Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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jueves, 25 de junio de 2026

Karol Wojtyla: «Mis encuentros con Pablo VI» El cardenal de Cracovia recordaba así al Papa Montini – (2 de 2)

 


Ejercicios «papales» Naturalmente, la mayoría de las veces el tema de las conversaciones era la situación y la tarea de la Iglesia en Polonia, en Cracovia, en la Archidiócesis; el Santo Padre hablaba con gusto de sus propios recuerdos: recordaba personalmente al cardenal Sapieha, el encuentro con él en Polonia y en Roma. Sin embargo, lo primero de todo era afrontar los problemas. Era cordial; a menudo repartía gustosamente regalos: rosarios, imágenes. «Esto siempre puede alegrar a alguien», decía. Nunca se negaba a recibir a los sacerdotes que me acompañaban, aunque yo trataba de no abusar de su disponibilidad. Naturalmente, el recuerdo más fuerte está ligado a aquel encuentro excepcional con Pablo VI al que me invitó él mismo en la Cuaresma de 1976. Se trataba de predicar los ejercicios espirituales de ese año para el Santo Padre, los Cardenales y otros colaboradores suyos en la capilla de Santa Matilde, en el Palacio Apostólico. Durante las charlas, el Papa, con su secretario, estaba siempre en una pequeña capilla lateral, visible para el que predicaba, pero no para los participantes en el retiro. Estaba con una actitud de gran recogimiento, bajo las reliquias de san Sebastián. El último día me dio las gracias, recibiéndome en audiencia privada apenas terminados los ejercicios. Recordé más tarde que había tomado apuntes de las charlas.

El hielo de Nowa Huta Mucho se podría decir de los regalos que he recibido de él con ocasión de los distintos encuentros. Pero, de todos ellos, recordaré sólo uno, especialmente significativo: fue también durante el Concilio. El Santo Padre se interesó mucho por el problema de la iglesia de Nowa Huta. Recuerdo que, cuando le conté cómo participaban los parroquianos en la Santa Misa, a cielo abierto, a menudo bajo la lluvia o el hielo, mi interlocutor, escuchando lo que le estaba contando en italiano, me interrumpió hablando en polaco: «El hielo, sí, es una palabra que recuerdo de los tiempos en que conocía mejor vuestra lengua». La conclusión de estas conversaciones fue que el mismo Pablo VI bendijo la primera piedra de la iglesia de Nowa Huta –la piedra provenía de la antigua basílica constantiniana de San Pedro– e hizo llegar un generoso donativo para la construcción de aquella iglesia.

 

El último encuentro La última vez que vi a Pablo VI fue el 19 de mayo de este año, en la audiencia del Consejo del secretariado general del Sínodo de los Obispos. Como es sabido, el secretario general era el obispo Rubin. Como yo ostentaba la presidencia de aquella sesión, tuve también el honor de pronunciar ante el Papa el discurso informativo sobre la problemática de nuestra reunión. No imaginaba que aquella sería la última vez que me encontrara con el Papa y le hablara. Sabía que estaba débil de salud, que las piernas no le sostenían y caminaba con mucha dificultad. Pero al mismo tiempo me asombraba siempre su lucidez y agilidad mentales, la precisión, la concisión de sus discursos y su inagotable fuerza de voluntad. Aquella vez tuve la impresión de que Pablo VI, a pesar de todas sus enfermedades, viviría todavía bastante y continuaría ejerciendo su misión pastoral. Aunque por todas partes se escuchaban rumores sobre su muerte, y él mismo hablaba de ello – tenía ochenta años -, la noticia, que me dieron la tarde del 7 de agosto, me llegó por sorpresa y fue un duro golpe. Y este fue el último encuentro. Directamente desde el aeropuerto, el 11 de agosto, el obispo Andrzej Deskur me condujo a la Basílica. Arrodillado, recé y contemplé aquel rostro con el que tantas veces había dialogado. Los ojos, siempre tan vivos, estaban cerrados. Reposaba en medio de la Basílica, frente a la Confessio de San Pedro, sponsus in sponsae gremio. Ahora ya no conversaré más con él, no comentaré más con él ninguno de los problemas de los que a menudo habíamos hablado. Él contempla ahora otro Rostro. La muerte fue el lugar del último recogimiento en el cual le he visto sobre esta tierra.

 

 (Conferencia pronunciada en la Radio Vaticana el 21 de agosto de 1978, publicada en: Karol Wojtyla, «Przemówienia i wyklady w Radio Watykanskim», Roma 1987. Traducción al español realizada por la revista Huellas, Octubre de 1998).

(Publicadoen Zenit el 6 de agosto de 2001)

Karol Wojtyla: «Mis encuentros con Pablo VI» El cardenal de Cracovia recordaba así al Papa Montini – (1 de m2)

 (El texto que sigue  fue publicado por Zenit el 6 de agosto de 2001. Se trata de un testimonio del entonces arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, ofrecido a los microfoos de  «Radio Vaticano» en lengua polaca el 21 de agosto de 1978, pocos días después de la muerte del Papa Montini publicada con el titiulo : Karol Wojtyla, «Przemówienia i wyklady w Radio Watykanskim», Roma 1987. Traducción al español realizada por la revista Huellas, Octubre de 1998).




Respondiendo a la petición de «Radio Vaticano», quisiera basar este recuerdo del difunto Santo Padre Pablo VI en los encuentros que tuve la dicha de vivir desde el año 1962, a lo largo de mi episcopado, y en lo sucesivo durante el cardenalato. Considero cada uno de aquellos encuentros como una fecha importante en mi vida; de cada uno salí enriquecido y fortalecido, y todos permanecerán impresos para siempre en mi memoria. El primero tuvo lugar durante la primera sesión del Concilio, cuando el Santo Padre Pablo VI era todavía el cardenal Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán. Me dirigí a él para una cuestión muy particular. En calidad de Vicario capitular de la Diócesis de Cracovia, llevaba conmigo una petición, realizada por la parroquia de San Florián de Cracovia y por su párroco, para conseguir unas campanas. Esto no significaba que los parroquianos de San Florián no pudieran procurarse campanas nuevas para la iglesia, ya que se les habían arrebatado durante la guerra y la ocupación alemana. Se trataba más bien de un símbolo, de un signo de unidad entre las iglesias.

El cardenal Montini lo comprendió enseguida y evocó los recuerdos personales que tenía de Polonia, donde había vivido cuando trabajaba en la nunciatura de Varsovia, y donde en una ocasión fue testigo de la puesta en funcionamiento de unas campanas que se habían quitado con anterioridad, durante la guerra mundial, y abandonado después en un prado. Intervinieron entonces los representantes de las parroquias interesadas, y cada uno recobró sus campanas. Seregno – Cracovia Aquel recuerdo ilustraba la petición que la parroquia de San Florián dirigía a Milán. En efecto, la parroquia de Seregno, en la archidiócesis de Milán, donó las campanas y en abril de 1965 pudimos consagrarlas en Cracovia. Los encuentros con Pablo VI se hicieron más frecuentes y regulares desde que me llamó a formar parte del Colegio cardenalicio. Casi todas las veces que iba a Roma –una media de dos veces al año–, tenía la alegría de ser recibido en audiencia y hablar con el Santo Padre. Pero recuerdo particularmente el encuentro que se produjo antes de la llamada para formar parte del Colegio de los Cardenales. Estábamos en abril de 1967. No olvidaré jamás lo que me dijo entonces el Papa hablando de la preparación del documento que sería, un año después, la encíclica «Humanae Vitae». Como formaba parte de una comisión de especialistas en cuya sesión, celebrada en junio de 1966, desgraciadamente no había podido participar había enviado por escrito mi parecer al Santo Padre. Pablo VI encaminó rápidamente la conversación hacia ese tema, y después añadió: «ojalá haya en Polonia, en Cracovia, alguna persona que quiera ofrecer sus plegarias a Dios, y sobre todo sus sufrimientos, por esta difícil cuestión. Es algo en lo que tengo mucho interés». Hubo muchas personas que hicieron esto. Pero yo comprendí entonces cuál era el peso del problema ante el que se encontraba Pablo VI, como supremo Maestro y Pastor de la Iglesia.

Audiencias y visitas Las audiencias tenían un carácter distinto. En su mayoría eran audiencias privadas, donde podía conversar a solas con el Santo Padre, pero había también audiencias colectivas. Participé en varias ocasiones en las audiencias que Pablo VI concedía al Consejo de Laicos – Consilium de Laicis: formaba parte de él en calidad de consultor; IUNE, es decir la audiencia al Consejo de la secretaría general del Sínodo de los Obispos. Finalmente, la audiencia colectiva a los Obispos polacos. Recuerdo con particular conmoción la audiencia de noviembre de 1973, durante la cual, junto al Cardenal Primado y al nuevo Metropolita de Wroclaw, a los obispos residentes de Opole, Gorzów, Szczecin, Koszalin, Gdansk y Warmia, expresamos nuestro agradecimiento por la institución definitiva de una organización eclesial regular en los territorios polacos occidentales y septentrionales. Otra audiencia colectiva del Episcopado polaco en que participé tuvo lugar en noviembre del año pasado, con ocasión de la visita de los Obispos de toda Polonia ad limina apostolorum. Pablo VI había cumplido ochenta años a finales de septiembre. Le habíamos hecho entrega de algunos presentes, por los que siempre se mostraba agradecido. Eran presentes que daban testimonio de la vitalidad de la cultura católica en Polonia. Recuerdo con qué atención observó los manuscritos de Karol Hubert Rostworowski y del Metropolita de Cracovia, Adam Stefan Sapieha, que le ofrecimos en aquella ocasión. Las visitas «ad limina» durante sus quince años de pontificado fueron tres: 1967/68, 1972 y 1977. Siempre me impresionaba cómo se preparaba el Papa de forma escrupulosa para las audiencias, cómo deseaba que fueran fructíferas: entrar en los problemas que le eran expuestos, responder a las expectativas, instaurar un contacto personal. El momento más conmovedor era cuando él mismo empezaba a hablar de los problemas de la Iglesia – a menudo incluso de la Iglesia en Italia, en la misma Roma -, cuando lo que decía tomaba la forma de un coloquio confidencial, cuando se desahogaba contando las cosas que le pesaban, que le dolían. El interlocutor se sentía entonces particularmente comprometido, participando de este modo en la «sollicitudo omnium Ecclesiarum» realmente paulina, en las preocupaciones por toda la Iglesia, por los problemas más urgentes de la Iglesia.


domingo, 10 de agosto de 2025

Honrando al Cardenal Estanislao Esteban Karlic - “historia” del Catecismo dela Iglesia Catòlica - Reposteo

 



Hace años atrás la agencia (Zenit H. Sergio Mora) https://es.zenit.org/2012/10/23/el-catecismo-fue-un-fruto-profetico-del-concilio-vaticano-ii/ entrevisto al cardenal argentino Estanislao Esteban Karlic quien fuera miembro de la comisión redactora del Catecismo de la Iglesia Católica. El cardenal Karlic  cuenta algunos detalles de los momentos particulares de la redacción, revisión y publicación de esta obra maestra de la Iglesia,  que partió del Sínodo de Obispos de 1985, como “fruto profético del Concilio Vaticano II”.  Ya en tiempos del Concilio,  cuenta el cardenal Karlic “se había  planteado la pregunta sobre un nuevo catecismo, pero la inquietud no prosperó. Con el sínodo de 1985, en cambio la iniciativa fue considerada oportuna y el papa la asumió.” En 1986 se constituyó una comisión bajo la presidencia del entonces Cardenal Joseph Ratzinger.  Explica el cardenal Karlic que   “El texto llego a tener nueve versiones sucesivas y la versión llamada «proyecto revisado» que se considero válida para una consulta universal  se envió a todas las diócesis del mundo para su consulta y observaciones.”  Se recibieron unas 25.000 respuestas, que fueron todas analizadas una por una. “Entre las observaciones importantes fue la de dar más relieve al tratamiento de la oración” resalta el cardenal Karlic.

El cardenal Karlic que vivía en Paraná, Entre Rios, Argentina,  viajaba a Roma para las reuniones y cuenta como curiosidad que una vez hubo que copiar nueve veces un texto con el propósito de mejorar su redacción. Aunque suene extraño recordaba el cardenal Karlic que en aquella época aun no se usaban computadoras!    El documento fue entregado en la versión francesa, italiana y española en diciembre de 1991 en Roma a los representantes de toda la Iglesia  “como un nuevo signo de catolicidad, en un acto solemne presidido por el mismo Juan Pablo II”.   

Entrevista completa:

¿Cuál era el catecismo universal anterior al actual?

Cardenal Karlic: En la historia de la Iglesia solamente hay un catecismo semejante, es el de san Pio V, llamado Catecismo del Concilio de Trento o Catecismo de los Párrocos, publicado en el siglo XVI, poco después de la invención de la imprenta. Fue un ejemplo a seguir por su gran valor. El actual Catecismo de la Iglesia Católica sin embargo tiene novedades que lo enriquecen no solamente en el aprovechamiento del Magisterio Pontificio de los últimos tiempos, sino también en la atención de los problemas contemporáneos. EL Catecismo Tridentino y el de la Iglesia Católica son los dos únicos en la historia que fueron aprobados por un papa y destinados a toda la Iglesia.

¿Cómo nace esta idea y porque un nuevo catecismo?

Cardenal Karlic: Los obispos del sínodo que celebraba los 20 años del Concilio consideraban que era necesario elaborar un compendio de toda la doctrina católica, sobre la fe y moral, que sirviese como punto de referencia para los catecismos que se habrían de redactar en las diversas regiones del mundo, para su mayor acercamiento a las diversas culturas. Después de 500 años de haber publicado el anterior catecismo universal, pareció oportuno tener una síntesis de la doctrina apostólica que respondiera a las grandes cuestiones planteadas por la cultura contemporánea sobre Dios, el hombre y el mundo. En tiempos del concilio Vaticano II se había planteado la pregunta sobre un nu8evo catecismo, pero la inquietud no prospero. Con el sínodo de 1985, en cambio la iniciativa fue considerada oportuna y el papa la asumió.

¿Como fueron los primeros pasos en la elaboración del Catecismo?

Cardenal Karlic: El Santo Padre a principios de 1986 constituyo una comisión de doce cardenales y obispos que debían conducir toda la obra y un comité de redacción de siete miembros a quienes se unió el secretario de redacción. El presidente de ambas comisiones era el entonces cardenal Ratzinger,  quien conducía admirablemente las reuniones. Siempre se busco entre los participantes una representación de la universalidad de la Iglesia.

Usted fue convocado para la redacción del Catecismo?

Cardenal Karlic. Fue una gracia de Dios inmensa. Me incorporé al comité de redacción,  que ya estaba formado,  en un segundo momento.  Otro de los miembros que se incorporó fue el secretario de redacción, el cardenal Schonborn, entonces profesor de teología en Suiza. Cuando ingresamos ya existía un texto fundamental sobre el cual debíamos trabajar. El trabajo naturalmente era distribuido a los subgrupos para después entregarlo en las reuniones conjuntas. De esta manera se redactó el texto que llego a tener nueve versiones sucesivas.

Como se consulto a toda la Iglesia?

Cardenal Karlic: La versión llamada proyecto revisado, que se consideró válida para una consulta universal, se envió a todas las ldiócesis del mundo debidamente preparada para que las observaciones que se mandaran fueran bien aprovechadas. Las respuestas fueron unas 25.000, un número extraordinario.

¿Y con las respuestas como hicieron?

Cardenal Karlic: Para estudiar las respuestas tuvimos una larga reunión en los alrededores de Roma. Las revisamos una por una, incluso las que llegaron después del término fijado. Fue emocionante ver la manifestación de la unidad de la fe, de las diversas partes de la Iglesia, en la aceptación fundamental del  texto y de la pasión por la versad en la búsqueda de las expresiones que se juzgaban las más adecuadas para  manifestar el misterio cristiano revelado. Ese momento fue clave en el proceso de redacción. . Un trabajo tan delicado no se podía llevar adelante sin al gracia del Señor, como decía con gozo sereno y profundo uno de los obispos cercanos a nuestra tarea.

¿Entre las observaciones cuales recuerda?

Cardenal Karlic: Una observación importante que se aceptó sin demora fue la de dar más relieve al tratamiento de la oración. En el texto de la consulta se había propuesto que la oración fuera el epílogo de todo el Catecismo. Las respuestas pedían que se le otorgara más importancia y con la categoría de la cuarta parte, así como de coronar todo el trabajo, como sucedía con el catecismo tridentino.

Usted vivía en Roma durante los años de la redacción?

Cardenal Karlic: No, vivía en Paraná y alla trabajaba. Entonces no se usaban las computadoras. Recuerdo una vez que hubo que copiar nueve veces un texto con el propósito de mejorar su redacción.  También la necesidad de hacer un viaja de Paraná a Santiago de Chile para hacer llegar los escritos al cardenal Mediana con quien formábamos un subgrupo. 

¿En Roma como se procedía?

Cardenal Karlic: Nos reuníamos en el Vaticano. La Comisión de Obispos y el Comité eran presididos por el cardenal Ratzinger quien era el responsable ante el Santo Padre.  Era muy emocionante recibir al final de las reuniones en repetidas oportunidades al Santo Padre. En una ocasión lo visitamos en Castel Gandolfo. Durante las reuniones se creaba un clima de gravedad, de responsabilidad y de libertad. El cardenal Ratzinger después de escuchar con interés todo lo que se decía, hacia una síntesis clara y muy útil para los trabajos ulteriores.

En qué idioma se escribia?

Cardenal Karlic: Se eligió el francés como idioma común para los intercambios y en los encuentros aunque sin excluir el uso de otras lenguas. Y también en la redacción del proyecto. Para la edición típica se eligió el latín que es un idioma muy apto para expresar el misterio cristiano, modelada como latín eclesiástico en la gran tradición del Magisterio, de los santos y de los teólogos. La traducción al latín duro unos cinco años, si bien la presentación del Catecismo ya terminado y aprobado por el Santo Padre se hizo antes de tener la traducción al latín.  Y fue entregado en la versión francesa, italiana y española en diciembre de 1992 en Roma a los representantes de toda la Iglesia, con un nuevo signo de catolicidad, en un acto solemne presidido por el mismo Juan Pablo II.

Se ha hablado de un tsunami de secularización y del Vaticano II como una brújula.

Cardenal Karlic: El Concilio tuvo consecuencias en la función pastoral, en los códigos de derecho para la Iglesia en oriente y occidente, en la función sacerdotal, en los libros litúrgicos y el orden profético lo tuvo en el Catecismo. Sin dudas como ya dijimos el Catecismo fue un fruto profético del Concilio Vaticano II.

¿Algun particular que recuerde?

Cardenal Karlic: Recuerdo la alegría del cardenal Ratzinger cuando se terminó de realizar el mismo. En realidad la redacción del Catecismo fue también un ejercicio de fidelidad al amor de Dios que nos amó primero.  


 

 

 

 

viernes, 27 de agosto de 2021

El cardenal Karlic habla de la “historia” del Catecismo de la Iglesia Católica

 


Hace años atrás la agencia (Zenit H. Sergio Mora) https://es.zenit.org/2012/10/23/el-catecismo-fue-un-fruto-profetico-del-concilio-vaticano-ii/

entrevisto al cardenal argentino Estanislao Esteban Karlic quien fuera miembro de la comisión redactora del Catecismo de la Iglesia Católica. El cardenal Karlic  cuenta algunos detalles de los momentos particulares de la redacción, revisión y publicación de esta obra maestra de la Iglesia,  que partió del Sínodo de Obispos de 1985, como “fruto profético del Concilio Vaticano II”.  Ya en tiempos del Concilio,  cuenta el cardenal Karlic “se había  planteado la pregunta sobre un nuevo catecismo, pero la inquietud no prosperó. Con el sínodo de 1985, en cambio la iniciativa fue considerada oportuna y el papa la asumió.” En 1986 se constituyó una comisión bajo la presidencia del entonces Cardenal Joseph Ratzinger.  Explica el cardenal Karlic que   “El texto llego a tener nueve versiones sucesivas y la versión llamada «proyecto revisado» que se considero válida para una consulta universal  se envió a todas las diócesis del mundo para su consulta y observaciones.”  Se recibieron unas 25.000 respuestas, que fueron todas analizadas una por una. “Entre las observaciones importantes fue la de dar más relieve al tratamiento de la oración” resalta el cardenal Karlic.
El cardenal Karlic que vivía en Paraná, Entre Rios, Argentina,  viajaba a Roma para las reuniones y cuenta como curiosidad que una vez hubo que copiar nueve veces un texto con el propósito de mejorar su redacción. Aunque suene extraño recordaba el cardenal Karlic que en aquella época aun no se usaban computadoras!    El documento fue entregado en la versión francesa, italiana y española en diciembre de 1991 en Roma a los representantes de toda la Iglesia  “como un nuevo signo de catolicidad, en un acto solemne presidido por el mismo Juan Pablo II”.   

 

Entrevista completa:

 

¿Cuál era el catecismo universal anterior al actual?

 

Cardenal Karlic: En la historia de la Iglesia solamente hay un catecismo semejante, es el de san Pio V, llamado Catecismo del Concilio de Trento o Catecismo de los Párrocos, publicado en el siglo XVI, poco después de la invención de la imprenta. Fue un ejemplo a seguir por su gran valor. El actual Catecismo de la Iglesia Católica sin embargo tiene novedades que lo enriquecen no solamente en el aprovechamiento del Magisterio Pontificio de los últimos tiempos, sino también en la atención de los problemas contemporáneos. EL Catecismo Tridentino y el de la Iglesia Católica son los dos únicos en la historia que fueron aprobados por un papa y destinados a toda la Iglesia.

 

¿Cómo nace esta idea y porque un nuevo catecismo?

 

Cardenal Karlic: Los obispos del sínodo que celebraba los 20 años del Concilio consideraban que era necesario elaborar un compendio de toda la doctrina católica, sobre la fe y moral, que sirviese como punto de referencia para los catecismos que se habrían de redactar en las diversas regiones del mundo, para su mayor acercamiento a las diversas culturas. Después de 500 años de haber publicado el anterior catecismo universal, pareció oportuno tener una síntesis de la doctrina apostólica que respondiera a las grandes cuestiones planteadas por la cultura contemporánea sobre Dios, el hombre y el mundo. En tiempos del concilio Vaticano II se había planteado la pregunta sobre un nu8evo catecismo, pero la inquietud no prospero. Con el sínodo de 1985, en cambio la iniciativa fue considerada oportuna y el papa la asumió.

 

¿Como fueron los primeros pasos en la elaboración del Catecismo?

 

Cardenal Karlic: El Santo Padre a principios de 1986 constituyo una comisión de doce cardenales y obispos que debían conducir toda la obra y un comité de redacción de siete miembros a quienes se unió el secretario de redacción. El presidente de ambas comisiones era el entonces cardenal Ratzinger,  quien conducía admirablemente las reuniones. Siempre se busco entre los participantes una representación de la universalidad de la Iglesia.

 

Usted fue convocado para la redacción del Catecismo?

 

Cardenal Karlic. Fue una gracia de Dios inmensa. Me incorporé al comité de redacción,  que ya estaba formado,  en un segundo momento.  Otro de los miembros que se incorporó fue el secretario de redacción, el cardenal Schonborn, entonces profesor de teología en Suiza. Cuando ingresamos ya existía un texto fundamental sobre el cual debíamos trabajar. El trabajo naturalmente era distribuido a los subgrupos para después entregarlo en las reuniones conjuntas. De esta manera se redactó el texto que llego a tener nueve versiones sucesivas.

 

Como se consulto a toda la Iglesia?

 

Cardenal Karlic: La versión llamada proyecto revisado, que se consideró válida para una consulta universal, se envió a todas las ldiócesis del mundo debidamente preparada para que las observaciones que se mandaran fueran bien aprovechadas. Las respuestas fueron unas 25.000, un número extraordinario.

 

¿Y con las respuestas como hicieron?

 

Cardenal Karlic: Para estudiar las respuestas tuvimos una larga reunión en los alrededores de Roma. Las revisamos una por una, incluso las que llegaron después del término fijado. Fue emocionante ver la manifestación de la unidad de la fe, de las diversas partes de la Iglesia, en la aceptación fundamental del  texto y de la pasión por la versad en la búsqueda de las expresiones que se juzgaban las más adecuadas para  manifestar el misterio cristiano revelado. Ese momento fue clave en el proceso de redacción. . Un trabajo tan delicado no se podía llevar adelante sin al gracia del Señor, como decía con gozo sereno y profundo uno de los obispos cercanos a nuestra tarea.

 

¿Entre las observaciones cuales recuerda?

 

Cardenal Karlic: Una observación importante que se aceptó sin demora fue la de dar más relieve al tratamiento de la oración. En el texto de la consulta se había propuesto que la oración fuera el epílogo de todo el Catecismo. Las respuestas pedían que se le otorgara más importancia y con la categoría de la cuarta parte, así como de coronar todo el trabajo, como sucedía con el catecismo tridentino.

 

Usted vivía en Roma durante los años de la redacción?

 

Cardenal Karlic: No, vivía en Paraná y alla trabajaba. Entonces no se usaban las computadoras. Recuerdo una vez que hubo que copiar nueve veces un texto con el propósito de mejorar su redacción.  También la necesidad de hacer un viaja de Paraná a Santiago de Chile para hacer llegar los escritos al cardenal Mediana con quien formábamos un subgrupo. 

 

¿En Roma como se procedía?

Cardenal Karlic: Nos reuníamos en el Vaticano. La Comisión de Obispos y el Comité eran presididos por el cardenal Ratzinger quien era el responsable ante el Santo Padre.  Era muy emocionante recibir al final de las reuniones en repetidas oportunidades al Santo Padre. En una ocasión lo visitamos en Castel Gandolfo. Durante las reuniones se creaba un clima de gravedad, de responsabilidad y de libertad. El cardenal Ratzinger después de escuchar con interés todo lo que se decía, hacia una síntesis clara y muy útil para los trabajos ulteriores.

 

En qué idioma se escribia?

 

Cardenal Karlic: Se eligió el francés como idioma común para los intercambios y en los encuentros aunque sin excluir el uso de otras lenguas. Y también en la redacción del proyecto. Para la edición típica se eligió el latín que es un idioma muy apto para expresar el misterio cristiano, modelada como latín eclesiástico en la gran tradición del Magisterio, de los santos y de los teólogos. La traducción al latín duro unos cinco años, si bien la presentación del Catecismo ya terminado y aprobado por el Santo Padre se hizo antes de tener la traducción al latín.  Y fue entregado en la versión francesa, italiana y española en diciembre de 1992 en Roma a los representantes de toda la Iglesia, con un nuevo signo de catolicidad, en un acto solemne presidido por el mismo Juan Pablo II.

 

Se ha hablado de un tsunami de secularización y del Vaticano II como una brújula.

 

Cardenal Karlic: El Concilio tuvo consecuencias en la función pastoral, en los códigos de derecho para la Iglesia en oriente y occidente, en la función sacerdotal, en los libros litúrgicos y el orden profético lo tuvo en el Catecismo. Sin dudas como ya dijimos el Catecismo fue un fruto profético del Concilio Vaticano II.

 

¿Algun particular que recuerde?

 

Cardenal Karlic: Recuerdo la alegría del cardenal Ratzinger cuando se terminó de realizar el mismo. En realidad la redacción del Catecismo fue también un ejercicio de fidelidad al amor de Dios que nos amó primero.  

sábado, 3 de septiembre de 2016

Madre Teresa: Renzo Allegri la recordaba en el centenario de su nacimiento

Por una serie de extrañas coincidencias, mantuve con ella diversos encuentros, largas conversaciones, viajes en coche. Puedo decir que tenía por ella un afecto profundo, y ella me demostraba una benevolencia tal que yo juzgaba amistad, y mi superficial vanidad me empujó a veces a aprovecharme de ella, pidiendo incluso favores que ya desde el principio yo mismo consideraba “imposibles”. Y sin embargo, en su infinita bondad, la Madre encontraba siempre la forma de contentarme.

Increíble. Estoy seguro de que todos aquellos que se han acercado a Madre Teresa han constatado esta amorosa disponibilidad suya. Era ciertamente una gran santa pero al mismo tiempo una mujer de una sensibilidad humana tan deliciosa, de una bondad de ánimo tan grande, que se sentía triste si no conseguía contentar a quien le pedía algo….. No le gustaba mucho hablar. Pero cuando lo hacía, era extremadamente fascinante, con ese modo suyo esencial e incisivo de exponer sus pensamientos. Hablaba preferiblemente a través de imágenes. Sus razonamientos eran una secuencia de hechos que llevaban a una conclusión inevitable….

Cuando estaba en Roma, y le pedía verla, me citaba en el pequeño convento del Celio, donde está la Casa madre de las monjas fundadas por ella, las Misioneras de la Caridad. Decía: “Le espero mañana por la mañana a las cinco y media”. A esa hora, en el pequeño convento, estaba la Misa reservada a las monjas y la Madre deseaba que, antes de hablar conmigo, nos encontrásemos unidos en la oración. Llegaba puntual y encontraba, en la puertecita del convento, una hermana que me esperaba y me acompañaba a la capillita. Seguía la Misa junto a la Madre, que estaba arrodillada en el suelo, en el fondo de la capillita. Para mí, en cambio, hacía preparar un reclinatorio cómodo y también una silla. Desde mi sitio podía observar a todas las hermanas y también a la Madre, que no hacía precisamente nada especial. Estaba acurrucada sobre sí misma, casi formando una bola, y estaba concentrada en la oración silenciosa como si yo no existiese. Pero precisamente desde aquella postura de anulación incluso física, transmitía una potente energía e infinitas consideraciones que largas conversaciones no habrían sido capaces de sugerir.

Después de la Misa, la hermana que me había acogido me acompañaba a un cuartito del convento, adonde de modo infalible, poco después, llegaba la Madre con una bandeja para el desayuno. Madre Teresa me servía el desayuno. No permitía que lo hiciera una de sus monjas, quizás aquella que me había acogido a la puerta del convento. Quería hacerlo ella. La primera vez yo estaba confuso e intenté impedírselo, diciendo que no tenía hambre, que por la mañana no comía nunca. Pero ella intuyó mi turbación y no hubo forma de detenerla. Me servía con un conmovedor amor maternal. Café, leche, mermelada, tostadas. Se preocupaba de que comiese. Y aquellas atenciones suyas hablaban más que las entrevistas. Después, terminado el desayuno, me concedía su tiempo. Yo tomaba mis apuntes con las preguntas, encendía la grabadora y ella respondía….

Cuando pienso en Madre Teresa, la imagen que se me viene en seguida a la mente es a ella en oración. La primera vez que viajé en coche con ella, tuve el honor de sentarme a su lado. Debíamos trasladarnos desde la vía Casilina, en la periferia de Roma, donde hay una casa de las Misioneras de la caridad, al Vaticano, donde la Madre iba a ser recibida por el Papa…...

El coche partió con gran velocidad porque teníamos prisa, llegábamos tarde. No se podía en absoluto hacer esperar al Papa. Madre Teresa miraba desde la ventanilla. Su rostro estaba sereno. Después de un momento, la Madre nos pidió que rezáramos con ella. Se hizo el signo de la cruz, de un bolsillo de su sari sacó un rosario. Oraba en voz baja, con voz sumisa, recitando el Padrenuestro y las Avemaría en latín. Nosotros rezábamos con ella. El coche aceleraba nervioso en el tráfico caótico e intenso. A veces frenaba bruscamente, daba volantazos, arrancaba imperioso, agarraba las curvas de forma temeraria, era abordado por otros coches, impacientes y agresivos, que lanzaban amenazas con penetrantes golpes de cláxon. Yo estaba agarrado al manillar y miraba con preocupación al conductor, muy bueno pero imprudente. Madre Teresa, en cambio, estaba absorta en la oración, y no se daba cuenta de nada.  Acurrucada en su asiento, estaba hablando con Dios. Tenía los ojos semicerrados. El rostro arrugado, doblado sobre el pecho, estaba transfigurado. Parecía casi que emanara luz. Las palabras de la oración salían de sus labios, precisas, claras, lentas, casi como si se detuviera a saborear el significado de cada una de ellas. No tenían la cadencia de una fórmula continuamente repetida, sino la frescura del diálogo, de una conversación viva, apasionada. Parecía que la Madre hablara realmente con una presencia invisible.

Un día le pregunté, de repente: “¿Tiene miedo de morir?” Estaba en Roma desde hacía algunos días. La había visto un par de veces y había ido a saludarla porque volvía a Milán. Ella me miró como si quisiera entender la razón de mi pregunta. Creí que había hecho mal en hablar de la muerte e intenté corregir el tiro. “La veo descansada”, dije. “Ayer, en cambio, me parecía muy cansada”. “He descansado bien esta noche”, respondió. “En los últimos años usted ha sufrido intervenciones quirúrgicas muy delicadas, como la del corazón: debería cuidarse, viajar menos”. “Me lo dicen todos, pero yo tengo que pensar en la obra que Jesús me ha confiado. Cuando ya no sirva más, será Él quien me detenga”.   Y cambiando de tema, me preguntó: “¿Dónde vive?”. “En Milán”, respondí. “¿Cuándo vuelve a casa?”. “Espero que esta misma noche. Quisiera tomar el último avión, así mañana, que es sábado, puedo estar en familia”. “Ah, veo que usted es feliz de volver a casa, con su familia”, dijo ella sonriendo. “Llevo fuera casi una semana”, respondí para justificar mi entusiasmo”. “Bien, bien”, añadió. “Es lógico que usted esté contento. Va a encontrar a su mujer, a sus niños, a sus seres queridos, su casa. Es justo que sea así”.  Permaneció aún unos momentos en silencio, y después, volviendo a la pregunta que le había hecho, prosiguió: “Yo estaría contenta como usted si pudiese decir que me muero esta noche. Muriendo me iría a casa yo también. Iría al paraíso. Iría a ver a Jesús. Yo he consagrado mi vida a Jesús. Convirtiéndome en monja, me he convertido en la esposa de Jesús. Todo lo que hago aquí, en la tierra, lo hago por amor a él. Por tanto, al morir, volvería a casa. Donde mi esposo. Además, allí, en el paraíso, encontraría también a todos mis seres queridos. Miles de personas han muerto entre mis brazos. Son ya más de cuarenta años que dedico mi vida a los enfermos y a los moribundos. Yo y mis hermanas hemos recogido por las calles, sobre todo en la India, miles y miles de personas agonizantes. Las hemos llevado a nuestras casas y las hemos ayudado a morir serenas. Muchas de esas personas han expirado entre mis brazos, mientras yo les sonreía y acariciaba sus rostros temblorosos. Por eso, cuando muera, encontraré a todas estas personas. Están allí y me esperan. Nos quisimos en esos momentos difíciles. Hemos seguido queriéndonos en el recuerdo. Quién sabe qué fiesta me harán al verme. ¿Cómo puedo tener miedo a la muerte? Yo la deseo, la espero porque me permitirá finalmente volver a casa”.


En general, en las entrevistas, y también en las conversaciones, Madre Teresa era concisa, daba respuestas breves y veloces. En aquella ocasión, para responder a aquella extraña pregunta mía, había afrontado un auténtico discurso. Y mientras decía esas cosas, sus ojos brillaban con una serenidad y una felicidad sorprendentes.
[Traducción del italiano por Inma Álvarez]


(Invito leer completo en Zenit

martes, 12 de abril de 2011

Zenit entrevista a Mons. Slawomir Oder


Invito leer la larga y muy completa entrevista de Zenit a Mons. Slawomir Oder, publicada en tres partes, donde Mons. Oder habla de su “bellísima aventura” como Postulador de la Causa de beatificación y canonización de Juan Pablo II, de los detalles del proceso, de la vida del Papa, de su pontificado, del sufrimiento, de su sufrimiento, su testimonio de “no avergonzarse” cuando ya no podía hablar….


Zenit entrevista Mons. Oder 1ra parte

Zenit entrevista a Mons. Oder 2da parte

Zenit entrevista a Mons. Oder 3ra arte