Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 7 de agosto de 2026

Henri de Lubac (II): antes, en y después del Concilio - Juan Luis Lorda (3 de 3)

 


Después del Concilio.

De Lubac había terminado el Concilio con 68 años. En plena madurez, aunque con achaques. Las viejas ideas, las muchas lecturas, sus abundantes ficheros le empujaban. Completaba constantemente sus grandes temas con vistas a mejoras, correcciones y desarrollos de sus obras. De entrada, se imponía una revisión de sus estudios históricos acerca de lo sobrenatural. No le pareció oportuno (hasta mucho después) reeditar el libro, pero amplió los estudios históricos en dos monumentales libros (que llamaba sus “dos gemelos”): El misterio de lo sobrenatural (1965) y Agustinismo y Teología Moderna (1965). Más tarde añadiría una pequeña reflexión general: Pequeña catequesis sobre naturaleza y gracia (1980). La madurez y el trabajo realizado le permitían abordar síntesis más breves de los temas que había estudiado. Por ejemplo, La Escritura en la Tradición (1966); y desarrollar aspectos nuevos: Las Iglesias particulares en la Iglesia universal (1977). Viendo crecer el desafecto eclesial publica La fe cristiana. Ensayo sobre la estructura del Credo de los Apóstoles (1969).

 

Los últimos años.

Los años no pasan en vano. Siempre había sufrido secuelas de las heridas de la Gran Guerra, a pesar de su apariencia fuerte y entera (era muy alto). Ahora se le presenta un artritismo grave en las cervicales y necesita pequeños tiempos de reposo. Todo se le hace más difícil, pero no deja de anotar y archivar. Para su propia sorpresa pudo completar un viejo proyecto, otra obra monumental en dos volúmenes: La posteridad espiritual de Joaquín de Fiore (1978). El primero, De Joaquín a Schelling; y el segundo, De Saint Simon a nuestros días. Se trata de una panorámica del pensamiento cristiano sobre el milenio, sobre el esfuerzo por hacer un cielo en la tierra. El ambiente que le rodeaba no era alentador ni cómodo para él, debido al estado de la Iglesia en Francia y de la propia Compañía, que también había sufrido mucho en el posconcilio. Los integristas (todavía hoy) lo consideraban, sin ningún motivo, el responsable del modernismo teológico y de la crisis eclesial (a él, que siempre se había nutrido de la tradición patrística y medieval y que no se quitaba la sotana). Y para el enrarecido ambiente eclesial francés de los setenta, resultaba demasiado dispuesto a recordar lo que no querían oír. Dedica atención a pequeñas obras, que son casi “divertimentos”, como un simpático ensayo sobre Pico de la Mirandola (1974) el gran humanista renacentista y converso italiano. Y sigue con la publicación de recuerdos, memorias y correspondencias de compañeros y amigos (por ejemplo entre Marcel y Fessard, o la obra de Montcheuil), con una admirable abundancia de notas. Además prepara la edición de las cartas que le ha dirigido Étienne Gilson a lo largo de su vida.

La gran luz de sus últimos años es la elección de Juan Pablo II (1978). Vive con ilusión todos los acontecimientos del pontificado, en particular su viaje a Francia, donde el nuevo Papa tiene palabras públicas de afecto y reconocimiento para él. En enero de 1983 (tiene 86 años), le llega el nombramiento de cardenal. Le crea un mar de dudas. Escribe al Papa para pedirle que no lo ordene obispo, porque no puede ejercer ninguna función. Así se hace. En octubre una anestesia general, le causa un desajuste cerebral. En 1988, publica como puede, sus recuerdos de la guerra y la oposición a las leyes antijudías del régimen de Vichy (Resistencia cristiana al antisemitismo). Las notas de sus últimos meses muestran su fe, su profunda piedad y su comunión con la Iglesia. Se apaga poco a poco hasta su muerte en 1991. El cardenal de París, Lustiger (también su candidato para ese puesto) celebra su funeral. Para respetar las últimas voluntades del gran teólogo, que no quiere que la homilía se centre en su persona, lee unas páginas de Meditación sobre la Iglesia. Su albacea testamentario (Chantraine) se ocupará de preparar las obras completas (50 volúmenes, sin incluir gran parte de la correspondencia) y una biografía en 4 enormes volúmenes.

"Durante la Asamblea Plenaria (Conferencia Episcopal de Francia) de marzo de 2023, los obispos votaron a favor de abrir la causa, con vistas a una posible beatificación, del cardenal Henri de Lubac (1896-1991), teólogo jesuita, nacido en Cambrai (Nord) el 20 de febrero de 1896 y fallecido en París el 4 de septiembre de 1991. Fue uno de los grandes pensadores y teólogos del siglo XX."

 

Invito leer: Henri de Lubac: una vida teologica – Juan Luis Lorda

Henri de Lubac (II): antes, en y después del Concilio - Juan Luis Lorda (2 de 3)

 


En el Concilio.

Después de los años paradójicos e incómodos de la Comisión Preparatoria (1960-1962), llegó el Concilio. De Lubac era un perito muy reconocido, aunque habían sido nombrados 201 peritos en 1962, y llegaron a ser 434 al final. Mientras otros se convertían en estrellas mediáticas (Küng) o construían plataformas (Rahner) o impulsaban orientaciones (Congar), de Lubac prefería la segunda fila. Trabajó en bastantes comisiones y ayudó a preparar votos de obispos, especialmente africanos, porque se lo pedía otro jesuita, Gustave Martelet, autor después de un conocido libro sobre los grandes temas del Concilio. Tenía un fuerte sentido del misterio cristiano y nunca trataba las cosas de la fe como si fueran “temas”. Le molestaban los enfoques demasiado sociológicos (Schillebeeckx) y los esfuerzos por “adaptarse al mundo” como si hubiera que abandonar lo más específico del cristianismo para ser más fácilmente aceptado. Tuvo la alegría de hacer muchos y buenos amigos. Ratzinger, que era entonces un teólogo muy joven, recuerda la deferencia con que le trató  enseguida. Hicieron buena amistad. También fue para él una gran alegría el encuentro con Karol Wojtyla, después Juan Pablo II, en los trabajos de Gaudium et spes. Se llegaron a apreciar mucho; y de Lubac impulsó la edición francesa del libro de Karol Wojtyla (entonces desconocido en Francia) Amor y responsabilidad, escribiéndole el prólogo. En una entrevista posterior, durante el cónclave en que salió elegido, llegó a decir que era su candidato, aunque la parecía imposible. Pero de Lubac estaba presente en el Concilio sobre todo por sus libros y su teología, conocida por los redactores. Influyó en la expresión del misterio de la Iglesia en Lumen Gentium. Incluso la solución de dedicar el último capítulo a la Virgen, icono de la Iglesia, recordaba el último (y precioso) capítulo de su Meditación sobre la Iglesia. Su idea sobre la íntima relación de las fuentes de la revelación . y Tradición) está muy presente en Dei Verbum. Sus análisis sobre el ateísmo inspiran los números de Gaudium et spes. Y, sobre todo, está allí consagrada la idea de que sólo hay un fin para toda la humanidad, eco y fruto del debate acerca del sobrenatural y también de la apologética de Blondel.

 

El “para-concilio”.

Muy pronto observó que, junto al Concilio, surgía un “para-concilio” (expresión suya), ajeno al trabajo de los obispos y a la construcción de los documentos que era el verdadero objeto del Concilio. Tuvo una relación complicada con Mons. Marty, arzobispo de Reims y presidente de varias comisiones conciliares, y después arzobispo de París y presidente de la Conferencia Episcopal francesa en el posconcilio. Marty le tomaba el pelo diciendo que parecía el “ángel guardián del Concilio”, tan en serio se lo tomaba. Pero después, de Lubac tuvo muchas ocasiones de quejarse de lo poco en serio que se tomaba el Concilio en Francia, y de las manifiestas desviaciones con respecto a los propósitos conciliares. Siempre defendió a Pablo VI que, aparte de la consideración que le merecía por ser el Papa, le parecía una persona honesta y con un alto sentido de su deber, mientras sectores integristas franceses lo deslegitimaban; a veces, de una manera feroz. Y sectores progresistas lo consideraban superado y lo despreciaban (como al propio de Lubac). No le gustaba, como a Ratzinger, que los teólogos se convirtieran en “magisterio paralelo”. Y, por esa razón, abandonó la revista Concilium (promovida por Rahner y Schillebeeckx) y, junto con Ratzinger y Von Balthasar, puso en marcha la revista Communio. Concilium intentaba ser la mente teológica directiva de la Iglesia, más allá de la letra del Concilio y convertida ella misma en una especie de Concilio permanente (de teólogos). Mientras Communio quería defender la comunión en la fe, una teología de la comunión y una teología en comunión.

Henri de Lubac (II): antes, en y después del Concilio - Juan Luis Lorda (1 de 3)

 


(Como intelectual humilde y persona buena, ante las incomprensiones que padeció, de Lubac no tenía otra defensa que escribir y explicarse)

Por voluntad de Juan XXIII, Henri de Lubac (1896-1991) llegó en 1960 a Roma para participar en la comisión preparatoria del Concilio Vaticano II. Fueron años muy ricos que fue anotando puntualmente en sus cuadernos, publicados póstumamente en dos estupendos tomos (Carnets du Concile, 2007). Estaba en una situación paradójica. A sus 64 años, con una obra importante y con el aval de su nombramiento por Juan XXIII, era una personalidad. Por otra parte, había sido puesto en cuestión, a veces de manera muy dura; especialmente, a propósito del debate sobre lo sobrenatural. Y precisamente por algunos de los que estaban en aquella Comisión. No le faltaron desplantes. Pero era una persona extraordinariamente educada e incapaz de maltratar a nadie. Prefería resolver las cosas estudiándolas.

Libros influyentes.

En los años que estuvo en Roma se publicaron, uno tras otro, los cuatro volúmenes de su monumental Exégesis medieval, que le dieron una fama de erudito sin par. Sobre todo, eran una reivindicación de la seriedad de la exégesis espiritual de la Escritura en la tradición de la Iglesia. Se mostraba la continuidad de muchas fórmulas que nacían en la antigüedad patrística (a veces, en la misma Biblia) y atravesaban toda la teología medieval, expresando la vivencia sacramental del misterio cristiano. Era un complemento muy importante y necesario a la exégesis habitual, exclusivamente filológica, de la Escritura, y recordaba las riquezas espirituales de la Iglesia. Aunque a de Lubac, como siempre le pasaba, le parecía un trabajo incompleto y defectuoso, no había nada parecido en la producción teológica. Claro es que todo el mundo teológico no leyó los cuatro tomos, pero tomó nota de que existían. Era muy conocido su libro Catolicismo. Benedicto XVI recordó en varias ocasiones la profunda impresión de haberlo leído en sus años de formación. Era muy conocido El drama del humanismo ateo, libro que cualquiera mencionaba entonces y menciona ahora, para decir que un humanismo sin Dios se vuelve contra el hombre. Y era muy conocido Meditación sobre la Iglesia, libro muy hermoso que desarrolla algunos temas apuntados en otro anterior, más pequeño y menos conocido (pero muy hermoso también): Corpus Mysticum: La Eucaristía y la Iglesia en la Edad Media (1944). Teniendo en cuenta el cambio de sentido de la expresión “Cuerpo Místico”, referido primero a la Eucaristía, y después a la Iglesia, relacionaba profundamente los dos misterios. Todo el mundo recordará las frases: “la Iglesia hace la Eucaristía” y “la Eucarístía hace la Iglesia”.

 

Ataques y defensas.

Era un intelectual notablemente humilde y una buena persona perfectamente inhabilitada para cualquier tipo de maniobra. De manera que, ante las incomprensiones que padeció a lo largo de su vida, no tenía otra defensa que escribir y explicarse. Y eso hizo abundantemente, redactando memoriales y archivando cartas y documentación. Además de los cuadernos sobre el Concilio, que no estaban destinados a publicarse, con los recuerdos y papeles recogidos en todos estos años, escribió una larga y magnífica Memoria con ocasión de mis escritos (1981), donde cuenta el contexto histórico de sus conflictos y sus obras (y procura dejar lo mejor posible a todo el mundo). De lectura muy entretenida, aunque requiere un cierto conocimiento del medio. En la edición francesa (obras completas) se le añade unas interesantes memorias de juventud. También defendía a sus amigos. Le apenaba la suerte del P. Valensin (1879-1953), muy amigo de Blondel y, por eso mismo incomprendido, y olvidado tras su muerte prematura. Pensaba que le debía mucho y, por eso, editó su correspondencia anotándola (3 volúmenes) y algunas de sus obras. Lo mismo haría con otros profesores y compañeros (Monchanin, Fessard) o con el propio Blondel.

 

Teilhard de Chardin.

Además, la Compañía de Jesús y el episcopado francés le animaron a defender a Teilhard de Chardin. En esos años su obra estaba en cuestión y en la misma comisión preparatoria del Concilio, había quienes querían que el Concilio lo condenase expresamente (y algunos, también al propio de Lubac). El propósito había salido en varias reuniones bastante tensas. Y sólo se acabó cuando Juan XXIII en la sesión inaugural declaró que no esperaba condenas del Concilio, sino una expresión más viva y fiel de la fe cristiana. De Lubac congeniaba poco con el estilo grandilocuente y un tanto visionario de Teilhard, pero (quizá viéndose retratado) se sintió obligado a defender su honestidad cristiana y a responder a las críticas más injustas (algunas furibundas). Admiraba el deseo de Teilhard de combinar ciencia y teología, aunque probablemente lo sobrevaloraba en este punto, donde de Lubac se sentía muy inexperto. Dedicará un esfuerzo muy notable y persistente, y sacará varios pequeños libros. Gilson, que le había apoyado totalmente en la cuestión de lo sobrenatural, se distanció en esto y publicó Las tribulaciones de Sofía, donde hacía un discernimiento sobre Teilhard.

viernes, 3 de julio de 2026

Quien fue Marcel Lefebvre y la fundación de la Fraternidad San Pio X

 


Tal como leemos en Vida Nueva Digital la historia de este cisma y de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X está intrínsecamente ligada a la figura de un solo hombre: su fundador, el arzobispo Marcel Lefebvre. Lamento infinitamente por los fieles que lo han seguido de buena fe,  hay muchas razones para haberlo hecho. Lastima la desobediencia y la soberbia.

Quizás conociendo mejor su historia resulte más fácil aceptar y reflexionar sobre esta dolorosa y difícil etapa en nuestra Iglesia católica, con tantos documentos que van y vienen citando otros documentos que para nada ayudan a comprender a los fieles en general y quizás – lo que es mas lamentable – ni siquiera se interesen demasiado por lo complejo del caso, tanto de un lado como del otro.  La personalidad del arzobispo Lefebvre fue – por lo que leemos - desde siempre critica y controvertida, una búsqueda incesante de algo nuevo que, sorpresivamente quedo estancado en un periodo,  por otra parte de tanta magnitud y tan interesante de la Iglesia católica,  cuando  pastores de todo los continentes  se encontraron en lo que se llamo Concilio Vaticano II para conversar, discutir y reflexionar exhaustivamente – no sin desencuentros y “rencillas” sobre el estado y el futuro de la Iglesia. Y fue a partir de allí que nació la idea de la Fraternidad.

 Siempre es oportuno recordar las sencillas y profundas palabras llenas de optimismo del  Papa Juan XIII,  primer Padre del Concilio:    "El éxito de una obra tan grande exige la plena y concorde colaboración de todos los fieles: pero, por otra parte, no hay que olvidar que el Concilio Ecuménico es obra, sobre todo del Espíritu Santo, el cual es común al corazón de la Iglesia, y el perpetuo autor y dador de su floreciente primavera"

(Discorsi di Giovanni XXIII, V, pág. 274). En Wikipedia hay un informe  muy completo y actualizado (que supongo habrá elaborado la Fraternidad (o es IA?) , pero es cronológicamente muy completo y esclarecedor y merece la pena ser visto como base y guía) 

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Marcel Lefebvre nació en 1905 en el extremo noroeste de Francia. Su camino en la Iglesia comenzó como sacerdote diocesano: tras completar sus estudios en Roma, fue ordenado en Lille en el año 1924. Sin embargo, su vocación lo llevaría más lejos. En 1931, se unió a la congregación de los Padres del Espíritu Santo, los espiritanos, con el propósito de convertirse en misionero en África.

Su primer destino fue Gabón, donde ejerció como profesor en el seminario y, posteriormente, se convirtió en su rector. Tras un breve regreso a Francia para dedicarse a la formación de sacerdotes, Lefebvre fue nombrado Vicario Apostólico en Dakar, la capital del actual Senegal, en 1941. Su influencia en el continente africano siguió creciendo y, en 1948, fue designado Delegado Apostólico para las colonias francófonas de África. El culmen de esta etapa llegó en 1955, cuando el papa Pío XII elevó el Vicariato Apostólico de Dakar a la categoría de archidiócesis, nombrando a Lefebvre como su primer arzobispo.

El panorama empezó a cambiar con la llegada del papa Juan XXIII. Bajo su pontificado, Lefebvre perdió inicialmente su cargo como Delegado Apostólico. No obstante, en su calidad de presidente de la Conferencia Episcopal de África Occidental, fue convocado para formar parte de la comisión preparatoria del concilio Vaticano II. Simultáneamente, el Papa le otorgó el título honorífico de “Asistente al Solio Pontificio”, vinculándolo a la Familia Pontificia.

A petición del Papa, Lefebvre renunció a su cargo de arzobispo en Dakar para asumir como obispo de Tulle, en Francia –lo que supone claramente una degradación en la jerarquía episcopal–. Sin embargo, ocupó este puesto apenas siete meses, ya que renunció en favor de su elección como Superior General de la congregación de los espiritanos.

Fue con este doble título (Superior General de su orden y arzobispo titular) con el que Lefebvre participó en el Vaticano II. Desde los primeros compases del evento, Lefebvre mostró su insatisfacción. Su molestia inicial radicó en que, en lugar de utilizar los documentos redactados por la Curia romana como base para los debates, la mayoría de los Padres Conciliares —liderados por los cardenales Josef Frings y Achille Liénart— lograron cambiar la agenda oficialista –y continuista– con la elaboración de nuevos borradores.

Lefebvre pronto se convirtió en una figura destacada de una facción de aproximadamente 250 obispos conservadores que conformaron el “Coetus Internationalis Patrum” (*) -  fundado en 1963), grupo del cual asumió la presidencia. A través de numerosas intervenciones, Lefebvre se opuso rotundamente a las ideas de la “colegialidad” de los obispos y, muy especialmente, al concepto de libertad religiosa. Curiosamente, como recordaba en un reportaje katholisch.de, en esa etapa no se opuso a la constitución sobre la sagrada liturgia y, al concluir el Concilio, terminó aceptando inicialmente sus resultados.

A pesar de esa aceptación inicial, las tensiones posteriores al Concilio no hicieron más que aumentar. En 1968, Lefebvre dimitió de su cargo como Superior General de los espiritanos, ya que su propia congregación se negaba a seguir la línea sumamente crítica hacia el concilio que él intentaba marcar.

El punto de no retorno llegó en 1969, cuando el papa Pablo VI promulgó y puso en vigor la gran reforma litúrgica. Lefebvre se negó en rotundo a celebrar la misa en esta “nueva forma” (el ‘Novus Ordo’). Sus múltiples peticiones dirigidas al Papa para que se reconsiderara la reforma litúrgica cayeron en saco roto. Incluso el conocido “Breve examen crítico del Novus Ordo Missae” –un documento teológico redactado por iniciativa de Lefebvre y otros obispos, que contaba con el prominente respaldo del cardenal Alfredo Ottaviani, quien fuera prefecto del Santo Oficio– fue incapaz de hacer cambiar de opinión al pontífice.

 A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron. Un grupo de seminaristas franceses de corte conservador, desconcertados por los cambios en la Iglesia, acudieron a Lefebvre pidiéndole amparo y una formación sacerdotal estrictamente tradicional. Para poder darles una respuesta institucional, Lefebvre buscó el apoyo del obispo de la diócesis suiza de Lausana-Ginebra-Friburgo, François Charrière.

Fue precisamente el obispo Charrière quien sugirió y autorizó (a nivel diocesano) la fundación de lo que hoy conocemos como la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Este sería el refugio institucional desde el cual los tradicionalistas consolidarían su resistencia a las reformas del Vaticano II, sentando las bases definitivas de un distanciamiento dogmático y litúrgico con Roma que perdura hasta el día de hoy.

El 1 de noviembre de 1970, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X fue erigida formalmente a nivel diocesano, con la aprobación de Charrière. Marcel Lefebvre estableció su principal seminario en la localidad suiza de Écône, un lugar que pronto se convertiría en el epicentro mundial de la resistencia tradicionalista.

Sin embargo, la convivencia pacífica con las autoridades eclesiásticas duró poco. Ante las persistentes críticas de Lefebvre al Concilio Vaticano II y su negativa a adoptar la nueva misa, la Santa Sede inició una visita canónica al seminario en 1974. El resultado de estas fricciones fue fulminante: en 1975, el nuevo obispo de Friburgo, Pierre Mamie, retiró la aprobación canónica a la FSSPX y ordenó su disolución.

Lefebvre se negó a acatar la orden y a cerrar Écône, argumentando que las reformas posconciliares estaban destruyendo la Iglesia desde dentro. El desafío directo alcanzó su primer gran clímax en el verano de 1976, cuando Lefebvre ordenó a un grupo de sacerdotes sin el permiso del obispo local ni las cartas dimisorias correspondientes. Como respuesta inmediata, Pablo VI lo suspendió a divinis’, prohibiéndole celebrar la misa y administrar los sacramentos. Lejos de someterse, el arzobispo continuó con su labor pastoral y formativa, operando ya en abierta rebeldía canónica.

 

Invito ver posts en este blog etiquetados Concilio Vaticano II  

Y continuar leyendo el artículo de Vida Nueva Digital sobre el desarrollo a partir de 1988 

Ver también la pagina del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (allí pueden leerse los últimos documentos referidos al tema.

 

(*) Coetus Internationalis Patrum  fue una minoria de “conservadores” o”tradicionalistas” que se dio a conocer oficialmente después del 2do periodo de sesiones del CVII,se dice que eran unos 250 participantes entre 2400 obispos y el Arzobispo Lefebvre fue uno de los organizadores y después  lider. Curiosamente se reunían en la Curia Generalicia de los agustinos., 

Con respeto a los obispos españoles comentaba El Arzobispo Montero   "los obispos españoles -86 en la nómina de los Padres conciliares- suponían una presencia significativa entre los episcopados importantes del gran Sínodo. Se destacó entre ellos la unidad interna…Ninguno de ellos se inscribió en el Coetus internationalis patrum, al que perteneció un grupo… entre ellos Lefevre, muy a la defensiva de toda innovación, votando en ese sentido, pero sin llegar a romper la comunión. Entre los nuestros, las intervenciones colectivas, en nombre de la Conferencia, fueron siempre moderadamente abiertas·.

 

miércoles, 1 de abril de 2026

Peregrinación a Tierra Santa del Arzobispo Karol Wojtyla – carta a su Diócesis 1963 (4 de 4)


Ni bien entramos en esta Basílica (la del Santo Sepulcro ver post anterior) nos apresuramos a subir a la capilla del Gólgota. Besamos con profundo respeto el lugar donde había sido clavada la cruz. Sobre este lugar también colocamos nuestras insignias episcopales y todo lo que teníamos para llevar a nuestros seres queridos en Polonia. El altar, ubicado en el sitio de la Cruz, está bajo la custodia de la Iglesia ortodoxa griega y los de la Crucifixión y Nuestra Señora de los Dolores de los católicos. El "piso” del Calvario es de piedra y a través de una protección de vidrio se puede ver la rajadura en la roca que llega hasta la parte inferior de la basílica donde se encuentra la capilla de Santa Helena. Esta capilla es el lugar del descubrimiento de la Santa Cruz. Es la parte más baja de la Basílica del Santo Sepulcro y el sitio donde la madre del Emperador Constantino busco y encontró esta preciosa reliquia de la Santa Cruz de Cristo.


La parte central de la Basílica custodia bajo una gran rotonda la capilla de la Tumba del Señor Jesús. Al ir desde el Calvario hacia la Tumba se pasa por el lugar donde, según la tradición, fue colocado el cuerpo muerto de Jesús cuando fue bajado de la cruz y ungido con aceites para su entierro. Nos inclinamos ante la tumba misma, tanto la cámara interna como la externa, pues ambas son testigos directos de la resurrección del Señor Jesús. Este es el lugar más significativo para fortalecer nuestra vida espiritual en la fe y la esperanza. Cerca de la tumba se encuentra la capilla que conmemora el encuentro de Jesús resucitado con Maria Magdalena. Más adelante esta la Capilla del Santísimo Sacramento. Cerca del altar hay un fragmento de la columna de la flagelación (la otra parte está en la 
Iglesia de Santa Praxedes en Roma)
Salimos de la Basilica profundamente impresionados. El hecho de que las paredes están semi tapadas con andamios no disminuye esta impresión. Aquí también coexisten diferentes confesiones: la católica romana (franciscanos) la ortodoxo griega y los armenios que celebran sus liturgias en estos lugares. A primera vista esto no llama la atención pero reflexionando mas profundamente esto demuestra la división entre cristianos opuesto al deseo de Jesus “que todos sean uno”.

Siguiendo la cronología de la vida de Jesús nos quedaba otro lugar por ver, el sitio de la Ascensión que está en el Monte de los Olivos. Con veneración miramos estas piedras que fueron las ultimas en tocar los pies de nuestro Señor Jesús. Luego nuestra mirada sedirige a la vieja ciudad de Jerusalen ubicada en la otra parte del valle: la Jerusalén de este mundo, la ciudad de la muerte de Cristo pero también la de su resurrección. La Ascensión es el comienzo de la Jerusalén celestial – del templo de la gloria de Nuestro Salvador. Con cierta tristeza constatamos que el sitio de la Ascensión está en manos de los musulmanes quienes también custodian las llaves de la Basílica del Santo Sepulcro.

Para completar esta narración quiero mencionar dos Santos Lugares más, que según la tradición de Jerusalem (es bien sabido que hay una tradición de Efeso opuesta) referida a los últimos momentos en la vida de la Madre de Nuestro Señor. La dormición debiera haber tenido lugar en la casa de San Juan el Evangelista en el Monte Sion cerca del Cenáculo. Este santuario esta custodiado por los benedictinos. La tumba de la Madre de Dios, según la tradición de Jerusalén, se ubica en los alrededores del lugar de arresto cerca de Getsemaní. Si mencionamos los santuarios marianos no debemos olvidar el Convento de las carmelitas en el Monte Carmelo, en las afueras de esta hermosa ciudad de Haifa.


Con esto termina nuestra peregrinación a Tierra Santa. Si bien breve, nos introdujo en aquellos lugares que son los más sagrados de este mundo.


Solo debimos saltear algunos lugares mencionados en las Sagradas Escrituras. Tales como Naim., Arimatea y Megiddo. Algunos no figuraban en la ruta de nuestra peregrinación como Cesárea de Filipo donde el Señor Jesús anuncio la primacía de Pedro. Pero al final de nuestro viaje debemos mencionar dos lugares más.

Uno es Jaffa, donde está la Iglesia donde San Pedro tuvo la visión celestial y desde donde partió para bautizar el centurión romano Cornelio. En la Iglesia de Jaffa hay un altar dedicado a Nuestra Señora de Czestochowa. El otro lugar que quiero mencionar es el Aeropago de Atenas a corta distancia de la Acrópolis donde San Pablo les hablo a los atenienses. Ambos lugares nos aceran al mundo de los Evangelios tal como nos son presentados en los Hechos de los Apóstoles y en el comienzo de la Historia de la Iglesia.

Karol Wojtyla terminaba su narración con este comentario a los sacerdotes:

Queridos sacerdotes, la Iglesia hoy, por medio del Concilio Vaticano y estos Santos Lugares continua hablándonos acerca de la misma verdad: la verdad de la redención del mundo. Todos aquellos que han sido bendecidos por la gracia de vivir cerca de esta verdad deben testimoniar a Dios, quien en Estos SantosLugares, entro en contacto con la humanidad.

Karol Wojtyla Obispo, Cracovia, 10 de enero de 1964

(Quizás la narración paso por paso de esta peregrinación de Karol Wojtyla no sea diferente a ninguna otra de algún viajero o peregrino entusiasmado, lo que si tiene valor es su generosidad en querer hacer partícipes de ello a todos sus sacerdotes y a invitarlos a pensar y reflexionar mas en cada paso del Señor por esa Tierra Santa, que fue su patria terrena)


Recomiendo una vez mas no dejen de visitar el blog 
Un sacerdote en Tierra Santa. Quizás haya cosas que hayan cambiado desde la visita de Karol Wojtyla Obispo, sobre todo en cuanto se refiere a la custodia de los lugares.


Y naturalmente la pagina de 
Custodia de Tierra Santa de los franciscanos con información completísima.



Peregrinación a Tierra Santa del Arzobispo Karol Wojtyla – carta a su Diócesis 1963 (3 de 4)

 


(Bóveda del Santo Sepulcro - fotografia de Wikipedia)

 

“Regresemos nuevamente  a Judea y acerquémonos a Jerusalén mientras tratamos de participar en la memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús allí en los Santos Lugares. Nos detenemos en la cima del Monte de los Olivos. Aquí llegamos a un lugar donde según la tradición nos indica es el lugar donde el Señor Jesús les enseño a quienes le escuchaban la oración del Padre Nuestro. Aquí está el Convento de las monjas carmelitas y las paredes que circundan el claustro del monasterio están cubiertas por placas sobre las cuales están inscritas las palabras de la oración en diversos idiomas del mundo..En la ladera del Monte de los Olivos esta el lugar llamado “Dominus Flevit”.


 (las fotos son del sitio Studium Biblicum Fransiscanum)

 


Desde aquí se puede apreciar la ciudad de Jerusalén que podemos ver sobre la colina oriental vecina. Es aquí donde el Señor lloro por la ciudad que no quiso recibirlo. Betania esta sobre la ladera este del Monte de los Olivos.  Aquí el Señor encontró refugio y amistad en la casa de Lazaro y sus hermanas.  Aquí esta el santuario franciscano y a poca distancia la tumba de Lazaro (no pudimos llegar hasta allí debido a las fuertes lluvias).




Sobre Betania, en el Monte de los Olivos está Betfagé, el lugar desde donde el Señor comenzó su solemne entrada a Jerusalen acompañado por cantos y vivas triunfales saludado por ramas y palmas.

 


Desde Betfagé el Domingo de Ramos parte todos los años la solemne procesión encabezada por el Patriarca de Jerusalen.

Para meditar sobre la Pasión de Nuestro Señor debemos ir primero al Monte Sion en Jerusalen,  donde esta ubicado el Cenáculo. Estamos en el lugar donde fue instituido el Sacramento de la Eucaristia, el lugar donde el Espiritu Santo descendió sobre los apóstoles mientras estaban reunidos con Maria y donde nació la Iglesia. Ese lugar aun no tiene un santuario apropiado que corresponda a su grandeza. Al menos esa fue mi impresión. Allí junto al Cenáculo que esta en el sector israelí de Jerusalen, los judíos veneran la tumba de David y de otros reyes del Antiguo Testamento.

Vovemos a centrar nuestra atención en el Monte de los Olivos. Sabemos que despues de la Ultima cena, el Señor Jesus fue al Jardín de los Olivos. Por ello debió cruzar el Valle de Kidron y a una distancia de unos 200 metros, llego al Jardin de Getsemani.  El sitio de la Agonía del Señor Jesus queda grabado en la memoria, no solamente porque es un Santuario sino también por los olivos que se ven allí. Algunos, según la opinión de los biólogos, tienen unos 2000 años de antigüedad o sea recuerdan la Agonía del Señor Jesus. El arresto del Señor Jesús no se conmemora en Getsemani ni en el sitio de la Agonía sino a alguna distancia de allí.

Despues de su arresto el Señor Jesus fue llevado a Anas y después a Caifás. No vimos esos dos lugares durante nuestra peregrinación. El santuario “in galli cantu”, que pudimos ver desde lejos, desde la ladera del Monte de los Olivos, esta frente a la casa de Caifás. Por otra parte nosdetuvimos un largo rato en el sitio donde tuvo lugar el proceso romano y donde fue emitida la sentencia de muerte de Nuestro Señor. Se trata de la fortaleza Antonia, ya mencionada cuando describi el area del Templo. Los romanos construyeron la fortaleza en un rincón de la explanada del templo para poder controlar a la gran cantidad de judíos que se reunían allí para sus festividades. También Poncio Pilato participaba para Pascuas.

En el sitio de la fortaleza Antonia se han establecido dos ordenes religiosas.: los franciscanos que tienen una Escuela bíblica (En Jerusalen tan bien esta la Escuela bíblica doinicana) y las Hermanas de Sion. Esta es una congregación femenina, fundada por los hermanos Ratisbona, que se habían convertido del judaísmo, para elevar oraciones por la conversión de los judíos. En la Iglesia contigua al convento franciscano visitamos “Lisotrotos” que según el Evangelio de San Juan es el lugar de la condena de Jesús  De la capilla de las hermans ade Sion descendemos a la parte inferior donde están los sitios de prisión, flagelación yu coronación con espinas. Estos sitios subterráneos dejan una impresión inolvidable. La misma impresión la obtenemos por la figura del Cristo flagelado, que las hermanas tienen en su capilla. En el altar principal de esta capilla hay un balcón desde donde Poncio Pilato mostró a Jesús flagelado y coronado a los judíos proclamando “Ecce homo”.  Cuando salimos al camino ya estamos en el Camino de la Cruz  Las primeras estaciones están en el área de la fortaleza Antonia.

Comenzamos a descender. El camino de la Cruz desciende hasta la 5ª estación.  La tercera (la primer caída de Jesús  y la curta estación (Jesus encuentra a su madre) merecen una atención especial porque fueron restauradas por soldados polacos después de la II Guerra mundial.  Siguiendo por el camino de la Cruz en la ciudad vieja de Jerusalen vemos que la mayoría de las capillas están abandonadas y cerradas, algunas estaciones no tienen capilla y tan solo una cruz grabada en la pared indica de que estación se trata. Las ultimas estaciones (X,XI, XII,XIII, XIV) están situadas dentro de la Basilica del Santo Sepulcro.” 

 

Invito visitar el sitio Studium Biblicum Fransiscanum con abundante información y fotografías ilustrativas.

Peregrinación a Tierra Santa del Arzobispo Karol Wojtyla – carta a su Diócesis 1963 (2 de 4)

 




Estas dos fotografías fueron tomadas del sitio franciscano. La carta fue publicada, según señala primera fotografía, en los anales de la Curia Metropolitana de Cracovia en 1964, Vol 1-2, 66-74) 

En la segunda fotografía se ve el grupo de los obispos viajeros; señalado con una flecha vemos a Karol Wojtyla)

Las demás fotografías son de Wikipedia.

 “Durante nuestra breve estada en Cairo, Egipto,  no pudimos visitar el lugar donde la Sagrada Familia permaneció hasta la muerte de Herodes, antes de regresar a Nazaret. Fue desde aquí que Jesús a los doce años, junto con Maria y Jose, fue al templo en Jerusalén donde se demoró mientras sus padres ya regresaban a su pueblo.  Es hasta el día de hoy que según la tradición se señala el lugar donde Maria y José se dieron cuenta que Jesús había quedado en el templo de Jerusalén para las fiestas. 

 

El templo en si dejo de existir el año 70 después de Cristo. Vemos esta gran plaza donde existió el magnífico templo desde los tiempos de Salomón rodeado de patios.  Desde las murallas que rodean la plaza sobre el flanco este con vista al Valle de Cedrón se aprecia una vista panorámica del Monte de los Olivos.  Una parte de esta muralla aun existe, se encuentra dentro de la ciudad y es conocida como el Muro de los Lamentos para los judíos que fueron privados de su templo. La Jerusalén de hoy está dividida entre judíos y árabes y los judíos no tienen acceso al muro de los Lamentos (*)

 


Todo el templo pertenece a los musulmanes. La famosa Mezquita de Omar no está construida exactamente en el lugar del templo pero lo cubre parcialmente.  Esta Mezquita, que es una pieza de arte árabe hoy es solamente un museo. Hay otra mezquita en la plaza que es utilizada como centro de oración. Está ubicada dentro de un edificio construido en el siglo VI como lugar de oración por los cristianos (la iglesia estaba dedicada a la Presentación de la Santísima Virgen Maria) y fue también utilizada como sede de los reyes de Jerusalén durante el reino de las cruzadas.

El área del Templo del Antiguo Testamento es un lugar sagrado para nosotros los cristianos, ante todo porque fue el templo del Dios verdadero, que nuestro Señor mismo llamó “la casa del Padre”. Y además porque nuestro Redentor visitó este templo muchas veces durante su vida: la presentación en el templo, su permanencia a los doce años, y hasta en su muerte se rasgó la cortina del Santo de los Santos. El templo de Jerusalén está siempre presente en la vida de Jesús.  Pero con la muerte y la resurrección del Señor Jesús, hay otro sitio de importancia: la fortaleza  Antonia que estaba situada al noroeste de la explanada del templo. Hablaremos de ello más adelante.

 

Visitemos ahora los sitios que conmemoran los hechos del ministerio público y las enseñanzas del Señor Jesús. Por ello debemos ir hasta el Rio Jordán próximo a Jericó. Al oeste de esta ciudad se eleva una cadena de montañas entre las cuales está el Monte de la Tentación.  Es desde esta montaña que el tentador “le mostro todos los reinos de esta tierra”.  Otra tentación tuvo lugar en el pináculo del Templo, en el sudeste del muro perimetral que rodeaba el templo de Jerusalén y donde el tentador le sugirió a Jesús  “échate de aquí abajo, pues está escrito….”     Los alrededores del Muro de la Tentación son desérticos y rocosos.  Esta fue la última gota del ayuno del Señor Jesus. 

 

El bautismo en el rio Jordán, según la tradición, tuvo lugar en un lugar al sudeste de Jericó.  No lejos de allí el rio fluye hacia el Mar Muerto. En realidad, el Mar Muerto se ubica en una gran depresión – alrededor de 400 mts bajo el nivel del mar. El  9 de diciembre no pudimos llegar hasta el lugar donde según la tradición tuvo lugar el bautismo de Jesús debido a una lluvia torrencial durante el día y toda la noche que había inundado la ultima parte del camino. Tampoco pudimos llegar hasta Qumram.   El guía que estaba con nosotros nos dijo que en Qumram no había mucho para ver porque lo más importante no era el lugar sino los manuscritos que fueron descubiertos allí.



Cana de Galilea, el lugar del primer milagro, pertenece a los primeros momentos del ministerio público del Señor Jesús.  Nos detuvimos en Cana y visitamos el santuario. Estábamos en nuestro viaje hacia Galilea saliendo de Nazaret. En Nazaret nos mostraron también el sitio de la sinagoga donde el Señor Jesús, refiriéndose al texto de Isaías, se presento al pueblo como el Mesías prometido. Ellos no lo aceptaron y debieron dejar Nazaret e irse hacia el Lago de Genesaret  hacia donde también fuimos nosotros.

 

Aun hoy el lago de Genesaret deja perplejo, es la misma perplejidad que se siente leyendo  los Evangelios.   Es un lago lleno de peces – y es por ello que se ven cantidades de botes y pescadores tendiendo sus redes como en los tiempos de Jesús.  Abundan allí las huellas del  Señor y la vista  nos recuerda los Evangelios. Mayormente los lugares están concentrados en la parte norte y parcialmente en las orillas occidentales del lago. Ante los restos de Cafarnaúm “el pueblo del Redentor” (los restos de la sinagoga tienen gran importancia) recordamos los esfuerzos del Señor Jesús en convertir esta ciudad y sus lamentaciones : “¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados entre ustedes, hace tiempo que se habrían convertido…” (Lucas 10-13)

 

Cerca de allí esta Tabgha, con el santuario donde San Pedro recibe la primacía a orillas del lago que es donde Nuestro Señor le dijo a Pedro: «Apacienta mis corderos».  Nos detuvimos a orillas del lago y recogimos algunas piedras del agua para llevar de recuerdo. Cerca de allí vimos unos antiguos mosaicos que testimonian la multiplicación de los panes.  Seguramente habría mucho pasto allí donde la gente podia congregarse y sentarse.  El Evangelio de Juan nos habla como después del milagro de la multiplicación de los panes,  la multitud saciada se dirige hacia Cafarnaúm para proclamarlo rey.  En Cafarnaúm los apóstoles escucharon el discurso que les anticipaba la institución de la Eucaristía.

 

Mirando estos sitios desde la ladera de la montaña hay otro santuario conmemorando el sermón descripto en el Evangelio de San Mateo (capítulos 5-7) en especial las ocho bienaventuranzas. Estas son la base de todas las virtudes del Nuevo Testamento orientado hacia el Reino de Dios.  Yendo hacia Tiberiades, a lo largo de la orilla del lago, pasamos por las ruinas de la ciudad de Magdala que nos recuerda a Maria Magdalena.  A cierta distancia a nuestra derecha se abre el valle hacia las montañas donde en 1191 fueron vencidos los cruzados bajo las ordenes de Ricardo Corazón de León. Tiberiades es una ciudad judía donde hay una pequeña iglesia dedicada a San Pedro que fue restaurada después de la II Guerra Mundial por soldados polacos. Ellos también levantaron allí una estatua a San Pedro,  similar a la que se ve en la Basílica Vaticana y un monumento a los polacos queriendo evidenciar su unión con su lejana patria polaca.

 

El 13 de diciembre nos quedamos durante horas  en el Lago Genesaret.  Nos detuvimos donde el lago desemboca en el Rio Jordan.  Las orillas están cubiertas por espesa vegetación  y arboles. La región de Galilea,  tierra natal de Nuestro Señor, difiere totalmente de la rocosa y desértica Judea.  Nos llamó la atención la belleza del lugar con suaves colinas y cadenas de montañas  en todas las direcciones. La tierra es fértil: la estamos observando en invierno, pero es más bonita en primavera  cuando todo reverdece y se cubre de flores. Observamos Galilea, la tierra natal de Nuestro Señor, mayormente desde el Monte Tabor adonde llegamos al atardecer y desde allí también pudimos disfrutar el amanecer y apreciar  esta tierra santificada una vez para siempre por la presencia del Hijo de Dios.  La noche del 12 de diciembre nos  hospedamos en el Convento franciscano y al amanecer celebramos la Eucaristía en el Santuario del Monte Tabor.   La montaña,  lugar de la Transfiguración de Cristo, posee una vista particular de la campiña y ofrece una vista hacia el norte donde se aprecian los picos nevados de Hermon (“Tabor et Hermon de nomine Tuo exultant”).

 

Entre las huellas y memorias del periodo de vida pública de Nuestro Señor  visitamos también el pozo de Jacob en Samaria que aun existe y sigue proveyendo de agua a los peregrinos. Es a esta agua que el Señor se refiere durante su encuentro con la mujer samaritana indicándole el “agua viva” (Juan 4,10) El pozo data de los tiempos de los patriarcas y hoy es un santuario al cuidado de los ortodoxos griegos. La región es montañosa y frente a este pozo se elevan  el Monte Ebal y el Monte Garizin, la montaña de la bendición y la maldición del Viejo Testamento. Hoy los samaritanos son solo un pequeño grupo que observan cuidadosamente las tradiciones religiosas del Viejo Testamento, distinguiéndose de los israelitas.”

 

(*) los judíos no tuvieron acceso entre los años 1948 y 1967)

 

 

Peregrinación a Tierra Santa del Arzobispo Karol Wojtyla – carta a su Diócesis 1963 (1 de 4)

 

Concluida la segunda sesión del Concilio Vaticano II entre los días 5 y 15 de diciembre de 1963 el Arzobispo Karol Wojtyla viajo a Tierra Santa, conjuntamente con un grupo de obispos. Karol Wojtyla,  dotado de una generosidad intelectual inusual iba informando  a los pastores polacos sobre todo lo que acontecía en el Concilio y para llevar el Concilio a todas las parroquias e instituciones de su arquidiócesis lanzo un sínodo diocesano que el mismo clausuro ya siendo Papa.  Tal como solía hacerlo también compartió con ellos la vivencia de esta peregrinación a Tierra Santa mediante una carta que se transcribe traducida para este blog en cuatro partes:

“Este año después de la clausura de la 2da sesión del Concilio Vaticano II me fue dado participar,  conjuntamente con un grupo de obispos de diferentes países, en una peregrinación a Tierra Santa. Creemos que al estar trabajando en la renovación de la Iglesia durante el Concilio, debemos dirigirnos directamente a Cristo mismo, cuya Iglesia es Su Cuerpo Místico.  De allí el deseo de visitar los lugares donde El nació, vivió, enseño, actuó y finalmente sufrió, murió en la cruz, resucitó de los muertos y ascendió a los cielos.  Este deseo fue expresado el día de la clausura de la segunda sesión del Concilio el 4 de diciembre por el Santo Padre mismo, el Papa Pablo VI.  El anunció que el mes próximo emprenderá una peregrinación a la tierra natal de Nuestro Señor.  El anuncio se hizo realidad estos días.

 

La peregrinación del Santo Padre le dio un significado aun mayor a las peregrinaciones realizadas por los padres del Concilio a la Tierra Santa. Me refiero también a aquella en la cual me fue dado participar entre el 5 y el 15 de diciembre de 1963 junto a un grupo de obispos de Polonia. No consideré esta participación como un privilegio personal o privado, sino una gracia que me fuera concedida por la Providencia para ser compartida con otros.  Y es por eso que,  a poco de regresar de la sesión del Concilio y de Tierra Santa, quisiera compartir mis recuerdos  aun frescos de esta peregrinación, primero con ustedes,  mis hermanos en el sacerdocio. Quizás este puñado de recuerdos les sea útil en vuestro trabajo pastoral, quizás puedan utilizarlos para preparar vuestras lecciones o sermones para Navidad, el tiempo de la Cuaresma o para Pascuas.  De cualquier manera quisiera que vuestros ojos pudieran al menos vislumbrar por medio de esta carta aquello que me fue dado ver a mi y es mi deseo que también ustedes puedan verlo con vuestros propios ojos un día. Es algo que fortalece nuestra fe….

Nuestra peregrinación a la Tierra Santa no siguió la cronología de la vida de Cristo el Señor. Comenzamos en realidad en Jerusalén y terminamos en Galilea. En mi carta tratare de adaptar mi descripción a la cronología de la vida de Jesus partiendo de la secuencia de nuestra propia peregrinación.   Nuestro viaje a la tierra de Nuestro Señor comenzó en Egipto,  Así que comenzamos por la senda del Éxodo a la Tierra Prometida que el pueblo elegido  siguió en el Antiguo Testamento. En un precioso dia soleado pudimos simplemente ver este camino desde el aire: los desiertos de Egipto hasta las orillas del Mar Rojo, después las montañas de Sinaí y nuevamente el desierto, virtualmente sin señal alguna de vegetación. Nos acercamos a Jerusalén dibujando un amplio arco, y aterrizamos en el aeropuerto de Jerusalén (en el sector árabe)….


Al lado del Rio Jordan estaba el Monte Nebo, donde Moisés vio la Tierra prometida.  Seguramente en aquel tiempo se podía ver bien el oasis alrededor de Jericó.  Aun hoy esta ciudad es una excepción a la región desértica.  Casi todo el país desde Jerusalén hasta el Mar Muerto y el Jordán es tierra desolada y desértica. Jericó por otra parte es rica en vegetación.  Pudimos visitar y también ver las ruinas de la ciudad de los tiempos de la conquista por los judíos bajo la conducción de Josué.
Dejaremos por un momento esta parte de la peregrinación.

Llegamos a Nazaret en Galilea. Esta ciudad está situada sobre las márgenes de una montaña y esta predominantemente habitada por árabes  si bien dentro del estado de Israel. El destino de nuestra peregrinación era la Gruta de la Anunciación, donde bajo el altar principal dice: "Hic Verbum caro factum est". La gruta está ubicada en el lugar de la casa de la Virgen Maria. Cerca de allí, a unos 200 mts hacia el norte, hay un segundo santuario de Nazaret construido en la Casa de José. Esta es la casa donde Jesus vivió después del regreso de Egipto y aquí paso los 30 años de su vida oculta junto a Maria y su Protector. Sobre esta gruta (donde vivía la Sagrada Familia) hay una iglesia. Sobre la Gruta de la Anunciación se está construyendo una iglesia moderna con las contribuciones de católicos de todo el mundo.


Después de la Anunciación Maria fue a visitar a su prima Isabel,  esposa de Zacarías, que esperaba un hijo - El Precursor del Salvador. El lugar donde vivían Isabel y Zacarías, la casa de Juan el Bautista, está ubicada en Ain Karem, unos 20 kms al sur de Jerusalén.  Para llegar hasta la casa de Isabel después de la Anunciación  Maria debió recorrer una distancia de unos 100 kms.  Hoy en Aim Karem hay dos santuarios. Uno en la Casa de San Juan Bautista y el otro fue construido para conmemorar la Visitación.   En la pared frente a la Iglesia está escrito el Magnificat  en varios idiomas, también en polaco. La ciudad de Ain Karem está situada en la región montañosa. Ambos santuarios están construidos sobre la ladera. De la Iglesia de la Visitación hay una hermosa vista.  Al lado de la Iglesia de la Visitación hay un monasterio de monjas ortodoxas rusas.


Los Evangelios nos dicen que antes del nacimiento de Jesus, Maria y José fueron a Belén para obedecer el llamado al censo convocado por las autoridades. Si ellos siguieron el camino de Nazaret debieron recorrer más de 100 kms porque Belén esta en Judea, una región rocosa y montañosa,  a unos 15 kms de Jerusalén.

 Pasamos la noche del 8 al 9 de diciembre en la Basílica de la Natividad, celebrando Misas desde medianoche hasta las 05.30am. A las 5.30 comienzan sus oficios los ortodoxos. El altar que conmemora el momento del nacimiento de Cristo les pertenece a ellos, mientras que el altar contiguo conmemorando la puesta del recién nacido en el pesebre les pertenece a los católicos.  Adoramos el misterio de la Natividad de Dios y besamos el lugar donde Dios llego al mundo; celebramos misas en el altar del “Praesepe”.  Estuvimos en una cueva de piedra que en un tiempo dio refugio a la Santísima Virgen y a San José.  Sobre la gruta esta la iglesia que fue construida por el emperador Justiniano y que pertenece a los ortodoxos griegos. Los católicos han construido otra iglesia que hoy está custodiada por los franciscanos, tal como la mayoría de los santuarios en Tierra Santa. Los ortodoxos armenios tienen una capilla en la Iglesia superior.


Debo agregar que los obispos polacos cantaron algunos villancicos en la gruta a pedido del anciano sacerdote Borkowski – un franciscano polaco que ha estado trabajando en Tierra Santa por décadas.

 


 (Basilica de la Natividad)



A unos 3 kms del santuario de la Natividad esta la iglesia de los pastores -un santuario franciscano que conmemora el lugar donde los ángeles se le aparecieron a los pastores trayéndoles la buena nueva del nacimiento del Hijo de Dios.  En los alrededores de Belén, tal como en otros lugares de Judea, aun se puede ver pastoreo en una tierra pobre. Esta región es inhóspita y yerma.  No podíamos dejar de pensar que Dios había elegido una tierra pobre, en la cual "los suyos no le recibieron".  Hoy la mayoría de  los pobladores son musulmanes árabes y judíos. Los cristianos son minoría.


En Belén, a poca distancia del santuario de la Natividad, a unos 300 ms, esta la Gruta de los Magos - el lugar que conmemora la adoración de los tres Magos del Este. El sitio de la adoración no fue el mismo que el sitio donde tuvo lugar el nacimiento pues los Evangelios nos dicen que la Santísima Virgen Maria y San José, después del nacimiento, se mudaron a una casa. Los Evangelios dicen que los magos "entraron a la casa" (Mt, 2,11). Desde allí la Sagrada Familia debió huir a Egipto.. En los alrededores de Belén recordamos la matanza de los niños inocentes ordenada por Herodes.


La historia de la Natividad nos llevo desde Belén a Jerusalén…   Belén no está lejos de Jerusalén -  es posible hacer el viaje de ida y vuelta en el día. Solo Belén fue testigo – si bien desconocido – de los primeros días y semanas de la vida de Cristo.  Belén también fue testigo de los primeros días y semanas de la maternidad de Maria.   Estos momentos se recuerdan en la Grota Lactis. Según la tradición en este lugar la Santa Madre amamanto a Jesús con su leche y una gota de su leche maternal cayó sobre el suelo. La tradición sigue vigente desde tiempo inmemorial y las mujeres que sufren la falta de leche maternal hacen su peregrinación a este lugar – y lo hacen tanto las mujeres cristianas como las musulmanas – a pedirle a Maria su ayuda. Debemos recordar que los musulmanes veneran a Jesus como profeta que precedió a Mahoma. Es por ello que las mujeres musulmanas le profesar devoción a la Madre de Jesus”

lunes, 9 de marzo de 2026

Ricardo Miguel Mauti: El concilio Vaticano II acontecimiento y teología.

 


( Una aproximación desde los Diarios de M.-D. Chenu, Y. M.-J. Congar y H. De Lubac)

 Transcribo aquí la primera parte de este apasionante escrito, que recomiendo leer entero, basado en los escritos de tres eximios teólogos, (citados a menudo por Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger), en su momento tan discutidos e ignorados pero que el Papa Juan XXIII,  o su equipo organizador,   tuvo/tuvieron la visión o la intuición de invitar a participar de aquel magno acontecimiento en la Iglesia.


 (Resumen – Introduccion)

 El Concilio Vaticano II ha sido el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX, punto de llegada de un esfuerzo de renovación que se fue gestando en el seno de la Iglesia, y que tuvo en los movimientos bíblico, litúrgico y ecuménico su expresión más acabada. La teología que ‘hizo’ el Concilio desempeñó un papel primordial; los teólogos más representativos “paradójicamente” en otro tiempo marginados, llevaron adelante una tarea ejemplar asistiendo a los Padres conciliares. De sus Diarios redactados durante aquellos años, el ‘acontecimiento’ conciliar surge con una nueva luz, la cual permite una nueva recepción del Concilio a la par que una revalorización de su teología. El autor del artículo analiza los Diarios de tres teólogos: M. -D. Chenu, Y. M.-J. Congar y H. de Lubac, mostrando la importancia que este tipo de escritos tienen no solo como fuentes para la historia del Concilio, sino también como testimonio del “giro” decisivo operado por la teología en el siglo XX.

 -o- 

Pocos meses después de finalizado el gran Jubileo del 2000, Juan Pablo II comenzaba a recoger sus frutos, exponiéndolos en su carta apostólica Novo Millennio Ineunte. Desde una “memoria reflexiva” sobre lo vivido, recuerda que la idea del Jubileo había estado presente en él desde el “inicio de su pontificado” (NMI 2), y que aquella convocatoria que sentía como “providencial”, tendría su celebración “treinta y cinco años después del Concilio Ecuménico Vaticano II”; éste “había invitado a toda la Iglesia a interrogarse sobre su renovación para asumir con nuevo ímpetu su misión evangelizadora” (Ibid.).1 En el penúltimo punto del documento, casi como un proemio de su famosa conclusión que tituló ¡Duc in altum!, el papa señalaba el valor religioso del Concilio, concibiéndolo como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX (NMI 57); “con el Concilio –decía– se le ofrecía a la Iglesia una brújula segura en el siglo que comenzaba”. Ya han pasado … años desde que la Iglesia, atravesando la puerta santa, ha celebrado el gozo de una fe reconciliada poniéndose en camino del tercer milenio; aquella brújula que sigue guiándola…. aquel magno evento, quizá el que más ha influido sobre la Iglesia en la época contemporánea. En efecto, el Concilio ha entrado en la historia; muchos de sus actores que lo vivieron como un acontecimiento asombroso y apasionante ya han desaparecido. Entre tanto, para las nuevas generaciones los textos conciliares resultan muchas veces extraños, y muchos, apenas si los conocen. Se hace pues necesario un renovado ejercicio de memoria –suscitado por el reto permanente de conocer a fondo el Concilio– que permita una “nueva recepción” del mismo.   En este sentido, puede decirse que la recepción del Vaticano II ha pasado por varias fases; desde una fase inicial de expectativa excesiva signada por la euforia, se dio lugar al desencanto, abonado tal vez por expectativas no satisfechas; ahora nos encontramos en la fase de una nueva acogida, que reclamará para ello una interpretación y realización auténticas e íntegras del Concilio y de su tarea de renovación.   Junto a la enorme riqueza doctrinal desplegada en los dieciséis documentos promulgados por la asamblea conciliar, la Iglesia posee hoy, un marco interpretativo más amplio que en las pasadas décadas. No solo porque la doctrina ha cristalizado en el pensamiento y vida de las comunidades cristianas, sino porque también han visto la luz innumerables fuentes hasta hace poco desconocidas.   Basta citar las Acta Synodalia Concilii Oecumenici Vaticani II  que recogen todas las intervenciones y debates del aula conciliar, y que han ayudado en gran medida para que empezara a escribirse la “historia del Concilio Vaticano II”. Sin embargo –como ha hecho notar el historiador de la Universidad de Lovaina– Roger Aubert: “Las fuentes oficiales no bastan para escribir la historia de un concilio: muchos aspectos importantes y a veces directamente decisivos acontecen detrás del bastidor, no solo de la asamblea, sino también de las comisiones. Sobre estos hechos los archivos oficiales callan, pero de ellos se encuentran ecos, a veces incluso muy precisos, en las cartas, diarios, apuntes personales. En efecto, son numerosos los obispos y teólogos que han redactado sus notas cotidianas sobre el Concilio, y que ya han sido utilizadas como fuentes históricas”.   En las páginas que siguen me propongo una aproximación al acontecimiento y teología del Concilio a través de aquellos que con justa razón -puede decirse- han “hecho la teología del Concilio”. Porque si bien es cierto que según la fórmula propuesta en Calcedonia Concilium episcoporum est,  y que los teólogos no son la Iglesia docente, no por ello puede negarse su labor necesaria como influyente. La elección que hago de los testigos obedece a una intención profunda y es mostrar cómo, el teologizar del Concilio se debe a una preparación de años de labor teológica gestada en el seno, o acaso en la periferia de la Iglesia. Los nombres de Chenu, Congar, y Lubac son representativos de aquella dramática tensión vivida en determinados ámbitos de la teología católica a partir de los años 30.  Todos ellos estuvieron comprometidos en los movimientos de renovación eclesial que prepararon el Vaticano II, pero fueron sospechados en su momento, teniendo que padecer incomprensión, difamación y silencio. La convocatoria que el papa Juan XXIII les hizo para que prestaran su servicio como peritos, no sólo significó una reivindicación de sus personas sino también un reconocimiento de la catolicidad de su teología. Sus Diarios son un testimonio vivo de su pasión y amor por la Iglesia; con marcado realismo dan prueba de que el Concilio fue una verdadera primavera del Espíritu, Quien en todo momento asistió a la asamblea de los Padres y al trabajo de los teólogos; pero muestran también el carácter histórico de la fe, descubriendo el lado humano de la asamblea, como un componente para nada marginal, a través del cual el Espíritu realizó su obra de renovación.

 En el artículo me centro en el Concilio observándolo en su acontecimiento histórico y en la teología desplegada en él. El punto de observación al cual me ciño son los Diarios, de los que presento sus características literarias como fuentes para el estudio de la teología conciliar (1); a partir de ellos, intento descubrir la tarea desplegada por los teólogos durante el Concilio (2). Me detengo en la mirada reflexiva que han tenido de la “apertura del Concilio”, en particular sobre el discurso inaugural de Juan XXIII (3). En cuanto a la teología y al teologizar del Concilio, realizo una rápida semblanza del modo en que se trabajaron los esquemas mostrando desde el registro de los teólogos los diversos aportes de los padres conciliares, así como el servicio de los teólogos al debate de los esquemas (4). Finalmente señalo un ejemplo concreto de interacción entre teólogos y obispos, o sea entre teología y magisterio (5).

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