Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

martes, 11 de agosto de 2026

El coro de Santa Clara, albergue de paz y silencio

 


(….)  Uno de estos rincones y rinconcitos es una pequeña habitación llamada coro de Santa Clara. Es difícil imaginarse nada más pobre. Ha sido construida con materiales recolectados del más diverso origen. El coro está construido con maderas mal encuadradas; el altar es un plinto, posiblemente de origen no cristiano. Como nota vivaz de color no hay más que un fresco de mediocre composición que representa la crucifixión según la tradición franciscana. Una pequeña ventana, sobre cuyos vidrios se adivinan algunas descoloridas figuras, proporciona luz a la habitación. Y, sin embargo, ¡hay tanta poesía en este pequeño coro! ¡Generaciones enteras han pasado por él, se ha rezado tanto en él! Refiere una piadosa leyenda que en el corredor que lleva al coro de Santa Clara aún ahora se siente un perfume indefinido. Allí están sepultadas las primeras compañeras de la Santa. El perfume existe, y es el perfume de las dulces memorias de esta mujer a quien el espíritu franciscano debe tanto. Formada e instruida en la vida interior por tan gran maestro, sintió tan intensamente la influencia de su doctrina, que se atrevió a levantar su voz para obtener de los Papas que el voto de rigurosa pobreza, dulce herencia de su maestro, no fuera atenuado. Luchó a la cabeza de aquellos hijos del Santo que más fuertemente conservaban el espíritu de sus enseñanzas y fue el nervio de esa tradición en la que habrían de formarse hombres como San Antonio de Padua, San Buenaventura de Bagnoregio, San Bernardino de Siena, San Pascual Bailón, San Diego, San Jaime de la Marca, San Francisco Solano, San Juan de Capistrano, San Leonardo de Puerto Mauricio.

En el pequeño coro de Santa Clara, se revela a quien lo busca con espíritu de amor, el dulcísimo misterio de la pobreza, fuente de todo consuelo. Es preciso entrar allí, arrodillarse, tener en las manos el Espejo de Perfección, que según algunos doctos fue escrito por fray León, ovejuela de Dios, pero que en realidad proviene de ese grupo de hijos más allegados al maestro, de cuya doctrina fueron, a su muerte, tenaces defensores contra quienes pretendían negar a los Frailes Menores el privilegio de la pobreza. Es preciso leer los primeros capítulos: "Cómo el bienaventurado Francisco respondió a los ministros que no querían someterse a la observancia de la Regla que les había escrito" (EP 1). "Cómo el bienaventurado Francisco declaró la voluntad e intención que tuvo, desde el principio hasta el fin, acerca de la observancia de la pobreza" (EP 2). "Del novicio que deseaba tener un salterio con su licencia" (EP 4). "Del modo de guardar la pobreza en libros, camas, casas y enseres" (EP 5). "Cómo hizo salir a todos los hermanos de una casa que era llamada casa de los hermanos" (EP 6). "Cómo quiso derribar una casa que el pueblo de Asís había levantado junto a Santa María de la Porciúncula" (EP 7). "Cómo no quería morar en celda curiosa o que llamaran suya" (EP 9)... A mitad de la lectura ya no se sigue adelante; frente al misterio de la muerte se perfila más nítida la nulidad de nuestra vida, con sus molicies, con las mil exigencias que la animan; se comprende cómo debe entrarse despojado en el reino de los cielos, cómo en ésta misma vida, cuanto más atados vivimos a los intereses del mundo tanto menos comprendemos a Dios. La pobreza, no como fin de sí misma o como característica fundamental del espíritu franciscano, según alguno ha enseñado erróneamente, sino como escala maravillosa para ascender hasta Dios, como medio para poderlo amar con toda la plenitud de nuestra alma en una inmolación continuamente renovada; la pobreza, así entendida, es el medio precioso gracias al cual el divino Amigo se da a nosotros con todos los dones de su gracia e, invadiendo nuestra alma, se convierte en su dueño y Rey, confiriendo a esta pobre existencia nuestra el altísimo valor de una ofrenda indigna, pero, sin embargo, aceptada y aun buscada para el triunfo de su reino.

 

Una noche, mientras celebraba Misa en el pequeño coro de Santa Clara para un grupo de almas piadosas que se reunieron para ingresar en la seráfica milicia, la mano gentil de un fraile esparció en abundancia sobre el pavimento pétalos y hojas. Era invierno, pero el huerto de los frailes había conservado las rosas y el laurel para esta fiesta de fe. El aire pronto se impregnó de dulce y penetrante perfume. Un canto suave y quedo celebraba las glorias del Rey que deseó nacer pobre, que se contentó con el homenaje de pobres pastores, que al despuntar de cada día renueva en los altares el misterio de la cruz por la salvación de las almas. Con esos cantos, con esas oraciones, esas almas se consagraban a Él, ofreciéndole, junto con la juventud del cuerpo, las esperanzas del alma y los propósitos y fines de trabajo. Las palabras brotan de sus pechos en sollozos: «Prometo y hago voto de vivir durante toda mi vida según la Regla del padre San Francisco...» La palabra del sacerdote desciende sobre ellos: «Y yo, de parte del Altísimo, te prometo la vida eterna». El recuerdo de esa noche de oración me persigue. Pues bien, todo se aclara ahora en la mente; Francisco quiso que fuésemos pobres para comprender la gran lección que Nuestro Señor Jesucristo nos dio desde lo alto de la cruz: la vida ha de ser una continua ofrenda, un sacrificio de inmolación continuamente renovado.

Agustín Gemelli, O.F.M., San Damián, oasis de paz, en IdemS. Francisco de Asís y sus "Pobrecitos". Buenos Aires, Ed. Pax et Bonum, 1949, pp. 9-17.

viernes, 7 de agosto de 2026

Henri de Lubac (II): antes, en y después del Concilio - Juan Luis Lorda (3 de 3)

 


Después del Concilio.

De Lubac había terminado el Concilio con 68 años. En plena madurez, aunque con achaques. Las viejas ideas, las muchas lecturas, sus abundantes ficheros le empujaban. Completaba constantemente sus grandes temas con vistas a mejoras, correcciones y desarrollos de sus obras. De entrada, se imponía una revisión de sus estudios históricos acerca de lo sobrenatural. No le pareció oportuno (hasta mucho después) reeditar el libro, pero amplió los estudios históricos en dos monumentales libros (que llamaba sus “dos gemelos”): El misterio de lo sobrenatural (1965) y Agustinismo y Teología Moderna (1965). Más tarde añadiría una pequeña reflexión general: Pequeña catequesis sobre naturaleza y gracia (1980). La madurez y el trabajo realizado le permitían abordar síntesis más breves de los temas que había estudiado. Por ejemplo, La Escritura en la Tradición (1966); y desarrollar aspectos nuevos: Las Iglesias particulares en la Iglesia universal (1977). Viendo crecer el desafecto eclesial publica La fe cristiana. Ensayo sobre la estructura del Credo de los Apóstoles (1969).

 

Los últimos años.

Los años no pasan en vano. Siempre había sufrido secuelas de las heridas de la Gran Guerra, a pesar de su apariencia fuerte y entera (era muy alto). Ahora se le presenta un artritismo grave en las cervicales y necesita pequeños tiempos de reposo. Todo se le hace más difícil, pero no deja de anotar y archivar. Para su propia sorpresa pudo completar un viejo proyecto, otra obra monumental en dos volúmenes: La posteridad espiritual de Joaquín de Fiore (1978). El primero, De Joaquín a Schelling; y el segundo, De Saint Simon a nuestros días. Se trata de una panorámica del pensamiento cristiano sobre el milenio, sobre el esfuerzo por hacer un cielo en la tierra. El ambiente que le rodeaba no era alentador ni cómodo para él, debido al estado de la Iglesia en Francia y de la propia Compañía, que también había sufrido mucho en el posconcilio. Los integristas (todavía hoy) lo consideraban, sin ningún motivo, el responsable del modernismo teológico y de la crisis eclesial (a él, que siempre se había nutrido de la tradición patrística y medieval y que no se quitaba la sotana). Y para el enrarecido ambiente eclesial francés de los setenta, resultaba demasiado dispuesto a recordar lo que no querían oír. Dedica atención a pequeñas obras, que son casi “divertimentos”, como un simpático ensayo sobre Pico de la Mirandola (1974) el gran humanista renacentista y converso italiano. Y sigue con la publicación de recuerdos, memorias y correspondencias de compañeros y amigos (por ejemplo entre Marcel y Fessard, o la obra de Montcheuil), con una admirable abundancia de notas. Además prepara la edición de las cartas que le ha dirigido Étienne Gilson a lo largo de su vida.

La gran luz de sus últimos años es la elección de Juan Pablo II (1978). Vive con ilusión todos los acontecimientos del pontificado, en particular su viaje a Francia, donde el nuevo Papa tiene palabras públicas de afecto y reconocimiento para él. En enero de 1983 (tiene 86 años), le llega el nombramiento de cardenal. Le crea un mar de dudas. Escribe al Papa para pedirle que no lo ordene obispo, porque no puede ejercer ninguna función. Así se hace. En octubre una anestesia general, le causa un desajuste cerebral. En 1988, publica como puede, sus recuerdos de la guerra y la oposición a las leyes antijudías del régimen de Vichy (Resistencia cristiana al antisemitismo). Las notas de sus últimos meses muestran su fe, su profunda piedad y su comunión con la Iglesia. Se apaga poco a poco hasta su muerte en 1991. El cardenal de París, Lustiger (también su candidato para ese puesto) celebra su funeral. Para respetar las últimas voluntades del gran teólogo, que no quiere que la homilía se centre en su persona, lee unas páginas de Meditación sobre la Iglesia. Su albacea testamentario (Chantraine) se ocupará de preparar las obras completas (50 volúmenes, sin incluir gran parte de la correspondencia) y una biografía en 4 enormes volúmenes.

"Durante la Asamblea Plenaria (Conferencia Episcopal de Francia) de marzo de 2023, los obispos votaron a favor de abrir la causa, con vistas a una posible beatificación, del cardenal Henri de Lubac (1896-1991), teólogo jesuita, nacido en Cambrai (Nord) el 20 de febrero de 1896 y fallecido en París el 4 de septiembre de 1991. Fue uno de los grandes pensadores y teólogos del siglo XX."

 

Invito leer: Henri de Lubac: una vida teologica – Juan Luis Lorda

Henri de Lubac (II): antes, en y después del Concilio - Juan Luis Lorda (2 de 3)

 


En el Concilio.

Después de los años paradójicos e incómodos de la Comisión Preparatoria (1960-1962), llegó el Concilio. De Lubac era un perito muy reconocido, aunque habían sido nombrados 201 peritos en 1962, y llegaron a ser 434 al final. Mientras otros se convertían en estrellas mediáticas (Küng) o construían plataformas (Rahner) o impulsaban orientaciones (Congar), de Lubac prefería la segunda fila. Trabajó en bastantes comisiones y ayudó a preparar votos de obispos, especialmente africanos, porque se lo pedía otro jesuita, Gustave Martelet, autor después de un conocido libro sobre los grandes temas del Concilio. Tenía un fuerte sentido del misterio cristiano y nunca trataba las cosas de la fe como si fueran “temas”. Le molestaban los enfoques demasiado sociológicos (Schillebeeckx) y los esfuerzos por “adaptarse al mundo” como si hubiera que abandonar lo más específico del cristianismo para ser más fácilmente aceptado. Tuvo la alegría de hacer muchos y buenos amigos. Ratzinger, que era entonces un teólogo muy joven, recuerda la deferencia con que le trató  enseguida. Hicieron buena amistad. También fue para él una gran alegría el encuentro con Karol Wojtyla, después Juan Pablo II, en los trabajos de Gaudium et spes. Se llegaron a apreciar mucho; y de Lubac impulsó la edición francesa del libro de Karol Wojtyla (entonces desconocido en Francia) Amor y responsabilidad, escribiéndole el prólogo. En una entrevista posterior, durante el cónclave en que salió elegido, llegó a decir que era su candidato, aunque la parecía imposible. Pero de Lubac estaba presente en el Concilio sobre todo por sus libros y su teología, conocida por los redactores. Influyó en la expresión del misterio de la Iglesia en Lumen Gentium. Incluso la solución de dedicar el último capítulo a la Virgen, icono de la Iglesia, recordaba el último (y precioso) capítulo de su Meditación sobre la Iglesia. Su idea sobre la íntima relación de las fuentes de la revelación . y Tradición) está muy presente en Dei Verbum. Sus análisis sobre el ateísmo inspiran los números de Gaudium et spes. Y, sobre todo, está allí consagrada la idea de que sólo hay un fin para toda la humanidad, eco y fruto del debate acerca del sobrenatural y también de la apologética de Blondel.

 

El “para-concilio”.

Muy pronto observó que, junto al Concilio, surgía un “para-concilio” (expresión suya), ajeno al trabajo de los obispos y a la construcción de los documentos que era el verdadero objeto del Concilio. Tuvo una relación complicada con Mons. Marty, arzobispo de Reims y presidente de varias comisiones conciliares, y después arzobispo de París y presidente de la Conferencia Episcopal francesa en el posconcilio. Marty le tomaba el pelo diciendo que parecía el “ángel guardián del Concilio”, tan en serio se lo tomaba. Pero después, de Lubac tuvo muchas ocasiones de quejarse de lo poco en serio que se tomaba el Concilio en Francia, y de las manifiestas desviaciones con respecto a los propósitos conciliares. Siempre defendió a Pablo VI que, aparte de la consideración que le merecía por ser el Papa, le parecía una persona honesta y con un alto sentido de su deber, mientras sectores integristas franceses lo deslegitimaban; a veces, de una manera feroz. Y sectores progresistas lo consideraban superado y lo despreciaban (como al propio de Lubac). No le gustaba, como a Ratzinger, que los teólogos se convirtieran en “magisterio paralelo”. Y, por esa razón, abandonó la revista Concilium (promovida por Rahner y Schillebeeckx) y, junto con Ratzinger y Von Balthasar, puso en marcha la revista Communio. Concilium intentaba ser la mente teológica directiva de la Iglesia, más allá de la letra del Concilio y convertida ella misma en una especie de Concilio permanente (de teólogos). Mientras Communio quería defender la comunión en la fe, una teología de la comunión y una teología en comunión.

Henri de Lubac (II): antes, en y después del Concilio - Juan Luis Lorda (1 de 3)

 


(Como intelectual humilde y persona buena, ante las incomprensiones que padeció, de Lubac no tenía otra defensa que escribir y explicarse)

Por voluntad de Juan XXIII, Henri de Lubac (1896-1991) llegó en 1960 a Roma para participar en la comisión preparatoria del Concilio Vaticano II. Fueron años muy ricos que fue anotando puntualmente en sus cuadernos, publicados póstumamente en dos estupendos tomos (Carnets du Concile, 2007). Estaba en una situación paradójica. A sus 64 años, con una obra importante y con el aval de su nombramiento por Juan XXIII, era una personalidad. Por otra parte, había sido puesto en cuestión, a veces de manera muy dura; especialmente, a propósito del debate sobre lo sobrenatural. Y precisamente por algunos de los que estaban en aquella Comisión. No le faltaron desplantes. Pero era una persona extraordinariamente educada e incapaz de maltratar a nadie. Prefería resolver las cosas estudiándolas.

Libros influyentes.

En los años que estuvo en Roma se publicaron, uno tras otro, los cuatro volúmenes de su monumental Exégesis medieval, que le dieron una fama de erudito sin par. Sobre todo, eran una reivindicación de la seriedad de la exégesis espiritual de la Escritura en la tradición de la Iglesia. Se mostraba la continuidad de muchas fórmulas que nacían en la antigüedad patrística (a veces, en la misma Biblia) y atravesaban toda la teología medieval, expresando la vivencia sacramental del misterio cristiano. Era un complemento muy importante y necesario a la exégesis habitual, exclusivamente filológica, de la Escritura, y recordaba las riquezas espirituales de la Iglesia. Aunque a de Lubac, como siempre le pasaba, le parecía un trabajo incompleto y defectuoso, no había nada parecido en la producción teológica. Claro es que todo el mundo teológico no leyó los cuatro tomos, pero tomó nota de que existían. Era muy conocido su libro Catolicismo. Benedicto XVI recordó en varias ocasiones la profunda impresión de haberlo leído en sus años de formación. Era muy conocido El drama del humanismo ateo, libro que cualquiera mencionaba entonces y menciona ahora, para decir que un humanismo sin Dios se vuelve contra el hombre. Y era muy conocido Meditación sobre la Iglesia, libro muy hermoso que desarrolla algunos temas apuntados en otro anterior, más pequeño y menos conocido (pero muy hermoso también): Corpus Mysticum: La Eucaristía y la Iglesia en la Edad Media (1944). Teniendo en cuenta el cambio de sentido de la expresión “Cuerpo Místico”, referido primero a la Eucaristía, y después a la Iglesia, relacionaba profundamente los dos misterios. Todo el mundo recordará las frases: “la Iglesia hace la Eucaristía” y “la Eucarístía hace la Iglesia”.

 

Ataques y defensas.

Era un intelectual notablemente humilde y una buena persona perfectamente inhabilitada para cualquier tipo de maniobra. De manera que, ante las incomprensiones que padeció a lo largo de su vida, no tenía otra defensa que escribir y explicarse. Y eso hizo abundantemente, redactando memoriales y archivando cartas y documentación. Además de los cuadernos sobre el Concilio, que no estaban destinados a publicarse, con los recuerdos y papeles recogidos en todos estos años, escribió una larga y magnífica Memoria con ocasión de mis escritos (1981), donde cuenta el contexto histórico de sus conflictos y sus obras (y procura dejar lo mejor posible a todo el mundo). De lectura muy entretenida, aunque requiere un cierto conocimiento del medio. En la edición francesa (obras completas) se le añade unas interesantes memorias de juventud. También defendía a sus amigos. Le apenaba la suerte del P. Valensin (1879-1953), muy amigo de Blondel y, por eso mismo incomprendido, y olvidado tras su muerte prematura. Pensaba que le debía mucho y, por eso, editó su correspondencia anotándola (3 volúmenes) y algunas de sus obras. Lo mismo haría con otros profesores y compañeros (Monchanin, Fessard) o con el propio Blondel.

 

Teilhard de Chardin.

Además, la Compañía de Jesús y el episcopado francés le animaron a defender a Teilhard de Chardin. En esos años su obra estaba en cuestión y en la misma comisión preparatoria del Concilio, había quienes querían que el Concilio lo condenase expresamente (y algunos, también al propio de Lubac). El propósito había salido en varias reuniones bastante tensas. Y sólo se acabó cuando Juan XXIII en la sesión inaugural declaró que no esperaba condenas del Concilio, sino una expresión más viva y fiel de la fe cristiana. De Lubac congeniaba poco con el estilo grandilocuente y un tanto visionario de Teilhard, pero (quizá viéndose retratado) se sintió obligado a defender su honestidad cristiana y a responder a las críticas más injustas (algunas furibundas). Admiraba el deseo de Teilhard de combinar ciencia y teología, aunque probablemente lo sobrevaloraba en este punto, donde de Lubac se sentía muy inexperto. Dedicará un esfuerzo muy notable y persistente, y sacará varios pequeños libros. Gilson, que le había apoyado totalmente en la cuestión de lo sobrenatural, se distanció en esto y publicó Las tribulaciones de Sofía, donde hacía un discernimiento sobre Teilhard.

jueves, 6 de agosto de 2026

Monte Tabor, el monte de la oración

 


Los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas atestiguan de modo concorde el episodio de la transfiguración de Cristo. Los elementos esenciales son dos: en primer lugar, Jesús sube con sus discípulos Pedro, Santiago y Juan a un monte alto, y allí «se transfiguró delante de ellos» (Mc9, 2), su rostro y sus vestidos irradiaron una luz brillante, mientras que junto a él aparecieron Moisés y Elías; y, en segundo lugar, una nube envolvió la cumbre del monte y de ella salió una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, escuchadlo» (Mc 9, 7). Por lo tanto, la luz y la voz: la luz divina que resplandece en el rostro de Jesús, y la voz del Padre celestial que da testimonio de él y manda escucharlo.

El misterio de la Transfiguración no se debe separar del contexto del camino que Jesús está recorriendo. Ya se ha dirigido decididamente hacia el cumplimiento de su misión, a sabiendas de que, para llegar a la resurrección, tendrá que pasar por la pasión y la muerte de cruz. De esto les ha hablado abiertamente a sus discípulos, los cuales sin embargo no han entendido; más aun, han rechazado esta perspectiva porque no piensan como Dios, sino como los hombres (cf. Mt 16, 23). Por eso Jesús lleva consigo a tres de ellos al monte y les revela su gloria divina, esplendor de Verdad y de Amor. Jesús quiere que esta luz ilumine sus corazones cuando pasen por la densa oscuridad de su pasión y muerte, cuando el escándalo de la cruz sea insoportable para ellos. Dios es luz, y Jesús quiere dar a sus amigos más íntimos la experiencia de esta luz, que habita en él. Así, después de este episodio, él será en ellos una luz interior, capaz de protegerlos de los asaltos de las tinieblas. Incluso en la noche más oscura, Jesús es la luz que nunca se apaga. San Agustín resume este misterio con una expresión muy bella. Dice: «Lo que para los ojos del cuerpo es el sol que vemos, lo es [Cristo] para los ojos del corazón" (Sermo 78, 2: pl 38, 490). (Benedicto XVI Ángelus 4 de marzo de 2012) 

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 Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo « escuchen » (cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo.  (Juan Pablo II Carta Apostolica Rosarium Virginis Mariae ) 

 

martes, 4 de agosto de 2026

Oracion por los sacerdotes – Juan Pablo II

 


OH MARIA

Madre de Jesucristo y Madre de los sacerdotes:
acepta este título con el que hoy te honramos
para exaltar tu maternidad
y contemplar contigo
el Sacerdocio de tu Hijo unigénito y de tus hijos,
oh Santa Madre de Dios.

Madre de Cristo,
que al Mesías Sacerdote diste un cuerpo de carne
por la unción del Espíritu Santo
para salvar a los pobres y contritos de corazón:
custodia en tu seno y en la Iglesia a los sacerdotes,
oh Madre del Salvador.

Madre de la fe,
que acompañaste al templo al Hijo del hombre,
en cumplimiento de las promesas
hechas a nuestros Padres:
presenta a Dios Padre, para su gloria,
a los sacerdotes de tu Hijo,
oh Arca de la Alianza.

Madre de la Iglesia,
que con los discípulos en el Cenáculo
implorabas el Espíritu
para el nuevo Pueblo y sus Pastores:
alcanza para el orden de los presbíteros
la plenitud de los dones,
oh Reina de los Apóstoles.

Madre de Jesucristo,
que estuviste con Él al comienzo de su vida
y de su misión,
lo buscaste como Maestro entre la muchedumbre,
lo acompañaste en la cruz,
exhausto por el sacrificio único y eterno,
y tuviste a tu lado a Juan, como hijo tuyo:
acoge desde el principio
a los llamados al sacerdocio,
protégelos en su formación
y acompaña a tus hijos
en su vida y en su ministerio,
oh Madre de los sacerdotes. Amén.

(De la Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis del Papa Juan Pablo II, al Episcopado, al Clero y a los fieles sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual)

«Os daré pastores según mi corazón» (Jer 3, 15) – Dia del párroco .

 


Esta promesa de Dios está, todavía hoy, viva y operante en la Iglesia, la cual se siente, en todo tiempo, destinataria afortunada de estas palabras proféticas y ve cómo se cumplen diariamente en tantas partes del mundo, mejor aún, en tantos corazones humanos, sobre todo de jóvenes. Y desea, ante las graves y urgentes necesidades propias y del mundo, que en los umbrales del tercer milenio se cumpla esta promesa divina de un modo nuevo, más amplio, intenso, eficaz: como una extraordinaria efusión del Espíritu de Pentecostés.

La promesa del Señor suscita en el corazón de la Iglesia la oración, la petición confiada y ardiente en el amor del Padre que, igual que ha enviado a Jesús, el buen Pastor, a los Apóstoles, a sus sucesores y a una multitud de presbíteros, siga así manifestando a los hombres de hoy su fidelidad y su bondad.

Y la Iglesia está dispuesta a responder a esta gracia. Siente que el don de Dios exige una respuesta comunitaria y generosa: todo el Pueblo de Dios debe orar intensamente y trabajar por las vocaciones sacerdotales; los candidatos al sacerdocio deben prepararse con gran seriedad a acoger y vivir el don de Dios, conscientes de que la Iglesia y el mundo tienen absoluta necesidad de ellos; deben enamorarse de Cristo, buen Pastor; modelar el propio corazón a imagen del suyo; estar dispuestos a salir por los caminos del mundo como imagen suya para proclamar a todos a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida.

Una llamada particular dirijo a las familias: que los padres, y especialmente las madres, sean generosos en entregar sus hijos al Señor, que los llama al sacerdocio, y que colaboren con alegría en su itinerario vocacional, conscientes de que así será más grande y profunda su fecundidad cristiana y eclesial, y que pueden experimentar, en cierto modo, la bienaventuranza de María, la Virgen Madre: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno» (Lc 1, 42).

También digo a los jóvenes de hoy: sed más dóciles a la voz del Espíritu; dejad que resuenen en la intimidad de vuestro corazón las grandes expectativas de la Iglesia y de la humanidad; no tengáis miedo en abrir vuestro espíritu a la llamada de Cristo, el Señor; sentid sobre vosotros la mirada amorosa de Jesús y responded con entusiasmo a la invitación de un seguimiento radical.

La Iglesia responde a la gracia mediante el compromiso que los sacerdotes asumen para llevar a cabo aquella formación permanente que exige la dignidad y responsabilidad que el sacramento del Orden les confirió. Todos los sacerdotes están llamados a ser conscientes de la especial urgencia de su formación en la hora presente: la nueva evangelización tiene necesidad de nuevos evangelizadores, y éstos son los sacerdotes que se comprometen a vivir su sacerdocio como camino específico hacia la santidad.

La promesa de Dios asegura a la Iglesia no unos pastores cualesquiera, sino unos pastores «según su corazón». El «corazón» de Dios se ha revelado plenamente a nosotros en el Corazón de Cristo, buen Pastor. Y el Corazón de Cristo sigue hoy teniendo compasión de las muchedumbres y dándoles el pan de la verdad, del amor y de la vida (cf. Mc 6, 30 ss.), y desea palpitar en otros corazones —los de los sacerdotes—: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6, 37). La gente necesita salir del anonimato y del miedo; ser conocida y llamada por su nombre; caminar segura por los caminos de la vida; ser encontrada si se pierde; ser amada; recibir la salvación como don supremo del amor de Dios; precisamente esto es lo que hace Jesús, el buen Pastor; Él y sus presbíteros con Él.

(De la Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis del Papa Juan Pablo II, al Episcopado, al Clero y a los fieles sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual)