Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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lunes, 20 de abril de 2026

Recordando al Papa Francisco a un año de su partida (2 de 2) – Papa Francisco : Un contemplativo en la acción - Antonio Spadaro

 


Una llama es quizás la imagen que mejor refleja lo esencial de la inspiración de Francisco. “Nosotros jesuitas”, escribía el padre Jorge Mario Bergoglio de joven, “sabemos bien que el fuego de la mayor gloria de Dios nos invade y nos envuelve en una llama interior que nos centra y a la vez nos expande, nos engrandece y nos empequeñece.” A veces, su propio cuerpo, cuando podía, experimentaba una sacudida que le hacía salir de sí, dirigirse hacia afuera, hacía lo que para él siempre había sido “el pueblo de Dios en marcha”. Por esa razón Francisco se sumergía en la historia, en los acontecimientos del mundo, se forzaba a sí mismo, se encendía, haciendo desesperar en ocasiones a quienes pretendían encajarlo en la normalidad. Hay una llama que siempre lo ha movido muy desde dentro: la “paz en el ajetreo”, oxímoron por excelencia de los jesuitas, fruto del “discernimiento”. Contraseña ignaciana por excelencia, que significa captar interiormente la voz de Dios, reconocer instintivamente su presencia en el mundo, incluso allí donde todo nos dice que debería estar en otra parte. Es típico de todo jesuita considerar que nada humano es ajeno a lo divino: “buscar y encontrar a Dios en todas las cosas” era el lema de San Ignacio. Esto ha dado como resultado un Francisco abierto, curioso, dialéctico.

Francisco no es que haya simplemente abierto las puertas de la Iglesia, es que las ha dejado abiertas de par en par para todos, todos, todos. No con el fin de que nos quedáramos dentro, como ha repetido en más de una ocasión, sino para que el Señor pudiera salir y recorrer nuestros caminos. Y los caminos – otra imagen muy jesuítica, dicha por el mismo Ignacio, que se definía a sí mismo como “el peregrino” – para Bergoglio han solido ser accidentados. Nunca ha contemplado ante sí un camino llano. Para él era mejor caer y hacerse daño que permanecer quieto y a salvo, que balconear, mirando la vida desde el balcón.

En este sentido, ha tenido siempre una visión “apostólica” más que sencillamente “pastoral”. El jesuita sabe que su tarea no es pastorear el rebaño, esquilar sus ovejas y peinar su lana, sino salir en busca de la oveja perdida. Precisando realistamente, como Bergoglio, que ahora queda una sola oveja en el redil y parece que las otras noventa y nueve se hayan escapado. La suya, por tanto, siempre ha sido una Iglesia en salida.

Por esa razón ha predicado una Iglesia inclusiva; era más comunicativo con los periodistas de la prensa laica que con los de los medios religiosos; por eso ha querido hablar con todo el mundo, incluso con personas y líderes que otros mantenían siempre a distancia. Políticos y religiosos: desde Min Aung Hlaing, jefe del ejército de Myanmar, responsable de las operaciones contra sus queridos rohingya, hasta el patriarca ruso Kirill, al que no ha ahorrado duras críticas, pero para el que siempre ha mantenido la puerta abierta. Por eso Bergoglio postulaba siempre un pensamiento abierto, aunque fuera “incompleto”. Hay que salir de los esquemas (consideraba que Yalta era uno más), de los estrictos razonamientos lógicos. Hay que desbordar, salir de los límites, “rebosar”, impulsados por el genio del espíritu más que por el rigor de la idea. De joven jesuita escribió que no debemos mirar la historia “con aquella distancia científica que nace de la curiosidad por los hechos del pasado, ni con el deseo de imponer una ideología predeterminada”. Hablaba de la historia de la Compañía, pero lo mismo vale para la historia en general.

Francisco no ha querido nunca diseñar planes quinquenales que se inspirasen en ideas o ideologías, ni entregarse a utopía alguna. Claro que se comprometía desde el punto de vista organizativo, pero se mantenía siempre dispuesto a improvisar, movido por la oración y por la “consolación”, es decir, por la percepción de la voluntad de Dios que infunde paz en el alma. Como en aquella ocasión, por ejemplo, en que se inclinó para besar los zapatos de los líderes de Sudán del Sur, llegados al Vaticano en un intento de paz. Me dijo que, nada más entrar en la sala donde se encontraban, sintió un fortísimo impulso interior que le empujaba a hacerlo. Es solo un ejemplo, pero muy revelador de su forma de actuar. Su modelo era Pedro Fabro, uno de los primeros compañeros de Ignacio de Loyola, que permaneció beato durante siglos y al que Bergoglio canonizó. Hombre muy querido para Michel de Certeau, gran jesuita “anómalo” a su manera.

La anomalía ha sido para Francisco otra forma de ser jesuita. En el pasado su relación con la orden había sido complicada, anómala. Sus escritos, que contenían básicamente lo que luego diría en su pontificado, fueron incluso llevados a la hoguera. Su estilo pastoral fue malinterpretado y hostigado. La profunda reconexión entre Bergoglio y su orden se la debemos a la sabiduría de un Padre General como Adolfo Nicolás. La Civiltà Cattolicaha desempeñado, en este particular, una función muy clara a lo largo de varios años. Durante la Congregación General de la orden, tras la dimisión de Nicolás, se percibió en la Compañía cierto desconcierto ante la profecía bergogliana, pero también un deseo por buscar la actitud correcta, acorde con el espíritu de sus Constituciones. Bergoglio siempre ha constituido, de una forma u otra, una patata caliente. Y él nunca ha perdido la oportunidad de declararse hijo de la Compañía de Jesús y de mantener un profundo diálogo con los jesuitas, algo que lograba singular expresión en conversaciones privadas durante sus viajes apostólicos. Su transcripción – que el Papa me ha permitido publicar en cada ocasión – constituye una especie de acción entre bastidores del pontificado.

Los caminos de Francisco han atravesado el mundo entero. Francisco, a quien nunca gustó viajar, lo ha recorrido a todo lo largo y lo ancho. Pero sintió que debía hacerlo para confirmar la fe del pueblo católico, y, no menos, para palpar las heridas abiertas de este mundo. Basta pensar en la República Centroafricana y en Irak, por citar solo dos ejemplos. No se palpa con el pensamiento, sino con la mano. La Iglesia es “un hospital de campaña después de la batalla”, me dijo en la primera entrevista que le hice en 2013, apenas tres meses después de su elección. Como una madre, no quiso nunca acercarse a sus hijos en una “caja de cristal”, y se impuso cuando lo querían forzar a subir a un papamóvil cerrado o incluso blindado. Viajó al modo del jesuita, que proverbialmente considera el billete de avión o de tren como la verdadera llave de su casa.

Todavía joven escribía Bergoglio que la mirada del jesuita “se posa sobre patios, pero vislumbra praderas, ve fragmentos, pero contempla formas”. Desde su pequeño estudio de Santa Marta abarcaba con la vista el mundo entero, y desde allí observaba continuamente fragmentos, para conectarlos y comprender las formas, como en el caso de la “guerra mundial por partes”, amargamente profetizada ya en 2014. Detestó siempre el término “geopolítica”, que le recordaba el tablero del Risk, pero amó siempre la “diplomacia”. Y añadía: “la diplomacia de las rodillas”. Porque consideraba que el diálogo político (y sobre todo el multilateral) era necesario y, para un creyente, una especie de lugar sagrado de oración y contemplación. Para este aspecto se inspiraba en el lema de los jesuitas: contemplativus in actione. Así era el Papa Francisco: de hecho, un contemplativo en la acción.

Fuente: Jesuitas,  publicado el 2 de mayo de 2025

 

 

Recordando al Papa Francisco a un año de su partida (1 de 2) – entrevista de Antonio Spadaro S.J.

 




El lunes 19 de agosto de 2013 el Papa Francisco le concedió una entrevista a Antonio Spadaro, S.J. entrevista que fue publicada completa en varios medios, originalmente en la publicación de los jesuitasen Roma,   también en la revista local Criterio y en este enlace de la Santa Sede  entre los Discursos del Papa Francisco del año2013.

He elegido algunos textos de esta entrevista,  bastante extensa.

Muy al comienzo el Papa Francisco le confiesa que los dos pensadores franceses contemporáneos que más le gustan son Henri de Lubac y Michel de Certeau…y “comienza a hablarme de sí y de su elección al pontificado. Me dice que cuando comenzó a darse cuenta de que podría llegar a ser elegido sintió que le envolvía una inexplicable y profunda paz y consolación interior, junto con una oscuridad total que dejaba en sombras el resto de las cosas. Y que estos sentimientos le acompañaron hasta su elección.”  reconoce el Papa que no le agrada conceder entrevistas y  que “prefiere pensarse las cosas antes que improvisar” y  sin embargo “en esta entrevista el Papa se ha sentido libre de interrumpir lo que estaba diciendo en su respuesta a una pregunta, para añadir algo a una respuesta anterior.” “ es una especie de flujo volcánico de ideas que se engarzan unas con otras.”

A la pregunta «¿Quién es Jorge Mario Bergoglio?». “Se me queda mirando en silencio. Le pregunto si es lícito hacerle esta pregunta… Hace un gesto de aceptación y me dice: «No sé cuál puede ser la respuesta exacta… Yo soy un pecador…» El Papa sigue reflexionando, concentrado, como si no se hubiese esperado esta pregunta, como si fuese necesario pensarla más. «Bueno, quizá podría decir que soy despierto, que sé moverme, pero que, al mismo tiempo, soy bastante ingenuo. Pero la síntesis mejor, la que me sale más desde dentro y siento más verdadera es esta: “Soy un pecador en quien el Señor ha puesto los ojos”». Y repite: «Soy alguien que ha sido mirado por el Señor. Mi lema, ‘Miserando atque eligendo’, es algo que, en mi caso, he sentido siempre muy verdadero».

Porque se hizo jesuita le plantea Spadaro y el Papa responde: 

«Quería algo más. Pero no sabía qué era. Había entrado en el seminario. Me atraían los dominicos y tenía amigos dominicos. Pero al fin he elegido la Compañía, que llegué a conocer bien…de la Compañía me impresionaron tres cosas: su carácter misionero, la comunidad y la disciplina. Y esto es curioso, porque yo soy un indisciplinado nato, nato, nato. Pero su disciplina, su modo de ordenar el tiempo, me ha impresionado mucho». «Y, después, hay algo fundamental para mí: la comunidad. Había buscado desde siempre una comunidad. No me veía sacerdote solo: tengo necesidad de comunidad.

Y para un jesuita, ¿qué significa ser Papa?¿Qué significa para un jesuita haber sido elegido Papa? ¿Qué aspecto de la espiritualidad ignaciana le ayuda más a vivir su ministerio?» plantea Spadaro.

«El discernimiento», responde el Papa Francisco. «El discernimiento es una de las cosas que Ignacio ha elaborado más interiormente… Me ha impresionado siempre una máxima con la que suele describirse la visión de Ignacio: Non coerceri a maximo, sed contineri a minimo divinum est….: no tener límite para lo grande, pero concentrarse en lo pequeño… magnanimidad, y, a cada uno desde la posición que ocupa, hace que pongamos siempre la vista en el horizonte. Es hacer las cosas pequeñas de cada día con el corazón grande y abierto a Dios y a los otros. Es dar su valor a las cosas pequeñas en el marco de los grandes horizontes, los del Reino de Dios».

(,,,) El discernimiento en el Señor me guía en mi modo de gobernar».

Después hablan sobre la Compañia de Jesus y la  identidad de ser jesuita y los jesuitas que le han llamado la atención y la experiencia de haber sido superior y superior provincial de la Compañía de Jesús y  consejos que le fueron dando… “No consulte demasiado y decida”  y el sin embargo opta por “yo creo que consultar es muy importante. Los consistorios y los sínodos, por ejemplo, son lugares importantes para lograr que esta consulta llegue a ser verdadera y activa…. deseo que sea una consulta real, no formal».

Cuando toca hablar de la Iglesia el Papa responde «Una imagen de Iglesia que me complace es la de pueblo santo, fiel a Dios. Es la definición que uso a menudo y, por otra parte, es la de la Lumen Gentium en su número 12. La pertenencia a un pueblo tiene un fuerte valor teológico: Dios, en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana. Dios entra en esta dinámica popular».

«El pueblo es sujeto. Y la Iglesia es el pueblo de Dios en camino a través de la historia, con gozos y dolores. Sentir con la Iglesia…. la fe de todo el pueblo que camina..el “sentir con la Iglesia” de que habla san Ignacio. «Sucede como con María: Si se quiere saber quién es, se pregunta a los teólogos; si se quiere saber cómo se la ama, hay que preguntar al pueblo. María, a su vez, amó a Jesús con corazón de pueblo, como se lee en el Magníficat. Y cita después a Joseph Malègue, escritor francés “muy de su agrado.”

 «Yo veo la santidad en el pueblo de Dios, su santidad cotidiana. »

«Esta Iglesia con la que debemos “sentir” es la casa de todos, no una capillita en la que cabe sólo un grupito de personas selectas. No podemos reducir el seno de la Iglesia universal a un nido protector de nuestra mediocridad. Y la Iglesia es Madre —prosigue—.».

Y después hablan de las Iglesias jóvenes e Iglesias antiguas

Iglesias jóvenes e Iglesias antiguas

«Las Iglesias jóvenes logran una síntesis de fe, cultura y vida en progreso diferente de la que logran las Iglesias más antiguas. Para mí, la relación entre las Iglesias de tradición más antigua y las más recientes se parece a la relación que existe entre jóvenes y ancianos en una sociedad: construyen el futuro, unos con su fuerza y los otros con su sabiduría… El riesgo está siempre presente, es obvio; las Iglesias más jóvenes corren peligro de sentirse autosuficientes, y las más antiguas el de querer imponer a los jóvenes sus modelos culturales. Pero el futuro se construye unidos».

 «Yo sueño con una Iglesia Madre y Pastora. Los ministros de la Iglesia tienen que ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo. Esto es Evangelio puro. Dios es más grande que el pecado.»

Y en otro nivel pregunta Spadaro: : «¿Qué piensa de los dicasterios romanos?».

«Los dicasterios romanos están al servicio del Papa y de los obispos: tienen que ayudar a las Iglesias particulares y a las conferencias episcopales. Son instancias de ayuda…. «Debemos caminar juntos: la gente, los obispos y el Papa. Hay que vivir la sinodalidad a varios niveles. 

 ¿Y el papel de la mujer en la Iglesia?

«Es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia….La Iglesia no puede ser ella misma sin la mujer y el papel que ésta desempeña. La mujer es imprescindible para la Iglesia. María, una mujer, es más importante que los obispos. Digo esto porque no hay que confundir la función con la dignidad.»

En cuanto al Concilio Vaticano II  (y copio texto completo) comenta Spadaro

«¿Qué hizo el Concilio Vaticano II? ¿Qué fue, en realidad?».  Y agregaa Spadaro “Le dirijo esta pregunta a la luz de las afirmaciones que acaba de hacer, imaginando una respuesta larga y organizada. Y, sin embargo, me da la impresión de que el Papa considerase el Concilio un hecho tan incontestable que apenas valiera la pena dedicarle mucho tiempo corroborando su importancia.”

Responde el Papa «El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio. Los frutos son enormes. Basta recordar la liturgia. El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica concreta. Sí, hay líneas de hermenéutica de continuidad y de discontinuidad, pero una cosa es clara: la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible. Luego están algunas cuestiones concretas, como la liturgia según el Vetus Ordo. Pienso que la decisión del Papa Benedicto estuvo dictada por la prudencia, procurando ayudar a algunas personas que tienen esa sensibilidad particular. Lo que considero preocupante es el peligro de ideologización, de instrumentalización del Vetus Ordo»

En el apartado titulado Buscar y encontrar a Dios en todas las cosas Spadaro pregunta: «Santidad, ¿cómo se hace para buscar y encontrar a Dios en todas las cosas?».

«Lo que dije en Río tiene un valor temporal. Es verdad que tenemos la tentación de buscar a Dios en el pasado o en lo que creemos que puede darse en el futuro. Dios está ciertamente en el pasado porque está en las huellas que ha ido dejando. Y está también en el futuro como promesa. Pero el Dios “concreto”, por decirlo así, es hoy…. hay que encontrar a Dios en nuestro hoy»….«Encontrar a Dios en todas las cosas no es un eureka empírico. En el fondo, cuando deseamos encontrar a Dios nos gustaría constatarlo inmediatamente por medios empíricos. Pero así no se encuentra a Dios. Se le encuentra en la brisa ligera de Elías. Los sentidos capaces de percibir a Dios son los que Ignacio llama “sentidos espirituales”. Ignacio quiere que abramos la sensibilidad espiritual y así encontremos a Dios más allá de un contacto puramente empírico. Se necesita una actitud contemplativa: es el sentimiento del que va por el camino bueno de la comprensión y del afecto frente a las cosas y las situaciones. Señales de que estamos en ese buen camino son la paz profunda, la consolación espiritual, el amor de Dios y de ver todas las cosas en Dios».

(…)

«Hay que releer el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos. Abrahán, por la fe, partió sin saber a dónde iba. Todos nuestros antepasados en la fe murieron teniendo ante los ojos los bienes prometidos, pero muy a lo lejos... No se nos ha entregado la vida como un guión en el que ya todo estuviera escrito, sino que consiste en andar, caminar, hacer, buscar, ver… Hay que embarcarse en la aventura de la búsqueda del encuentro y del dejarse buscar y dejarse encontrar por Dios»

Al Papa no le gusta demasiado la palabra “optimismo”, prefiere “esperanza” « tal como se lee en el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos»  «y  —prosigue el Papa Francisco—, la esperanza cristiana no es un fantasma y no engaña. Es una virtud teologal y, en definitiva, un regalo de Dios que no se puede reducir a un optimismo meramente humano. Dios no defrauda la esperanza ni puede traicionarse a sí mismo. Dios es todo promesa».

En cuanto a El arte y la creatividad (me encantaron las respuestas de esta parte de su vida) el Papa Francisco dice:  «He sido aficionado a autores muy diferentes entre sí. Amo muchísimo a Dostoyevski y Hölderlin. De Hölderlin me gusta recordar aquella poesía tan bella para el cumpleaños de su abuela ( y recerdaa la suya) , que me ha hecho tanto bien espiritual. Es aquella que termina con el verso Que el hombre mantenga lo que prometió el niño. También Gerard Manley Hopkins me ha gustado mucho».

«En pintura admiro a Caravaggio: sus lienzos me hablan. Pero también Chagall con su Crucifixión blanca...». «En música amo a Mozart, obviamente. Aquel Et Incarnatus est de su Misa en Do es insuperable: ¡te lleva a Dios! Me encanta Mozart interpretado por Clara Haskil. Mozart me llena: no puedo pensarlo, tengo que sentirlo. A Beethoven me gusta escucharlo, pero prometeicamente. Y el intérprete más prometeico para mí es Furtwängler. Y después, las Pasiones de Bach. El pasaje de Bach que me gusta mucho es el Erbarme Dich, el llanto de Pedro de la Pasión según San Mateo. Sublime. Después, a distinto nivel, no de la misma intimidad, me gusta Wagner. Me gusta escucharlo, pero no siempre. La Tetralogía del anillo, dirigido por Furtwängler en la Scala en el ’50 es lo mejor que hay. Sin olvidar Parsifal dirigido en el ’62 por Knappertsbusch».

«Deberíamos pasar a hablar de cine. La Strada de Fellini es quizá la película que más me haya gustado. Me identifico con esa película, en la que hay una referencia implícita a san Francisco. Luego creo haber visto todas las películas de Anna Magnani y Aldo Fabrizi cuando tenía entre 10 y 12 años. Otra película que me gustó mucho fue Roma città aperta. Mi cultura cinematográfica se la debo sobre todo a mis padres, que nos llevaban muy a menudo al cine».

«En general puedo decir que me gustan los artistas trágicos, especialmente los más clásicos. Hay una bella definición que Cervantes pone en boca del bachiller Carrasco haciendo el elogio de la historia de Don Quijote: “Los niños la traen en las manos, los jóvenes la leen, los adultos la entienden, los viejos la elogian”. Esta puede ser para mí una buena definición de lo que son los clásicos».

Comenta luego Spadaro reflexionando sobre su entrevista:

Me doy cuenta de que me han absorbido todas estas citas del Papa y de que desearía entrar en su vida por la puerta de sus preferencias artísticas. Sería, imagino, un largo itinerario. Incluiría el cine, desde el neorrealismo italiano al Festín de Babette. Me vienen a la cabeza otros autores y otras obras que él ha citado en otras ocasiones, quizá menores o peor conocidas o de carácter local, del Martín Fierro de José Hernández a la poesía de Nino Costa, a El gran éxodo de Luigi Orsenigo. Pienso también en Joseph Malègue y José María Pemán. Y obviamente en Dante y Borges, pero también en Leopoldo Marechal, el autor de Adán Buenosayres, El banquete de Severo Arcángelo y Megafón o la guerra. Pienso en Borges porque Bergoglio, entonces profesor de literatura a los veintiocho años en el Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe, lo conoció personalmente. Bergoglio enseñaba en los dos últimos años del liceo cuando inició a sus alumnos en la escritura creativa. Yo mismo he tenido una experiencia parecida a la suya cuando tenía su edad, en el Istituto Massimo de Roma, fundando BombaCarta, y se la cuento. Y luego el Papa habla de su experiencia cuando era profesor de literatura.  

«Entonces, Santo Padre, para la vida de una persona ¿es importante la creatividad?», le pregunto. Se ríe y me responde: «¡Para un jesuita es enormemente importante! Un jesuita debe ser creativo».

Hablan luego de  la revista de los jesuitas La Civiltá Cattolica (presente y futuro) y Cómo se entiende el hombre a sí mismo y como orar.  El Papa responde:

«Rezo el Oficio todas las mañanas. Me gusta rezar con los Salmos. Después, inmediatamente, celebro la misa. Rezo el Rosario. Lo que verdaderamente prefiero es la Adoración vespertina, incluso cuando me distraigo pensando en otras cosas o cuando llego a dormirme rezando. Por la tarde, por tanto, entre las siete y las ocho, estoy ante el Santísimo en una hora de adoración…y en otros momentos de la jornada…La oración es para mí siempre una oración “memoriosa”, llena de memoria, de recuerdos, incluso de memoria de mi historia o de lo que el Señor ha hecho en su Iglesia o en una parroquia concreta. Para mí, se trata de la memoria de que habla san Ignacio en la primera Semana de los Ejercicios, en el encuentro misericordioso con Cristo Crucificado. Y me pregunto: “¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?”. Es la memoria de la que habla también Ignacio en la Contemplación para alcanzar amor, cuando nos pide que traigamos a la memoria los beneficios recibidos. Pero, sobre todo, sé que el Señor me tiene en su memoria. Yo puedo olvidarme de Él, pero yo sé que Él jamás se olvida de mí. La memoria funda radicalmente el corazón del jesuita: es la memoria de la gracia, la memoria de la que se habla en el Deuteronomio, la memoria de las acciones de Dios que están en la base de la alianza entre Dios y su pueblo. Esta es la memoria que me hace hijo y que me hace también ser padre».

Fuente: pagina oficial de la Santa Sede


viernes, 21 de noviembre de 2025

Catequesis del Papa Francisco sobre la oración

 



"La oración es el aliento de la fe, es su expresión más adecuada. Como un grito que sale del corazón de los que creen y se confían a Dios", decía el Papa Francisco al iniciar esta serie de 38 catequesis que comenzaron el pasado 6 de mayo de 2020. Repasando pasajes y personajes del Antiguo y Nuevo Testamento, actualiza el significado y la vivencia de rezar.

A continuación, la recopilación de catequesis ordenadas cronológicamente:

6 de mayo de 2020: 1. El misterio de la oración

13 de mayo de 2020: 2. La oración del cristiano

20 de mayo de 2020: 3. El misterio de la creación

27 de mayo de 2020: 4. La oración de los justos

3 de junio de 2020: 5. La oración de Abraham

10 de junio de 2020: 6. La oración de Jacob

17 de junio de 2020: 7. La oración de Moisés

24 de junio de 2020: 8. La oración de David

7 de octubre de 2020: 9. La oración de Elías

14 de octubre de 2020: 10. La oración de los Salmos (1)

21 de octubre de 2020: 11. La oración de los Salmos (2)

28 de octubre de 2020: 12. Jesús hombre de oración

4 de noviembre de 2020: 13. Jesús, maestro de oración

11 de noviembre de 2020: 14. La oración perseverante

18 de noviembre de 2020: 15. La Virgen María, mujer de oración

25 de noviembre de 2020: 16. La oración de la Iglesia naciente

2 de diciembre de 2020: 17. La bendición

9 de diciembre de 2020: 18. La oración de súplica

16 de diciembre de 2020: 19. La oración de intercesión

30 de diciembre de 2020: 20. La oración de acción de gracias

Fuente: Humanitas, Chile, para consultar sobre el año 2021 (18 catequesis mas)


 

jueves, 3 de julio de 2025

Ut Unum sint – carta del Papa Francisco al Cardenal Kurt Koch

 


Al cumplirse veinticinco años de la firma por parte de san Juan Pablo II de la Carta encíclica Ut unum sint el Papa Francisco le dirigía una carta,  fechada 24 de mayo 2020, al Cardenal Kurt Koch,Presidente del Pontifico Consejo para la Promocion de la Unidad de los Cristianos en estos términos: (copio textualmente del textooriginal en español en el sitio de la Santa Sede

“Con la mirada puesta en el horizonte del Jubileo de 2000, quería que la Iglesia, en su camino hacia el tercer milenio, tuviera en cuenta la oración insistente de su Maestro y Señor: “¡Que todos sean uno!” (cf. Jn 17,21). Por ello, escribió esa encíclica que confirmó «de modo irreversible» (UUS, 3) el compromiso ecuménico de la Iglesia Católica. La publicó en la Solemnidad de la Ascensión del Señor, colocándola bajo el signo del Espíritu Santo, el artífice de la unidad en la diversidad, y en este mismo contexto litúrgico y espiritual la conmemoramos y proponemos al Pueblo de.

El Concilio Vaticano II reconoció que el movimiento para el restablecimiento de la unidad de todos los cristianos «ha surgido […] con ayuda de la gracia del Espíritu Santo» (Unitatis redintegratio, 1). También afirmó que el Espíritu, mientras «obra la distribución de gracias y servicios», es «el principio de la unidad de la Iglesia» (ibíd., 2). Y la encíclica Ut unum sint reitera que «la legítima diversidad no se opone de ningún modo a la unidad de la Iglesia, sino que por el contrario aumenta su honor y contribuye no poco al cumplimiento de su misión» (n. 50). De hecho, «sólo el Espíritu Santo puede suscitar la diversidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, producir la unidad. […] Es él el que armoniza la Iglesia». Me viene a la mente aquella bella palabra de san Basilio, el Grande: Ipse harmonia est, él mismo es la armonía» (Homilía en la catedral católica del Espíritu Santo, Estambul, 29 noviembre 2014).

En este aniversario, doy gracias al Señor por el camino que nos ha permitido recorrer como cristianos en busca de la comunión plena. Yo también comparto la sana impaciencia de aquellos que a veces piensan que podríamos y deberíamos esforzarnos más. Sin embargo, no debemos dejar de confiar y de agradecer: se han dado muchos pasos en estas décadas para sanar heridas seculares y milenarias; ha crecido el conocimiento y la estima mutua, favoreciendo la superación de prejuicios arraigados; se ha desarrollado el diálogo teológico y el de la caridad, así como diversas formas de colaboración en el diálogo de la vida, en el ámbito de la pastoral y cultural. En este momento, pienso en mis queridos Hermanos que presiden las diversas Iglesias y Comunidades Cristianas; y también en todos los hermanos y hermanas de todas las tradiciones cristianas que son nuestros compañeros de viaje. Al igual que los discípulos de Emaús, podemos sentir la presencia del Cristo resucitado que camina a nuestro lado y nos explica las Escrituras, y reconocerlo en la fracción del pan, en la espera de compartir juntos la mesa eucarística.

Renuevo mi agradecimiento a todos los que han trabajado y siguen haciéndolo en ese Dicasterio para mantener viva la conciencia de este objetivo irrenunciable dentro de la Iglesia. En particular, me complace acoger dos iniciativas recientes. La primera es un Vademécum ecuménico para obispos, que se publicará el próximo otoño como estímulo y guía para el ejercicio de sus responsabilidades ecuménicas. En efecto, el servicio de la unidad es un aspecto esencial de la misión del obispo, quien es «el principio fundamento perpetuo y visible de unidad» en su Iglesia particular (Lumen gentium, 23; cf. CIC 383§3; CCEO 902-908). La segunda iniciativa es la presentación de la revista Acta Œcumenica, que, en la renovación del Servicio de Información del Dicasterio, se propone como un subsidio para quienes trabajan para el servicio de la unidad.

En el camino hacia la comunión plena es importante recordar el trayecto recorrido, pero también se necesita escudriñar el horizonte con la encíclica Ut unum sint, preguntándose: «Quanta est nobis via?» (n. 77), “¿cuánto camino nos separa todavía?”. Algo es cierto, la unidad no es principalmente el resultado de nuestra acción, sino que es don del Espíritu Santo. Sin embargo, esta «no vendrá como un milagro al final: la unidad viene en el camino, la construye el Espíritu Santo en el camino» (Homilía en las vísperas, San Pablo extramuros, 25 enero 2014). Por lo tanto, invoquemos al Espíritu con confianza, para que guíe nuestros pasos y cada uno escuche con renovado vigor el llamado a trabajar por la causa ecuménica; que Él inspire nuevos gestos proféticos y fortalezca la caridad fraterna entre todos los discípulos de Cristo, «para que el mundo crea» (Jn 17,21) y se acreciente la alabanza al Padre que está en el Cielo.

Francisco

jueves, 8 de mayo de 2025

Robert Francis Prevost, la biografía del nuevo Papa Leon XIV


Antes de su elección como Papa Leon XIV, el Cardenal Robert Francis Prevost, fue Prefecto del Dicasterio para los Obispos. Primer Papa agustino; tiene casi 70 años. Es el 267º Papa de la historia.

Es el segundo Pontífice americano, después de Francisco, pero a diferencia de Bergoglio, el estadounidense Robert Francis Prevost, de 69 años, es originario del norte del continente. De hecho, el nuevo obispo de Roma nace el 14 de septiembre de 1955 en Chicago (Illinois), hijo de Louis Marius Prevost, de ascendencia francesa e italiana, y de Mildred Martínez, de ascendencia española. Tiene dos hermanos, Louis Martín y John Joseph.

Pasa su infancia y adolescencia con su familia y estudia primero en el Seminario Menor de los Padres Agustinos y después en la Universidad de Villanova, Pennsylvania, donde se licencia en Matemáticas y estudia Filosofía en 1977. El 1 de septiembre de ese mismo año ingresa en el noviciado de la Orden de San Agustín (OSA) de St. Louis, en la provincia de Nuestra Señora del Buen Consejo de Chicago, y hace su primera profesión el 2 de septiembre de 1978. El 29 de agosto de 1981 emite los votos solemnes.

Recibe su formación en la Catholic Theological Union de Chicago, licenciándose en Teología. Y a los 27 años es enviado por sus superiores a Roma para estudiar Derecho Canónico en la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino (Angelicum). Fue ordenado  sacerdote el 19 de junio de 1982 en el Colegio Agustiniano de Santa Mónica por monseñor Jean Jadot, pro-presidente del Pontificio Consejo para los No Cristianos, hoy Dicasterio para el Diálogo Interreligioso.

Prevost obtiene su licenciatura en 1984 y al año siguiente, mientras prepara su tesis doctoral, es enviado a la misión agustiniana de Chulucanas, Piura, Perú (1985-1986). Es en 1987 cuando discute su tesis doctoral sobre «El papel del Prior Local de la Orden de San Agustín» y es nombrado Director de Vocaciones y Director de Misiones de la Provincia Agustiniana «Madre del Buen Consejo» en Olympia Fields, Illinois (USA).

Al año siguiente se incorporó a la misión de Trujillo, también en Perú, como director del proyecto de formación común para los aspirantes agustinos de los vicariatos de Chulucanas, Iquitos y Apurímac.

En el espacio de once años desempeña los cargos de prior de la comunidad (1988-1992), director de formación (1988-1998) y profesor de profesos (1992-1998) y, en la archidiócesis de Trujillo, de vicario judicial (1989-1998) y profesor de Derecho Canónico, Patrística y Moral en el Seminario Mayor «San Carlos y San Marcelo». Paralelamente, se le confia la atención pastoral de Nuestra Señora Madre de la Iglesia, más tarde parroquia con el título de Santa Rita (1988-1999), en la periferia pobre de la ciudad, y fue administrador parroquial de Nuestra Señora de Monserrat de 1992 a 1999.

En 1999 es elegido Prior Provincial de la Provincia Agustiniana 'Madre del Buen Consejo' de Chicago, y dos años y medio después, en el Capítulo General Ordinario de la Orden de San Agustín, sus hermanos le eligieron Prior General, confirmándole en 2007 para un segundo mandato.

En octubre de 2013 regresa a su provincia agustiniana, en Chicago, y fue director de Formación del Convento de San Agustín, primer consejero y vicario provincial; cargos que desempeñó hasta que el Papa Francisco lo nombra, el 3 de noviembre de 2014, administrador apostólico de la diócesis peruana de Chiclayo, elevándolo a la dignidad episcopal como obispo titular de Sufar. Ingresó en la diócesis el 7 de noviembre, en presencia del nuncio apostólico James Patrick Green, quien le ordena obispo poco más de un mes después, el 12 de diciembre, festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, en la catedral de Santa María.

Su lema episcopal es «In Illo uno unum», palabras que San Agustín pronuncia en un sermón, la Exposición sobre el Salmo 127, para explicar que «aunque los cristianos somos muchos, en el único Cristo somos uno».

El 26 de septiembre de 2015 fue nombrado obispo de Chiclayo por el Pontífice argentino y en marzo de 2018 fue elegido vicepresidente segundo de la Conferencia Episcopal Peruana, dentro de la cual también es miembro del Consejo Económico y presidente de la Comisión de Cultura y Educación.

En 2019 por Francisco, se cuenta entre los miembros de la Congregación para el Clero el 13 de julio de 2019 y al año siguiente, entre los de la Congregación para los Obispos (21 de noviembre).

Mientras tanto, el 15 de abril de 2020, llega el nombramiento papal también como administrador apostólico de la diócesis peruana de Callao.

El 30 de enero de 2023, el Papa lo llama a Roma como prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, promoviéndolo a arzobispo. Y en el Consistorio del 30 de septiembre del mismo año lo creó y nombró cardenal, asignándole el diaconado de Santa Mónica. Prevost tomó posesión el 28 de enero de 2024 y, al frente del dicasterio, participó en los últimos viajes apostólicos del Papa Francisco y en la primera y segunda sesiones de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Sinodalidad, celebradas en Roma del 4 al 29 de octubre de 2023 y del 2 al 27 de octubre de 2024, respectivamente.Una experiencia en asambleas sinodales ya adquirida en el pasado como prior de los agustinos y representante de la Unión de Superiores Generales (UGS).

Mientras tanto, el 4 de octubre de 2023, Francisco lo nombra  miembro de los Dicasterios para la Evangelización, Sección para la Primera Evangelización y las Nuevas Iglesias Particulares; para la Doctrina de la Fe; para las Iglesias Orientales; para el Clero; para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica; para la Cultura y la Educación; para los Textos Legislativos; de la Pontificia Comisión para el Estado de la Ciudad del Vaticano.

Finalmente, el 6 de febrero de este año, fue promovido al orden de los obispos por el Pontífice argentino, obteniendo el título de la Iglesia Suburbicaria de Albano.

Durante la última hospitalización de su predecesor en el políclinico «Gemelli», Prevost presidió el rosario por la salud de Francisco el 3 de marzo en la plaza de San Pedro.

 

jueves, 1 de mayo de 2025

El Papa Francisco en brazos de la madre – (con historia detallada de la capilla paulina) Maria Milvia Morciano

 




El Pontífice, en su testamento, pidió ser enterrado en la tierra, junto al icono mariano que tanto amaba. Conservada en la Capilla Paulina de la basílica de Santa María la Mayor, está rodeada de suntuosos mármoles y bronces dorados que no opacan su magnetismo. La sagrada imagen tiene una historia que se entrelaza con la ciudad de Roma desde los primeros siglos

 Desde su fundación durante el pontificado del Papa Liberio, entre 352 y 366, los siglos se han sucedido enriqueciendo cada vez más la basílica papal de Santa María la Mayor. La sensación que se tiene al entrar en la gran iglesia y atravesar las naves es una sensación de luz dorada que culmina en los mosaicos del ábside y el arco triunfal. Todo respira al nombre de María, a su maternidad divina, a los nacimientos de su Hijo, cuya vida se cuenta en los años que van desde la Natividad hasta la infancia.

Entre las reliquias vinculadas a la Virgen, el icono de la Salus Populi Romani marca un vínculo indisoluble con el pueblo, con los pontífices y con la historia. Una imagen que se ha hecho familiar en todo el mundo y que con el tiempo se ha vinculado profundamente a la devoción del Papa Francisco, que en su testamento pidió ser enterrado en la basílica de Santa María la Mayor, junto a la capilla paulina que alberga el cuadro de la Virgen.



Según recientes investigaciones y restauraciones, la imagen sagrada data de entre los siglos IX y XIII. Se trata de una pintura sobre tabla de madera de tilo, que representa el medio busto de la Virgen con el Niño en brazos entrelazados. Un manto, el maphorion bizantino, azul oscuro ribeteado de oro, enmarca su rostro y desciende hasta envolverla en un drapeado de suaves pliegues. La túnica que se vislumbra en el pecho y las mangas también está decorada en oro. El rostro es un precioso óvalo de pinceladas blancas, verdes y rosas entre luces y sombras que esculpen su nariz estrecha, sus cejas espesas, sus grandes ojos marrones de mirada intensa y distante, muy dulces. Su boca es pequeña, según los cánones de la perfecta belleza medieval, y parece insinuar una sonrisa. Sus manos están cruzadas en un gesto muy familiar a las mujeres que pueden así sostener firmemente a los niños. La representación es naturalista, hasta el punto de que en el dorso de la mano se pueden ver los pliegues de piel ondulados por el peso de Jesús sobre su brazo. Esto, entre otras pistas estilísticas, lleva a situar su realización en el ámbito romano altomedieval. 



Un dedo de la mano derecha está rodeado por un anillo, mientras que el izquierdo sujeta un precioso pañuelo azul decorado en rojo y ribeteado con finos flecos. Se trata de un manípulo o mappula, que antes de convertirse en prenda de la liturgia cristiana era prerrogativa de los nobles de la época imperial en circunstancias de gala. Es, pues, un signo regio, pero también alude a momentos particularmente solemnes, como la bendición de las Palmas o el exultet que da el primer título de la Virgen en el sentido de Regina Coeli, Reina del Cielo. El Niño estrecha contra su pecho un libro ricamente decorado, evidentemente un Evangelarium, mientras levanta el rostro para mirar a la Madre. Su pequeña figura está vestida con un manto muy rico, el himation, drapeado en oro y bronce.

La posición de los pies, uno de ellos suspendido y de perfil, sigue una convención muy utilizada en la Antigüedad para dar tridimensionalidad a la figura. La mano derecha de la Virgen parece reflejar la del Hijo en el gesto de los tres dedos extendidos: el uno para bendecir, el otro -probablemente- para aludir a la Trinidad.

Las letras griegas de la parte superior, a ambos lados de la cabeza de la Virgen, MP ΘY, son una abreviatura de Mèter Theoù, Madre de Dios. 

Según la tradición, el icono, pintado por el evangelista Lucas, llegó a Roma procedente de Jerusalén y fue colocado en Letrán, en el oratorio pontificio. Fue donado por el papa Sixto III, entre 432 y 440, a la basílica de Santa María la Mayor, donde reside desde entonces, inicialmente en el altar mayor y luego trasladado a la capilla Paulina o Borghesiana, donde se encuentra desde 1613. 

Salvación del pueblo romano

Los romanos recurrían a la imagen sagrada en tiempos de peligro. Por ejemplo, durante la peste de 509, cuando abrió la procesión septenaria encabezada por el Papa Gregorio Magno que discurría desde las calles de Roma hasta la Basílica de San Pedro, y de nuevo durante la epidemia de cólera de 1837 fue invocado por el Papa Gregorio XVI. 

Pío XII, el 4 de junio de 1944, cuando se acercaba el choque frontal entre los ejércitos alemán y aliado, se dirigió a ella para implorar la salvación de la ciudad. Finalmente, el Papa Francisco en la plaza de San Pedro, en la Statio Orbis del 27 de marzo de 2020, al comienzo de la pandemia.

Una suntuosa capilla

La Capilla Paulina o Borghese, que debe su nombre al Papa Pablo V Borghese, está situada al final de la nave izquierda, entre la Capilla Sforza y la sacristía, y es un espejo de la Capilla Sixtina o del Santísimo Sacramento, medio siglo más antigua, que se encuentra a lo largo de la nave derecha. Nada más ascender al trono pontificio, en 1605, el Papa Pablo V, nacido Camilo Borghese, encargó al arquitecto lombardo Flaminio Ponzio la construcción de la capilla para albergar la imagen de la Salus Populi Romani, que fue consagrada solemnemente el 27 de enero de 1613, con la colocación del icono en el altar, por mano del mismo Pontífice.

 


La planta de la capilla tiene forma de cruz griega, que da movimiento a las paredes, y está ricamente decorada con mármoles policromados, bajorrelieves y estatuas, entre ellas las del papa Clemente VIII Aldobrandini y Pablo V Borghese, en su monumento sepulcral. Muchos artistas importantes de la época trabajaron en este suntuoso monumento, tan resplandeciente que casi carece de sombras. Las esculturas y relieves fueron creados por los escultores Silla Longhi, Ambrogio Buonvicino, Giovanni Antonio Paracca conocido como Valsoldo, Cristoforo Stati, Nicolas Cordier, Ippolito Buzio, Camillo Mariani, Pietro Bernini (padre del más famoso Gian Lorenzo), Stefano Maderno y Francesco Mochi. Los frescos, en cambio, son obra de Cavalier d'Arpino, Ludovico Cigoli, autor de la cúpula, y Guido Reni, il Passignano, Giovanni Baglione y Baldassare Croce y, más tarde, Giovanni Lanfranco.

El altar mayor fue concebido primero en madera de peral, en 1607, y más tarde en mármol de jaspe de Barga y bronce dorado. Un par de columnas corintias sostienen un tímpano partido, que a su vez encierra un bajorrelieve, obra de Stefano Maderno, que representa al papa Liberio trazando en la nieve el surco que determinaría la disposición de la basílica.

 

Stefano Maderno, El Papa Liberio traza el perímetro de la basílica de Santa María la Mayor en la nieve, Capilla Paulina, Santa Maria MaggioreStefano Maderno, El Papa Liberio traza el perímetro de la basílica de Santa María la Mayor en la nieve, Capilla Paulina, Santa Maria Maggiore

 

El relicario que encierra la Salus Populi Romani está concebido como un tabernáculo, diseñado por Girolamo Rainaldi y realizado por Pompeo Targone. El icono está sostenido por un vuelo triunfal de ángeles dorados que destacan sobre el fondo azul intenso del lapislázuli, dando la impresión de que la Virgen y el Niño se encuentran ante una ventana abierta en el cielo, dejando entrever la luz dorada celestial.

Una intervención directa de la Virgen

En su testamento del 29 de junio de 2022, el Papa Francisco pidió ser enterrado «en el lóculo de la nave lateral entre la capilla Paulina (capilla de la Salus Populi Romani) y la capilla Sforza de la citada Basílica Papal». Una tumba «en la tierra; sencilla, sin decoración particular y con la única inscripción: Franciscus».  El cardenal Rolandas Makrickas, arcipreste coadjutor de la basílica de Santa María la Mayor, durante una entrevista concedida al Corriere della Sera reveló que había sugerido al Papa que fuera enterrado no en San Pedro, como es costumbre para los pontífices, sino en el lugar tan querido para él, donde tantas veces vino a reunirse en oración, primero como sacerdote, luego como cardenal y finalmente, 126 veces, como Papa. Incluso cuando fue dado de alta del hospital Gemelli, el 23 de marzo, su deseo fue pasar por la basílica, donde se detuvo fuera, en su coche, y dejó un ramo de flores para depositarlo a los pies del icono mariano. Al cabo de unos días, hace tres años, cuenta el cardenal, el Papa le llamó: «La Virgen me ha dicho que prepare la tumba». Y aún relata las palabras de Francisco en aquella ocasión: «Estoy contento de que la Virgen no se haya olvidado de mí. Busca el lugar donde pueda estar mi tumba porque quiero ser enterrado aquí». «Fue algo un poco especial», comentó el cardenal Makrickas, «yo diría que una intervención directa de la Virgen».

 

Sobre la muerte, el Papa se detuvo algunas veces: «Un poco de miedo -dijo durante la audiencia general del 24 de agosto de 2022- porque este pasaje no sé lo que significa y pasar por esa puerta da un poco de miedo, pero siempre está la mano del Señor que te lleva adelante y una vez que pasas por la puerta hay fiesta». Una fiesta prefigurada por el icono de la Virgen que, de pie en el umbral de la puerta del cielo, nos permite imaginarla acogiendo a Francisco acompañándole «hasta la otra orilla».

 

Fuente Vatican News: Me permito transcribir el texto completo porque es difícil conectar con el original en le sitio de VaticanNews. De todas maneras recomiendo visitarlo para ver en detalle las interesantes imágenes.