Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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jueves, 7 de septiembre de 2023

Que relación existe entre la verdad y la política - Rocco Buttiglione

 

¿Qué relación existe entre la verdad y la política? 

¿Puede considerarse conforma a verdad una decisión tomada por la mayoría de las parlamentarios? Juan Pablo II trata de este argumento en el n. 89 de la Fides et Ratio, donde denuncia:  «En particular se ha ido afirmando un concepto de democracia que no contempla la referencia a fundamentos de orden axiológico y por tanto inmutables. La admisibilidad o no de un determinado comportamiento se decide con el voto de la mayoría parlamentaria. 105 Las consecuencias de semejante planteamiento son evidentes: las grandes decisiones morales del hombre se subordinan, de hecho, a las deliberaciones tomadas cada vez por los órganos institucionales. Más aún, la misma antropología está fuertemente condicionada por una visión unidimensional del ser humano, ajena a los grandes dilemas éticos y a los análisis existenciales sobre el sentido del sufrimiento y del sacrificio, de la vida y de la muerte.»

Sobre esta cuestión se expresa Rocco Buttiglione, Político y filosofo. Profesor de Ciencias políticas Universidad Libre San Pío V de Roma.

 


En un sistema democrático, la ley la hacen los representantes del pueblo ¿Quién sino el pueblo, puede ser juez de aquello que debe ser considerado bueno o malo dentro de un pais o estado? La voluntad del pueblo indica lo que debe tener valor de ley, cuales son los comportamientos a ser castigados o premiados. De este estado de cosas muchos teóricos de la democracia infieren que no es la voluntad de Dios sobre la naturaleza de las cosas que hace las leyes, sino la voluntad de los hombres, la voluntad del pueblo soberano. Obviamente los creyentes (y no solamente los creyentes, sino también muchos hombres de solidas convicciones morales) nunca han podido aceptar este relativismo. ¿Es realmente el relativismo ético esa filosofía que necesita la democracia? Al Papa Juan Pablo II  le parece que no, busquemos entonces el porque.  Para entrar en la lógica del razonamiento del Papa es necesario hacer una distinción básica: una cosa es la verdad y otra es aquello que es reconocido como verdad dentro de una comunidad política.  La verdad no depende de la voluntad del pueblo sino de la naturaleza de las cosas. Esto surge con claridad de la estructura de la argumentación política. Cuando los políticos discuten entre ellos en el Parlamento no debaten tratando de adivinar que piensa la mayoría, sino que, ante todo, discuten sobre que seria lo mas justo y oportuno respecto al tema mismo sobre el cual se debe deliberar y tratan de convencer uno a otro del debido respeto a la naturaleza del tema.

 Naturalmente, la discusión no puede continuar indefinidamente y el voto (por mayoría) pone termino provisorio al debate. El voto por mayoría no decide sobre la verdad en si, sino de lo que será considerado como verdadero en aquella comunidad nacional. En este sentido, el Parlamento funciona como una especie de conciencia colectiva de la nación. Como la conciencia individual no constituye la versad pero la reconoce, de la misma manera la conciencia colectiva de la nación reconoce la verdad pero no la crea.  Quien compone  la minoría no necesariamente esta equivocado y tiene el derecho de volver a someter el resultado en la primera ocasión que se presente, quizás utilizando los resultados negativos que aquella ley hubiese producido. En la democracia, no hay resultados definitivos: toda ley errónea puede ser cambiada, y puede ser cambiada toda ley buena. Siempre está abierto el camino para anular leyes malas y siempre es necesario mantener la guardia para defender las leyes buenas.  Esta visión contradice otra visión, relativista y además potencialmente totalitaria de las democracia. Se trata de la tesis según la cual la mayoría decide sobre la verdad en si, y la minoría no tiene el derecho de disentir o de volver a poner en discusión la ley mala (que no merece ser ley y debe ser revocada).  Naturalmente existe el deber de obedecer  también leyes injustas porque si no el bien superior de la paz civil se haria trizas. Este deber de obediencia siempre tiene un limite. Ninguna ley puede imponer el deber de hacer un mal directamente. En tal caso la ley debe proveer el derecho a la objeción de conciencia. La conciencia colectiva del Estado no puede prevalecer sobre la conciencia dela persona, obligándola a hacer aquello que esta considera un mal. Precisamente el instituto de objeción de conciencia muestra que la conciencia colectiva del Estado no constituye la verdad sino que es solamente un órgano para su conciencia. 

En otras palabras: el pueblo soberano no hace la verdad, la reconoce. La soberanía del pueblo no significa que el pueblo sea infalible. El pueblo puede equivocarse y de hecho a veces se equivoca. ¿Qué quiere decir “soberano”? Soberano solo quiere decir que no existe una autoridad superior que pueda reformar la decisión del pueblo. Contra una decisión errónea del pueblo es necesario convocar nuevamente al pueblo. Cuenta una historia de tiempos antiguos que una vez un macedonio recurrió al rey Felipe para solicitar justicias. El rey Felipe estaba ebrio y rechazo hacer justicia. Entonces el macedonio le dijo “… y  yo recurro a la apelación”. Felipe indignado le dijo “a quien apelaras? Yo soy el rey, no hay una autoridad mayor que la mia”. Y el macedonio: “apelare a Felipe, pero sobrio”. También el pueblo a veces se embriaga y entonces es necesario trabajar pacientemente para que se interrumpa la intoxicación y vuelva la razón”.

 

 

viernes, 21 de mayo de 2010

Necesitamos políticos auténticamente cristianos


Cito textualmente del Boletín Informativo de la Oficina de Prensa de la Santa Sede
CIUDAD DEL VATICANO, 21 MAY 2010 (VIS).-El Santo Padre recibió hoy a los participantes en la XXIV asamblea plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos, que están afrontando el tema: "Testigos de Cristo en la comunidad política".

El Papa afirmó que si bien la Iglesia no tiene como misión "la formación técnica de los políticos", sin embargo, "da su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas".

"Corresponde a los fieles laicos -dijo- mostrar concretamente en la vida personal y familiar, en la vida social, cultural y política, que la fe permite leer en modo nuevo y profundo la realidad y transformarla".

Benedicto XVI subrayó que "los fieles laicos deben participar activamente en la vida política, de manera siempre coherente con las enseñanzas de la Iglesia, compartiendo razones bien fundadas y grandes ideales en el proceso democrático y en la búsqueda de un consenso amplio con todos los que se preocupan de la defensa de la vida y de la libertad, la custodia de la verdad y del bien de la familia, la solidaridad con los necesitados y la búsqueda necesaria del bien común".

"Se necesitan -continuó- políticos auténticamente cristianos, pero sobre todo fieles laicos que sean testigos de Cristo y del Evangelio en la comunidad civil y política. Esta exigencia debe estar claramente presente en los programas educativos de las comunidades eclesiales y requiere nuevas formas de acompañamiento y apoyo por parte de los pastores. La pertenencia de los cristianos a las asociaciones de fieles, a los movimientos eclesiales y nuevas comunidades, puede ser una buena escuela para estos discípulos y testigos, sostenidos por la riqueza carismática, comunitaria, educativa y misionera de estas realidades".

El Papa señaló que "la difusión de un relativismo cultural confuso y de un individualismo utilitarista y hedonista debilita la democracia y favorece el dominio de los poderes fuertes. Es necesario recuperar y reforzar una sabiduría política auténtica; ser exigentes en lo que concierne a la propia competencia; servirse críticamente de las investigaciones de las ciencias humanas; afrontar la realidad en todos sus aspectos, superando reduccionismos ideológicos o pretensiones utópicas; mostrarse abiertos a todo diálogo y colaboración verdaderos, teniendo en cuenta que la política también es un complejo arte de equilibrio entre ideales e intereses, pero sin olvidar que la contribución de los cristianos es decisiva únicamente si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación. Es necesaria una verdadera "revolución del amor".
AC/VIS 20100521 (420)