Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 13 de mayo de 2022

Wojciech Giertych : Las virtudes teologales LA CARIDAD

 


“…el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”(Rm 5,5). Este don del divino amor se ha “encarnado” en nuestro amor humano, transformándolo interiormente, purificándolo interiormente, purificándolo y fortaleciéndolo, convirtiéndose  asi en la fuerza impulsora del ethos cristiano.  ¿Qué significa esto? ¿Cómo podemos experimentar la transformación divina?

Cada uno de nosotros llega a ser amigo de Dios por medio del don de lea gracia. ¿Cómo es posible esto? La amistad necesita fundamentalmente de una relación de igualdad, de un objetivo común y de comunicación reciproca. Ahora bien, elevándonos al nivel sobrenatural con su gracia (2 Pt 1,4) Dios nos dona la posibilidad de encontrarlo. Y nuestro fin es el de la vida eterna en Dios, de hecho nos es dado vivir en comunión de reciprocidad con Dios por medio de nuestro hermano Jesucristo (1Cor, 1,9). Por medio de la vida de oración y la apertura a las inspiraciones divinas, podemos mantener nuestra confianza, nuestra familiaridad y nuestra amistad con Dios.

El amor de la caridad – única realidad celestial que ya podemos experimentar en esta tierra – surge de la relación con nuestros hermanos. Nuestro amor hacia todos aquellos que vemos y conocemos no está en oposición al amor a Dios, en cuanto amamos a los demás por Dios. Tal como amamos a nuestros amigos, amamos también a sus hijos, por lo tanto no podemos amar a Dios sin amar a sus amigos.  El amor divino que se propaga nos hace amar a los oros, a quienes deseamos el mismo bien que nosotros recibimos de Dios. Es muy importante comprender que nuestro amor hacia los demás no es prueba suficiente de  nuestro amor hacia Dios. En realidad, el amor de la caridad incluye un autentico interés por los otros a nivel afectivo y a veces también en sus necesidades concretas. Pero siempre existe el riesgo que ello implique solamente un amor afectivo y egoísta si llegase a faltar la primacía del amor hacia Dios en cuanto Dios. La centralidad de Dios, sostenida por la fe, garantiza que el amor hacia el prójimo sea verdadero y de “calidad” excelsa. Ello conlleva también la preocupación por el verdadero bien del prójimo, en particular de su santidad. Si no deseamos el bien más alto para el prójimo corremos el riesgo de engañarnos pensando que amamos: en realidad estamos enamorados de nosotros mismos y de nuestras necesidades y probablemente estemos manipulando a la otra persona La fe en Dios purifica el amor humano, nos ayuda a soportar las dificultades, a perseverar en el amor autentico y a estar verdaderamente interesados por el bien del otro.

Ahora bien, si amamos a los otros con el amor divino de la caridad, ¿debemos amar a todos del mismo modo? No, puesto que no es posible, porque es naturalmente diversa la intensidad de nuestro amor. Es normal que el amor divino de la caridad, con el que amamos a los otros, sea más intenso hacia aquellas personas que están más cerca de nosotros, que aquel que albergamos hacia aquellos más lejanos (aunque tuviesen mas necesidad que nuestros amigos mas íntimos). Pero no debemos sentirnos culpables por ello. El amor sobrenatural es un amor autentico cuando involucra a la persona que amamos, y es natural amar mas a algunas personas con respecto a otras. De hecho, si decimos que amamos a todos del mismo modo, en realidad no amamos a nadie.

A veces alimentar la virtud de la caridad, requiere de un esfuerzo, una negación de sí mismo, la aceptación de la cruz con fe, pero es precisamente a fuerza de  ello que se llega a a un gozo y a una paz profundos. 

P. Wojciech Giertych, O.P. Teólogo de la Casa Pontificia

El Rev.Wojciech Giertych, O.P., de familia polaca, nació en Londres (Gran Bretaña) en 1951. Desde 1976 es miembro de la Provincia de Polonia de la Orden de los Predicadores (dominicos). Obtuvo el Doctorado en Teología en la Pontificia Universidad Santo Tomas de Aquino de Roma, donde actualmente enseña. Ha trabajado en la formación de estudiantes de la Provincia dominicana de Polonia de 1984 a 1988. Ha sido miembro del Consejo General de la Orden como Socio del Maestro para Europa Central y Oriental (1998-2002) y Socio para la Vida Intelectual (2002- 2005). Desde noviembre de 2005 es Teólogo de la Casa Pontificia y Consultar de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ha publicado varios libros y artículos de teología moral.

Artículo publicado en el Boletín mensual de la Postulación (Postulación de la Causa de Beatificación y Canonización del siervo de Dios Juan Pablo II)  TotusTuus Nr 3 marzo 2008

 

jueves, 12 de mayo de 2022

Wojciech Giertych : Las virtudes teologales LA ESPERANZA

 



Como la fé, la esperanza es una virtud teologal que nos es donada por Dios, y que tiene a Dios por objeto. Situada en la voluntad humana, la esperanza “focaliza” la voluntad, y, como consecuencia, también el proceso decisional, sobre el misterio de la presencia de Dios en nuestra vida.

Debemos realizar algunas consideraciones para llegar a obtener una visión clara de la virtud de la esperanza. En primer lugar, existe la esperanza vista como emoción, que también puede ser descrita como ambición. Es un impulso “corpóreo” característico de personas que son capaces de sacar adelante arduos proyectos. Los animales poseen este impulso emotivo especial ante la caza, por ejemplo. La fuerza de esta energía en el hombre depende del temperamento. Hay personas muy entusiastas, otras menos. El temperamento no se puede cambiar pero si orientar, construyendo nuestra estructura moral.

En segundo lugar, existe la virtud de la magnanimidad. Es la virtud moral de la esperanza humana, centrada en la realidad de este mundo. Utilizando el poder de la ambición emocional, la razón y la voluntad determinada, unidas en esta virtud, ayudan a afrontar con éxito los trabajos difíciles que hallamos en nuetro camino. En polaco la palabra esperanza – nadzieja derivada del verbo działać – quiere decir actuar, comportarse.  La magnanimidad nos proporciona el entusiasmo para actuar. Si la persona vive una vida de virtudes teologales – de fe, esperanza y caridad – la acción emprendida con esperanza a través del poder de la virtud moral de la magnanimidad, al tiempo que tiene como punto de mira los objetivos humanos, acepta la dependencia de estos de Dios.

La virtud teologal de la esperanza no niega las esperanzas naturales y propias, sino que abre perspectivas más amplias, les da una nueva fisonomía, preservándolas del peligro de los ídolos. No hay nada malo en tener aspiraciones políticas, esperar un cambio social, o poseer la energía necesaria para impulsarlo. Pero si al final se cumplen esas aspiraciones, no es correcto atribuir al hecho en sí un significado último. La virtud teologal de la esperanza, precisamente porque está radicada en Dios, amplía la perspectiva, demostrándonos que estamos anclados en Dios y en el camino hacia la eternidad ocn El. Esta visión más amplia, impacta las esperanzas humanas, refuerza la perseverancia, y “tonifica” la resistencia frente a las dificultades y opresiones, confiando en la infalible Providencia y en la misericordia de Dios.

San Juan de la Cruz observó que el crecimiento de la virtud de la esperanza se obtiene a través de la purificación de la memoria. Podemos tener buena memoria, pero hemos de tener cuidado de no permanecer atados a nuestros recuerdos, ya sean alegres o dolorosos. Esta atadura impide el crecimiento de la esperanza y la aceptación del misterio divino que se desvela en nuestra vida. Los recuerdos pueden perjudicar la aceptación de una nueva etapa de la vida: una madre que recuerda con nostalgia la felicidad de los momentos de vida familiar puede encontrar difícil dejar marchar a sus hijos ya adultos y orientarse hacia un nuevo proyecto de vida, como ser abuela. También los recuerdos dolorosos pueden paralizarnos, si tenemos la memoria anclada en las emociones y sufrimientos pasados. Creer en el valor redentor de la muerte de Cristo y de su resurrección nos permite abandonar el pasado y nos conduce hacia las nuevas alegrías y retos de la vida. Olvidar es un proceso psíquico; perdonar es un proceso espiritual. Porque mientras recordamos, podemos mirar con esperanza al futuro, poniendo nuestro corazón y nuestra generosidad en los desafíos que encontramos en el presente,  confiando en que el futuro está en manos de Dios.  

P. Wojciech Giertych, O.P. Teólogo de la Casa Pontificia

El Rev.Wojciech Giertych, O.P., de familia polaca, nació en Londres (Gran Bretaña) en 1951. Desde 1976 es miembro de la Provincia de Polonia de la Orden de los Predicadores (dominicos). Obtuvo el Doctorado en Teología en la Pontificia Universidad Santo Tomas de Aquino de Roma, donde actualmente enseña. Ha trabajado en la formación de estudiantes de la Provincia dominicana de Polonia de 1984 a 1988. Ha sido miembro del Consejo General de la Orden como Socio del Maestro para Europa Central y Oriental (1998-2002) y Socio para la Vida Intelectual (2002- 2005). Desde noviembre de 2005 es Teólogo de la Casa Pontificia y Consultar de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ha publicado varios libros y artículos de teología moral.

Articulo publicado en el Boletin mensual de la Postulacion (Postulacion de la Causa de Beatificacion y Canonizacion del siervo de Dios Juan Palbo II)  TotusTuus Nr 2 Febrero 2008

 


Wojciech Giertych : Las virtudes teologales LA FE

 


La virtud teologal de la fe es un don de Dios. Fruto de la gracia prepara nuestra mente para aceptar los misterios revelados por Dios. Los contenidos de nuestra fe nos han sido entregados por la Iglesia a través de las Sagradas Escrituras y la tradición viva, pero la capacidad de aceptar estos misterios nos llega directamente de Dios en el acto del bautismo, o incluso antes al momento de la conversión que lleva al bautismo.

¿Por qué Dios nos dona esta virtud? La respuesta más sencilla es que la fe nos capacita para encontrar a Dios. Pero ¿Por qué Dios prefiere el encuentro por medio de la fe en vez de revelarse empleando sencillamente medios cognitivos? Después de todo la fe implica humildad intelectual, una disposición por la que el intelecto mismo, creado por Dios con un impulso intrínseco hacia la verdad, se abstiene de utilizar independientemente todos los poderes de esta guía para apoderarse de la verdad, y bajo la influencia de la voluntad, se rinde para recibirla como don. ¿Es esta pues, una simple degradación del intelecto? Este, en definitiva, puede llegar a la verdad empleando sus propios métodos cognitivos, experimentales o filosóficos. Dado que el intelecto puede alcanzar la verdad, ¿Por qué debe entonces someterse a la fe, asumiendo una posición de discípulo adoctrinado por el Maestro que permanece oculto entre nubes de misterio?  La respuesta a esta pregunta puede halarse sencillamente en la experiencia humana. En nuestras relaciones no procedemos basándonos simplemente en conocimientos científicos. Confiamos. Donde existe confianza, hay apertura hacia el otro, hay espacio para el amor. Los conocimientos científicos no generan amor. Pero sí lo hace la confianza. Dios, por ende, ocultándose en el misterio que puede ser revelado solo por medio de la fe, nos revela un rostro humano. Mientras nos acercamos a Dios por medio de la fe, vamos aprendiendo cómo confiar en Él y amarlo. Descubrimos que Dios no es una simple respuesta a las preguntas sobre la existencia humana o cósmica. Dios es un padre que espera nuestra confianza y nuestro amor. La humildad intelectual en la fe no debe, por tanto, entenderse peyorativamente. Es una extensión del intelecto hacia el vital encuentro con Dios, que al mismo tiempo deja intacta las capacidades intelectuales. La fe no obnubila el intelecto, nos permite simplemente ver mejor, para unir el conocimiento obtenido por medio de la filosofía con el recibido a través de la revelación, con el propósito de alcanzar la verdad que el intelecto, por sí solo, no podría alcanzar.

La precisión de la lengua latina nos permite distinguir tres nieles de fe. En primer lugar encontramos la creencia que Dios existe – credo Deum ese. Eta creencia no se traduce aun en una relación personal con Dios. Muchas personas aceptan la existencia de Dios pero no llegan a sentirse turbados por Su presencia en la vida diaria. Le sigue la aceptación del principio que Dios es verdad, creer o confiar en la palabra de Dios – credo Deo. Esta es una actitud que acepa el hecho que Dios haya hablado, que su palabra contenga importantes verdades. Esta creencia puede no superar el nivel de una simple declaración. Existe, por fin, la creencia en Dios – credo in Deum subrayado el en que expresa movimiento.  Creer en o mejor dicho hacia Dios significa asumir todas las energías del alma y dirigirlas hacia Dios. Esta forma suprema de fe está constituida por la caridad. La fe en estos niveles no acepta simplemente la existencia de Dios y su veracidad, sino que reorganiza la vida de tal modo que Dios se transforma en el principio más importante. Todo lo sentido, dicho o hecho ha sido realizado concentrándose en Dios, confiando en Su presencia, ayuda y amor. Es esta la fe que Dios espera de nosotros, porque es precisamente esta fe la que conduce al encuentro entre el Padre Eterno y sus confiados  hijos. Dios no necesita de nuestra labor, pero espera con paciencia que nuestros corazones recuperen confianza en Su gracia, reciban Su amor en las actividades diarias y acepten el misterio de Su presencia en nuestras vidas.

Se debe de todas formas recordar que no es suficiente declarar nuestra fe. Debemos confesarla, cuando nuestra fe aumenta, cuando permitimos al inefable misterio de Dios penetrar en nuestras vidas, en nuestros pensamientos, sentimientos y decisiones. No existen límites para el crecimiento de la fe, porque no hay límites en la propensión hacia Dios, que es y permanecerá siendo un misterio – como el misterio de Pedro  cuando fue invitado a confiar, mientras El caminaba sobre las aguas.

P. Wojciech Giertych, O.P. Teólogo de la Casa Pontificia

El Rev.Wojciech Giertych, O.P., de familia polaca, nació en Londres (Gran Bretaña) en 1951. Desde 1976 es miembro de la Provincia de Polonia de la Orden de los Predicadores (dominicos). Obtuvo el Doctorado en Teología en la Pontificia Universidad Santo Tomas de Aquino de Roma, donde actualmente enseña. Ha trabajado en la formación de estudiantes de la Provincia dominicana de Polonia de 1984 a 1988. Ha sido miembro del Consejo General de la Orden como Socio del Maestro para Europa Central y Oriental (1998-2002) y Socio para la Vida Intelectual (2002- 2005). Desde noviembre de 2005 es Teólogo de la Casa Pontificia y Consultar de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ha publicado varios libros y artículos de teología moral.

(Articulo publicado en el Boletin mensual de la Postulacion (Postulacion de la Causa de Beatificacion y Canonizacion del siervo de Dios Juan Palbo II)  TotusTuus Nr 1 Enero 2008)

viernes, 27 de agosto de 2021

Las virtudes teologales de Fe, esperanza y caridad en la perspectiva ecuménica

 


 La fe, la esperanza y la caridad son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios. Son, por excelencia, las virtudes "teologales":  nos ponen en comunión con Dios y nos llevan a él. Forman un tríptico que tiene su vértice en la caridad, el agape, que canta de forma excelsa san Pablo en un himno de la primera carta a los Corintios. Ese himno concluye con la siguiente declaración:  "Ahora permanecen estas tres cosas:  la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad" (1 Co 13, 13).

Las tres virtudes teologales, en la medida en que animan a los discípulos de Cristo, los impulsan a la unidad, según la indicación de las palabras paulinas que escuchamos al inicio: "Un solo cuerpo (...), una sola esperanza (...), un solo Señor, una sola fe (...), un solo Dios y Padre" (Ef 4, 4-6). Continuando nuestra reflexión de la catequesis anterior sobre la perspectiva ecuménica, hoy queremos profundizar en el papel que desempeñan las virtudes teologales en el camino que lleva a la plena comunión con Dios-Trinidad y con los hermanos.

(…)

 En el vértice de las tres virtudes teologales está el amor, que san Pablo compara casi con un lazo de oro que une en armonía perfecta a toda la comunidad cristiana:  "Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección" (Col 3, 14). Cristo, en la solemne oración por la unidad de los discípulos, revela su substrato teológico profundo:  "el amor con que tú (oh Padre) me has amado esté en ellos y yo en ellos" (Jn 17, 26). Precisamente este amor, acogido y acrecentado, constituye en un solo cuerpo a la Iglesia, como nos señala san Pablo:  "Siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor" (Ef 4, 15-16).

La meta eclesial de la caridad, y al mismo tiempo su fuente inagotable, es la Eucaristía, comunión con el cuerpo y la sangre del Señor, anticipación de la intimidad perfecta con Dios. Por desgracia, como recordé en la catequesis anterior, en las relaciones entre los cristianos desunidos, «a causa de las divergencias relativas a la fe, no es posible todavía concelebrar la misma liturgia eucarística. Y sin embargo, tenemos el ardiente deseo de celebrar juntos la única Eucaristía del Señor, y este deseo es ya una alabanza común, una misma imploración. Juntos nos dirigimos al Padre y lo hacemos cada vez más "con un mismo corazón"» (Ut unum sint, 45). El Concilio nos recordó que "este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la una y única Iglesia de Cristo excede las fuerzas y la capacidad humanas". Por ello debemos poner nuestra esperanza "en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros y en el poder del Espíritu Santo" (Unitatis redintegratio, 24).

(de la Audiencia General de Juan Pablo II 22 de noviembre de 2000 – leer completa)


 

 

viernes, 28 de junio de 2019

La esperanza - virtud teologal en las catequesis de Juan Pablo II



Para el Papa Juan, la segunda entre las siete “lámparas de la santificación” era la esperanza. Hoy voy a hablaros de esta virtud, que es obligatoria para todo cristiano.
Dante, en su Paraíso (cantos 24, 25 y 26) imaginó que se presentaba a un examen de cristianismo. El tribunal era de altos vuelos. «¿Tienes fe?», le pregunta, en primer lugar, San Pedro. «¿Tienes esperanza?», continúa Santiago. «¿Tienes caridad?», termina San Juan. «Sí, —responde Dante tengo fe, esperanza y caridad». Lo demuestra y pasa el examen con la máxima calificación.
He dicho que la esperanza es obligatoria; pero no por ello es fea o dura. Más aún, quien la vive, viaja en un clima de confianza y abandono, pudiendo decir con el salmista: “Señor, tú eres mi roca, mi escudo, mi fortaleza, mi refugio, mi lámpara, mi pastor, mi salvación. Aunque se enfrentara a mí todo un ejército, no temerá mi corazón; y si se levanta contra mí una batalla, aun entonces estaré confiado”.
Diréis quizá: ¿No es exageradamente entusiasta este salmista? ¿Es posible que a él le hayan salido siempre bien todas las cosas? No, no le salieron bien siempre. Sabe también, y lo dice, que los malos son muchas veces afortunados y los buenos oprimidos. Incluso se lamentó de ello alguna vez al Señor. Hasta llegó a decir: “¿Por qué duermes, Señor? ¿Por qué callas? Despiértate, escúchame, Señor”. Pero conservó la esperanza, firme e inquebrantable. A él y a todos los que esperan, se puede aplicar lo que de Abrahán dijo San Pablo: «Creyó esperando contra toda esperanza» (Rom. 4, 18.
Diréis todavía: ¿Cómo puede suceder esto? Sucede, porque nos agarramos a tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas. Y es Él, el Dios de la misericordia, quien enciende en mí la confianza; gracias a Él no me siento solo, ni inútil, ni abandonado, sino comprometido en un destino de salvación, que desembocará un día en el Paraíso.
He aludido a los Salmos. La misma segura confianza vibra en los libros de los Santos. Quisiera que leyerais una homilía predicada por San Agustín un día de Pascua sobre el Aleluya. El verdadero Aleluya —dice más o menos— lo cantaremos en el Paraíso. Aquél será el Aleluya del amor pleno; éste de acá abajo, es el Aleluya del amor hambriento, esto es, de la esperanza.
[…]
En Ostia, a la orilla del mar, en un famoso coloquio, Agustín y su madre Mónica, «olvidados del pasado y mirando hacia el porvenir, se preguntaban lo que sería la vida eterna» (Confess. IX núm. 10) Ésta es esperanza cristiana; a esa esperanza se refería el Papa Juan y a ella nos referimos nosotros cuando, con el catecismo, rezamos: «Dios mío, espero en vuestra bondad... la vida eterna y las gracias necesarias para merecerla con las buenas obras que debo y quiero hacer. Dios mío, que no quede yo confundido por toda la eternidad»
Esperanza, virtudes teologales


lunes, 20 de octubre de 2008

La caridad -virtud teologal- en las catequesis de Juan Pablo II


“«Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4, 20-21). La virtud teologal de la caridad, de la que hablamos en la catequesis anterior (1) se expresa en dos direcciones: hacia Dios y hacia el prójimo.
En ambos aspectos es fruto del dinamismo de la vida de la Trinidad en nuestro interior. En efecto, la caridad tiene su fuente en el Padre, se revela plenamente en la Pascua del Hijo, crucificado y resucitado, y es infundida en nosotros por el Espíritu Santo. En ella Dios nos hace partícipes de su mismo amor.
Quien ama de verdad con el amor de Dios, amará también al hermano como él lo ama. Aquí radica la gran novedad del cristianismo: no puede amar a Dios quien no ama a sus hermanos, creando con ellos una íntima y perseverante comunión de amor”
“«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 34-35)”…. Sólo quien practica ambos mandamientos, (*) está cerca del reino de Dios, como dice Jesús respondiendo al escriba que le había hecho la pregunta (cf. Mc 12, 28-34).” (de la audiencia-catequesis del 20 de octubre de 1999)

(1) “La caridad constituye la esencia del «mandamiento» nuevo que enseñó Jesús. En efecto, la caridad es el alma de todos los mandamientos, cuya observancia es ulteriormente reafirmada, más aún, se convierte en la demostración evidente del amor a Dios: «En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos» (1 Jn 5, 3). Este amor, que es a la vez amor a Jesús, representa la condición para ser amados por el Padre: «El que recibe mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él» (Jn 14, 21)” (Audiencia 13 de octubre 1999)

“La fe, la esperanza y la caridad son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios. Son, por excelencia, las virtudes "teologales": nos ponen en comunión con Dios y nos llevan a él. Forman un tríptico que tiene su vértice en la caridad, el agape, que canta de forma excelsa san Pablo en un himno de la primera carta a los Corintios. Ese himno concluye con la siguiente declaración: "Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad" (1 Co 13, 13)”

(*) 2055 "Cuando le hacen la pregunta: ‘¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?’ (Mt 22, 36), Jesús responde: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas’ (Mt 22, 37-40; cf Dt 6, 5; Lv 19, 18). El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley" (Catecismo de la Iglesia Católica)
Invito leer
Las virtudesLa caridad del P. Wojciech Giertych o.p. Teólogo de la Casa Pontificia en Totus Tuus Nr 3 marzo 2008
y visitar mi entrada anterior: Primera audiencia general de Juan Pablo II