Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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jueves, 11 de abril de 2024

Las tres encíclicas antropológicas de Juan Pablo II – Vademecum de la Pontificia Universidad Catolica de Chile

 


En un magnífico trabajo la Pontificia Universidad Católica de Chile ha compendiado extensamente un detallado VADEMECUM  con definiciones extraídas de las tres “encíclicas antropológicas”  (clasificadas por el Cardenal Ratzinger “las tres grandes encíclicas enlas que la temática antropológica se desarrolla bajo diversos aspectos”

Presentando el trabajo con este Prólogo:  

Comentando las catorce encíclicas escritas por el Papa Juan Pablo II a lo largo de su extenso pontificado, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, proponía un intento de clasificación de estos documentos tan importantes, diciendo que se pueden agrupar en encíclicas trinitarias (Redemptor hominis, Dives in misericordia y Dominum et vivificantem), sociales (Laborem excercens, Sollicitudo rei socialis, Centesimus annus), eclesiológicas (Slavorum apostoli, Redemptoris missio y Ult unum sint, a la que habría que sumar Ecclesia de Eucharistia y también Redemptoris mater) y por último, decía el Cardenal Ratzinger: "tenemos tres grandes textos doctrinales que pueden situarse en el ámbito antropológico: Veritatis splendor (1993), Evangelium vitae (1995) y Fides et ratio (1998)" (1).

Recogiendo esta propuesta de clasificación, hemos querido presentar la así llamada "enseñanza antropólogica" de Juan Pablo II contenida en estas tres encíclicas antes señaladas, haciéndola más accesible a todo aquel que quiera profundizar en el Magisterio de este Gran Papa. Y está es la razón de ser del trabajo (= libro, volumen, vademécum...) que ahora ponemos en tus manosSe trata de un instrumento bibliográfico elaborado a manera de vademécum, es decir, como un libro de consulta donde, de manera rápida y muy sencilla puedes encontrar los textos de Juan Pablo II en las encíclicas que el Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, ha denominado "antropológicas" y que contienen los temas y aspectos más importantes que el Papa Wojtyla desarrolló sobre el ser humano, su dignidad y vocación, y con todo aquello que se relacione con su realización plena.

Hemos elegido los temas más relevantes del magisterio de Juan Pablo II que tienen que ver directamente con el hombre, limitándonos a los documentos ya indicados por la propuesta de Ratzinger. Estos temas aparecen ordenados por orden alfabético, para hacer más fácil su búsqueda y posterior consulta. Así, en cada tema, (indicado por la respectiva voz o palabra) se recoge el contenido que sobre el particular ha explicado el Papa Juan Pablo II en cada una de las encíclicas "antropológicas". Como podrás apreciar, cuestiones perennes como el amor, la santidad, el pecado, la redención y otras, aparecen desarrolladas junto con otras temáticas muy actuales, como por ejemplo el aborto, la mujer, el relativismo, el cientificismo y muchos puntos sumamente importantes. Siendo nuestra fuente las referidas encíclicas pontificias —y por tanto documentos pastorales, no tratados sistemáticos—, es hasta cierto punto inevitable que dos temas distintos se hallen dentro de un mismo párrafo, y por lo tanto, que se repitan algunos textos en dos voces o palabras distintas. Optamos por esta repetición para dar una presentación más completa y clara de la enseñanza de Juan Pablo II en cada tema propuesto.

Al elaborar este vademécum, y a medida que iba concretándose, surgía en nuestro interior la impresión de escuchar a Juan Pablo II hablándonos las mismas cosas que a lo largo de sus más de veinticinco años de pontificado (1978 — 2005) nos había enseñado. Y ésta es también nuestra más profunda expectativa. Nos ilusiona mucho pensar que cuando leas o consultes estas páginas, tú también puedas escuchar en tu interior la poderosa voz de Juan Pablo II proclamando la verdad sobre Jesús, la verdad sobre la Iglesia y, de manera muy especial, la verdad sobre el hombre, y que, como nosotros, oigas nuevamente al Papa Wojtyla quien, a través de su magisterio, sigue diciéndole al mundo aquello que proclamó en el Jubileo de la Redención de 1984: 

"¡Vale la pena ser hombre, porque tú, Jesucristo, te has hecho hombre!".

viernes, 28 de octubre de 2022

No hay libertad verdadera si no se ama la vida


El primer paso fundamental para realizar este cambio cultural consiste en la formación de la conciencia moral sobre el valor inconmensurable e inviolable de toda vida humana. Es de suma importancia redescubrir el nexo inseparable entre vida y libertad. Son bienes inseparables: donde se viola uno, el otro acaba también por ser violado. No hay libertad verdadera donde no se acoge y ama la vida; y no hay vida plena sino en la libertad. Ambas realidades guardan además una relación innata y peculiar, que las vincula indisolublemente: la vocación al amor. Este amor, como don sincero de sí, 125 es el sentido más verdadero de la vida y de la libertad de la persona.

No menos decisivo en la formación de la conciencia es eldescubrimiento del vínculo constitutivo entre la libertad y la verdad. Como he repetido otras veces, separar la libertad de la verdad objetiva hace imposible fundamentar los derechos de la persona sobre una sólida base racional y pone las premisas para que se afirme en la sociedad el arbitrio ingobernable de los individuos y el totalitarismo del poder público causante de la muerte. 126

Es esencial pues que el hombre reconozca la evidencia original de su condición de criatura, que recibe de Dios el ser y la vida como don y tarea. Sólo admitiendo esta dependencia innata en su ser, el hombre puede desarrollar plenamente su libertad y su vida y, al mismo tiempo, respetar en profundidad la vida y libertad de las demás personas. Aquí se manifiesta ante todo que « el punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el misterio más grande: el misterio de Dios ».127 Cuando se niega a Dios y se vive como si no existiera, o no se toman en cuenta sus mandamientos, se acaba fácilmente por negar o comprometer también la dignidad de la persona humana y el carácter inviolable de su vida.

jueves, 27 de octubre de 2022

Benedicto XVI: Ataques a la vida

 


Por eso, el cristiano está continuamente llamado a movilizarse para afrontar los múltiples ataques a que está expuesto el derecho a la vida. Sabe que en eso puede contar con motivaciones que tienen raíces profundas en la ley natural y que por consiguiente pueden ser compartidas por todas las personas de recta conciencia.

Desde esta perspectiva, sobre todo después de la publicación de la encíclica Evangelium vitae, se ha hecho mucho para que los contenidos de esas motivaciones pudieran ser mejor conocidos en la comunidad cristiana y en la sociedad civil, pero hay que admitir que los ataques contra el derecho a la vida en todo el mundo se han extendido y multiplicado, asumiendo nuevas formas.

Son cada vez más fuertes las presiones para la legalización del aborto en los países de América Latina y en los países en vías de desarrollo, también recurriendo a la liberalización de las nuevas formas de aborto químico bajo el pretexto de la salud reproductiva:  se incrementan las políticas del control demográfico, a pesar de que ya se las reconoce como perniciosas incluso en el ámbito económico y social.

Al mismo tiempo, en los países más desarrollados aumenta el interés por la investigación biotecnológica más refinada, para instaurar métodos sutiles y extendidos de eugenesia hasta la búsqueda obsesiva del "hijo perfecto", con la difusión de la procreación artificial y de diversas formas de diagnóstico encaminadas a garantizar su selección. Una nueva ola de eugenesia discriminatoria consigue consensos en nombre del presunto bienestar de los individuos y, especialmente en los países de mayor bienestar económico, se promueven leyes para legalizar la eutanasia.

Todo esto acontece mientras, en otra vertiente, se multiplican los impulsos para legalizar convivencias alternativas al matrimonio y cerradas a la procreación natural. En estas situaciones la conciencia, a veces arrollada por los medios de presión colectiva, no demuestra suficiente vigilancia sobre la gravedad de los problemas que están en juego, y el poder de los más fuertes debilita y parece paralizar incluso a las personas de buena voluntad.

Por esto, resulta aún más necesario apelar a la conciencia y, en particular, a la conciencia cristiana. Como dice el Catecismo de la Iglesia católica, "la conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la calidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto" (n. 1778).

Esta definición pone de manifiesto que la conciencia moral, para poder guiar rectamente la conducta humana, ante todo debe basarse en el sólido fundamento de la verdad, es decir, debe estar iluminada para reconocer el verdadero valor de las acciones y la consistencia de los criterios de valoración, de forma que sepa distinguir el bien del mal, incluso donde el ambiente social, el pluralismo cultural y los intereses superpuestos no ayuden a ello.

(del discurso deBenedicto XVI a los participantes en la Asamnblea general de la AcademiaPontificia para la Vida, sábado 24 de febrero de 2007)

miércoles, 21 de septiembre de 2022

La vida es bella porque es un don de amor- Filippo Morlacchi

 


“La vida es bella” se titula una película famosa ambientada en el trágico marco de un campo nazi. Si, también en las condiciones más inhumanas, el hombre sabe – o quizás siente, percibe, de alguna manera intuye – que la vida es un bien precioso, si bien a menudo amasada entre dolor y lágrimas. Esta sana toma de conciencia – que la vida es en sí misma un bien – hoy parece nublarse en la conciencia de algunas personas. Existen fuertes presiones que conminan a pensar que solamente una vida “cualitativamente gratificante” puede ser considerada “bella” y por ende digna de ser vivida. El valor de la vida esta en riesgo de sufrir «una especie de “eclipse”, aun cuando la conciencia no deje de señalarlo como valor sagrado e intangible» (Evangelium vitae, n11)

 ¿Porque la vida humana siempre debe ser considerada un bien? La respuesta de la fe es clara y luminosa: porque viene de Dios y a Dios retorna. «La vida que Dios da al hombre es original y diversa de la de las demás criaturas vivientes, ya que el hombre, aunque proveniente del polvo de la tierra, es manifestación de Dios en el mundo, signo de su presencia, resplandor de su gloria» (EV, n34). De igual manera «el destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor» (EV, n38) o sea su vocación eterna, convierte toda vida humana en don para acoger con respeto y custodiar con amor. Y permanece por siempre, aun cuando su fragilidad es más tangible, y la tentación de apoderarse de ella desafiante.

El deber primordial de caridad del cristiano, en medio de la confusión de nuestro tiempo, es hablar con claridad, aun a costo de ser impopulares. «Se requiere,  más que nunca,  el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño». (EV 58)  Ninguna formula políticamente correcta, ningún juego de palabras, ninguna perífrasis “sanitaria” podrán convertir jamás la supresión deliberada de una vida humana en un acto irrelevante, o – peor aun – en un derecho adquirido. Ninguna supuesta “buena intención” por ejemplo, la de suprimir el sufrimiento – ninguna legitimación burocrática, ningún artículo de ley estará jamás en condiciones de convertir en moralmente bueno un acto intrínsecamente malo.

Esta forma de “resistencia cultural” si bien necesaria, no es suficiente, sin embargo, para promover en dirección positiva una nueva “cultura de la vida”. Hace falta también un testimonio concreto de amor. El Señor nos ha dado el ejemplo, anticipando voluntariamente en la Eucaristía el ofrecimiento de su vida por el mundo, ofrecimiento realizado después en modo definitivo en la cruz.  Solamente si también nosotros sabremos hacer de nuestra vida un don consciente de amor lograremos hacer comprender a nuestros contemporáneos que la vida – toda vida – viene del amor, que lleva el sello y la esencia, y es en si misma don de amor, y como tal es siempre acogida y custodiada.  La celebración del Evangelio de la vida debe realizarse sobre todo en la existencia cotidiana, vivida en el amor por los demás y en la entrega de uno mismo.  Así, toda nuestra existencia se hará acogida autentica y responsable del don de la vida y alabanza sincera y reconocida a Dios que nos ha hecho este don.

En este contexto, rico en humanidad y amor, es donde surgen también los gestos heroicos. Estos son la celebración más solemne del Evangelio de la vida, porque lo proclaman con la entrega total de si mismos. Son la elocuente manifestación del grado más elevado del amor que es dar la vida por la persona amada (Jn, 15,13), son la participación en el misterio de la Cruz, en la que Jesus revela cuánto vale para El la vida de cada hombre y como esta se realiza plenamente en la entrega sincera de si mismo. Mas allá de casos clamorosos, está el heroísmo cotidiano, hecho de pequeños o grandes gestos de solidaridad que alimentan una autentica cultura de la vida. (EV, 86)  Aquí estamos comprometidos todos. EL anuncio del “Evangelio de la vida” comprende también nuestras decisiones.

 

(publicado en Totus Tuus, revista de la Postulación, Nr 1 Ene/Feb 2010)  

 

lunes, 19 de septiembre de 2022

Benedicto XVI: ataques a la vida

 


 (…) El cristiano está continuamente llamado a movilizarse para afrontar los múltiples ataques a que está expuesto el derecho a la vida. Sabe que en eso puede contar con motivaciones que tienen raíces profundas en la ley natural y que por consiguiente pueden ser compartidas por todas las personas de recta conciencia.

Desde esta perspectiva, sobre todo después de la publicación de la encíclica Evangelium vitae, se ha hecho mucho para que los contenidos de esas motivaciones pudieran ser mejor conocidos en la comunidad cristiana y en la sociedad civil, pero hay que admitir que los ataques contra el derecho a la vida en todo el mundo se han extendido y multiplicado, asumiendo nuevas formas.

Son cada vez más fuertes las presiones para la legalización del aborto en los países de América Latina y en los países en vías de desarrollo, también recurriendo a la liberalización de las nuevas formas de aborto químico bajo el pretexto de la salud reproductiva:  se incrementan las políticas del control demográfico, a pesar de que ya se las reconoce como perniciosas incluso en el ámbito económico y social.

Al mismo tiempo, en los países más desarrollados aumenta el interés por la investigación biotecnológica más refinada, para instaurar métodos sutiles y extendidos de eugenesia hasta la búsqueda obsesiva del "hijo perfecto", con la difusión de la procreación artificial y de diversas formas de diagnóstico encaminadas a garantizar su selección. Una nueva ola de eugenesia discriminatoria consigue consensos en nombre del presunto bienestar de los individuos y, especialmente en los países de mayor bienestar económico, se promueven leyes para legalizar la eutanasia.

Todo esto acontece mientras, en otra vertiente, se multiplican los impulsos para legalizar convivencias alternativas al matrimonio y cerradas a la procreación natural. En estas situaciones la conciencia, a veces arrollada por los medios de presión colectiva, no demuestra suficiente vigilancia sobre la gravedad de los problemas que están en juego, y el poder de los más fuertes debilita y parece paralizar incluso a las personas de buena voluntad.

Por esto, resulta aún más necesario apelar a la conciencia y, en particular, a la conciencia cristiana. Como dice el Catecismo de la Iglesia católica, "la conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la calidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto" (n. 1778).

Esta definición pone de manifiesto que la conciencia moral, para poder guiar rectamente la conducta humana, ante todo debe basarse en el sólido fundamento de la verdad, es decir, debe estar iluminada para reconocer el verdadero valor de las acciones y la consistencia de los criterios de valoración, de forma que sepa distinguir el bien del mal, incluso donde el ambiente social, el pluralismo cultural y los intereses superpuestos no ayuden a ello.

 

(del Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los participantes en la asamblea general de la Academia Pontificia parala Vida, 24 de febrero de 2007)

jueves, 24 de marzo de 2022

A Ti oh Maria te confiamos la causa de la vida

 


Mañana 25 de marzo celebramos el 27 aniversario de la publicación de la Carta Encíclica  Evangelium Vitae sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana,  del Papa Juan Pablo II, dada en Roma el 25 de marzo de 1995,  solemnidad de la Anunciación del Señor, que concluye con una Oración a Maria, Madre de los vivientes:

OMaría,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.

miércoles, 18 de julio de 2018

Juan Pablo II : el delito abominable del aborto (3 de 3)




62. El Magisterio pontificio más reciente ha reafirmado con gran vigor esta doctrina común. En particular, Pío XI en la Encíclica Casti connubii rechazó las pretendidas justificaciones del aborto; 65 Pío XII excluyó todo aborto directo, o sea, todo acto que tienda directamente a destruir la vida humana aún no nacida, « tanto si tal destrucción se entiende como fin o sólo como medio para el fin »; 66 Juan XXIII reafirmó que la vida humana es sagrada, porque « desde que aflora, ella implica directamente la acción creadora de Dios ».67 El Concilio Vaticano II, como ya he recordado, condenó con gran severidad el aborto: « se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde la concepción; tanto el aborto como el infanticidio son crímenes nefandos ».68
La disciplina canónica de la Iglesia, desde los primeros siglos, ha castigado con sanciones penales a quienes se manchaban con la culpa del aborto y esta praxis, con penas más o menos graves, ha sido ratificada en los diversos períodos históricos. El Código de Derecho Canónico de 1917 establecía para el aborto la pena de excomunión. 69 También la nueva legislación canónica se sitúa en esta dirección cuando sanciona que « quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae »,70 es decir, automática. La excomunión afecta a todos los que cometen este delito conociendo la pena, incluidos también aquellos cómplices sin cuya cooperación el delito no se hubiera producido: 71 con esta reiterada sanción, la Iglesia señala este delito como uno de los más graves y peligrosos, alentando así a quien lo comete a buscar solícitamente el camino de la conversión. En efecto, en la Iglesia la pena de excomunión tiene como fin hacer plenamente conscientes de la gravedad de un cierto pecado y favorecer, por tanto, una adecuada conversión y penitencia.
Ante semejante unanimidad en la tradición doctrinal y disciplinar de la Iglesia, Pablo VI pudo declarar que esta enseñanza no había cambiado y que era inmutable. 72 Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos —que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina—, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. 73
Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón, y proclamada por la Iglesia.
63. La valoración moral del aborto se debe aplicar también a las recientes formas de intervención sobre los embriones humanosque, aun buscando fines en sí mismos legítimos, comportan inevitablemente su destrucción. Es el caso de los experimentos con embriones, en creciente expansión en el campo de la investigación biomédica y legalmente admitida por algunos Estados. Si « son lícitas las intervenciones sobre el embrión humano siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual »,74 se debe afirmar, sin embargo, que el uso de embriones o fetos humanos como objeto de experimentación constituye un delito en consideración a su dignidad de seres humanos, que tienen derecho al mismo respeto debido al niño ya nacido y a toda persona. 75
La misma condena moral concierne también al procedimiento que utiliza los embriones y fetos humanos todavía vivos —a veces « producidos » expresamente para este fin mediante la fecundación in vitro— sea como « material biológico » para ser utilizado, sea como abastecedores de órganos o tejidos para trasplantar en el tratamiento de algunas enfermedades. En verdad, la eliminación de criaturas humanas inocentes, aun cuando beneficie a otras, constituye un acto absolutamente inaceptable.
Una atención especial merece la valoración moral de las técnicas de diagnóstico prenatal, que permiten identificar precozmente eventuales anomalías del niño por nacer. En efecto, por la complejidad de estas técnicas, esta valoración debe hacerse muy cuidadosa y articuladamente. Estas técnicas son moralmente lícitas cuando están exentas de riesgos desproporcionados para el niño o la madre, y están orientadas a posibilitar una terapia precoz o también a favorecer una serena y consciente aceptación del niño por nacer. Pero, dado que las posibilidades de curación antes del nacimiento son hoy todavía escasas, sucede no pocas veces que estas técnicas se ponen al servicio de una mentalidad eugenésica, que acepta el aborto selectivo para impedir el nacimiento de niños afectados por varios tipos de anomalías. Semejante mentalidad es ignominiosa y totalmente reprobable, porque pretende medir el valor de una vida humana siguiendo sólo parámetros de « normalidad » y de bienestar físico, abriendo así el camino a la legitimación incluso del infanticidio y de la eutanasia.
En realidad, precisamente el valor y la serenidad con que tantos hermanos nuestros, afectados por graves formas de minusvalidez, viven su existencia cuando son aceptados y amados por nosotros, constituyen un testimonio particularmente eficaz de los auténticos valores que caracterizan la vida y que la hacen, incluso en condiciones difíciles, preciosa para sí y para los demás. La Iglesia está cercana a aquellos esposos que, con gran ansia y sufrimiento, acogen a sus hijos gravemente afectados de incapacidades, así como agradece a todas las familias que, por medio de la adopción, amparan a quienes han sido abandonados por sus padres, debido a formas de minusvalidez o enfermedades.

(Juan Pablo II Encíclica Evangelium Vitae)


Juan Pablo II : el delito abominable del aborto (2 de 3)



60. Algunos intentan justificar el aborto sosteniendo que el fruto de la concepción, al menos hasta un cierto número de días, no puede ser todavía considerado una vida humana personal. En realidad, « desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de siempre... la genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese viviente: una persona, un individuo con sus características ya bien determinadas. Con la fecundación inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar ».57 Aunque la presencia de un alma espiritual no puede deducirse de la observación de ningún dato experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el embrión humano ofrecen « una indicación preciosa para discernir racionalmente una presencia personal desde este primer surgir de la vida humana: ¿cómo un individuo humano podría no ser persona humana? ».58
Por lo demás, está en juego algo tan importante que, desde el punto de vista de la obligación moral, bastaría la sola probabilidad de encontrarse ante una persona para justificar la más rotunda prohibición de cualquier intervención destinada a eliminar un embrión humano. Precisamente por esto, más allá de los debates científicos y de las mismas afirmaciones filosóficas en las que el Magisterio no se ha comprometido expresamente, la Iglesia siempre ha enseñado, y sigue enseñando, que al fruto de la generación humana, desde el primer momento de su existencia, se ha de garantizar el respeto incondicional que moralmente se le debe al ser humano en su totalidad y unidad corporal y espiritual: « El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida ».59
61. Los textos de la Sagrada Escritura, que nunca hablan del aborto voluntario y, por tanto, no contienen condenas directas y específicas al respecto, presentan de tal modo al ser humano en el seno materno, que exigen lógicamente que se extienda también a este caso el mandamiento divino « no matarás ».
La vida humana es sagrada e inviolable en cada momento de su existencia, también en el inicial que precede al nacimiento. El hombre, desde el seno materno, pertenece a Dios que lo escruta y conoce todo, que lo forma y lo plasma con sus manos, que lo ve mientras es todavía un pequeño embrión informe y que en él entrevé el adulto de mañana, cuyos días están contados y cuya vocación está ya escrita en el « libro de la vida » (cf. Sal 139 138, 1. 13-16). Incluso cuando está todavía en el seno materno, —como testimonian numerosos textos bíblicos 60— el hombre es término personalísimo de la amorosa y paterna providencia divina.
La Tradición cristiana —como bien señala la Declaración emitida al respecto por la Congregación para la Doctrina de la Fe 61— es clara y unánime, desde los orígenes hasta nuestros días, en considerar el aborto como desorden moral particularmente grave. Desde que entró en contacto con el mundo greco-romano, en el que estaba difundida la práctica del aborto y del infanticidio, la primera comunidad cristiana se opuso radicalmente, con su doctrina y praxis, a las costumbres difundidas en aquella sociedad, como bien demuestra la ya citada Didaché. 62 Entre los escritores eclesiásticos del área griega, Atenágoras recuerda que los cristianos consideran como homicidas a las mujeres que recurren a medicinas abortivas, porque los niños, aun estando en el seno de la madre, son ya « objeto, por ende, de la providencia de Dios ».63 Entre los latinos, Tertuliano afirma: « Es un homicidio anticipado impedir el nacimiento; poco importa que se suprima el alma ya nacida o que se la haga desaparecer en el nacimiento. Es ya un hombre aquél que lo será ».64
A lo largo de su historia bimilenaria, esta misma doctrina ha sido enseñada constantemente por los Padres de la Iglesia, por sus Pastores y Doctores. Incluso las discusiones de carácter científico y filosófico sobre el momento preciso de la infusión del alma espiritual, nunca han provocado la mínima duda sobre la condena moral del aborto.

(Juan Pablo II Encíclica Evangelium Vitae)


Juan Pablo II : el delito abominable del aborto (1 de 3)




58. Entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra la vida, el aborto procurado presenta características que lo hacen particularmente grave e ignominioso. El Concilio Vaticano II lo define, junto con el infanticidio, como « crímenes nefandos ».54
Hoy, sin embargo, la percepción de su gravedad se ha ido debilitando progresivamente en la conciencia de muchos. La aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Ante una situación tan grave, se requiere más que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño. A este propósito resuena categórico el reproche del Profeta: « ¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal!; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad » (Is 5, 20). Precisamente en el caso del aborto se percibe la difusión de una terminología ambigua, como la de « interrupción del embarazo », que tiende a ocultar su verdadera naturaleza y a atenuar su gravedad en la opinión pública. Quizás este mismo fenómeno lingüístico sea síntoma de un malestar de las conciencias. Pero ninguna palabra puede cambiar la realidad de las cosas: el aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento.
La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se consideran las circunstancias específicas que lo cualifican. Quien se elimina es un ser humano que comienza a vivir, es decir, lo más inocente en absoluto que se pueda imaginar: ¡jamás podrá ser considerado un agresor, y menos aún un agresor injusto! Es débil, inerme, hasta el punto de estar privado incluso de aquella mínima forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los gemidos y del llanto del recién nacido. Se halla totalmente confiado a la protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno. Sin embargo, a veces, es precisamente ella, la madre, quien decide y pide su eliminación, e incluso la procura.
Es cierto que en muchas ocasiones la opción del aborto tiene para la madre un carácter dramático y doloroso, en cuanto que la decisión de deshacerse del fruto de la concepción no se toma por razones puramente egoístas o de conveniencia, sino porque se quisieran preservar algunos bienes importantes, como la propia salud o un nivel de vida digno para los demás miembros de la familia. A veces se temen para el que ha de nacer tales condiciones de existencia que hacen pensar que para él lo mejor sería no nacer. Sin embargo, estas y otras razones semejantes, aun siendo graves y dramáticas, jamás pueden justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente.
59. En la decisión sobre la muerte del niño aún no nacido, además de la madre, intervienen con frecuencia otras personas. Ante todo, puede ser culpable el padre del niño, no sólo cuando induce expresamente a la mujer al aborto, sino también cuando favorece de modo indirecto esta decisión suya al dejarla sola ante los problemas del embarazo: 55 de esta forma se hiere mortalmente a la familia y se profana su naturaleza de comunidad de amor y su vocación de ser « santuario de la vida ». No se pueden olvidar las presiones que a veces provienen de un contexto más amplio de familiares y amigos. No raramente la mujer está sometida a presiones tan fuertes que se siente psicológicamente obligada a ceder al aborto: no hay duda de que en este caso la responsabilidad moral afecta particularmente a quienes directa o indirectamente la han forzado a abortar. También son responsables los médicos y el personal sanitario cuando ponen al servicio de la muerte la competencia adquirida para promover la vida.
Pero la responsabilidad implica también a los legisladores que han promovido y aprobado leyes que amparan el aborto y, en la medida en que haya dependido de ellos, los administradores de las estructuras sanitarias utilizadas para practicar abortos. Una responsabilidad general no menos grave afecta tanto a los que han favorecido la difusión de una mentalidad de permisivismo sexual y de menosprecio de la maternidad, como a quienes debieron haber asegurado —y no lo han hecho— políticas familiares y sociales válidas en apoyo de las familias, especialmente de las numerosas o con particulares dificultades económicas y educativas. Finalmente, no se puede minimizar el entramado de complicidades que llega a abarcar incluso a instituciones internacionales, fundaciones y asociaciones que luchan sistemáticamente por la legalización y la difusión del aborto en el mundo. En este sentido, el aborto va más allá de la responsabilidad de las personas concretas y del daño que se les provoca, asumiendo una dimensión fuertemente social: es una herida gravísima causada a la sociedad y a su cultura por quienes deberían ser sus constructores y defensores. Como he escrito en mi Carta a las Familias« nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización ».56 Estamos ante lo que puede definirse como una « estructura de pecado » contra la vida humana aún no nacida.

(Juan Pablo II Encíclica Evangelium Vitae)

 


viernes, 6 de julio de 2018

Bioética del Vaticano II a Juan Pablo II – Prof. Gonzalo Miranda (5 de 5)



La defensa firme y apasionada de la vida humana

Finalmente podemos afirmar que la enciclica tantas veces citada, Evangelium Vitae - una enciclica toda enteramente dedicada a la promoción de la cultura de la vida contra el avance de la cultura de la muerte - ha sido y seguirá siéndolo en el futuro un verdadero mapa y un fuerte aliento para todos aquellos que quieren comprender, amar y defender la vida humana y la dignidad de cada ser humano, sin discriminación alguna.

Solo deseo subrayar aqui como, entre los argumentos tan ricos articulados a favor de la vida humana en toda circunstancia, hay tres momentos en los cuales Juan Pablo II se pronunció en tono solemne, muy similar a  tratos propios de la definición ex catedra.

"con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos —que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina—, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. 73
con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos —que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina—, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. 73
de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores 81 y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. 82"

miércoles, 4 de julio de 2018

Bioética del Vaticano II a Juan Pablo II – Prof. Gonzalo Miranda (4 de 5)


La recuperación de la dignidad ontológica de la persona humana

La visión antropológica presentada por Juan Pablo II, a partir de la tradición  milenaria del Occidente cristiano,  y renovada con su singular capacidad intuitiva y con el vigor que nacía de su profundo amor al hombre, ofrece una plataforma solida para la construcción de una bioetica que no discrimina a los mas débiles, sino que promueve,  en cambio,  el respeto de cada individuo humano.

Me parece muy significativo que su primer Encíclica fuera dedicada a Cristo en cuanto a Redentor del hombre, Redemptor Hominis.  En ese texto afirmo con fuerza que "el hombre (...) es el primor y fundamental camino de la Iglesia".  El hombre debería ser - debe ser - también el primer y fundamental camino  de la bioética.

Juan Pablo II subrayaba también que todo hombre goza de una dignidad sublime; tanto desde el punto de vita de la comprensión racional pero ante todo a la luz de la revelación cristiana, tal como se lee en el texto de Gaudium et Spes, por el citado:

"El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado."

En sus escritos y discursos plasma a menudo una bellisima y profunda afirmación de la misma Gaudium et Spes, cuando habla del hombre como "la única criatura que Dios ha amado por si misma."   El Papa la menciono al menos en diecisiete veces. 

En la antropología cristiana desarrollada y vuelva a proponer por Juan Pablo II no hay lugar para una visión dualista que degrada la corporeidad a un mero instrumento y a la persona humana en mero fenómeno de conciencia. Para el Papa Wojtyla  la corporeidad no es un aspecto marginal, ni un peso del cual desconectarse lo mas pronto posible. El Evangelio de la vida afirma la unidad indivisible de persona, vida y corporeidad. De esta manera no puede justificarse atentado alguno contra la vida o contra la integridad física de un ser humano.

Para el cristiano, asi lo recordaba el Papa, la vida humana es siempre un "ien". Y afirma que el valor de la vida humana es intrínseco.






martes, 3 de julio de 2018

Bioética del Vaticano II a Juan Pablo II – Prof. Gonzalo Miranda (3 de 5)


El coraje en la búsqueda de la verdad

Quizás una de las contribuciones mas importantes del Pontífice en relación a la bioetica fue la de haber invitado a todos a recuperar la confianza en la razón humana y el coraje de buscar la verdad.  Y fue absolutamente claro para los bioeticistas la invitación que les dirigiera Juan Pablo II a los filósofos en su Enciclica Fides et Ratio,  "tener la valentía de recuperar, siguiendo la tradición filosófica perennemente válida, las dimensiones de autentica sabiduría y de verdad, incluso metafísica, del pensamiento filosófico. 

En su discurso dirigido a los jóvenes reunidos en el estadio de Denver (1993) el Papa subrayo aquella recuperación de la confianza en la capacidad de reconocer la verdad como uno de los problemas mas agudos de la cultura moderna y de la juventud actual.

Otra contribución importante del Papa Juan Pablo  II fueron, sin dudas,  las profundas reflexiones articuladas en la Enciclica Veritatis Splendor.  La única manera de evitar que la bioetica no se reduzca solamente a una oficina de permisos denunciado por Newhaus, es recuperar el coraje de buscar la verdad moral de nuestras acciones, también en el campo biomedico,  también cuando están en juego nuestros deseos e intereses personales, económicos o políticos. 



viernes, 29 de junio de 2018

Bioética del Vaticano II a Juan Pablo II – Prof. Gonzalo Miranda (2 de 5)



La importancia de la bioética

 

Durante los largos años de su pontificado el Papa Juan Pablo II no ha sido nada indiferente al desarrollo de la bioética.

La primera vez que utilizo expresamente el término “bioética” fue en 1986 en un discurso dirigido al cuerpo académico de la Universidad católica de Lyon y utilizo ese término en 23 documentos de su pontificado. Pero, naturalmente son muchísimas las referencias hechas a esta temática sin recurrir explícitamente al vocablo.

En la encíclica EvangeliumVitae   Señalo el nacimiento y el desarrollo de la bioética entre los “signos positivos” de la cultural actual, e invito a centros y comités de bioética a brindar la contribución apropiada para la difusión de una verdadera cultura de la vida.
En la Exhortación Apostólica Christifidelis Laici Exhortaba a los fieles laicos, dedicados por diferentes motivos y en los diversos niveles en el campo de la ciencia y de la técnica, como así también en el ámbito medico, social legislativo y económico, a aceptar valientemente los “desafíos” presentados por los nuevos problemas de la bioética.

En la Exhortación Vita Consacrata  señalo, entre los deberes de las personas consagradas el de “dedicarse a la humanización de la medicina y a la profundización de la bioética, al servicio del Evangelio de la vida.”

 

La institución, en 1994, de la Pontificia Academia por la vida, fue una señal clara de su preocupación en este campo.  En el Motu Proprio Vitae Mysterium   , con el cual instituyo la Academia escribió que “todos los agentes sanitarios deben formarse adecuadametne en el campo de la moral y en el de la bioética”.

En un discurso dirigido a los participantes del IIICongreso Mundial de movimientos en favor de la vida subrayo que “es necesaria(…) la formación en el importante campo de la bioética, destinada, sobre todo a los agentes sanitarios, pero también a todos los ciudadanos.” 

Bioética del Vaticano II a Juan Pablo II – Prof. Gonzalo Miranda (1 de 5 - Introducción)


Cuando Juan Pablo fue electo al pontificado,  la bioética tenía tan solo ocho años de vida. La reflexión ética acerca de comportamientos médicos, sin embargo, era ya antigua -  dos mil quinientos años- ; y la Iglesia católica venía desarrollando sus reflexiones desde hacía dos mil años.

En los años de su largo pontificado, el Papa Wojtyla debió afrontar un humus cultural complejo y efímero; acepto el desafío de las nuevas posibilidades y de los nuevos problemas que surgían en el campo de la biomedicina y estudiados por la bioética y ofreció contribuciones especificas; sobre todo para los creyentes, pero no tan solo para ellos.

En este aspecto, como en todos los sectores de su magisterio,  extraía la savia de su pensamiento de las antiguas raíces de la tradición de la Iglesia. Sus enseñanzas se vieron inspiradas, sobre todo, en el  tesoro del Concilio Ecuménico Vaticano II.

De hecho, ya en el primer discurso a los cardenales, el día siguiente de su elección al pontificado, subrayo fuertemente, programáticamente, sus vínculos con el Concilio: «Antes que nada deseamos insistir sobre la permanente importancia del Concilio Ecuménico Vaticano II, que es para nosotros un compromiso formal de cumplir con la debida ejecución».


Apenas un mes más tarde, menciono por primera vez un rema relativo a la bioética, felicitando a la Unión de Juristas CatólicosItalianos porque no habían cedido a las «lisonjas y tentaciones de una mal entendida autonomía, al proponer y defender los principios de la ética natural y cristiana, que rigen la institución matrimonial, y al afirmar asimismo, en la práctica y en la ley, la inviolabilidad y la sacralidad de la vida humana desde la concepción.» y es además significativo que, en el mismo discurso, hiciera referencia explícita a dos textos del Concilio para proponer una de las consideraciones centrales de su reflexión. Decía: « al servicio del hombre; la Iglesia está fundada por Cristo para la salvación del hombre (cf. Lumen gentium, 48: Gaudium et spes. 45).»

De aquella primera breve consideración, hasta el fin de su pontificado las intervenciones específicas de Juan Pablo II acerca de las temáticas relativas a la bioética y al respeto de la vida en general fueron innumerables, articulándose en temáticas varias y complejas, guiando sus reflexiones y enseñanzas el patrimonio del Concilio Vaticano II. Son pocas, sin embargo,  las referencias directas al texto conciliar, porque no abundan las temáticas de bioética (las hallamos sobre todo en Gaudium et Spes, números 27 a 50-53. Las líneas de fondo, sin embargo, sobre todo sobre el fundamento de la dignidad del ser humano, se hallan radicadas profundamente en la doctrina conciliar.


No es posible, y menos aun plausible, pretender recopilar aquí sus enseñanzas sobre las temáticas especificas afrontadas por él. Me parece muy interesante,  sin embargo,  intentar trazar algunas líneas de fondo acerca de la riqueza de sus enseñanzas en la materia.


jueves, 14 de junio de 2018

« No matarás »




“El mandamiento relativo al carácter inviolable de la vida humana ocupa el centro de las « diez palabras » de la alianza del Sinaí (cf. Ex 34, 28). Prohíbe, ante todo, el homicidio: « No matarás » (Ex 20, 13); « No quites la vida al inocente y justo » (Ex 23, 7); pero también condena —como se explicita en la legislación posterior de Israel— cualquier daño causado a otro (cf. Ex 21, 12-27). Ciertamente, se debe reconocer que en el Antiguo Testamento esta sensibilidad por el valor de la vida, aunque ya muy marcada, no alcanza todavía la delicadeza del Sermón de la Montaña, como se puede ver en algunos aspectos de la legislación entonces vigente, que establecía penas corporales no leves e incluso la pena de muerte. Pero el mensaje global, que corresponde al Nuevo Testamento llevar a perfección, es una fuerte llamada a respetar el carácter inviolable de la vida física y la integridad personal, y tiene su culmen en el mandamiento positivo que obliga a hacerse cargo del prójimo como de sí mismo: « Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (Lv 19, 18).
41. El mandamiento « no matarás », incluido y profundizado en el precepto positivo del amor al prójimo, es confirmado por el Señor Jesús en toda su validez. Al joven rico que le pregunta: « Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna? », responde: « Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos » (Mt 19, 16.17). Y cita, como primero, el « no matarás » (v. 18). En el Sermón de la Montaña, Jesús exige de los discípulos una justicia superior a la de los escribas y fariseos también en el campo del respeto a la vida: « Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal » (Mt 5, 21-22).
Jesús explicita posteriormente con su palabra y sus obras las exigencias positivas del mandamiento sobre el carácter inviolable de la vida. Estas estaban ya presentes en el Antiguo Testamento, cuya legislación se preocupaba de garantizar y salvaguardar a las personas en situaciones de vida débil y amenazada: el extranjero, la viuda, el huérfano, el enfermo, el pobre en general, la vida misma antes del nacimiento (cf. Ex 21, 22; 22, 20-26). Con Jesús estas exigencias positivas adquieren vigor e impulso nuevos y se manifiestan en toda su amplitud y profundidad: van desde cuidar la vida del hermano (familiar, perteneciente al mismo pueblo, extranjero que vive en la tierra de Israel), a hacerse cargo del forastero, hasta amar al enemigo.
No existe el forastero para quien debe hacerse prójimo del necesitado, incluso asumiendo la responsabilidad de su vida, como enseña de modo elocuente e incisivo la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37). También el enemigo deja de serlo para quien está obligado a amarlo (cf. Mt 5, 38-48; Lc 6, 27-35) y « hacerle el bien » (cf. Lc 6, 27.33.35), socorriendo las necesidades de su vida con prontitud y sentido de gratuidad (cf. Lc 6, 34-35). Culmen de este amor es la oración por el enemigo, mediante la cual sintonizamos con el amor providente de Dios: « Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos » (Mt 5, 44-45; cf. Lc 6, 28.35).
De este modo, el mandamiento de Dios para salvaguardar la vida del hombre tiene su aspecto más profundo en la exigencia de veneración y amor hacia cada persona y su vida. Esta es la enseñanza que el apóstol Pablo, haciéndose eco de la palabra de Jesús (cf. Mt 19, 17-18), dirige a los cristianos de Roma: « En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud » (Rm 13, 9-10).”

(de la Carta Enciclica Evangelium Vitae de Juan Pablo II)