Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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miércoles, 24 de enero de 2018

Juan Pablo II y el Obispo Oscar Arnulfo Romero


La relación entre el Obispo Romero y Juan Pablo II paso por etapas muy diferentes,  basadas en mala información que el Sumo Pontífice había recibido de la cúpula de la Iglesia salvadoreña. Al Obispo Romero se lo habían presentado como simpatizante de la rama marxista de la teología de la liberación, mientras se ensalzaba el supuesto carácter católico del régimen, mientras el gobierno salvadoreño lo consideraba más bien un obispo de sacristía, alejado de la política. Pero todo dio un vuelco, según  comenta Luis Aranguren en su nuevo libro titulado San Romero de los derechos humanos (publicado por la Editorial San Pablo). Aranguren dice que al obispo se le «cayó la venda», como diría el Obispo mismo, con las matanzas de campesinos y asesinatos de sacerdotes perpetrados por la dictadura militar.

El 14 de octubre de 1984 decía Juan Pablo II en el Ángelus en la Plaza San Pedro. "Una noticia positiva se ha difundido estos días: está previsto para mañana lunes un encuentro del Presidente de la República del Salvador con exponentes de la oposición armada salvadoreña, con el fin de encontrar por medio del diálogo y del negociado, un acuerdo que ponga fin a la guerra civil.
Me siento muy cerca del querido pueblo de El Salvador, probado demasiado tiempo ya por muertos y violencias, y le deseo de corazón que al cabo de tantos sufrimientos llegue por fin a conseguir la paz a que aspira tan intensamente y una convivencia digna del hombre. Invito a todos a orar para que la paz tan deseada vuelva a El Salvador y a todos los otros países del mundo que están atormentados por violencias.

Gian Franco Svidercoschi escribe en su libro “Un Papa no muere” también de la Editorial San Pablo, 

«Reconocer los fracasos de ayer» - escribió el Papa en la Carta Apostólica Tertio millennio adveniente 
– es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos para afrontar las tentaciones y las dificultades de hoy».
A fin de cuentas, también fue un acto de lealtad y de valentía la decisión de Juan pablo II de introducir el nombre de Mons. Oscar Arnulfo Romero en la ceremonia del Coliseo, en la oración por los cristianos que habían dado la vida por amor a Cristo y a sus hermanos en América.  Y esto porque inicialmente, quizás también por la información poco objetiva que se le había mandado, el Papa había tenido alguna reserva sobre el comportamiento del arzobispo de San Salvador, en cuanto a sus famosas denuncias contra el régimen militar.  Pero luego, habiendo conocido bien el caso, apareció su audacia evangélica, su obra en defensa de los pobres, de los perseguidos. Y quedó profundamente impresionado cuando supo que el obispo había sido asesinado ¡sobre el altar!
Por ese mismo motivo, mientras se estaba preparando el viaje a América Central y algunos miembros del CELAM (Consejo episcopal de America Latina) le habían sugerido que no fuera a la tumba de Mons. Romero porque se le consideraba una figura demasiado comprometida políticamente, Wojtyla rechazó de inmediato dicha propuesta.
«En pocas ocasiones – contaba el padre Roberto Tucci – vi al Papa reaccionar con tanta fuerza. Dijo: No el Papa tiene que ir; se trata de un obispo que fue herido recisamente en el corazón de su ministerio pastoral, durante la celebración de la santa Misa”. Y diciendo estas palabras, como para hacerse entender mejor, dio un golpe sobre la mesa.
Más tarde cuando llegó a El Salvador, Juan Pablo II se encontró con que el gobierno había prohibido la visita a la tumba, y para impedírselo, incluso había hecho atrancar la puerta de la catedral. «Pero el Papa – contaba también el padre Tucci, fue inamovible, y pidió qu se buscara al llae para poder abrir. Esperamos un poco, en la plaza no había un alma, ya que había sido despejada por la policía de modo que aquí no hubiera acogida al Papa, y finalmente el Papa pudo entrar, rezó largo tiempo sobre la tumba de Romero y pronunció una palabras muy bellas sobre el ministerio de este obispo que había sido martirizado»
En su visita a laCatedral expresó Juan Pablo II: “Reposan dentro de sus muros los restos mortales de monseñor Oscar Arnulfo Romero, celoso Pastor a quien el amor de Dios y el servicio a los hermanos condujeron hasta la entrega misma de la vida de manera violenta, mientras celebraba el Sacrificio del perdón y reconciliación.”

Mons. Oscar Arnulfo Romero había nacido el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel.     El 24 de marzo de 1980 fue asesinado de un disparo celebrando la Santa Misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia.
El 4 de septiembre de 2015 fue beatificado en una ceremonia en la Plaza Salvador del Mundo, en la ciudad de San Salvador ante una presencia de mas de 300.000 personas, en una ceremonia presidida por el cardenal Angelo Amato, enviado especial del Papa Francisco.  
El proceso para la beatificación había comenzado el 24 de marzo de 1990, pero la solicitud formal fue presentada el 12 de mayo de 1994.   Tras concluir la fase diocesana en noviembre de 1996, un año después la Santa Sede aceptó la causa como válida, pero después quedo estancada. Fue recién en 2005 cuando la Congregación para la Causa de los Santos dio el visto bueno para que continuase el proceso. El Papa Francisco se reunió con el Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, Cardenal Angelo Amato, para aprobar el Decreto que el 9 de Enero de 2015, nombrando a  Monseñor como Mártir In Odium Fidei (En Odio a la Fe).



jueves, 6 de marzo de 2008

Juan Pablo II y El Salvador – 25 años de su primer visita 1983 - 2


El 6 de marzo de 1983 por la tarde, el dia que el Santo Padre Juan Pablo II permaneció en El Salvador en su Encuentro con los sacerdotes en el Centro educativo Beato Marcelino Champagnat de San Salvador) dedicaria su discurso no solo a los sacerdotes de El Salvador sino de toda el área de América Central.

Se dirigía “a esa Iglesia que ha sufrido y sufre todavía, como hermano (cf. Mt 23, 8) y amigo (cf. Jn. 15, 14-15); también como testigo de los sufrimientos de Cristo”, queria escuchar sus experiencias, reiterarles su afecto, confirmar en ellos “la identidad de vuestro sacerdocio y el compromiso de vuestra misión aquí y ahora” recordandoles que “No vale la pena darla por una ideología, por un Evangelio mutilado o instrumentalizado, por una opción partidista. El sacerdote a quien se le confía el Evangelio y la riqueza del depósito de la fe tiene que ser el primero en identificarse con esa integridad doctrinal, para ser a la vez el transmisor fiel de la doctrina de la Iglesia, en comunión con su Magisterio” en clara alusión a lo que estaba ocurriendo en esos momentos en algunos sectores de la Iglesia.

Les recordó no se olvidaran de la juventud generosa que “ya no cree en las fáciles promesas de una sociedad capitalista o que a veces sucumbe ante el espejismo de un compromiso revolucionario que quiere cambiar las cosas y las estructuras, recurriendo incluso a la violencia”…. “si les fascinan otros líderes, ¿no será porque no se les ha presentado adecuadamente, sin deformaciones, a Cristo?” y llamó a la promoción del laicado, a que “el sacerdote sea pregonero de la misericordia de Dios y no sólo predicador de la justicia”

Abrid de par en par las puertas a Cristo Redentor”…. Permaneced unidos….. Mantened siempre la comunión con vuestros Pastores

Encomendándolos a la Virgen, Reina de la Paz, Madre de todos, ejemplo de un compromiso con la voluntad de Dios y con la historia de su pueblo pidó “Que Ella os ayude en vuestro ministerio de reconciliación, en vuestra misión evangelizadora, para que seáis, con vuestro compromiso, auténticos discípulos de Cristo”

Habia llegado la despedida despues de haber vivido un dia intenso y haber “contemplado el rostro dolorido de este querido pueblo fiel; he podido acercarme a tanto hijos que por diversas razones sufren y lloran”. Su “encuentro con los sacerdotes, la visita a la Catedral, la Eucaristía celebrada bajo el cielo del El Salvador, han querido ser una llamada a la reconciliación y al amor que vienen de arriba, del Dios, Padre común de todos” expreso en su mensaje de despedida, abogando por la tan ansiada paz, por la intercesión de la Reina de la Paz.
Alrededor de las 7:30 de la noche los fuegos artificiales lanzados desde el teleférico San Jacinto alumbraban el cielo de San Salvador. Desde Ilopango, a punto de abordar de nuevo el avión que lo llevaría a Guatemala, el Papa enviaba su último mensaje: “Quiera Dios que mi visita haya abierto el camino del perdón y que pronto la reconciliación entre hermanos florezca en este país” .

Eran momentos de mucha tristeza, guerra, destrucción para El Salvador. Juan Pablo II habia hecho un llamado que caló hondo. Continuaría muy pendiente de los conflictos en Centroamérica, que había visto tan dividida en los años 80, pero la semilla estaba echada, si bien para la paz faltaban aun largos y amargos años. Hasta 1992.
Invito visitar La Prensa Gráfica con fotos y video de la visita.

viernes, 8 de febrero de 2008

Juan Pablo II y El Salvador - 1996 Llegada


En una visita muy breve de tan solo un dia (pernoctaria también en El Salvador para partir hacia Venezuela via Guatemala al dia siguiente) el Santo Padre Juan Pablo II llegaba al Aeropuerto Internacional «Ilopango» de San Salvador, el más pequeño de los paises centroamericanos, el 8 de febrero de 1996. Era su segunda visita a El Salvador, después de aquella que hiciera en 1983, en plena guerra civil, cuando hasta la guerrilla habia hecho una tregua durante el dia de su visita.
Lo recibia un pueblo todo vestido de amarillo y blanco, festejando los frutos de la semilla que él sembrara durante su primera visita. Llegaba a un pais distinto, en transición, donde se proyectaba una sensación de esperanza y de paz. Juan Pablo II venia a confirmaros en la fe, fortaleceros en la esperanza y animaros en la caridad. En su discurso de bienvenida mencionó su primera visita cuando habia sido testigo del del sufrimiento de un pueblo desgarrado por el dolor de una guerra fratricida y los habia invitado a recorrer el camino del diálogo sincero y constructivo. Después habia seguido con interés la marcha de las negociaciones, que han tenido su culminación en los históricos Acuerdos de Chapultepec, en México, el 16 de enero de 1992, concluyendo así un proceso iniciado precisamente en la Nunciatura Apostólica de San Salvador, y conducido primero por la Conferencia Episcopal y después por las Naciones Unidas.
Estaba nuevamente entre ellos, para proclamar una vez más a Jesucristo que, por ser el único camino de la paz, llama a todos a una sincera conversión; he vuelto para confirmar la obra de mis Hermanos, los Obispos de El Salvador, en la promoción de la reconciliación nacional y hacer que llegue a cada una de vuestras ciudades, pueblos, cantones y aldeas el saludo del Señor Resucitado: «La paz esté con vosotros».
Con el deseo de Quiera Dios que la querida familia salvadoreña, probada por tantas formas de violencia en el pasado, encuentre el clima sereno para avanzar por las sendas del progreso y del bienestar, y que los niños y los jóvenes, que han crecido en los últimos años bajo un clima de miedo y temor, puedan disfrutar de un futuro de auténtica paz, comenzaba una densa jornada entre el regocijado pueblo salvadoreño.
Invito visitar: