Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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jueves, 9 de abril de 2026

Karol Wojtyla - Universidad Católica de Lublin

 


En septiembre de 1954 durante una caminata por las montañas al sur de Cracovia Stefan Swiecawski “urgió” a Wojtyla a unirse a la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica de Lublin (KUL) (ahora Universidad Católica de Lublin Juan Pablo II). Previa autorización del arzobispo Baziak, Wojtyla comenzó a acudir a Lublin desde Cracovia.

Habia cerrado la Universidad de Cracovia y Lublin era la unica universidad católica bajo el comunismo. “Y allí, en aquella especie de oasis protegido, pudo confrontar sus reflexiones con las de un grupo de profesores, de entre los más jóvenes y con las ideas más innovadoras. Estos profesores se proponian librar la gran batalla político-filosófica con el marxismo sobre su propio terreno, el de la liberación de la persona, pero a partir de un humanismo en el que hubiera sitio para el individo, para la esencia del hombre” (Svidercoschi, Franco : Historia de Karol)

Era plena época de confrontaciones políticas; entre 1953 y 1956 fueron clausuradas las facultades de leyes, ciencias sociales y educación y los diplomados en KUL encontraban dificultades para obtener posiciones académicas en otras universidades. Todas las presiones existentes no hicieron mas que fortalecer el espíritu de profesores y alumnado y hacer de KUL una “universidad con vocación” . El “proyecto” KUL fue ideado por un cuarteto de hombres relativamente jóvenes que habían ocupado puestos de profesores (el régimen estalinista de Polonia había depuesto los antiguos profesores) : Jerzy Kalinowski (Filosofía), Stefan Swiezawski (Historia de la Filosofia), el sacerdote dominico Mieczyslaw Albert Krapiec (Metafísica) y el sacerdote Karol Wojtyla (Ética). En noviembre de 1956 Wojtyla sucedió al dominico Félix Bedniarski, que es transferido al Angelicum de Roma y el 1ro de diciembre de 1956 es nombrado Director de la cátedra que ocuparía durante 22 años hasta su traslado definitivo a Roma como Sumo Pontífice. (Weigel, George Testigo de Esperanza)



En la introducción a Mi visión del hombre (Trilogía inédita I) publicada por Ediciones Palabra, Madrid, Maria Pilar Ferrer al hablar de la producción filosófica de Karol Wojtyla la divide en tres periodos:

a) aproximadamente desde inicios de los años cincuenta hasta 1979, centrado fundamentalmente en estudios de ética filosófica y sobre el amor humano. Cita entre las publicaciones que se destacan en la primera fase de ese periodo: los cursos impartidos en la KUL (1954-1958), las separatas de Abecedario ético (publicadas por Tygodnik Powszechnyentre los años 56-58: su tesis sobre la ética de Scheler y Amor y responsabilidad.

b) El segundo periodo definido fundamentalmente por Persona y Acto (1969) “una apuesta sobre el hombre, sobre la posibilidad y sobre las condiciones de afirmación de un humanismo no utópico y solidamente anclado en la realidad y en la experiencia”

c) En la tercera fase de la producción filosófica –dice Pilar Ferrer – “se abre con la ultima sección de Persona y Acto, que lleva el titulo de Participación y se extiende a todos los escritos posteriores” Y prosigue “en esta tercera fase ocupa un puesto singular el articulo El hombre en la esfera de la responsabilidad, un estudio sobre la concepción y sobre la metodología ética pensado como una “continuación ética de Persona y Acto”.


Juan Pablo II recordaba aquellos años de su paso por KUL en su primer viaje a Polonia en 1979 en su homilia a los universitarios en Varsovia, Y también - con cierta nostalgia - durante el mismo viaje en el discurso a los universitartios en Cracovia. Y extensamente durante su visita a la Universidad Catòlica de Lublin en 1987. Diriendose al mundo de la cultura admitia “Estas experiencias han impreso en mi conciencia y en mi entera personalidad profundas huellas para toda la vida”.


 

viernes, 7 de julio de 2023

Juan Pablo II – Polonia, Solidarnosc (Solidaridad) y el fin del comunismo - Stanislaw Dziwisz (2 de 2)

 


La tarde del 21 de junio Juan Pablo II llegó a Cracovia, donde le esperaba, en vez del papamóvil, un coche cerrado, pero él lo rechazó, prefirió  subir a un autobús, en el que cruzó las calles de la ciudad. Una vez en el episcopado, y ya sentado a la mesa, tuvo que interrumpir la cena para asomarse a la ventana y hablar a los miles de jóvenes que se habían congregado para saludarlo. También entonces alguien del séquito papal manifestó su preocupación, argumentando que hubiera sido preferible una actitud más «contenida».

Al día siguiente, dos millones de personas acudieron al Blonie para asistir a la beatificación de dos grandes figuras polacas: el padre Rafael Kalinowski, carmelita descalzo, y fray AlbertoChmielowski, apóstol entre la gente más humilde, fundador de la orden de los Albertinos. Al final de la misa, mientas la multitud se iba dispersando lentamente,  asomaron las banderas de Solidaridad.  Aparecieron los helicópteros que, volando a baja altura, pensaban (equivocadamente) que asustarían a la gente, obligándola a echar a correr hacia sus casas. Pero todo se desarrollo con absoluta tranquilidad, ordenadamente, justo como quería el Santo Padre, sin dejar el más mínimo resquicio a las provocaciones.

 Pero mientras tanto, ya había explotado el Gran Miedo del régimen. Esa tarde, en la catedral de Wawel, se produjo inesperadamente un segundo encuentro entre el Pontífice y el general Jaruzelski Un encuentro deseado por la clase política (y no por la Iglesia, como se intento hacer creer) un poco para serenar el clima, un poco para atenuar el impacto de  lo que iba a ocurrir al día siguiente, y un poco también porque Jaruzelski –y esto podría explicar la larga duración de la entrevista - , casi una hora y media quería exponerle al Papa «sus» razones.

Para el Santo Padre, si se me permite interpretar su pensamiento, el general era un hombre dotado de inteligencia y de cultura. Demostraba también un cierto patriotismo. Pero, hablando en términos políticos, se inclinaba hacia el este, no hacia el oeste. Para Jaruzelski, todo lo concerniente al futuro de Polonia, cualquier posible solución,  pasaba por Moscú, nunca por Occidente.

Por fin, la mañana del 23 de junio, después de haberlo mantenido en secreto hasta el último momento, se produjo el encuentro del Papa con Lech Walesa, trasladado en helicóptero junto a su mujer y cuatro de  sus hijos. El lugar del encuentro (elegido por el régimen por su «inaccesibilidad» era un refugio de montaña en las inmediaciones de Zakopane, a los pies de los montes Tatra. Todo había sido preparado ad hoc por los servicios de seguridad; habían diseminado micrófonos por el salón y los camareros habían sido sustituidos por sus propios hombres, especialistas en ese sector.

La puesta en escena, sin embargo, era tan evidente que el Santo Padre lo advirtió enseguida. Se llevó a Walesa afuera, al pasillo, y lo invitó a sentarse allí, en un banco. Quizás también allí había micros, pero de todas formas, si los escuchaban no pasaba nada. No había ningún problema.

En esos momentos lo de menos eran los discursos, las palabras; lo importante era el hecho en sí, el gesto. Era importante que Juan Pablo II estuviera allí y que se estuviese entrevistando con Walesa. «Solo quiero decirle una cosa: que rezo a diario por usted.». Es decir rezaba a diario por Walesa y por todas las mujeres y los hombres de Solidaridad. Para demostrar a todo el mundo, y sobre todo a los jefes comunistas, que el movimiento estaba vivo y que no constituirá en  absoluto un capítulo cerrado.

 Precisamente por eso se decidió intervenir inmediatamente, desmintiendo aquel ingenuo artículo aparecido en L´Osservatore Romano en el que se interpretaba el encuentro con el Papa como un «tributo al vencido». ¡Como si Walesa y su sindicato hubieran sido derrotados, definitivamente derrotados, en la batalla contra el régimen!. ¿Se podía permitir que diese la impresión de que la Iglesia se había olvidado de Solidaridad? ¿Se podía dejar creer que la Iglesia no era un aliado seguro de la clase obrera y que, por lo tanto, no se podía contar con ella?

Aquel viaje terminó con una anécdota peculiar. El presidente del Consejo de Estado, Jablonski, le dijo en privado a Juan Pablo II: «A su llegada, le hemos saludado como el Papa de la paz; dentro de cuatro años saludaremos al Papa de la reconciliación» No se hasta qué punto el general Jaruzelski compartía ese punto de vista.

En cualquier caso, a pesar de las dificultades, el viaje fue un éxito. El Santo Padre supo dar con el tono adecuado para apoyar moralmente a una nación triste, desilusionada, amargada,  para mantener con vida a Solidaridad, que, en esos momentos, no existía oficialmente. Y todo esto sin provocar, ni siquiera involuntariamente, desordenes o enfrentamientos.

 

(Svidercoschi)

Un mes después, Jaruzelski levantó el estado de sitio y empezó a vaciar las cárceles, hasta conferir una apariencia de liberalidad al régimen polaco.

Pero aun tenían que pasar varios años para que Polonia volviese a ser una nación libre. Años contradictorios, como toda época de transición. Años de terribles sombras y de luces de esperanza. En 1984 se produjo el feroz asesinato del padre Jerzy Popieluszko, un valeroso sacerdote, gran defensor de solidaridad y de los derechos de los trabajadores. Y en junio de 1987 Juan Pablo II regreso por tercera vez a su patria: «un servicio a la verdad», como él mismo definió aquel viaje, en el que denuncio el vacío programático que caracterizaba ya al «socialismo histórico».

 

A partir de ese momento se inició, justamente, ese impetuoso proceso que, en el giro de dos años, condujo a la libertad, al regreso de Solidaridad, a la legalidad, al primer Gobierno no comunista en Europa centro oriental (capitaneado por un católico, Tadeusz Mazowiecki) y por último a que aquel ex electricista de los astilleros Lenin de Gdansk fuese elegido presidente de la República.

Polonia, en definitiva, abrió el camino del gran vuelco que marco el fin del comunismo.

 


(Stanislaw Dziwisz UNA VIDA CON KAROL, conversación con Gian Franco Svidercoschi, cap. 22, La Esfera de los Libros, Madrid, 2008)

Fotografia 

 

 

 

 

Juan Pablo II – Polonia, Solidarnosc (Solidaridad) y el fin del comunismo - Stanislaw Dziwisz (1 de 2)

 


(Svidercoschi)

 Juan Pablo II quería regresar a Polonia a toda costa.  Sentía que era su deber ayudar a aquel pueblo a reencontrar, al menos, la fe en sí mismo, la fuerza para tener esperanza.

¿Pero podía ir a Polonia durante el estado de sitio? ¿No corría asi el riesgo de legitimarlo, aunque nada estuviera más lejos de su intención? En suma ¿Qué era mejor, estrechar la mano de aquella gente o negarse a hacerlo?

Al final, tras una larga reflexión, brotó la respuesta más natural: el Papa podía, perfectamente, ir a Polonia y, al mismo tiempo, mostrar claramente que no aceptaba aquella situación. Y fue una decisión justa, sabia, eficaz, porque de esa forma, sólo de esa, fue posible que se salvaran Lech Walesa y Solidaridad.

 

(Dziwisz)

Pero comencemos por el principio.

Intentaré contar cómo fue aquel viaje de junio de 1983, un viaje decisivo para le futuro de Polonia, en sus momentos más cruciales. Intentaré hacerlo, en parte, basándome en mis apuntes y en parte confiando en la memoria.

 

En esa época, Walesa no existía para los dirigentes comunistas. No lo llamaban ni siquiera por su nombre: cuando se referían a él, decían, simplemente, «el electricista». Precisamente por eso, el Papa dejó muy claro que visitaría Polonia con la condición de entrevistarse con Walesa. Pero el general Jaruzelski se oponía a ello frontalmente. Para superar el impase se llegó a un compromiso que no solo era muy precario, sino que estaba cargado de dudas, de omisiones, de detalles dejados en una nebulosa.

 

De hecho, cuando llegó a Polonia, el 16 de junio, el Santo Padre  descubrió que el encuentro no estaba en modo alguno asegurado, es más, existía el riesgo de que se anulase. Desconcertado, se desahogó con sus más estrechos colaboradores:«Si no puedo verlo, regreso a Roma». Alguien de su séquito manifestó su perplejidad. Él repuso: «Tengo que ser coherente de cara a los demás»

 

En cualquier caso, que su intención era la de apoyar a Solidaridad lo había dejado muy claro desde un principio, nada más descender del avión. Besó el suelo polaco (aunque a lo había hecho en su primera visita) y explicó que era como si besase a su propia madre, una madre que estaba sufriendo mucho una vez más.  Añadió que venía para todos, incluidos los que estaban en la cárcel. Luego en la catedral, donde está la tumba del cardenal Wyszynski, agradeció a la Providencia que le hubiese ahorrado al primado los dolorosos sucesos del 13 de diciembre de 1981. Esta frase, al día siguiente fue censurada en todos los periódicos.

 



El encuentro con el general Jaruzelski….En el discurso público, el Papa pidió expresamente que se respetasen los acuerdos de agosto de 1980, los que habían rubricado tanto el Gobierno como los sindicatos. En el coloquio privado, lo que le dijo al general, esencialmente, fue que podía incluso entender que hubiera decretado el estado de sitio, pero que jamás aprobaría la abolición de Solidaridad, el sindicato a través del cual se había expresado el alma polaca.

 

Ya de regreso, Juan Pablo II se detuvo en la iglesia de los Capuchinos donde se conserva el corazón de un gran soberano, Jan Sobieski. Y allí pudo hablar con diversos miembros de la oposición, sobre todo con intelectuales y artistas, así como con la madre de un joven que había sido asesinado por la policía.

 

Llegó el momento de acudir a Czestochowa; el aumento de la tensión se advirtió de inmediato. La policía se mantenía en estado de alerta, estaba preocupada por la masiva participación de los jóvenes. Pero, no obstante el encendido entusiasmo y no obstante la evidente intención de los jóvenes de trasformar el encuentro en una manifestación en contra  del régimen, el Santo Padre freno en seco toda forma se contestación. A pesar de que  su consigna - «Debéis permanecer vigilantes» - no se entendió precisamente como una frase retórica.

 

Al día siguiente, el domingo 19, estaba prevista la jornada mariana, con una misa y la coronación de cuatro imágenes de la Virgen, veneradas en otros tantos santuarios. Asistió una multitud ingente, dos millones de personas, y en la homilía Juan Pablo II dijo expresamente que Polonia debía ser un Estado soberano y que la soberanía se basa en la libertad de los ciudadanos.

 

A esa misma hora llegaron a Czestochowa algunos dirigentes del Politburó. Si ya se habían quedado profundamente turbados por las diversas intervenciones del Santo Padre ahora estaban doblemente preocupados ante lo que pudiera decir esa tarde en el «solemne llamamiento». Solicitaron tener un coloquio con monseñor Bronislaw Dabrowski, secretario del episcopado, y le dijeron con total claridad que el Papa tenía que cambiar el contenido de sus discursos.

 

Mons. Dabrowski se lo refirió al Pontífice y regreso junto a los representantes del Partido con la respuesta del Papa. La respuesta era que, si no podía decir lo que pensaba, si no podía pronunciar los discursos que había preparado en su propio país, en su patria, ¡estaba dispuesto a volverse a Roma!

 

Frente a la firmeza de Juan Pablo II, éstos no replicaron y regresaron a Varsovia para presentar su informe. Por su parte, el Santo Padre atenuó ligeramente el texto del «llamamiento», pero sólo en el tono, no en lo concerniente a los conceptos, a los argumentos. Pidió, entre otras cosas, que se tuviese el valor de retomar el diálogo social. Justo lo que Jaruzelski no quería hacer, según había repetido hasta el propio Papa.

 


Continuó la visita. En Poznan, el Pontífice pronunció por primera vez el nombre de Solidaridad. En Katowice afirmó que los obreros tenían derecho a contar con sindicatos libres. En Breslavia, que era preciso conservar cuanto había de positivo en Solidaridad, mientras tanto, los monaguillos se alzaban la túnica blanca para enseñar la camiseta con aquella inscripción que ya se había hecho famosa en el mundo entero.

(Stanislaw Dziwisz UNA VIDA CON KAROL, conversación con Gian Franco Svidercoschi, cap. 22, La Esfera de los Libros, Madrid, 2008)

Fotografias (con excepcion de la tapa del libro).

 

 

lunes, 19 de junio de 2023

Juan Pablo II : Nunca debe vencer solo el "tener más"

 


Cuando en 1987, en la Westerplatte de Gdansk, hablé a la juventud polaca, me referí a ese lugar como a un símbolo elocuente de fidelidad en un momento dramático. Allí, en 1939, un grupo de jóvenes soldados polacos, combatiendo contra el invasor alemán que disponían de fuerzas y medios bélicos claramente superiores, afronto la prueba suprema ofreciendo un victorioso testimonio de coraje, de perseverancia y de fidelidad.  Hice referencia a aquel suceso invitando sobre todo a los jóvenes a que reflexionaran sobre la relación entre «ser y tener más» y  les advertí: «Nunca debe vencer solo el tener más» Porque entonces el hombre puede perder lo  más precioso: su humanidad, su conciencia, su dignidad. Desde esa perspectiva, les exhorté: «Debéis exigiros a vosotros mismos, aunque los otros no os exijan». Y les explicaba: Cada uno de vosotros, jóvenes,  encuentra en su vida una Westerplatte. Unas obligaciones que debe asumir y cumplir. Una causa justa, por la que se debe combatir. Un deber, una obligación, a la que uno no puede sustraerse, de la  que no es posible desertar. En fin hay que “mantener” y “defender” un cierto orden de verdades y de valores dentro de si mismo y en su entorno.  Si, defender para sí mismo y para los otros (12 de junio de 1987)

 Los hombres han tenido siempre necesidad de modelos que imitar. Tienen necesidad de ellos sobre todo hoy, en este tiempo nuestro tan expuesto a sugestiones cambiantes y contradictorias.

 

¡Levantaos! ¡Vamos!,p165/6, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2004

jueves, 1 de septiembre de 2022

Juan Pablo II el Papa que hizo temblar al Kremlin – Luigi Accattoli (2 de 2)

 


Mostrar la «unidad espiritual de la Europa cristiana» significa vencer la cortina de hierro y el muro comunista, pero por el momento seria una utopía impuesta sí, pero por proyección de voluntad más que por programa operativo. Será la historia –  a menudo acaricia la idea – la que hará un programa, por ahora es un deseo a larga data.  Como programa operativo por ahora existe el dialogo con el régimen y así lo presenta Juan Pablo hablándoles a los obispos,  con la observación que «con el episcopado polaco se encuentra hoy un Papa polaco»

«el auténtico diálogo debe respetar las convicciones de los creyentes, asegurar todos los derechos de los ciudadanos y las condiciones normales para la actividad de la Iglesia como comunidad religiosa, a la que pertenece la gran mayoría de los polacos. Nos damos cuenta que este diálogo no puede ser fácil, porque se desarrolla entre dos concepciones del mundo diametralmente opuestas, pero debe ser posible y eficaz si lo exige el bien del hombre y de la nación». (Czestochowa, 5 de junio) 

La pregunta sobre el sentido histórico de la propia elección al Papado se haría presente durante los nueve días. Y es en Oswiecim,  conocida para todos como Auschwitz,  que se revela finalmente a los ojos del mundo la providencialidad de aquella elección. El palco de la Misa se alza sobre la plataforma que se encuentra a la mitad de la ferrovía que atraviesa el campo principal, donde  los recién llegados eran seleccionados y enviados en doble fila hacia las cámaras de gas o a las barracas de trabajos forzados.

Alli Juan Pablo recuerda a la multitud de haber crecido en el entorno de aquella tierra devenida en el «Golgota del mundo contemporáneo »: Wadowice se encuentra a a treinta kilómetros de aquel palco.  La larga lista de los pueblos que allí encontrarán el martirio,  se detiene ante la lápida con la inscripción en lengua hebraica y pronuncia sobre la Shoa palabras que hasta ahora ningún Papa se había atrevido a pronunciar.

 El es consciente de su misión  por haber sido coterráneo de tanto martirio. Se presenta como 

 «el Papa que ha venido a la sede de san Pedro de la diócesis donde se encuentra el campo de Oswiecim»  

Y además:. 

Cristo quiere que yo, Sucesor de Pedro, dé testimonio ante el mundo de lo que constituye la grandeza del hombre de nuestros tiempos y de su miseria. De lo que constituye su derrota y su victoria.(Auschwitz 7 de junio) 

 El mundo escuchándolo intuye que el nuevo Papa  ayudara en esa gran y difícil  tarea muy difícil de comprender Auschwitz o solo recordarlo.Hablándoles a los operarios de Nowa Huta Juan Pablo pronuncia las palabras que le darán el primer empujón a la  vida  de Solidarnosc:

 «la Iglesia no tiene miedo del mundo del trabajo»,  «no tiene miedo del sistema basado en el trabajo» y «no se puede disociar la cruz del trabajo human   

«Cristo no aprobará jamás que el hombre sea considerado —o que se considere a sí mismo— únicamente como instrumento de producción»

 En aquel momento aquellas palabras no llamaron la atención a los observadores internacionales pero él era consciente de la importancia que conllevaban, sabía que contrastaban directamente con la pretensión del régimen de basarse en el trabajo y tener a los trabajadores de su lado. Tanto que Juan Pablo siente, por primera vez, la necesidad de tranquilizar a las autoridades comunistas, con estas palabras improvisadas:

«Nadie puede asombrarse que yo hable aquí en Polonia de la dignidad del trabajador, de lo cual ya he hablado en México y quizás de modo más severo ,utilizando palabras más duras. La Iglesia por el bien del hombre desea llegar a una común comprensión  de las cosas, con todo sistema de trabajo. Tan  solo le pide al sistema que le permita hablar de Cristo al hombre y de  amar al hombre acorde a la medida de su propia dignidad» (Nowa Huta 9 junio)

 El viaje termina en Cracovia, su ciudad. Aquí, el ultimo día, el Papa será testigo de la multitud más grande y mas cálida del viaje. En la penúltima y las dos tardes precedentes, los jóvenes, en nombre de toda la población, le ofrecerán interminables serenatas bajo la ventana del Arzobispado. El  se sube sobre una mesa para mirar hacia afuera y verlos a todos. Le acercan un micrófono, pero la instalación es improvisada y solo lo oyen los más cercanos. Habla con gestos. Reza el Ángelus, y dice que va a cenar. Luego vuelve y dice que va a adormir pero allí abajo nadie se mueve.

La tarde del sábado la serenata continuara durante gran parte de la noche con una multitud silenciosa bajo aquella ventana, aun después que el Papa se ha retirado. De allí la gente irá directamente a la explanada de Blonie, a orillas del Vistola, donde tendrá lugar la celebración final. Las calles fluyen como ríos durante toda la noche. Más de un millón de personas  confirman las autoridades polacas. Los observadores agregan que se trata de la multitud mas numerosa  reunida bajo el sol para escuchar a una sola persona, no solo en la historia reciente de Polonia, sino en todos los países europeos.

A aquella multitud  tan singular Juan Pablo le repite su lema pontifical:

 «No tengais miedo. Hace falta abrir las fronteras. No existe imperialismo en la Iglesia, sino solo servicio». 

Después aquella marea humana se dispone a cubrir los 12 kilómetros del recorrido había el aeropuerto para el adiós.Saludando a la patria en el aeropuerto de Cracovia, Juan Pablo pronuncia algunas palabras decisivas para que se entienda  la novedad del mensaje que vino a traer dependiendo de la respuesta que reciba pero ciertamente no podrá ser aceptación de lo existente:

 «Es necesario tener la valentía de caminar en la dirección en la que nadie ha caminado hasta ahora, Nuestro tiempo tiene necesidad de un testimonio que exprese abiertamente la voluntad de acercar entre sí las naciones y regímenes, como condición indispensable para la paz en el mundo.» (Cracovia 10 de junio)

 (Luigi Accattoli: GIOVANNI PAOLO La prima biografia completa, San Paolo, Milano, 2006)

martes, 30 de agosto de 2022

Juan Pablo II el Papa que hizo temblar al Kremlin – Luigi Accattoli (1 de 2)

 


Nadie podrá asegurar jamás que parte ha jugado Juan Pablo II en aquel empujón del pueblo que llevo a la caída del muro comunista.  El mismo lo ignora, porque no es posible medir las afrentas a un imperio con  palabras pronunciadas por un Papa.  Pero es muy cierto que hay una parte le pertenece y por la otra todos lo reconocen, aun a menudo exagerando  en la estimación de su alcance, tal vez movidos por el arquetipo del Papa Leon enfrentando a Atila.

Ya la misma elección de Juan Pablo había alentado a los polacos y alarmado al Kremlin. Aquel aliento toma vigor con la primer visita a Polonia (2-10 junio 1979); durante nueve días la fe cristiana – que el sistema había relegado a las iglesias – se vuelca a la escena pública y la domina, mostrando que es capaz de convocar mayores multitudes que las que  la propaganda haya logrado jamás en Polonia ni en otra región del imperio, en casi sesenta años de férreo  dominio.  Aquella propaganda quedo acallada y enmudeció por si sola.

Volviendo a su patria, Juan Pablo moviliza multitudes que ya no podrán silenciarse. De las  asambleas en las iglesias surgirán uniones sindicales e infinidad de manifestaciones políticas. Es en la fase  naciente de las manifestaciones de los polacos contra las órdenes del régimen que debe buscarse la  primera parte del rol desempeñado por el Papa eslavo en la preparación de las «sublevaciones»  - como las llamara – de 1989. La segunda parte consiste en proteger las reacciones de Moscú al movimiento que  entonces surge. (…)

Ya sabemos que Juan Pablo se aboca por entero a aquello que hace como si cada acto que realizase fuera el más importante, o el último que le es concedido. Pero en el caso del «regreso a Polonia» como el mismo lo llama, la intervención emotiva se halla al máximo: «Hago todo lo posible para no dejarme dominar por los sentimientos» le reconocerá a los periodistas durante el vuelo Roma-Varsovia la mañana del 2 de junio.

Pero ese torrente de sentimientos brota ya del saludo en el aeropuerto y caracterizará toda la gira por Polonia que comienza a transitar.

 

«¡Oh, queridísimos hermanos y hermanas!

¡Oh, compatriotas!

Llego a vosotros como hijo de esta tierra, de esta nación, y al mismo tiempo —por inescrutables designios de la Providencia— como Sucesor de San Pedro en la Sede de Roma.

Os doy las gracias porque no me habéis olvidado, y desde el día de mi elección, no cesáis de ayudarme con vuestra oración, manifestándome, al mismo tiempo, tanta benevolencia humana.

Os doy las gracias porque me habéis invitado.

Saludo en espíritu y abrazo con el corazón a cada uno de los hombres que viven en la tierra polaca.»

El secreto del viaje, que asombrará al mundo y preocupará al Kremlin es la comunión del Papa con el pueblo que se manifiesta inesperada en semejantes dimensiones y milagrosa en la proximidad al Gran Jubileo.  Estuve allí como vaticanista del cotidiano italiano La Repubblica y el recuerdo más fuerte y constante es aquel de esta unidad, que veíamos nosotros los invitados internacionales ya desde la salida del aeropuerto y que redescribiríamos durante nueve días: la multitud lo envuelve de inmediato como en un abrazo y no lo abandona mas, lo sigue por las callecitas,, lo espera en cualquier intersección,  lo saluda al paso de caseríos o pueblos como para llevarlo a sus casitas en un relevo de afecto que involucra a todo el pueblo.  Y es la primavera que lleva al verano, Polonia desborda de flores, todas las casas, todos los cruces, todas las mujeres trayendo a brazadas. Las calles cubiertas de flores por donde pasará,  coronadas con flores que se arrojan desde los balcones cuando finalmente pasa. .

El abrazo de la nación naturalmente es expresado en plenitud cuando el Papa se encuentra ante las  grandes multitudes. El primero más increíble lo encuentra apenas entrado en Varsovia,en la plaza de la Victoria: es la plaza de las celebraciones del régimen, pero ahora rescatada por una gran cruz y que desde entonces será la plaza de la Misa del Papa. Aquí Juan Pablo pronuncia las primeras palabras de desafío al comunismo ateo  impuesto a su pueblo:

« No se puede excluir a Cristo de la historia del hombre en ninguna parte del globo, y en ninguna longitud y latitud geográfica. Excluir a Cristo de la historia del hombre es un acto contra el hombre (…)  Es imposible entender sin Cristo a esta nación con un pasado tan espléndido y al mismo tiempo tan terriblemente difícil. »

El coro llega a su punto máximo cuando el Papa polaco  habla de la patria : entonces los aplausos se confunden con el mensaje: «Me pregunto si debo prohibir o aceptar estos aplausos. Pero creo que debo aceptarlos porque con ellos el pueblo participa de la prédica del Papa» , dice,  siempre en Varsovia,  el 4 de junio de 1979.

Hasta el pontificado el cardenal Wojtyla, se mantuvo a la sombra del  primado Wyszynski, no era un personaje popular en Polonia, pero ahora surge – bajo los ojos de todo el pueblo – el personaje del testimonio: presentándose siempre juntos, el primado y el Papa, conmovidos ambos frente a las multitudes, es como si uno encomendase la patria a las manos del otro, tal como se ve en ciertas pinturas antiguas que un santo le entrega al otro una iglesia, teniéndola en sus manos. «Sin tu fe no estaría en la Cátedra de Pedro este Papa polaco» , había dicho Juan Pablo al Primado delante de sus compatriotas  pronto después de la elección (Aula de Audiencias, 23 de octubre de 1978): el viaje a Polonia fue como una continuidad a aquella ocurrencia.  

Pero el mensaje que «el primer Papa eslavo de la historia» fue a proclamar a su patria no se limita a sus compatriotas. Después de Varsovia la primer etapa fue Gniezno, la antigua sede primacal, una de las capitales de la evangelización de los pueblos eslavos y es desde allí que Juan Pablo clama, casi reclama, a todos los pueblos eslavos, croatas y eslovenos, búlgaros, moravios y eslovacos, checos y eslavos de serbia, nombrándolos según la historia de sus «batismos»  individuales y encuentra en el  manifiesto su extensión  a Oriente:  

«este Papa, sangre de vuestra sangre, hueso de vuestros huesos…viene hoy a este lugar … para hablar ante toda la Iglesia, a Europa y al mundo, de aquellas naciones y poblaciones frecuentemente olvidadas. Viene para gritar "a viva voz"…. Viene para abrazar a todos estos pueblos —junto con la propia nación— y estrecharlos en el corazón de la IglesiaNo quiere quizá Cristo, no dispone quizá el Espíritu Santo que este Papa polaco, este Papa eslavo, manifieste precisamente ahora la unidad espiritual de la Europa cristiana? Sabemos que esta unidad cristiana de Europa está compuesta por dos grandes tradiciones: del Occidente y del Oriente…que profesan una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios Padre de todos, Quizá precisamente para esto lo eligió Cristo, quizá para esto lo trajo el Espíritu Santo; para que introdujese en la comunión de la Iglesia la comprensión de las palabras y lenguas que todavía resuenan como extranjeras en los oídos habituados a los sonidos romanos, germánicos, anglosajones, celtas, etc» (Gniezno 4 junio)


(Luigi Accattoli: GIOVANNI PAOLO La prima biografia completa, San Paolo, Milano, 2006)


miércoles, 8 de junio de 2022

Santa Jadwiga (Eduviges) reina de Polonia

 


Hoy la Iglesia católica (muy solemnemente la iglesia polaca) celebra la memoria litúrgica de Santa Eduviges (santa Jadwiga) reina polaca.  Nada más apropiado que recordar solo algunas palabras de la extensa,  pero emotiva homilía,  de su compatriota el Papa Juan Pablo II en la ceremonia de canonización de la santa celebrada el 8 de junio de 1997 en Cracovia, 
donde el papa polaco expresa su profunda admiración por la nueva santa y su entrañable amor a la patria polaca y a la historia de su amada nación.

 Gaude, mater Polonia! 

Repito hoy esta exhortación a la alegría, que durante siglos los polacos cantaban en recuerdo de san Estanislao. La repito, porque el lugar y la circunstancia impulsan a hacerlo de modo particular. En efecto, debemos volver nuevamente a la colina de Wawel, a la catedral real y situarnos ante las reliquias de la Reina, Señora de Wawel. Ha llegado el gran día de su canonización. Por eso, cantamos:

 

«Gaude, mater Polonia. 

Prole fecunda nobili, 

Summi Regis magnalia 

Laude frequenta vigili».

  


(globo imperial y cetro de la reina Jadwiga en la catedral de  Wawel, Cracovia)

 Eduvigis, ¡has esperado tanto tiempo este día solemne! Han transcurrido casi seiscientos años desde tu muerte, en plena juventud. Amada por toda la nación, tú, que estás en el origen de la época de los Jaguellones, iniciadora de la dinastía, fundadora de la Universidad Jaguellónica en la antiquísima Cracovia, has esperado largo tiempo el día de tu canonización, el día en que la Iglesia proclamaría solemnemente que tú eres la santa patrona de Polonia en su dimensión hereditaria, de la Polonia unida por obra tuya con Lituania y con la Rus’: de la República de tres naciones.

 Hoy ha llegado este día. Muchos han deseado presenciar este momento y no lo han logrado. Han transcurrido los años y los siglos, y parecía que tu canonización era, incluso, imposible. Que este día sea un día de alegría no solamente para nosotros, los que vivimos en estos tiempos, sino también para todos los que no han llegado a él en esta tierra. Que sea el gran día de la comunión de los santos. Gaude, mater Polonia!

(…)

¡Cuánto habría gozado hoy el Primado del milenio, el siervo de Dios cardenal Stefan Wyszynski, si hubiera tenido la oportunidad de participar, junto con nosotros, en este gran día de la canonización. Era una ilusión que tenía, al igual que los grandes metropolitanos de Cracovia, el príncipe cardenal Adam Stefan Sapieha y todo el Episcopado de Polonia. Todos intuían que la canonización de la reina Eduvigis constituiría la coronación del milenio del bautismo de Polonia. Lo es también porque, por obra de la reina Eduvigis, los polacos, bautizados en el siglo X, cuatro siglos después emprendieron la misión apostólica y contribuyeron a la evangelización y al bautismo de sus vecinos. Eduvigis estaba convencida de que su misión consistía en llevar el Evangelio a sus hermanos lituanos. Y lo hizo, juntamente con su esposo el rey Ladislao Jaguellón. En el Báltico surgió un nuevo país cristiano, renacido en las aguas del bautismo, como en el siglo X esas mismas aguas habían hecho renacer a los hijos e hijas de la nación polaca.

(…)

 En muchas ocasiones te arrodillaste a los pies del Crucifijo de Wawel para aprender de Cristo mismo ese amor generoso. Y lo aprendiste. Supiste demostrar con tu vida que lo más grande es el amor. En un antiquísimo canto polaco cantamos:

 


 (el Cristo en el altar en honor a Santa Jadwiga, catedral de Wawel, Cracovia)

 

«¡Oh cruz santa, 

árbol único en nobleza! 

Jamás el bosque dio mejor tributo 

que este que da a Dios mismo (...). 

Inaudita bondad es morir 

en cruz por otro. 

¿Quién puede hacerlo hoy? 

¿Por quién dar la propia vida? 

Sólo el Señor Jesús lo hizo, 

porque nos amó fielmente»

(cf. Crux fidelis, siglo XVI).

 

 De este Cristo crucificado de Wawel, de este Crucifijo negro, al que los habitantes de Cracovia vienen cada año en peregrinación el Viernes santo, aprendiste, reina Eduvigis, a dar la vida por tus hermanos. Tu profunda sabiduría y tu intensa actividad brotaban de la contemplación, del vínculo personal con el Crucifijo. Aquí la contemplación y la vida activa encontraban el justo equilibrio. Por eso, nunca perdiste la «parte mejor », la presencia de Cristo. Hoy queremos arrodillarnos junto contigo, Eduvigis, a los pies del Crucifijo de Wawel, para oír el eco de esa lección de amor, que tu escuchabas. Queremos aprender de ti el modo de actuarla en nuestros tiempos.

 (…)

 El espíritu de servicio animaba su compromiso social. Con gran esmero se consagró a la vida política de su época. Y, además, ella, que era hija del rey de Hungría, supo unir la fidelidad a los principios cristianos con la coherencia en la defensa de la razón de Estado polaca. Emprendiendo grandes obras, tanto en el ámbito estatal como en el internacional, no deseaba nada para sí misma. Enriquecía con liberalidad a su segunda patria con todo tipo de bienes materiales y espirituales. Experta en el arte de la diplomacia, puso los cimientos de la grandeza de la Polonia del siglo XV. Impulsó la cooperación religiosa y cultural entre las naciones y su sensibilidad con respecto a las injusticias sociales fue a menudo alabada por sus súbditos.

 (…)

 «¡Alégrate hoy, Cracovia!».

Alégrate, porque ha llegado, por fin, el momento en que todas las generaciones de tus habitantes pueden rendir homenaje de gratitud a la santa Señora de Wawel. Tú, sede real, debes a la profundidad de su mente el hecho de haberte convertido en un importante centro de pensamiento en Europa, en cuna de la cultura polaca y en puente entre el Occidente cristiano y el Oriente, dando una incalculable contribución a la formación del espíritu europeo.

(…)

 ¡Alégrate, Cracovia! 

Me complace poder compartir hoy tu alegría, aquí, en Błonia Krakowskie, en compañía de tu arzobispo, el cardenal Franciszek Macharski, los obispos auxiliares y los eméritos, los cabildos de la catedral y de la colegiata de Santa Ana, los sacerdotes, las personas de vida consagrada y todo el pueblo de Dios.

¡Cuánto deseaba venir a ti, Cracovia, mi amada ciudad, y, en nombre de la Iglesia, asegurarte solemnemente que no errabas cuando venerabas como santa, desde hace siglos, a la reina Eduvigis. Doy gracias a la divina Providencia porque me ha sido posible, porque me concede el poder contemplar, juntamente con vosotros, esta figura que brilla con el resplandor de Cristo y aprender lo que quiere decir «lo más grande es el amor».

 

(Invito leer completa la preciosa homilía

domingo, 5 de junio de 2022

Aquellos 9 dias de Juan Pablo II en Polonia (1979) 3 de 3 – Intrigas y despertares

 


No fueron las multitudes – estimadas en 1/3 de la población - lo que más impresionaba sino el orden en que se movía tanta gente para ver a Juan Pablo II.  La Iglesia organizó cuadros de “guardias papales” para ayudar con el control del gentío (y para asegurarse el derecho de la Iglesia de conducir sus propios eventos).  Sin embargo la multitud no demandó mucho control, pues el llamado del Papa a la toma de conciencia creaba una atmósfera nueva, totalmente diferente al ritmo de vida bajo el totalitarismo. Según el disidente Adam Michnik “se trataba de gente que comúnmente se mostraba frustrada y agresiva haciendo fila en los mercados,  metamorfoseada ahora en un conjunto de gente alegre, feliz y llena de dignidad.” En un país donde la confianza había sido destruida debido a las provocaciones y manipulaciones por parte de las fuerzas del estado, los polacos ahora podían mirarse a los ojos y ver cuántos “nosotros” había entre ellos y cuántos eran los  “otros”  y comenzaron a tener confianza el uno en el otro nuevamente.   La sociedad civil se estaba recomponiendo, respiraba su existencia otra vez gracias a un papa que había llamado a Dios “desde las profundidades de este milenio” para que renovara el rostro de Polonia y le donara un nuevo renacer a la libertad.

Como la gente de Polonia “veía a otros que creían las mismas cosas y ahora se atrevían a reconocerlo públicamente” ellos “redescubrieron  su propia fuerza”  y – al mismo tiempo – “descubrieron la debilidad del régimen”. El régimen,  por su parte, cuya propaganda estaba calibrada enteramente a ningunear la importancia de la visita, y ante todo, ocultar el número de las entusiastas multitudes se daba buena cuenta de ello. Todas las mañanas de la visita papal, Stanislaw Kania, entonces miembro del Politburo comunista, se quejaba ante el Arzobispo Casaroli, quien acompañaba al Papa en su nuevo rol de Secretario de Estado, acerca de que había dicho el Papa el día anterior o que diría el día siguiente. Casaroli, por su parte, se mostraba moderadamente comprensivo pues suponía que el liderazgo polaco se apoyaba constantemente en Moscu,  y al comentarle al Papa sus preocupaciones Juan Pablo II lo escuchaba amablemente  y continuaba por el camino que había elegido.  Según los informes y los análisis del los servicios de seguridad Casaroli pensaba que la peregrinación papal era “la coronación de la Ostpolitik (apertura al este) vaticana” Pero no es fácil asumir que ese hubiese sido el caso, pues esta visita del Papa a Polonia se debía exclusivamente al logro personal del papa polaco y los términos en que habló durante los nueve días no eran los términos de los diplomáticos papales.”

 Cualquiera fuese la relación causal a la anterior Ostpolitik vaticana, la peregrinación papal de 1979 a Polonia fue un punto crucial,  y sus ramificaciones comenzaron a brotar muy pronto. Lo que alguna vez el historiador Andrzej Paczkowki había dicho refiriéndose a los artistas “el éxodo de un mundo en censura” ahora había comenzado a surgir en toda Polonia.”  

 George Weigel El final y el principio (Planeta, 2011)  

 

 



Aquellos 9 días de Juan Pablo II en Polonia (1979) – 2 de 3 Intrigas y despertares

 


Nada de lo ideado e intentado logró impedir que aquellos nueve días entre el 2 y el 10 de junio de 1979 marcaran el momento crucial de los treinta años de forcejeo con el comunismo de Karol Wojtyla, nueve días durante los cuales la historia del siglo XX cambió su rumbo de manera fundamental,  gracias al encuentro religioso más multitudinario jamás visto en la parte del mundo controlado por un gobierno comunista. Mientras un nervioso Edward Gierek observaba desde lo alto del hotel sobre la Plaza de la Victoria en Varsovia, Juan Pablo II celebraba Misa ante una enorme multitud invocando el poder del Espíritu Santo para que “renovara la faz de la tierra – de esta tierra”. A partir de entonces y hasta el momento que en el aeropuerto secara sus lagrimas el 10 de junio al partir hacia Roma desde el aeropuerto de Balice, Karol Wojtyla se mostro en todo momento como el verdadero maestro de mentes y corazones de su gente a quienes devolvía  su autentica historia y cultura – su verdadera identidad.  Sin referirse jamás a temas de política o economía;  y fuera de las cortesías habituales  durante las ceremonias de bienvenida y despedida,  cumplió su misión como si las autoridades de la republica del pueblo polaco sencillamente no existieran, al menos no de manera significativa.  Pero restaurando la autentica identidad a un pueblo que había estado oprimido durante cuarenta años – devolviéndole Polonia y a los polacos  y devolviéndoles su propia identidad de polacos – creó nuevas herramientas de resistencia que el comunismo sencillamente no podría dominar.  

Encendiendo la chispa de una revolución moral entre el 2 y el 10 de junio de 1979 Juan Pablo II entrego en manos de su pueblo la llave de su propia liberación; la clave del despertar de las conciencias. Y lo pudo hacer porque logró captar la esencia del drama moderno polaco, que conocía desde adentro.   En su homilía en la Plaza de la Victoria recordó a sus compatriotas el heroísmo épico y la fe inquebrantable sustentada durante la insurrección de Varsovia en 1944 cuando Polonia fue abandonada por sus aliados occidentales y el ejército rojo se instalo a orillas del rio sin actuar. Y sin embargo, no obstante la destrucción de Varsovia después del alzamiento los polacos encontraron la figura de Cristo  cargando la cruz, hallada en la destruida iglesia de la Santa Cruz.  Y esa figura recordaba a Polonia lo que Juan Pablo II llamo “un solo criterio” – Jesucristo, la verdadera medida del hombre, de la libertad, de la historia.

Durante aquellos nueve días Juan Pablo II logró representar uno de los mayores acontecimientos de una figura pública durante el siglo veinte,  debido a sus dotes personales únicas, debido inclusive a su talento instintivo de hacerle sentir a cada miembro de esa enorme multitud que le estaba hablando a cada uno en particular.  Como aquella anécdota de Czestochowa ante una multitud de un millón de personas donde un minero al verse interrumpido por un colega le responde “cállate, no me hables cuando me está hablando mi Papa”.

 

George Weigel: El final y el principio (Planeta, 2011),