Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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lunes, 8 de junio de 2026

El canto de la esperanza: el “Magníficat” Papa Leon XIV Enciclica Magnifica Humanitas

 


243. El cuarto punto de este programa de vida cristiana —después de la fe que contempla el designio de amor del Padre, la caridad que nos une en un único cuerpo eclesial y la esperanza que sostiene nuestra acción en el mundo— es la oración. El cántico de María acompaña nuestro compromiso. Ante Isabel, que le anuncia que se ha convertido en la madre del Señor, María prorrumpe en un himno de alabanza y de alegría: su alma proclama la grandeza del Señor y su espíritu exulta en Dios su Salvador, porque Él eligió a una joven pobre y pequeña para su plan de salvación. De repente, María ve toda la historia con los ojos de este descubrimiento. Nada ha cambiado a su alrededor: la situación sociopolítica de su época sigue siendo la misma, con los romanos que dominan su tierra y su pueblo dividido y humillado. Sin embargo, todo ha cambiado dentro de ella, y eso le permite ver lo invisible. Dios ya ha hecho proezas con el poder de su brazo, ya ha dispersado a los soberbios, ha derrotado a los poderosos, ha elevado a los humildes, ha colmado de bienes a los hambrientos y ha despedido a los ricos con las manos vacías. Él ya ha auxiliado a Israel, su siervo. Dios «se pone de parte de los últimos. Su proyecto a menudo está oculto bajo el terreno opaco de las vicisitudes humanas, en las que triunfan “los soberbios, los poderosos y los ricos”. Con todo, está previsto que su fuerza secreta se revele al final». [222]

244. La Virgen María no sólo nos enseña a ver la obra invisible de Dios, sino que dirige también nuestra mirada «a los puntos de fractura de la humanidad, allí donde se produce la distorsión del mundo, en el contraste entre humildes y poderosos, entre pobres y ricos, entre sacios y hambrientos», enseñándonos «a adquirir un punto de vista diferente para mirar el mundo desde abajo, con los ojos de quien sufre, no con la óptica de los potentes; para ver la historia con la mirada de los pequeños y no con la perspectiva de los poderosos; para interpretar los acontecimientos de la historia desde el punto de vista de la viuda, del huérfano, del extranjero, del niño herido, del exiliado, del fugitivo». [223] De esta manera, la Virgen se convierte en «poetisa y profetisa de la redención», porque de sus labios brota «el himno más fuerte e innovador que jamás se haya pronunciado, el Magníficat; es ella quien revela el diseño transformador de la economía cristiana, el resultado histórico y social, que aún hoy deriva del cristianismo su origen y su fuerza». [224]

245. Con la misma fe de María, convirtámonos en tejedores de esperanza en nuestro mundo, compartiendo lo que somos y lo que tenemos, para que la presencia de Jesús crezca entre nosotros y su Reino tome forma. En la fidelidad humilde de cada día, también el tiempo de la IA puede ser un paso en el que el Espíritu haga madurar la civilización del amor en nuestras vidas; el Señor sigue haciendo nuevas todas las cosas y mantiene abierta para cada época la posibilidad de convertirse en historia de salvación a la luz de la Encarnación. Encomiendo este deseo a la Madre de Cristo, a la mujer del Magníficat, para que acompañe nuestros pasos en el presente que cambia y custodie en cada uno de nosotros la confianza en el Evangelio, de modo que podamos testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios.

(de la Carta Encíclica MagnificaHumanitas del Papa Leon XIV sobre la custodia de la persona humana en el tiempode la inteligencia artificial)

Un supuesto realismo político - Papa Leon XIV Enciclica Magnifica Humanitas

 


204. Vivimos en una época de notable ceguera espiritual y cultural. Un falso pragmatismo invita a cortar las raíces de la memoria, como si se pudiera inaugurar una especie de “nueva creación” desvinculada del pasado; incluso quienes invocan grandes principios morales pueden caer en este nihilismo histórico, creyendo ilusoriamente que las atrocidades del siglo XX ya no pueden repetirse. En realidad, las mismas dinámicas resurgen bajo nuevas formas. Parece volver a imponerse la lógica del equilibrio armado y de la disuasión. Pero, a diferencia del escenario bipolar de la Guerra Fría, hoy la multiplicación de los actores y de los frentes de conflicto hace que esta lógica sea cada vez más frágil. La conflictividad exacerbada empuja hacia guerras asimétricas e “híbridas”, libradas también en el terreno económico, financiero e informático, con el uso de la desinformación y campañas que alimentan el miedo para influir en la opinión pública. En muchos países, incluso en el Sur global, el aumento del gasto militar se presenta como la única respuesta a un futuro incierto o a amenazas percibidas, mientras que el costo real recae sobre los más pobres, que ven reducirse los recursos destinados a la salud, a la educación y a los servicios sociales.

205. Detrás de todo esto se esconde un falso “realismo”, basado no sólo en la lógica arraigada de la fuerza, sino también en una convicción cultural y antropológica, como si la guerra fuera inevitablemente parte de la naturaleza humana. Siempre ha sido así —se dice— salvo breves paréntesis, ¡y así será siempre! Por lo tanto, el problema ya no es la paz, perdida como referencia en el horizonte internacional, sino cómo y cuándo actuar militarmente, mientras se sostiene que sería irresponsable no prepararse para el enfrentamiento. En cambio, lo que es verdaderamente irresponsable es la Realpolitik, esta forma de “realismo” político, que siembra en las conciencias y en la cultura la resignación ante una guerra ineludible, y califica la paz y el diálogo como posiciones utópicas o irracionales, que ignoran los riesgos en juego. Por el contrario, la paz no es una esperanza ingenua ni sólo una ausencia de guerra: es fruto, siempre posible, de la justicia y la caridad.

206. En este clima, el nihilismo y el pragmatismo terminan entrelazándose y normalizando errores gravísimos: los extremismos religiosos y los fanatismos identitarios se alían con un economicismo irracional, mientras que la política recurre con facilidad a la desinformación, a la ridiculización del adversario y a la construcción sistemática de miedos y resentimientos. Así, la diversidad del otro se vive cada vez más como una amenaza, alimentando el deseo de posesión, la voluntad de dominio, las ambiciones hegemónicas, los abusos de poder y el miedo a la diferencia, y preparando un terreno en el que pueden madurar nuevos conflictos sin apenas darnos cuenta. [186]

207. Este es un terreno fértil para nuevas guerras, tal vez aún más peligrosas que las anteriores, ya que tienden a perder todo límite ético. Lo que antes se consideraba inaceptable hoy puede llevarse a cabo casi sin vacilaciones, mientras que la reacción internacional se adapta a la conveniencia de cada gobierno más que a la gravedad objetiva de los hechos. Las decisiones ahora parecen ser guiadas casi exclusivamente por cálculos económicos, defendidas a través de ilusiones mediáticas, euforias artificiales y “sueños” que inevitablemente se desvanecen, generando frustración y nueva violencia. Cuando uno se persuade de que nada es verdaderamente real y de que los “principios” no son más que un envoltorio vacío, la mecha de nuevas explosiones de intolerancia y agresividad se enciende en el corazón mismo de las personas.

208. En este escenario, la pregunta sobre las garantías reales contra nuevas violencias sigue abierta. Cuando una cultura normaliza y justifica el conflicto, se abre una deriva peligrosa: lo que hoy parece impensable puede volverse mañana aceptable en base a cálculos de utilidad o de seguridad. En países marcados por graves tensiones sociales, no podemos excluir que alguien termine considerando el conflicto armado como una forma eficaz de desviar la atención de los problemas internos y como un instrumento de gestión cínica de las dificultades.

209. Una responsabilidad particular recae sobre quienes trabajan en el mundo de la investigación. Todos los protagonistas de este ámbito —científicos, empresarios, inversionistas, autoridades académicas, políticos, entre otros— están llamados a trabajar con una lógica de transparencia y responsabilidad, manteniendo viva la conciencia del amplio marco en el que se inscriben los avances tecnológicos a los que contribuyen, incluidos los relacionados con la IA. Cuando uno se limita a mirar sólo a su propio sector, se engaña a sí mismo creyendo que realiza una tarea moralmente neutra y evita las preguntas sobre los fines últimos que orientan determinados experimentos: así se corre el riesgo de cooperar, tal vez sin quererlo, en proyectos oscuros que alimentan nuevas formas de violencia, manipulación y dominio.

(de la Carta Encíclica MagnificaHumanitas del Papa Leon XIV sobre la custodia de la persona humana en el tiempode la inteligencia artificial)

La cultura del poder - Papa Leon XIV Enciclica Magnifica Humanitas

 




188. En los tiempos que vivimos se está consolidando una cultura del poder, en la que la disponibilidad de medios y la capacidad de dominar tienden a dictar la agenda y los criterios de decisión, relegando el bien común de la humanidad a un segundo plano y reduciendo el drama concreto de los pueblos en guerra a una variable secundaria respecto a los intereses estratégicos. Esta cultura del poder penetra en la sociedad, modifica las relaciones y los comportamientos, se expande normalizando la guerra, persiguiendo un poder militar cada vez mayor, aprovechándose de la crisis del multilateralismo y alimentando un falso realismo, el cual repite que no existen alternativas.

La normalización de la guerra

189. En 1965 resonó con fuerza el grito de san Pablo VI ante la Asamblea de la ONU: «¡Nunca más la guerra, nunca más la guerra!». [180] Debemos reconocer que, a pesar de los deseos y las proclamas de paz, los últimos sesenta años han estado marcados por conflictos de una ferocidad impresionante, que a menudo han afectado masivamente a las poblaciones civiles, causando víctimas inocentes, oleadas de refugiados, desestabilización social y heridas de larga duración. Sin embargo, en el discurso público prevalecía la convicción de que la guerra debía seguir siendo una extrema ratio, sujeta a rigurosos límites éticos y jurídicos y, en cualquier caso, a un horizonte político orientado a la paz. A raíz de los acontecimientos ocurridos en el período de entreguerras, tras la Segunda Guerra Mundial se produjo un giro: la paz se situó en el centro del orden internacional, como lo atestigua en particular la Carta de las Naciones Unidas, que se propone «preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra». [181] Muchas Constituciones nacionales, en la misma línea, habían relegado el uso de las armas a casos extremos y rigurosamente delimitados. Incluso durante la Guerra Fría, a pesar de la presencia de conflictos graves, persistía la conciencia de que había que evitar a toda costa un nuevo conflicto mundial.

190. Hoy, en cambio, asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional, mientras se erosionan precisamente aquellos criterios éticos que habían limitado su uso. Los conflictos regionales que se prolongan en el tiempo, la escalada de tensiones y las amenazas cruzadas se vuelven casi habituales, y resurgen formas de conflicto por la expansión territorial que se creían superadas. La opinión pública se orienta y acostumbra progresivamente a narrativas mediáticas polarizadas, a menudo amplificadas por algoritmos que valoran el enfrentamiento y la oposición.

191. También asistimos a una preocupante pérdida de la memoria histórica. La desaparición gradual de los testimonios directos del Holocausto y de las dos guerras mundiales facilita la reescritura selectiva o distorsionada del pasado, en un clima en el que las noticias falsas y las manipulaciones narrativas empañan las lecciones aprendidas. Sin una memoria viva de los horrores de la guerra, las decisiones políticas corren el riesgo de tomarse sobre la base de cálculos de fuerza, carentes de una visión de las consecuencias a largo plazo.

192. A todo esto se suma un elemento nuevo y decisivo: la dimensión mediática y digital. Las redes de comunicación, los entornos informativos fragmentados y los algoritmos que premian el enfrentamiento pueden amplificar la polarización y el resentimiento, acelerar la propaganda y dificultar el discernimiento común. Así, la guerra no sólo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo. Cuando se atenúa la memoria histórica y se debilitan los criterios éticos que protegen a los civiles y a los más frágiles, se vuelve más fácil presentar la violencia como necesaria, inevitable o incluso “limpia”. Es en este clima donde la humanidad está cayendo en la cultura violenta del poder, donde la paz ya no se presenta como una tarea por asumir, sino como un intervalo precario entre conflictos. Hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la “guerra justa”, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto. [182] La humanidad cuenta con instrumentos mucho más eficaces y capaces de promover la vida humana para afrontar los conflictos, como el diálogo, la diplomacia y el perdón. El recurso a la fuerza, a la violencia y a las armas testimonia una pobreza relacional que siempre tiene consecuencias desastrosas para las poblaciones civiles.

(de la Carta Encíclica MagnificaHumanitas del Papa Leon XIV sobre la custodia de la persona humana en el tiempode la inteligencia artificial)

El desarrollo humano integral - Papa Leon XIV Enciclica Magnifica Humanitas

 


82. En la Encíclica Populorum progressio, san Pablo VI afirma que el desarrollo es auténtico sólo si es “integral”, es decir, dirigido a «promover a todos los hombres y a todo el hombre». [110] En los decenios sucesivos, la Doctrina social de la Iglesia ha retomado y profundizado esta expresión para indicar el modo concreto en el cual los grandes principios —dignidad, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad y justicia social— se aplican en la historia. Por “desarrollo humano integral” entendemos un proceso en el cual el crecimiento de las personas y de los pueblos abarca todas las dimensiones de la existencia y abre el futuro también a las generaciones venideras.

83. El desarrollo, tanto para las personas como para las naciones, es una tarea y al mismo tiempo un derecho; requiere condiciones mínimas que hagan posible a cada persona y a cada pueblo madurar según la propia dignidad, sin ser mantenidos en dependencia o excluidos del acceso a los bienes necesarios. El desarrollo es humano cuando pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes, y cuando se refiere también a los pueblos, no sólo a los individuos. La justicia exige el reconocimiento de los derechos sociales y de los derechos de los pueblos, e incluye la responsabilidad hacia los que vendrán después de nosotros. Por eso no es humano un desarrollo que aumenta el consumo de algunos a expensas de costos y heridas en otros, o que relega regiones enteras a roles subordinados impidiéndoles expresar sus propias potencialidades. [111] El desarrollo es integral cuando no se reduce al ámbito económico, sino que promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir. [112]

84. La idea de desarrollo humano integral encuentra hoy un criterio decisivo de verificación en la ecología integral, convertida en una dimensión imprescindible de la Doctrina social de la Iglesia. La calidad del desarrollo, de hecho, se mide por su capacidad de mantener unidos, sin separar, la justicia hacia las personas y la custodia de la Casa común, favoreciendo condiciones de vida digna, acceso a los bienes necesarios, relaciones sociales justas, cuidado de la creación y atención a las generaciones futuras. De ahí se sigue que no es verdadero progreso aquello que aumenta el bienestar de algunos degradando los ecosistemas, descargando costos sobre las comunidades más vulnerables o comprometiendo las condiciones de vida de quienes vendrán después de nosotros. 

85. Así comprendido, el desarrollo humano integral es el horizonte en el cual se han de leer las transformaciones de nuestro tiempo, incluyendo las de la revolución digital. Las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son neutrales; pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión. Por eso, han de ser examinadas con una pregunta decisiva: ¿contribuyen realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras? Es aquí donde los principios de la Doctrina social se vuelven criterios concretos de discernimiento en los ámbitos que afrontaremos en los próximos capítulos.

(de la Carta Encíclica Magnifica Humanitas del Papa Leon XIV sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial)

sábado, 30 de mayo de 2026

Los expertos en IA: «Magnifica humanitas», una «voz moral» que no se doblega

 


Invito leer completo el articulo de EdoardoGiribaldi  en Vatican News , cuyo comentario inicial transcribo mas abajo. Después de ese comentario Giribaldi comenta brevemente las presentaciones de cada uno de los expertos que presentaron sus opiniones :  

Christopher Olah, cofundador de Anthropic  y director de investigación sobre la interpretabilidad de la IA; 


Anna Rowlands, profesora de Teología Política, incluyendo la Doctrina Social de la Iglesia y la Ética Teológica de la Migración Humana en el Departamento de Teología y Religión de la Universidad de Durham, Reino Unido; 


y Leocadie Lushombo, profesora de Teología Política y Pensamiento Social Católico en la Escuela Jesuita de Teología de la Universidad de Santa Clara, California.  

Aqui pueden leerse todas las presentaciones en su idioma original. 




Las palabras del Santo Padre ya fueron publicadas y  están en este enlace.

Hablaron también los cardenales Czerny, Fernandez y Parolin (ver este enlace) 

La presentación de Christopher Olah  esta disponible en español en la pagina de Zenit y también en Religion Digital


Dice Edoardo Giribaldi en la introducciòn :

Figuras destacadas del mundo de las nuevas tecnologías intervinieron en la presentación de la primera encíclica de León XIV. El debate sobre la inteligencia artificial no es «neutral». Recordar la centralidad de la persona humana hoy implica intervenir en una división histórica, suspendida entre la desesperación y la tentación prometeica de convertirse en la propia deidad.

«Puede parecer extraño», admite, que el cofundador de Anthropic, una de las empresas de inteligencia artificial más influyentes, se sume al debate abierto por la primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas , dedicada a salvaguardar la persona humana en la era de la IA. Sin embargo, es precisamente en el corazón de este terreno, atravesado por el afán de lucro, la competencia geopolítica y la ambición desmedida, donde sentimos la necesidad de una voz capaz de resistir los «incentivos», de pronunciar palabras «incómodas», de recordar lo que las máquinas jamás poseerán: cuerpo, conciencia, sentido moral. Una voz que también denuncie la cara oculta del progreso. Niños del Sur Global obligados a trabajar jornadas enteras entre polvo tóxico y materiales triturados para extraer las tierras raras necesarias para alimentar el «flujo de cálculo» del mundo digital. Gobiernos incapaces de «mirar más allá del PIB». Por eso el debate sobre la inteligencia artificial no es «neutral». Recordar la centralidad de la persona humana hoy implica intervenir en una división histórica, suspendida entre la desesperación y la tentación prometeica de convertirse en la propia deidad. En este contexto, la voz del Pontífice no se presenta como una «interferencia indeseada», sino como la continuación de una larga vigilancia iniciada hace 135 años con Rerum Novarum : desenmascarar los ídolos de cada época. Los ídolos actuales conciben a la humanidad como «engranajes del Estado, agentes del mercado o instrumentos de un orden algorítmico», redimibles únicamente mediante las promesas del posthumanismo y el transhumanismo. Pero en una época en la que «el poder crea la razón», y sin embargo crece más rápido que la sabiduría necesaria para gobernarlo, la verdadera urgencia persiste: redescubrir el valor profundamente humano de las limitaciones.

 

Magnifica Humanitas – Papa Leon XIV – Sintesis


MagnificaHumanitas  La Encíclica del Papa León XIV sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial

 La dignidad del ser humano como criterio para orientar el progreso tecnológico.

 El Papa León XIV, al presentar al mundo y a todo el pueblo de Dios su primera Carta Encíclica sobre la custodia de la persona humana en en tiempo de la inteligencia artificial, declaró: “Invito a todos los miembros de la Iglesia y de la familia humana: aprendamos a escucharnos unos a otros, afrontemos con valentía los desafíos presentes y cooperemos en la construcción de una sociedad más humana y fraterna. [...] Por favor, lleven con ustedes el compromiso de permanecer despiertos y ser ‘artesanos de esperanza’ para seguir construyendo la obra de nuestro tiempo. Que el Espíritu del Señor Resucitado sostenga nuestro trabajo común”.

 

La Encíclica en síntesis

En la era de la inteligencia artificial, la humanidad se enfrenta a una disyuntiva: dejarse guiar por la tecnología y el progreso como únicos principios sobre los que construir nuestra civilización, o situar la dignidad de la persona en el centro, relegando el progreso tecnológico a la categoría de mero instrumento. Para ilustrar esta disyuntiva, el Papa León recurre a dos imágenes bíblicas: por un lado, la construcción de la Torre de Babel y, por el otro, la reconstrucción de Jerusalén.  

Para elegir el camino “correcto”, se requiere un PENSAMIENTO DINÁMICO (cap. 1), centrado en la Doctrina Social de la Iglesia, siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II: escuchar, discernir e interpretar nuestros tiempos a la luz del Evangelio, para poder devolver a la humanidad la verdad revelada, incluso a través de los lenguajes contemporáneos.

Para una mejor interpretación de las res novae de nuestra época en relación con la dignidad de la persona, acuden en nuestra ayuda los FUNDAMENTOS Y PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (cap. 2). Los fundamentos atañen al ser humano en cuanto imagen del Dios trinitario, quien, en virtud de esta condición, es depositario de derechos inviolables y de una dignidad intrínseca, sin acepción de personas. Los principios son aquellos del bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la solidaridad, así como la justicia social. Si estos principios rigen las relaciones sociales, se logra lo que Pablo VI compendió por primera vez en el concepto de desarrollo humano integral.

Así llegamos al núcleo de la cuestión, es decir, la relación entre tecnología, poder y persona humana (cap. 3). Aunque el Papa León reconoce el valor del desarrollo tecnológico como manifestación de la creatividad humana, advierte del riesgo de que este se erija en criterio absoluto de juicio. Las inteligencias artificiales, al carecer de experiencias, valores y sentimientos, no pueden ni deben asumir jamás una función de responsabilidad y supremacía sobre la inteligencia humana.

Para escapar de tal peligro, es necesario, por consiguiente, CUSTODIAR LO HUMANO EN LA TRANSFORMACIÓN (cap. 4). El primer ámbito que requiere atención es el de la verdad: en una era en la que todo es susceptible de manipulación, es preciso custodiar una educación crítica que nos permita distinguir lo verdadero de lo falso. El segundo ámbito es el del trabajo: cuando la eficiencia se convierte en el criterio dominante, el trabajo corre el riesgo de perder su valor humano y relacional. El tercer ámbito es el de la libertad: amenazada por las adicciones digitales y la recopilación masiva de datos; su defensa exige una regulación justa, responsabilidad compartida y educación. Para custodiar las condiciones de una vida auténticamente humana, capaz de verdad, trabajo digno y libertad real, es necesario un esfuerzo conjunto.

En este punto de la Carta Encíclica, el Papa León recuerda que la inteligencia artificial produce efectos, a menudo dramáticos, también sobre la guerra. Las innovaciones tecnológicas no solo optimizan la eficacia de los medios de defensa, sino que también corren el riesgo de automatizar y despersonalizar decisiones que implican la vida y la muerte, por lo que requieren ética y responsabilidad moral. Esta es LA CULTURA DEL PODER a la que se contrapone LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR (cap. 5). Frente a la deriva que tiende a anteponer la eficacia de los medios al juicio moral y los resultados militares a la salvaguarda de la vida humana, la única perspectiva de salvación radica en una civilización fundada en la justicia, la fraternidad y el diálogo. En la civilización del amor, todos podemos aportar nuestro granito de arena, comenzando por el desarme de las palabras, practicando la justicia, adoptando la mirada de las víctimas, cultivando el diálogo, sin refugiarnos en el idealismo, pero confiando en un sano realismo. Todas estas buenas prácticas encuentran su fuerza vital en la oración.

El capítulo conclusivo se centra en la dimensión espiritual y teológica. La misericordia de Dios, presente a lo largo de la historia, pone en el centro el misterio de la Encarnación. Dios se hizo hombre y nos mostró cuál es la verdadera humanidad, así como una atención preferencial por los últimos. En esto radica la grandeza del ser humano, no en el poder tecnológico, sino en la libertad, el amor y la gracia. En una época que genera exclusión, estamos llamados, como hermanos y hermanas reunidos en un “único cuerpo en Cristo”, a custodiar los vínculos, en particular mediante la solidaridad y el cuidado de los más frágiles.

Custodiar lo humano en la era de la inteligencia artificial es, por consiguiente, una responsabilidad común y compartida. Aquí resurge la imagen inicial de contraposición entre la Torre de Babel y la Ciudad Santa: ¿a la construcción de cuál de estas dos obras deseamos contribuir?  Si actuamos como “sabios arquitectos” y constructores fieles de la verdad, custodiando las relaciones, invirtiendo en educación y mostrando amor por la justicia y la paz, la humanidad no perderá su magnificencia. Por tanto, es importante, no permanecer como espectadores resignados, sino actuar como tejedores de esperanza, con la misma fe que María, quien, en su humildad, bajo una dominación extranjera y en medio de un pueblo humillado y dividido, fue capaz de vislumbrar la obra invisible y salvífica de Dios.

 Para leer la síntesis ampliada de la Encíclica, haga clic aquí.

 Fuente: Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral (En este mismo enlace una gran cantidad de información, recursos y discursos.)

 


jueves, 28 de mayo de 2026

Presentación y promulgación de la Carta Encíclica “Magnifica Humanitas” del Papa Leon XIV – palabras del Santo Padre


Agradezco de corazón a quienes han organizado el encuentro de hoy, y en particular a quienes han compartido su conocimiento y su experiencia en las diversas ponencias que hemos escuchado.

De manera especial, deseo agradecer al señor Olah por haber aceptado nuestra invitación. A mi vez, en nombre de la Iglesia, acepto su invitación a caminar juntos, a escuchar y a dialogar, para encontrar el camino para la humanidad en este tiempo de la inteligencia artificial.

 Qué gran signo de esperanza es el hecho de que, con nuestras diferencias, podamos escucharnos unos a otros. Este intercambio indica claramente la gravedad del momento, así como la convicción de que, juntos, podemos discernir las cuestiones más importantes de nuestro tiempo y, por tanto, el futuro de la humanidad.

En los momentos clave de la historia, la Iglesia está llamada a descifrar «cosas nuevas» a la luz del Evangelio y de la dignidad de la persona. Hace 135 años, mi venerable predecesor León XIII observó la situación de los obreros, de sus familias desarraigadas y las nuevas formas de pobreza generadas por la rápida transformación industrial. Comprendió que la Iglesia no podía permanecer al margen. En un momento de cambio trascendental que amenazaba la dignidad humana, la encíclica Rerum novarum expresó su mensaje evangélico y social sobre las «cosas nuevas» que estaban ocurriendo. 

Hoy nos enfrentamos a una transformación de dimensiones similares, con consecuencias tal vez aún mayores. La inteligencia artificial ya afecta a muchos ámbitos de nuestra vida e incide en decisiones que moldean la convivencia humana. También está cambiando de manera dramática la forma en que se libra la guerra.

Al igual que el «León» anterior, me siento llamado a contemplar otra gran transformación con los ojos de la fe, con la lucidez de la razón, con apertura al misterio y con los gritos de los pobres de la tierra resonando en mi corazón. 

Magnifica humanitas nació de escuchar como lo hizo León XIII. He escuchado a científicos e ingenieros que trabajan con sincero entusiasmo en tecnologías capaces de aliviar inmensos sufrimientos; a líderes políticos y funcionarios públicos que han buscado con perseverancia normas justas; a padres y maestros profundamente preocupados por el futuro de las generaciones más jóvenes.

También me han llegado otras voces muy preocupantes, sobre sistemas de armas cada vez más autónomos, que prácticamente ningún ser humano ni ningún gobierno puede controlar realmente. Escucho relatos muy preocupantes sobre algoritmos que pueden bloquear el acceso a la atención médica, al trabajo y a la seguridad basándose en datos viciados por prejuicios e injusticias. Y he escuchado el silencio de quienes no tienen voz cuando se toman las decisiones, decisiones que corren el riesgo de generar nuevas formas de exclusión y sufrimiento.

De esta escucha ha madurado una convicción alarmante expresada en Magnifica humanitas: la inteligencia artificial debe ser desarmada. Se trata de una palabra fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente porque este momento necesita palabras capaces de llamar la atención, despertar las conciencias e indicar el camino a seguir para la humanidad.

(del Discurso del Papa Leon XIV  en la Presentación con promulgación de la Carta Encíclica “Magnifica Humanitas” del Papa Leon XIV)

(seguir leyendo en el sitio de la Santa Sede) 

 


"Magnifica Humanitas": El Vaticano y el algoritmo - Antonio Spadaro


 Una encíclica y una comisión: la doble jugada de León XIV en materia de IA

El 15 de mayo de 2026, el Papa León XIV firmó su primera encíclica. Al día siguiente, estableció una nueva comisión interdicasterial. Ambos actos abordan el mismo tema: la inteligencia artificial. Juntos, estos dos gestos constituyen la respuesta institucional más significativa a la IA por parte de una importante institución religiosa mundial , y quizás la señal más clara hasta el momento de que el Vaticano pretende ir más allá de emitir advertencias inteligentes desde los márgenes del debate. La inteligencia artificial ya no es solo un tema de reflexión ética. Ahora es una realidad que impregna la vida misma de la Iglesia: las comunicaciones, las instituciones educativas, los procesos doctrinales, la diplomacia. Pretender lo contrario sería una forma de negación.

La encíclica Magnifica Humanitas está dedicada a la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. La fecha tiene un claro simbolismo: el 15 de mayo se conmemora el 135 aniversario de Rerum Novarum , la gran encíclica de León XIII de 1891 sobre la condición de los trabajadores en el apogeo de la industrialización. El paralelismo es explícito y claramente intencional. Así como el primer León XIII antepuso la dignidad del trabajo a las convulsiones de la era fabril, el nuevo León XIII antepone la dignidad de la persona a las convulsiones de la era algorítmica . Incluso el nombre del Papa, leído desde esta perspectiva, se convierte en una declaración de continuidad: la convicción de que la doctrina social católica tiene algo urgente que decir sobre las máquinas de aprendizaje.

León XIV, sin embargo, no parte de cero. Y este es un punto crucial. En enero de 2025, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación publicaron conjuntamente Antiqua et Nova , una extensa nota doctrinal sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana, encargada por el propio Papa Francisco. Dividido en 117 párrafos, el documento logró lo que las anteriores declaraciones vaticanas sobre tecnología no habían conseguido con la misma claridad: trazó una clara línea filosófica entre lo que hacen las máquinas y lo que es la mente humana Antiqua et Nova insistió en que la inteligencia, en su sentido pleno, implica una apertura moral y espiritual a la verdad: conciencia, responsabilidad, alma. Ningún algoritmo, por sofisticado que sea, puede sustituir el discernimiento humano.

El texto también examinó el impacto concreto de la IA en la educación, la sanidad, el empleo, las relaciones sociales y la guerra, advirtiendo sobre los letales sistemas de armas autónomas. Invocó el principio de subsidiariedad en la gobernanza de la inteligencia artificial y abogó por la distribución de las decisiones regulatorias entre los distintos niveles de la sociedad. Si Magnifica Humanitas eleva estos argumentos al nivel de magisterio papal completo, como sugieren los primeros informes, entonces Antiqua et Nova se leerá retrospectivamente como su fundamento intelectual: el documento preparatorio que hizo posible la encíclica.

 El Rescriptum ex Audientia, publicado al día siguiente de la firma de la encíclica, establece una Comisión sobre Inteligencia Artificial, que reúne a siete instituciones vaticanas bajo una coordinación rotativa anual, comenzando con el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, dirigido por el Cardenal Michael Czerny. La comisión también incluye el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el Dicasterio para la Cultura y la Educación, el Dicasterio para la Comunicación, la Academia Pontificia para la Vida y las dos Academias Pontificias de Ciencias y Ciencias Sociales. La composición en sí misma es un mapa: muestra cómo el Vaticano comprende el problema hoy en día. La IA afecta a la fe y la razón, la educación y la información, la ciencia y la conciencia. No puede limitarse a un solo campo. Reunir a organismos tan diversos implica reconocer que ninguna especialización por sí sola es suficiente para comprender la magnitud del fenómeno . Y que la Iglesia, si desea ser seria, debe pensar más allá de sus límites institucionales.

 La estructura institucional puede parecer distante. Sin embargo, vale la pena examinar el diseño de la comisión, ya que refleja un modelo de gobierno vaticano verdaderamente novedoso: un modelo que debe mucho a la reforma de la Curia impulsada por el Papa Francisco con Praedicate Evangelium y su llamado a la colaboración entre los distintos dicasterios. La rotación en el liderazgo es particularmente llamativa. Cada año, una institución diferente, designada por el Papa, asumirá el rol de coordinación. No se trata de una pirámide, sino más bien de una red. Su forma organizativa refleja la tecnología que debe abordar.

 Aún más significativo es el lenguaje del mandato encomendado a la comisión, que habla de «diálogo, comunión y participación»: el vocabulario de la sinodalidad. El Vaticano propone abordar la cuestión tecnológica con el mismo método empleado para la eclesiológica: mediante un proceso compartido de discernimiento. Si esta aspiración resistirá el impacto de la práctica burocrática real es, por supuesto, otra cuestión. Pero la intención merece una cuidadosa consideración.

 La presentación pública de la encíclica, prevista para el 25 de mayo en el Salón del Sínodo, también transmite un mensaje. El panel de oradores está cuidadosamente seleccionado. Los cardenales Víctor Manuel Fernández y Michael Czerny representan, respectivamente, los polos doctrinal y social de la reflexión católica. Junto a ellos se sientan tres figuras que señalan una apertura deliberada. Anna Rowlands, teóloga política de Durham, aporta la tradición británica del pensamiento social católico y un firme compromiso con los temas migratorios. Leocadie Lushombo, teóloga congoleña de la Escuela Jesuita de Teología en Santa Clara, California, introduce la voz del Sur Global: un recordatorio de que el impacto de la IA recaerá con mayor fuerza sobre aquellos menos capacitados para influir en su rumbo. Y luego está Christopher Olah.

Olah es cofundador de Anthropic, una empresa estadounidense de inteligencia artificial, y dirige la investigación sobre interpretabilidad: el esfuerzo por hacer transparentes y comprensibles los procesos internos de toma de decisiones de los sistemas de IA. Su presencia en el Salón del Sínodo es el detalle más revelador de todo el evento. El Vaticano no se limita a debatir sobre tecnología con teólogos, sino que invita a la mesa a alguien que desarrolla estos sistemas y, más precisamente, a alguien que trabaja para que sean comprensibles. El hecho de que las conclusiones se confíen al cardenal secretario de Estado Pietro Parolin y al propio Papa subraya la importancia institucional de la ocasión.

 Todo esto no surgió de la nada. La Santa Sede llevaba años preparándose para este momento. Sin embargo, hasta ahora faltaban dos cosas: un mecanismo interno capaz de coordinar el pensamiento vaticano y una declaración solemne del magisterio. Magnifica Humanitas y la nueva comisión cubren ambas carencias dentro del mismo movimiento.

El significado más profundo, sin embargo, es teológico. Al publicar una encíclica sobre la IA, León XIV formula una tesis sobre la amplitud de la preocupación de la Iglesia. La tecnología no es un asunto secular del que la fe pueda retirarse sin consecuencias. Es uno de los ámbitos donde se decide qué significa ser humano: cada día, de forma concreta, a menudo sin un debate real. El Rescriptum habla de «los efectos potenciales sobre el ser humano y sobre la humanidad en su conjunto». No se trata de una fórmula circunstancial. Es el reconocimiento de que la inteligencia artificial plantea interrogantes sobre la conciencia, la libertad, las relaciones, la creatividad: todo aquello que la tradición cristiana engloba bajo el concepto de imago Dei . Y el título de la encíclica, Magnifica Humanitas , sugiere que la respuesta de la Iglesia será de afirmación, no de temor: no de tecnofobia, sino de un compromiso para enaltecer lo verdaderamente humano.

 Todo esto parece prometedor, incluso sugerente. Pero la verdadera prueba, como siempre, será la implementación. ¿Profundizará realmente la comisión en la materialidad de los algoritmos, los datos y los modelos, o se quedará en el plano de los principios? ¿Podrá incluir voces ajenas al Vaticano: de la industria, la sociedad civil y el mundo académico? La elección de los ponentes para la presentación sugiere una intuición acertada. Pero cualquiera que haya observado a la Iglesia lidiar con cuestiones modernas complejas sabe que las intuiciones y las estructuras no producen resultados automáticamente. El riesgo es que una comisión sobre inteligencia artificial se convierta en otro organismo curial destinado a producir documento tras documento.

 La presencia de un investigador como Olah en el Sínodo, en este sentido, es a la vez un antídoto y una promesa. Indica que el Vaticano comprende que no se puede hablar seriamente de IA sin abordar su funcionamiento real : las formas específicas en que los grandes modelos lingüísticos procesan la información, las decisiones implícitas en los datos de entrenamiento, la opacidad de los sistemas que influyen cada vez más en la contratación, los diagnósticos médicos y las sentencias penales. La doctrina social católica siempre ha sido más sólida cuando ha pasado de los principios generales a las realidades concretas. Rerum Novarum funcionó porque León XIII estuvo dispuesto a hablar de salarios y jornadas laborales, y no solo de la abstracta dignidad humana. Antiqua et Nova funcionó porque mencionó las armas autónomas letales y la vigilancia algorítmica, y no solo los "desafíos tecnológicos". Magnifica Humanitas tendrá que demostrar la misma voluntad.

Una encíclica y una comisión en el lapso de veinticuatro horas: en el lenguaje mesurado de la Curia Romana, esto es algo verdaderamente novedoso. Y lo novedoso siempre conlleva la posibilidad de la sorpresa, esa sorpresa que la Iglesia, en sus mejores momentos, nunca ha temido acoger. Algo se está gestando en Roma , y ​​aún no tiene una forma definida. Quizás ahí reside precisamente la clave. La pregunta más interesante no es si León XIV ya ha hecho lo suficiente, sino qué posibilita esta apertura: dentro y fuera de la Iglesia.

 Fuente: Antonio Spadaro

martes, 26 de mayo de 2026

«Magnifica humanitas», Seguir siendo humanos en la era de los algoritmos – Andrea Tornielli

 


Me permito “robarle” a Vatican News este comentario completo,  de una autoridad como Andrea Tornielli,  sobre la primer Encíclica del Papa Leon XIV

En la encíclica «Magnifica humanitas», la petición del Papa León: hacer que la tecnología avance sin que el corazón retroceda.

En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por las enormes concentraciones de poder tecnológico fuera de todo control y por nuevas formas de deshumanización, el Papa León nos recuerda el «deber urgente» de seguir siendo profundamente humanos. En la era de las polarizaciones y la violencia, que ve cómo se expande una «cultura del poder» con la guerra rehabilitada como instrumento de la política internacional, el Sucesor de Pedro nos pide que hagamos crecer la técnica «sin que el corazón retroceda». Nos invita a aceptar el límite y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos, como hace la ideología tecnocrática, un error que hay que corregir. Nos exhorta a mirar el mundo no desde la perspectiva de los grandes, sino desde abajo, con los ojos de quienes sufren, partiendo de los últimos. Con los ojos de un Dios que ha tomado sobre sí nuestra debilidad transformándola en un lugar de salvación, porque «aunque las máquinas destaquen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que pide ser mirado».

 

«Magnifica humanitas», la primera encíclica de León XIV, no es ante todo un texto analítico sobre la inteligencia artificial, no entra en los detalles de procesos que están en continua evolución. Es más bien una «summa», que aplica los principios de la Doctrina social a nuestro tiempo, que es el tiempo de la IA, consolidando y actualizando los puntos cardinales del magisterio. Es un texto que pone fin también al malentendido de quienes, confiando en la absoluta libertad de los mercados y de las nuevas tecnologías, tienden a desestimar como enseñanza discutible el magisterio papal sobre la exigencia de un gobierno humano compartido de la IA, sobre la ecología integral, sobre las estructuras económicas que se convierten en «estructuras de pecado», sobre el no a la guerra.

 

El Papa, que ha tomado el nombre del autor de la «Rerum novarum», en la era de la revolución digital nos pide a cada uno de nosotros que asumamos un papel activo, porque la construcción de la «civilización del amor» se realiza gracias a «una suma de pequeñas y tenaces fidelidades», capaces de frenar la deshumanización. Una tarea, por tanto, que nos concierne a todos, y de cerca.

 

León nos recuerda que «las injusticias no nacen solo de las decisiones erróneas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos y ordenamientos económicos y culturales que producen desigualdad» y que «no es humano un desarrollo que aumenta el consumo de unos descargando los costes y las heridas sobre otros, o que relega regiones enteras a roles subordinados», como lamentablemente está ocurriendo hoy también en el ámbito de las nuevas tecnologías y de los recursos que estas requieren. En la encíclica se lee que es «doctrina cierta» de la Iglesia la función social de la propiedad privada, y hoy, entre los bienes universalmente destinados a todos, «debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos», para evitar que surjan o se consoliden nuevas formas de exclusión y privación de libertad. De hecho, la técnica no es un simple instrumento, y cuando se convierte en criterio, «acaba por establecer qué es lo que cuenta y qué puede descartarse», reduciendo «a las personas a engranajes de un sistema que debe ser cada vez más eficiente».

 

Hoy en día, el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo «no es prerrogativa de los Estados, sino de los grandes actores económicos y tecnológicos», que fijan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las propias posibilidades de participación. Cuando tal poder se concentra en unas pocas manos, «tiende a volverse opaco y a escapar al control público», conllevando el riesgo de un desarrollo distorsionado «que genera nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades».

 

El Papa, reiterando la superación de la teoría de la «guerra justa», pide que el uso de la inteligencia artificial en el ámbito bélico se someta a las más rigurosas restricciones éticas porque «no existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable». Además, la inteligencia artificial se ha convertido en un elemento determinante para orientar la opinión pública mediante la manipulación de imágenes y contenidos, lo que hace cada vez más difícil distinguir lo verdadero de lo falso. Son muchas, además, las incógnitas que afectan al mercado laboral. La encíclica recuerda, a este respecto, que ya no es posible confiar únicamente en la «mano invisible» del mercado: es la política la que tiene la tarea de orientar las dinámicas económico-tecnológicas hacia el bien común, promoviendo el trabajo digno, la inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la innovación.

 

Seguir siendo humanos, gobernar los procesos, evitar —también en este ámbito— los monopolios que acaban aumentando el poder de unos pocos a costa de la vida de muchos: el camino indicado por el Pontífice no levanta barricadas ni rechaza a priori el uso de la IA. Más bien señala sus numerosos aspectos positivos y sus muchas aplicaciones útiles, pero al mismo tiempo explica que no basta con plantearse una cuestión ética sobre el fin bueno o malo para el que se utiliza. De hecho, es indispensable intervenir antes y preguntarse también cómo se diseña un sistema y qué idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guían. Para ello se necesitan marcos jurídicos adecuados, una supervisión independiente, la educación de los usuarios y, sobre todo, una vez más, «una política que no renuncie a su tarea». De lo contrario, el cambio estará regido únicamente por lógicas tecnocráticas y se presentará como «necesario e inevitable», acabando así por imponer reglas «dictadas» por quienes poseen los datos, las infraestructuras y las capacidades de cálculo.

 

Es necesario, por tanto, «desarmar» a la IA, es decir, «romper esta equivalencia entre poder técnico y derecho a gobernar». No para renunciar a la tecnología, sino para impedir que domine a lo humano: hay que hacerla discutible, cuestionable y, por tanto, habitable. Precisamente para no renunciar a nuestra humanidad, tan frágil y tan «magnífica».

 

Invito leer otros comentarios en Vatican News: 

La encíclica de León XIV: la IA sirva a la humanidad, no al poder de pocos - Isabella Piro  

Los expertos en IA: «Magnifica humanitas», una «voz moral» que no se doblega - Edoardo Giribaldi 

León XIV presenta la encíclica: desarmar la IA, no a lógicas de exclusión y dominio - Salvatore Cernuzio 

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