Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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jueves, 2 de abril de 2026

El triduo Pascual – Papa Benedicto XVI


 El Triduo pascual que  comienza con los sugestivos ritos vespertinos del Jueves santo tiene como preludio la solemne Misa Crismalque por la mañana celebra el obispo con su presbiterio y en el curso de la cual todos renuevan juntos las promesas sacerdotales pronunciadas el día de la ordenación. Es un gesto de gran valor, una ocasión muy propicia en la que los sacerdotes reafirman su fidelidad a Cristo, que los ha elegido como ministros suyos… También en la Misa Crismal se bendecirán el óleo de los enfermos y el de los catecúmenos, y se consagrará el Crisma. Con estos ritos se significa simbólicamente la plenitud del sacerdocio de Cristo y la comunión eclesial que debe animar al pueblo cristiano, reunido para el sacrificio eucarístico y vivificado en la unidad por el don del Espíritu Santo.

En la misa de la tarde, llamada in Coena Dominila Iglesia conmemora la institución de la Eucaristía, el sacerdocio ministerial y el mandamiento nuevo de la caridad, que Jesús dejó a sus discípulos. San Pablo ofrece uno de los testimonios más antiguos de lo que sucedió en el Cenáculo la víspera de la pasión del Señor. "El Señor Jesús —escribe san Pablo al inicio de los años 50, basándose en un texto que recibió del entorno del Señor mismo— en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: "Este es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía". Asimismo, después de cenar, tomó el cáliz diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía"" (1 Co 11, 23-25).

Estas palabras, llenas de misterio, manifiestan con claridad la voluntad de Cristo: bajo las especies del pan y del vino él se hace presente con su cuerpo entregado y con su sangre derramada. Es el sacrificio de la alianza nueva y definitiva, ofrecida a todos, sin distinción de raza y de cultura. Y Jesús constituye ministros de este rito sacramental, que entrega a la Iglesia como prueba suprema de su amor, a sus discípulos y a cuantos proseguirán su ministerio a lo largo de los siglos. Por tanto, el Jueves santo constituye una renovada invitación a dar gracias a Dios por el don supremo de la Eucaristía, que hay que acoger con devoción y adorar con fe viva. Por eso, la Iglesia anima, después de la celebración de la santa Misa, a velar en presencia del santísimo Sacramento, recordando la hora triste que Jesús pasó en soledad y oración en Getsemaní antes de ser arrestado y luego condenado a muerte.

Así llegamos al Viernes santo, día de la pasión y la crucifixión del Señor. Cada año, situándonos en silencio ante Jesús colgado del madero de la cruz, constatamos cuán llenas de amor están las palabras pronunciadas por él la víspera, en la última Cena: "Esta es mi sangre de la alianza, que se derrama por muchos" (cf. Mc 14, 24). Jesús quiso ofrecer su vida en sacrificio para el perdón de los pecados de la humanidad. Lo mismo que sucede ante la Eucaristía, sucede ante la pasión y muerte de Jesús en la cruz: el misterio se hace insondable para la razón. Estamos ante algo que humanamente podría parecer absurdo: un Dios que no sólo se hace hombre, con todas las necesidades del hombre; que no sólo sufre para salvar al hombre cargando sobre sí toda la tragedia de la humanidad, sino que además muere por el hombre.  La muerte de Cristo recuerda el cúmulo de dolor y de males que pesa sobre la humanidad de todos los tiempos: el peso aplastante de nuestro morir, el odio y la violencia que aún hoy ensangrientan la tierra. La pasión del Señor continúa en el sufrimiento de los hombres. Como escribe con razón Blaise Pascal, "Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo; no hay que dormir en este tiempo" (Pensamientos, 553). El Viernes santo es un día lleno de tristeza, pero al mismo tiempo es un día propicio para renovar nuestra fe, para reafirmar nuestra esperanza y la valentía de llevar cada uno nuestra cruz con humildad, confianza y abandono en Dios, seguros de su apoyo y de su victoria. La liturgia de este día canta: "O Crux, ave, spes unica", "¡Salve, oh cruz, esperanza única!".

 

Esta esperanza se alimenta en el gran silencio del Sábado santo, en espera de la resurrección de Jesús. En este día las iglesias están desnudas y no se celebran ritos litúrgicos particulares. La Iglesia vela en oración como María y junto con María, compartiendo sus mismos sentimientos de dolor y confianza en Dios. Justamente se recomienda conservar durante todo el día un clima de oración, favoreciendo la meditación y la reconciliación; se anima a los fieles a acercarse al sacramento de la Penitencia, para poder participar, realmente renovados, en las fiestas pascuales.

 

El recogimiento y el silencio del Sábado santo nos llevarán en la noche a la solemne Vigilia pascual"madre de todas las vigilias", cuando prorrumpirá en todas las iglesias y comunidades el canto de alegría por la resurrección de Cristo. Una vez más, se proclamará la victoria de la luz sobre las tinieblas, de la vida sobre la muerte, y la Iglesia se llenará de júbilo en el encuentro con su Señor. Así entraremos en el clima de la Pascua de Resurrección.

 

(...) 

 

Dispongámonos a vivir intensamente el Triduo santo, para participar cada vez más profundamente en el misterio de Cristo. En este itinerario nos acompaña la Virgen santísima, que siguió en silencio a su Hijo Jesús hasta el Calvario, participando con gran pena en su sacrificio, cooperando así al misterio de la redención y convirtiéndose en Madre de todos los creyentes (cf Jn 19, 25-27). Juntamente con ella entraremos en el Cenáculo, permaneceremos al pie de la cruz, velaremos idealmente junto a Cristo muerto aguardando con esperanza el alba del día radiante de la resurrección.

 

 (BenedictoXVI – de la audiencia general miércoles 8 de abril de 2009)

 


 

 

viernes, 18 de abril de 2025

Viernes Santo …..Jesús y nuestras cárceles externas e internas

 


Mt 25:35 “porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; 25:36 desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”.

En el Ángelus del 9 de julio del 2000 Año jubilar el Papa Juan Pablo II comunicaba con alegría que aquella mañana se había encontrado con los detenidos de la cárcel "Regina Coeli" para celebrar con ellos el jubileo. “Ha sido un momento de oración y de humanidad muy emotivo” - decía el Papa y agregaba “ Leyendo en sus ojos, he tratado de intuir los sufrimientos, los anhelos y las esperanzas de cada uno. Sabía que en ellos encontraba a Cristo, que en el Evangelio se identificó con los detenidos hasta el punto de decir: "Estuve (...) en la cárcel y vinisteis a verme" (Mt 25, 36).

 

“"Estuve (...) en la cárcel..." (Mt 25, 35-36) - Estas palabras de Cristo ….- decia el Papa en la Homilia - nos traen a la mente la imagen de Cristo que estuvo efectivamente en la cárcel. Nos parece volverlo a ver en la tarde del Jueves santo en Getsemaní: él, la inocencia personificada, escoltado como un malhechor por los esbirros del Sanedrín, capturado y llevado ante el tribunal de Anás y Caifás. Siguen las largas horas de la noche a la espera del juicio ante el tribunal romano de Pilato. El juicio tiene lugar la mañana del Viernes santo en el pretorio: Jesús está de pie ante el procurador romano, que lo interroga. Sobre su cabeza pende la demanda de condena a muerte mediante el suplicio de la cruz. Lo vemos luego atado a un palo para la flagelación. Sucesivamente es coronado de espinas... "Ecce homo", "He aquí al hombre". Pilato pronunció esas palabras, tal vez esperando que se produjera una reacción de humanidad en los presentes. La respuesta fue: "¡Crucifícalo, crucifícalo!" (Lc 23, 21). Y cuando, por fin, le quitaron las cuerdas de las manos, fue para clavarlas en la cruz.

 

[…]

 

"Estuve (...) en la cárcel, y vinisteis a verme" (Mt 25, 35-36). Pide que lo vean en vosotros, como en muchas otras personas afectadas por diversas formas de sufrimiento humano: "Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40). Se puede decir que estas palabras contienen el "programa" del jubileo en las cárceles, que hoy celebramos. Nos invitan a vivirlo como compromiso en favor de la dignidad de todos, la dignidad que brota del amor de Dios a toda persona humana.

 

[…]

 

En el centro de este jubileo está Cristo, el detenido; al mismo tiempo, está Cristo, el legislador. Él es el que establece la ley, la proclama y la consolida. Sin embargo, no lo hace con prepotencia, sino con mansedumbre y con amor. Cura lo que está enfermo, fortalece lo que está quebrado. Donde arde aún una tenue llama de bondad, la reaviva con el soplo de su amor. Proclama con fuerza el derecho, pero cura las heridas con el bálsamo de la misericordia.

 

 

"sacar de las cárceles a los presos" (Is 42, 7)…... La "cárcel" de la que el Señor viene a sacarnos es, en primer lugar, aquella en la que se encuentra encadenado el espíritu. La cárcel del espíritu es el pecado. ¡Cómo no recordar, a este respecto, aquellas profundas palabras de Jesús: "En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado"! (Jn 8, 34). Esta es la esclavitud de la que él vino en primer lugar a librarnos. En efecto, dijo: "Si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Jn 8, 31).

 

 

De esta esclavitud viene a librarnos el Espíritu de Dios. Él, que es el Don por excelencia que nos obtuvo Cristo, "viene en ayuda de nuestra flaqueza, (...) abogando por nosotros con gemidos inenarrables" (Rm 8, 26). Si seguimos sus inspiraciones, produce nuestra salvación integral, "la adopción, la redención de nuestro cuerpo" (Rm 8, 23).

 

 

Así pues, es preciso que sea él, el Espíritu de Jesucristo, quien actúe en vuestro corazón, queridos hermanos y hermanas detenidos. Es necesario que el Espíritu Santo penetre totalmente en esta cárcel en la que nos encontramos y en todas las prisiones del mundo. Cristo, el Hijo de Dios, quiso ser detenido, dejó que le ataran las manos y luego las clavaran en la cruz, precisamente para que el Espíritu pudiera llegar al corazón de todo hombre. También donde los hombres están encerrados con los cerrojos de las cárceles, según la lógica de una justicia humana, por lo demás necesaria, es preciso que sople el Espíritu de Cristo, Redentor del mundo…. “

 

miércoles, 16 de abril de 2025

Los Papas y el Triduo Pascual, el tiempo del "amor extremo" de Jesús

 


La Semana Santa, que comenzó con la celebración del Domingo de Ramos, está a punto de entrar en su fase culminante. En vísperas del Triduo Pascual revivimos, con algunas reflexiones de los Pontífices, los días centrales del año litúrgico.

El misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor es el núcleo de la Semana Santa. El Triduo Pascual comienza con la Misa en Coena Domini, celebración que recuerda la institución de la Eucaristía, la tarde del Jueves Santo. Conmemoramos a Jesús bendiciendo y partiendo el pan y repartiéndolo a los apóstoles diciendo: "Esto es mi cuerpo". La misma escena se repite con la copa: "Esta es mi sangre", dice el Hijo de Dios, quien luego dirige estas palabras a los discípulos: "Haced esto en memoria mía".

 Juan Pablo II: Jesús ama hasta el fin

La Última Cena, subraya el Papa Juan Pablo II durante la santa misa de la Cena del Señor el 12 de abril de 1979 , es "el testimonio de aquel amor con el que Cristo, Cordero de Dios, nos amó hasta el extremo".

¿Qué significa: “Los amó hasta el fin?”. Quiere decir: hasta aquel cumplimiento que debía realizarse el Viernes Santo. Ese día debía mostrar cuánto amó Dios al mundo, y cómo, en ese amor, llegó al límite extremo de la entrega de sí, es decir, hasta "dar a su Hijo unigénito" (Jn 6: dieciséis). Ese día Cristo demostró que "no hay amor más grande que este: dar la vida por los amigos".

Benedicto XVI : El gesto del lavatorio de pies

Durante la liturgia de la Misa “In Coena Domini” se recuerda el gesto del lavatorio. La tarde del Jueves Santo, la víspera de ser crucificado, Jesús lava los pies de sus discípulos. Cristo "nos lava siempre de nuevo con su palabra", recuerda el Papa Benedicto XVI durante la celebración de la Cena del Señor el 20 de marzo de 2008 :

A esto nos invita el Evangelio del lavatorio de los pies: a dejarnos lavar una y otra vez por esta agua pura, a dejarnos hacer capaces de una comunión convivencial con Dios y con los hermanos. Pero del costado de Jesús, tras el golpe de la lanza del soldado, no sólo salió agua sino también sangre (Jn 19, 34; cf. 1 Jn 5, 6. 8). Jesús no solo habló, no nos dejó solo palabras. Él se entrega. Nos lava con el poder sagrado de su sangre, es decir, con su entrega "hasta el fin", hasta la Cruz. Su palabra es más que sólo hablar; él es carne y sangre "para la vida del mundo" (Jn 6, 51).

Francisco: Jesús salva a toda la humanidad.



El Viernes Santo es el día de la Cruz, el silencio y la adoración. Es el momento de la Pasión, del amor de Dios que se acerca a todo hombre desechado por la indiferencia y el odio. Desde el Monte Palatino, el 3 de abril de 2015 , el Papa Francisco subraya que en Jesús vendido, traicionado y crucificado "vemos nuestras traiciones cotidianas y nuestras habituales infidelidades". La Cruz, añade Francisco, es "el camino hacia la Resurrección" y el Viernes Santo es el "camino hacia la Pascua de la luz".

El Viernes Santo es también el día del Via Crucis en el Coliseo. El 12 de abril de 1974 el Papa Pablo VI recordó el significado de la Pasión: Jesús es inocente pero "cargó sobre sí la suma incalculable de los pecados del mundo, de nuestros pecados". “La Cruz es la revelación del amor”.

Juan XXIII: La luz de la Pascua

El Sábado Santo es el día de confusión de los discípulos, conmocionados por la muerte de su Maestro. Jesús está en el sepulcro pero en este día de lágrimas el corazón de María está lleno de fe. La Madre de Jesús vela en la espera y en la oscuridad del Sábado Santo irrumpe la luz de la Vigilia Pascual. ¡El Señor verdaderamente ha resucitado! “De aquí - afirma el Papa Juan XXIII en el mensaje radiofónico Urbi et Orbi del 21 de abril de 1962 - se inspira no sólo el apostolado misionero, sino también la valiente defensa de los principios sobre los que se construye todo el edificio de la dignidad humana, de la civilización cristiana. ”.

Es a través de la Resurrección de Cristo que el Evangelio se difundió por el mundo, sosteniendo el impacto de las fuerzas del mal, superando dificultades de todo tipo. El mal, que tiene su cabeza en el princeps huius mundi, y los obstáculos que la debilidad humana exacerba, que multiplica los compromisos, lograron quebrar la resistencia física de innumerables criaturas frágiles entregadas al sacrificio a lo largo de los siglos. Pero eso es todo. El Evangelio supo penetrar como una semilla fecunda en el alma de los pueblos. Dominus regnavit!. Pedro, vivo en sus sucesores, sigue llevando al mundo el gran anuncio de la Resurrección.

Pío XII: Jesús está entre nosotros



La Pascua es la culminación del Triduo Pascual que termina con las Vísperas del Domingo de Resurrección. En este día después del sábado resuena el anuncio gozoso. El 10 de abril de 1955, Domingo de Pascua, el Papa Pío XII abrió su mensaje Urbi et Orbi con el anuncio del ángel en el alba de la Resurrección: “Surrexit, ha resucitado”. Cristo, afirma el Papa Pacelli, "vive entre nosotros":

¡Cristo está entre nosotros! La realidad de la vida activa de Jesús en la Iglesia brilla con una luz irresistible. Vosotros mismos sois testigos de ello. Esta Iglesia, que no puede ser fruto de designios humanos -que es precisamente la negación de los instintos desordenados y por tanto odiada por el mundo (cf. Io. 15, 18-19)- resiste, porque hay en ella Quien renueva la frescura de su vida y juventud. Es el Dios humanizado y resucitado, que se esconde en ella para reavivar perenne e íntimamente a la humanidad, comunicando su verdad, su gracia, su paz a quienes creen en Él.

Amedeo Lomonaco – de Vatican News 

 

jueves, 14 de abril de 2022

Comienzo del triduo sacro: El “amó hasta el fin”

 


(La ultima cena de Leonardo da Vinci - Wikimedia)

 “Ha llegado la "hora" de Jesús. Hora de su paso de este mundo al Padre. Comienza el triduo sacro. El misterio pascual, como cada año, se reviste de su aspecto litúrgico, comenzando por esta Misa, única durante el año, que lleva el nombre de "Cena del Señor".

Después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, "los amó hasta el fin" (Jn 13, 1). La última Cena es precisamente testimonio del amor con que Cristo, Cordero de Dios, nos ha amado hasta el fin.”

[…]

El "amó hasta el fin".

5. Por lo tanto, Jesús no dudó en arrodillarse delante de los Apóstoles para lavar sus pies. Cuando Simón Pedro se opone a ello, El le convenció para que le dejara hacer. Efectivamente, era una exigencia particular de la grandeza del momento Era necesario este lavatorio de los pies, esta purificación en orden a la comunión de la que habrían de participar desde aquel momento.

Era necesario. Cristo mismo sintió la necesidad de humillarse a los pies de sus discípulos: una humillación que nos dice tanto de El en ese momento. De ahora en adelante, distribuyéndose a Sí mismo en la comunión eucarística, ¿no se abajará continuamente al nivel de tantos corazones humanos? ¿No los servirá siempre de este modo?

"Eucaristía" significa "agradecimiento".

`"Eucaristía" significa también "servicio", el tenderse hacia el hombre: el servir a tantos corazones humanos.

"Porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho" (Jn 13, 15).

¡No podemos ser dispensadores de la Eucaristía, sino sirviendo!

Así, pues, es la última Cena. Cristo se prepara a irse a través de la muerte, y a través de la misma muerte se prepara a permanecer.

De esta forma la muerte se ha convertido en el fruto maduro del amor: nos amó "hasta el fin".

¿No bastaría aun sólo el contexto de la última Cena para dar a Jesús el "derecho" de decirnos a todos: "Este es mi precepto: que os améis unos a otros como yo os he amado"? (Jn 15, 12)

 

(Homilia de Juan Pablo II en la Misa In Cena Domini, Basílica de san Juan deLetrán 12 de abril de 1979)