Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 21 de marzo de 2025

Comprender para creer


 El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no sólo el lenguaje y la formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos el crecimiento y la maduración personal implican que estas mismas verdades puedan ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad crítica del pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades sean « recuperadas » sobre la base de la experiencia llevada que se ha tenido o en virtud de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal. En efecto, ¿quién sería capaz de discutir críticamente los innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa la vida moderna? ¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de informaciones que día a día se reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan en línea de máxima como verdaderas? Finalmente, ¿quién podría reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han acumulado los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la humanidad? El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquél que vive de creencias.

Cada uno, al creer, confía en los conocimientos adquiridos por otras personas. En ello se puede percibir una tensión significativa: por una parte el conocimiento a través de una creencia parece una forma imperfecta de conocimiento, que debe perfeccionarse progresivamente mediante la evidencia lograda personalmente; por otra, la creencia con frecuencia resulta más rica desde el punto de vista humano que la simple evidencia, porque incluye una relación interpersonal y pone en juego no sólo las posibilidades cognoscitivas, sino también la capacidad más radical de confiar en otras personas, entrando así en una relación más estable e íntima con ellas.

Se ha de destacar que las verdades buscadas en esta relación interpersonal no pertenecen primariamente al orden fáctico o filosófico. Lo que se pretende, más que nada, es la verdad misma de la persona: lo que ella es y lo que manifiesta de su propio interior. En efecto, la perfección del hombre no está en la mera adquisición del conocimiento abstracto de la verdad, sino que consiste también en una relación viva de entrega y fidelidad hacia el otro. En esta fidelidad que sabe darse, el hombre encuentra plena certeza y seguridad. Al mismo tiempo, el conocimiento por creencia, que se funda sobre la confianza interpersonal, está en relación con la verdad: el hombre, creyendo, confía en la verdad que el otro le manifiesta.

¡Cuántos ejemplos se podrían poner para ilustrar este dato! Pienso ante todo en el testimonio de los mártires. El mártir, en efecto, es el testigo más auténtico de la verdad sobre la existencia. Él sabe que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podrá arrebatarle jamás esta certeza. Ni el sufrimiento ni la muerte violenta lo harán apartar de la adhesión a la verdad que ha descubierto en su encuentro con Cristo. Por eso el testimonio de los mártires atrae, es aceptado, escuchado y seguido hasta en nuestros días. Ésta es la razón por la cual nos fiamos de su palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de largas argumentaciones para convencer, desde el momento en que habla a cada uno de lo que él ya percibe en su interior como verdadero y buscado desde tanto tiempo. En definitiva, el mártir suscita en nosotros una gran confianza, porque dice lo que nosotros ya sentimos y hace evidente lo que también quisiéramos tener la fuerza de expresar.

 

jueves, 11 de abril de 2024

Las tres encíclicas antropológicas de Juan Pablo II – Vademecum de la Pontificia Universidad Catolica de Chile

 


En un magnífico trabajo la Pontificia Universidad Católica de Chile ha compendiado extensamente un detallado VADEMECUM  con definiciones extraídas de las tres “encíclicas antropológicas”  (clasificadas por el Cardenal Ratzinger “las tres grandes encíclicas enlas que la temática antropológica se desarrolla bajo diversos aspectos”

Presentando el trabajo con este Prólogo:  

Comentando las catorce encíclicas escritas por el Papa Juan Pablo II a lo largo de su extenso pontificado, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, proponía un intento de clasificación de estos documentos tan importantes, diciendo que se pueden agrupar en encíclicas trinitarias (Redemptor hominis, Dives in misericordia y Dominum et vivificantem), sociales (Laborem excercens, Sollicitudo rei socialis, Centesimus annus), eclesiológicas (Slavorum apostoli, Redemptoris missio y Ult unum sint, a la que habría que sumar Ecclesia de Eucharistia y también Redemptoris mater) y por último, decía el Cardenal Ratzinger: "tenemos tres grandes textos doctrinales que pueden situarse en el ámbito antropológico: Veritatis splendor (1993), Evangelium vitae (1995) y Fides et ratio (1998)" (1).

Recogiendo esta propuesta de clasificación, hemos querido presentar la así llamada "enseñanza antropólogica" de Juan Pablo II contenida en estas tres encíclicas antes señaladas, haciéndola más accesible a todo aquel que quiera profundizar en el Magisterio de este Gran Papa. Y está es la razón de ser del trabajo (= libro, volumen, vademécum...) que ahora ponemos en tus manosSe trata de un instrumento bibliográfico elaborado a manera de vademécum, es decir, como un libro de consulta donde, de manera rápida y muy sencilla puedes encontrar los textos de Juan Pablo II en las encíclicas que el Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, ha denominado "antropológicas" y que contienen los temas y aspectos más importantes que el Papa Wojtyla desarrolló sobre el ser humano, su dignidad y vocación, y con todo aquello que se relacione con su realización plena.

Hemos elegido los temas más relevantes del magisterio de Juan Pablo II que tienen que ver directamente con el hombre, limitándonos a los documentos ya indicados por la propuesta de Ratzinger. Estos temas aparecen ordenados por orden alfabético, para hacer más fácil su búsqueda y posterior consulta. Así, en cada tema, (indicado por la respectiva voz o palabra) se recoge el contenido que sobre el particular ha explicado el Papa Juan Pablo II en cada una de las encíclicas "antropológicas". Como podrás apreciar, cuestiones perennes como el amor, la santidad, el pecado, la redención y otras, aparecen desarrolladas junto con otras temáticas muy actuales, como por ejemplo el aborto, la mujer, el relativismo, el cientificismo y muchos puntos sumamente importantes. Siendo nuestra fuente las referidas encíclicas pontificias —y por tanto documentos pastorales, no tratados sistemáticos—, es hasta cierto punto inevitable que dos temas distintos se hallen dentro de un mismo párrafo, y por lo tanto, que se repitan algunos textos en dos voces o palabras distintas. Optamos por esta repetición para dar una presentación más completa y clara de la enseñanza de Juan Pablo II en cada tema propuesto.

Al elaborar este vademécum, y a medida que iba concretándose, surgía en nuestro interior la impresión de escuchar a Juan Pablo II hablándonos las mismas cosas que a lo largo de sus más de veinticinco años de pontificado (1978 — 2005) nos había enseñado. Y ésta es también nuestra más profunda expectativa. Nos ilusiona mucho pensar que cuando leas o consultes estas páginas, tú también puedas escuchar en tu interior la poderosa voz de Juan Pablo II proclamando la verdad sobre Jesús, la verdad sobre la Iglesia y, de manera muy especial, la verdad sobre el hombre, y que, como nosotros, oigas nuevamente al Papa Wojtyla quien, a través de su magisterio, sigue diciéndole al mundo aquello que proclamó en el Jubileo de la Redención de 1984: 

"¡Vale la pena ser hombre, porque tú, Jesucristo, te has hecho hombre!".

jueves, 7 de septiembre de 2023

Que relación existe entre la verdad y la política - Rocco Buttiglione

 

¿Qué relación existe entre la verdad y la política? 

¿Puede considerarse conforma a verdad una decisión tomada por la mayoría de las parlamentarios? Juan Pablo II trata de este argumento en el n. 89 de la Fides et Ratio, donde denuncia:  «En particular se ha ido afirmando un concepto de democracia que no contempla la referencia a fundamentos de orden axiológico y por tanto inmutables. La admisibilidad o no de un determinado comportamiento se decide con el voto de la mayoría parlamentaria. 105 Las consecuencias de semejante planteamiento son evidentes: las grandes decisiones morales del hombre se subordinan, de hecho, a las deliberaciones tomadas cada vez por los órganos institucionales. Más aún, la misma antropología está fuertemente condicionada por una visión unidimensional del ser humano, ajena a los grandes dilemas éticos y a los análisis existenciales sobre el sentido del sufrimiento y del sacrificio, de la vida y de la muerte.»

Sobre esta cuestión se expresa Rocco Buttiglione, Político y filosofo. Profesor de Ciencias políticas Universidad Libre San Pío V de Roma.

 


En un sistema democrático, la ley la hacen los representantes del pueblo ¿Quién sino el pueblo, puede ser juez de aquello que debe ser considerado bueno o malo dentro de un pais o estado? La voluntad del pueblo indica lo que debe tener valor de ley, cuales son los comportamientos a ser castigados o premiados. De este estado de cosas muchos teóricos de la democracia infieren que no es la voluntad de Dios sobre la naturaleza de las cosas que hace las leyes, sino la voluntad de los hombres, la voluntad del pueblo soberano. Obviamente los creyentes (y no solamente los creyentes, sino también muchos hombres de solidas convicciones morales) nunca han podido aceptar este relativismo. ¿Es realmente el relativismo ético esa filosofía que necesita la democracia? Al Papa Juan Pablo II  le parece que no, busquemos entonces el porque.  Para entrar en la lógica del razonamiento del Papa es necesario hacer una distinción básica: una cosa es la verdad y otra es aquello que es reconocido como verdad dentro de una comunidad política.  La verdad no depende de la voluntad del pueblo sino de la naturaleza de las cosas. Esto surge con claridad de la estructura de la argumentación política. Cuando los políticos discuten entre ellos en el Parlamento no debaten tratando de adivinar que piensa la mayoría, sino que, ante todo, discuten sobre que seria lo mas justo y oportuno respecto al tema mismo sobre el cual se debe deliberar y tratan de convencer uno a otro del debido respeto a la naturaleza del tema.

 Naturalmente, la discusión no puede continuar indefinidamente y el voto (por mayoría) pone termino provisorio al debate. El voto por mayoría no decide sobre la verdad en si, sino de lo que será considerado como verdadero en aquella comunidad nacional. En este sentido, el Parlamento funciona como una especie de conciencia colectiva de la nación. Como la conciencia individual no constituye la versad pero la reconoce, de la misma manera la conciencia colectiva de la nación reconoce la verdad pero no la crea.  Quien compone  la minoría no necesariamente esta equivocado y tiene el derecho de volver a someter el resultado en la primera ocasión que se presente, quizás utilizando los resultados negativos que aquella ley hubiese producido. En la democracia, no hay resultados definitivos: toda ley errónea puede ser cambiada, y puede ser cambiada toda ley buena. Siempre está abierto el camino para anular leyes malas y siempre es necesario mantener la guardia para defender las leyes buenas.  Esta visión contradice otra visión, relativista y además potencialmente totalitaria de las democracia. Se trata de la tesis según la cual la mayoría decide sobre la verdad en si, y la minoría no tiene el derecho de disentir o de volver a poner en discusión la ley mala (que no merece ser ley y debe ser revocada).  Naturalmente existe el deber de obedecer  también leyes injustas porque si no el bien superior de la paz civil se haria trizas. Este deber de obediencia siempre tiene un limite. Ninguna ley puede imponer el deber de hacer un mal directamente. En tal caso la ley debe proveer el derecho a la objeción de conciencia. La conciencia colectiva del Estado no puede prevalecer sobre la conciencia dela persona, obligándola a hacer aquello que esta considera un mal. Precisamente el instituto de objeción de conciencia muestra que la conciencia colectiva del Estado no constituye la verdad sino que es solamente un órgano para su conciencia. 

En otras palabras: el pueblo soberano no hace la verdad, la reconoce. La soberanía del pueblo no significa que el pueblo sea infalible. El pueblo puede equivocarse y de hecho a veces se equivoca. ¿Qué quiere decir “soberano”? Soberano solo quiere decir que no existe una autoridad superior que pueda reformar la decisión del pueblo. Contra una decisión errónea del pueblo es necesario convocar nuevamente al pueblo. Cuenta una historia de tiempos antiguos que una vez un macedonio recurrió al rey Felipe para solicitar justicias. El rey Felipe estaba ebrio y rechazo hacer justicia. Entonces el macedonio le dijo “… y  yo recurro a la apelación”. Felipe indignado le dijo “a quien apelaras? Yo soy el rey, no hay una autoridad mayor que la mia”. Y el macedonio: “apelare a Felipe, pero sobrio”. También el pueblo a veces se embriaga y entonces es necesario trabajar pacientemente para que se interrumpa la intoxicación y vuelva la razón”.

 

 

lunes, 22 de agosto de 2022

Fides et Ratio – Breve historia de la Encìclica por el Cardenal Tarcisio Bertone

 


La relación entre fe-religión y verdad-libertad ha estado siempre en el corazón del Papa Juan Pablo II. Karol Wojtyla, como profesor de filosofía y antropología, se interesó siempre por las corrientes filosóficas contemporáneas y, ya de Papa, le gustaba organizar en Castelgandolfo, durante el descanso estival, reuniones con profesores e intelectuales de procedencia diversa. En 1986, conocedor de que muchas modas culturales andaban difundiendo la idea de la incapacidad de la razón para conocer ola verdad, el Papa redacto un proyecto de documento sobre ese tema, de unas diez páginas.

Al poco tiempo, sin embargo, surgieron en el panorama mundial otra serie de problemas morales de fondo (la existencia de la verdad moral, la posibilidad de definir objetivamente el bien y el mal – el intrinsece malum – etc) como una cadena de problemas morales concretos, individuales o en categorías, entre ellos los referentes a la bioética. El Papa prefirió dar prioridad a una encilica que afrontase estas “emergencias doctrinales y morales”, y publico en 1993, la Veritatis Splendor. 

Peor no quiso dejar de lado el tema fe y razón. Se envio el documento inicial redactado por el Papa (el pro-memoria) a un ilustre experto, el profesor belga André Mutien Leonard, para la elaboración orgánica de un proyecto. Pero este fue nombrado Obispo de Namur en 1991. Asi que el texto pasó al jesuita Peter Henrici, de la Pontifica Universidad Gregoriana, para que realizase un primer esbozo de encíclica. Así lo  hizo, pero también el fue nombrado en 1993, Obispo auxiliar de Coira, Suiza, y no pudo continuar con el encargo.

De cualquier manera, un primer texto orgánico pudo ser presentado en 1995 durante la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, compuesta por Cardenales y Obispos exponentes de la cultura internacional (como Ratzinger, Lehmann, Eyt, Biffi , Tettamanzi, Connell, Pell, Cañizares, etc) Con las observaciones de los presentes, y gracias a la ayuda determinante de expertos consultores, se realizó una nueva redacción que se envió al Santo Padre el 18 de junio de 1996. El Papa se llevó el texto durante las vacaciones al valle de Aosta, en julio de 1996. Lo estudió con dos amigos polacos, el Profesor Tadeusz Styczen y Mons. Józef Zyciński. A su vuelta a Roma envió el texto con 80 páginas de observaciones, a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Durante aquel tiempo la encíclica fue enviada, para un ulterior examen,  a media docena de filósofos eclesiásticos y laicos que a su vez realizaron nuevas sugerencias,  fue reelaborada y de nuevo enviada al Santo Padre, y contextualmente, siguiendo el procedimiento, remitida para su revisión al Teólogo de la Casa Pontificia, que entonces era el Padre Georges Cottier, OP. Llegamos asi al verano de 1997, en que el Papa durante las vacaciones, se dedicó a revisar la edición del Catecismo de la Iglesia Católica 

Peor no olvidó la relectura de nuestra encíclica. Hay que recordar que mientras tanto se preparó otro documento de carácter litúrgico: la Carta Apostólica Dies Domini. Y surgió el dilema: ¿Qué publicar primero, la Fides et Ratio   o la  Dies Domini? Danó la Dies Dominique fue publicada el 31 de mayo de 1998. Durante este tiempo, el texto de la Fides et Ratio estuvo en manos del Papa y constantemente bajo su mirada; quiso enriquecerla aún mas citando en el n. 74 junto a autores antiguos, otros mas recientes: en el ámbito occidental personalidades como John Henry Newman, Antonio Rosmini, Jacques Maritain, Etienne Gilson, Edith Stein, y en el oriental estudiosos de la estatura de Vladimir S. Solov´ev, Pavel A: Florenskij, Petr J. Caadaev, Vladimir N. Lossky. EL Santo Padre aportó posteriormente retoques e integraciones, siempre de acuerdo con el Cardenal Joseph Ratzinger, al que ayudaron consultores dedicados a tan importante empresa.  Fue finalmente con fecha 14 de septiembre de 1998 cuando culminó este itinerario que, a fin de cuentas, duró más de 12 años. Durante el almuerzo con el Papa, el 6 de octubre de 1998 se acordó la presentación de la encíclica.

(texto presentado por le Cardenal Tarcisio Bertone ante el Congreso Internacional en el X aniversario de la Fides et Ratio, 16 de octubre de 2008) ´    

 

sábado, 24 de enero de 2015

“Fides et ratio” : paginas animadas por la esperanza y la confianza



“La carta encíclica Fides et Ratiopublicada en noviembre de 1998, es, sin duda alguna, un documento importante del magisterio de Juan Pablo II, y hay que leerlo como continuación de Veritatis Slendor.

 (1993) Esta última, tratando de los fundamentos de la moral y de algunas corrientes incompatibles con la moral católica, habla de un debilitamiento o incluso de una negación de la dependencia de la libertad respecto de la verdad. La encíclica reconocía ya una crisis de la verdad misma.
Fides et Ratio retoma la cuestión desde su raíz. Lo hace con mayor amplitud, refiriéndose a las fuentes bíblicas, al pensamiento de los Padres de la Iglesia, de los grandes teólogos del Medioevo, incluso de los pensadores cristianos más recientes. Al mismo tiempo, la encíclica se pregunta sobre algunas corrientes contemporáneas particularmente emblemáticas.

Fe y razón son “como las dos alas con las que el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”.  La enseñanza tradicional de la Iglesia, confirmada por el Concilio Vaticano I y por numerosas intervenciones del magisterio  moderno, insiste sobre el principio de la unidad entre la fe y la razón. Cuando esta última se ha separado de la fe, la consecuencia ha resultado desastrosa para el pensamiento humano.
La encíclica dialoga directamente con la filosofía, siendo el compromiso filosófico la búsqueda de la verdad en el ámbito del orden natural.

Desde el Concilio Vaticano I, la situación ha cambiado profundamente. Entonces la Iglesia tenía que afrontar la pretensión de un racionalismo que se proclamaba autosuficiente, con el rechazo consecuente de las verdades sobrenaturales de la fe.
Hoy, al contrario, es necesario recordar con fuerza el deseo de verdad perteneciente a la misma naturaleza del hombre, que es capaz de acceder también al conocimiento de las verdades últimas. La encíclica confirma la índole metafísica de la razón humana.
La encíclica analiza con atención diferentes formas de la crisis, que puede definirse como desconfianza en la capacidad de la razón humana, o como duda sobre la pertinencia de la cuestión del sentido mismo.

Propone algunas vías de investigación positivas sea para la filosofía que para la teología. Un viento de esperanza y de confianza anima estas páginas, en las que la fe se convierte en “abogado convencido y convincente de la razón”.

Fides et Ratio no ha perdido nada de su actualidad. Aún hoy tiene que ser objeto de nuestra reflexión.

(Cardenal Georges Cottier, OP, "Totus Tuus" nr. 3 2010) 

jueves, 22 de enero de 2015

Maria puerto seguro en la búsqueda de la sabiduría.


“Mi último pensamiento se dirige a Aquélla que la oración de la Iglesia invoca como Trono de la Sabiduría. Su misma vida es una verdadera parábola capaz de iluminar las reflexiones que he expuesto. En efecto, se puede entrever una gran correlación entre la vocación de la Santísima Virgen y la de la auténtica filosofía. Igual que la Virgen fue llamada a ofrecer toda su humanidad y femineidad a fin de que el Verbo de Dios pudiera encarnarse y hacerse uno de nosotros, así la filosofía está llamada a prestar su aportación, racional y crítica, para que la teología, como comprensión de la fe, sea fecunda y eficaz. Al igual que María, en el consentimiento dado al anuncio de Gabriel, nada perdió de su verdadera humanidad y libertad, así el pensamiento filosófico, cuando acoge el requerimiento que procede de la verdad del Evangelio, nada pierde de su autonomía, sino que siente como su búsqueda es impulsada hacia su más alta realización. Esta verdad la habían comprendido muy bien los santos monjes de la antigüedad cristiana, cuando llamaban a María « la mesa intelectual de la fe ». 132 En ella veían la imagen coherente de la verdadera filosofía y estaban convencidos de que debían philosophari in Maria.

Que el Trono de la Sabiduría sea puerto seguro para quienes hacen de su vida la búsqueda de la sabiduría. Que el camino hacia ella, último y auténtico fin de todo verdadero saber, se vea libre de cualquier obstáculo por la intercesión de Aquella que, engendrando la Verdad y conservándola en su corazón, la ha compartido con toda la humanidad para siempre.”