Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

viernes, 3 de julio de 2026

El dolor de una ruptura - Andrea Tornielli

 


Acto cismático y excomuniones latae sententiae

En ese doloroso día en el que se publica el decreto que constata la excomunión en la que incurrieron automáticamente, en el preciso momento de la imposición de manos, los dos obispos lefebvrianos, Galarreta y Fellay, y los cuatro nuevos obispos consagrados, hay quienes, con razón, señalan la abierta contradicción de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. De palabra, en sus declaraciones formales, afirma reconocer la legitimidad y la autoridad del Sucesor de Pedro, León XIV, amarlo y rezar por él. En la práctica —y los hechos siempre cuentan más que las palabras—, no se ha tenido en cuenta en absoluto su voluntad expresa, sus repetidos llamamientos, su petición de no proceder a las consagraciones cismáticas sin mandato pontificio; es más, las consagraciones cismáticas están explícitamente prohibidas por el Pontífice.

En estos días se han recordado las palabras de san Pío X, el Papa del que la Fraternidad toma su nombre, quien en 1912 decía: «¿Y cómo hay que amar al Papa? Non verbo neque lingua (no con palabras ni con la lengua, nota del editor) sed opere et veritate (sino con hechos y en la verdad, nota del editor)… para demostrar nuestro amor al Papa es necesario obedecerle. Por eso, cuando se ama al Papa, no se discute sobre lo que Él dispone o exige, ni hasta dónde debe llegar la obediencia, ni en qué cosas se debe obedecer». Se ha mencionado la paradoja de los tradicionalistas que consideran intocable el rito, pero se inventan una fórmula para suplir la falta de un elemento esencial en toda ordenación episcopal católica: el mandato del Papa.

La cuestión real, sin embargo, es otra. Y no tiene nada que ver con la misa en rito preconciliar (erróneamente denominada «misa en latín»), ya que a los fieles apegados a esa forma litúrgica todavía se les permite celebrarla en plena comunión con Pedro. El verdadero quid de la cuestión es qué es la Tradición y, sobre todo, quién debe custodiarla, haciendo crecer nuestra comprensión de la Tradición bajo la inspiración del Espíritu Santo. Si la Tradición se cristaliza en un sistema ideológico, si se arroga el derecho de juzgar un concilio presidido por dos Papas santos con la participación de tres mil obispos de todo el mundo, que promulgó documentos aprobados prácticamente por unanimidad; si se pretende que el Sucesor de Pedro y toda la Iglesia católica deban aceptar y hacer suyas las ideas teológicas de un grupo concreto, hay algo profundamente contradictorio.

Pero, sobre todo, hay algo muy alejado de la fe católica, cuyo secreto —explicaba el gran escritor Vittorio Messori, fallecido el pasado Viernes Santo, quien tanto se había esforzado por el regreso de la Fraternidad San Pío X a la plena comunión— es y sigue siendo «l’et et», no «l’aut aut». Y, por lo tanto, hay lugar en la Iglesia para los fieles apegados a la liturgia antigua; hay lugar en la Iglesia para debatir, para leer y releer los documentos e interpretarlos. Pero no para juzgar al Papa ni para desobedecerle cometiendo actos que desgarran la unidad del «Cuerpo Místico» de Cristo, que es la Iglesia; tampoco para crear una jerarquía paralela en contra de la prohibición explícita de aquel a quien Jesús dijo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

 

Fuente: Vatican News

El cisma de Lefebvre se repite 38 años después – Andrea Tornielli

 


A pesar de los generosos esfuerzos de San Pablo VI y San Juan Pablo II, la decisión de revocar la excomunión impuesta por Benedicto XVI y las facultades otorgadas por Francisco, con las consagraciones ilícitas realizadas en contra de la voluntad del Papa, la Fraternidad Sacerdotal vuelve a separarse de Roma.

 Es una historia turbulenta, marcada por generosos esfuerzos, puertas abiertas y oportunidades ofrecidas. Es una historia dolorosa, caracterizada por dos graves cismas que llevaron a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por el arzobispo Marcel Lefebvre, a separarse del Papa y de la comunión con la Iglesia de Roma al cometer el acto cismático de consagrar obispos sin el mandato pontificio y en contra de la voluntad del Vicario de Cristo. La escisión ocurrida el pasado 1 de julio tiene graves consecuencias no solo para los obispos y sacerdotes lefebvrianos, sino para todos los fieles, dado que —como se afirma en la Nota Explicativa del Dicasterio para la Doctrina de la Fe— los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal «administran ilícitamente los sacramentos, y que el sacramento de la penitencia administrado por ellos y los matrimonios asistidos por ellos son inválidos».

Durante el Concilio Vaticano II, el arzobispo francés Marcel Lefebvre, miembro de la minoría conciliar que se oponía a algunas de las reformas, firmó, no obstante, la Constitución sobre la Liturgia (Sacrosanctum Concilium) y la Declaración sobre la Libertad Religiosa (Dignitatis Humanae). Cabe recordar también que Lefebvre celebró la Misa de 1965, que contenía las primeras reformas litúrgicas, aún experimentales. Tras fundar la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X en 1970, con su propio seminario en Écône, en la diócesis suiza de Friburgo, y con el reconocimiento del obispo diocesano, François Charrière, Lefebvre se negó a celebrar según el nuevo Misal Romano y, en 1974, definió las introducidas por el último Concilio como «innovaciones destructivas para la Iglesia». «Nos negamos», declaró por escrito el 21 de noviembre de 1974, «y siempre nos hemos negado a seguir a la Roma de las tendencias neo-modernistas y neo-protestantes, que se manifestaron claramente en el Concilio Vaticano II y, posteriormente, en todas las reformas que de él se derivaron. Todas estas reformas, de hecho, han contribuido y siguen contribuyendo a la destrucción de la Iglesia…». La diócesis retiró su reconocimiento a la Fraternidad Sacerdotal, pero la Santa Sede buscó el diálogo con el arzobispo. Pablo VI instituyó una comisión para escuchar sus peticiones y, en 1975, le pidió a Lefebvre que cerrara el seminario de Écône y que no realizara nuevas ordenaciones sacerdotales. El Papa Montini le pidió tres veces al arzobispo y envió prelados de su confianza a visitar la sede de los tradicionalistas. Tras otra negativa, Marcel Lefebvre fue suspendido a divinis. Ya no podía celebrar más. Sin embargo, en agosto de ese mismo año, presidió la Misa que para entonces había sido prohibida ante diez mil fieles y cuatrocientos periodistas, obteniendo una enorme cobertura mediática. En septiembre de 1976, Lefebvre fue recibido en audiencia por el Papa en Castel Gandolfo. La conversación no llegó a buen puerto. En una conversación con el filósofo francés Jean Guitton en septiembre de 1976, quien le había pedido que hiciera «todo lo posible e imposible para evitar» un cisma, Pablo VI respondió: «Siento esto exactamente como usted. E incluso infinitamente más que usted: es la primera cruz real en los trece años transcurridos desde mi pontificado. Pero puedo decirle que he hecho todo lo posible para evitarlo». Y añadió: «No veo... cómo, de hecho, en unos meses, no nos veremos obligados a transformar esta falta de comunión en excomunión». En realidad, esto no sucederá. No pasarán meses, sino varios años, a pesar de la mano siempre extendida del Sucesor de Pedro.

 Tras la elección de Juan Pablo II, Lefebvre parece ver a Roma con otros ojos. El 18 de noviembre de 1978, el arzobispo fue recibido en audiencia y, en una carta fechada el 8 de marzo de 1980, dirigida al Papa, el prelado escribió que no tenía «ninguna duda sobre la legitimidad y validez de su elección» y que «nunca había afirmado» que la Misa posconciliar «fuera en sí misma inválida o herética». Un acuerdo para, al menos parcialmente, subsanar las diferencias y levantar las suspensiones a divinis parecía posible diez años después de aquel encuentro con Wojtyla, en abril de 1988. El cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, junto con el secretario del Dicasterio, el arzobispo Alberto Bovone, dirigió personalmente las difíciles negociaciones con el arzobispo Lefebvre y algunos de sus colaboradores durante tres días (del 11 al 13 de abril). El estímulo más significativo provino del propio Papa en vísperas del encuentro. El cardenal bávaro, con paciencia e inteligencia, logró firmar un protocolo doctrinal común con el obispo tradicionalista. El texto se finalizó en la reunión celebrada en Roma el 4 de mayo de 1988 y fue firmado por Ratzinger y Lefebvre al día siguiente. En dicho texto, el obispo y los miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X prometen «ser siempre fieles a la Iglesia Católica y al Romano Pontífice»; declaran que «aceptan la doctrina contenida en el n.º 25 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II sobre el Magisterio Eclesiástico y la debida adhesión»; y se comprometen a «adoptar una actitud positiva y a comunicarse con la Sede Apostólica, evitando toda polémica» respecto a ciertos puntos enseñados por el Concilio o relacionados con reformas posteriores de la liturgia y el derecho, que a los tradicionalistas les parecen «difíciles de conciliar con la Tradición». «Declaramos además», afirma el protocolo, «que reconocemos la validez del Sacrificio de la Misa y de los sacramentos celebrados con la intención de hacer lo que hace la Iglesia» según los ritos promulgados por Pablo VI y Juan Pablo II. El acuerdo también aborda otras cuestiones: la Fraternidad Sacerdotal debería convertirse en una Sociedad de Vida Apostólica, gozando así de plena autonomía, y por «razones prácticas y psicológicas, se considera útil la consagración de un obispo que sea miembro de la Fraternidad Sacerdotal». Todo parece estar resuelto.

El primer acto cismático

Pero de repente, en la mañana del 6 de mayo de 1988, el obispo francés interrumpió las negociaciones, reconsideró su postura e informó en privado a Ratzinger de su intención de consagrar nuevos obispos el 30 de junio. El comportamiento de Lefebvre parece haber estado motivado por la creencia de que la Santa Sede no había encontrado candidatos idóneos para el episcopado entre el clero de la Fraternidad Sacerdotal y por el temor de que el nuevo obispo procediera de fuera. Un encuentro posterior, el 24 de mayo, no llegó a buen puerto, y el 2 de junio, Lefebvre escribió a Juan Pablo II, informándole de la sorprendente decisión: él y sus seguidores esperarían «un momento más propicio para el retorno de Roma a la tradición», orando para que «la Roma de hoy, infectada por el modernismo, vuelva a ser la Roma católica». El 29 de junio, veinticuatro horas antes de las consagraciones anunciadas, Ratzinger envió un telegrama al arzobispo: «Por amor a Cristo y a su Iglesia, el Santo Padre le pide de manera paternal y firme que venga hoy a Roma, sin proceder con las ordenaciones episcopales que anunció para el 30 de junio…». Pero para entonces Lefebvre ya había tomado una decisión, y al día siguiente, asistido por el anciano prelado brasileño de la diócesis de Campos, Antonio de Castro Mayer, ordenó obispos a cuatro sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal: Bernard Fellay, Alfonso de Galarreta, Richard Williamson y Bernard Tissier de Mallerais. El 1 de julio, los consagrantes y los consagrados fueron sometidos a excomunión latae sententiae por haber cometido un acto cismático. Si bien en 1988 el cardenal Ratzinger alcanzó un acuerdo doctrinal con los tradicionalistas de Écône, este fue anulado por problemas eminentemente prácticos. En las negociaciones de los años siguientes, la Santa Sede se mostró dispuesta a ceder lo máximo posible en cuanto a una solución canónica, mientras que los lefebvrianos persistieron en su creencia de que faltaba «claridad doctrinal», exigiendo de hecho que la Iglesia Católica y el Papa renunciaran a partes del Concilio y del Magisterio posconciliar.

La peregrinación del año 2000 y las concesiones de Benedicto

El intento de reconciliación con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X se reanudó en agosto del año 2000. Los lefebvrianos realizaron una peregrinación jubilar a Roma y marcharon ordenadamente por la Plaza de San Pedro. Monseñor Fellay, acompañado por el cardenal Darío Castrillón Hoyos, presidente de la comisión Ecclesia Dei, fue recibido brevemente por Juan Pablo II. Los contactos continuaron e intensificaron tras la elección de Benedicto XVI, quien, con dos decisiones tomadas en un lapso de dos años, atendió las demandas de los tradicionalistas. El 7 de julio de 2007, publicó el Motu Proprio Summorum Pontificum, que liberalizó el uso del Misal Romano de 1962, anterior al Concilio Vaticano II y considerado una forma extraordinaria de la liturgia de la Iglesia Católica de Rito Latino. Y el 24 de enero de 2009, el Papa Ratzinger revocó la excomunión de 1988 de los cuatro obispos consagrados ilícitamente por Lefebvre. El decreto de revocación es un acto unilateral de reconciliación que sana la existencia de un mini-cisma y abre la puerta al diálogo con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Lamentablemente, la publicación de la decisión estuvo precedida por la emisión de una entrevista con uno de los obispos lefebvrianos cuya excomunión había sido revocada, Richard Williamson, quien, en declaraciones a una emisora ​​sueca el noviembre anterior, durante su estancia en Alemania, había negado el exterminio de judíos en las cámaras de gas por los nazis. La entrevista desató una intensa controversia contra Benedicto XVI, quien esperaba que la revocación fuera seguida de un «compromiso inmediato» por parte de los obispos lefebvrianos «para dar los pasos necesarios para alcanzar la plena comunión con la Iglesia, dando así testimonio de verdadera fidelidad y verdadero reconocimiento del magisterio y la autoridad del Papa y del Concilio Vaticano II».

 El preámbulo de 2011 y las facultades de Francisco

Pasaron los años y, en septiembre de 2011, al concluir una serie de debates doctrinales —iniciados por la Fraternidad San Pío X—, la Santa Sede presentó un breve documento solicitando la firma de los lefebvrianos. El texto contenía esencialmente tres puntos, entre ellos la petición de firmar la «profesión de fe» requerida a todo aquel que asume un cargo eclesiástico, garantizando así la «sumisión religiosa de la voluntad y el intelecto» a las enseñanzas que el Papa y el colegio episcopal «proponen al ejercer su auténtico magisterio», aunque no se proclamen dogmáticamente, como ocurre con la mayoría de los documentos magisteriales. Las autoridades vaticanas reiteraron que la firma del preámbulo no implicaba poner fin a «la legítima discusión, estudio y explicación teológica de expresiones o formulaciones individuales presentes en los documentos del Concilio Vaticano II». Sin embargo, este intento también fracasó: Fellay declaró inaceptable el texto doctrinal propuesto. En los años siguientes, se dejaron de lado los preámbulos doctrinales y se exploraron soluciones canónicas —como la administración apostólica o la prelatura personal—, pero el obispo Fellay, entonces superior de los lefebvrianos, dejó claro que «la Fraternidad Sacerdotal no busca principalmente el reconocimiento canónico». Mientras tanto, los interlocutores habían cambiado, y el Papa Francisco ocupaba la Cátedra de Pedro. Con motivo del Jubileo de la Misericordia en 2016, el Papa Francisco otorgó a los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal facultades especiales para escuchar confesiones y absolver válidamente a los fieles. Esta medida, destinada a unir a los fieles, se extendió de forma permanente más allá del Año Santo Extraordinario mediante la Carta Apostólica Misericordia et misera. Si bien la excomunión de sus obispos ya se había levantado en 2009, los sacerdotes lefebvrianos continuaron ejerciendo sin el marco oficial de la jurisdicción ordinaria de la Iglesia Católica Romana. Con este acto, Francisco pretendía abrir el diálogo y la reconciliación pastoral, pensando en el bien de los fieles de la Fraternidad Sacerdotal.

Nuevo cisma, confesiones y matrimonios inválidos

El 2 de febrero de 2026, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X anunció la consagración de nuevos obispos el 1 de julio. El 12 de febrero, el Superior de la Fraternidad Sacerdotal, el padre Davide Pagliarani, fue recibido en Roma por el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. El prefecto propuso a los lefebvrianos «un camino de diálogo específicamente teológico, con una metodología muy precisa, sobre cuestiones que aún no se han aclarado suficientemente», para destacar «los requisitos mínimos para la plena comunión con la Iglesia Católica» y una solución canónica: «La posibilidad de llevar a cabo este diálogo presupone que la Fraternidad suspenda la decisión sobre las ordenaciones episcopales anunciadas». A pesar de los reiterados llamamientos y advertencias para que no procedieran con las nuevas ordenaciones episcopales, a pesar de las reiteradas invitaciones al diálogo, los lefebvrianos profesan obediencia al Sucesor de Pedro de palabra, pero en la práctica no abren ninguna puerta ni toman en consideración las peticiones del Sucesor de Pedro y siguen adelante con su intención, lo que sanciona un nuevo cisma. En respuesta a una pregunta de periodistas en Castel Gandolfo, León XIV declaró el 16 de junio: «Ciertamente, la división entre los cristianos siempre es un punto doloroso, pero se niegan a aceptar ciertos elementos fundamentales de la Iglesia, empezando por varios puntos del Concilio Vaticano II. Si toman esa decisión, lo lamento, pero debemos seguir adelante».

Fuente: Vatican News 

 

 

Quien fue Marcel Lefebvre y la fundación de la Fraternidad San Pio X

 


Tal como leemos en Vida Nueva Digital la historia de este cisma y de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X está intrínsecamente ligada a la figura de un solo hombre: su fundador, el arzobispo Marcel Lefebvre. Lamento infinitamente por los fieles que lo han seguido de buena fe,  hay muchas razones para haberlo hecho. Lastima la desobediencia y la soberbia.

Quizás conociendo mejor su historia resulte más fácil aceptar y reflexionar sobre esta dolorosa y difícil etapa en nuestra Iglesia católica, con tantos documentos que van y vienen citando otros documentos que para nada ayudan a comprender a los fieles en general y quizás – lo que es mas lamentable – ni siquiera se interesen demasiado por lo complejo del caso, tanto de un lado como del otro.  La personalidad del arzobispo Lefebvre fue – por lo que leemos - desde siempre critica y controvertida, una búsqueda incesante de algo nuevo que, sorpresivamente quedo estancado en un periodo,  por otra parte de tanta magnitud y tan interesante de la Iglesia católica,  cuando  pastores de todo los continentes  se encontraron en lo que se llamo Concilio Vaticano II para conversar, discutir y reflexionar exhaustivamente – no sin desencuentros y “rencillas” sobre el estado y el futuro de la Iglesia. Y fue a partir de allí que nació la idea de la Fraternidad.

 Siempre es oportuno recordar las sencillas y profundas palabras llenas de optimismo del  Papa Juan XIII,  primer Padre del Concilio:    "El éxito de una obra tan grande exige la plena y concorde colaboración de todos los fieles: pero, por otra parte, no hay que olvidar que el Concilio Ecuménico es obra, sobre todo del Espíritu Santo, el cual es común al corazón de la Iglesia, y el perpetuo autor y dador de su floreciente primavera"

(Discorsi di Giovanni XXIII, V, pág. 274). En Wikipedia hay un informe  muy completo y actualizado (que supongo habrá elaborado la Fraternidad (o es IA?) , pero es cronológicamente muy completo y esclarecedor y merece la pena ser visto como base y guía) 

 -0-

 

Marcel Lefebvre nació en 1905 en el extremo noroeste de Francia. Su camino en la Iglesia comenzó como sacerdote diocesano: tras completar sus estudios en Roma, fue ordenado en Lille en el año 1924. Sin embargo, su vocación lo llevaría más lejos. En 1931, se unió a la congregación de los Padres del Espíritu Santo, los espiritanos, con el propósito de convertirse en misionero en África.

Su primer destino fue Gabón, donde ejerció como profesor en el seminario y, posteriormente, se convirtió en su rector. Tras un breve regreso a Francia para dedicarse a la formación de sacerdotes, Lefebvre fue nombrado Vicario Apostólico en Dakar, la capital del actual Senegal, en 1941. Su influencia en el continente africano siguió creciendo y, en 1948, fue designado Delegado Apostólico para las colonias francófonas de África. El culmen de esta etapa llegó en 1955, cuando el papa Pío XII elevó el Vicariato Apostólico de Dakar a la categoría de archidiócesis, nombrando a Lefebvre como su primer arzobispo.

El panorama empezó a cambiar con la llegada del papa Juan XXIII. Bajo su pontificado, Lefebvre perdió inicialmente su cargo como Delegado Apostólico. No obstante, en su calidad de presidente de la Conferencia Episcopal de África Occidental, fue convocado para formar parte de la comisión preparatoria del concilio Vaticano II. Simultáneamente, el Papa le otorgó el título honorífico de “Asistente al Solio Pontificio”, vinculándolo a la Familia Pontificia.

A petición del Papa, Lefebvre renunció a su cargo de arzobispo en Dakar para asumir como obispo de Tulle, en Francia –lo que supone claramente una degradación en la jerarquía episcopal–. Sin embargo, ocupó este puesto apenas siete meses, ya que renunció en favor de su elección como Superior General de la congregación de los espiritanos.

Fue con este doble título (Superior General de su orden y arzobispo titular) con el que Lefebvre participó en el Vaticano II. Desde los primeros compases del evento, Lefebvre mostró su insatisfacción. Su molestia inicial radicó en que, en lugar de utilizar los documentos redactados por la Curia romana como base para los debates, la mayoría de los Padres Conciliares —liderados por los cardenales Josef Frings y Achille Liénart— lograron cambiar la agenda oficialista –y continuista– con la elaboración de nuevos borradores.

Lefebvre pronto se convirtió en una figura destacada de una facción de aproximadamente 250 obispos conservadores que conformaron el “Coetus Internationalis Patrum” (*) -  fundado en 1963), grupo del cual asumió la presidencia. A través de numerosas intervenciones, Lefebvre se opuso rotundamente a las ideas de la “colegialidad” de los obispos y, muy especialmente, al concepto de libertad religiosa. Curiosamente, como recordaba en un reportaje katholisch.de, en esa etapa no se opuso a la constitución sobre la sagrada liturgia y, al concluir el Concilio, terminó aceptando inicialmente sus resultados.

A pesar de esa aceptación inicial, las tensiones posteriores al Concilio no hicieron más que aumentar. En 1968, Lefebvre dimitió de su cargo como Superior General de los espiritanos, ya que su propia congregación se negaba a seguir la línea sumamente crítica hacia el concilio que él intentaba marcar.

El punto de no retorno llegó en 1969, cuando el papa Pablo VI promulgó y puso en vigor la gran reforma litúrgica. Lefebvre se negó en rotundo a celebrar la misa en esta “nueva forma” (el ‘Novus Ordo’). Sus múltiples peticiones dirigidas al Papa para que se reconsiderara la reforma litúrgica cayeron en saco roto. Incluso el conocido “Breve examen crítico del Novus Ordo Missae” –un documento teológico redactado por iniciativa de Lefebvre y otros obispos, que contaba con el prominente respaldo del cardenal Alfredo Ottaviani, quien fuera prefecto del Santo Oficio– fue incapaz de hacer cambiar de opinión al pontífice.

 A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron. Un grupo de seminaristas franceses de corte conservador, desconcertados por los cambios en la Iglesia, acudieron a Lefebvre pidiéndole amparo y una formación sacerdotal estrictamente tradicional. Para poder darles una respuesta institucional, Lefebvre buscó el apoyo del obispo de la diócesis suiza de Lausana-Ginebra-Friburgo, François Charrière.

Fue precisamente el obispo Charrière quien sugirió y autorizó (a nivel diocesano) la fundación de lo que hoy conocemos como la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Este sería el refugio institucional desde el cual los tradicionalistas consolidarían su resistencia a las reformas del Vaticano II, sentando las bases definitivas de un distanciamiento dogmático y litúrgico con Roma que perdura hasta el día de hoy.

El 1 de noviembre de 1970, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X fue erigida formalmente a nivel diocesano, con la aprobación de Charrière. Marcel Lefebvre estableció su principal seminario en la localidad suiza de Écône, un lugar que pronto se convertiría en el epicentro mundial de la resistencia tradicionalista.

Sin embargo, la convivencia pacífica con las autoridades eclesiásticas duró poco. Ante las persistentes críticas de Lefebvre al Concilio Vaticano II y su negativa a adoptar la nueva misa, la Santa Sede inició una visita canónica al seminario en 1974. El resultado de estas fricciones fue fulminante: en 1975, el nuevo obispo de Friburgo, Pierre Mamie, retiró la aprobación canónica a la FSSPX y ordenó su disolución.

Lefebvre se negó a acatar la orden y a cerrar Écône, argumentando que las reformas posconciliares estaban destruyendo la Iglesia desde dentro. El desafío directo alcanzó su primer gran clímax en el verano de 1976, cuando Lefebvre ordenó a un grupo de sacerdotes sin el permiso del obispo local ni las cartas dimisorias correspondientes. Como respuesta inmediata, Pablo VI lo suspendió a divinis’, prohibiéndole celebrar la misa y administrar los sacramentos. Lejos de someterse, el arzobispo continuó con su labor pastoral y formativa, operando ya en abierta rebeldía canónica.

 

Invito ver posts en este blog etiquetados Concilio Vaticano II  

Y continuar leyendo el artículo de Vida Nueva Digital sobre el desarrollo a partir de 1988 

Ver también la pagina del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (allí pueden leerse los últimos documentos referidos al tema.

 

(*) Coetus Internationalis Patrum  fue una minoria de “conservadores” o”tradicionalistas” que se dio a conocer oficialmente después del 2do periodo de sesiones del CVII,se dice que eran unos 250 participantes entre 2400 obispos y el Arzobispo Lefebvre fue uno de los organizadores y después  lider. Curiosamente se reunían en la Curia Generalicia de los agustinos., 

Con respeto a los obispos españoles comentaba El Arzobispo Montero   "los obispos españoles -86 en la nómina de los Padres conciliares- suponían una presencia significativa entre los episcopados importantes del gran Sínodo. Se destacó entre ellos la unidad interna…Ninguno de ellos se inscribió en el Coetus internationalis patrum, al que perteneció un grupo… entre ellos Lefevre, muy a la defensiva de toda innovación, votando en ese sentido, pero sin llegar a romper la comunión. Entre los nuestros, las intervenciones colectivas, en nombre de la Conferencia, fueron siempre moderadamente abiertas·.

 

lunes, 29 de junio de 2026

Juan Pablo II catequesis sobre Jesucristo ¿Qué soy yo de verdad para ti?

 

 (imagen de Wikipedia. Crucifijo en Santa Maria Novella, Florencia)

El 7 de enero de 1987 Juan Pablo II iniciaba un ciclo de catequesis sobre Jesucristo 

 "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" (Mt 16, 15).

 “Al iniciar el ciclo de catequesis sobre Jesucristo, catequesis de fundamental importancia para la fe y la vida cristiana, nos sentimos interpelados por la misma pregunta que hace casi dos mil años el Maestro dirigió a Pedro y a los discípulos que estaban con El….. En ese momento decisivo de su vida, como narra en su Evangelio Mateo, que fue testigo de ello, "viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías u otro de los Profetas. Y El les dijo: y vosotros, ¿quién decís que soy?" (Mt 16, 13-15).

Conocemos la respuesta escueta e impetuosa de Pedro: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Para que nosotros podamos darla, no sólo en términos abstractos, sino como una expresión vital, fruto del don del Padre (Mt 16, 17), cada uno debe dejarse tocar personalmente por la pregunta: "Y tú, ¿quién dices que soy? Tú, que oyes hablar de Mí, responde: ¿Qué soy yo de verdad para ti?. A Pedro la iluminación divina y la respuesta de la fe le llegaron después de un largo período de estar cerca de Jesús, de escuchar su palabra y de observar su vida y su ministerio (cf. Mt 16, 21-24).

También nosotros, para llegar a una confesión más consciente de Jesucristo, hemos de recorrer como Pedro un camino de escucha atenta, diligente. Hemos de ir a la escuela de los primeros discípulos, que son sus testigos y nuestros maestros, y al mismo tiempo hemos de recibir la experiencia y el testimonio nada menos que de veinte siglos de historia surcados por la pregunta del Maestro y enriquecidos por el inmenso coro de las respuestas de fieles de todos los tiempos y lugares…. “

 

EL Papa recordaba que al principio de su pontificado había lanzado una “invitación a los hombres de hoy para "abrir de par en par las puertas a Cristo" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 29 octubre, 1978. pág. 4) y en la  Exhortación Catechesi tradendae,  afirmaba que "el objeto esencial y primordial de la catequesis es (...) el "misterio de Cristo". Catequizar es, en cierto modo llevar a uno a escrutar ese misterio en toda su dimensión...; descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios, que se realiza en Él... Sólo El puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad" (Catechesi tradendae, n. 5: L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 11 de noviembre, 1979. pág.

 

Y anticipaba a su vez que este itinerario catequístico estaría ordenado en torno a cuatro puntos:

 

1) La identidad de Jesucristo 

Jesús en su realidad histórica y en su condición mesiánica trascendente, hijo de Abraham, hijo del hombre, e hijo de Dios;

 

2) Jesús, Hijo de Dios y Salvador. Jesús en su identidad de verdadero Dios y verdadero hombre, en profunda comunión con el Padre y animado por la fuerza del Espíritu Santo, tal y como se nos presenta en el Evangelio;

 

3) Jesús, concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de MaríaVirgen. Jesús a los ojos de la Iglesia que con la asistencia del Espíritu Santo ha esclarecido y profundizado los datos revelados, dándonos formulaciones precisas de la fe cristológica, especialmente en los Concilios Ecuménicos;

 

4) Jesús, hijo de Israel, pueblo elegido de la Antigua Alianza. finalmente, Jesús en su vida y en sus obras, Jesús en su pasión redentora y en su glorificación, Jesús en medio de nosotros y dentro de nosotros, en la historia y en su Iglesia hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20).

 

Aclaraba a su vez que “hay muchos modos de catequizar al Pueblo de Dios sobre Jesucristo. Cada uno de ellos, sin embargo, para ser auténtico ha de tomar su contenido de la fuente perenne de la Sagrada Tradición y de la Sagrada Escritura, interpretada a la luz de las enseñanzas de los Padres y Doctores de la Iglesia, de la liturgia, de la fe y piedad popular, en una palabra, de la Tradición viva y operante en la Iglesia bajo a acción del Espíritu Santo, que —según la promesa del Maestro— "os guiará hacia la verdad completa, porque no hablará de Sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará las cosas venideras" (Jn 16, 13). Esta Tradición la encontramos expresada y sintetizada especialmente en la doctrina de los Sacrosantos Concilios, recogida en los Símbolos de la Fe y profundizada mediante la reflexión teológica fiel a la Revelación y al Magisterio de la Iglesia.

 

Invito visitar mis posts etiquetados  Y tu quien creesque soy yo?

 

Y en el sitio de la Santa Sede todos los espacios en los diferentes números de la valiosa revista  Tertium Milenium dedicados a ese mismo tema 

 

 

viernes, 26 de junio de 2026

El hombre "buscado" por Dios y "en busca" de Dios

 


El apóstol san Pablo, en la carta a los Romanos, recoge, con un poco de asombro, un oráculo del libro de Isaías (cf. Is 65, 1), en el que Dios llega a decir por boca del profeta:  "Fui hallado por quienes no me buscaban; me manifesté a quienes no preguntaban por mí" (Rm 10, 20). Pues bien, después de haber contemplado, en las catequesis anteriores, la gloria de la Trinidad que se manifiesta en el cosmos y en la historia, ahora queremos iniciar un itinerario interior a lo largo de los caminos misteriosos por los que Dios va al encuentro del hombre, para hacerlo partícipe de su vida y de su gloria. En efecto, Dios ama a la criatura formada a su imagen y, como el pastor diligente de la parábola que acabamos de escuchar (cf. Lc 15, 4-7), no se cansa de buscarla ni siquiera cuando se muestra indiferente o, incluso, molesta por la luz divina, como la oveja que se ha alejado del rebaño y se ha extraviado en lugares inaccesibles y peligrosos.

 El hombre, seguido por Dios, ya advierte su presencia, ya es iluminado por la luz que está detrás de él y ya es atraído por la voz que lo llama desde lejos. De este modo, comienza a buscar él mismo al Dios que lo busca:  buscado, busca; amado, comienza a amar.

(…)

También nuestros hermanos musulmanes testimonian una fe análoga, repitiendo a menudo, durante su jornada, la invocación que abre el libro del Corán y que celebra, precisamente, el camino por el que Dios, "el Señor de la creación, el Clemente, el Misericordioso", guía a aquellos en quienes infunde su gracia.

Sobre todo la gran tradición bíblica impulsa al fiel a dirigirse con frecuencia a Dios, a fin de que le conceda la luz y la fuerza necesarias para hacer el bien. Así reza el salmista en el Salmo 119:  "Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente; enséñame a cumplir tu voluntad, y a guardarla de todo corazón; guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo (...). Aparta mis ojos de las vanidades, dame vida con tu palabra" (vv. 33-35. 37).

 Así pues, en la experiencia religiosa universal, y especialmente en la transmitida por la Biblia, encontramos la conciencia del primado de Dios que va en busca del hombre para guiarlo hacia el horizonte de su luz y de su misterio. En el principio está la Palabra que rompe el silencio de la nada, la "buena voluntad" de Dios (cf. Lc 2, 14), que jamás abandona a la criatura a su propio destino.

(…)

"Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3, 20). Si Cristo no recorriera los caminos del mundo, permaneceríamos solitarios en nuestro horizonte limitado. Pero es preciso que le abramos nuestra puerta, para que comparta nuestra mesa, en comunión de vida y amor.

El itinerario del encuentro entre Dios y el hombre se realizará bajo el signo del amor. Por una parte, el amor divino trinitario nos precede, nos envuelve, nos abre constantemente el camino que lleva a la casa paterna. En ella nos espera el Padre para abrazarnos, como en la parábola evangélica del "hijo pródigo", o mejor, del "Padre misericordioso" (cf. Lc 15, 11-32). Por otra, se nos pide que respondamos con amor fraterno al amor de Dios. En efecto, el apóstol san Juan, en su primera carta, nos exhorta:  "Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. (...) Dios es amor y quien permanece  en  el  amor  permanece  en  Dios  y  Dios  en él" (Jn 4, 11. 16). De ese abrazo entre el amor divino y el humano florecen la salvación, la vida y la alegría eterna. 

(de la Audiencia General del Papa Juan Pablo II el 5 de julio de 2000)


Oración a Nuestra Señora de Coromoto por Venezuela – Juan Pablo II

 


«Tu eres el orgullo de nuestro pueblo» (Jdt 15, 9).

 Desde el 8 de septiembre de 1652, Santa María de Coromoto acompaña la fe de los indios y los blancos, de los mestizos y los negros de la tierra venezolana. A Ella, la Madre tan amada, le digo una vez más: «Tú que has entrado tan adentro en los corazones de los fieles a través de la señal de tu presencia, ... vive como en tu casa en estos corazones, también en el futuro» (Homilía en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, 27 de enero de 1979).  

Juan Pablo II en la Homilia de la Santa Misa con ocasión de la inauguración del nuevo Santuario de Nuestra Señora de Coromoto – en su segunda visita a Venezuela) 10 de febrero de 1996) 

 

A los pies de Nuestra Señora quiero depositar una vez más todas estas súplicas:

Virgen y Madre nuestra de Coromoto,
que siempre has preservado la fe del pueblo venezolano,
en tus manos pongo sus alegrías y esperanzas,
las tristezas y sufrimientos de todos tus hijos.

Implora sobre los Obispos y presbíteros los dones del Espíritu,
para que, fieles a sus promesas sacerdotales,
sean infatigables mensajeros de la Buena Nueva,
especialmente entre los más pobres y necesitados.

Infunde en los religiosos y religiosas
el ejemplo de tu entrega total a Dios,
para que en el servicio abnegado a los hermanos
los acompañen en sus trabajos y necesidades.

Madre de la Iglesia, alienta a los fieles laicos,
comprometidos en la Nueva Evangelización,
para que, con la promoción humana y
la evangelización de la cultura,
sean auténticos apóstoles en el Tercer Milenio.

Protege a todas las familias venezolanas
para que sean verdaderas iglesias domésticas,
donde se custodie el tesoro de la fe y de la vida,
se enseñe y se practique siempre la caridad fraterna.

Ayuda a los católicos a ser sal y luz para los demás,
como auténticos testigos de Cristo, presencia salvadora del Señor,
fuente de paz, de alegría y de esperanza.

Reina y Madre Santa de Coromoto,
ilumina a quienes rigen los destinos de Venezuela,
para que trabajen por el progreso de todos,
salvaguardando los valores morales y sociales cristianos.

Ayuda a todos y cada uno de tus hijos e hijas,
para que con Cristo, nuestro Señor y Hermano,
caminen juntos hacia el Padre
en la unidad del Espíritu Santo.

Amén.

 

jueves, 25 de junio de 2026

Karol Wojtyla: «Mis encuentros con Pablo VI» El cardenal de Cracovia recordaba así al Papa Montini – (2 de 2)

 


Ejercicios «papales» Naturalmente, la mayoría de las veces el tema de las conversaciones era la situación y la tarea de la Iglesia en Polonia, en Cracovia, en la Archidiócesis; el Santo Padre hablaba con gusto de sus propios recuerdos: recordaba personalmente al cardenal Sapieha, el encuentro con él en Polonia y en Roma. Sin embargo, lo primero de todo era afrontar los problemas. Era cordial; a menudo repartía gustosamente regalos: rosarios, imágenes. «Esto siempre puede alegrar a alguien», decía. Nunca se negaba a recibir a los sacerdotes que me acompañaban, aunque yo trataba de no abusar de su disponibilidad. Naturalmente, el recuerdo más fuerte está ligado a aquel encuentro excepcional con Pablo VI al que me invitó él mismo en la Cuaresma de 1976. Se trataba de predicar los ejercicios espirituales de ese año para el Santo Padre, los Cardenales y otros colaboradores suyos en la capilla de Santa Matilde, en el Palacio Apostólico. Durante las charlas, el Papa, con su secretario, estaba siempre en una pequeña capilla lateral, visible para el que predicaba, pero no para los participantes en el retiro. Estaba con una actitud de gran recogimiento, bajo las reliquias de san Sebastián. El último día me dio las gracias, recibiéndome en audiencia privada apenas terminados los ejercicios. Recordé más tarde que había tomado apuntes de las charlas.

El hielo de Nowa Huta Mucho se podría decir de los regalos que he recibido de él con ocasión de los distintos encuentros. Pero, de todos ellos, recordaré sólo uno, especialmente significativo: fue también durante el Concilio. El Santo Padre se interesó mucho por el problema de la iglesia de Nowa Huta. Recuerdo que, cuando le conté cómo participaban los parroquianos en la Santa Misa, a cielo abierto, a menudo bajo la lluvia o el hielo, mi interlocutor, escuchando lo que le estaba contando en italiano, me interrumpió hablando en polaco: «El hielo, sí, es una palabra que recuerdo de los tiempos en que conocía mejor vuestra lengua». La conclusión de estas conversaciones fue que el mismo Pablo VI bendijo la primera piedra de la iglesia de Nowa Huta –la piedra provenía de la antigua basílica constantiniana de San Pedro– e hizo llegar un generoso donativo para la construcción de aquella iglesia.

 

El último encuentro La última vez que vi a Pablo VI fue el 19 de mayo de este año, en la audiencia del Consejo del secretariado general del Sínodo de los Obispos. Como es sabido, el secretario general era el obispo Rubin. Como yo ostentaba la presidencia de aquella sesión, tuve también el honor de pronunciar ante el Papa el discurso informativo sobre la problemática de nuestra reunión. No imaginaba que aquella sería la última vez que me encontrara con el Papa y le hablara. Sabía que estaba débil de salud, que las piernas no le sostenían y caminaba con mucha dificultad. Pero al mismo tiempo me asombraba siempre su lucidez y agilidad mentales, la precisión, la concisión de sus discursos y su inagotable fuerza de voluntad. Aquella vez tuve la impresión de que Pablo VI, a pesar de todas sus enfermedades, viviría todavía bastante y continuaría ejerciendo su misión pastoral. Aunque por todas partes se escuchaban rumores sobre su muerte, y él mismo hablaba de ello – tenía ochenta años -, la noticia, que me dieron la tarde del 7 de agosto, me llegó por sorpresa y fue un duro golpe. Y este fue el último encuentro. Directamente desde el aeropuerto, el 11 de agosto, el obispo Andrzej Deskur me condujo a la Basílica. Arrodillado, recé y contemplé aquel rostro con el que tantas veces había dialogado. Los ojos, siempre tan vivos, estaban cerrados. Reposaba en medio de la Basílica, frente a la Confessio de San Pedro, sponsus in sponsae gremio. Ahora ya no conversaré más con él, no comentaré más con él ninguno de los problemas de los que a menudo habíamos hablado. Él contempla ahora otro Rostro. La muerte fue el lugar del último recogimiento en el cual le he visto sobre esta tierra.

 

 (Conferencia pronunciada en la Radio Vaticana el 21 de agosto de 1978, publicada en: Karol Wojtyla, «Przemówienia i wyklady w Radio Watykanskim», Roma 1987. Traducción al español realizada por la revista Huellas, Octubre de 1998).

(Publicadoen Zenit el 6 de agosto de 2001)