Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

jueves, 29 de octubre de 2026

Mentorella: La ermita secreta de Karol Wojtyła (2 de 2)

 


Por qué Juan Pablo II se enamoró de este lugar?

Mentorella, en el período estivo o durante el fin de semana, está siempre lleno de peregrinos. Durante el otoño o el invierno e incluso durante la semana no hay nadie, se convierte en un eremitorio: muchas veces por la mañana dejamos la puerta de la iglesia entreabierta y por la tarde nos la encontramos como la dejamos, porque no ha venido nadie. EL Papa amaba este lugar, porque podía rezar tranquilamente. No hay ruido. Venìa cuando ya había terminado la estación de caza (en esta región se cazan jabalíes y pájaros) y entonces podía caminar tranquilamente por las montañas. Este era el único momento en que el Santo Padre podía descansar completamente. Por este motivo, el Santuario de la Mentorella se llama la ermita secreta de Juan Pablo II.

La característica particular del Santuario es esta: aquí no hay horario de apertura ni de cierre, este es el lugar donde el peregrino puede llamar siempre al timbre en cualquier momento y pedir confesión, o una conversación. Las visitas del Santo Padre a la Mentorella no estaban programadas, porque el sabía muy bien que aquí había siempre alguien para acoger al Pontífice. Aquí, el se sentía como en su casa.

Mentorella es un lugar difícil para quien no lo ama, porque aquí no es fácil trabajar. Pero de vez en cuando viene el Papa y esto compensa nuestros sacrificios y premia nuestra constancia.

 

Cuál es la particularidad de los santuarios construidos entre montañas?

El Papa venía aquí tras las huellas de Marìa para cantar su magníficat. Marìa fue a visitar a su prima Isabel atravesando las montañas – explica el padre Adam. Grandes hombres como Benito, Francisco y otros eligieron entre las montañas el lugar donde pudieron encontrar a Dios, lejos de la gente, pero al mismo tiempo cerca del mundo. En aquellas ermitas pudieron rezar y meditar para después volver al trabajo y poder transmitir a los demás todo lo que habían recibido de Dios. Precisamente por este motivo, aquí Juan Pablo II anunció su primer y trascendente mensaje como Papa, sobre la importancia de la oración en la vida cristiana. No olvidaremos nunca su visita oficial a la Mentorella, en octubre de 1978.

 

Después de la muerte de Juan Pablo, se ha notado un aumento de peregrinos a este santuario?

Si, al día siguiente a su muerte, la Mentorella se llenó de peregrinos, como atestigua el libro de recuerdos, que recoge millares de firmas:  agradecimientos, súplicas, pensamientos. Los peregrinos unen la visita a la tumba de Juan Pablo II a la visita a la Mentorella. Caminan sobre las huellas de Karol Wojtyła. Vienen para poder rezar por él pero también para poder vivir sus mismas emociones y preguntan por los lugares que más le gustaban. A menudo no tengo nada que explicar…

El 29 de octubre de 2005 vino el Papa Benedicto VI. Este es el inicio de la continuación de las visitas de los Papas a la Mentorella.


Paso las hojas amarillentas de los libros de recuerdos del Santuario de la Mentorella. Delicadamente me encuentro con la firma de Karol Wojtyła y leo su dedicatoria: “Vengo aquí todos los años y cada vez con más gusto. Santuario de la Virgen y maravilla de aquel lugar atraen…”

Sobre la Mentorella cae la sombra al atardecer, mientras sopla un viento fresco Con la mirada hacia las cimas de las montañas, les sonrío, como hacía Karol Wojtyla. Ligeramente abierta, la puerta del Santuario me invita a la oración ates de irme. Me arrodillo ante la imagen de la Virgen de las Gracias: “Dale, Señor, el descanso eterno”.

 En su primera peregrinación fuera de Roma, el 29 de octubre de 1978 Karol Wojtyla, ya como Juan Pablo II, se trasladaba al Santuario de la Mentorella de las Gracias, a 35 kms Roma. Salía de su escoltado “encierro vaticano” y volvía a aquellos montes Prenestinos - con un cierto aire a su querida Polonia, pues el Santuario esta a cargo de los Padres Resurreccionistas polacos, orden fundada en el siglo XIX .

 No le era un lugar extraño, había estado alli en numerosas oportunidades cuando era cardenal, buscando la paz y el sosiego de este rincón escondido tan cerca de Roma. Ahora regresaba, ya como pastor del rebaño universal, volvía a esa atmósfera de recogimiento a caminar tranquilamente, a orar y comunicarse con su Madre Maria, cantar el Magnificat y renovar ante Ella su “Todo tuyo”.

Estaba nuevamente allí, en esa ermita secreta adonde queria regresar ahora que era romano porque “la primera tarea del Papa es la oración…. ‘Este lugar me ha ayudado mucho a orar. Y por esto he querido también venir hoy. La oración, que es expresión de la relación del hombre con Dios vivo, es también la primera tarea y como el primer anuncio del Papa, del mismo modo que es el primer requisito de su servicio a la Iglesia y al mundo’..


Comenta el padre Adam Otrebski “el Papa transcurría la mayor parte del tiempo aquí, rezando en la iglesia. Tenía el breviario, su libro y algo para escribir. Se sentaba ante la Virgen, y cuando podía no dejaba de arrodllarse. Aquí pasaba su tiempo”… “…el papa amaba este lugar….no hay ruido….era el único momento que el Santo Padre podía descansar completamente… “el Papa venia aquí tras las huellas de María para cantar su magnificat. .. Maria fue visitar a su prima Isabel atravesando las montañas – explica el padre Adam. Grandes hombres… eligieron entre las montañas como el lugar donde pudieron encontrar a Dios, lejos de la gente, pero al mismo tiempo cerca del mundo. …donde pudieron rezar y meditar para después volver al trabajo y poder transmitir a los demás todo lo que habian recibido de Dios”

  (Totus Tuus, septiembre 2006)

(ElSantuario también fue visitado recientemente por el  Papa Leon XIV)



Mentorella: La ermita secreta de Karol Wojtyła (1 de 2 – Alexandra Zapotocny)

 


Vino aquí, y seguramente se enamoró enseguida del lugar, porque encontró un lugar lleno de un maravilloso amor, un lugar que se puede definir la Casa de María. Por eso volvía aquí a menudo, volvía a pie, subiendo por los senderos de la montaña después de haber dejado el coche a algunos km de distancia de Santuario. Volvía para estar con nuestra comunidad. Volvió aquí poco antes del Cónclave para pedir la protección y la bendición de la Virgen, para poder hacer una justa elección. Y cuando fue elegido Papa, enseguida, lo antes posible, solamente trece días después de la elección, vino para dar gracias y repetir: “Todo tuyo”.

 

Así recuerda el Padre Adam Otrebski de la Congregación de los Resurreccionistas – encargada desde 1997 de la custodia del Santuario de la Mentorella de las Gracias, a 35 kms de Roma – las muchas visitas de Juan Pablo II al Santuario.   Mentorella es un lugar estupendo y especial, donde el hombre se siente más cerca de Dios, de la naturaleza, de su prójimo y de si mismo.

 

Karol Wojtyla vino aquí más de 30 veces como cardenal – continúa el padre Adam – pero a la Mentorella vino también siendo obispo – consultor del Concilio Vaticano II. El Car. Stanislaw Dziwisz, su ex secretario, cuenta que cada vez que el Papa sentía la necesidad de una oración particular, por una intención especial, deseaba ir a rezar fuera del Vaticano, y venía precisamente aquí, a la Mentorella. Durante el cargo del padre Adam como custodio del Santuario, tuvieron lugar dos visitas privadas de Juan Pablo II a la Mentorella.

Siempre sin avisar previamente, sólo al último momento: “Padre Rector, tiene 45 minutos de tiempo? Porque el Papa está llegando al Santuario desde la montaña”, así ocurrió en 1997, cuando un policía anunció la excepcional visita al padre Adam, el cual había sido nombrado superior de la comunidad religiosa polaca de la Mentorella hacía solo un mes y medio.

 


Juan Pablo II venía al santuario después de  haber paseado por las montañas. Cuando era Cardenal, venía desde Capránica Prenestina, a doce km de distancia, o bien desde Pisoniano, recorriendo aquellos senderos de montaña, que hoy llevan su nombre. La visita a la Iglesia, un saludo a Jesús y María,y el encuentro con la Comunidad, pero después de haberse puesto otra vez sus zapatos, pues para recorrer las montañas llevaba calzado apropiado.

 En qué momentos del día venía aquí el Papa?

Siempre durante la comida – esta hora es la mejor para un sacerdote – bromea el padre Adam – pero Karol Wojtyla no tenía ningún momento especial, porque aquí se sentía como un peregrino y como se sabe, un peregrino no necesita muchas coas. Acepta saciar el hambre con lo que encuentra en la mesa. La única vez que vino siendo cardenal y se quedó a dormir aquí era su onomástico, y comió una tortilla. Aquí hay siempre huevos, porque en los conventos es frecuente tener gallinas…..obviamente en el gallinero, no en el convento – precisa el padre Adam.

 El Papa, divertido, al final de la cena añadió: “Hasta ahora nunca había festejado mi santo en un modo tan solemne….”

 Con emoción observo la llave en la puerta, el padre Adam está abriendo la habitación donde se alojó Karol Wojtyla. Las fotos confirman el relato del padre Adam. Los mismos muebles, la ventana. Hay una preciosa imagen de Karol Wojtyla que está mirando desde la ventana, hacia las magníficas montañas a las que envía una sonrisa.

El padre Adam continúa su relato: obviamente el Papa transcurría la mayor parte del tiempo aquí, rezando en la Iglesia. Tenía el breviario, su libro y algo para escribir. Se sentaba ante la Virgen, y cuando podía no dejaba de arrodillarse. Aquí pasaba su tiempo. En esos momentos la iglesia permanecía cerrada a todos y nadie podría molestar la meditación del Pontífice.

  (Totus Tuus, septiembre 2006)

Santuario de la Mentorella

 


En su primera peregrinación fuera de Roma, el 29 de octubre de 1978 Karol Wojtyla, ya como Juan Pablo II, se trasladaba al Santuario de la Mentorella de las Gracias, a 35 kms Roma. Salía de su escoltado “encierro vaticano” y volvía a aquellos montes Prenestinos - con un cierto aire a su querida Polonia, pues el Santuario esta a cargo de los Padres Resurreccionistas polacos, orden fundada en el siglo XIX .

No le era un lugar extraño, había estado alli en numerosas oportunidades cuando era cardenal, buscando la paz y el sosiego de este rincón escondido tan cerca de Roma. Ahora regresaba, ya como pastor del rebaño universal, volvía a esa atmósfera de recogimiento a caminar tranquilamente, a orar y comunicarse con su Madre Maria, cantar el Magnificat y renovar ante Ella su “Todo tuyo”.

Estaba nuevamente allí, en esa ermita secreta adonde queria regresar ahora que era romano porque “la primera tarea del Papa es la oración…. ‘Este lugar me ha ayudado mucho a orar. Y por esto he querido también venir hoy. La oración, que es expresión de la relación del hombre con Dios vivo, es también la primera tarea y como el primer anuncio del Papa, del mismo modo que es el primer requisito de su servicio a la Iglesia y al mundo’..


Comenta el padre Adam Otrebski “el Papa transcurría la mayor parte del tiempo aquí, rezando en la iglesia. Tenía el breviario, su libro y algo para escribir. Se sentaba ante la Virgen, y cuando podía no dejaba de arrodllarse. Aquí pasaba su tiempo”… “…el papa amaba este lugar….no hay ruido….era el único momento que el Santo Padre podía descansar completamente… “el Papa venia aquí tras las huellas de María para cantar su magnificat. .. Maria fue visitar a su prima Isabel atravesando las montañas – explica el padre Adam. Grandes hombres… eligieron entre las montañas como el lugar donde pudieron encontrar a Dios, lejos de la gente, pero al mismo tiempo cerca del mundo. …donde pudieron rezar y meditar para después volver al trabajo y poder transmitir a los demás todo lo que habian recibido de Dios”

 

 (Totus Tuus, septiembre 2006)

 


 

 

Mentorella Santuario Mariano escondido entre los montes prenestinos

 


“Desde la inauguración del Concilio Vaticano II he tenido posibilidad de residir en Roma varias veces, sea por los trabajos conciliares, sea por otras tareas qua me encomendaba el Papa Pablo VI.


En estas ocasiones de mi estancia en Roma he visitado con frecuencia el santuario de la Virgen de la Mentorella. Este lugar escondido entre los montes me atraía de modo especial. Desde él se puede abarcar y admirar la vista magnífica del paisaje italiano. Incluso unos días antes del último Cónclave estuve aquí. Y si hoy he deseado volver otra vez es por varias razones que ahora explicaré.

Antes quiero pedir disculpas a mis colaboradores, a las autoridades locales y a quienes se han ocupado de organizar y realizar este vuelo, porque mi venida les ha ocasionado una molestia más. Al mismo tiempo saludo cordialmente a los habitantes del vecino pueblo de Guadagnolo y a cuantos han acudido aquí de otras localidades cercanas. Saludo a los custodios de este santuario, los padres polacos de la Resurrección. y también al clero del contorno, con su obispo mons. Guglielmo Giaquinta.

En el Evangelio de San Lucas leemos que María, después de la anunciación, fue a la montaña para visitar a su parienta Isabel. Al llegar a Ain-Karim puso toda su alma en las palabras del cántico que la Iglesia recuerda cada día en Vísperas: «Magnificat anima mea Dominum, Mi alma glorifica al Señor». He deseado venir aquí, a estas montañas, a cantar el Magnificat siguiendo las huellas de María.

Este es un lugar donde el hombre se abre a Dios de forma especial. Un lugar donde —lejos de todo y al mismo tiempo cerca de la naturaleza— se habla confidencialmente con Dios mismo. Se siente en lo más hondo algo que es la llamada personal del hombre. Y el hombre debe dar gloria a Dios Creador y Redentor; en cierto modo debe convertirse en voz de toda la creación para decir en su nombre Magnificat. Debe anunciar las magnalia Dei, las grandes obras de Dios y, a la vez, expresarse a sí mismo en esta relación sublime con Dios, porque en el mundo visible sólo él puede hacerlo.

En las temporadas de mi estancia en Roma, este lugar me ha ayudado mucho a orar. Y por esto he querido venir también hoy. La oración, que es expresión en distintos modos de la relación del hombre con el Dios vivo, es también la primera tarea y como el primer anuncio del Papa, del mismo modo que es el primer requisito de su servicio a la Iglesia y al mundo.

En los pocos días transcurridos desde el 16 de octubre, he tenido la suerte de oír de labios de personas autorizadas, palabras que confirman el despertar espiritual del hombre moderno. Estas palabras —y ello es significativo— las han pronunciado sobre todo seglares que desempeñan altos cargos en la vida política de varias naciones y pueblos. Han hablado muchas veces de las necesidades del espíritu humano, que no son inferiores a las del cuerpo. Y al mismo tiempo han señalado en primer lugar a la Iglesia como capaz de satisfacer esas ansias.

Lo que ahora digo sea una primera respuesta, humilde, a todo lo que he oído: la Iglesia ora, la Iglesia quiere orar, desea estar al servicio del don más sencillo y, a la vez, más espléndido del espíritu humano, que se realiza en la oración. En efecto, la oración es la expresión principal de la verdad interior del hombre, la primera condición de la auténtica libertad del espíritu.

La Iglesia ora y quiere orar para escuchar la voz interior del Espíritu divino, a fin de que El mismo pueda hablar en nosotros y con nosotros, con los mismos gemidos inenarrables de toda la creación.

La Iglesia ora y quiere orar para responder a las necesidades que nacen de lo más profundo del hombre, que a veces está sumamente agobiado y acosado por las condiciones contingentes de la vida diaria, por todo lo que es temporal, la debilidad, el pecado, el abatimiento, y una vida que parece no tener sentido. La oración da sentido a toda la vida en cada momento y en cualquier circunstancia.

Por ello el Papa, en cuanto Vicario de Cristo en la tierra, desea antes que nada unirse a cuantos tienden a la unión con Cristo en la oración, en cualquier sitio en que estén o se encuentren: como el beduino en la estepa, las carmelitas o los cistercienses en la clausura profunda, o el enfermo en la cama de un hospital en medio de los sufrimientos de la agonía, o un hombre en actividad, en la plenitud de la vida, o las personas oprimidas y humilladas... en todos los sitios.

La Madre de Cristo fue a la montaña a decir su Magnificat. Que el Padre. el Hijo y el Espíritu Santo acojan la oración del Papa en este santuario y conceda los dones del Espíritu a todos los que oran."

(Juan Pablo II - Peregrinacion al Santuario Mariano de la Mentorella - 29 de octubre de 1978)

 

 

martes, 27 de octubre de 2026

¿Matar en nombre de Dios? (Stanislaw Dziwisz/Gian Franco Svidercoschi – 2 de 2

 



(Svidercoschi)

Era el 11 de septiembre de 2001.

Entre las 8.45 y las 9.45 (hora local), tres aviones, con docenas de pasajeros a bordo, se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York, y, en Washington, contra el ala oeste del Pentágono.

 El nuevo terrorismo, encabezado por Al Qaeda (la Base) y Osama bin Laden, el terrorismo invisible, el de las armas sofisticadas y homicidas, el multimillonario, alimentado por el fundamentalismo islámico, le declaraba la guerra a Estados Unidos, a Occidente. Y era una guerra manipulada por la religión, llevaba la muerte y la destrucción en nombre de Dios


…

(Dziwisz)

El Santo Padre se encontraba en Castelgandolfo. Sonò el teléfono y, al otro lado de la línea  se escucho la voz asustada del cardenal Sodano, el secretario de Estado. El Papa pidió que se pusiera la televisión y vio  aquellas imágenes dramáticas, el derrumbe de las Torres Gemelas con tantas pobres victimas aprisionadas dentro. Pasó el resto de la tarde entre la capilla y la televisión, arrastrando consigo todo su sufrimiento.

A la mañana siguiente, el Papa celebró misa. Luego, en la plaza de San Pedro, concedió una audiencia general con carácter extraordinario. Recuerdo sus palabras: «Un dia negro en la historia de la humanidad». Y recuerdo también que, antes de la oración, se les pidió a los fieles que no aplaudiesen, que no cantasen. Era un día de luto.

Estaba preocupado, muy preocupado; se temía que aquello no acabase ahí, que el atentado pudiese desencadenar una espiral de violencia sin fin. También porque, según su opinión, la plaga del terrorismo se estaba extendiendo, entre otros motivos, por el grave estado de pobreza, por la escasez de medios para la educación, y el desarrollo cultural que padecían muchos países árabes. Y, por lo tanto, para derrotar el terrorismo era necesario eliminar las enormes desigualdades sociales y económicas entre norte y sur.

Una vez más, Juan Pablo II juzgó correctamente. Afganistán había sido liberado del yugo del régimen de los talibanes, pero para acabar con las bases terroristas fueron asesinadas muchas personas inocentes. Y no tuvo que pasar mucho tiempo  para que estuviese claro que la máquina de la guerra no se iba a detener o, más exactamente, que los hombres no querían detenerla.

Fue entonces cuando el Papa Wojtyla, ya muy anciano muy cansado y muy enfermo, se lanzó a la que iba a ser, probablemente, la fase más dolorosa y agotadora de toda su labor en pro de la paz. Fue por todo el mundo, hasta a Azerbaiyán, para pronunciarse en contra de la violencia, en contra de la guerra emprendida «en el nombre de Dios». Mandó a sus enviados a Irak y a Estados Unidos, se reunió con jefes de Estado y políticos, para conjurar le peligro de aquella guerra absurda. Una guerra para la que se había acuñado la etiqueta de preventiva, pero que, en realidad, conducida de ese modo iba a ser unilateral y, por lo tanto, ilegal e inmoral.

El 15 de marzo de 2003, sábado. En compañía del cardenal Sodano y monseñor Tauran, el Santo Padre recibió al cardenal Pio Laghi, de regreso de su misión a Estados Unidos. Y Laghi, sin darlo aún todo por perdido, refirió cuanto le había dicho el presidente americano. Bush comprendía perfectamente las razones morales del Papa, pero ya no podía echarse atrás. Le había dado un ultimátum de veinticuatro horas a Sadam Husein.

Mientras tanto, el cardenal Etchegaray ya había traído la respuesta, no demasiado negativa pero sin duda ambigua, de los gobernantes iraquíes: estaban dispuestos a colaborar con los inspectores de las Naciones Unidas, pero se mostraban reticentes acerca de las denominadas armas de destrucción masiva.

Ya se sabía todo lo que había que saber. De aquella reunión del 15 de marzo surgió el texto del Ángelus del día siguiente, que contenía un acongojado pero, al  mismo tiempo, decidido llamamiento tanto a Sadam Husein como a los países que integraban el Consejo de Seguridad de la ONU. Y, al leerlo desde la ventana, el Santo Padre casi quiso irse en compañía de aquella última  esperanza que salía hacia los caminos del mundo.  Repitió tres veces «Aún hay tiempo! Nunca es demasiado tarde!»

Pero todo esto, evidentemente, no le pareció suficiente. Había intuido, más allá de los indicios, que la situación estaba a punto de precipitarse, que se estaba yendo hacia la guerra, con el riesgo añadido de que ésta pudiese transformarse en una guerra de civilizaciones o, peor, en una« guerra santa».

Entonces sintió la necesidad de decir aquello que llevaba dentro de su corazón, de aportar su testimonio personal. Quiso recordar que él pertenecía a la generación de los que habían vivido la guerra y que, también por eso, sentía que era su deber afirmar: «Nunca más la guerra».

Desde el lugr del estudio en el que me encontraba sólo lo veìa de perfil, pero lo veìa. Veia su rostro que se tensaba cada vez más, y su mano derecha que parecía querer imprimirle más fuerza a las palabras.

En la noche del 20 de marzo comenzaron a caer las primeras bombas sobre Bagdad. Se había iniciado  la segunda guerra contra Sadam Husein. Por la mañana temprano, Juan Pablo I fue informado por la Secretaria de Estado.

Durante los días siguientes, vi al Santo Padre lleno de dolor; sufría por la enormidad de aquella nueva tragedia. Pero me pareció que también tenía una serenidad toda suya, una serenidad interior, quiero decir. En ningún momento, ni siquiera al final, se había resignado a la sola idea de la guerra. Consideraba que había hecho todo lo posible para evitarla. Había defendido la paz, como en otras ocasiones.

Antes de cada prueba, nunca se preguntaba si saldría derrotado o no. No se planteaba en absoluto ese problema. Asì ocurrió también aquella vez. Había intentado cumplieron su deber para con Dios, la Iglesia y los hombres. Y lo había hecho como el hombre libre que era, sin dejarse condicionar ni por Occidente ni por Oriente. Quizá por eso había conseguido, con su autoridad moral, con su credibilidad, mantener fuera del conflicto las relaciones entre islam y cristianismo.

En un momento en el que el mundo parecía estallar bajo el peso de tantas trágicas contradicciones, sólo él, el testigo de la paz, recordaba que el camino de la historia, la evolución del pensamiento y, sobre todo, las religiones, presentan, pese a todo, un movimiento irresistible hacia la  unidad. Y aquella frase que Juan Pablo II había repetido a lo largo de todo su pontificado. – «El mundo puede cambiar» – ha sido quizá, la herencia más preciosa que les podía dejar a los hombres del siglo XXI.

 (Dziwisz Estanislao /  Svidercoschi Gian Franco 2008 UNA VIDA CON KAROL capitulo 11, «Abrid las puertas a Cristo» páginas 238/242, La Esfera de los Libros)

 

sábado, 24 de octubre de 2026

¿Matar en nombre de Dios? (Stanislaw Dziwisz/Gian Franco Svidercoschi – 1 de 2

 


(Svidercoschi)

No era tarea fácil borrar, olvidar siquiera, catorce siglos de conflictos, de prejuicios, de «guerras santas». Desde el nacimiento del islam, la historia de sus relaciones con el cristianismo – salvo rarísimas excepciones – ha sido siempre una historia de antagonismos, de mutuos intentos de dominación, cuando no de aniquilación. De un lado, las cruzadas. Del otro, las invasiones de Europa. De un lado, la cruz de Cristo en los estandartes, del otro, el nombre de Alá grabado en las cimitarras, en los fusiles.

Luego, el vuelco. El Concilio Vaticano II también había mostrado una actitud positiva con respecto a la religión musulmana. Se habían ido relajando, poco a poco, las tensiones de antaño. Se habían  producido declaraciones conjuntas para condenar actos de violencia, como los sucedidos en Argelia. Pero fue sobre todo con Juan Pablo II con quien empezaron a cambiar las cosas. Incluso escribió «la civilización católica», ningún otro Papa le había prestado personalmente «tanta atención» a las relaciones con los musulmanes.

(Dziwisz) La experiencia acumulada durante los viajes a países musulmanes fue de una importancia decisiva. El Santo Padre se convenció cada vez mas de que la Iglesia católica tenía que multiplicar sus esfuerzos para ampliar lo antes posible los espacios de diálogo y de la colaboración con el islam. El mundo – decía – también saldría beneficiado de la existencia de unas buenas relaciones entre las dos grandes tradiciones religiosas.

Al final de un largo viaje por África, en la primavera de 1985, el Pontífice se detuvo en Marruecos, donde recibió una acogida excepcional para tratarse de un país musulmán. El rey Hasan II se había ocupado personalmente de los preparativos,  hasta la decoración del altar. Pero el momento culminante fue el encuentro, en Casablanca, con el menos ochenta mil jóvenes musulmanes. Una esplendida mancha blanca que recubría el estado y el prado. «Tenemos que respetarnos»  dijo Juan Pablo II, y su franqueza conquisto el auditorio.

Se presentó como lo que era, el obispo de Roma, la cabeza de la Iglesia católica, y nada más empezar explicó que estaba allí para hablar de Jesucristo nada de camuflajes, ni subterfugios. Pero, sobre todo,  se presentó como un creyente en Dios que estaba ante otros creyentes en Dios. Simplemente, quiero ofrecerosaquí el testimonio de aquello en lo que creo. 

Era extraordinario comprobar cómo los jóvenes aplaudían en los momentos en que había que hacerlo. No podían conocer de antemano el texto del discurso, ni estar preparados.  No había más remedio que deducir que estaban atentos, interesados por lo que les decía el Santo Padre: cristianos y musulmanes, en cuanto hijos de Abraham, creen en el mismo Dios, el único Dios, tienen muchas cosas en común, como creyentes y como hombres, y especialmente hoy, en un mundo cada vez más secularizado y más ateo, cristianos y musulmanes tienen que dar testimonio común de sus valores espirituales.

Fue realmente un encuentro inolvidable. Muchos periódicos publicaron crónicas positivas. 

Al año siguiente se celebró en Asís la Jornada de oración por la Paz, a la que acudieron también algunos representantes musulmanes: o, al menos, vinieron los representantes del islam más espiritual, más moderado, dado que esta religon – de más de mil millones de seguidores – se caracteriza porque está extremadamente fragmentada en sus posturas, sus comportamientos.



Además, justo en esa época, la gran variedad de posturas estaba saliendo a la superficie, de un lado, por el recrudecimiento del conflicto árabe-israelí, ocasionado por el problema palestino; del otro, por el progresivo aumento de los grupos integristas y de los Estados dominados por la sharia, es decir, por la subordinación de las leyes civiles a los preceptos religiosos. O por casos como el de Arabia Saudí, donde no está permitido que haya un solo lugar sagrado para el culto católico.

Esta era una preocupación que afloraba cada vez con más frecuencia en las reflexiones que el Santo Padre hacía con sus más estrechos colaboradores. Era preciso hacer cuanto estuviera en manos de la Santa Sede para impedir que estallasen guerras en Oriente Próximo y, sobre todo, que estas guerras tuviesen la mas mínima apariencia de conflicto religioso.

La fe en Dios no podía conducir, de ninguna de las maneras, a que los poblemas se resolvieran mediante un conflicto armado. ¡Sería una blasfemia pensar lo contrario! He aquí porque  –difundiendo el espíritu de Asís – era necesario hacer todo lo posible para profundizar el diálogo entre las religiones monoteístas, pero también con otras religiones.

Para el año 2000, Juan  Pablo II tenía proyectada una peregrinación jubilar siguiendo las huellas de Abraham, de Moisés, de Jesús y de Pablo. Casi un regreso a los  orígenes de la historia del cristianismo y a los mismos lugares en los que Dios había dejado su «huella». Pero la primera etapa, la de Ur de los caldeos, en Irak, se la impidieron hacer,  el Papa tuvo que empezar su peregrinación en el Vaticano  con una solemne conmemoración de Abraham.

Estaba disgustado por la negativa, obviamente. Pero lo estaba todavía más porque no se hubiera comprendido que su deseo era seguir las huellas de aquel que es el padre común también para los musulmanes.

Una negativa extraña. El cardenal Echegaray había ido a Irak a organizar el viaje. Las fuerzas multinacionales le habían hecho saber que podían garantizar la seguridad. Y, en cambio, después de una larga espera, llegó aquel no de Sadam Husein. Muy educado, entendámonos aduciendo problemas con la seguridad, ¿pero era verdaderamente el motivo? Para que resultase menos amarga aquella negativa, los obispos iraquíes le llevaron de regalo un ladrillo de la casa de Abraham. Yél: «Y pensar que siempre he creído que Abraham vivía en una tienda…»

De todas formas, durante la peregrinación, Juan Pablo II pudo recorrer también los «caminos» del mundo musulmán. Fue a El Cairo, al Sinaì, a Jordania, al monte Nebo, a Palestina, a Belén, a Jerusalén, a la Cúpula de la Roca, uno de los lugares más sagrados para el islam. ¿Quién hubiera podido imaginar lo que iba a ocurrir al año siguiente?



Debo decir que, tres meses antes del viaje del Santo Padre a Siria, todavía no se sabía nada. Ni siquiera se había hablado de ello. Y no sólo en aquella ocasión sino tampoco en las precedentes en El Cairo, en Jerusalén, nadie había invitado al Papa a entrar en una mezquita. No sé, quizás, no lo habían hecho por delicadeza, pensando que lo iban a poner en una situación embarazosa. Y el Papa, ciertamente, no podía pedirles que le llevaran. Y de repente, llegó aquella invitación procedente de Damasco. La idea era, un poco, del Gobierno sirio, y otro poco de los círculos islámicos. Al final, todos de acuerdo. Muy contentos por haber pensado en ello. Y por haber tomado la iniciativa.

Así el 6 de mayo de 2001, el jefe de la Iglesia católica entró por primera vez en una mezquita: la mezquita Omeya, donde se conserva el memoria de San Juan Bautista. Ésta también fue una gran página de la historia religiosa. No solo por lo que significaba con respecto a un turbulento pasado, sino, sobre todo, por el compromiso, por parte de cristianos y musulmanes, de no «abusar» más de la religión para justificar la violencia y el odio, de redescubrir los fundamentos comunes. EN resumen, como entonces se dijo, de no regatear esfuerzos para presentar a ambas religiones no enfrentadas, como ya había ocurrido demasiados veces, sino colaborando entre ellas.

Parecía que era el inicio de un periodo de convivencia pacífica, constructiva. El santo Padre no escondía la esperanza de que el mundo, también gracias al clima espiritual propiciado por el Jubileo, fuese a encontrar una cierta tranquilidad. Y que, por lo tanto, se pudiese llegar a una paz más estable, más difundida, y con ello, a una ampliación del espacio de la justicia…

 (Dziwisz Estanislao /  Svidercoschi Gian Franco 2008 UNA VIDA CON KAROL capitulo 11, «Abrid las puertas a Cristo» páginas 235/238, La Esfera de los Libros)

 

Una sola es la Iglesia fundada por Cristo Señor – fracturas y escisiones

 


La autorrevelación de Dios, que ha alcanzado su plenitud en Jesucristo, es la fuente de la fe cristiana: es decir, de ese "Credo" al que la Iglesia da expresión en los Símbolos de Fe. Sin embargo, en el ámbito de esta fe cristiana se han verificado a través de los siglos varias fracturas y escisiones. "Todos se confiesan discípulos del Señor, pero (las Comuniones cristianas) sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido (cf. 1 Cor 1, 13)". "Porque una sola es la Iglesia fundada por Cristo Señor; muchas son, sin embargo, las Comuniones cristianas que a sí mismas se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo" (Unitatis redintegratio, I ), en divergencia con las otras y principalmente con la Iglesia católica, apostólica, romana.


A decir verdad, ya desde los tiempos apostólicos se lamentan divisiones entre los discípulos de Cristo, y San Pablo reprende severamente a los responsables como merecedores de condena (cf. 1 Cor 11, 18-19; Gál 1, 6-9; cf. 1 Jn 2, 18-19; cf. Unitatis redintegratio, 3). Las divisiones no faltaron tampoco en los tiempos post-apostólicos. Una atención especial merecen las que "ocurrieron en Oriente, por la contestación de las fórmulas dogmáticas de los Concilios de Efeso y Calcedonia" (Unitatis redintegratio, 13), referentes a la relación entre la naturaleza divina y la naturaleza humana de Jesucristo.

Sin embargo, se deben nombrar aquí sobre todo las dos divisiones mayores, la primera de las cuales interesó al cristianismo sobre todo en Oriente, la segunda en Occidente. La ruptura en Oriente, el llamado cisma oriental, vinculado a la fecha del 1054, ocurrió "por la ruptura de la comunión eclesiástica entre los Patriarcados orientales y la Sede Romana" (Unitatis redintegratio, 13). Como consecuencia de esta ruptura existen en el ámbito del cristianismo la Iglesia católica (romano-católica) y la Iglesia o Iglesias ortodoxas, cuyo centro histórico se halla en Constantinopla.

"En Occidente acaecieron las otras (divisiones), después de más de cuatro siglos, a causa de los sucesos comúnmente conocidos con el nombre de Reforma. A partir de entonces muchas Comuniones, ya nacionales, ya confesionales, quedaron separadas de la Sede Romana. Entre aquellas en las que las tradiciones y estructuras católicas continúan subsistiendo en parte, ocupa lugar especial la Comunión anglicana. Sin embargo, estas diversas separaciones difieren mucho entre sí, no sólo por razones de origen, lugar y época, sino, sobre todo, por la naturaleza y gravedad de los problemas que se refieren a la fe y a la estructura eclesiástica" (ib.).

No se trata pues sólo de divisiones referentes a la disciplina. Es el contenido mismo del "Credo" cristiano el que resulta herido. Un teólogo protestante moderno, K. Barth, ha expresado esta situación de división con la frase siguiente: "Todos creemos en un solo Cristo, pero no todos de la misma manera".

El Concilio Vaticano II se pronuncia así: "Esta división contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres" (Unitatis redintegratio, 1).


Los cristianos de hoy deben recordar y meditar con una sensibilidad especial las palabras de la oración que Cristo Señor dirigió al Padre la noche en la que iba a ser traicionado: "Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21).

El vivo eco de estas palabras hace que, especialmente en la situación histórica actual, estemos invadidos, al recitar el "Credo" cristiano, por un ardiente deseo de la unión de los cristianos hasta la plena unidad en la fe.

 

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