Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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lunes, 3 de febrero de 2025

Benedicto XVI : Arte y oración

 


Me permito transcribir completo este precioso texto  de la Audiencia General del Papa Benedicto XVI titulado Arte y Oracion, ofrecido en la Plaza de la Libertad de Castelgandolfo.

“Durante este período, más de una vez he llamado la atención sobre la necesidad que tiene todo cristiano de encontrar tiempo para Dios, para la oración…. El Señor mismo nos ofrece muchas ocasiones para que nos acordemos de él. Hoy quiero reflexionar brevemente sobre uno de estos canales que pueden llevarnos a Dios y ser también una ayuda en el encuentro con él: es la vía de las expresiones artísticas, parte de la «via pulchritudinis» —«la vía de la belleza»— de la cual he hablado en otras ocasiones y que el hombre de hoy debería recuperar en su significado más profundo.

Tal vez os ha sucedido alguna vez ante una escultura, un cuadro, algunos versos de una poesía o un fragmento musical, experimentar una profunda emoción, una sensación de alegría, es decir, de percibir claramente que ante vosotros no había sólo materia, un trozo de mármol o de bronce, una tela pintada, un conjunto de letras o un cúmulo de sonidos, sino algo más grande, algo que «habla», capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el alma. Una obra de arte es fruto de la capacidad creativa del ser humano, que se cuestiona ante la realidad visible, busca descubrir su sentido profundo y comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos. El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de infinito. Más aún, es como una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano. Una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, impulsándonos hacia lo alto.

Pero hay expresiones artísticas que son auténticos caminos hacia Dios, la Belleza suprema; más aún, son una ayuda para crecer en la relación con él, en la oración. Se trata de las obras que nacen de la fe y que expresan la fe. Podemos encontrar un ejemplo cuando visitamos una catedral gótica: quedamos arrebatados por las líneas verticales que se recortan hacia el cielo y atraen hacia lo alto nuestra mirada y nuestro espíritu, mientras al mismo tiempo nos sentimos pequeños, pero con deseos de plenitud… O cuando entramos en una iglesia románica: se nos invita de forma espontánea al recogimiento y a la oración. Percibimos que en estos espléndidos edificios está de algún modo encerrada la fe de generaciones. O también, cuando escuchamos un fragmento de música sacra que hace vibrar las cuerdas de nuestro corazón, nuestro espíritu se ve como dilatado y ayudado para dirigirse a Dios. Vuelve a mi mente un concierto de piezas musicales de Johann Sebastian Bach, en Munich, dirigido por Leonard Bernstein. Al concluir el último fragmento, en una de las Cantatas, sentí, no por razonamiento, sino en lo más profundo del corazón, que lo que había escuchado me había transmitido verdad, verdad del sumo compositor, y me impulsaba a dar gracias a Dios. Junto a mí estaba el obispo luterano de Munich y espontáneamente le dije: «Escuchando esto se comprende: es verdad; es verdadera la fe tan fuerte, y la belleza que expresa irresistiblemente la presencia de la verdad de Dios». ¡Cuántas veces cuadros o frescos, fruto de la fe del artista, en sus formas, en sus colores, en su luz, nos impulsan a dirigir el pensamiento a Dios y aumentan en nosotros el deseo de beber en la fuente de toda belleza! Es profundamente verdadero lo que escribió un gran artista, Marc Chagall: que durante siglos los pintores mojaron su pincel en el alfabeto colorido de la Biblia. ¡Cuántas veces entonces las expresiones artísticas pueden ser ocasiones para que nos acordemos de Dios, para ayudar a nuestra oración o también a la conversión del corazón! Paul Claudel, famoso poeta, dramaturgo y diplomático francés, en la basílica de «Notre Dame» de París, en 1886, precisamente escuchando el canto del Magníficat durante la Misa de Navidad, percibió la presencia de Dios. No había entrado en la iglesia por motivos de fe; había entrado precisamente para buscar argumentos contra los cristianos, y, en cambio, la gracia de Dios obró en su corazón.

Queridos amigos, os invito a redescubrir la importancia de este camino también para la oración, para nuestra relación viva con Dios. Las ciudades y los pueblos en todo el mundo contienen tesoros de arte que expresan la fe y nos remiten a la relación con Dios. Por eso, la visita a los lugares de arte no ha de ser sólo ocasión de enriquecimiento cultural —también esto—, sino sobre todo un momento de gracia, de estímulo para reforzar nuestra relación y nuestro diálogo con el Señor, para detenerse a contemplar —en el paso de la simple realidad exterior a la realidad más profunda que significa— el rayo de belleza que nos toca, que casi nos «hiere» en lo profundo y nos invita a elevarnos hacia Dios. Termino con la oración de un Salmo, el Salmo 27: «Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo» (v. 4). Esperamos que el Señor nos ayude a contemplar su belleza, tanto en la naturaleza como en las obras de arte, a fin de ser tocados por la luz de su rostro, para que también nosotros podamos ser luz para nuestro prójimo. Gracias.”

BenedictoXVI, Audiencia General, Plaza de la Libertad Castelgandolfo, 31 de agosto de2011

miércoles, 16 de febrero de 2022

Marco Frisina: el artista, buscador del rostro de Dios.

 


No todos están llamados a ser artistas en el sentido especifico de la palabra. Sin embargo, según la expresión del Génesis, a cada hombre se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra (Juan Pablo II, Carta a los Artistas, n2)  

El arte y la belleza son los medios que ha escogido el Señor para elevar al hombre sobre si mismo y como en magnifico vuelo impulsarlo hacia Dios. Son las alas que Dios ha querido donar a los hombres a fin de que las usen para alzarse por encima de las miserias y de las vulgaridades del mundo hacia las cosas más altas, grandes, a la medida de la imagen de Dios, que el hombre alberga n la intimidad de su corazón.  Y precisamente esa imagen de Dios, que el hombre lleva en el corazón, lo empuja a la búsqueda del rostro de Dios, al origen del cual proviene, para utilizar un término caro al papa Juan Pablo II en su poema Tríptico romano.   El artista es, por vocación, un buscador del rostro de Dios, una especie de explorador que parte hacia lugares lejanos para luego retornar y por medio de sus obras, compartir con sus amigos las bellezas descubiertas.  Juan Pablo II siempre pregonó, sin reservas, su coproiso con esta vocación. No solamente como poeta y artistas, sino también, y quizás sobre todas las cosas, como enamorado de Cristo y de la Iglesia, como un apasionado por el hombre y su dignidad. Su pontificado se asemeja mucho a la vida apasionada de un artista que halló en el Evangelio el mensaje más bello de anunciar, y en Cristo el rostro más bello a ser contemplado, amado y dado a conocer.

 Para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, la Iglesia tiene necesidad del arte. En efecto, debe hacer perceptible, más aun, fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios.  Debe por tanto acuñar en fórmulas significativas lo que en si mismo es inefable. (Juan Pablo II, Carta a los Artistas, n. 12)

 Juan Pablo II ha plasmado en su propia vida, en sus palabras, en sus gestos, aquella obra maestra de la que hablaba en Carta a los Artistas. Y nos urgió a tomar conciencia de la grandeza de la vida cristiana, de su “alta medida”. La banalidad y la fealdad de la vida en pecado, de toda la vida proclive a la bajeza, no es vida cristiana. El Evangelio siempre nos llama a mirar a “las cosas de arriba” (Col. 3) y a convertirnos en conocedores y fieles frecuentadores de la belleza, que encuentra su punto culminante en el rostro de Cristo. Allí el Creador ha reunido toda la belleza y el esplendor.

 La belleza es la clave del misterio y la llamada a lo trascendente. Es u na invitación a gustar la vida y a soñar el futuro. Por eso la belleza de las cosas creadas no puede saciar del todo y suscita esa arcana nostalgia de Dios que un enamorado de la belleza como san Agustín ha sabido interpretar de manera inigualable: «tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé»  (Juan Pablo II Carta a los Artistas n. 16)

 Todos nosotros, artistas y cristianos tenemos el deber de transitar este camino de fe y contemplación para ofrecer un servicio enamorado a Cristo ya a los hermanos por los senderos de la belleza, a la búsqueda, con los hombres y por los hombres, del rostro de Cristo.

 Os deseo, artistas del mundo, que vuestros múltiples caminos conduzcan a todos hacia aquel océano infinito de belleza, en el que el asombro se convierte en admiración, embriaguez, gozo indecible. Que el misterio de Cristo resucitado, con cuya contemplación exulta en estos días la Iglesia, os inspire y oriente. Que os acompañe la Santísima Virgen, la «tota pulchra» que innumerables artistas han plasmado y que le gran Dante contempla en el fulgor del Paraíso como «belleza que alegraba los ojos de todos los otros santos»  (Juan Pablo II Carta los Artistas, n. 16)

 

Mons. Marco Frisina

(Editorial de Totus Tuus, Nro 9 septiembre 2007)

sábado, 8 de diciembre de 2012

Mujeres hermosas








 





 



 

Son solo algunas ….

Pero Ella,  la Inmaculada, es la más hermosa, excelso modelo de santidad! Tota pulchra Maria!
“Obtén tú, una vez más, paz y salvación para todas las gentes. El Padre eterno, que te escogió para ser la Madre inmaculada del Redentor, renueve también en nuestro tiempo, por medio de ti, las maravillas de su amor misericordioso. Amén” (Juan Pablo II) 

“Que os acompañe la Santísima Virgen, la «tota pulchra» que innumerables artistas han plasmado y que el gran Dante contempla en el fulgor del Paraíso como « belleza, que alegraba los ojos de todos los otros santos »[27].” (Juan Pablo II Carta a los artistas)