Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 3 de julio de 2026

El dolor de una ruptura - Andrea Tornielli

 


Acto cismático y excomuniones latae sententiae

En ese doloroso día en el que se publica el decreto que constata la excomunión en la que incurrieron automáticamente, en el preciso momento de la imposición de manos, los dos obispos lefebvrianos, Galarreta y Fellay, y los cuatro nuevos obispos consagrados, hay quienes, con razón, señalan la abierta contradicción de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. De palabra, en sus declaraciones formales, afirma reconocer la legitimidad y la autoridad del Sucesor de Pedro, León XIV, amarlo y rezar por él. En la práctica —y los hechos siempre cuentan más que las palabras—, no se ha tenido en cuenta en absoluto su voluntad expresa, sus repetidos llamamientos, su petición de no proceder a las consagraciones cismáticas sin mandato pontificio; es más, las consagraciones cismáticas están explícitamente prohibidas por el Pontífice.

En estos días se han recordado las palabras de san Pío X, el Papa del que la Fraternidad toma su nombre, quien en 1912 decía: «¿Y cómo hay que amar al Papa? Non verbo neque lingua (no con palabras ni con la lengua, nota del editor) sed opere et veritate (sino con hechos y en la verdad, nota del editor)… para demostrar nuestro amor al Papa es necesario obedecerle. Por eso, cuando se ama al Papa, no se discute sobre lo que Él dispone o exige, ni hasta dónde debe llegar la obediencia, ni en qué cosas se debe obedecer». Se ha mencionado la paradoja de los tradicionalistas que consideran intocable el rito, pero se inventan una fórmula para suplir la falta de un elemento esencial en toda ordenación episcopal católica: el mandato del Papa.

La cuestión real, sin embargo, es otra. Y no tiene nada que ver con la misa en rito preconciliar (erróneamente denominada «misa en latín»), ya que a los fieles apegados a esa forma litúrgica todavía se les permite celebrarla en plena comunión con Pedro. El verdadero quid de la cuestión es qué es la Tradición y, sobre todo, quién debe custodiarla, haciendo crecer nuestra comprensión de la Tradición bajo la inspiración del Espíritu Santo. Si la Tradición se cristaliza en un sistema ideológico, si se arroga el derecho de juzgar un concilio presidido por dos Papas santos con la participación de tres mil obispos de todo el mundo, que promulgó documentos aprobados prácticamente por unanimidad; si se pretende que el Sucesor de Pedro y toda la Iglesia católica deban aceptar y hacer suyas las ideas teológicas de un grupo concreto, hay algo profundamente contradictorio.

Pero, sobre todo, hay algo muy alejado de la fe católica, cuyo secreto —explicaba el gran escritor Vittorio Messori, fallecido el pasado Viernes Santo, quien tanto se había esforzado por el regreso de la Fraternidad San Pío X a la plena comunión— es y sigue siendo «l’et et», no «l’aut aut». Y, por lo tanto, hay lugar en la Iglesia para los fieles apegados a la liturgia antigua; hay lugar en la Iglesia para debatir, para leer y releer los documentos e interpretarlos. Pero no para juzgar al Papa ni para desobedecerle cometiendo actos que desgarran la unidad del «Cuerpo Místico» de Cristo, que es la Iglesia; tampoco para crear una jerarquía paralela en contra de la prohibición explícita de aquel a quien Jesús dijo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

 

Fuente: Vatican News

El cisma de Lefebvre se repite 38 años después – Andrea Tornielli

 


A pesar de los generosos esfuerzos de San Pablo VI y San Juan Pablo II, la decisión de revocar la excomunión impuesta por Benedicto XVI y las facultades otorgadas por Francisco, con las consagraciones ilícitas realizadas en contra de la voluntad del Papa, la Fraternidad Sacerdotal vuelve a separarse de Roma.

 Es una historia turbulenta, marcada por generosos esfuerzos, puertas abiertas y oportunidades ofrecidas. Es una historia dolorosa, caracterizada por dos graves cismas que llevaron a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por el arzobispo Marcel Lefebvre, a separarse del Papa y de la comunión con la Iglesia de Roma al cometer el acto cismático de consagrar obispos sin el mandato pontificio y en contra de la voluntad del Vicario de Cristo. La escisión ocurrida el pasado 1 de julio tiene graves consecuencias no solo para los obispos y sacerdotes lefebvrianos, sino para todos los fieles, dado que —como se afirma en la Nota Explicativa del Dicasterio para la Doctrina de la Fe— los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal «administran ilícitamente los sacramentos, y que el sacramento de la penitencia administrado por ellos y los matrimonios asistidos por ellos son inválidos».

Durante el Concilio Vaticano II, el arzobispo francés Marcel Lefebvre, miembro de la minoría conciliar que se oponía a algunas de las reformas, firmó, no obstante, la Constitución sobre la Liturgia (Sacrosanctum Concilium) y la Declaración sobre la Libertad Religiosa (Dignitatis Humanae). Cabe recordar también que Lefebvre celebró la Misa de 1965, que contenía las primeras reformas litúrgicas, aún experimentales. Tras fundar la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X en 1970, con su propio seminario en Écône, en la diócesis suiza de Friburgo, y con el reconocimiento del obispo diocesano, François Charrière, Lefebvre se negó a celebrar según el nuevo Misal Romano y, en 1974, definió las introducidas por el último Concilio como «innovaciones destructivas para la Iglesia». «Nos negamos», declaró por escrito el 21 de noviembre de 1974, «y siempre nos hemos negado a seguir a la Roma de las tendencias neo-modernistas y neo-protestantes, que se manifestaron claramente en el Concilio Vaticano II y, posteriormente, en todas las reformas que de él se derivaron. Todas estas reformas, de hecho, han contribuido y siguen contribuyendo a la destrucción de la Iglesia…». La diócesis retiró su reconocimiento a la Fraternidad Sacerdotal, pero la Santa Sede buscó el diálogo con el arzobispo. Pablo VI instituyó una comisión para escuchar sus peticiones y, en 1975, le pidió a Lefebvre que cerrara el seminario de Écône y que no realizara nuevas ordenaciones sacerdotales. El Papa Montini le pidió tres veces al arzobispo y envió prelados de su confianza a visitar la sede de los tradicionalistas. Tras otra negativa, Marcel Lefebvre fue suspendido a divinis. Ya no podía celebrar más. Sin embargo, en agosto de ese mismo año, presidió la Misa que para entonces había sido prohibida ante diez mil fieles y cuatrocientos periodistas, obteniendo una enorme cobertura mediática. En septiembre de 1976, Lefebvre fue recibido en audiencia por el Papa en Castel Gandolfo. La conversación no llegó a buen puerto. En una conversación con el filósofo francés Jean Guitton en septiembre de 1976, quien le había pedido que hiciera «todo lo posible e imposible para evitar» un cisma, Pablo VI respondió: «Siento esto exactamente como usted. E incluso infinitamente más que usted: es la primera cruz real en los trece años transcurridos desde mi pontificado. Pero puedo decirle que he hecho todo lo posible para evitarlo». Y añadió: «No veo... cómo, de hecho, en unos meses, no nos veremos obligados a transformar esta falta de comunión en excomunión». En realidad, esto no sucederá. No pasarán meses, sino varios años, a pesar de la mano siempre extendida del Sucesor de Pedro.

 Tras la elección de Juan Pablo II, Lefebvre parece ver a Roma con otros ojos. El 18 de noviembre de 1978, el arzobispo fue recibido en audiencia y, en una carta fechada el 8 de marzo de 1980, dirigida al Papa, el prelado escribió que no tenía «ninguna duda sobre la legitimidad y validez de su elección» y que «nunca había afirmado» que la Misa posconciliar «fuera en sí misma inválida o herética». Un acuerdo para, al menos parcialmente, subsanar las diferencias y levantar las suspensiones a divinis parecía posible diez años después de aquel encuentro con Wojtyla, en abril de 1988. El cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, junto con el secretario del Dicasterio, el arzobispo Alberto Bovone, dirigió personalmente las difíciles negociaciones con el arzobispo Lefebvre y algunos de sus colaboradores durante tres días (del 11 al 13 de abril). El estímulo más significativo provino del propio Papa en vísperas del encuentro. El cardenal bávaro, con paciencia e inteligencia, logró firmar un protocolo doctrinal común con el obispo tradicionalista. El texto se finalizó en la reunión celebrada en Roma el 4 de mayo de 1988 y fue firmado por Ratzinger y Lefebvre al día siguiente. En dicho texto, el obispo y los miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X prometen «ser siempre fieles a la Iglesia Católica y al Romano Pontífice»; declaran que «aceptan la doctrina contenida en el n.º 25 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II sobre el Magisterio Eclesiástico y la debida adhesión»; y se comprometen a «adoptar una actitud positiva y a comunicarse con la Sede Apostólica, evitando toda polémica» respecto a ciertos puntos enseñados por el Concilio o relacionados con reformas posteriores de la liturgia y el derecho, que a los tradicionalistas les parecen «difíciles de conciliar con la Tradición». «Declaramos además», afirma el protocolo, «que reconocemos la validez del Sacrificio de la Misa y de los sacramentos celebrados con la intención de hacer lo que hace la Iglesia» según los ritos promulgados por Pablo VI y Juan Pablo II. El acuerdo también aborda otras cuestiones: la Fraternidad Sacerdotal debería convertirse en una Sociedad de Vida Apostólica, gozando así de plena autonomía, y por «razones prácticas y psicológicas, se considera útil la consagración de un obispo que sea miembro de la Fraternidad Sacerdotal». Todo parece estar resuelto.

El primer acto cismático

Pero de repente, en la mañana del 6 de mayo de 1988, el obispo francés interrumpió las negociaciones, reconsideró su postura e informó en privado a Ratzinger de su intención de consagrar nuevos obispos el 30 de junio. El comportamiento de Lefebvre parece haber estado motivado por la creencia de que la Santa Sede no había encontrado candidatos idóneos para el episcopado entre el clero de la Fraternidad Sacerdotal y por el temor de que el nuevo obispo procediera de fuera. Un encuentro posterior, el 24 de mayo, no llegó a buen puerto, y el 2 de junio, Lefebvre escribió a Juan Pablo II, informándole de la sorprendente decisión: él y sus seguidores esperarían «un momento más propicio para el retorno de Roma a la tradición», orando para que «la Roma de hoy, infectada por el modernismo, vuelva a ser la Roma católica». El 29 de junio, veinticuatro horas antes de las consagraciones anunciadas, Ratzinger envió un telegrama al arzobispo: «Por amor a Cristo y a su Iglesia, el Santo Padre le pide de manera paternal y firme que venga hoy a Roma, sin proceder con las ordenaciones episcopales que anunció para el 30 de junio…». Pero para entonces Lefebvre ya había tomado una decisión, y al día siguiente, asistido por el anciano prelado brasileño de la diócesis de Campos, Antonio de Castro Mayer, ordenó obispos a cuatro sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal: Bernard Fellay, Alfonso de Galarreta, Richard Williamson y Bernard Tissier de Mallerais. El 1 de julio, los consagrantes y los consagrados fueron sometidos a excomunión latae sententiae por haber cometido un acto cismático. Si bien en 1988 el cardenal Ratzinger alcanzó un acuerdo doctrinal con los tradicionalistas de Écône, este fue anulado por problemas eminentemente prácticos. En las negociaciones de los años siguientes, la Santa Sede se mostró dispuesta a ceder lo máximo posible en cuanto a una solución canónica, mientras que los lefebvrianos persistieron en su creencia de que faltaba «claridad doctrinal», exigiendo de hecho que la Iglesia Católica y el Papa renunciaran a partes del Concilio y del Magisterio posconciliar.

La peregrinación del año 2000 y las concesiones de Benedicto

El intento de reconciliación con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X se reanudó en agosto del año 2000. Los lefebvrianos realizaron una peregrinación jubilar a Roma y marcharon ordenadamente por la Plaza de San Pedro. Monseñor Fellay, acompañado por el cardenal Darío Castrillón Hoyos, presidente de la comisión Ecclesia Dei, fue recibido brevemente por Juan Pablo II. Los contactos continuaron e intensificaron tras la elección de Benedicto XVI, quien, con dos decisiones tomadas en un lapso de dos años, atendió las demandas de los tradicionalistas. El 7 de julio de 2007, publicó el Motu Proprio Summorum Pontificum, que liberalizó el uso del Misal Romano de 1962, anterior al Concilio Vaticano II y considerado una forma extraordinaria de la liturgia de la Iglesia Católica de Rito Latino. Y el 24 de enero de 2009, el Papa Ratzinger revocó la excomunión de 1988 de los cuatro obispos consagrados ilícitamente por Lefebvre. El decreto de revocación es un acto unilateral de reconciliación que sana la existencia de un mini-cisma y abre la puerta al diálogo con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Lamentablemente, la publicación de la decisión estuvo precedida por la emisión de una entrevista con uno de los obispos lefebvrianos cuya excomunión había sido revocada, Richard Williamson, quien, en declaraciones a una emisora ​​sueca el noviembre anterior, durante su estancia en Alemania, había negado el exterminio de judíos en las cámaras de gas por los nazis. La entrevista desató una intensa controversia contra Benedicto XVI, quien esperaba que la revocación fuera seguida de un «compromiso inmediato» por parte de los obispos lefebvrianos «para dar los pasos necesarios para alcanzar la plena comunión con la Iglesia, dando así testimonio de verdadera fidelidad y verdadero reconocimiento del magisterio y la autoridad del Papa y del Concilio Vaticano II».

 El preámbulo de 2011 y las facultades de Francisco

Pasaron los años y, en septiembre de 2011, al concluir una serie de debates doctrinales —iniciados por la Fraternidad San Pío X—, la Santa Sede presentó un breve documento solicitando la firma de los lefebvrianos. El texto contenía esencialmente tres puntos, entre ellos la petición de firmar la «profesión de fe» requerida a todo aquel que asume un cargo eclesiástico, garantizando así la «sumisión religiosa de la voluntad y el intelecto» a las enseñanzas que el Papa y el colegio episcopal «proponen al ejercer su auténtico magisterio», aunque no se proclamen dogmáticamente, como ocurre con la mayoría de los documentos magisteriales. Las autoridades vaticanas reiteraron que la firma del preámbulo no implicaba poner fin a «la legítima discusión, estudio y explicación teológica de expresiones o formulaciones individuales presentes en los documentos del Concilio Vaticano II». Sin embargo, este intento también fracasó: Fellay declaró inaceptable el texto doctrinal propuesto. En los años siguientes, se dejaron de lado los preámbulos doctrinales y se exploraron soluciones canónicas —como la administración apostólica o la prelatura personal—, pero el obispo Fellay, entonces superior de los lefebvrianos, dejó claro que «la Fraternidad Sacerdotal no busca principalmente el reconocimiento canónico». Mientras tanto, los interlocutores habían cambiado, y el Papa Francisco ocupaba la Cátedra de Pedro. Con motivo del Jubileo de la Misericordia en 2016, el Papa Francisco otorgó a los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal facultades especiales para escuchar confesiones y absolver válidamente a los fieles. Esta medida, destinada a unir a los fieles, se extendió de forma permanente más allá del Año Santo Extraordinario mediante la Carta Apostólica Misericordia et misera. Si bien la excomunión de sus obispos ya se había levantado en 2009, los sacerdotes lefebvrianos continuaron ejerciendo sin el marco oficial de la jurisdicción ordinaria de la Iglesia Católica Romana. Con este acto, Francisco pretendía abrir el diálogo y la reconciliación pastoral, pensando en el bien de los fieles de la Fraternidad Sacerdotal.

Nuevo cisma, confesiones y matrimonios inválidos

El 2 de febrero de 2026, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X anunció la consagración de nuevos obispos el 1 de julio. El 12 de febrero, el Superior de la Fraternidad Sacerdotal, el padre Davide Pagliarani, fue recibido en Roma por el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. El prefecto propuso a los lefebvrianos «un camino de diálogo específicamente teológico, con una metodología muy precisa, sobre cuestiones que aún no se han aclarado suficientemente», para destacar «los requisitos mínimos para la plena comunión con la Iglesia Católica» y una solución canónica: «La posibilidad de llevar a cabo este diálogo presupone que la Fraternidad suspenda la decisión sobre las ordenaciones episcopales anunciadas». A pesar de los reiterados llamamientos y advertencias para que no procedieran con las nuevas ordenaciones episcopales, a pesar de las reiteradas invitaciones al diálogo, los lefebvrianos profesan obediencia al Sucesor de Pedro de palabra, pero en la práctica no abren ninguna puerta ni toman en consideración las peticiones del Sucesor de Pedro y siguen adelante con su intención, lo que sanciona un nuevo cisma. En respuesta a una pregunta de periodistas en Castel Gandolfo, León XIV declaró el 16 de junio: «Ciertamente, la división entre los cristianos siempre es un punto doloroso, pero se niegan a aceptar ciertos elementos fundamentales de la Iglesia, empezando por varios puntos del Concilio Vaticano II. Si toman esa decisión, lo lamento, pero debemos seguir adelante».

Fuente: Vatican News 

 

 

sábado, 30 de mayo de 2026

Los expertos en IA: «Magnifica humanitas», una «voz moral» que no se doblega

 


Invito leer completo el articulo de EdoardoGiribaldi  en Vatican News , cuyo comentario inicial transcribo mas abajo. Después de ese comentario Giribaldi comenta brevemente las presentaciones de cada uno de los expertos que presentaron sus opiniones :  

Christopher Olah, cofundador de Anthropic  y director de investigación sobre la interpretabilidad de la IA; 


Anna Rowlands, profesora de Teología Política, incluyendo la Doctrina Social de la Iglesia y la Ética Teológica de la Migración Humana en el Departamento de Teología y Religión de la Universidad de Durham, Reino Unido; 


y Leocadie Lushombo, profesora de Teología Política y Pensamiento Social Católico en la Escuela Jesuita de Teología de la Universidad de Santa Clara, California.  

Aqui pueden leerse todas las presentaciones en su idioma original. 




Las palabras del Santo Padre ya fueron publicadas y  están en este enlace.

Hablaron también los cardenales Czerny, Fernandez y Parolin (ver este enlace) 

La presentación de Christopher Olah  esta disponible en español en la pagina de Zenit y también en Religion Digital


Dice Edoardo Giribaldi en la introducciòn :

Figuras destacadas del mundo de las nuevas tecnologías intervinieron en la presentación de la primera encíclica de León XIV. El debate sobre la inteligencia artificial no es «neutral». Recordar la centralidad de la persona humana hoy implica intervenir en una división histórica, suspendida entre la desesperación y la tentación prometeica de convertirse en la propia deidad.

«Puede parecer extraño», admite, que el cofundador de Anthropic, una de las empresas de inteligencia artificial más influyentes, se sume al debate abierto por la primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas , dedicada a salvaguardar la persona humana en la era de la IA. Sin embargo, es precisamente en el corazón de este terreno, atravesado por el afán de lucro, la competencia geopolítica y la ambición desmedida, donde sentimos la necesidad de una voz capaz de resistir los «incentivos», de pronunciar palabras «incómodas», de recordar lo que las máquinas jamás poseerán: cuerpo, conciencia, sentido moral. Una voz que también denuncie la cara oculta del progreso. Niños del Sur Global obligados a trabajar jornadas enteras entre polvo tóxico y materiales triturados para extraer las tierras raras necesarias para alimentar el «flujo de cálculo» del mundo digital. Gobiernos incapaces de «mirar más allá del PIB». Por eso el debate sobre la inteligencia artificial no es «neutral». Recordar la centralidad de la persona humana hoy implica intervenir en una división histórica, suspendida entre la desesperación y la tentación prometeica de convertirse en la propia deidad. En este contexto, la voz del Pontífice no se presenta como una «interferencia indeseada», sino como la continuación de una larga vigilancia iniciada hace 135 años con Rerum Novarum : desenmascarar los ídolos de cada época. Los ídolos actuales conciben a la humanidad como «engranajes del Estado, agentes del mercado o instrumentos de un orden algorítmico», redimibles únicamente mediante las promesas del posthumanismo y el transhumanismo. Pero en una época en la que «el poder crea la razón», y sin embargo crece más rápido que la sabiduría necesaria para gobernarlo, la verdadera urgencia persiste: redescubrir el valor profundamente humano de las limitaciones.

 

viernes, 29 de mayo de 2026

"Octogesima adveniens", sobre el reconocimiento de las mujeres de Pablo VI – Andrea Tornielli


El 14 de mayo de 1971, Pablo VI publicó una carta apostólica para conmemorar el octogésimo aniversario de la encíclica Rerum Novarum de León XIII, que abordaba los derechos de la mujer. En ella se trataban temas como el hambre en el mundo, las nuevas formas de pobreza, el rechazo a las ideologías, la protección del medio ambiente y la libertad de los católicos en la política.

 Andrea Tornielli

El 14 de mayo de 1971, Pablo VI publicó la carta apostólica Octogesima adveniens para celebrar el octogésimo aniversario de la gran encíclica social de León XIII, Rerum novarum . El Papa Montini la dirigió al cardenal Maurice Roy, arzobispo de Quebec y presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz. La carta, que trata sobre la pobreza, el desarrollo y el compromiso político, debe leerse a la luz de Populorum progressio .


El Papa escribe sobre las evidentes diferencias que «existen en el desarrollo económico, cultural y político de las naciones: junto a regiones altamente industrializadas, otras aún se encuentran en la etapa agrícola; junto a países que experimentan prosperidad, otros luchan contra el hambre», y sobre las distintas situaciones en las que viven los cristianos: «En algunos países, son silenciados, vistos con recelo y, por así decirlo, marginados por la sociedad, enmarcados sin libertad dentro de un sistema totalitario. En otros, representan una minoría débil, cuya voz apenas se escucha. En otras naciones, donde la Iglesia tiene un estatus reconocido, a veces oficialmente, se ve expuesta a las repercusiones de la crisis que sacude a la sociedad, y algunos de sus miembros se ven tentados por soluciones radicales y violentas, creyendo que pueden esperar un desenlace mejor. Mientras que algunos, ajenos a las injusticias actuales, se esfuerzan por prolongar la situación existente, otros se dejan seducir por ideologías revolucionarias que prometen, no sin ilusiones, un mundo definitivamente mejor». Pablo VI estableció que los métodos de acción, el compromiso y la intervención concreta debían dejarse al criterio de las realidades locales individuales: «Corresponde a las comunidades cristianas analizar objetivamente la situación en su país, esclarecerla a la luz de las palabras inmutables del Evangelio, extraer principios de reflexión, criterios de juicio y directrices para la acción de la doctrina social de la Iglesia».

 (Leer completo en Vatican News ) 

lunes, 18 de mayo de 2026

Aniversario del nacimiento de Juan Pablo II: De "un polaco cualquiera" a Papa – Lukasz Bankowski


En el 106.º aniversario del nacimiento de Karol Wojtyła, recordamos los acontecimientos que marcaron su camino hacia el cardenalato y, finalmente, lo llevaron a la Sede de Pedro. Durante el Concilio Vaticano II, el joven obispo de Cracovia era, para muchos, simplemente "un polaco cualquiera", uno de los cientos de Padres conciliares. Apenas unos años después, los teólogos y jerarcas más eminentes de la Iglesia lo veían como una de las figuras más fascinantes del catolicismo: el futuro Papa Juan Pablo II.

Wojtyła debería ser Papa. Lamentablemente, eso es imposible. No tiene ninguna posibilidad —así pensaba el jesuita Henri de Lubac, uno de los teólogos más eminentes del siglo XX, mientras escuchaba los discursos del obispo Karol Wojtyła durante el Concilio Vaticano II—. Sin embargo, la historia demostró lo contrario. Lo que parecía imposible se hizo realidad años después. Las experiencias conciliares de Karol Wojtyła indudablemente moldearon el pontificado de Juan Pablo II.

La participación de Karol Wojtyła en el Concilio Vaticano II fue una de las experiencias más importantes de su vida como sacerdote y obispo. Años después, el propio Juan Pablo II recordó este tiempo como un proceso de maduración gradual y de una participación cada vez más creativa en la labor de la Iglesia universal: «Comencé mi participación en el Concilio siendo un obispo joven. (...) Gradualmente, alcancé una forma de participación más madura y creativa. Así, ya durante la tercera sesión, me encontré en el equipo que preparaba Gaudium et Spes y pude participar en la sumamente interesante labor de este equipo».

Estas palabras capturan acertadamente el camino que recorrió el obispo de Cracovia durante los cuatro años del Concilio. Llegó a Roma como un eclesiástico procedente de detrás del Telón de Acero, prácticamente desconocido en la comunidad teológica internacional. Sin embargo, concluyó el Concilio como una de las figuras más reconocibles entre la generación más joven de obispos.

El desarrollo del Concilio

Este proceso queda bien reflejado en las notas del dominico Yves Congar, uno de los teólogos más eminentes del Concilio. Durante la primera sesión, Congar observó con cierta distancia: «[Miguel] Schmaus me impide escuchar lo que dice el obispo [Wilhelm] Bekkers, entonces polaco, y el obispo [Pedro] van Bekkum, a quien solo logro oír parcialmente».

En aquel momento, Wojtyła era uno de los muchos obispos que intervenían en la sala del concilio y aún no destacaba especialmente entre los demás participantes. Incluso durante la segunda sesión, Congar se mostró crítico con sus textos. En sus notas escribió: «Un obispo polaco (el vicario capitular de Cracovia) me sugiere ciertos textos que él mismo había editado, bastante caóticos, llenos de inconsistencias, incluso errores e imperfecciones».

Sin embargo, la situación cambió significativamente durante la elaboración del llamado Esquema XIII, que posteriormente se convirtió en la constitución Gaudium et Spes. Fue entonces cuando Congar volvió a encontrarse con Wojtyła, y su valoración del obispo de Cracovia fue completamente distinta: «Me causó una excelente impresión. Posee una personalidad dominante. Hay en él una vivacidad, un magnetismo, un poder profético, una paz y una personalidad irresistibles». En esta ocasión, el teólogo francés describió el texto preparado por el obispo de Cracovia como «magnífico y minuciosamente documentado». Las notas de Congar demuestran el rápido ascenso de Wojtyła en el seno del Concilio.

Una impresión similar compartió el jesuita Henri de Lubac, uno de los teólogos más eminentes del siglo XX, a quien Juan Pablo II elevó años después a la dignidad de cardenal. De Lubac recordó: «No hacía falta mirar muy de cerca para descubrir en él una personalidad de altísimo nivel. (...) Si algún día necesitamos un papa, mi candidato es Wojtyła. Lamentablemente, eso es imposible. No tiene ninguna posibilidad». Estas palabras, pronunciadas durante el Concilio, resultaron sorprendentemente proféticas años después.

¿Un registro del Concilio?

Una forma natural de participación en los trabajos del Concilio era participar en los debates. Karol Wojtyła fue uno de los oradores más activos, dejando 24 discursos, algunos de los cuales se transmitieron únicamente por escrito. En comparación, el promedio de los Padres Conciliares habló apenas dos veces. El joven obispo Wojtyła fue, sin duda, uno de los participantes más destacados del Vaticano II.

Los discursos en el salón del Concilio eran muy breves, nunca superaban los diez minutos. Por lo general, comenzaban con la fórmula tradicional «Venerables Padres», pero el obispo Wojtyła la amplió en una ocasión para incluir las palabras «Fratres et Sorores» (Hermanos y Hermanas), valorando la presencia de los oyentes laicos que participaban en las sesiones. Los discursos concluían con un lacónico «Dixit», que puede interpretarse como un énfasis: «Esta es mi opinión». Durante uno de los discursos más dinámicos de Wojtyła, el moderador incluso lo interrumpió con el grito de «Tempus exhaustum est!», que significa «¡Se acabó el tiempo!».

Para Karol Wojtyła, el Concilio Vaticano II fue una verdadera escuela de pensamiento sobre la Iglesia y el mundo. Fue entonces cuando se forjaron sus reflexiones sobre la dignidad de la persona humana, la libertad religiosa y la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Por lo tanto, no sorprende que muchas de las ideas presentes en los documentos conciliares reaparecieran posteriormente en la doctrina papal de Juan Pablo II. Para él, el concilio se convirtió no solo en un acontecimiento histórico, sino también en el fundamento de uno de los pontificados más influyentes en la historia de la Iglesia.

 

(Fuente: Vatican News)

viernes, 1 de mayo de 2026

San Jose trabajador

 

 (fotografia de esta pagina)

Además de ser el padre adoptivo de Jesús y el esposo de María, - como enseñan los Evangelios - san José era herrero, artesano y carpintero. Con su vida de honesto trabajador, san José ennoblece el trabajo manual con el que mantiene a su Santa Familia y participa en el proyecto de salvación.

José, el "Justo"

En el lenguaje bíblico de las Escrituras, se usa el apelativo de "Justo" (Mt 1,19) para denominar a todo aquel que ama y respeta la Ley como una expresión de la voluntad de Dios. José lo hace. Descendiente de la Casa de David, es un hombre no anciano que está comprometido con María. (Mt 1,18) Y, como su esposa dijo "sí" a un ángel, (Lc 1,38) también él dirá su "sí" a otro ángel que lo visitará en un sueño para tranquilizarlo sobre el origen del embarazo de María, como fruto del Espíritu Santo. (Mt 1,20) Su característica es la discreciòn y el silencio que lo hacen evitar protagonismos. Cuando Jesús comienza su vida pública, en las bodas de Caná, (Jn 2 1-12) los Evangelios ya no lo mencionan: probablemente murió, pero no sabemos ni cuándo ni dónde. Mucho menos se sabe donde habría sido sepultado.

 

El trabajo: participación en el plan divino

Del mismo modo que los padres enseñan su oficio a sus hijos, tambièn José lo hizo con Jesús. Por eso, a Jesús se le llama a menudo en los Evangelios "el hijo del carpintero". (Mt 13,55) Más que ningún otro, San José representa la dignidad del trabajo humano, que es el deber y la perfección del hombre, que ejerce su dominio sobre la Creación, prolonga la obra del Creador, ofrece su servicio a la comunidad y contribuye al plan de salvación. José ama su trabajo. Como hombre de fe, supera el cansancio y lo eleva a la práctica de la virtud; como no aspira a la riqueza y no envidia a los ricos, siempre conserva la paz: el trabajo para él no es un medio de satisfacer la ambición, sino sólo un medio de sustento para su familia. En fin, como se prescribe a los judíos, el sábado observa el descanso semanal y participa en las celebraciones (religiosas). (Lc 2,22-28; 41-50).


La fiesta de San José Obrero

Fue establecida oficialmente por Pío XII el Primero de mayo de 1955 para ayudar a los trabajadores a no perder el sentido cristiano del trabajo. Precedentemente, (el 8 de diciembre de 1870), Pío IX ya había reconocido de alguna manera la importancia de San José como trabajador cuando lo proclamó Patrono de la Iglesia universal. (Hace justamente 150 años). El principio del trabajo como medio de salvación eterna fue también retomado por Juan Pablo II en su Encíclica Laborem Exercens, en la que lo llamó "el Evangelio del trabajo". Se dice que incluso el Cardenal Roncalli - el futuro Juan XXIII - elegido como sucesor de san Pedro, motivado por su devoción al padre adoptivo de Jesús, habría pensado en llamarse José. Finalmente, también muchos otros santos, fueron grandes devotos de San José, como Santa Teresa de Ávila.

 

Texto completo de Vatican News


 

martes, 17 de marzo de 2026

Adiós a Habermas, filósofo del diálogo con Ratzinger entre fe y razón

 


El filósofo alemán Jürgen Habermas, uno de los pensadores europeos más influyentes del siglo XX, falleció a los 96 años. Teórico de la acción comunicativa y la democracia deliberativa, reflexionó sobre el papel del lenguaje y la racionalidad en la vida pública. Su diálogo con el entonces cardenal Joseph Ratzinger sobre la relación entre religión y modernidad fue célebre.

En una época marcada por el conflicto, las divisiones culturales y la crisis de la democracia, Jürgen Habermas —fallecido el 14 de marzo de 2026 en Starnberg, cerca de Múnich, a los 96 años— dedicó su vida a defender una convicción sencilla pero radical: la convivencia humana solo puede sostenerse mediante el diálogo. Filósofo del lenguaje y de la democracia deliberativa, influyó en el pensamiento europeo durante más de medio siglo. En los últimos años, su trayectoria se cruzó con la del teólogo Joseph Ratzinger en uno de los debates más importantes sobre la relación entre fe y razón en la sociedad contemporánea.

Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas fue uno de los más grandes filósofos, sociólogos y politólogos del siglo XX, discípulo de Adorno y Horkheimer, exponente de la Escuela de Frankfurt y autor de la famosa teoría de la "acción comunicativa", que influyó en el debate filosófico, político y jurídico europeo durante décadas.

Desde muy joven, Habermas mostró interés por el lenguaje. Esto no se debía únicamente a sus aspiraciones intelectuales: una fisura palatina, que padeció de niño, le dificultaba hablar. El lenguaje se convirtió así también en una herramienta de redención personal y una afirmación de la dignidad de la comunicación humana.

Tras estudiar en Bonn, Gotinga y Zúrich, se graduó en 1954 con una tesis sobre Schelling y comenzó a colaborar con la Escuela de Frankfurt, trabajando como asistente de Adorno. Profesor en Heidelberg y Frankfurt, y posteriormente director del Instituto Max Planck en Starnberg, fue una de las figuras centrales de la filosofía alemana entre las décadas de 1960 y 1990. Miembro de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, renovó su enfoque marxista, transformándolo en una teoría de la racionalidad y la comunicación orientada hacia la democracia deliberativa.

Su obra más conocida, La teoría de la acción comunicativa, propone que la racionalidad surge no de la imposición ni del poder, sino del diálogo entre interlocutores libres e iguales. De ahí proviene su «ética del discurso»: una norma es justa si puede ser aceptada por todos los implicados mediante un intercambio libre. Por lo tanto, el fundamento de la convivencia civil no reside en la tradición ni en la revelación, sino en el consenso argumentado racionalmente.

Este proyecto representa uno de los intentos más ambiciosos de la filosofía contemporánea por dotar a la modernidad de un fundamento normativo tras la crisis de la metafísica tradicional. Sin embargo, es precisamente aquí donde surgen algunas de sus limitaciones. La confianza en el proceso racional del diálogo se muestra hoy más frágil ante las tensiones del siglo XXI: guerras, el resurgimiento del nacionalismo, fracturas culturales y religiosas, pero también los desafíos que plantean la biotecnología y la inteligencia artificial. La racionalidad comunicativa parece capaz de regular los conflictos, pero no siempre de generar las profundas motivaciones morales que las sociedades requieren.

Su imagen pública también ha sido controvertida. En ocasiones, Habermas apoyó intervenciones militares occidentales justificadas en nombre de los derechos humanos, como el bombardeo de Serbia por la OTAN en 1999 o algunas intervenciones militares occidentales después del 11-S, lo que le valió críticas de quienes veían tales posturas como un conflicto con su ideal de diálogo racional.

Diálogo con Ratzinger sobre fe, razón y secularización.

A pesar de su formación laica y aconfesional, en las últimas décadas Habermas ha dedicado considerable atención a la relación entre fe y razón. Su diálogo con Joseph Ratzinger es emblemático. El 19 de enero de 2004, el cardenal —entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y futuro papa Benedicto XVI— se reunió con él en la Academia Católica de Baviera para un debate público que posteriormente se recopiló en el libro Dialéctica de la secularización: Sobre la razón y la religión.




En el centro del debate se encontraba una cuestión crucial: ¿puede la democracia moderna ignorar por completo la religión, o se apoya en sus recursos morales? Habermas y Ratzinger coincidieron en un punto: la fe no es meramente un residuo privado, sino que puede generar motivaciones éticas y un sentido de los límites. Sin embargo, diferían en sus premisas. El filósofo partía del Estado constitucional democrático y del principio de la justificación racional de las normas; el teólogo, de la revelación cristiana, en la que la razón se considera luz divina y la fe, su guía.

El diálogo reveló puntos en común. Ambos rechazaron el relativismo moral absoluto y el fundamentalismo religioso. Asimismo, enfatizaron la necesidad de una «purificación mutua»: la fe debe aceptar la crítica racional para evitar desviaciones ideológicas, mientras que la razón debe reconocer que no todo puede reducirse a la tecnología o la lógica instrumental. Por lo tanto, la religión puede desempeñar un papel público, siempre que sea capaz de traducir su contenido a un lenguaje comprensible para todos los ciudadanos.

Desde esta perspectiva surge la idea de una sociedad "postsecular": una realidad que no regresa a una Europa confesional, sino que reconoce que la religión continúa ofreciendo símbolos, narrativas y motivaciones morales que la racionalidad secular por sí sola se esfuerza por producir.

Las reflexiones de ambos pensadores se centraron principalmente en el futuro de Europa. Habermas y Ratzinger coincidieron en defender la democracia liberal, pero criticaron su potencial deriva tecnocrática y la reducción de la sociedad a un mercado de intereses. En este contexto, la fe, sin reivindicar privilegios políticos, puede contribuir a devolver la sustancia ética a la vida pública, haciendo hincapié en el valor del individuo, los derechos fundamentales y la justicia social.

Ante las crisis democráticas actuales, el auge del populismo y las tensiones culturales, su diálogo sigue siendo sorprendentemente relevante hoy en día. La «postsecularidad» que vislumbraron Habermas y Ratzinger exige una cultura política más madura: capaz de distinguir entre secularismo y nihilismo, entre identidad abierta y cierre ideológico, entre una fe que dialoga y una religión que reclama poder.

La muerte de Habermas marca, pues, el fin de una gran era del pensamiento europeo. Pero el diálogo que inició con Ratzinger sigue siendo un punto de referencia para quienes conciben Europa no solo como un mercado o una institución administrativa, sino como un proyecto cultural y moral fundado en el diálogo entre la razón, el pluralismo y la responsabilidad histórica.

 

Fuente: FabioColagrande - Vatican News. (Me he permitido copiar el texto completo)

 

 

 

 

lunes, 2 de marzo de 2026

Andrea Tornielli : Tierra Santa, un quinto Evangelio que comienza en Jordania

 

El país ha sido escenario de numerosos episodios bíblicos: desde el éxodo guiado por Moisés hasta el bautismo de Jesús. Las presencias cristianas tienen orígenes antiquísimos.

Cuando se piensa en Tierra Santa, cuando se habla de Tierra Santa, resulta natural referirse a los lugares históricos de la vida de Jesús en Palestina e Israel: Belén, Nazaret, Cafarnaúm, Jerusalén… Pero hay otro país sembrado de memorias cristianas que merece convertirse en destino de peregrinación: Jordania. Es la tierra que atravesó el pueblo hebreo guiado por Moisés hacia la tierra de la prom
esa, donde tuvieron lugar numerosos episodios bíblicos y también evangélicos. Es la tierra desde la que Moisés, antes de morir, pudo contemplar Canaán. Es la tierra donde Jesús fue bautizado por Juan el Bautista, donde el Nazareno encontró a sus primeros apóstoles, Andrés y Pedro, donde curó y realizó milagros.

En un contexto difícil -basta recordar los países con los que limita: Siria, Irak, Arabia Saudí, Israel y Palestina- Jordania destaca por su estabilidad y por la convivencia pacífica entre las distintas tradiciones religiosas. Los cristianos son una minoría, alrededor del 4% de la población, y se sienten ciudadanos de pleno derecho: gestionan escuelas y hospitales y, en el caso de los católicos de rito latino, constituyen la parte más numerosa de la diócesis guiada por el patriarca latino de Jerusalén. Destino turístico por sus complejos en el mar Muerto y el mar Rojo, y sobre todo por la extraordinaria belleza de Petra -la antigua ciudad nabatea excavada en la roca, Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1985-, Jordania busca valorizar cada vez más su patrimonio cristiano.

Aqaba y Petra…Monte Nebo…Maqueronte

El bautismo de Jesús

El lugar evangélico más significativo es, sin duda, aquel donde tuvo lugar el bautismo de Jesús, la “Betania al otro lado del Jordán” mencionada en el Evangelio de Juan. En los primeros siglos del cristianismo era conocida como Bethabara y hoy como Al-Maghtas, término árabe que significa “bautismo” o “inmersión”. Aparece también en el famoso mapa de Madaba -otro de los lugares que visitar en Jordania-, un mosaico del siglo VI.

 

(Leercompleto en Vatican News)

 


sábado, 17 de enero de 2026

El Concilio Vaticano II hoy. "Dei Verbum" : El Papa Leon XIV nos recuerda que Dios se revela en la historia

 


Tras la catequesis del Papa León XIV, en la audiencia general del pasado miércoles, dedicada a la Constitución Dogmática Conciliar, el presidente de la Asociación Bíblica Italiana se centra en el significado más profundo del documento: «El texto permite comprender la perspectiva correcta a través de la cual la Iglesia ha repensado su misión en el mundo».

La primacía de la historia, la lectura de los textos sagrados, la relación de amistad con el Señor, la oración. El Papa León XIV centró  su  catequesis en la audiencia general del miércoles pasado en el Aula Pablo VI, como parte de una nueva serie dedicada al redescubrimiento de los documentos del Concilio Vaticano II. « Dei Verbum aclara el significado y la manera en que Dios se revela a la humanidad», afirma el padre Maurizio Girolami , presidente de la Asociación Bíblica Italiana. Y «es significativo», añade, «que el Papa haya elegido comenzar precisamente con el capítulo introductorio de este documento, que define el diálogo entre Dios y la humanidad como un diálogo que se desarrolla en una relación de amistad».

Una larga gestación

«Dios se revela ante todo a través de palabras auténticas», añade el padre Girolami, recordando cómo el Papa enfatizó la diferencia entre las palabras y la mera charlatanería, así como la importancia de dedicarse a la oración. «Dios también se revela a través de acontecimientos íntimamente relacionados», subraya el sacerdote, quien nos invita a considerar el largo período de gestación de la Dei Verbum,  texto aprobado el 18 de noviembre de 1965, pocas semanas antes de la clausura de la reunión el 8 de diciembre. «De hecho, fue uno de los primeros textos presentados por la comisión preparatoria».

El contexto histórico-cultural

¿Cuál es la razón de este largo proceso? «Los Padres Conciliares», explica el sacerdote, «necesitaban ponerse de acuerdo sobre cómo entender la revelación cristiana: si se trataba simplemente de palabras, verdades reveladas, o si, como enseña la Sagrada Escritura, existía una historia que abrazar, compuesta tanto de palabras como de acontecimientos». El contexto cultural, teológico y filosófico de la época, aún marcado por la Ilustración y el positivismo, así como por la gran controversia con la Reforma Protestante, había estimulado esta reflexión, que llevó a situar la historia en el centro del misterio de la revelación divina. «No se trata solo de tener textos», dice el padre Girolami, «el cristianismo no es la religión del libro, sino que, como también nos dijo el papa Benedicto XVI, es ante todo el encuentro con lo vivo, del que la Sagrada Escritura es sin duda el testigo privilegiado, pero no sin el canal que lo transmite, es decir, la tradición y la vida de la Iglesia».

La mirada a la realidad

Don Girolami también cita la reciente carta apostólica del Papa León XIII, "Una fidelidad que genera futuro ", publicada el 22 de diciembre, con motivo del sexagésimo aniversario de los decretos conciliares Optatam Totius y Presbyterorum Ordinis . Ambos documentos sobre la formación sacerdotal están en plena sintonía con el espíritu de la Dei Verbum . "Los Padres Conciliares", explica, "exigieron una profunda revisión de los estudios teológicos, porque, obviamente, ya no se trataba de estudiar verdades reveladas, como si Dios quisiera revelar algo de sí mismo de forma abstracta, como si se tratara de una filosofía para aprender. En cambio, era necesario situarse en el contexto histórico, sabiendo escuchar la historia".

«La Biblia», continúa Don Girolami, «nos dice que es a través de rostros, encuentros y personas que Dios revela su plan de salvación». Y es precisamente aquí donde reside el poder de la constitución dogmática, que invita a todos los creyentes —no solo a los especialistas— a leer la Sagrada Escritura y a familiarizarse con los Textos Sagrados. «Es gracias a la Dei Verbum  », enfatiza el presidente de la Asociación Bíblica Italiana, «que hoy podemos decir que el Señor sigue acompañando a su Iglesia y revelando su rostro a través de la vida de la Iglesia. Nuestra catequesis, nuestra enseñanza teológica, ya no es una repetición de fórmulas prefabricadas, por muy correctas que sean, que corren el riesgo de no comunicar nada. En cambio, es la Iglesia la que se pregunta continuamente cómo proclamar el Evangelio eterno de Jesucristo en la historia, hoy, con el lenguaje del hombre contemporáneo».

El proceso de renovación

El documento, por lo tanto, proporcionó el marco teológico para todo el Concilio Vaticano II. « La Dei Verbum nos permite comprender el espíritu y la perspectiva correcta con la que la Iglesia se replanteó a sí misma, su misión en el mundo, el significado de la Sagrada Escritura y la tradición, y cómo vivir la experiencia cristiana hoy, dando primacía y valor a la historia y a este mundo amado por Dios». Según Don Maurizio Girolami, además, la intuición teológica de la constitución dogmática es la base de todo el proceso de renovación establecido por el Concilio: desde la liturgia hasta el lenguaje, pasando por las estructuras e instituciones. «Probablemente», concluye, «si la Dei Verbum no hubiera existido , toda la vida de la Iglesia, la nueva evangelización de todos los Pontífices recientes, no habría tenido la profundidad teológica que ha tenido». 

- Eugenio Bonanata, Vatican News 

 

martes, 13 de mayo de 2025

“No tengan miedo… soy la Virgen del Rosario”

 


La Virgen María se dirige con estas palabras a tres pastorcillos portugueses de Aljustrel el 13 de mayo de 1917. Es un espléndido domingo por la mañana, Lucía Dos Santos (10 años) y los primos Francisco y Jacinta Marto (9 y 7 años), después de haber participado en la Misa en la parroquia de Fátima, llevan a apacentar a sus ovejas a la ladera de la Cova da Iria. Como era su costumbre, al escuchar la campana del Ángelus recitan el Rosario y después mientras juegan se asustan por un resplandor improviso.



Confundiéndolo con un rayo y temiendo la llegada de un temporal, se encaminan para llevar el rebaño de regreso. Los detiene poco después un nuevo fulgor y delante de ellos, ven a una bella Señora vestida de blanco, sobre un roble, resplandeciente de luz. “He venido a pedirles – les dice – que vengan aquí por seis meses consecutivos, el día 13, a esta misma hora. Luego les diré qué es lo que quiero”. La Señora tiene un vestido adornado con bordes dorados, con un cordón de oro como cinto, un manto cándido y en la mano un rosario de cuentas blancas. La que habla es Lucía; Jacinta escucha la conversación mientras Francisco no oye nada. “¿Quieren ofrecerse a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él les mandará, en acto de reparación por los pecados con los cuales Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?” Pregunta María. “Sí, queremos”, responde Lucía. Y María dice: “Entonces, deberán sufrir mucho, pero la gracia de Dios será vuestra consolación”.

Las apariciones en la Cova da Iria

Lucia ordena a los primos que no cuenten lo ocurrido, “nadie nos creería”, explica. Pero Jacinta, por miedo de recibir un castigo por haber reconducido antes de tiempo a las ovejas del apacentamiento, relata todo a la madre, que no le cree. Lucía, Francisco y Jacinta son regañados por sus padres. Pero la noticia se difunde y en la cita del 13 de junio, con los tres niños, se reúne una pequeña muchedumbre. María pide que se rece tanto y a Lucía, que aprenda a leer y a escribir para transmitir sus mensajes. En la tercera aparición, se reúnen dos mil personas que dejan en la Cova da Iria ofertas en dinero. La Virgen renueva a los pastorcillos la invitación para que se presenten cada 13 del mes en el mismo lugar, reitera su exhortación a rezar por la humanidad y les muestra el infierno. Lucía, Francisco y Jacinta son ridiculizados por los incrédulos, el párroco duda de la veracidad de sus relatos y el alcalde de la municipalidad de Villa Nova de Ourém, encargado de Fátima, trata de hacerlos retractar. El 13 de agosto, detenidos en la cárcel, no pueden ir a la Cova da Iria, pero María se les aparece inesperadamente el 19 de agosto, mientras apacientan el rebaño en Valinhos, poco distante de Aljustrel. Lucía le pregunta qué tienen que hacer con las ofertas de los fieles dejadas en la Cova da Iria y la Virgen le responde que haga construir precisamente allí una capilla. La aparición se repite puntualmente también el 13 de septiembre y para el último encuentro María promete un prodigio para que todos crean.

“Soy la Virgen del Rosario”

Es un día frío y gris el 13 de octubre, la lluvia azota a 70 mil personas, entre las cuales periodistas, fotógrafos y prensa internacional. “Soy la Virgen del Rosario” revela la Señora a Lucía, Francisco y Jacinta, mientras continúa a llover. Después de la aparición, el milagro prometido: la danza del sol. El astro puede ser observado sin ninguna dificultad, asume colores diversos, gira sobre sí mismo y parece que precipitará sobre la tierra. Y cuando el evento extraordinario termina, la ropa de la gente, hasta poco antes empapada de lluvia, está perfectamente seca. Solamente 13 años después, el 13 de octubre de 1930, la autoridad eclesiástica declara las apariciones “dignas de fe” y autoriza el culto a la Virgen de Fátima.

Francisco muere el 4 de abril de 1919, Jacinta el 20 de febrero de 1920. Lucía el 17 de junio de 1921 ingresa entre las religiosas de Santa Dorotea. Después de más de 10 años de los votos perpetuos elige entrar en el monasterio carmelitano de Coimbra. Muere el 13 de febrero del 2005, a la edad de 97 años. Francisco y Jacinta son beatificados el 13 de mayo del 2000 por Juan Pablo II y canonizados por el Papa Francisco el 13 de mayo de 2017.

Fuente: Vatican News