Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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martes, 17 de marzo de 2026

Adiós a Habermas, filósofo del diálogo con Ratzinger entre fe y razón

 


El filósofo alemán Jürgen Habermas, uno de los pensadores europeos más influyentes del siglo XX, falleció a los 96 años. Teórico de la acción comunicativa y la democracia deliberativa, reflexionó sobre el papel del lenguaje y la racionalidad en la vida pública. Su diálogo con el entonces cardenal Joseph Ratzinger sobre la relación entre religión y modernidad fue célebre.

En una época marcada por el conflicto, las divisiones culturales y la crisis de la democracia, Jürgen Habermas —fallecido el 14 de marzo de 2026 en Starnberg, cerca de Múnich, a los 96 años— dedicó su vida a defender una convicción sencilla pero radical: la convivencia humana solo puede sostenerse mediante el diálogo. Filósofo del lenguaje y de la democracia deliberativa, influyó en el pensamiento europeo durante más de medio siglo. En los últimos años, su trayectoria se cruzó con la del teólogo Joseph Ratzinger en uno de los debates más importantes sobre la relación entre fe y razón en la sociedad contemporánea.

Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas fue uno de los más grandes filósofos, sociólogos y politólogos del siglo XX, discípulo de Adorno y Horkheimer, exponente de la Escuela de Frankfurt y autor de la famosa teoría de la "acción comunicativa", que influyó en el debate filosófico, político y jurídico europeo durante décadas.

Desde muy joven, Habermas mostró interés por el lenguaje. Esto no se debía únicamente a sus aspiraciones intelectuales: una fisura palatina, que padeció de niño, le dificultaba hablar. El lenguaje se convirtió así también en una herramienta de redención personal y una afirmación de la dignidad de la comunicación humana.

Tras estudiar en Bonn, Gotinga y Zúrich, se graduó en 1954 con una tesis sobre Schelling y comenzó a colaborar con la Escuela de Frankfurt, trabajando como asistente de Adorno. Profesor en Heidelberg y Frankfurt, y posteriormente director del Instituto Max Planck en Starnberg, fue una de las figuras centrales de la filosofía alemana entre las décadas de 1960 y 1990. Miembro de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, renovó su enfoque marxista, transformándolo en una teoría de la racionalidad y la comunicación orientada hacia la democracia deliberativa.

Su obra más conocida, La teoría de la acción comunicativa, propone que la racionalidad surge no de la imposición ni del poder, sino del diálogo entre interlocutores libres e iguales. De ahí proviene su «ética del discurso»: una norma es justa si puede ser aceptada por todos los implicados mediante un intercambio libre. Por lo tanto, el fundamento de la convivencia civil no reside en la tradición ni en la revelación, sino en el consenso argumentado racionalmente.

Este proyecto representa uno de los intentos más ambiciosos de la filosofía contemporánea por dotar a la modernidad de un fundamento normativo tras la crisis de la metafísica tradicional. Sin embargo, es precisamente aquí donde surgen algunas de sus limitaciones. La confianza en el proceso racional del diálogo se muestra hoy más frágil ante las tensiones del siglo XXI: guerras, el resurgimiento del nacionalismo, fracturas culturales y religiosas, pero también los desafíos que plantean la biotecnología y la inteligencia artificial. La racionalidad comunicativa parece capaz de regular los conflictos, pero no siempre de generar las profundas motivaciones morales que las sociedades requieren.

Su imagen pública también ha sido controvertida. En ocasiones, Habermas apoyó intervenciones militares occidentales justificadas en nombre de los derechos humanos, como el bombardeo de Serbia por la OTAN en 1999 o algunas intervenciones militares occidentales después del 11-S, lo que le valió críticas de quienes veían tales posturas como un conflicto con su ideal de diálogo racional.

Diálogo con Ratzinger sobre fe, razón y secularización.

A pesar de su formación laica y aconfesional, en las últimas décadas Habermas ha dedicado considerable atención a la relación entre fe y razón. Su diálogo con Joseph Ratzinger es emblemático. El 19 de enero de 2004, el cardenal —entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y futuro papa Benedicto XVI— se reunió con él en la Academia Católica de Baviera para un debate público que posteriormente se recopiló en el libro Dialéctica de la secularización: Sobre la razón y la religión.




En el centro del debate se encontraba una cuestión crucial: ¿puede la democracia moderna ignorar por completo la religión, o se apoya en sus recursos morales? Habermas y Ratzinger coincidieron en un punto: la fe no es meramente un residuo privado, sino que puede generar motivaciones éticas y un sentido de los límites. Sin embargo, diferían en sus premisas. El filósofo partía del Estado constitucional democrático y del principio de la justificación racional de las normas; el teólogo, de la revelación cristiana, en la que la razón se considera luz divina y la fe, su guía.

El diálogo reveló puntos en común. Ambos rechazaron el relativismo moral absoluto y el fundamentalismo religioso. Asimismo, enfatizaron la necesidad de una «purificación mutua»: la fe debe aceptar la crítica racional para evitar desviaciones ideológicas, mientras que la razón debe reconocer que no todo puede reducirse a la tecnología o la lógica instrumental. Por lo tanto, la religión puede desempeñar un papel público, siempre que sea capaz de traducir su contenido a un lenguaje comprensible para todos los ciudadanos.

Desde esta perspectiva surge la idea de una sociedad "postsecular": una realidad que no regresa a una Europa confesional, sino que reconoce que la religión continúa ofreciendo símbolos, narrativas y motivaciones morales que la racionalidad secular por sí sola se esfuerza por producir.

Las reflexiones de ambos pensadores se centraron principalmente en el futuro de Europa. Habermas y Ratzinger coincidieron en defender la democracia liberal, pero criticaron su potencial deriva tecnocrática y la reducción de la sociedad a un mercado de intereses. En este contexto, la fe, sin reivindicar privilegios políticos, puede contribuir a devolver la sustancia ética a la vida pública, haciendo hincapié en el valor del individuo, los derechos fundamentales y la justicia social.

Ante las crisis democráticas actuales, el auge del populismo y las tensiones culturales, su diálogo sigue siendo sorprendentemente relevante hoy en día. La «postsecularidad» que vislumbraron Habermas y Ratzinger exige una cultura política más madura: capaz de distinguir entre secularismo y nihilismo, entre identidad abierta y cierre ideológico, entre una fe que dialoga y una religión que reclama poder.

La muerte de Habermas marca, pues, el fin de una gran era del pensamiento europeo. Pero el diálogo que inició con Ratzinger sigue siendo un punto de referencia para quienes conciben Europa no solo como un mercado o una institución administrativa, sino como un proyecto cultural y moral fundado en el diálogo entre la razón, el pluralismo y la responsabilidad histórica.

 

Fuente: FabioColagrande - Vatican News. (Me he permitido copiar el texto completo)

 

 

 

 

jueves, 26 de junio de 2025

El diálogo virtuoso entre filosofía y teología “Razón y Fe”

 


La encíclica Fides et Ratio del Papa Juan Pablo II representa un hecho de gran relevancia religiosa y cultural: vuelve a proponer al homo viator el camino de la inteligencia filosófica que, en la búsqueda de la verdad, se abre a la revelación cristiana.

La filosofía le es de ayuda a la teología por dos motivos que constituyen el método de investigación teológica: el auditus fidei y el intellectus fidei. Mediante el auditus fidei la teología entra en posesión de los contenidos de la Revelación; mediante el intellectus fidei la teología elabora una reflexión especulativa sobre la Revelación misma. En cuanto a la preparación de un correcto auditus fidei, la filosofía ayuda a la teología sobre todo de dos maneras: considerando la estructura de la conciencia y del lenguaje; aportando instrumentos para una comprensión coherente de la Tradición, de los pronunciamientos del Magisterio y de las reflexiones de los grandes teólogos (Fideset Ratio, n.65

En cuanto al intellectus fidei, la filosofía ayuda a la teología a identificar las estructuras lógicas y conceptuales en las que se articula la enseñanza de la Iglesia y la misma reflexión del teólogo. El debate, pues, se diversifica y se explica en base a las ramificaciones del saber teológico. Sobre todo la filosofía ayuda a  la teología dogmática a articular las reflexiones sobre el Misterio de Dios Uno y Trino y sobre la economía de la salvación, que culmina en la Encarnación y el Misterio Pascual, tanto de forma narrativa, como sobre todo de forma argumentativa. Además la teología dogmática presupone e implica una filosofía del hombre, del mundo y, más radicalmente, del ser, fundada sobre la verdad objetiva (id. nr. 66).

Por cuanto se refiere a la teología moral, esta presupone una ética filosófica que le permita hacerse comprender por todo hombre cuando utiliza los términos como “ley moral” “conciencia”, “libertad”, “culpa”, “responsabilidad personal” y los profundice a la luz de la fe. Más fuerte aún es la interacción entre filosofía y teología fundamental: la filosofía, de hecho, posee también una función “propedéutica” a la fe, demostrando verdades fundamentales para formular correctamente la cuestión de la relación entre Dios y el hombre, como por ejemplo la existencia y el conocimiento de Dios, la inmortalidad del alma, la racionabilidad y la credibilidad de la Revelación misma. Podría finalmente afirmarse que la filosofía es capaz de desarrollar una función “apologética”  por cuanto puede defender la fe corrigiendo perspectivas filosóficas erradas incompatibles con la teología cristiana (por ejemplo el relativismo ético). La Encíclica, por lo tanto, pone en evidencia que la razón filosófica es verdaderamente correcta en su despliegue cuando sabe reconocer dentro de su propia búsqueda el límite dado entre la desproporción entre sujeto consciente y objeto investigado. Además de este conocimiento, la filosofía está llamada a adoptar y expresar la exigencia de un acto revelador capaz de llenar el vacío evidenciado por la desproporción entre lo finito y el Infinito: acto que no puede provenir del hombre mismo, sino del Absoluto trascedente.”

Fuente:  Mario Pangallo  Totus Tuus, N. 3 mayo/junio/julio 2010

viernes, 13 de noviembre de 2020

Formación y evolución en el pensamiento filosófico de Karol Wojtyła – Juan Manuel Burgos Velasco

 


El primer encuentro de Karol Wojtyła con la filosofía fue singularmente duro y estuvo causado por su decisión de ser sacerdote. Hasta ese momento se había movido casi exclusivamente en el terreno del pensamiento simbólico y literario, como correspondía a un poeta y estudiante de filología polaca que aspiraba a dedicarse al mundo del teatro [Ferrer 2007]. Pero los estudios sacerdotales imponían un bienio filosófico, y Karol Wojtyła se encontró frente a frente y sin mediaciones con una versión de la metafísica tomista abstracta, compleja y llena de fórmulas escolásticas. El impacto inicial fue muy arduo, pero después de una dura lucha intelectual por comprender, su valoración final fue muy positiva.

 Cuando aprobé el examen, dije al examinador que, a mi juicio, la nueva visión del mundo que había conquistado en aquel cuerpo a cuerpo con mi manual de metafísica era más preciosa que la nota obtenida. Y no exageraba. Aquello que la intuición y la sensibilidad me habían enseñado del mundo hasta entonces, había quedado sólidamente corroborado [Frossard 1982: 16].

 A partir de ese momento, intuición, sensibilidad y análisis filosófico estuvieron para siempre unidos en la mente plural de Wojtyła.

 La tradición eclesiástica del momento le condujo durante un buen número de años por la vía exclusiva del tomismo, y el punto álgido de este camino lo podemos situar en 1948, cuando contaba 28 años, fecha en la que finaliza en el Angelicum (Roma) la tesis doctoral en teología sobre La fe en S. Juan de la Cruz, bajo la dirección de Garrigou Lagrange [Wojtyła 1979]. De todos modos, ya entonces comenzaron a emerger algunos rasgos propios de su peculiar visión intelectual. Ante todo, encontramos su primera toma de contacto con un tema que sería central en todo su filosofía posterior: la experiencia y la vivencia subjetiva. Y también resulta significativa la discusión que al parecer mantuvo con Garrigou-Lagrange por su rechazo a considerar a Dios como objeto [Buttiglione 1982: 62].

 Posteriormente, de vuelta en Polonia, su visión tomista se enriquecería con el contacto con las tres corrientes de tomismo que por aquel entonces prevalecían en este país: el tomismo tradicional cuya figura principal era el profesor de metafísica Stanislaw Adamczyk; el tomismo existencial que respondía a un tomismo renovado con las aportaciones de Maritain y Gilson y con aperturas fenomenológicas, cuyo representante principal fue el profesor Swiezawski, y una versión polaca del tomismo trascendental de Lovaina liderada por Mieszyslaw Krapiec. De todos modos, para una variación significativa en la orientación de su pensamiento, hay que esperar a su tesis de filosofía sobre Max Scheler: Valoración sobre la posibilidad de construir la ética cristiana sobre las bases del sistema de Max Scheler (1954) [Wojtyła 1982a]. Este momento fue central en su evolución intelectual y él mismo lo ha reconocido en diversas ocasiones:

Debo verdaderamente mucho a este trabajo de investigación [la tesis sobre Scheler]. Sobre mi precedente formación aristotélico-tomista se injertaba así el método fenomenológico, lo cual me ha permitido emprender numerosos ensayos creativos en este campo. Pienso especialmente en el libro Persona y acto. De este modo me he introducido en la corriente contemporánea del personalismo filosófico, cuyo estudio ha tenido repercusión en los frutos pastorales [Juan Pablo II 1996: 110].

 Al estudiar a Scheler, Karol Wojtyła descubrió un panorama nuevo al que no había tenido acceso en sus estudios romanos: la filosofía contemporánea en una versión especialmente interesante, la fenomenología realista de Scheler. El interés de esta vía radicaba en su posibilidad de integración con el pensamiento cristiano tradicional y, en particular, con el tomista, que era el que en aquel momento el joven Wojtyła profesaba. De hecho, el objetivo de su tesis consistió en intentar determinar la validez de la teoría scheleriana para la ética cristiana. Su conclusión fue la siguiente. El esquema de Scheler, en cuanto tal, como estructura, era incompatible con la ética cristiana, entre otras cosas por su concepción actualista de la persona y por su emocionalismo, pero Scheler utilizaba un método –el fenomenológico– que parecía particularmente útil y productivo; además, proponía temas novedosos muy aprovechables para renovar la ética: la importancia de los modelos, el recurso a la experiencia moral, etc. [Wojtyła 1982a: 216-219].

Este momento es crucial en el pensamiento de Wojtyła, puesto que le permitió acceder al conocimiento profundo de la tradición fenomenológica que constituye, junto con el tomismo, el soporte central de su filosofía. En adelante, inició una andadura que le condujo, a través de un largo proceso de maduración, a su posición definitiva: una fusión orgánica de ambas desde una perspectiva personalista que tiene, a su vez, dos fuentes diversas. La primera es la experiencia personal (uno de los elementos recurrentes de su pensamiento). «Mi concepto de persona, “única” en su identidad, y del hombre, como tal, centro del Universo, nació de la experiencia y de la comunicación con los demás en mayor medida que de la lectura» [Frossard 1982: 16]. La segunda es la filosófica: el personalismo recibido a través de Mounier, Maritain y otros.

 Elaborar una visión personal le llevó tiempo y, por eso, puede advertirse con facilidad una evolución en su filosofía que le condujo paulatinamente desde un tomismo más bien clásico que puede apreciarse, por ejemplo, en sus primeros escritos de ética, a la formulación de un pensamiento original y sintético, que toma elementos de sus dos fuentes fundamentales, pero sin reducirse ni identificarse con ninguna de ellas.

Un ejemplo puede bastar como muestra de esta evolución: su posición sobre el método fenomenológico [Guerra 2002]. Su primer contacto con este método se produjo al realizar la tesis sobre Scheler y su conclusión fue la siguiente: «el papel de este método es secundario y meramente auxiliar» [Wojtyła 1982a: 218]. Wojtyła sostiene aquí la tesis clásica del tomismo respecto a la fenomenología. El método fenomenológico –desprovisto de su impulso idealista– puede ser asumido como un eficaz medio de enriquecer la exploración de la realidad. Pero tal exploración se detiene en el nivel externo y superficial y los datos que aporta deben ser anclados e integrados en la estructura metafísica, que es la esencial. Por eso es secundario. Pero años más tarde, en sus escritos de madurez, el planteamiento es muy diferente. En concreto, en un texto breve de 1978, pero muy importante, La subjetividad y lo irreductible en el hombre, afirma:

 Por su naturaleza la experiencia se opone a la reducción, pero esto no significa que se escape de nuestro conocimiento. La experiencia requiere ser conocida de modo diverso, se puede decir con un método, mediante un análisis que sea tal que revele y muestre su esencia. El método del análisis fenomenológico nos permite apoyarnos sobre la experiencia como algo irreductible. Este método no es en absoluto sólo una descripción que registra los fenómenos (fenómenos en sentido kantiano: como los contenidos que caen bajo nuestros sentidos). Apoyándonos sobre la experiencia como algo irreductible nos esforzamos en penetrar cognoscitivamente toda la esencia. De este modo captamos no solo la estructura subjetiva de la experiencia por su naturaleza, sino también su vínculo estructural con la subjetividad del hombre. El análisis fenomenológico, sirve, por consiguiente, para la comprensión transfenoménica y sirve también para revelar la riqueza propia del ser humano en toda la complejidad del compositum humanum» [Wojtyła 1978: 37-38].

 Como se puede observar, el método ya no es meramente un paseo por la superficie fenoménica de la realidad sino el procedimiento para sacar todo el partido a la experiencia y penetrar “toda la esencia”. Tiene, por tanto, un alcance trans-fenoménico. Entre estas dos expresiones han pasado 24 años, tiempo en el que Wojtyła no sólo ha modificado su percepción del análisis fenomenológico sino que también, en alguna medida, lo ha transformado dándole un alcance especial que le capacita para analizar con toda la profundidad necesaria la fuente de su antropología: la experiencia que el hombre tiene de sí mismo y de los otros.

 Así pues, la posición filosófica definitiva de Wojtyła –y el ejemplo lo muestra de manera fehaciente– es un personalismo forjado de una raíz fenomenológica y otra tomista al que accede a través de un largo período de reflexión. A continuación se exponen los contenidos principales de su filosofía siguiendo un orden cronológico puesto que, además de facilitar la comprensión de su itinerario intelectual, guarda una unidad temática bastante consistente. Las áreas-períodos en las que vamos a agrupar su pensamiento son cuatro: 1) la ética; 2) el amor humano; 3) la antropología y 4) la frustrada transición hacia una filosofía interpersonal y social. Existe también un Wojtyła teólogo que no consideramos en el presente escrito y también se dejan de lado algunos desarrollos de su pensamiento filosófico que se pueden encontrar en Encíclicas como Familiaris consortio o Laborem exercens porque plantean un problema hermenéutico impropio de un texto introductorio.

 (Tercer capítulo del trabajo escrito por Juan Manuel Burgos Velasco y cuyo índice se ofrece a continuación, que comienza con un breve esbozo biográfico, siempre dentro de la formación y evolución del pensamiento filosófico de Karol Wojtyla.  Invito visitar la página que nos ofrece una rica bibliografía y  detalla lo disponible en castellano)

 

Índice

1. Esbozo biográfico

2. Formación y evolución en el pensamiento filosófico de Karol Wojtyła

3. La Escuela ética de Lublin

4. Amor y responsabilidad (1960)

5. Persona y acto (1969)

6. La posición filosófica de Karol Wojtyła

7. El camino truncado: la filosofía interpersonal y social

8. Bibliografía

a) Obras de Karol Wojtyła

a.1) Libros

a.2) Recopilaciones de escritos en español

a.3) Selección de artículos de especial relieve (recogidos en las recopilaciones)

b) Estudios sobre Karol Wojtyła

 

 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

El deber cumplido (2 de 2)


“El deseo, por sí solo, no define todavía el perfil ético del acto, lo define solamente el deber moral. Sin embargo, el deber moral no quita el dinamismo del deseo en el obrar de la persona, en el acto, pero condiciona este dinamismo. El condicionamiento viene del hecho de que el deber introduce en el deseo de las acciones humanas un deseo específico, el deseo «por el bien» y «contra el mal». No es posible compartir la idea de que el valor moral se realice en cierto modo  «al lado de» los otros deseos (auf dem Rücken), y que por sí solo no sea objeto del deseo, del querer de la persona.
Precisamente, la particular experiencia de la satisfacción o no satisfacción de sí mismo (de la persona) que se liga (sustancial y orgánicamente) al cumplimiento o del deber moral, parece confirmar la idea de que el deber moral introduce en el acto de la persona el dinamismo propio del deseo. La persona en cuanto sujeto desea la satisfacción de sí. En este  sentido, está sobre todo orientada su acción; el poder o la voluntad del agente. Sobre esta base, la moralitas, el valor moral – bien y mal – se inscribe en la sustancial finalidad (autoteleología) de la persona y, en cierto modo, la inscribe en sí.
Surge, obviamente, el problema sutil de la reducción de la moralidad a la finalidad, problema que es fuente de controversias en la historia de la ética, particularmente en la actualidad. Podemos compartir la idea según la cual la moralidad, el valor moral, es irreductible a la finalidad del hombre y trascendente respecto a ella, pero en la interpretación de la moralidad no podemos olvidar totalmente el aspecto de la finalidad, la autoteleologìa : en ese caso condenaríamos la ética a la estaticidad,  la privaríamos de todo el dinamismo propio del hombre como persona.”


(texto del capítulo “El hombre y la responsabilidad” de El hombre y su destino de Karol Wojtyla, Ediciones Palabra, 2005) 

sábado, 12 de septiembre de 2015

El deber cumplido (1 de 2)

“El momento del deber cumplido o no cumplido tiene una importancia sustancial para la persona como sujeto y artífice de la acción. En caso de cumplimiento del deber, la persona experimenta no sòlo la satisfacción del acto, sino que experimenta también en este acto la satisfacción de sì mismo. En el caso contrario, no obstgante el cumplimiento del acto – o mejor, precisamente a causa de su cumplimiento – la persona experimenta, en cambio, insatisfaccòn, desilusión, y, todavía más, culpa y pecado. Todo este proceso tiene el carácter de la experiencia, de la conciencia, pero alanza la estructura òntica de la persona. Sobre todo, el alor moral «bien-mal» se confirma en él como categoría del ser y del hacerse bueno o malo en cuanto hombre. Y por eso mismo es difícil excluir de la interpretación de la moralidad – en cuanto realidad dada en la experiencia – el aspecto de la finalidad. La exclusión de la misma fue obra de Kanta, pero en ella miraba, sobre todo, a la dimensión normativa de laética (el imperativo categórico contra el imperativo hipotético, teleológico). En ambio, los fenomenólogos (entre ellos Scheler) comienzan a recuperar el momento de la finalidad, sobre todo, en el mismo obrar del hombre, en el acto en el que siempre està contenido un deseo de «algo».”


(texto del capítulo “El hombre y la responsabilidad” de El hombre y su destino de Karol Wojtyla, Ediciones Palabra, 2005)