Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 16 de febrero de 2024

La tristeza: vicio, virtud? – Papa Francisco

 

(Imagen de Wikipedia)
Escena de Unción del cuerpo de Cristo (1672), que muestra a María Magdalena llorando

En una serie de Catequesis sobre Vicios y virtudes,  que el Papa Francisco comenzó con una Introducción:Custodiar el corazón el 27/12/2023  – “Uno debe ser el guardián de su propio corazón.”  y  que fue desarrollando durante todo el mes de enero y mitad de febrero en la catequesis del 7 de febrero pasado  hablo sobre la "tristeza amiga" y la  tristeza que es una "enfermedad del alma" 

(…) hay una tristeza que conviene a la vida cristiana, y que con la gracia de Dios se transforma en alegría: ésta, por supuesto, no debe rechazarse y forma parte del camino de conversión. Pero existe también un segundo tipo de tristeza que se insinúa en el alma y la postra en un estado de abatimiento: es este segundo tipo de tristeza el que hay que combatir resueltamente y con todas las fuerzas, porque procede del Maligno. Esta distinción la encontramos también en San Pablo, que cuando escribe a los Corintios dice lo siguiente: «La tristeza que proviene de Dios produce un arrepentimiento que lleva a la salvación y no se debe lamentar; en cambio, la tristeza del mundo produce la muerte.» (2 Cor 7,10).

Hay, entonces, una tristeza amiga que nos lleva a la salvación. Pensemos en el hijo pródigo de la parábola: cuando toca el fondo de su degeneración, experimenta una gran amargura, y esto le impulsa a recapacitar y a decidir volver a la casa paterna (cfr. Lc 15, 11-20). Es una gracia gemir por los propios pecados, recordar el estado de gracia del que hemos caído, llorar porque hemos perdido la pureza con la que Dios nos soñó.

Pero hay una segunda tristeza, que es una enfermedad del alma. Surge en el corazón humano cuando se desvanece un deseo o una esperanza. Aquí podemos referirnos al relato de los discípulos de Emaús. Aquellos dos discípulos salen de Jerusalén con el corazón desilusionado, y se confían al forastero, que en cierto momento los acompaña: «Nosotros esperábamos que fuera él – o sea, Jesús - quien librara a Israel.» (Lc 24,21). La dinámica de la tristeza está ligada a la experiencia de la pérdida. En el corazón del ser humano nacen esperanzas que a veces se ven defraudadas. Puede tratarse del deseo de poseer algo que no se puede conseguir, pero también de algo importante, como la pérdida de un afecto. Cuando esto sucede, es como si el corazón del ser humano cayera en un precipicio, y los sentimientos que experimenta son desánimo, debilidad de espíritu, depresión, angustia…. En esta situación, algunos, tras un tiempo de agitación, se apoyan en la esperanza; pero otros se regodean en la melancolía, dejando que ésta se pudra en sus corazones…...adormecerse en una tristeza sin fin. Ciertos lutos prolongados, en los que una persona sigue agrandando el vacío de quien ya no está, no son propios de la vida en el Espíritu. Ciertas amarguras resentidas, en las que una persona tiene siempre en mente una reivindicación que le hace adoptar el papel de víctima, no producen en nosotros una vida sana, y menos aún cristiana. Hay algo en el pasado de todos que necesita ser sanado. La tristeza, de ser una emoción natural, puede convertirse en un estado de ánimo maligno.

Es un demonio taimado, el de la tristeza. Los padres del desierto la describían como un gusano del corazón, que roe y vacía a quien lo alberga. Esta imagen es buena, nos ayuda a comprender. Entonces, ¿qué debo hacer cuando estoy triste? Detenerte y ver: ¿esta tristeza es buena? ¿No es una buena tristeza? Y reaccionar según la naturaleza de la tristeza. No se olviden de que la tristeza puede ser algo muy malo que nos lleva al pesimismo, nos lleva a un egoísmo que difícilmente se cura… debemos tener cuidado con esta tristeza y pensar que Jesús nos trae la alegría de la resurrección.

Por muy llena que esté la vida de contradicciones, de deseos incumplidos, de sueños no realizados, de amistades perdidas, gracias a la resurrección de Jesús podemos creer que todo se salvará. Jesús ha resucitado no sólo para sí mismo, sino también para nosotros, a fin de rescatar todas las felicidades que no se han realizado en nuestras vidas. La fe expulsa el miedo, y la resurrección de Cristo quita la tristeza como la piedra del sepulcro….. Que el Espíritu de Jesús resucitado nos ayude a vencer la tristeza con la santidad.

jueves, 17 de marzo de 2022

La virtud de la obediencia en el magisterio de Juan Pablo II

 


“El horizonte de obediencia del Papa Wojtyla se despliega desde el alba del pontificado. Y es el mismo quien en “Triptico Romano” explica – en lenguaje poético y sugestivo – el valor de esta obediencia a la elección de la Cátedra de Pedro” nos dice Gianfranco Grieco, OFM en Totus Tuus de nov-dic 2008. Y continua diciendo “para el obediencia era un voto hecho a Dios y a la comunidad. Juan Pablo II obedeció a la consigna del Concilio Vaticano II, que adopto como brújula de la nueva evangelización del mundo. Para el obedecer al Concilio era poner en practica todas las enseñanzas del Vaticano II: Inculcaba la virtud de la obediencia sobre todo cuando hablaba a los sacerdotes a los religiosos y a las religiosas.”

En la Encíclica Redemptoris Mater el Papa nos hablaba de la obediencia de Maria que “profesa sobre todo « la obediencia de la fe », “13. « Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe » (Rom 16, 26; cf. Rom 1, 5; 2 Cor 10, 5-6), por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, como enseña el Concilio.29 Esta descripción de la fe encontró una realización perfecta en María. El momento « decisivo » fue la anunciación, y las mismas palabras de Isabel « Feliz la que ha creído » se refieren en primer lugar a este instante.30 “Es necesario que los cristianos profundicen en sí mismos y en cada una de sus comunidades aquella «obediencia de la fe », de la que María es el primer y más claro ejemplo”.

Y hablando de la obediencia de Maria en su homilía Homilía en San Juan de Puerto Rico (12 X 1984) decía “Ella con su palabra, pero sobre todo con su ejemplo de obediencia perfecta al designio de la Providencia, sigue indicando a cada hombre y sociedad el camino a seguir. Haced lo que El os diga. Como si dijera: escuchad su palabra, porque Él es el enviado del Padre (cf Mt 3, 17); seguidle con fidelidad, porque El es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6): sed en el mundo de hoy luz y sal de la tierra (cf. Mt 5, 13 16): sed operadores de paz, de justicia, de misericordia, de limpieza de corazón (cf. Mt 5, 1 12)

De la obediencia “perfecta al Padre” : él es el único y verdadero Siervo doliente del Señor, Sacerdote y Víctima a la vez” les recuerda Juan Pablo II a los sacerdotes en la Exhortación postsinodal Pastores Dabo vobis, y del mandato de Jesús «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19) y «Haced esto en conmemoración mía» (Lc 22, 19; cf. 1 Cor 11, 24), o sea, el mandato de anunciar el Evangelio y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por la vida del mundo.

En la constitución apostolica “la carta magna” Vita consacrata trata la obediencia como uno de los “grandes retos de la vida consagrada”

A todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo Juan Pablo II decia el viernes santo 10 de abril de 1998 después de terminado el Via Crucis:  “dirigid la mirada hacia el crucificado. Por amor él dio su vida por nosotros. Fiel y dócil a la voluntad del Padre, es ejemplo y aliento para nosotros. Precisamente por esta obediencia filial, el Padre «lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2, 9)”