Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 13 de mayo de 2022

Wojciech Giertych : Las virtudes teologales LA CARIDAD

 


“…el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”(Rm 5,5). Este don del divino amor se ha “encarnado” en nuestro amor humano, transformándolo interiormente, purificándolo interiormente, purificándolo y fortaleciéndolo, convirtiéndose  asi en la fuerza impulsora del ethos cristiano.  ¿Qué significa esto? ¿Cómo podemos experimentar la transformación divina?

Cada uno de nosotros llega a ser amigo de Dios por medio del don de lea gracia. ¿Cómo es posible esto? La amistad necesita fundamentalmente de una relación de igualdad, de un objetivo común y de comunicación reciproca. Ahora bien, elevándonos al nivel sobrenatural con su gracia (2 Pt 1,4) Dios nos dona la posibilidad de encontrarlo. Y nuestro fin es el de la vida eterna en Dios, de hecho nos es dado vivir en comunión de reciprocidad con Dios por medio de nuestro hermano Jesucristo (1Cor, 1,9). Por medio de la vida de oración y la apertura a las inspiraciones divinas, podemos mantener nuestra confianza, nuestra familiaridad y nuestra amistad con Dios.

El amor de la caridad – única realidad celestial que ya podemos experimentar en esta tierra – surge de la relación con nuestros hermanos. Nuestro amor hacia todos aquellos que vemos y conocemos no está en oposición al amor a Dios, en cuanto amamos a los demás por Dios. Tal como amamos a nuestros amigos, amamos también a sus hijos, por lo tanto no podemos amar a Dios sin amar a sus amigos.  El amor divino que se propaga nos hace amar a los oros, a quienes deseamos el mismo bien que nosotros recibimos de Dios. Es muy importante comprender que nuestro amor hacia los demás no es prueba suficiente de  nuestro amor hacia Dios. En realidad, el amor de la caridad incluye un autentico interés por los otros a nivel afectivo y a veces también en sus necesidades concretas. Pero siempre existe el riesgo que ello implique solamente un amor afectivo y egoísta si llegase a faltar la primacía del amor hacia Dios en cuanto Dios. La centralidad de Dios, sostenida por la fe, garantiza que el amor hacia el prójimo sea verdadero y de “calidad” excelsa. Ello conlleva también la preocupación por el verdadero bien del prójimo, en particular de su santidad. Si no deseamos el bien más alto para el prójimo corremos el riesgo de engañarnos pensando que amamos: en realidad estamos enamorados de nosotros mismos y de nuestras necesidades y probablemente estemos manipulando a la otra persona La fe en Dios purifica el amor humano, nos ayuda a soportar las dificultades, a perseverar en el amor autentico y a estar verdaderamente interesados por el bien del otro.

Ahora bien, si amamos a los otros con el amor divino de la caridad, ¿debemos amar a todos del mismo modo? No, puesto que no es posible, porque es naturalmente diversa la intensidad de nuestro amor. Es normal que el amor divino de la caridad, con el que amamos a los otros, sea más intenso hacia aquellas personas que están más cerca de nosotros, que aquel que albergamos hacia aquellos más lejanos (aunque tuviesen mas necesidad que nuestros amigos mas íntimos). Pero no debemos sentirnos culpables por ello. El amor sobrenatural es un amor autentico cuando involucra a la persona que amamos, y es natural amar mas a algunas personas con respecto a otras. De hecho, si decimos que amamos a todos del mismo modo, en realidad no amamos a nadie.

A veces alimentar la virtud de la caridad, requiere de un esfuerzo, una negación de sí mismo, la aceptación de la cruz con fe, pero es precisamente a fuerza de  ello que se llega a a un gozo y a una paz profundos. 

P. Wojciech Giertych, O.P. Teólogo de la Casa Pontificia

El Rev.Wojciech Giertych, O.P., de familia polaca, nació en Londres (Gran Bretaña) en 1951. Desde 1976 es miembro de la Provincia de Polonia de la Orden de los Predicadores (dominicos). Obtuvo el Doctorado en Teología en la Pontificia Universidad Santo Tomas de Aquino de Roma, donde actualmente enseña. Ha trabajado en la formación de estudiantes de la Provincia dominicana de Polonia de 1984 a 1988. Ha sido miembro del Consejo General de la Orden como Socio del Maestro para Europa Central y Oriental (1998-2002) y Socio para la Vida Intelectual (2002- 2005). Desde noviembre de 2005 es Teólogo de la Casa Pontificia y Consultar de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ha publicado varios libros y artículos de teología moral.

Artículo publicado en el Boletín mensual de la Postulación (Postulación de la Causa de Beatificación y Canonización del siervo de Dios Juan Pablo II)  TotusTuus Nr 3 marzo 2008

 

viernes, 27 de agosto de 2021

Las virtudes teologales de Fe, esperanza y caridad en la perspectiva ecuménica

 


 La fe, la esperanza y la caridad son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios. Son, por excelencia, las virtudes "teologales":  nos ponen en comunión con Dios y nos llevan a él. Forman un tríptico que tiene su vértice en la caridad, el agape, que canta de forma excelsa san Pablo en un himno de la primera carta a los Corintios. Ese himno concluye con la siguiente declaración:  "Ahora permanecen estas tres cosas:  la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad" (1 Co 13, 13).

Las tres virtudes teologales, en la medida en que animan a los discípulos de Cristo, los impulsan a la unidad, según la indicación de las palabras paulinas que escuchamos al inicio: "Un solo cuerpo (...), una sola esperanza (...), un solo Señor, una sola fe (...), un solo Dios y Padre" (Ef 4, 4-6). Continuando nuestra reflexión de la catequesis anterior sobre la perspectiva ecuménica, hoy queremos profundizar en el papel que desempeñan las virtudes teologales en el camino que lleva a la plena comunión con Dios-Trinidad y con los hermanos.

(…)

 En el vértice de las tres virtudes teologales está el amor, que san Pablo compara casi con un lazo de oro que une en armonía perfecta a toda la comunidad cristiana:  "Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección" (Col 3, 14). Cristo, en la solemne oración por la unidad de los discípulos, revela su substrato teológico profundo:  "el amor con que tú (oh Padre) me has amado esté en ellos y yo en ellos" (Jn 17, 26). Precisamente este amor, acogido y acrecentado, constituye en un solo cuerpo a la Iglesia, como nos señala san Pablo:  "Siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor" (Ef 4, 15-16).

La meta eclesial de la caridad, y al mismo tiempo su fuente inagotable, es la Eucaristía, comunión con el cuerpo y la sangre del Señor, anticipación de la intimidad perfecta con Dios. Por desgracia, como recordé en la catequesis anterior, en las relaciones entre los cristianos desunidos, «a causa de las divergencias relativas a la fe, no es posible todavía concelebrar la misma liturgia eucarística. Y sin embargo, tenemos el ardiente deseo de celebrar juntos la única Eucaristía del Señor, y este deseo es ya una alabanza común, una misma imploración. Juntos nos dirigimos al Padre y lo hacemos cada vez más "con un mismo corazón"» (Ut unum sint, 45). El Concilio nos recordó que "este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la una y única Iglesia de Cristo excede las fuerzas y la capacidad humanas". Por ello debemos poner nuestra esperanza "en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros y en el poder del Espíritu Santo" (Unitatis redintegratio, 24).

(de la Audiencia General de Juan Pablo II 22 de noviembre de 2000 – leer completa)


 

 

sábado, 1 de agosto de 2020

El hombre que sufre nos pertenece



«El hombre que sufre nos pertenece» es la frase que Juan Pablo II pronunció en 1992 durante la visita al comedor de Caritas diocesana de Roma, en Colle Oppio, lugar que la Diócesis de Roma ha dedicado a su memoria.

Un pensamiento que sintetiza y al mismo tiempo identifica la obra pastoral que ha encarnado en el Papa Wojtyla la esperanza concreta de pobres, marginados, enfermos y explotados de todo el mundo, quienes han encontrado en él consuelo y una firme voz clamando paz y justicia.

Juan Pablo II – el pontífice que ha hecho del mundo una sola gran parroquia y también fuera es reconocido universalmente como guía espiritual por hombres y mujeres no creyentes y pertenecientes a otros credos – ha sido para nosotros, los romanos, Obispo y Padre.

Desde el comienzo de su pontificado, había afirmado «soy plenamente consciente de haber llegado a ser Papa de la Iglesia universal por ser Obispo de Roma», y como guía de la Iglesia de Roma, ratificó la opción fundamental por los pobres Una opción que en estos años ha inspirado y guiado el trabajo de las parroquias y de la comunidad cristiana, pero también de las instituciones y la sociedad civil, hacia políticas y mensajes tendientes a valorizar la dignidad del hombre.

Recuerdo haberme encontrado por primera vez con Wojtyla cuando era arzobispo en un viaje a Cracovia organizado por el Seminario Romano Mayor en 1972. Junto a otros jóvenes sacerdotes, varias veces a la semana durante mi permanencia en Polonia, tuve oportunidad de conocer la obra que se llevaba a cabo en la diócesis, y de observar su particular interés por las personas mas indigentes haciendo involucrar en ello a toda la comunidad. Esto ocurría en un contexto por cierto nada fácil en cuanto a las libertades individuales, pero precisamente por eso supo hacer crecer la diócesis en solidaridad.

Una obra pastoral que continuó al mando de la Iglesia como Obispo de Roma, fundando ya el primer año de su pontificado la Caritas diocesana. Una presencia que nos fue acompañando durante tantos años, y que día tras día, nos animaba.  Sabíamos que cuando, como instrumentos de la caridad, estábamos al lado de los vagabundos, de los inmigrantes defendíamos los derechos más elementales de los extranjeros ilegales, de los enfermos o de los sin vivienda, nuestro guía era nuestro Obispo.

Frente a los grandes dramas mundiales de pobreza y marginación, Juan Pablo II supo mostrar a la comunidad cristiana y también a la internacional el camino de un amor concreto y tangible que no era  un nuevo sentimiento abstracto e individual. Ha guiado a la Iglesia y en particular a los jóvenes, hacia la caridad, virtud teologal vivida como estilo de existencia cotidiana marcada por el servicio gratuito inspirado en los mas auténticos valores evangélicos.

Una caridad que se dirige al hombre en cuanto imagen del Cristo que sufre, y por tal motivo, no fácil de adoptar porque no es solo un deber a cumplir o un trabajo a realizar, sino una cercanía espiritual y mística con aquel que sufre.

Una invitación a vivir con el pobre y con el desprotegido porque es él quien encarna a Jesus:  una perspectiva que se nutre del Evangelio que Juan Pablo II supo testimoniar.

En octubre de 2004, en ocasión del XXV aniversario de la fundación de la Caritas Diocesana de Roma,él nos trazo el camino a seguir: «Auguro (…) un renovado deseo de fidelidad al carisma originario: este hace referencia esencial al amor gratuito y misericordioso de Dios a los hombres, así como a la virtud sobrenatural de la caridad, infundida en el corazón de los creyentes. Con estas sólidas referencias espirituales, animo a seguir adelante confiadamente y con impulso apostolico.»”

Mons. Guerino DI Tora - Director Caritas Diocesana

(Texto publicado en Totus Tuus 3/2008


viernes, 26 de junio de 2015

Escuela eucarística de la caridad

“Queridos amigos, si aprendéis a descubrir a Jesús en la Eucaristía, lo sabréis descubrir también en vuestros hermanos y hermanas, sobre todo en los más pobres. La Eucaristía recibida con amor y adorada con fervor es escuela de libertad y de caridad para realizar el mandamiento del amor. Jesús nos habla el lenguaje maravilloso del don de sí mismo y del amor hasta el sacrificio de la propia vida. ¿Es un discurso fácil? Bien sabéis que no. El olvido de sí no es fácil; éste aleja del amor posesivo y narcisista para abrir al hombre al gozo del amor que se dona. Esta escuela eucarística de libertad y de caridad enseña a superar las emociones superficiales para radicarse firmemente en lo que es verdadero y bueno; libra del encerrarse en uno mismo y prepara para abrirse a los demás, enseña a pasar de un amor afectivo a un amor efectivo. Porque amar no es sólo un sentimiento; es un acto de voluntad que consiste en preferir de manera constante, por encima del propio el bien, el bien de los demás: “Nadie tiene mayor amor, que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Con esta libertad interior y con esta ardiente caridad es como Jesús nos educa para encontrarlo en los demás, sobre todo en el rostro desfigurado del pobre. A la beata Teresa de Calcuta le gustaba distribuir su “tarjeta de visita” sobre la que estaba escrito: “Fruto del silencio es la oración; fruto de la oración, la fe; fruto de la fe, el amor; fruto del amor, el servicio; fruto del servicio, la paz”. Éste es el camino del encuentro con Jesús. Id al encuentro de todos los sufrimientos humanos con la fuerza de vuestra generosidad y con el amor que Dios infunde en vuestros corazones por medio del Espíritu Santo: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). El mundo tiene necesidad urgente del gran signo profético de la caridad fraterna. No es suficiente “hablar” de Jesús; en cierto modo hay que hacerlo “ver” con el testimonio elocuente de la propia vida (cfr. Novo millennio ineunte, 16).”


lunes, 20 de octubre de 2008

La caridad -virtud teologal- en las catequesis de Juan Pablo II


“«Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4, 20-21). La virtud teologal de la caridad, de la que hablamos en la catequesis anterior (1) se expresa en dos direcciones: hacia Dios y hacia el prójimo.
En ambos aspectos es fruto del dinamismo de la vida de la Trinidad en nuestro interior. En efecto, la caridad tiene su fuente en el Padre, se revela plenamente en la Pascua del Hijo, crucificado y resucitado, y es infundida en nosotros por el Espíritu Santo. En ella Dios nos hace partícipes de su mismo amor.
Quien ama de verdad con el amor de Dios, amará también al hermano como él lo ama. Aquí radica la gran novedad del cristianismo: no puede amar a Dios quien no ama a sus hermanos, creando con ellos una íntima y perseverante comunión de amor”
“«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 34-35)”…. Sólo quien practica ambos mandamientos, (*) está cerca del reino de Dios, como dice Jesús respondiendo al escriba que le había hecho la pregunta (cf. Mc 12, 28-34).” (de la audiencia-catequesis del 20 de octubre de 1999)

(1) “La caridad constituye la esencia del «mandamiento» nuevo que enseñó Jesús. En efecto, la caridad es el alma de todos los mandamientos, cuya observancia es ulteriormente reafirmada, más aún, se convierte en la demostración evidente del amor a Dios: «En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos» (1 Jn 5, 3). Este amor, que es a la vez amor a Jesús, representa la condición para ser amados por el Padre: «El que recibe mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él» (Jn 14, 21)” (Audiencia 13 de octubre 1999)

“La fe, la esperanza y la caridad son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios. Son, por excelencia, las virtudes "teologales": nos ponen en comunión con Dios y nos llevan a él. Forman un tríptico que tiene su vértice en la caridad, el agape, que canta de forma excelsa san Pablo en un himno de la primera carta a los Corintios. Ese himno concluye con la siguiente declaración: "Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad" (1 Co 13, 13)”

(*) 2055 "Cuando le hacen la pregunta: ‘¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?’ (Mt 22, 36), Jesús responde: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas’ (Mt 22, 37-40; cf Dt 6, 5; Lv 19, 18). El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley" (Catecismo de la Iglesia Católica)
Invito leer
Las virtudesLa caridad del P. Wojciech Giertych o.p. Teólogo de la Casa Pontificia en Totus Tuus Nr 3 marzo 2008
y visitar mi entrada anterior: Primera audiencia general de Juan Pablo II