Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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miércoles, 8 de junio de 2022

Santa Jadwiga (Eduviges) reina de Polonia

 


Hoy la Iglesia católica (muy solemnemente la iglesia polaca) celebra la memoria litúrgica de Santa Eduviges (santa Jadwiga) reina polaca.  Nada más apropiado que recordar solo algunas palabras de la extensa,  pero emotiva homilía,  de su compatriota el Papa Juan Pablo II en la ceremonia de canonización de la santa celebrada el 8 de junio de 1997 en Cracovia, 
donde el papa polaco expresa su profunda admiración por la nueva santa y su entrañable amor a la patria polaca y a la historia de su amada nación.

 Gaude, mater Polonia! 

Repito hoy esta exhortación a la alegría, que durante siglos los polacos cantaban en recuerdo de san Estanislao. La repito, porque el lugar y la circunstancia impulsan a hacerlo de modo particular. En efecto, debemos volver nuevamente a la colina de Wawel, a la catedral real y situarnos ante las reliquias de la Reina, Señora de Wawel. Ha llegado el gran día de su canonización. Por eso, cantamos:

 

«Gaude, mater Polonia. 

Prole fecunda nobili, 

Summi Regis magnalia 

Laude frequenta vigili».

  


(globo imperial y cetro de la reina Jadwiga en la catedral de  Wawel, Cracovia)

 Eduvigis, ¡has esperado tanto tiempo este día solemne! Han transcurrido casi seiscientos años desde tu muerte, en plena juventud. Amada por toda la nación, tú, que estás en el origen de la época de los Jaguellones, iniciadora de la dinastía, fundadora de la Universidad Jaguellónica en la antiquísima Cracovia, has esperado largo tiempo el día de tu canonización, el día en que la Iglesia proclamaría solemnemente que tú eres la santa patrona de Polonia en su dimensión hereditaria, de la Polonia unida por obra tuya con Lituania y con la Rus’: de la República de tres naciones.

 Hoy ha llegado este día. Muchos han deseado presenciar este momento y no lo han logrado. Han transcurrido los años y los siglos, y parecía que tu canonización era, incluso, imposible. Que este día sea un día de alegría no solamente para nosotros, los que vivimos en estos tiempos, sino también para todos los que no han llegado a él en esta tierra. Que sea el gran día de la comunión de los santos. Gaude, mater Polonia!

(…)

¡Cuánto habría gozado hoy el Primado del milenio, el siervo de Dios cardenal Stefan Wyszynski, si hubiera tenido la oportunidad de participar, junto con nosotros, en este gran día de la canonización. Era una ilusión que tenía, al igual que los grandes metropolitanos de Cracovia, el príncipe cardenal Adam Stefan Sapieha y todo el Episcopado de Polonia. Todos intuían que la canonización de la reina Eduvigis constituiría la coronación del milenio del bautismo de Polonia. Lo es también porque, por obra de la reina Eduvigis, los polacos, bautizados en el siglo X, cuatro siglos después emprendieron la misión apostólica y contribuyeron a la evangelización y al bautismo de sus vecinos. Eduvigis estaba convencida de que su misión consistía en llevar el Evangelio a sus hermanos lituanos. Y lo hizo, juntamente con su esposo el rey Ladislao Jaguellón. En el Báltico surgió un nuevo país cristiano, renacido en las aguas del bautismo, como en el siglo X esas mismas aguas habían hecho renacer a los hijos e hijas de la nación polaca.

(…)

 En muchas ocasiones te arrodillaste a los pies del Crucifijo de Wawel para aprender de Cristo mismo ese amor generoso. Y lo aprendiste. Supiste demostrar con tu vida que lo más grande es el amor. En un antiquísimo canto polaco cantamos:

 


 (el Cristo en el altar en honor a Santa Jadwiga, catedral de Wawel, Cracovia)

 

«¡Oh cruz santa, 

árbol único en nobleza! 

Jamás el bosque dio mejor tributo 

que este que da a Dios mismo (...). 

Inaudita bondad es morir 

en cruz por otro. 

¿Quién puede hacerlo hoy? 

¿Por quién dar la propia vida? 

Sólo el Señor Jesús lo hizo, 

porque nos amó fielmente»

(cf. Crux fidelis, siglo XVI).

 

 De este Cristo crucificado de Wawel, de este Crucifijo negro, al que los habitantes de Cracovia vienen cada año en peregrinación el Viernes santo, aprendiste, reina Eduvigis, a dar la vida por tus hermanos. Tu profunda sabiduría y tu intensa actividad brotaban de la contemplación, del vínculo personal con el Crucifijo. Aquí la contemplación y la vida activa encontraban el justo equilibrio. Por eso, nunca perdiste la «parte mejor », la presencia de Cristo. Hoy queremos arrodillarnos junto contigo, Eduvigis, a los pies del Crucifijo de Wawel, para oír el eco de esa lección de amor, que tu escuchabas. Queremos aprender de ti el modo de actuarla en nuestros tiempos.

 (…)

 El espíritu de servicio animaba su compromiso social. Con gran esmero se consagró a la vida política de su época. Y, además, ella, que era hija del rey de Hungría, supo unir la fidelidad a los principios cristianos con la coherencia en la defensa de la razón de Estado polaca. Emprendiendo grandes obras, tanto en el ámbito estatal como en el internacional, no deseaba nada para sí misma. Enriquecía con liberalidad a su segunda patria con todo tipo de bienes materiales y espirituales. Experta en el arte de la diplomacia, puso los cimientos de la grandeza de la Polonia del siglo XV. Impulsó la cooperación religiosa y cultural entre las naciones y su sensibilidad con respecto a las injusticias sociales fue a menudo alabada por sus súbditos.

 (…)

 «¡Alégrate hoy, Cracovia!».

Alégrate, porque ha llegado, por fin, el momento en que todas las generaciones de tus habitantes pueden rendir homenaje de gratitud a la santa Señora de Wawel. Tú, sede real, debes a la profundidad de su mente el hecho de haberte convertido en un importante centro de pensamiento en Europa, en cuna de la cultura polaca y en puente entre el Occidente cristiano y el Oriente, dando una incalculable contribución a la formación del espíritu europeo.

(…)

 ¡Alégrate, Cracovia! 

Me complace poder compartir hoy tu alegría, aquí, en Błonia Krakowskie, en compañía de tu arzobispo, el cardenal Franciszek Macharski, los obispos auxiliares y los eméritos, los cabildos de la catedral y de la colegiata de Santa Ana, los sacerdotes, las personas de vida consagrada y todo el pueblo de Dios.

¡Cuánto deseaba venir a ti, Cracovia, mi amada ciudad, y, en nombre de la Iglesia, asegurarte solemnemente que no errabas cuando venerabas como santa, desde hace siglos, a la reina Eduvigis. Doy gracias a la divina Providencia porque me ha sido posible, porque me concede el poder contemplar, juntamente con vosotros, esta figura que brilla con el resplandor de Cristo y aprender lo que quiere decir «lo más grande es el amor».

 

(Invito leer completa la preciosa homilía

sábado, 8 de junio de 2019

Santa Eduvigis fundadora de la Universidad Jaguellonica de Cracovia


Durante su viaje apostolico a Polonia de 1997 el Santo Padre Juan Pablo II dedicadaba una parte de su discurso con ocasión del VI centeneario de la fundación de la UniversidadJaguellonica a la fundadora de la Universidad Santa Jadwiga, a su esfuerzo y tesón en enriquecer la cultura polaca.
“Durante esta ceremonia jubilar dirigimos nuestra gratitud a la figura de santa Eduvigis, Señora de Wawel, fundadora de la Universidad Jaguellónica y de la facultad de teología. Por una admirable disposición de la divina Providencia, las celebraciones del VI centenario coinciden hoy con su canonización, tanto tiempo esperada en Polonia, y especialmente en Cracovia y en su ambiente académico. Todos anhelaban grandemente esta canonización. Tanto el Senado académico de la Universidad Jaguellónica como el de la Academia pontificia de teología lo han expresado con cartas dirigidas a mí.

La santa fundadora de la Universidad, Eduvigis, sabía, con la sabiduría propia de los santos, que la universidad, como comunidad de hombres que buscan la verdad, es indispensable para la vida de la nación y para la de la Iglesia. Por eso, se esforzó con perseverancia por hacer que renaciera la Academia de Cracovia, fundada por Casimiro, y por enriquecerla con la facultad de teología. Un acontecimiento sumamente importante, pues, según los criterios de la época, sólo la fundación de la facultad de teología confería a un ateneo pleno derecho de ciudadanía y una especie de ennoblecimiento en el mundo académico.

Eduvigis abogó por esta fundación con perseverancia ante el Papa Bonifacio IX, el cual, en 1397, precisamente hace seiscientos años, acogió la solicitud, erigiendo en la Universidad Jaguellónica la facultad de teología con la solemne bula Eximiae devotionis affectus. Solamente entonces la universidad de Cracovia comenzó a existir plenamente en el mapa de las universidades europeas, y el Estado jaguellónico elevó su nivel a la altura de los países occidentales.

La universidad de Cracovia se desarrolló muy rápidamente. Durante el siglo XV alcanzó el nivel de las mayores y más conocidas universidades de la Europa de entonces. Se la comparaba con la Sorbona de París o con otras más antiguas que ella, como las universidades italianas de Bolonia y Padua, sin olvidar las universidades cercanas a Cracovia: las de Praga, Viena y Pecs, en Hungría. Ese período de oro en la historia de la universidad fructificó en numerosas figuras de eminentes profesores y estudiantes. Me limitaré a nombrar solamente dos: Paweł Włodkowic y Nicolás Copérnico.

La obra de Eduvigis dio frutos también en otra dimensión. En efecto, el siglo XV, en la historia de Cracovia, es el siglo de los santos y éstos estuvieron vinculados estrechamente a la Universidad Jaguellónica. En esa época aquí estudiaba, y más tarde dio clases, san Juan de Kety, cuyos restos mortales se encuentran precisamente en esta Colegiata académica de Santa Ana. Y, además de él, se formaron aquí algunos otros, como el beato Estanislao Kazimierczyk, Simón de Lipnica, Ladislao de Gielniów, o Miguel Giedroya, Isaac Boner, Miguel de Cracovia y Mateo de Cracovia, que tienen fama de santidad. Son solamente algunos entre la multitud de los que, buscando la verdad, llegaron a la cima de la santidad y forman la belleza espiritual de esta universidad. Creo que, durante esta celebración jubilar, no podemos olvidar esta dimensión.

3. Permitidme, queridos señores, que me dirija ahora directamente a la Academia pontificia de teología de Cracovia, heredera de la facultad de teología de la Universidad Jaguellónica, fundada por santa Eduvigis hace seiscientos años. No sólo en la historia de la teología polaca, sino también en la de la ciencia y la cultura polaca, ha desempeñado —como he dicho— un papel excepcional. He estado estrechamente unido a esa facultad porque hice en ella mis estudios de filosofía y teología durante la ocupación, es decir, en la clandestinidad, y sucesivamente porque conseguí en ella el doctorado y la habilitación.

Hoy vuelven a mi memoria, ante todo, los años de las dramáticas luchas por su existencia en el período de la dictadura comunista. Yo personalmente participé en ellas como arzobispo de Cracovia. Ese doloroso período merece, bajo cualquier punto de vista, una esmerada documentación y un profundo estudio histórico. La Iglesia nunca se resignó al hecho de una liquidación unilateral e injusta de la Facultad por parte de las autoridades del Estado de entonces. Hizo todo lo posible para que el ambiente universitario de Cracovia no quedase privado de un «Studium» académico de teología.”

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