Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 26 de junio de 2026

El hombre "buscado" por Dios y "en busca" de Dios

 


El apóstol san Pablo, en la carta a los Romanos, recoge, con un poco de asombro, un oráculo del libro de Isaías (cf. Is 65, 1), en el que Dios llega a decir por boca del profeta:  "Fui hallado por quienes no me buscaban; me manifesté a quienes no preguntaban por mí" (Rm 10, 20). Pues bien, después de haber contemplado, en las catequesis anteriores, la gloria de la Trinidad que se manifiesta en el cosmos y en la historia, ahora queremos iniciar un itinerario interior a lo largo de los caminos misteriosos por los que Dios va al encuentro del hombre, para hacerlo partícipe de su vida y de su gloria. En efecto, Dios ama a la criatura formada a su imagen y, como el pastor diligente de la parábola que acabamos de escuchar (cf. Lc 15, 4-7), no se cansa de buscarla ni siquiera cuando se muestra indiferente o, incluso, molesta por la luz divina, como la oveja que se ha alejado del rebaño y se ha extraviado en lugares inaccesibles y peligrosos.

 El hombre, seguido por Dios, ya advierte su presencia, ya es iluminado por la luz que está detrás de él y ya es atraído por la voz que lo llama desde lejos. De este modo, comienza a buscar él mismo al Dios que lo busca:  buscado, busca; amado, comienza a amar.

(…)

También nuestros hermanos musulmanes testimonian una fe análoga, repitiendo a menudo, durante su jornada, la invocación que abre el libro del Corán y que celebra, precisamente, el camino por el que Dios, "el Señor de la creación, el Clemente, el Misericordioso", guía a aquellos en quienes infunde su gracia.

Sobre todo la gran tradición bíblica impulsa al fiel a dirigirse con frecuencia a Dios, a fin de que le conceda la luz y la fuerza necesarias para hacer el bien. Así reza el salmista en el Salmo 119:  "Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente; enséñame a cumplir tu voluntad, y a guardarla de todo corazón; guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo (...). Aparta mis ojos de las vanidades, dame vida con tu palabra" (vv. 33-35. 37).

 Así pues, en la experiencia religiosa universal, y especialmente en la transmitida por la Biblia, encontramos la conciencia del primado de Dios que va en busca del hombre para guiarlo hacia el horizonte de su luz y de su misterio. En el principio está la Palabra que rompe el silencio de la nada, la "buena voluntad" de Dios (cf. Lc 2, 14), que jamás abandona a la criatura a su propio destino.

(…)

"Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3, 20). Si Cristo no recorriera los caminos del mundo, permaneceríamos solitarios en nuestro horizonte limitado. Pero es preciso que le abramos nuestra puerta, para que comparta nuestra mesa, en comunión de vida y amor.

El itinerario del encuentro entre Dios y el hombre se realizará bajo el signo del amor. Por una parte, el amor divino trinitario nos precede, nos envuelve, nos abre constantemente el camino que lleva a la casa paterna. En ella nos espera el Padre para abrazarnos, como en la parábola evangélica del "hijo pródigo", o mejor, del "Padre misericordioso" (cf. Lc 15, 11-32). Por otra, se nos pide que respondamos con amor fraterno al amor de Dios. En efecto, el apóstol san Juan, en su primera carta, nos exhorta:  "Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. (...) Dios es amor y quien permanece  en  el  amor  permanece  en  Dios  y  Dios  en él" (Jn 4, 11. 16). De ese abrazo entre el amor divino y el humano florecen la salvación, la vida y la alegría eterna. 

(de la Audiencia General del Papa Juan Pablo II el 5 de julio de 2000)


miércoles, 9 de julio de 2025

“Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado”

 

 “El hombre es un ser que busca. Toda su historia lo confirma. También la vida de cada uno de nosotros lo atestigua. Muchos son los campos en que el hombre busca e investiga y luego encuentra, y a veces, después de haber encontrado, comienza de nuevo a buscar. Entre todos estos campos en que el hombre se revela como un ser que busca, hay uno, el más profundo. Es el que entra más íntimamente en la humanidad misma del ser humano. Y es el más vinculado al sentido de toda la vida humana.

El hombre es el ser que busca a Dios.

Varios son los senderos de esta búsqueda. Múltiples son las historias del alma
humana precisamente en esos caminos. A veces las vías parecen muy sencillas y próximas. Otras veces son difíciles, complicadas, alejadas. Unas veces el hombre llega fácilmente a su “¡eureka!”, ¡he encontrado! Otras veces lucha con dificultades como si no pudiera penetrar en sí mismo ni en el mundo y, sobre todo, como si no pudiese comprender el mal que hay en el mundo. (...)

 No son pocos los hombres que han descrito su búsqueda de Dios por los caminos de la propia vida. Son aún más numerosos los que callan considerando como su misterio más profundo y más íntimo todo lo que han vivido en esos caminos: lo que han experimentado, cómo han buscado, cómo han perdido la orientación y cómo la han encontrado de nuevo.

El hombre es el ser que busca a Dios.

Y hasta después de haberlo encontrado, sigue buscándolo. Y si lo busca sinceramente, lo ha encontrado ya; como dice Jesús al hombre en un célebre paso de Pascal: “Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado” (B. Pascal, Pensées, 553: Le mystère de Jésus).

Esta es la verdad sobre el hombre. No se la puede falsificar. Tampoco se la puede destruir. Se la debe dejar al hombre, porque lo define.

  

martes, 25 de octubre de 2022

Karol Wojtyla: El camino para encontrar a Dios

 


(de una homilía de Karol Wojtyla para la celebración de Reyes en 1976 que habla de  búsqueda y encuentro, mencionando con valentía los impedimentos por parte del Estado en momento críticos de régimen comunista, defendiendo los derechos de cada ser humano en ser respetado y no  discriminado por creencias religiosas.  De alguna manera muy actual en momentos en que se trata de imponer en el mundo entero ideologías que no coinciden con principios religiosos, éticos y morales de grandes  mayorías tratando de imponer y unificar ideologías ajenas a la esencia del ser humano que nada tienen que ver con la libertad de conciencia).   

 -o-

El hombre busca a Dios. Cuando lo encuentra, como los Reyes Magos, a través de la fe, lo busca en la fe, desea acercarse a él, a Aquel que ha encontrado, y alcanzar finalmente la Belén eterna

Y si aun no lo ha encontrado a través de la fe, busca la fe, busca la verdad, y así busca a Dios. Decía san Agustín. «No te buscaría, si antes no te hubiera ya encontrado » Todo hombre, antes de comenzar a buscar, de algún modo ya ha encontrado a Dios. Si no lo hubiera encontrado en un significado inicial, fundamental, no lo buscaría.

«O sabios del mundo,  oh Magos, ¿A dónde vais con tanta prisa?» He aquí el gran símbolo de este gran impulso interior del hombre, un impulso a través de la fe y hacia la fe. Un impulso que no significa caminar en el vacío, es lo que nos subraya también la celebración de hoy. (Reyes) Es un camino hacia un encuentro. El hecho de que el hombre tienda a Dios, lo busque, incluso cuando ya lo ha encontrado, constituye una verdad fundamental del hombre, una dimensión humana, una demostración de la grandeza del hombre.

Es verdad que hay hombres que dicen: «no encuentro, no sé cómo llegar, no logro encontrar». Hay hombres a los que se les ha concedido la Gracia y han encontrado, pero a menudo la desaprovechan por ligereza y la pierden. Todo ello forma parte de la verdad del alma humana, de la verdad histórica y de la verdad contemporánea sobre el hombre. Sin embargo, todo ello habla de algún modo de su grandeza. Nos dice que efectivamente ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y precisamente por esto anda en busca de Dios, pues lleva en si su imagen y semejanza, porque no halla en ninguna otra cosa su satisfacción, su fin último, sino solo en Aquel de quien es imagen y semejanza.

(…)

Así pues, si toda esta búsqueda de Dios en la que participamos los creyentes,  los que aun sin creer buscan con corazón sincero la verdad, y los que, como he dicho, no logran encontrar el camino a pesar de desearlo ardientemente: si todo esto es propio del hombre, de su verdad, de su grandeza, es difícil – desde un punto de vista de la dignidad humana, desde un punto de vista humanístico – aceptar el ateísmo como programa político. Porque se puede comprender que el hombre busque, pero no encuentre, se puede comprender que le hombre niegue, pero no se puede comprender que se imponga al hombre «se te prohíbe creer». Si quieres ocupar un cargo, alcanzar una posición determinada, se te prohíbe creer, o por lo menos no se te permite manifestar que crees. El ateísmo como fundamento de la vida nacional es un doloroso malentendido desde le punto de vista de las premisas humanísticas. Pues hay que respetar lo que es el hombre. Esta es la primera condición de toda convivencia social y de toda igualdad entre los ciudadanos de un mismo Estado.

Si os hablo de ello es porque siento las inquietudes que existen en toda nuestra sociedad, especialmente en la sociedad de los creyentes de nuestro país, donde es sabido que creyentes constituyen una inmensa mayoría. Y a todos estos creyentes,  con razón, les preocupa que el ateísmo no se convierta, abierta o indirectamente, en el fundamento de la vida nacional. Explicita o indirectamente, definiendo el carácter de nuestra unidad nacional de modo que incluya el ateísmo.

No podemos acallar las inquietudes que turban nuestros corazones, se trata fundamentalmente de un problema de ética social. Los obispos, los sacerdotes y todos los creyentes no podemos considerar esta cuestión con indiferencia. No puede subsistir una diferencia sustancial entre lo que somos, lo que sentimos ser, y la forma como se nos define y trata. Así, no puede admitirse que un grupo de hombres, un grupo social, por mas benemérito que sea, imponga a todo el pueblo una ideología, una opinión contraria a las convicciones de la mayoría. Todos, tanto creyentes como los no creyentes, constituimos este país.  Pero no puede admitirse que sobre todos decidan los  no creyentes contra la voluntad de los creyentes.

(…)

En esto están también incluidos todos mis buenos deseos para las familias, a fin de que puedan educar a sus hijos según sus convicciones cristianas. Nosotros no queremos inmiscuirnos en lo que atañe a las familias de los ateos. Es un asunto suyo, de su conciencia. Pero ¿qué más se puede decir a los millones de familias cristianas, sino que, cuando mandan a sus hijos a la escuela, tengan la seguridad de que la escuela no les imponga una visión materialista, una ideología atea?

El principio de libertad de conciencia y de religión se debe interpretar con todas sus consecuencias. Esta verdad de la libertad de conciencia y de culto ha sido proclamada por todos: por el Concilio Vaticano II y por la Carta de los derechos humanos establecidos por la ONU, e incluso por el documento de Helsinki.  Es el derecho inviolable de la persona humana. Pero este derecho inviolable se debe considerar de modo inviolable. Toda condición de vida social, nacional, se ha de predisponer de modo que no viole este derecho, a fin de que la vida pública no cree privilegios desde arriba para unos – los no creyentes – y situaciones de inferioridad para otros – los creyentes – porque todos somos Polonia. Y todos queremos construirla, porque todos la amamos, porque es nuestra patria, porque es nuestra matriz. Y no es lícito tratar a estas inmensas multitudes de creyentes como ciudadanos de segunda clase, solo porque son creyentes.

(…)

 «O sabios del mundo, una amenaza cruel se cierne sobre el Niño,  Herodes trama contra el » Este canto litúrgico de Epifanía anuncia una gran verdad. Sabemos que la crueldad de Herodes ya ha pasado. ¡cuántos Herodes ha habido en la historia! Sabemos que le Niño perseguido es el Señor de nuestros corazones; que la persecución que sufren sus seguidores nos une aun más íntimamente a él, pues de este modo se demuestra que él es el camino, la verdad y la vida. Porque no vino a los hombres con el poder, con el do minio, sino en un pesebre y en una cruz, y asi conquistó de una vez para siempre a cada hombre que busca la verdad y cree en el amor


(Fuente: L'Osservatore Romano)

viernes, 3 de mayo de 2013

Juan Pablo II: Buscas a Dios?



“Así, pues: ¿buscas a Dios? Encuéntralo en tu hermano, porque Cristo se ha como identificado ya en cada uno de los hombres. ¿Quieres amar a Cristo? Ámalo en tu hermano, porque todo lo que haces a uno cualquiera de tus semejantes, Cristo lo considera hecho a Él. Si te esfuerzas, pues, en abrirte con amor a tu prójimo, si tratas de establecer relaciones de paz con él, si quieres poner en común tus recursos con el prójimo, para que tu alegría, al comunicarse, se haga más verdadera, tendrás a tu lado a Cristo y con Él podrás alcanzar la meta que sueña tu corazón: un mundo más justo y, por lo tanto, más humano.”