Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 7 de agosto de 2026

Henri de Lubac (II): antes, en y después del Concilio - Juan Luis Lorda (3 de 3)

 


Después del Concilio.

De Lubac había terminado el Concilio con 68 años. En plena madurez, aunque con achaques. Las viejas ideas, las muchas lecturas, sus abundantes ficheros le empujaban. Completaba constantemente sus grandes temas con vistas a mejoras, correcciones y desarrollos de sus obras. De entrada, se imponía una revisión de sus estudios históricos acerca de lo sobrenatural. No le pareció oportuno (hasta mucho después) reeditar el libro, pero amplió los estudios históricos en dos monumentales libros (que llamaba sus “dos gemelos”): El misterio de lo sobrenatural (1965) y Agustinismo y Teología Moderna (1965). Más tarde añadiría una pequeña reflexión general: Pequeña catequesis sobre naturaleza y gracia (1980). La madurez y el trabajo realizado le permitían abordar síntesis más breves de los temas que había estudiado. Por ejemplo, La Escritura en la Tradición (1966); y desarrollar aspectos nuevos: Las Iglesias particulares en la Iglesia universal (1977). Viendo crecer el desafecto eclesial publica La fe cristiana. Ensayo sobre la estructura del Credo de los Apóstoles (1969).

 

Los últimos años.

Los años no pasan en vano. Siempre había sufrido secuelas de las heridas de la Gran Guerra, a pesar de su apariencia fuerte y entera (era muy alto). Ahora se le presenta un artritismo grave en las cervicales y necesita pequeños tiempos de reposo. Todo se le hace más difícil, pero no deja de anotar y archivar. Para su propia sorpresa pudo completar un viejo proyecto, otra obra monumental en dos volúmenes: La posteridad espiritual de Joaquín de Fiore (1978). El primero, De Joaquín a Schelling; y el segundo, De Saint Simon a nuestros días. Se trata de una panorámica del pensamiento cristiano sobre el milenio, sobre el esfuerzo por hacer un cielo en la tierra. El ambiente que le rodeaba no era alentador ni cómodo para él, debido al estado de la Iglesia en Francia y de la propia Compañía, que también había sufrido mucho en el posconcilio. Los integristas (todavía hoy) lo consideraban, sin ningún motivo, el responsable del modernismo teológico y de la crisis eclesial (a él, que siempre se había nutrido de la tradición patrística y medieval y que no se quitaba la sotana). Y para el enrarecido ambiente eclesial francés de los setenta, resultaba demasiado dispuesto a recordar lo que no querían oír. Dedica atención a pequeñas obras, que son casi “divertimentos”, como un simpático ensayo sobre Pico de la Mirandola (1974) el gran humanista renacentista y converso italiano. Y sigue con la publicación de recuerdos, memorias y correspondencias de compañeros y amigos (por ejemplo entre Marcel y Fessard, o la obra de Montcheuil), con una admirable abundancia de notas. Además prepara la edición de las cartas que le ha dirigido Étienne Gilson a lo largo de su vida.

La gran luz de sus últimos años es la elección de Juan Pablo II (1978). Vive con ilusión todos los acontecimientos del pontificado, en particular su viaje a Francia, donde el nuevo Papa tiene palabras públicas de afecto y reconocimiento para él. En enero de 1983 (tiene 86 años), le llega el nombramiento de cardenal. Le crea un mar de dudas. Escribe al Papa para pedirle que no lo ordene obispo, porque no puede ejercer ninguna función. Así se hace. En octubre una anestesia general, le causa un desajuste cerebral. En 1988, publica como puede, sus recuerdos de la guerra y la oposición a las leyes antijudías del régimen de Vichy (Resistencia cristiana al antisemitismo). Las notas de sus últimos meses muestran su fe, su profunda piedad y su comunión con la Iglesia. Se apaga poco a poco hasta su muerte en 1991. El cardenal de París, Lustiger (también su candidato para ese puesto) celebra su funeral. Para respetar las últimas voluntades del gran teólogo, que no quiere que la homilía se centre en su persona, lee unas páginas de Meditación sobre la Iglesia. Su albacea testamentario (Chantraine) se ocupará de preparar las obras completas (50 volúmenes, sin incluir gran parte de la correspondencia) y una biografía en 4 enormes volúmenes.

"Durante la Asamblea Plenaria (Conferencia Episcopal de Francia) de marzo de 2023, los obispos votaron a favor de abrir la causa, con vistas a una posible beatificación, del cardenal Henri de Lubac (1896-1991), teólogo jesuita, nacido en Cambrai (Nord) el 20 de febrero de 1896 y fallecido en París el 4 de septiembre de 1991. Fue uno de los grandes pensadores y teólogos del siglo XX."

 

Invito leer: Henri de Lubac: una vida teologica – Juan Luis Lorda

Henri de Lubac (II): antes, en y después del Concilio - Juan Luis Lorda (2 de 3)

 


En el Concilio.

Después de los años paradójicos e incómodos de la Comisión Preparatoria (1960-1962), llegó el Concilio. De Lubac era un perito muy reconocido, aunque habían sido nombrados 201 peritos en 1962, y llegaron a ser 434 al final. Mientras otros se convertían en estrellas mediáticas (Küng) o construían plataformas (Rahner) o impulsaban orientaciones (Congar), de Lubac prefería la segunda fila. Trabajó en bastantes comisiones y ayudó a preparar votos de obispos, especialmente africanos, porque se lo pedía otro jesuita, Gustave Martelet, autor después de un conocido libro sobre los grandes temas del Concilio. Tenía un fuerte sentido del misterio cristiano y nunca trataba las cosas de la fe como si fueran “temas”. Le molestaban los enfoques demasiado sociológicos (Schillebeeckx) y los esfuerzos por “adaptarse al mundo” como si hubiera que abandonar lo más específico del cristianismo para ser más fácilmente aceptado. Tuvo la alegría de hacer muchos y buenos amigos. Ratzinger, que era entonces un teólogo muy joven, recuerda la deferencia con que le trató  enseguida. Hicieron buena amistad. También fue para él una gran alegría el encuentro con Karol Wojtyla, después Juan Pablo II, en los trabajos de Gaudium et spes. Se llegaron a apreciar mucho; y de Lubac impulsó la edición francesa del libro de Karol Wojtyla (entonces desconocido en Francia) Amor y responsabilidad, escribiéndole el prólogo. En una entrevista posterior, durante el cónclave en que salió elegido, llegó a decir que era su candidato, aunque la parecía imposible. Pero de Lubac estaba presente en el Concilio sobre todo por sus libros y su teología, conocida por los redactores. Influyó en la expresión del misterio de la Iglesia en Lumen Gentium. Incluso la solución de dedicar el último capítulo a la Virgen, icono de la Iglesia, recordaba el último (y precioso) capítulo de su Meditación sobre la Iglesia. Su idea sobre la íntima relación de las fuentes de la revelación . y Tradición) está muy presente en Dei Verbum. Sus análisis sobre el ateísmo inspiran los números de Gaudium et spes. Y, sobre todo, está allí consagrada la idea de que sólo hay un fin para toda la humanidad, eco y fruto del debate acerca del sobrenatural y también de la apologética de Blondel.

 

El “para-concilio”.

Muy pronto observó que, junto al Concilio, surgía un “para-concilio” (expresión suya), ajeno al trabajo de los obispos y a la construcción de los documentos que era el verdadero objeto del Concilio. Tuvo una relación complicada con Mons. Marty, arzobispo de Reims y presidente de varias comisiones conciliares, y después arzobispo de París y presidente de la Conferencia Episcopal francesa en el posconcilio. Marty le tomaba el pelo diciendo que parecía el “ángel guardián del Concilio”, tan en serio se lo tomaba. Pero después, de Lubac tuvo muchas ocasiones de quejarse de lo poco en serio que se tomaba el Concilio en Francia, y de las manifiestas desviaciones con respecto a los propósitos conciliares. Siempre defendió a Pablo VI que, aparte de la consideración que le merecía por ser el Papa, le parecía una persona honesta y con un alto sentido de su deber, mientras sectores integristas franceses lo deslegitimaban; a veces, de una manera feroz. Y sectores progresistas lo consideraban superado y lo despreciaban (como al propio de Lubac). No le gustaba, como a Ratzinger, que los teólogos se convirtieran en “magisterio paralelo”. Y, por esa razón, abandonó la revista Concilium (promovida por Rahner y Schillebeeckx) y, junto con Ratzinger y Von Balthasar, puso en marcha la revista Communio. Concilium intentaba ser la mente teológica directiva de la Iglesia, más allá de la letra del Concilio y convertida ella misma en una especie de Concilio permanente (de teólogos). Mientras Communio quería defender la comunión en la fe, una teología de la comunión y una teología en comunión.

Henri de Lubac (II): antes, en y después del Concilio - Juan Luis Lorda (1 de 3)

 


(Como intelectual humilde y persona buena, ante las incomprensiones que padeció, de Lubac no tenía otra defensa que escribir y explicarse)

Por voluntad de Juan XXIII, Henri de Lubac (1896-1991) llegó en 1960 a Roma para participar en la comisión preparatoria del Concilio Vaticano II. Fueron años muy ricos que fue anotando puntualmente en sus cuadernos, publicados póstumamente en dos estupendos tomos (Carnets du Concile, 2007). Estaba en una situación paradójica. A sus 64 años, con una obra importante y con el aval de su nombramiento por Juan XXIII, era una personalidad. Por otra parte, había sido puesto en cuestión, a veces de manera muy dura; especialmente, a propósito del debate sobre lo sobrenatural. Y precisamente por algunos de los que estaban en aquella Comisión. No le faltaron desplantes. Pero era una persona extraordinariamente educada e incapaz de maltratar a nadie. Prefería resolver las cosas estudiándolas.

Libros influyentes.

En los años que estuvo en Roma se publicaron, uno tras otro, los cuatro volúmenes de su monumental Exégesis medieval, que le dieron una fama de erudito sin par. Sobre todo, eran una reivindicación de la seriedad de la exégesis espiritual de la Escritura en la tradición de la Iglesia. Se mostraba la continuidad de muchas fórmulas que nacían en la antigüedad patrística (a veces, en la misma Biblia) y atravesaban toda la teología medieval, expresando la vivencia sacramental del misterio cristiano. Era un complemento muy importante y necesario a la exégesis habitual, exclusivamente filológica, de la Escritura, y recordaba las riquezas espirituales de la Iglesia. Aunque a de Lubac, como siempre le pasaba, le parecía un trabajo incompleto y defectuoso, no había nada parecido en la producción teológica. Claro es que todo el mundo teológico no leyó los cuatro tomos, pero tomó nota de que existían. Era muy conocido su libro Catolicismo. Benedicto XVI recordó en varias ocasiones la profunda impresión de haberlo leído en sus años de formación. Era muy conocido El drama del humanismo ateo, libro que cualquiera mencionaba entonces y menciona ahora, para decir que un humanismo sin Dios se vuelve contra el hombre. Y era muy conocido Meditación sobre la Iglesia, libro muy hermoso que desarrolla algunos temas apuntados en otro anterior, más pequeño y menos conocido (pero muy hermoso también): Corpus Mysticum: La Eucaristía y la Iglesia en la Edad Media (1944). Teniendo en cuenta el cambio de sentido de la expresión “Cuerpo Místico”, referido primero a la Eucaristía, y después a la Iglesia, relacionaba profundamente los dos misterios. Todo el mundo recordará las frases: “la Iglesia hace la Eucaristía” y “la Eucarístía hace la Iglesia”.

 

Ataques y defensas.

Era un intelectual notablemente humilde y una buena persona perfectamente inhabilitada para cualquier tipo de maniobra. De manera que, ante las incomprensiones que padeció a lo largo de su vida, no tenía otra defensa que escribir y explicarse. Y eso hizo abundantemente, redactando memoriales y archivando cartas y documentación. Además de los cuadernos sobre el Concilio, que no estaban destinados a publicarse, con los recuerdos y papeles recogidos en todos estos años, escribió una larga y magnífica Memoria con ocasión de mis escritos (1981), donde cuenta el contexto histórico de sus conflictos y sus obras (y procura dejar lo mejor posible a todo el mundo). De lectura muy entretenida, aunque requiere un cierto conocimiento del medio. En la edición francesa (obras completas) se le añade unas interesantes memorias de juventud. También defendía a sus amigos. Le apenaba la suerte del P. Valensin (1879-1953), muy amigo de Blondel y, por eso mismo incomprendido, y olvidado tras su muerte prematura. Pensaba que le debía mucho y, por eso, editó su correspondencia anotándola (3 volúmenes) y algunas de sus obras. Lo mismo haría con otros profesores y compañeros (Monchanin, Fessard) o con el propio Blondel.

 

Teilhard de Chardin.

Además, la Compañía de Jesús y el episcopado francés le animaron a defender a Teilhard de Chardin. En esos años su obra estaba en cuestión y en la misma comisión preparatoria del Concilio, había quienes querían que el Concilio lo condenase expresamente (y algunos, también al propio de Lubac). El propósito había salido en varias reuniones bastante tensas. Y sólo se acabó cuando Juan XXIII en la sesión inaugural declaró que no esperaba condenas del Concilio, sino una expresión más viva y fiel de la fe cristiana. De Lubac congeniaba poco con el estilo grandilocuente y un tanto visionario de Teilhard, pero (quizá viéndose retratado) se sintió obligado a defender su honestidad cristiana y a responder a las críticas más injustas (algunas furibundas). Admiraba el deseo de Teilhard de combinar ciencia y teología, aunque probablemente lo sobrevaloraba en este punto, donde de Lubac se sentía muy inexperto. Dedicará un esfuerzo muy notable y persistente, y sacará varios pequeños libros. Gilson, que le había apoyado totalmente en la cuestión de lo sobrenatural, se distanció en esto y publicó Las tribulaciones de Sofía, donde hacía un discernimiento sobre Teilhard.

viernes, 3 de octubre de 2025

Henri de Lubac (1896-1991) – Nota bio-bibliográfica - Angel Santos Hernandez S.J. (2 de 2)

 


De entonces data su amistad con el entonces arzobispo de Cracovia, Monseñor Wojtyla, que le pidió un prólogo de presentación para su obra Amor y responsabilidad (1960), que tuvo luego un traducción francesa (1965) y otra española (1969). En 1969 lo nombraba Pablo VI miembro de la Comisión Teológica Internacional, con cuyo motivo asistía en Roma a sus diversas reuniones. Y Juan Pablo II, que en sus documentos oficiales raras veces cita a teólogos contemporáneos, hace excepción de esa norma más de una vez con las obras del P. De Lubac. Y durante su visita a Francia en 1980 le elogiaba públicaménte en un acto académico solemne en el Instituto· Católico de París. El mismo Juan Pablo II lo creaba finalmente cardenal, en febrero de 1983, con una designación que sorprendió a todos, tanto a sus más devotos defensores como a sus aferrados detractores, tanto de su persona como de -su doctrina. Era una rehabilitación total, y un premio a su labor incansable de defensor de la Iglesia. Tenía entonces ochenta y siete años. No se trataba ya, ni de que pudiera ejercer el gobierno de una diócesis determinada ni de que pudiera desempeñar cargo alguno directo en los dicasterios romanos. Era sencillamente un premio a su doctrina y a su persona. Desde 1974 vivía retirado en París, en el Centro Sevres, donde funcionaban las Facultades de Teología y Filosofía para los estudiantes de la Compañía de Jesús. No tenía encargo alguno de docencia, dada ya su edad, sino una mera incumbencia de escritor, con el cargo de consultor del Secretariado Romano para los no cristianos. Y en esa situación se hallaba cuando le alcanzaba la noticia· de su elevación al cardenalato, en el 1983. A continuación él mismo pedía, y obtenía, no recibir la consagración episcopal como los demás que habían sido creados cardenales sin ser antes obispos. Y en su calidad de cardenal, por así decirlo, «honorario», permanecería en el Centro  Sevres de París, dedicado a la oración y al estudio, hasta el día de su muerte, el 4 de septiembre de 1991, con noventa y cinco años.

Con ocasión de su creación cardenalicia le hacía una entrevista el P. Carlos Mielgo, que residía entonces también en París. Le preguntaba ante todo que le dijera cuál era el significado propio de aquel nombramiento, y le contestaba el P. De Lubac: “Creo sencillamente que el Santo Padre ha querido significar en mi persona el aprecio que tiene ·por la investigación teológica y para ello ha querido tener en el Sacro Colegio a un simple teólogo como yo, Por otra parte, pienso que al elegir a un jesuita ha querido también manifestar su estima y confianza en la Compañía de Jesús, a la que tanta importancia da en la vida de la Iglesia, como aparece en su discurso a los Provinciales reunidos el año pasado en Roma.»

Pero ¿no se trataría de una rehabilitación suya?, le preguntaba el entrevistador.

Y contestaba: «No lo creo de ninguna manera. A mí ciertamente, como teólogo, me ha tocado vivir en Francia una época difícil, que va desde el final de la segunda guerra mundial hasta desembocar en los hechos de mayo de 1968. Pero durante ese largo tiempo, yo estuve gran parte retirado de la enseñanza, y esto tuvo. para mí sus ventajas, ya que durante él pude escribir e investigar mucho. Por otra parte, a mí no se me ha pedido nunca una retractación de nada, y todos los Papas que he conocido, incluyendo Pío XII, han sido siempre sumamente benévolos conmigo» (Vida Nueva, 1983, 19 mayo, n. 1.375, 26-27).

Así interpretaba el P. De Lubac su anexión al Colegio Cardenalicio. Ya en 1953, y para evitar posibles malentendidos, escribía su libro Meditaciones sobre la Iglesia, que debería ser considerado como una confesión de fidelidad y amor a la Iglesia, cuando estaba precisamente retirado de toda labor de enseñanza; y no como una velada retractación de su pensamiento sobre lo que había escrito en 1956 sobre Lo Sobrenatural, que tendría una nueva edición en 1965, Le Mystere du Surnaturel, por lo que fuera en aquel tiempo severamente amonestado. Puede decirse que el P. De Lubac supo conectar con la sensibilidad de su época, y fue, sin duda alguna, un hijo ejemplar de la Compañía de Jesús y de la Iglesia.

Tomado de esta fuente donde al final del articulo se incluye una extensisima bibliografia con  un listado de:

-Libros por orden cronológico

-Traducciones numerosas a diversas lenguas

-Bibliografía sobre Henri de Lubac

Invito ademas leer HENRI DE LUBAC (1896-1991): El teólogo del  «SOBRENATURAL» (Prof. Santiago Madrigal)

Henri de Lubac (1896-1991) – Nota bio-bibliográfica - Angel Santos Hernandez S.J. (1 de 2)


Nota bio-bibliográfica

 

 Jesuita ampliamente discutido y diversamente enfocado en las diversas etapas de su vida. Polifacético escritor de temas religiosos. Nacido en Cambray de Francia el 20 de febrero de 1896, en el seno de una familia católica y burguesa. Estudió las priméras letras con las Religiosas de San José de la Doctrina Cristiana, y luego Bachillerato en el colegio de los jesuitas de Mongré (Lyon). Hizo a continuación un curso de derecho. en la facultad católica de la capital del Ródano. Con diecisiete años iniciaba su noviciado en la Compañía de Jesús el 9 de octubre de 1913 en San Leonard (Sussex, Inglaterra), donde lo habían trasladado los jesuitas franceses desterrados por la política ánticlerical del gobierno. No había terminado aún el noviciado cuando estallaba la primera guerra mundial y quedaba movilizado, como tantos otros religiosos franceses, como soldado de infantería, y destinado al frente de guerra franco-alemán. Dos veces caería herido en acción de guerra. La segunda vez en la cabeza, y de suma gravedad, en noviembre de 1917. Seguiría casi un trienio de convalecencia y recuperación en el St. Mary's de Canterbury, tiempo que aprovecharía para leer especialmente Santos Padres y maestros de espiritualidad. Allí le sitúa el catálogo de la Provincia Lugdunense haciendo el juniorado entre 1919 y 1920. De 1920 a 1923 estudia filosofía en Jersey, y el curso 1923-1924 hacía el magisterio en Villefranche, donde aparece como ayudante del prefecto de estudios. En 1924 comienza su Teología en Hastings de Inglaterra, los dos primeros años, 1924-1926, y los dos últimos en Fourviere, de Lyon, 1926-1928. Allí recibía la ordenación sacerdotal el 22 de agosto de 1927. Tercera Probación en Paray -le-Monial el curso 1928-1929. Al terminarla era destinado a Lyon como profesor de Teología y de Historia de las Religiones, que él mismo inauguraría, y que desempeñó hasta 1974, durante cuarenta y tres años, salvo una interrupción de cuatro años, 1951-1954, en que se le prohibió temporalmente la función de la docencia, como veremos. En Lyon también hacía su Profesión Solemne el 2 de febrero de 1931.  

 

Cuando estallaba la segunda guerra mundial en 1939, pudo seguir en Lyon, adhiriéndose al movimiento de la Resistencia francesa, sobre todo a través de la revista Témoignage Chrétien, de la que fue uno de los fundadores. Ello le ocasionaría una serie de complicaciones con la Gestapo, después de la ocupación total de Francia por los alemanes. Pudo seguir, sin embargo, su actividad docente ordinaria, con sus cursos y conferencias, y con una serie de publicaciones que comenzaron a darle a conocer dentro de Francia, y más allá de sus fronteras. Junto a sus compañeros, PP. Fonnteynot y Daniélou, comenzaba la serie de Santos Padres y escritores eclesiásticos en la magnífica colección «Sources Chrétiennes», que sobrepasa ya los 300 títulos publicados. Fundó, como hemos dicho, en Lyon la cátedra de Historia de las Religiones, una de sus grandes preocupaciones, y base de no pocos de sus estudios y publicaciones sobre el ateísmo y la cultura de la reconciliación, temas que desarrolló en su obra Le Drame de l'Humanisme athée (1944).

Precisamente esta tarea de escritor, juntamente con la docencia, había de ser la función casi exclusiva de toda su vida. Era el problema del ateísmo lo que más le angustiaba y atenazaba, desde el análisis del ateísmo occidental en las tesis de Marx, Feuerbach y Postoiewski, hasta el oriental, plasmado en sus obras Aspects du Bouddhisme. Amida (1951 y 1955) y Rencontre du Boudhisme et l'Occident (1952). Su actitud innovadora en la metodología de la enseñanza de la Teología, y sus reflexiones en sus repetidas publicaciones, eran denunciadas a Roma como trayectorias desviadas en la enseñanza de la Teología. Al publicar Pío XII su encíclica Humani Generis, aludiendo a esa corriente de la Nueva Teología de Francia; el General de la Orden, P. Juan Bautista Janssens, lo retiraba de su cátedra de Lyon, prohibiéndole toda enseñanza. Más aún, ordenaba que fueran retiradas de las bibliotecas de la Compañía todas sus obras, para que no estuvieran al alcance de los alumnos y estudiantes. Se siguieron cuatro años de eclipse total docente, en los que no interrumpió su actividad y fecundidad publicitaria.

 

Ya en 1954 reemprendía la docencia, temporalmente interrumpida. Como él habían sufrido idéntica oposición por parte de a lgunos sectores romanos, otros teólogos franceses, como los dominicos PP. Gongar y Chenu, y el jesuita, luego también cardenal, P. Jean Daniélou. Se impondría la realidad y la sensatez, y a todos ellos se les reconocía su importante valor teológico. Incluso sus obras habían de contribuir al desarrollo de la doctrina oficial eclesiástica del Concilio Vaticano II. Por lo que se refiere al P. De Lubac, se le achacaba otro reparo de talla: su apoyo incondicional a las tesis de su compañero de Orden, el P. Teilhard de Chardin, largamente puestas en entredicho por Roma. Sobre ·esas teorías y sobre la persona del mismo Teilhard de Chardin escribiría De Lubac varias de sus obras. Aparecerán en la lista bibliográfica. En general, fue el P. De Lubac un entusiasta estudioso de los grandes teóricos, filósofos y teólogos de los últimos años, quizá un tanto orillados, logrando recuperar algunos nombres, como los de Orígenes, Fenelon, Proudhon y Pico de la Mirándola. Presentando su personalidad en 1985, después de su creación como cardenal, decía de él el autor Brunnero Gherard:ini, que De Lubac podría ser co.nsiderado como el intérprete auténtico de nuestro tiempo, el intérprete entre los más autorizados de nuestro pasado, y el hombre de -la renovación teológica.

Después de varios años de ostracismo, o al menos de incomprensión por sus posiciones doctrinales, quedaría al fin plenamente rehabilitado con ocasión del Vaticano II. El propio Juan XXIII lo llamaba expresamente a participar en él, nombrándolo consultor teológico de la comisión central del recién anunciado Concilio, especialmente en el campo dedicado a las religiones no cristianas, de cuya comisión sería nombrado especial consultor. El nuevo Papa Pablo VI confirmaba ese nombramiento y reconocía que no pocas de sus ideas acerca de la Iglesia, de su apertura al mundo, y de sus relaciones con los ihcreyentes, se reflejaban en los documentos conciliares de forma llamativa. De hecho, intervino el P. De Lubac en varias comisiones y sub~ comisiones del Concilio.


sábado, 30 de julio de 2011

Henri de Lubac S.J. y Karol Wojtyla/Juan Pablo II (1 de 2)



Cuando Henri de Lubac fallecia en Paris en 1991 a los 95 años el Papa Juan Pablo II envio al Cardenal Paul Poupard, como representante pontificio a las exequias. En su carta Juan Pablo II expresaba su ultimo saludo al “inminente teólogo, amigo, buscador incansable, valioso y fructífero colaborador al Concilio Vaticano II”.


Ya habían pasado muchos años desde que aquella admiración se convirtiera en una profunda amistad, admiración esbozada, en cierta manera “originada”, quizás presentida , ya en aquellos primeros pasos de Karol Wojtyla en Roma, durante sus años de estudio, apenas ordenado sacerdote, durante los debates en el Colegio Belga, donde se hospedaba y de sus lecturas de Henri de Lubac traducido al polaco publicadas en Tygodnik Powsechny y en Znak.



Juan Pablo II lo recordaba en dos de sus libros:
En Cruzando el Umbral de la Esperanza (XXIV. La Iglesia a Concilio) reconoce : “Mucho debo en particular al padre Yves Congar y al padre Henri De Lubac. Recuerdo todavía hoy las palabras con que este
ultimo me animó a perseverar en la línea que había yo definido durante las
discusiones. Esto sucedía cuando las sesiones se desarrollaban ya en el
Vaticano. Desde aquel momento estreché una especial amistad con el padre
De Lubac.


Y vuelve a recordarlo en Levantaos Vamos (5ª parte Colegialidad Episcopal – Padres conciliares): “Otro francés con el que estreché lazos de amistad fue el teólogo Henri de Lubac, S. I. que yo mismo, años después, creé cardenal. El Concilio fue un período privilegiado para conocer a obispos y teólogos, especialmente en las comisiones. Cuando fue presentado el Esquema 13 (que después se convirtió en la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, Gaudium et Spes) yo hablé del personalismo. El padre de Lubac se me acercó y me dijo: Así, así, en esa dirección. De este modo me dio ánimos y eso significó mucho para mí, que era relativamente joven”.

El Cardenal Rudolf Voderholzer en su libro Meet Henri de Lubac: His Life and Work recuerda que Juan Pablo II lo nombro cardenal a los 85 años en reconocimiento por sus servicios en el campo de la teología; honor que Henri de Lubac dedico a la Orden Jesuítica en su conjunto, honor que a su vez significaba el último peldaño en la rehabilitación de un hombre que fuera considerado sospechoso, aun dentro del ámbito mismo de la Iglesia y que entre 1950 y 1958 fuera separado de su puesto docente debido justamente a esas sospechas, habiéndosele prohibido además publicar libros sobre teología. Henri de Lubac, dice además el comentario sobre el libro de Voderholzer, se conocieron durante el Concilio Vaticano y cultivaron una estima mutua a partir de entonces. Habían trabajado conjuntamente en el Esquema 13 que luego se convirtió en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual. Y - agrega el comentario - que “ Quizás aún más que por su colaboración directa en los textos conciliares, de Lubac influencio el Concilio por medio de sus numerosos y ricos estudios teológicos contribuyendo con ellos a la renovación de la teología basada en las Fuentes, o sea en las Sagradas Escrituras y los textos de los padres de la Iglesia. “

lunes, 25 de julio de 2011

Henri de Lubac S.J. y Karol Wojtyla (2 de 2) : Prefacio a “Amor y Responsabilidad” de Karol Wojtyla

"No es lo normal que un simple sacerdote, al que, por añadidura, ningún particular amplitud recomienda, prologue el libro de un miembro del cuerpo episcopal. Serìa ello inmodesto, por lo menos, sin duda alguna, si no se tratase de presentar al público de lengua francesa la traducción de una obra aparecida ya en otra lengua (la polaca) y cuyo mérito no necesita recomendación ante aquellos que ya la conocen. Con todo, habríamos dudado mucho en trazar estas pocas líneas, de no habérnoslo rogado con tanta insistencia S.Ex. misma Mons. Karol Wojtyla y tan directamente. Así, pues, ya que había que obedecerle, no podemos negar que nos alegramos de que se nos haya ofrecido de este modo la ocasión de rendir públicamente homenaje a uno de los que han trabajado en la actual obra conciliar. Porque, desde hace algún tiempo, tenemos la oportunidad de contemplar de cerca – y semejante espectáculo nos es una fuente de inagotable aliento – el cristiano vigor junto con la clarividencia con que se dedica al examen de las importantes cuestiones que están todavía estudiándose.
El punto de que trata la presente obra es precisamente uno de los más importantes y de los más discutidos. Sobre los problemas que se refieren al amor, a la castidad, al matrimonio, a la procreación, a la familia, se ha escrito mucho en estos últimos años. No creemos ofender a nadie al asegurar que raramente se ha hecho con mucho cuidado en el análisis y con mucho rigor intelectual; con parigual preocupación por integrar estos problemas y sus aspectos, tan diversos, en una visión de conjunto de la realidad humana. Sucesivamente la psicología, la metafísica y la moral aportan en este libro su contribución. Las descripciones más finas, en verdad deliciosas, alternan con la más vigorosa dialéctica. El papel y el valor de la sexualidad están aquí plenamente reconocidos, y tanto más cuanto que nunca se separa del sujeto al que afecta y que es responsable de ella. De este modo, la eminente dignidad del hombre, tal como la Iglesia de Cristo la promueve y defiende está, admirablemente, puesta de relieve.
El autor, no obstante, no se dirige únicamente a los creyentes: por lo menos no apela inmediatamente a su fe. No toma pie de las enseñanzas bíblicas, sino que arranca de las vías de la argumentación racional. Así, por ejemplo, nada dice de la mística paulina. Sin pegarse excesivamente a las modas de lenguaje, ha asimilado lo mejor de la moderna reflexión, especialmente de la fenomenología, y sabe sacar partido tanto de la filosofía de Aristóteles como – aun más – de la de Santo Tomás de Aquino para hacer resaltar más el personalismo latente.
Un libro como éste, es de lo más a propósito para mostrar que la tradición, la más clásica, ofrece incomparablemente más recursos a la inteligencia, en éste como en otros terrenos, que una cierta actitud crítica, hoy día demasiado extendida, puede procurar. No habrá, en todo caso, nadie que, después de haber leído este libro, pueda ya dedicarse a esas fáciles diatribas, a esas caricaturas folletinescas contra las tesis tradicionales, que deshonran incluso a algunas de nuestras publicaciones católicas. Nadie podrá ya, para desembarazarse de ello, reducir a un orden biológico, modelado al gusto del individuo, lo que es en realidad el orden mismo de la existencia, sometido a las normas personalistas.
La doctrina expuesta por el arzobispo de Cracovia, podrá parecer austera. Con todo, es la de un hombre que se preocupa del hombre: así como la de un pastor de almas que no ignora ni las debilidades de la naturaleza humana, ni los medios de gracia que vienen en su ayuda. Es la de un realista tanto como la de un hombre de fe. No pretende resolver las cuestiones valiéndose tan sólo de algunos principios que aplica a toda la variedad de los innumerables casos especiales. No cabe duda de que sería imposible prever la aplicación espontánea que harían aquellos pueblos que nunca han sido alcanzados por la Buena Nueva o que se han hecho insensibles a ella. Por esto mismo, sin duda, es muy posible que las mil voces de la publicidad entonen pocos himnos en su loor. Es posible también que sea juzgada como demasiado dura por algunos estudiosos, incluso clérigos. Sin embargo, no nos cabe duda de que, por el contrario, convencerá plenamente a los espíritus serios, deseosos de fundamentar las relaciones de los cónyuges en una antropología completa, coherente y hondamente trabajada. Tampoco nos cabe duda de que será acogida gozosamente por muchos hogares cristianos, dichosos de encontrar en esta doctrina las justificaciones racionales y las aclaraciones de aquello que su buena salud moral y el instinto del Espíritu se lo habían ya hecho comprender en lo hondo de su corazón.
Si el aggiornameto conciliar, propuesto por Juan XXIII y tenazmente proseguido por Paulo VI, ha de ser a base, necesariamente, de una renovación interior según el espíritu evangélico, la obra de Mons. Karol Wojtyla habrá de contribuir a ello grandemente. Sirve para disipar algunas ilusiones que lo pondrían en peligro. En efecto, entre tantos signos que mantienen hoy día nuestra esperanza, los hay también algunos otros que suscitan inquietud. El Padre Santo aludía a ellos el mes pasado, al decir: “Todo aquel que viese en el Concilio un relajamiento de los internos compromisos de la Iglesia para con su fe, su tradición, su ascesis, su caridad, su espíritu de sacrificio y su adhesión a la Palabra y a la Cruz de Cristo, o tal vez una indulgente concesión a la frágil y versátil mentalidad relativista de un mundo sin principios y sin fin trascedente, o una especie de cristianismo más cómodo y menos exigente, este tal estaría en un error.” Contra uno de esos errores de interpretación es contra el que nos pone en guardia Mons. Wojtyla. Y lo hace de una manera enteramente positiva, sin entrar en ninguna controversia, con la simple exposición de una doctrina largamente madurada. Dará alientos a muchos Al revés de lo que sucedería fatalmente si los hombres de Iglesia se dejasen arrastrar, so color de apertura al mundo, a las facilidades de un cristianismo tibio y a los abandonos propios de una moral sin dignidad, nos mete por el camino que ha de hacer nuestra fe más “contagiosa”. Esta obra es capaz de hacer reflexionar seriamente y de guiar a las almas rectas hacia la luz del Evangelio.
Henri de Lubac SJ"





Amor y responsabilidad. Estudio de moral sexual.„Milosc a Odpowiezialnosc”, en Ateneum Kaplanskie, a. 51, vol. 59, n. 2, 1959: 163 ss.,Milosc i odpowiedzialnosc. Studium etyczne, Lublin, KUL, , 1960.


Esta primera edición en polaco fue publicada por la editorial de la KUL. En 1962 apareció la segunda edición polaca en la editorial Znak de Cracovia.


Amour et responsabilité. Etude de moralle sexuelle. París, Societé d’Editions Internationales, 1965. Preface de Henri de Lubac La edición francesa se publica después del Concilio, donde cultivó Wojtyla amistad con quien prologa esta obra.


La edición inglesa se publicó el mismo año que la francesa.


La edición italiana, tres años más tarde: Amore e responsabilitá. Roma, Marietti, 1968. Proemio di card. G. Colombo.


La edición castellana se traduce de la francesa: Amor y responsabilidad. Estudio de moral sexual, Madrid, Razón y Fe, 1969. Prefacio de Henri de Lubac. Traducción del francés por Juan Antonio Segarra.


(referencias del libro de Graciela Palau: La autorrealización, según el personalismo de Karol Wojtyla – ver posts etiquetados Palau)