(...) Es el
misterio de la universalidad de la salvación y al mismo tiempo de su vínculo
necesario con la mediación histórica de Jesucristo, precedida por la del pueblo
de Israel y prolongada por la de la Iglesia. Dios es amor y quiere que todos
los hombres participen de su vida; para realizar este designio él, que es uno y
trino, crea en el mundo un misterio de comunión humano y divino, histórico y
trascendente: lo crea con el «método» —por decirlo así— de la alianza,
vinculándose con amor fiel e interminable a los hombres, formando un pueblo
santo que se convierta en una bendición para todas las familias de la tierra
(cf. Gn 12, 3). Se revela así
como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (cf. Ex 3,
6), que quiere llevar a su pueblo a la «tierra» de la libertad y de la paz.
Esta «tierra» no es de este mundo; todo el designio divino sobrepasa a la
historia, pero el Señor lo quiere construir con los hombres, por los hombres y
en los hombres, a partir de las coordenadas de espacio y tiempo en las que
ellos viven y que él mismo ha dado.
De dichas
coordenadas forma parte, con su especificidad, lo que nosotros llamamos
«Oriente Medio». Dios también ve esta región del mundo desde una perspectiva
distinta, podríamos decir «desde lo alto»: es la tierra de Abraham, de Isaac y
de Jacob; la tierra del éxodo y del regreso del exilio; la tierra del templo y
de los profetas; la tierra en la que el Hijo Unigénito nació de María, donde
vivió, murió y resucitó; la cuna de la Iglesia, constituida para llevar el
Evangelio de Cristo hasta los confines del mundo. Y también nosotros, como
creyentes, miramos a Oriente Medio con esta mirada, desde el punto de vista de
la historia de la salvación. Es la perspectiva interior que me ha guiado en los
viajes apostólicos a Turquía, Tierra Santa —Jordania,
Israel, Palestina— y Chipre, donde he podido
conocer de cerca las alegrías y las preocupaciones de las comunidades
cristianas. Por eso también he acogido de buen grado la propuesta de los
patriarcas y obispos de convocar una Asamblea sinodal para reflexionar juntos,
a la luz de las Sagradas Escrituras y de la Tradición de la Iglesia, sobre el
presente y el futuro de los fieles y las poblaciones de Oriente Medio.
Mirar esa parte
del mundo desde la perspectiva de Dios significa reconocer en ella la «cuna» de
un designio universal de salvación en el amor, un misterio de comunión que se
cumple en la libertad y, por tanto, pide a los hombres una respuesta. Abraham,
los profetas, la Virgen María son los protagonistas de esta respuesta, que
tiene su último cumplimiento en Jesucristo, hijo de esa misma tierra, pero que
bajó del cielo. De él, de su corazón y de su Espíritu, nació la Iglesia, que es
peregrina en este mundo, pero que le pertenece. La Iglesia está constituida
para ser, en medio de los hombres, signo e instrumento del único y universal
proyecto salvífico de Dios; cumple esta misión sencillamente siendo ella misma,
es decir, «comunión y testimonio», como reza el tema de la Asamblea sinodal que
se abre hoy, y que hace referencia a la célebre definición que da san Lucas de
la primera comunidad cristiana: «La multitud de los creyentes no tenía sino un
solo corazón y una sola alma» (Hch 4,
32). Sin comunión no puede haber testimonio: el gran testimonio es precisamente
la vida de comunión. Lo dijo claramente Jesús: «En esto conocerán todos que
sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 35). Esta comunión es la vida misma
de Dios que se comunica en el Espíritu Santo, mediante Jesucristo. Es, por
tanto, un don, no algo que ante todo tenemos que construir con nuestras
fuerzas. Y es precisamente por esto por lo que interpela nuestra libertad y
espera nuestra respuesta: la comunión nos pide siempre la conversión, como don
que debe ser acogido y cumplido cada vez mejor. Los primeros cristianos, en
Jerusalén, eran pocos. Nadie habría podido imaginarse lo que ocurrió después. Y
la Iglesia vive siempre de esa misma fuerza que la hizo ponerse en marcha y
crecer. Pentecostés es el acontecimiento originario, pero también es un
dinamismo permanente, y el Sínodo de los obispos es un momento privilegiado en
el que se puede renovar en el camino de la Iglesia la gracia de Pentecostés, a
fin de que la Buena Nueva sea anunciada con franqueza y pueda ser acogida por
todas las gentes.


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