lo había
dicho en el acto precisamente para evitar que se lo propusieran. Tenía buenas
piernas, piernas de montañero, prefería caminar…
Igualmente rechazo la
tirara. No porque fuera el símbolo de la conexión con un poder temporal que ya
no existía, no, no era por esto. Era por algo mucho más simple., había habido
un Concilio, la Iglesia actual era más evangélica, más espiritual.
Por otra parte, su
predecesor, el papa Luciani, también había iniciado así su pontificado,
rechazando la «coronación». Y a Wojtyla le gustaba ese estilo pastoral. Lo consideraba más acorde con los nuevos
tiempos, más en consonancia con su misión como Pastor universal, que ddebe
estar cerca de la gente. Mejor dicho, que debe estar entre la gente.
Más tarde, el mismo Juan Pablo II
confesó que sólo fue plenamente consciente delo que había dicho en un segundo
momento. Pero aquellas palabras pronunciadas en la plaza de San Pedro eran
palabras que, en su contenido más profundo, Wojtyla llevaba dentro de si, en el
interior de su corazón, desde hacía mucho tiempo.
De hecho, el discurso lo
escribió de un tirón. ÉL sólo, a mano, con poquísimas correcciones y, como es
lógico, en polaco, Una vez traducido al italiano quiso hacer un ensayo, por así
decirlo. Se lo leyó a Ángelo Gugel, su ayudante de cámara; y Ángelo era muy
meticuloso, muy estricto, si se equivocaba en un acento, no dudaba en
corregirle.
Pero es cierto, Lo que el
Papa dijo aquel domingo de octubre formaba parte de su memoria, de su historia,
del patrimonio religioso y cultural que se había llevado consigo desde su
patria hasta la cátedra de San Pedro.
De allí surgía la visión que Juan Pablo
II tenía de la relación entre el misterio de la Redención y la verdad sobre el
hombre y que, posteriormente, fue le tema central de su primera encíclica,
Redemptor hominis. «A través de la Encarnación, el Hijo de Dios se ha unido a
todos y cada uno de los hombres». Es decir, Cristo ha desvelado progresivamente
al hombre – hombre que es la primera y fundamental viva de la Iglesia – la
dimensión constitutiva de su mismo ser, su destino, su singularidad única e
irrepetible como persona, en posesión de una dignidad propia y original.
Se trataba de una verdad
evangélica que ya había sido redescubierta y vuelta a proponer por el Vaticano II, en particular
por la constitución pastoral Gaudium et Spes. Y, al mismo tiempo, era el puerto final
de las reflexiones, de los pensamientos y las experiencias que Karol Wojtyla
había ido madurando durante los años de su ministerio sacerdotal, de su
magisterio y de su episcopado. Por lo
tanto, la encíclica programática representaba la síntesis entre el Concilio y
la herencia polaca. Síntesis traducida más tarde por el Papa en el compromiso
de unir la misión de la Iglesia con el servicio a todos los hombres. Hombres
considerados no en abstracto, no sólo simbólicamente, sino en su concreta
realidad histórica, en el plano individual, y al mismo tiempo, en el
comunitario y social.
Quizás, en esa época, cuando vio la luz
la Redemptor hominis, el problema no emergió hasta la superficie, no se hablo
apenas de tema en los periódicos. Pero aquella« apuesta por el hombre» no fue
acogida pacíficamente en todos los círculos eclesiásticos, tampoco en todos los
teológicos.
Hubo, incluso, quien se escandalizó por
aquella afirmación de que el hombre era la «via» de la Iglesia. Casi como si el
nuevo Papa, al poner el acento sobre la centralidad del ser humano, hubiese
socavado la primacía de Dios.
Es necesario volver a
aquel «¡No tengáis miedo!», porque de allí le vino a Juan Pablo II la
inspiración para la idea central de la Redemptor hominis: el hombre, en cuanto
redimido por Cristo, es la «via» de la Iglesia, el hombre en su conjunto de
alma y cuerpo, en su constante tensión entre verdad y libertad.
Si quizás, al menos en ese
momento, al menos en ciertos círculos, en una situación eclesiástica sobre la
que aún pesaban ciertos miedos del pasado, aquella frase habrá podido asombrar
a más de uno, hacerle torcer el gesto.
Pero luego se convirtió en el programa de toda la Iglesia, en el programa
del pontificado, y todavía hoy no ha perdido nada de su actualidad. Forma parte
integrante del magisterio, de la misión de la comunidad eclesiástica.
En resumen, lo que a algunos les pareció
entonces una semiherejìa, ha contribuido no poco a superar la antigua
contraposición entre teocentrismo y antropocentrismo, haciéndolos converger en
la historia misma del hombre. Y ha anticipado la que, para la Iglesia y para la
humanidad, se convertiría después en la cuestión principal del siglo XXI: la cuestión antropológica.
¡Cómo será el hombre de mañana? ¿Cómo
será su realidad? ¿Cuáles serán sus valores, sus puntos de referencia éticos,
sus modelos, sus estilos de vida? Y, por tanto ¿cómo es posible comprender, más
áun, resolver la cuestión del hombre, prescindiendo de la cuestión de Dios?
(Dziwisz Estanislao / Svidercoschi Gian Franco 2008 UNA VIDA CON
KAROL capitulo 11, «Abrid las puertas a Cristo» páginas 76 a 79, La Esfera de
los Libros)