Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
Mostrando entradas con la etiqueta Burgos Juan Manuel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Burgos Juan Manuel. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de marzo de 2026

Juan Manuel Burgos: La filosofia social de Karol Wojtyla

 


Resumen

Karol  Wojtyła  elaboró  una  filosofía  social  que  se  encuentra  dispersa  en  diferentes  textos  entre  los  que  destacan  el  capítulo  Participación” de Persona y acción, y el escrito: Persona: sujeto y comunidad. Wojtyła no  ofreció,  sin  embargo,  en  ningún  momento  una  visión  sistemática  de  su  pensamiento,  por  lo  que  resulta  complejo  finar  sus  posiciones  sobre  estos  temas.  El  objetivo  de  este  escrito  es  solventar  esa  carencia  presentando  de  manera  sistemática  su  filosofía  social,  posibilitando  también  de  este  modo  su valoración. Nuestro análisis ha detectado 8 puntos centrales a través de los cuales expondremos su pensamiento.

Introduccion

 

Karol  Wojtyła,  en  cuanto  filósofo,  es  conocido  sobre  todo  por  sus  escritos de antropología y ética, pero también podemos encontrar en su producción elementos de filosofía social, mucho menos conocidos, pero interesantes y valiosos. Estos escritos se inician cuando Wojtyła concluye su gran obra de antropología fundamental, Persona y acción, pues parece claro que, a partir de ese momento, consideró cerrada esta área de investigación  y  comenzó  a  sentar  los  cimientos  de  lo  que  podría  haber  sido  una filosofía  social,  que,  sin  embargo,  no  llegó  a  fructificar  de  manera  completa porque la elección al Papado impidió su desarrollo posterior. Sin embargo, si se rastrea su producción filosófica en torno a este tema, se acaba encontrando mucho más de lo que, a primera vista, podría suponerse: lo suficiente como para merecer sobradamente, como se podrá comprobar, una presentación detallada.

 

Los  documentos  centrales  en  los  que  expone  su  filosofía  social  comienzan, en concreto, en el último capítulo de Persona y acción, titulado, de forma excesivamente modesta, Apuntes para una teoría de la participación. Es cierto que este capítulo no alcanza la grandeza sistemática del  resto  de  la  obra,  pero  no  nos  enfrentamos,  en  absoluto,  con  unos  bosquejos provisionales. Muy al contrario, Wojtyła presenta en esas páginas (unas 50) las líneas fundamentales de su concepción sobre la relación entre la persona y la sociedad que, más adelante, perfeccionaría o enriquecería, pero sin aportar ninguna modificación esencial. Entre los desarrollos posteriores más importantes hay que destacar el fundamental La  persona:  sujeto  y  comunidad  (1976)4,  además  de  ¿Participación  o  alienación?. Y  podría  sumarse  probablemente  también,  aunque  en  un  contexto  teórico  diferente,  El  problema  del  constituirse  de  la  cultura  a  través de la “praxis” humana (1977). En este conjunto de textos (que alcanza unas 160 páginas) es donde se encierra el conjunto de la filosofía social de Wojtyła.

 

Alguien podría apuntarse que su reflexión social no concluye aquí, sino que continúa en los años posteriores, alcanzando su madurez y plenitud  en  sus  grandes  encíclicas  sociales  Laborem  exercens  (1981), Solicitudo  rei  socialis  (1987)  y  Centessimus  Annus  (1991),  que  tanta  repercusión alcanzaron. Esto es cierto en parte, pero también lo es que estos escritos  presentan  rasgos  muy  diferentes  que  imposibilitan  un  análisis  unitario junto con los que hemos mencionado previamente. Estos textos, en efecto: 1) son firmados por Juan Pablo II, lo que implica que no necesariamente responde al pensamiento individual del hombre Karol Wojtyła, sino a lo que el hombre Karol Wojtyła consideró que debía escribir en un documento que se dirigía a toda la Iglesia; 2) probablemente han sido el resultado de diversas manos, aunque la firma final sea la suya; y 3) son textos formalmente teológicos, puesto que forman parte de la Doctrina Social de la Iglesia y se redactan asumiendo como principio la Verdad de la Revelación cristiana. Por todas estas razones, aunque entre ambos tipos de producción intelectual hay una continuidad teórica importante (especialmente constatable en textos como Laborem exercens), no es posible realizar un análisis científico unificado. Y como este escrito lo que pretende es exponer su filosofía social, nos centramos en sus artículos de filosofía  social,  lo  que  no  impedirá,  naturalmente,  alguna  referencia  a  otros textos si lo vemos oportuno o adecuado.

 

.Pues bien, el análisis de sus textos filosóficos nos ha conducido a la determinación de ocho temas centrales sobre los que basaremos nuestra exposición en la que utilizaremos sus escritos de modo transversal y no cronológico. Son los siguientes: 1) Primacía de la persona; 2) Valor personalista de la acción: participación y alienación; 3) Yo-tú: la dimensión interpersonal  de  la  comunidad;  4)  El  nosotros:  la  dimensión  social  de  la comunidad; 5) Comunidad, sociedad y Communio personarum; 6) La persona en la sociedad: colectivismo, totalitarismo y personalismo; 7) El bien común: la construcción conjunta de la persona y la comunidad; 8) Actitudes ante el bien común.

 

Una  última  consideración.  Aunque  Wojtyła  es  tremendamente  sobrio en sus referencias sociopolíticas, es evidente que su filosofía social no surge tan solo de un interés teórico, sino de una necesidad existencial y  colectiva  de  su  país,  así  como  de  una  experiencia  personal  tan  rica  como trágica. Wojtyła vivió en una Polonia dominada durante años por el nazismo y durante décadas por el comunismo. De hecho, cuando Wojtyła redacta las principales fuentes de nuestra reflexión, Polonia todavía está sometida al comunismo. Por eso, estas consideraciones poseen un especial valor, pues proceden de una persona que ha vivido y sufrido los colectivismos de derecha y de izquierda, y busca responder en estas páginas a su visión tóxica de la persona y de la sociedad.1. Primacía de la persona El  punto  central  que  recorre  toda  la  filosofía  social  de  Wojtyła  es  su insistencia continua en la primacía de la persona sobre la sociedad que,  no  parece  muy  aventurado  señalar,  se  funda  en  gran  medida  en  su experiencia de vida en regímenes colectivistas de derechas y de izquierda. La reciente ola de exaltación de la relación podría considerar problemática la afirmación que se acaba de realizar pues parecería infravalorar la relación con respecto a la persona subsistente. Pero, independientemente de la opinión personal que se pueda tener al respecto, no hay dudas acerca de la opinión de Wojtyła, ya que él mismo recibió críticas por este planteamiento, y, afortunadamente para nosotros, contamos con su respuesta explícita a esta dificultad. De hecho, su primera “justificación” sobre este punto, por decirlo de algún modo, aparece en el mismo comienzo del capítulo de Persona y acción que nos interesa: Apuntes  para  una  teoría  de  la  participación.  Wojtyła  señala,  en  efecto,  que,  aunque  solo  ahora  se  va  a  ocupar  explícitamente  de  la  relación  entre  personas,  pues  toda  la  extensa  reflexión  anterior  está  centrada  en la persona en sí misma, no es porque la considere irrelevante o secundaria. Y, precisa, ya la ha tenido presente al tratar de la experiencia del hombre, con la que comienza Persona y acción. La experiencia del ser humano, en efecto, es una experiencia interpersonal, no una expe-riencia aislada y solipsista, es la experiencia del hombre en el mundo y junto con los otros. Pero eso no le impide afirmar que, a pesar de todo, hay  una  prioridad  de  la  persona  sobre  la  relación  y,  por  ello,  lo  más  adecuado es hablar, primero, de la persona y, después, de sus relaciones, que es justamente lo que él hace en Persona y acción.

 

Juan Manuel Burgos, Fundador y presidente de la Asociación Española de Personalismo 

Invito leer articulo completo


 

 

 

jueves, 23 de enero de 2025

Juan Manuel Burgos Velasco: Karol Wojtyla (2 de 2) La Escuela ética de Lublin

 


La Escuela ética de Lublin

– capitulo 3 de la “exposición del pensamiento de Karol Wojtila – ver índice completo y una muy importante Bibliografia)  

Wojtyła comenzó por la ética entre otras cosas porque fue nombrado profesor de esta materia en la universidad católica de Lublin donde impartió diferentes cursos a lo largo de los años 1954-1961 [Weigel 1999: 175]. En sus reflexiones y en las clases que dictaba partía, sobre todo, de su posición tomista, pero la respuesta que ésta daba a muchas cuestiones intelectuales y existenciales le resultaba en parte insatisfactoria. Intuía que debía existir alguna dificultad importante no resuelta, que algún punto no debía estar bien planteado. Por otra parte, Scheler le había mostrado, precisamente en la ética, que existía otro camino dentro del realismo; que la ética podía evolucionar sin traicionar los principios de la filosofía clásica y del cristianismo, pero también sin ligarse estrictamente a unas posiciones que, en la medida en que no evolucionaban, se tornaban obsoletas, perdiendo el agarre en la vida y la capacidad de motivación. Este es el origen de lo que posteriormente se ha denominado escuela ética de Lublin [Palacios 1982] y cuyo objetivo fundamental fue integrar el tomismo con la fenomenología. El líder de esta escuela fue Karol Wojtyła que reunió en torno suyo un importante grupo de colaboradores entre los que se puede mencionar a Stanislaw Grygiel, Jozef Tischner, Marian Jaworski y Tadeus Styczen, quien le sucedería en la cátedra de ética. Otros docentes que trabajaron en estrecho contacto con él y que merecen ser mencionados son: Jerzy Kalinowski, filósofo del derecho que se trasladó después a Lyon; Marian Kurdzialek, historiador de la filosofía antigua; Feliks Berdnarski, estudioso de ética (que iría más tarde a Roma, como Grygiel) y Stanislaw Kaminski, profesor de epistemología.

 

Wojtyła no elaboró un texto sintético con los resultados intelectuales de su grupo de investigación por lo que sus aportaciones hay que recolectarlas en los diferentes artículos publicados durante esos años, si bien esa tarea ha sido facilitada por la publicación de diversas colecciones que recogen esos trabajos. En concreto, la colección en español más extensa de sus artículos de ética se ha publicado bajo el título de Mi visión del hombre [Wojtyła 2006a] que se completa con sus estudios de antropología recogidos bajo el título El hombre y su destino [Wojtyła 2005] y los de ética bajo el de El don del amor [Wojtyła 2006b].

 

Su producción se puede dividir en tres áreas principales. La primera es el análisis y confrontación con las posiciones éticas de sus cuatro autores de referencia en este terreno: Tomás de Aquino, Kant, Hume y Scheler. En estos estudios, muy analíticos y detallados, Wojtyła tiende a reducir al mínimo el aparato crítico aunque es patente que ha frecuentado y meditado asiduamente el pensamiento de los autores sobre los que diserta. No podemos entrar en el detalle de estos estudios, pero resulta especialmente central una observación que realiza a la ética tomista en un texto de 1961, El personalismo tomista, y que constituye el marco de fondo que alimenta su renovación personalista y fenomenológica: la necesidad de incorporar la dimensión subjetiva a la ética asumiendo la transformación conceptual que ello conlleva. Afirma Wojtyła, en concreto, que

La concepción de la persona que encontramos en Santo Tomás es objetivista. Casi da la impresión de que en ella no hay lugar para el análisis de la conciencia y de la autoconciencia como síntomas verdaderamente específicos de la persona-sujeto. Para Santo Tomás, la persona es obviamente un sujeto, un sujeto particularísimo de la existencia y de la acción, ya que posee subsistencia en la naturaleza racional y es capaz de conciencia y de autoconciencia. En cambio, parece que no hay lugar en su visión objetivista de la realidad para el análisis de la conciencia y de la autoconciencia, de las que sobre todo, se ocupan la filosofía y la psicología modernas. (…) Por consiguiente, en Santo Tomás vemos muy bien la persona en su existencia y acción objetivas, pero es difícil vislumbrar allí las experiencias vividas de la persona [Wojtyła 1961: 311-312].

Otro gran tema de Wojtyła es la justificación de la ética frente a sus múltiples enemigos: el hedonismo, el empirismo (Hume), o, en un sentido muy diverso, el apriorismo kantiano. Para el empirismo, la ética en cuanto tal, no existe, se reduce propiamente a la consecución del placer y a la instrumentalización de la inteligencia en beneficio de la voluntad; el problema que plantea Kant es el contrario: un rotundo y nítido formalismo moral sin contenidos. Para superar estas objeciones, Wojtyła recurre con profundidad y originalidad a la noción de experiencia moral [Styczen 2006: 127-128]. La ética, explica, no surge de ninguna estructura externa al sujeto, no es una construcción mental generada por presiones sociológicas, nace de un principio real y originario: la experiencia moral, la experiencia del deber, pero no entendida en modo kantiano, como la estructura formal de la razón práctica, sino en un sentido profundamente realista, como la experiencia que todo sujeto posee –en cada acción ética concreta– de que debe hacer el bien y debe evitar el mal.

Tomando la experiencia de la moralidad como punto de partida de la ética, estamos aceptando un cierto sistema de presupuestos. Esta decisión surge de la necesidad de salir del callejón sin salida del empirismo extremo y del apriorismo y, al mismo tiempo, implica una aceptación del punto de partida empírico de la ética [Wojtyła 1969: 331; Wojtyła 1957].

De este modo, Wojtyła intenta superar graves inconvenientes en la fundamentación y formulación de la ética. Ante todo, las objeciones del empirismo y del positivismo. Éste pretende construirse sólo sobre lo dado, sobre los hechos, y Wojtyła, aceptando en parte sus planteamientos, le ofrece justamente un “hecho”, pero humano: la experiencia de la moral. Y, por ser un hecho, esta experiencia no hay que demostrarla sino simplemente constatarla a partir de la experiencia del hombre. No es, pues, ya necesario ningún tipo de justificación de la moral, lo que hay que hacer es explicarla, pues la moral se justifica por sí misma en la medida en que existe. De aquí se sigue también otra consecuencia. Si la ética es, fundamentalmente, reflexión sobre esta experiencia, es también al mismo tiempo e inevitablemente autónoma (lo cual no quiere decir totalmente independiente), puesto que no necesita de otra ciencia para acceder a su punto de partida. La experiencia moral, la experiencia del bien y el mal, es una experiencia común y originaria, accesible a todo hombre e irreductible a cualquier otra categoría filosófica. Si los hombres entienden qué es el bien y qué es el mal se debe exclusivamente a que lo han experimentado interiormente. Aquí es donde se encuentra el origen de la ética, lo que supone, en términos de teoría de las ciencias, que es sustancialmente autónoma con respecto a cualquier otra ciencia (y a la metafísica, en particular) ya que no toma de ninguna sus contenidos sino de una experiencia antropológica originaria. Esta es otra de las grandes propuestas teóricas de la ética de Lublin.

 

Wojtyła estuvo siempre muy interesado por la metaética y se propuso elaborar un texto sistemático sobre estas cuestiones en colaboración con Styzcen. Pero tal texto nunca se concluyó y sólo se ha publicado en forma de borrador con el título de El hombre y la responsabilidad y el aclarativo subtítulo de Estudio sobre el tema de la concepción y de la metodología ética [Wojtyła 1991]. El borrador lo envió a Styzcen en 1972 y se publicó por primera vez en polaco en 1991. La impresión que se tiene es que Wojtyła intentaba exponer de manera unificada muchas adquisiciones de la ética de Lublin. Si hubiese llegado a puerto quizás hoy tendríamos un Persona y acto ético.

Wojtyła aborda en este escrito, desde una perspectiva ya muy madura, los temas centrales en la estructuración de la ética como ciencia: la moralidad, el carácter práctico de la ética, el carácter normativo, la norma personalista, etc. Se trata de un estudio riquísimo en perspectivas y en novedades, pero formulado de modo incompleto. Consideraremos sólo un punto a modo de ejemplo.

 

Para determinar la esencia de la ciencia ética, Wojtyła acude primero a la ética clásica y la presenta como una ciencia práctica que propone la realización del bien a través del primer principio práctico: bonum est faciendum. Pero, asumiendo este esquema, como es habitual en él, da un paso más y propone una visión más amplia en la que incluye elementos procedentes de la filosofía moderna por dos motivos: 1) considera necesario la ampliación de los rasgos del hecho moral; 2) piensa que hay que plantearse la aparición de una nueva pregunta previa al primer principio: “¿Qué es lo bueno y qué es lo malo y por qué?”. De estas premisas, argumenta Wojtyła, surge una nueva concepción de la ética que se convierte en una ciencia normativa y sólo indirectamente práctica. Este planteamiento, que considera «una revolución», se caracteriza por dar una nueva consistencia a la premisa menor del silogismo práctico, “x es bueno”, frente a la perspectiva clásica, que se centra en “haz x”. Un producto secundario, continúa, sería la aparición de la “praxeología” como ciencia que no sólo busca que se realicen las cosas sino entender el modo en el que se realizan.

 

El tercer tema central en los análisis éticos de Wojtyła es su intento de conexión de la ética con la vida personal. En línea con la corriente contemporánea que ha propuesto una transición de la ética de la tercera persona a la ética de la primera persona, Wojtyła entiende que la moral no puede reducirse a un conjunto de normas que obliguen desde una perspectiva heterónoma: deben implicar emocional y vitalmente al sujeto pues, de otro modo, este acabará prescindiendo más pronto o más tarde de unas reglas que se ven exclusivamente como una imposición coactiva que llega desde fuera y no está suficientemente justificada. Wojtyła ha profundizado en este punto desde diversas perspectivas que giran en torno a un perno central: el análisis del acto ético de la voluntad [Wojtyła 1957], un preludio a su magna obra Persona y acto. Señalaremos sólo dos puntos. Critica a Scheler por su concepción actualista de la persona y señala que el acto perfecciona realmente al sujeto, constituyendo así un motivo central justificativo de la acción ética al que denomina perfectivismo. La acción ética no se realiza por un imperativo externo, sino porque el sujeto intuye que mediante ella se perfecciona y alcanza la plenitud como hombre. En esta misma línea, y ahora siguiendo a Scheler, resalta la importancia de los modelos en la vida ética, en cuanto que constituyen ejemplos que se presentan a las personas con la fuerza de lo existente y posible, superando la abstracción inevitable de cualquier planteamiento teórico aunque se trate de una ciencia práctica.

 Fuente: Philosophica

Juan Manuel Burgos Velasco: Karol Wojtyla (1 de 2) - Formación y evolución en el pensamiento filosófico de Karol Wojtyła




 Formación y evolución en el pensamiento filosófico de Karol Wojtyła

 (Capitulo 2 de “la exposición de su pensamiento”  - Ver índice completo y  una muy importante Bibliografia )

El primer encuentro de Karol Wojtyła con la filosofía fue singularmente duro y estuvo causado por su decisión de ser sacerdote. Hasta ese momento se había movido casi exclusivamente en el terreno del pensamiento simbólico y literario, como correspondía a un poeta y estudiante de filología polaca que aspiraba a dedicarse al mundo del teatro [Ferrer 2007]. Pero los estudios sacerdotales imponían un bienio filosófico, y Karol Wojtyła se encontró frente a frente y sin mediaciones con una versión de la metafísica tomista abstracta, compleja y llena de fórmulas escolásticas. El impacto inicial fue muy arduo, pero después de una dura lucha intelectual por comprender, su valoración final fue muy positiva.

Cuando aprobé el examen, dije al examinador que, a mi juicio, la nueva visión del mundo que había conquistado en aquel cuerpo a cuerpo con mi manual de metafísica era más preciosa que la nota obtenida. Y no exageraba. Aquello que la intuición y la sensibilidad me habían enseñado del mundo hasta entonces, había quedado sólidamente corroborado [Frossard 1982: 16].

A partir de ese momento, intuición, sensibilidad y análisis filosófico estuvieron para siempre unidos en la mente plural de Wojtyła.

 

La tradición eclesiástica del momento le condujo durante un buen número de años por la vía exclusiva del tomismo, y el punto álgido de este camino lo podemos situar en 1948, cuando contaba 28 años, fecha en la que finaliza en el Angelicum (Roma) la tesis doctoral en teología sobre La fe en S. Juan de la Cruz, bajo la dirección de Garrigou Lagrange [Wojtyła 1979]. De todos modos, ya entonces comenzaron a emerger algunos rasgos propios de su peculiar visión intelectual. Ante todo, encontramos su primera toma de contacto con un tema que sería central en todo su filosofía posterior: la experiencia y la vivencia subjetiva. Y también resulta significativa la discusión que al parecer mantuvo con Garrigou-Lagrange por su rechazo a considerar a Dios como objeto [Buttiglione 1982: 62].

 

Posteriormente, de vuelta en Polonia, su visión tomista se enriquecería con el contacto con las tres corrientes de tomismo que por aquel entonces prevalecían en este país: el tomismo tradicional cuya figura principal era el profesor de metafísica Stanislaw Adamczyk; el tomismo existencial que respondía a un tomismo renovado con las aportaciones de Maritain y Gilson y con aperturas fenomenológicas, cuyo representante principal fue el profesor Swiezawski, y una versión polaca del tomismo trascendental de Lovaina liderada por Mieszyslaw Krapiec. De todos modos, para una variación significativa en la orientación de su pensamiento, hay que esperar a su tesis de filosofía sobre Max Scheler: Valoración sobre la posibilidad de construir la ética cristiana sobre las bases del sistema de Max Scheler (1954) [Wojtyła 1982a]. Este momento fue central en su evolución intelectual y él mismo lo ha reconocido en diversas ocasiones:

Debo verdaderamente mucho a este trabajo de investigación [la tesis sobre Scheler]. Sobre mi precedente formación aristotélico-tomista se injertaba así el método fenomenológico, lo cual me ha permitido emprender numerosos ensayos creativos en este campo. Pienso especialmente en el libro Persona y acto. De este modo me he introducido en la corriente contemporánea del personalismo filosófico, cuyo estudio ha tenido repercusión en los frutos pastorales [Juan Pablo II 1996: 110].

Al estudiar a Scheler, Karol Wojtyła descubrió un panorama nuevo al que no había tenido acceso en sus estudios romanos: la filosofía contemporánea en una versión especialmente interesante, la fenomenología realista de Scheler. El interés de esta vía radicaba en su posibilidad de integración con el pensamiento cristiano tradicional y, en particular, con el tomista, que era el que en aquel momento el joven Wojtyła profesaba. De hecho, el objetivo de su tesis consistió en intentar determinar la validez de la teoría scheleriana para la ética cristiana. Su conclusión fue la siguiente. El esquema de Scheler, en cuanto tal, como estructura, era incompatible con la ética cristiana, entre otras cosas por su concepción actualista de la persona y por su emocionalismo, pero Scheler utilizaba un método –el fenomenológico– que parecía particularmente útil y productivo; además, proponía temas novedosos muy aprovechables para renovar la ética: la importancia de los modelos, el recurso a la experiencia moral, etc. [Wojtyła 1982a: 216-219].

 

Este momento es crucial en el pensamiento de Wojtyła, puesto que le permitió acceder al conocimiento profundo de la tradición fenomenológica que constituye, junto con el tomismo, el soporte central de su filosofía. En adelante, inició una andadura que le condujo, a través de un largo proceso de maduración, a su posición definitiva: una fusión orgánica de ambas desde una perspectiva personalista que tiene, a su vez, dos fuentes diversas. La primera es la experiencia personal (uno de los elementos recurrentes de su pensamiento). «Mi concepto de persona, “única” en su identidad, y del hombre, como tal, centro del Universo, nació de la experiencia y de la comunicación con los demás en mayor medida que de la lectura» [Frossard 1982: 16]. La segunda es la filosófica: el personalismo recibido a través de Mounier, Maritain y otros.

Elaborar una visión personal le llevó tiempo y, por eso, puede advertirse con facilidad una evolución en su filosofía que le condujo paulatinamente desde un tomismo más bien clásico que puede apreciarse, por ejemplo, en sus primeros escritos de ética, a la formulación de un pensamiento original y sintético, que toma elementos de sus dos fuentes fundamentales, pero sin reducirse ni identificarse con ninguna de ellas.

 

Un ejemplo puede bastar como muestra de esta evolución: su posición sobre el método fenomenológico [Guerra 2002]. Su primer contacto con este método se produjo al realizar la tesis sobre Scheler y su conclusión fue la siguiente: «el papel de este método es secundario y meramente auxiliar» [Wojtyła 1982a: 218]. Wojtyła sostiene aquí la tesis clásica del tomismo respecto a la fenomenología. El método fenomenológico –desprovisto de su impulso idealista– puede ser asumido como un eficaz medio de enriquecer la exploración de la realidad. Pero tal exploración se detiene en el nivel externo y superficial y los datos que aporta deben ser anclados e integrados en la estructura metafísica, que es la esencial. Por eso es secundario. Pero años más tarde, en sus escritos de madurez, el planteamiento es muy diferente. En concreto, en un texto breve de 1978, pero muy importante, La subjetividad y lo irreductible en el hombre, afirma:

Por su naturaleza la experiencia se opone a la reducción, pero esto no significa que se escape de nuestro conocimiento. La experiencia requiere ser conocida de modo diverso, se puede decir con un método, mediante un análisis que sea tal que revele y muestre su esencia. El método del análisis fenomenológico nos permite apoyarnos sobre la experiencia como algo irreductible. Este método no es en absoluto sólo una descripción que registra los fenómenos (fenómenos en sentido kantiano: como los contenidos que caen bajo nuestros sentidos). Apoyándonos sobre la experiencia como algo irreductible nos esforzamos en penetrar cognoscitivamente toda la esencia. De este modo captamos no solo la estructura subjetiva de la experiencia por su naturaleza, sino también su vínculo estructural con la subjetividad del hombre. El análisis fenomenológico, sirve, por consiguiente, para la comprensión transfenoménica y sirve también para revelar la riqueza propia del ser humano en toda la complejidad del compositum humanum» [Wojtyła 1978: 37-38].

Como se puede observar, el método ya no es meramente un paseo por la superficie fenoménica de la realidad sino el procedimiento para sacar todo el partido a la experiencia y penetrar “toda la esencia”. Tiene, por tanto, un alcance trans-fenoménico. Entre estas dos expresiones han pasado 24 años, tiempo en el que Wojtyła no sólo ha modificado su percepción del análisis fenomenológico sino que también, en alguna medida, lo ha transformado dándole un alcance especial que le capacita para analizar con toda la profundidad necesaria la fuente de su antropología: la experiencia que el hombre tiene de sí mismo y de los otros.

 

Así pues, la posición filosófica definitiva de Wojtyła –y el ejemplo lo muestra de manera fehaciente– es un personalismo forjado de una raíz fenomenológica y otra tomista al que accede a través de un largo período de reflexión. A continuación se exponen los contenidos principales de su filosofía siguiendo un orden cronológico puesto que, además de facilitar la comprensión de su itinerario intelectual, guarda una unidad temática bastante consistente. Las áreas-períodos en las que vamos a agrupar su pensamiento son cuatro: 1) la ética; 2) el amor humano; 3) la antropología y 4) la frustrada transición hacia una filosofía interpersonal y social. Existe también un Wojtyła teólogo que no consideramos en el presente escrito y también se dejan de lado algunos desarrollos de su pensamiento filosófico que se pueden encontrar en Encíclicas como Familiaris consortio o Laborem exercens porque plantean un problema hermenéutico impropio de un texto introductorio.

 

Fuente: Philosophica  

 

 

lunes, 7 de noviembre de 2022

Máster en Karol Wojtyla-Juan Pablo II

 


Copio textualmente del sitio de la Asociacion Española de Personalismo:

El plan de estudios comprende 48 créditos. Las clases darán comienzo el 12 de enero de 2023 y finalizarán en octubre de 2023.

El master ofrece una panorámica completa e interrrelacionada de las múltiples facetas de Karol Wojtyla/Juan Pablo II: su inicial vocación poetica y teatral, su formación filosófica y teologica, su propia propuesta antropológica, que el denomino personalismo y su innovadora teologai del cuerpo. El Master puede entenderse como un homenaje a Karol Wojtyla/Juan Pablo II que busca difundir su inmenso legado personal, doctrinal y espiritual.

DIRIGIDO POR El máster está dirigido por el prof. Juan Manuel Burgos, experto internacional en el pensamiento de Karol Wojtyla.

DIRIGIDO A Personas interesadas en conocer y profundizar todo el legado de Karol Wojtyla/ Juan Pablo II.

DURACIÓN Enero a octubre de 2023. Es posible la matrícula por bloques independientes cursando el Master en uno o varios años.

HORARIO  Una sesión semanal de 3 horas los miércoles (18:00- 21:00 hora española).

FORMACIÓN ONLINE Se usará la plataforma Educativa, experta en España e Iberoamérica en creación de campus digitales educativos. Todas las clases quedan grabadas y el alumno podrá visualizarlas cuando le resulte conveniente.

PRECIO CURSO 2022 1.500 euros (200 € por materia). Existen posibilidad de becas y descuentos que se estudiarán individualmente.

TITULACIÓN El Máster online Karol Wojtyla/ Juan Pablo II es un Título Propio que expide la Asociación Española de Personalismo.

Plan de estudios e información completa

viernes, 13 de noviembre de 2020

Formación y evolución en el pensamiento filosófico de Karol Wojtyła – Juan Manuel Burgos Velasco

 


El primer encuentro de Karol Wojtyła con la filosofía fue singularmente duro y estuvo causado por su decisión de ser sacerdote. Hasta ese momento se había movido casi exclusivamente en el terreno del pensamiento simbólico y literario, como correspondía a un poeta y estudiante de filología polaca que aspiraba a dedicarse al mundo del teatro [Ferrer 2007]. Pero los estudios sacerdotales imponían un bienio filosófico, y Karol Wojtyła se encontró frente a frente y sin mediaciones con una versión de la metafísica tomista abstracta, compleja y llena de fórmulas escolásticas. El impacto inicial fue muy arduo, pero después de una dura lucha intelectual por comprender, su valoración final fue muy positiva.

 Cuando aprobé el examen, dije al examinador que, a mi juicio, la nueva visión del mundo que había conquistado en aquel cuerpo a cuerpo con mi manual de metafísica era más preciosa que la nota obtenida. Y no exageraba. Aquello que la intuición y la sensibilidad me habían enseñado del mundo hasta entonces, había quedado sólidamente corroborado [Frossard 1982: 16].

 A partir de ese momento, intuición, sensibilidad y análisis filosófico estuvieron para siempre unidos en la mente plural de Wojtyła.

 La tradición eclesiástica del momento le condujo durante un buen número de años por la vía exclusiva del tomismo, y el punto álgido de este camino lo podemos situar en 1948, cuando contaba 28 años, fecha en la que finaliza en el Angelicum (Roma) la tesis doctoral en teología sobre La fe en S. Juan de la Cruz, bajo la dirección de Garrigou Lagrange [Wojtyła 1979]. De todos modos, ya entonces comenzaron a emerger algunos rasgos propios de su peculiar visión intelectual. Ante todo, encontramos su primera toma de contacto con un tema que sería central en todo su filosofía posterior: la experiencia y la vivencia subjetiva. Y también resulta significativa la discusión que al parecer mantuvo con Garrigou-Lagrange por su rechazo a considerar a Dios como objeto [Buttiglione 1982: 62].

 Posteriormente, de vuelta en Polonia, su visión tomista se enriquecería con el contacto con las tres corrientes de tomismo que por aquel entonces prevalecían en este país: el tomismo tradicional cuya figura principal era el profesor de metafísica Stanislaw Adamczyk; el tomismo existencial que respondía a un tomismo renovado con las aportaciones de Maritain y Gilson y con aperturas fenomenológicas, cuyo representante principal fue el profesor Swiezawski, y una versión polaca del tomismo trascendental de Lovaina liderada por Mieszyslaw Krapiec. De todos modos, para una variación significativa en la orientación de su pensamiento, hay que esperar a su tesis de filosofía sobre Max Scheler: Valoración sobre la posibilidad de construir la ética cristiana sobre las bases del sistema de Max Scheler (1954) [Wojtyła 1982a]. Este momento fue central en su evolución intelectual y él mismo lo ha reconocido en diversas ocasiones:

Debo verdaderamente mucho a este trabajo de investigación [la tesis sobre Scheler]. Sobre mi precedente formación aristotélico-tomista se injertaba así el método fenomenológico, lo cual me ha permitido emprender numerosos ensayos creativos en este campo. Pienso especialmente en el libro Persona y acto. De este modo me he introducido en la corriente contemporánea del personalismo filosófico, cuyo estudio ha tenido repercusión en los frutos pastorales [Juan Pablo II 1996: 110].

 Al estudiar a Scheler, Karol Wojtyła descubrió un panorama nuevo al que no había tenido acceso en sus estudios romanos: la filosofía contemporánea en una versión especialmente interesante, la fenomenología realista de Scheler. El interés de esta vía radicaba en su posibilidad de integración con el pensamiento cristiano tradicional y, en particular, con el tomista, que era el que en aquel momento el joven Wojtyła profesaba. De hecho, el objetivo de su tesis consistió en intentar determinar la validez de la teoría scheleriana para la ética cristiana. Su conclusión fue la siguiente. El esquema de Scheler, en cuanto tal, como estructura, era incompatible con la ética cristiana, entre otras cosas por su concepción actualista de la persona y por su emocionalismo, pero Scheler utilizaba un método –el fenomenológico– que parecía particularmente útil y productivo; además, proponía temas novedosos muy aprovechables para renovar la ética: la importancia de los modelos, el recurso a la experiencia moral, etc. [Wojtyła 1982a: 216-219].

Este momento es crucial en el pensamiento de Wojtyła, puesto que le permitió acceder al conocimiento profundo de la tradición fenomenológica que constituye, junto con el tomismo, el soporte central de su filosofía. En adelante, inició una andadura que le condujo, a través de un largo proceso de maduración, a su posición definitiva: una fusión orgánica de ambas desde una perspectiva personalista que tiene, a su vez, dos fuentes diversas. La primera es la experiencia personal (uno de los elementos recurrentes de su pensamiento). «Mi concepto de persona, “única” en su identidad, y del hombre, como tal, centro del Universo, nació de la experiencia y de la comunicación con los demás en mayor medida que de la lectura» [Frossard 1982: 16]. La segunda es la filosófica: el personalismo recibido a través de Mounier, Maritain y otros.

 Elaborar una visión personal le llevó tiempo y, por eso, puede advertirse con facilidad una evolución en su filosofía que le condujo paulatinamente desde un tomismo más bien clásico que puede apreciarse, por ejemplo, en sus primeros escritos de ética, a la formulación de un pensamiento original y sintético, que toma elementos de sus dos fuentes fundamentales, pero sin reducirse ni identificarse con ninguna de ellas.

Un ejemplo puede bastar como muestra de esta evolución: su posición sobre el método fenomenológico [Guerra 2002]. Su primer contacto con este método se produjo al realizar la tesis sobre Scheler y su conclusión fue la siguiente: «el papel de este método es secundario y meramente auxiliar» [Wojtyła 1982a: 218]. Wojtyła sostiene aquí la tesis clásica del tomismo respecto a la fenomenología. El método fenomenológico –desprovisto de su impulso idealista– puede ser asumido como un eficaz medio de enriquecer la exploración de la realidad. Pero tal exploración se detiene en el nivel externo y superficial y los datos que aporta deben ser anclados e integrados en la estructura metafísica, que es la esencial. Por eso es secundario. Pero años más tarde, en sus escritos de madurez, el planteamiento es muy diferente. En concreto, en un texto breve de 1978, pero muy importante, La subjetividad y lo irreductible en el hombre, afirma:

 Por su naturaleza la experiencia se opone a la reducción, pero esto no significa que se escape de nuestro conocimiento. La experiencia requiere ser conocida de modo diverso, se puede decir con un método, mediante un análisis que sea tal que revele y muestre su esencia. El método del análisis fenomenológico nos permite apoyarnos sobre la experiencia como algo irreductible. Este método no es en absoluto sólo una descripción que registra los fenómenos (fenómenos en sentido kantiano: como los contenidos que caen bajo nuestros sentidos). Apoyándonos sobre la experiencia como algo irreductible nos esforzamos en penetrar cognoscitivamente toda la esencia. De este modo captamos no solo la estructura subjetiva de la experiencia por su naturaleza, sino también su vínculo estructural con la subjetividad del hombre. El análisis fenomenológico, sirve, por consiguiente, para la comprensión transfenoménica y sirve también para revelar la riqueza propia del ser humano en toda la complejidad del compositum humanum» [Wojtyła 1978: 37-38].

 Como se puede observar, el método ya no es meramente un paseo por la superficie fenoménica de la realidad sino el procedimiento para sacar todo el partido a la experiencia y penetrar “toda la esencia”. Tiene, por tanto, un alcance trans-fenoménico. Entre estas dos expresiones han pasado 24 años, tiempo en el que Wojtyła no sólo ha modificado su percepción del análisis fenomenológico sino que también, en alguna medida, lo ha transformado dándole un alcance especial que le capacita para analizar con toda la profundidad necesaria la fuente de su antropología: la experiencia que el hombre tiene de sí mismo y de los otros.

 Así pues, la posición filosófica definitiva de Wojtyła –y el ejemplo lo muestra de manera fehaciente– es un personalismo forjado de una raíz fenomenológica y otra tomista al que accede a través de un largo período de reflexión. A continuación se exponen los contenidos principales de su filosofía siguiendo un orden cronológico puesto que, además de facilitar la comprensión de su itinerario intelectual, guarda una unidad temática bastante consistente. Las áreas-períodos en las que vamos a agrupar su pensamiento son cuatro: 1) la ética; 2) el amor humano; 3) la antropología y 4) la frustrada transición hacia una filosofía interpersonal y social. Existe también un Wojtyła teólogo que no consideramos en el presente escrito y también se dejan de lado algunos desarrollos de su pensamiento filosófico que se pueden encontrar en Encíclicas como Familiaris consortio o Laborem exercens porque plantean un problema hermenéutico impropio de un texto introductorio.

 (Tercer capítulo del trabajo escrito por Juan Manuel Burgos Velasco y cuyo índice se ofrece a continuación, que comienza con un breve esbozo biográfico, siempre dentro de la formación y evolución del pensamiento filosófico de Karol Wojtyla.  Invito visitar la página que nos ofrece una rica bibliografía y  detalla lo disponible en castellano)

 

Índice

1. Esbozo biográfico

2. Formación y evolución en el pensamiento filosófico de Karol Wojtyła

3. La Escuela ética de Lublin

4. Amor y responsabilidad (1960)

5. Persona y acto (1969)

6. La posición filosófica de Karol Wojtyła

7. El camino truncado: la filosofía interpersonal y social

8. Bibliografía

a) Obras de Karol Wojtyła

a.1) Libros

a.2) Recopilaciones de escritos en español

a.3) Selección de artículos de especial relieve (recogidos en las recopilaciones)

b) Estudios sobre Karol Wojtyła