Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

miércoles, 17 de junio de 2026

Papa Leon XIV – Audiencia General con sus comentarios acerca del viaje apostólico a Argelia, Camerún, Anglo y Guinea Ecuatorial.

 




Hoy deseo hablar sobre el viaje apostólico que realicé del 13 al 23 de abril visitando cuatro países africanos: Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial.

Desde el inicio de mi pontificado, había pensado en un viaje a África. Doy gracias al Señor, que me ha permitido realizarlo como Pastor para visitar y animar al pueblo de Dios, y vivirlo como mensaje de paz en un momento histórico marcado por guerras y graves y frecuentes violaciones del derecho internacional. Expreso mi más sincero agradecimiento a los obispos y a las autoridades civiles que me han acogido, así como a todos aquellos que han colaborado en la organización.

La providencia quiso que la primera etapa fuera precisamente el país donde se encuentran los lugares de san Agustín, es decir, Argelia. Así, por una parte, he podido comenzar desde las raíces de mi identidad espiritual; y, por otra parte, me ha sido posible atravesar y consolidar puentes muy importantes para el mundo y la Iglesia de hoy: el puente con la época fecundísima de los Padres de la Iglesia; el puente con el mundo islámico; el puente con el continente africano.

En Argelia he recibido una acogida no solamente respetuosa, sino también cordial, y hemos podido comprobar de primera mano y mostrar al mundo que es posible vivir juntos como hermanos y hermanas, incluso de religiones distintas, cuando nos reconocemos hijos del mismo Padre misericordioso. Asimismo, ha sido una ocasión propicia para entrar en la escuela de san Agustín: con su experiencia de vida, sus escritos y su espiritualidad, él es maestro en la búsqueda de Dios y de la verdad. Su testimonio es hoy de gran importancia para los cristianos y para cualquier persona.

En los siguientes tres países que he visitado, la población es, en cambio, de mayoría cristiana, y, por tanto, me he sumergido en un ambiente de fiesta de la fe, de acogida calurosa, favorecida también por el carácter típico de la gente africana. Al igual que mis predecesores, yo también he experimentado un poco de lo que le sucedía a Jesús con las multitudes de Galilea: Él las veía sedientas y hambrientas de justicia, y les anunciaba: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que trabajan por la paz…” Y reconociendo su fe, decía: “Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo” (cfr. Mt 5,1-16).

La visita a Camerún me ha permitido reforzar el llamamiento a comprometernos juntos con la reconciliación y la paz, porque también este país, desgraciadamente, está marcado por tensiones y violencia. Me alegro de haber ido a Bamenda, en la zona anglófona, donde he animado a trabajar juntos por la paz. Camerún es llamado “África en miniatura”, con referencia a la variedad y a la riqueza de su naturaleza y de sus recursos; pero también podemos entender esta expresión en el sentido de que en Camerún encontramos las grandes necesidades de todo el continente africano: la necesidad de una distribución equitativa de las riquezas; de dar espacio a los jóvenes, superando la corrupción endémica; de promover el desarrollo integral y sostenible, oponiendo a las varias formas de neocolonialismo una cooperación internacional con visión de futuro. Doy las gracias a la Iglesia en Camerún y a todo el pueblo camerunés, que me ha acogido con tanto amor; y rezo para que el espíritu de unidad que se ha manifestado durante mi visita se mantenga vivo y guíe las decisiones y las acciones futuras.

La tercera etapa del viaje ha sido Angola, gran país al sur del ecuador, de tradición cristiana multisecular, ligada a la colonización portuguesa. Como muchos países africanos, después de haber alcanzado la independencia, Angola ha atravesado un periodo difícil, que en su caso ha sido ensangrentado por una larga guerra interna. En el crisol de esta historia, Dios ha guiado y purificado la Iglesia convirtiéndola cada vez más al servicio del Evangelio, de la promoción humana, de la reconciliación y de la paz. ¡Iglesia libre para un pueblo libre! En el santuario mariano de Mamã Muxima – que significa “Madre del corazón” – he sentido latir el corazón del pueblo angoleño. Y en los varios eventos he visto con alegría muchas religiosas y religiosos de todas las edades, profecía del Reino de los cielos en medio de su gente; he visto catequistas que se dedican enteramente al bien de la comunidad; he visto rostros de ancianos esculpidos por fatigas y sufrimientos, y que transparentan la alegría del Evangelio; he visto mujeres y hombres danzar al ritmo de cantos de alabanza al Señor resucitado, fundamento de una esperanza que resiste a las desilusiones causadas por las ideologías y las promesas vanas de los poderosos.

Esta esperanza exige un compromiso concreto, y la Iglesia tiene la responsabilidad, con el testimonio y el anuncio valiente de la Palabra de Dios, de reconocer los derechos de todos y de promover su respeto efectivo. He podido asegurar a las autoridades civiles angoleñas, y también a las de los otros países, la voluntad de la Iglesia Católica de seguir ofreciendo esta contribución, especialmente en los campos sanitario y educativo.

El último país que he visitado es Guinea Ecuatorial, en el 170°. aniversario de la primera evangelización. Con la sabiduría de la tradición y a la luz de Cristo, el pueblo guineano ha atravesado los acontecimientos de su historia, y, en los pasados días, en presencia del Papa, ha renovado con gran entusiasmo su voluntad de caminar unido hacia un futuro de esperanza.

No puedo olvidar lo sucedido en la cárcel de Bata, en Guinea Ecuatorial: los reclusos cantaron a pleno pulmón un canto de agradecimiento a Dios y al Papa, pidiéndole que rece “por sus pecados y su libertad”. Nunca había visto nada semejante. Y luego han rezado conmigo el Padre Nuestro, bajo una lluvia torrencial. ¡Un signo auténtico del Reino de Dios! Y, siempre bajo la lluvia, comenzó el gran encuentro con la juventud en el estadio de Bata. Una fiesta de alegría cristiana, con testimonios conmovedores de jóvenes que han encontrado en el Evangelio el camino para un crecimiento libre y responsable. Esta fiesta culminó con la celebración eucarística del día siguiente, que coronó dignamente la visita a Guinea Ecuatorial y todo el viaje apostólico.

 

Invito leer: León XIV en África: Peregrino entre "diferentes pueblos y mundos"

lunes, 15 de junio de 2026

Joseph Ratzinger y el Concilio Vaticano II

 


Mañana martes 16 de junio, a partir de las 17:00 horas, tendrá lugar en la biblioteca del Colegio de Santa Maria dell’Anima en Roma (Via della Pace, 20), la presentación del libro Joseph Ratzinger y el Concilio Vaticano II (editado por Sameer Advani y Leonardo Pelonara, Cantagalli, 2026). La presentación está organizada por Ratzinger Class en colaboración con la Fundación Vaticana Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, el Pontificio Ateneo Regina Apostolorum y Edizioni Cantagalli.

Tras las palabras de bienvenida del reverendo Michael Max, rector de la iglesia y el colegio de Santa Maria dell’Anima, el reverendo profesor Roberto Regoli, presidente de la Fundación Ratzinger, y Lea Amodio, autora y redactora jefe de Ratzinger Class, presentarán una ponencia del cardenal Gerhard Ludwig Müller, antiguo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y editor de las Obras Completas de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. A continuación, los editores pronunciarán sus palabras de clausura. La reunión será moderada por Chiara Bertani. dela Fundación Ratzinger.

 

Espera y asombro del hombre ante el misterio

 


"¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!" (Is 63, 19). Esta gran invocación de Isaías, que sintetiza bien la espera de Dios presente ante todo en la historia del Israel bíblico, pero también en el corazón de cada hombre, no ha caído en el olvido. Dios Padre ha cruzado el umbral de su trascendencia: mediante su Hijo, Jesucristo, ha recorrido los senderos del hombre y su Espíritu de vida y amor ha penetrado en el corazón de sus criaturas. No permite que nos alejemos de sus caminos ni deja que nuestro corazón se endurezca para siempre (cf. Is 63, 17). En Cristo, Dios se acerca a nosotros, sobre todo cuando nuestro "rostro está triste", y entonces, al calor de su palabra, como sucedió con los discípulos de Emaús, nuestro corazón empieza a arder dentro de nosotros (cf. Lc 24, 17. 32). Sin embargo, el paso de Dios es misterioso y exige una mirada pura para descubrirlo, y oídos dispuestos a escucharlo. 

Desde esta perspectiva, queremos reflexionar hoy sobre dos actitudes fundamentales que es preciso adoptar en relación con el Dios-Emmanuel, el cual ha decidido encontrarse con el hombre en el espacio y en el tiempo, así como en la intimidad de su corazón. La primera actitud es la espera, bien ilustrada en el pasaje del evangelio de san Marcos que acabamos de escuchar (cf. Mc 13, 33-37). En el original griego encontramos tres imperativos que articulan esta espera. El primero es: "Estad atentos"; literalmente: "Mirad, vigilad". "Atención", como indica la misma palabra, significa tender, estar orientados hacia una realidad con toda el alma. Es lo contrario de distracción que, por desgracia, es nuestra condición casi habitual, sobre todo en una sociedad frenética y superficial como la contemporánea. Es difícil fijar nuestra atención en un objetivo, en un valor, y perseguirlo con fidelidad y coherencia. Corremos el riesgo de hacer lo mismo también con Dios, que, al encarnarse, ha venido a nosotros para convertirse en la estrella polar de nuestra existencia.

Al imperativo "estad atentos" se añade "velad", que en el original griego del evangelio equivale a "estar en vela". Es fuerte la tentación de abandonarse al sueño, envueltos en las tinieblas de la noche, que en la Biblia es símbolo de culpa, de inercia y de rechazo de la luz. Por eso, se comprende la exhortación del apóstol san Pablo: "Vosotros, hermanos, no vivís en las tinieblas, (...) porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Así pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados" (1 Ts 5, 4-6). Sólo liberándonos de la oscura atracción de las tinieblas y del mal lograremos encontrar al Padre de la luz, en el cual "no hay fases ni períodos de sombra" (St 1, 17). 

(de la AudienciaGeneral del Papa Juan Pablo II del 26 de julio de 2000)

El “desconocido” de Nazareth

 

(Mosaico de Cristo Pantocrátor de estilo bizantino en la Catedral de CefalùSicilia - imagen de Wikipedia)

En toda la zona se hablaba de un “Desconocido” de Nazareth.  En torno a Él se congregaban las muchedumbres. La persona de Jesús atraía a muchos curiosos llenos de euforia, amantes de los insólitos hechos que El realizaba y personas fascinadas por las palabras que escuchaban.   Pero era, sobre todo, la fuerza de su enseñanza lo que avivaba la curiosidad de mucha gente-. La persona misma de Jesús, su presencia, acrecentaba el entusiasmo por sus enseñanzas. La gente, escuchándolo, siguiéndolo, de repente descubriría en Él mucho más que a un joven hombre de Nazareth.

Han reconocido en Él al profeta,  al Mesías, el Dios esperado desde hacía mucho tiempo. El cumplimiento de las expectativas les animaba a perseverar a su lado, a pesar del hambre, del calor y de la oposición oficial de los exponentes religiosos y estatales. ¿Qué no se haría por quien teniendo plena autoridad se admira y ama?

Cerca de Jesús estaban también quienes no le dirigían la más mínima atención, quienes lo consideraban un hombre al que no valía la pena dedicar su tiempo.

Es unja postura común, antigua como el mundo. Y es propio en circunstancias como esta, en la que Jesús entra en el corazón de las personas haciendo sentir la llamada, la vocación. Se coloca ante el hombre, llama a una persona concreta que elige y a la cual dirige su palabra: “Sigueme”.

No toma en consideración la situación personal – el trabajo, la familia, los compromisos sociales, los negocios – y no obstante nuestra oposición, es insistente: “De Nazareth puede salir algo bueno?” La aventura de los Apóstoles, su vocación, empieza verdaderamente de esta manera: a partir del abandono de los deberes cotidianos como la pesca o la recaudación de los tributos, del propio “yo” y de la decisión de seguir a Jesús en la obediencia, a veces no sabiendo siquiera el motivo por el que algo se hace de una determinada manera y no de otra, a pesar de todo, a pesar de la dificultad, del riesgo de persecuciones y rechazo por parte de los hombres.

Entonces ¿Qué mueve al hombre hacia ese camino?

¿La sabiduría? No. Si los Apóstoles hubieran entendido la perspectiva de Jesús, probablemente habrían huido. Basta pensar en Getsemaní, y en el número de discípulos que permanecieron bajo la cruz.

¿Quizás mucho dinero? De ningún modo., Por el Evangelio sabemos cómo eran de pobres. A menudo les faltaba el pan, no tenían casa, aunque la gente se mostraba muy  benévola hacia ellos.

Jesús a menudo les avisaba del peligro de las riquezas, de la excesiva propiedad de bienes y del apego a ellos. Por lo tanto no era esto lo que les empujaba a permanecer al lado de Jesús.

¿Entonces qué?  Queremos fe, es decir, conocer a Jesús y tener confianza en Él. Queremos esperanza, es decir, dejar nuestra suerte en manos de Jesús.  Y, en fin, tenemos necesidad de enamorarnos de Él. Nadie podrá  obstaculizarnos para conseguirlo, o bien convertirnos en sacerdote o religiosa, en un buen marido y padre, una buena esposa y madre, y ante todo, en cristianos.

El éxito de todas las vocaciones depende del grado de familiaridad ocn Jesús. Parece fácil, pero es difícil de realizar.

¿Necesitas entonces escapar de este camino? No, orque a Dios no se le dice que no. Él quiere darnos lo  mejor. Es necesario mucho ánimo, la locura de la fe, de la esperanza y del amor que se da.

Es necesario volver, cada dia, con la mente, al primer instante en que nació este amor, cuidarlo cada día y alimentarlo: es la garantía para mantener la frescura de cada vocación humana.

Padre Zygmunt Kosowski (Director de la edición polaca de “Totus Tuus” la revista de la postulación en tiempos del proceso por la beatificación y canonización de Juan Pablo II) – artículo publicado en el Nro 5, año 2006


 

sábado, 13 de junio de 2026

Karol Wojtyla en “coloquio” con Maria - Slawomir Oder

 


Don Slawomir Oder, quien fuera el postulador de la causa de beatificación y canonización de Juan Pablo II dice en su libro “Porque es santo” que podríamos fundamentar que Juan Pablo II poseía un don de percepción extraordinaria de lo sobrenatural. Durante unas conversaciones sobre apariciones marianas, alguien de su entorno le pregunto si alguna vez había visto a la Virgen. Y el Papa respondió decidido: “No, no he visto a la Virgen, pero la percibo”.

Habiendo sido aspirante desde los 13 años Karol fue admitido en la Congregación Mariana a los 15 y en 1935 llego a ser presidente de la Congregación mariana estudiantil en el colegio secundario “Marcin Wadowita” de Wadowice. Ya desde aquellos años conservó algunas manifestaciones externas de su pertenencia a Maria; de día acostumbraba llevar el rosario alrededor de su muñeca y de noche lo colocaba sobre la mesita de luz; o el escapulario de la Virgen del Carmelo que siempre llevaba al cuello (escapulario que fue manchado de sangre el dia del atentado en 1981 y del cual no quiso separarse ni siquiera en la sala de operaciones).


A mitades de los años cuarenta practicaba la devoción en el Colegio belga en su tiempo de estudio en Roma: se detenía a menudo para rezar delante de las virgencitas romanas, en capillitas con imágenes o bajorrelieves de la Virgen. En 1981 con ocasión de la Fiesta de la Inmaculada bendeciría el mosaico de Maria Madre de la Iglesia mirando sobre la Plaza San Pedro. Finalmente había encontrado su lugar entre tantas estatuas de apóstoles y santos que desde hacía siglos adornaban la Basílica vaticana y la columnata de Bernini.



Contaba el cardenal Deskur, que cuando fue nombrado arzobispo de Cracovia Wojtyla se encontró con un seminario diocesano casi vacío y entonces decidió hacerle una promesa a Maria: «Hare tantas peregrinaciones a pie a todos tus santuarios grandes y pequeños, cercanos o lejanos según el numero de vocaciones que nos regales cada año». De pronto el Seminario comenzó a repoblarse y contaba casi quinientos alumnos cuando el Arzobispo dejó Cracovia para hacerse cargo de la cátedra de Pedro. Basándose en esta promesa Juan Pablo II insistía que en sus viajes pastorales siempre se incluyera en el programa al menos una visita a un lugar de culto mariano. En Cracovia rezaba por los problemas de la diócesis en el vecino santuario de Kalwaria Zebrzydowska, que visitaba para caminar por sus senderos a menudo cubiertos de barro o de nieve, tanto que su chofer ya había adoptado la costumbre de tener siempre a mano un par de botas de goma. Después de su “conversación” con la Virgen explicaba el arzobispo, cualquier dificultad inexplicablemente encontraba solución.



 Otro lugar mariano que Juan Pablo II llevaba en su corazón era el Santuario de Czestochowa. Un testigo del último viaje a Polonia de Juan Pablo II recordaba: «La capilla donde está la Virgen es muy pequeña. Al buscar un poco de espacio para arrodillarme, me di cuenta recién al final que estaba tan cerca del Santo Pare que casi podría tocarlo. Rezaba. Y en determinado momento rezaba casi en voz alta. Yo no sé que decía. Pero fue una “conversación” excepcional. Parecía no terminar nunca. Aquel encuentro con la “madre “daba vuelta todo el programa de la visita. Y yo de aquel viaje me lleve dentro de mí aquel coloquio. Sin haber comprendido una palabra. O quizás habiéndolas comprendido todas”

La intensidad y la profunda concentración con que se dirigía a Maria atribuían al Papa, a los ojos de quienes lo observaban, un aura casi sobrenatural. Un huésped suyo durante las vacaciones de verano en Castel Gandolfo contaba que después de recitar el rosario con él en el jardín, como de costumbre, «Juan Pablo II se ubicaba delante de la estatua de Nuestra Señora de Lourdes y me pedía que me alejara, pero yo no me alejaba tanto como para no poder verlo. Se quedaba allí por lo menos media hora más para rezar y era como si su persona se transformase también físicamente». El mismo admitía que el rosario era su oración predilecta: «Nuestro corazón puede compendiar en estas decenas del rosario todos los momentos que componen la vida de la persona, de la familia, de las naciones, de la Iglesia y de la humanidad. De esta manera la sencilla oración del rosario late al ritmo de la vida humana».

«Después de una conversación con el Papa» recuerda otro testigo, «he tenido la suerte, mejor dicho el don, de sentirme invitado por él: “Nosotros vamos a rezar el rosario porque no vienes también tu?” Lo seguí a la terraza de sus habitaciones y así comprendí el valor de aquel rosario: un momento de vigilia por su diócesis, por toda la Iglesia, por el mundo, por los que sufren. “Mira” me decía alguna vez entre un misterio y otro, indicándome los diversos edificios del Vaticano y de Roma. En un momento me dejo perplejo al decirme: “Allí, en aquel edificio, también esta su casa”. Y después posaba su mirada sobre la ciudad. Veía todo, sabía todo. “Yo conozco mejor Roma…..” decía sonriendo».

 

Slawomir Oder : "Perche e santo", Rizzoli, 2010, cap 3 Il  mistico, In «coloquio» con Maria

 

(no tengo la version en español, asi que he traducido este trozo de la edicion en italiano)  

La "peregrinación de la fe"- el camino de Maria - por el Papa del Totus Tuus

 

7. En la carta apostólica Novo millennio ineunte escribí que "a Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe" (n. 19). Precisamente este fue el camino que  siguió  María  durante toda su vida terrena, y es el camino de la Iglesia peregrinante hasta el fin de los tiempos. El concilio Vaticano II insistió mucho en la fe de María, misteriosamente compartida por la Iglesia, poniendo de relieve el itinerario de la Virgen desde el momento de la Anunciación hasta el de la pasión redentora (cf. Lumen gentium, 57 y 67; Redemptoris Mater, 25-27).



En los escritos de san Luis María encontramos el mismo énfasis en la fe que vivió la Madre de Jesús a lo largo de un camino que va desde la Encarnación hasta la cruz, una fe en la que María es modelo y "tipo" de la Iglesia. San Luis María lo expresa con una gran riqueza de matices cuando expone a su lector los "efectos maravillosos" de la perfecta devoción mariana:  "Cuanto más ganéis la benevolencia de esta augusta Princesa y Virgen fiel, más fe verdadera tendréis en toda vuestra conducta; una fe pura, que hará que no os inquietéis de lo sensible y de lo extraordinario; una fe viva y animada por la caridad, que hará que no obréis sino por motivos de puro amor; una fe firme e inquebrantable como una roca, que os mantendrá firmes y constantes en medio de las tempestades y las tormentas; una fe activa y penetrante que, como un divino salvoconducto, proporcionará entrada en todos los misterios de Jesucristo, en los fines últimos del hombre, y en el corazón de Dios mismo; una fe animosa que os animará e inducirá a emprender y llevar a cabo, sin titubear, grandes cosas por la gloria de Dios, y para la salud de las almas; en fin, una fe que será vuestra lumbrera ardiente, vuestra vida divina, vuestro tesoro escondido y rico de la divina sabiduría, y vuestra poderosísima arma, de la que os serviréis para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, para abrasar a los tibios y a los que tienen necesidad de la caridad, para dar vida a los que están muertos por el pecado, para conmover y convertir por vuestras dulces y poderosas palabras los corazones de mármol y arrancar los cedros del Líbano, y en fin, para resistir al demonio y a todos los enemigos de la salvación" (Tratado de la verdadera devoción, 214, o.c., p. 139).

Como san Juan de la Cruz, san Luis María insiste sobre todo en la pureza de la fe, y en su esencial y a menudo dolorosa oscuridad (cf. El Secreto de María, 51-52). Es la fe contemplativa la que, renunciando a las cosas sensibles o extraordinarias, penetra en las misteriosas profundidades de Cristo. Así, en su oración, san Luis María se dirige a la Madre del Señor, diciendo:  "No te pido visiones o revelaciones, ni gustos o delicias, aunque fueran espirituales... Aquí en la tierra no quiero para mí otro don, fuera del que tú recibiste, es decir, creer con fe pura, sin gustar ni ver nada" (ib., 69). La cruz es el momento culminante de la fe de María, como escribí en la encíclica Redemptoris Mater:  "Por medio de esta fe María está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento... Es esta tal vez la más profunda kénosis de la fe en la historia de la humanidad" (n. 18).

(de la carta del Santo Padre Juan Pablo II a la Familia Monfortiana 8 de diciembre de 2003)


Kalwaria Zebrzydowska, con Maria por el camino de la Cruz

 


Hoy celebrmos el Corazon Sagrado de Maria. Como no recordar a Juan Pablo II, papa mariano por excelencia y su querida  Kalwaria Zebrzydowska. 

Con cuanto amor y nostalgia hablaba Juan Pablo II de sus peregrinaciones a Kalwaria Zebrzydowska, a tan solo 13 kms de su pueblo natal Wadowice: unas tres horas de caminata, apenas ¼ de hora en auto/bus.  

Emocionado había dicho en su primer visita en 1979: “No sé, desde luego, cómo dar las gracias a la Divina Providencia que me ha concedido una vez más visitar este lugar. Kalwaria Zebrzydowska, el santuario de la Madre de Dios, los Santos Lugares de Jerusalén vinculados a la vida de Jesús y de su Madre, reproducidos aquí, los así llamados "Caminitos". Los he visitado muchas veces, de niño, de joven. Los he visitado como sacerdote. Especialmente he visitado con frecuencia el santuario de Kalwaria como arzobispo de Kraków (Cracovia) y como cardenal. Veníamos aquí muchas veces, los sacerdotes y yo, para concelebrar ante la Madre de Dios. Veníamos en la peregrinación anual de agosto y también en las peregrinaciones de determinados grupos en primavera y otoño. Pero más frecuentemente venía aquí solo, y andando por los caminitos de Jesucristo y de su Madre, podía meditar sus misterios santísimos, y encomendar a Cristo, por medio de María, los problemas especialmente difíciles y de singular responsabilidad en mi complejo ministerio. Puedo decir que casi ninguno de estos problemas ha madurado sino aquí, mediante la oración ardiente ante este gran misterio de la fe que Kalwaria esconde dentro de sí…..Os pido: rezad por mí aquí durante mi vida y después de mi muerte.

 


 

Cuantos gratos recuerdos también me trae a mi de mis visitas a Kalwaria. Caminar por esos senderos de estación en estación en oración, meditación, admiración y agradecimiento por la naturaleza que tan generosamente se ofrece como un regalo adicional de Dios a  peregrinos y visitantes.  A Kalwaria la llevo profundamente grabada en mi corazón. Tenía tantas ganas de conocer ese lugar sagrado adonde Juan Pablo II   acudió en tantas oportunidades durante su vida desde niño a Papa.  Un lugar donde al anochecer todo es silencio y paz, un lugar para quedarse más de un dia, un lugar ideal para ejercicios espirituales solo o grupal.   Alli mismo en el lugar dentrodel predio se ofrece hospedaje.  

 

 


En su ultima visita en 2002 para el IV Centenario del Santuario, Juan Pablo II recordaba en su homilía  “Vengo hoy a este santuario como peregrino, como venía cuando era niño y en edad juvenil. Me presento ante la Virgen de Kalwaria al igual que cuando venía como obispo de Cracovia para encomendarle los problemas de la archidiócesis y de quienes Dios había confiado a mi cuidado pastoral. Vengo aquí y, como entonces, repito:  Dios te salve, Reina y Madre de misericordia.¡Cuántas veces he experimentado – decía - que la Madre del Hijo de Dios dirige sus ojos misericordiosos a las preocupaciones del hombre afligido y le obtiene la gracia de resolver problemas difíciles, y él, pobre de fuerzas, se asombra por la fuerza y la sabiduría de la Providencia divina!.... Este lugar, de modo admirable, ayuda al corazón y a la mente a penetrar en el misterio del vínculo que unió al Salvador que padecía y a su Madre que compadecía….¡Cuán espléndidamente expresa este lugar ese  vínculo misterioso de amor.! La historia afirma que, a comienzos del siglo XVII, Mikolaj Zebrzydowski, fundador del santuario, puso los cimientos para construir la capilla del Gólgota, según el modelo de la iglesia de la Crucifixión de Jerusalén. De ese modo, deseaba sobre todo hacer que el misterio de la pasión y la muerte de Cristo fuera más cercano a sí mismo y a los demás. Sin embargo, más tarde, proyectando la construcción de las calles de la pasión del Señor, desde el cenáculo hasta el sepulcro de Cristo, impulsado por la devoción mariana y la inspiración de Dios, quiso poner en aquel itinerario algunas capillas que evocaran los acontecimientos de María. Así surgieron otros senderos y una nueva práctica religiosa, en cierto modo como complemento del vía crucis:  la devoción llamada vía de la compasión de la Madre de Dios y de todas las mujeres que sufrieron juntamente con ella.”   Hacia el final de la homilía pedía a su “Madre santísima, nuestra Señora de Kalwaria, obtén también para mí las fuerzas del cuerpo y del espíritu, para que pueda cumplir hasta el fin la misión que me ha encomendado el Resucitado.”  Y como despedida agregaba: “En ti pongo todos los frutos de mi vida y de mi ministerio; a ti encomiendo el destino de la Iglesia; a ti entrego mi nación; en ti confío y te declaro una vez más:  Totus tuus, Maria! Totus tuus. Amén.

 


En real y sentida despedida de Kalwaria y de su patria,   al final de la Misa recordaba a los presentes su visita de 1979 y su pedido que orasen por el mientras viva y después de su muerte.  

 

Les daba las gracias a todos por las oraciones y el apoyo espiritual y agregaba como palabras finales: “Y sigo pidiéndoos:  no dejéis de orar -lo repito una vez más- mientras viva y después de mi muerte. Y yo, como siempre, os pagaré vuestra benevolencia encomendándoos a todos a Cristo misericordioso y a su Madre.”

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