Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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lunes, 19 de enero de 2026

El Concilio Vaticano II hoy. Joseph Ratzinger/Papa Benedicto XVI - Su despedida (1)

 


Preciosas y sinceras palabras del Papa Benedicto en su discurso del encuentro/despedida con los párrocos y el Clero de Roma, solo dos días despuse de haber presentado su Declaracion  donde cuenta como vivio él el Concilio Vaticano II, sus reflexiones y recomendaciones. (He tratado de abreviar un poco – probablemente mal - , pero el texto es absolutamente merecedor de ser leído completo en el sitio de la Santa Sede  

(…) Dadas las condiciones de mi edad, no he podido preparar un grande y verdadero discurso, como podría esperarse; pienso más bien en una pequeña charla sobre el Concilio Vaticano II, tal como yo lo he visto. Comienzo con una anécdota: en el año 59, yo había sido nombrado profesor de la Universidad de Bonn, donde asisten los estudiantes, los seminaristas de la diócesis de Colonia y de otras diócesis vecinas. Por tanto, tuve contactos con el arzobispo de Colonia, el cardenal Frings. El Cardenal Siri, de Génova —en el año 61, creo— organizó una serie de conferencias de diversos cardenales sobre el Concilio, e invitó también al arzobispo de Colonia a dar una de las conferencias, con el título: El Concilio y el mundo del pensamiento moderno.

El cardenal me invitó —al más joven de los profesores— a que le escribiera un borrador; el proyecto le gustó, y presentó al público de Génova el texto tal como yo lo había escrito. Poco después, el Papa Juan le llamó para que fuera a verle, y el cardenal estaba lleno de miedo, porque tal vez había dicho algo incorrecto, falso, y se le llamaba para un reproche, incluso para retirarle la púrpura. Sí, cuando su secretario le vestía para la audiencia, dijo el cardenal: «Tal vez llevo ahora esta vestimenta por última vez». Después entró, y el Papa Juan se acerca, lo abraza, y le dice: «Gracias, Eminencia, usted ha dicho lo que yo quería decir, pero no encontraba las palabras apropiadas». Así, el cardenal sabía que estaba en el camino correcto y me invitó a ir con él al Concilio; primero como su experto personal y después, durante el primer periodo —en noviembre de 1962, me parece—, fui nombrado también perito oficial del Concilio.

Así pues, fuimos al Concilio no sólo con alegría, sino con entusiasmo. Había una expectativa increíble. Esperábamos que todo se renovase, que llegara verdaderamente un nuevo Pentecostés, una nueva era de la Iglesia, porque la Iglesia era aún bastante robusta en aquel tiempo, la práctica dominical todavía buena, las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa ya se habían reducido algo, pero aún eran suficientes. No obstante, se sentía que la Iglesia no avanzaba, se reducía; que parecía una realidad del pasado y no la portadora del futuro. Y, en aquel momento, esperábamos que esta relación se renovara, cambiara; que la Iglesia fuera de nuevo una fuerza del mañana y una fuerza del hoy. Y sabíamos que la relación entre la Iglesia y el periodo moderno, desde el principio, era un poco contrastante, comenzando con el error de la Iglesia en el caso de Galileo Galilei; se pensaba corregir este comienzo equivocado y encontrar de nuevo la unión entre la Iglesia y las mejores fuerzas del mundo, para abrir el futuro de la humanidad, para abrir el verdadero progreso. Estábamos, pues, llenos de esperanza, de entusiasmo, y también de ganas de hacer nuestra parte para ello. Me acuerdo que se consideraba el Sínodo Romano como un modelo negativo. Se decía —no sé si era cierto— que habían leído en la Basílica de San Juan los textos ya preparados, y que los miembros del Sínodo habían aclamado, aprobado aplaudiendo, y así se había celebrado el Sínodo. Los obispos dijeron: «No, no hagamos así. Somos obispos, y somos nosotros mismos el sujeto del Sínodo; no queremos únicamente aprobar lo que se ha hecho, sino que queremos ser el sujeto, los portadores del Concilio. Así, hasta el cardenal Frings, famoso por su fidelidad absoluta al Santo Padre, casi escrupulosa, dijo en este caso: «Estamos aquí con otra función. El Papa nos ha convocado para ser como Padres, para ser Concilio ecuménico, un sujeto que renueve la Iglesia. Así queremos asumir este encargo nuestro».

Esta actitud se manifestó inmediatamente en el primer momento, el primer día. En este primer día estaba prevista la elección de las Comisiones, y se habían preparado las listas y los nombres, de manera —se intentaba— imparcial; y se debían votar estas listas. Pero los Padres dijeron inmediatamente: «No, no queremos simplemente votar listas ya preparadas. Nosotros somos el sujeto». Entonces se tuvieron que aplazar las elecciones, porque los Padres mismos querían conocerse un poco, querían preparar ellos mismos las listas. Y así se hizo.

(…) Comenzó así una intensa actividad para conocerse unos a otros, horizontalmente, algo que no se dejó al azar. En el «Collegio dell’Anima», donde me alojaba, tuvimos muchas visitas. El Cardenal era muy conocido, y vimos cardenales de todo el mundo. Me acuerdo bien de la figura alta y delgada de monseñor Etchegaray, que era Secretario de la Conferencia Episcopal Francesa, de los encuentros con los cardenales, etc. Después, esto se hizo típico durante todo el Concilio: pequeños encuentros transversales. Así conocí a grandes figuras, como el Padre de Lubac, Daniélou, Congar, y otros. Conocimos diversos obispos; recuerdo particularmente al obispo Elchinger, de Estrasburgo, y así sucesivamente. Esta fue una experiencia de la universalidad de la Iglesia y de la realidad concreta de la Iglesia, que no recibe simplemente imperativos desde arriba, sino que crece y va adelante, naturalmente bajo la dirección del Sucesor de Pedro.

(…) El primer objetivo, inicial, simple —aparentemente simple— era la reforma de la liturgia, que había comenzado ya con el Papa Pío XII, reformando la Semana Santa; el segundo, la eclesiología; el tercero, la Palabra de Dios, la Revelación y, finalmente, también el ecumenismo.

(…) Comencemos con el primero. Tras la Primera Guerra Mundial, había ido creciendo precisamente en Europa Central y Occidental el movimiento li­túrgico, un redescubrimiento de la ri­queza y profundidad de la liturgia, que hasta entonces estaba casi encerrada en el Misal Romano del sacerdote, mientras que el pueblo rezaba con sus propios libros de oraciones, compuestos según el corazón de la gente; se trataba de este modo de traducir el alto contenido, el lenguaje elevado de la liturgia clásica, en palabras más emotivas, más cercanas al corazón del pueblo. Pero eran como dos liturgias paralelas

(…)  Ahora, en retrospectiva, creo que fue muy acertado comenzar por la liturgia. Así se manifiesta la primacía de Dios, la primacía de la adoración: «Operi Dei nihil praeponatur». Esta sentencia de la Regla de san Benito (cf. 43,3) aparece así como la suprema regla del Concilio. Alguno criticaba que el Concilio hablara de muchas cosas, pero no de Dios. Pero sí que habló de Dios. Y su primer y sustancial acto fue hablar de Dios y abrir a todos, al pueblo santo por entero, a la adoración de Dios en la celebración común de la liturgia del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En este sentido, más allá de los aspectos prácticos que desaconsejaban iniciar de inmediato con temas polémicos, digamos que fue realmente providencial el que en los comienzos del Concilio estuviera la liturgia, estuviera Dios, estuviera la adoración. No quisiera entrar ahora en los detalles de la discusión, pero siempre vale la pena volver, más allá de las aplicaciones prácticas, al Concilio mismo, a su profundidad y a sus ideas esenciales.

Diría que había varias: sobre todo el Misterio pascual como centro del ser cristiano, y por tanto de la vida cristiana, del año, del tiempo cristiano, expresado en el tiempo pascual y en el domingo, que siempre es el día de la Resurrección. Siempre recomenzamos nuestro tiempo con la Resurrección, con el encuentro con el Resucitado y, a partir del encuentro con el Resucitado, vamos al mundo.

(…)  También había algunos principios: la inteligibilidad, en lugar de quedar encerrados en una lengua desconocida, no hablada, y también la participación activa.

(…) Segundo tema: la Iglesia. Sabemos que el Concilio Vaticano I había sido interrumpido a causa de la guerra franco-alemana y así permaneció con una unilateralidad, con un fragmento, porque la doctrina sobre el primado —que se definió, gracias a Dios, en aquel momento histórico para la Iglesia, y fue muy necesaria para el tiempo sucesivo— era sólo un elemento en una eclesiología más vasta, prevista, preparada. Así que había quedado sólo el fragmento..

(…) Pío XII había escrito la Encíclica Mystici Corporis Christi como un paso para completar la eclesiología del Vaticano I. Diría que la discusión teológica de los años 30-40, también de los 20, estaba completamente bajo este signo de la palabra «Mystici Corporis». Fue un descubrimiento que suscitó mucha alegría en aquel tiempo y también en este contexto creció la fórmula: Nosotros somos la Iglesia, la Iglesia no es una estructura; nosotros mismos, los cristianos, juntos, somos todos el Cuerpo vivo de la Iglesia. Y, naturalmente, esto es válido en el sentido de que nosotros, el verdadero «nosotros» de los creyentes, junto al «Yo» de Cristo, es la Iglesia; cada uno de nosotros, no «un nosotros», un grupo que se declara Iglesia.

(…)  Estos eran, digamos, los dos elementos fundamentales. En la búsqueda de una visión teológica completa de la eclesiología después de los años 40, en los años 50, ya había surgido entretanto un poco de crítica del concepto de Cuerpo de Cristo: «místico» sería demasiado espiritual, demasiado exclusivo; entonces se puso en juego el concepto de «Pueblo de Dios». Y el Concilio, justamente, aceptó este elemento, que entre los Padres se consideró como expresión de la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En el texto del Nuevo Testamento, la palabra «Laos tou Theou», correspondiente a los textos del Antiguo Testamento, significa —me parece que sólo con dos excepciones— el antiguo Pueblo de Dios, los judíos, que entre los pueblos —«goim»— del mundo son «el» Pueblo de Dios. Y los demás, nosotros, paganos, no somos de por sí el Pueblo de Dios, sino que nos convertimos en hijos de Abrahán, y por tanto en Pueblo de Dios, entrando en comunión con Cristo, de la única semilla de Abrahán. Y entrando en comunión con él, siendo uno con él, también nosotros somos Pueblo de Dios. Es decir, el concepto «Pueblo de Dios» implica continuidad de los Testamentos, continuidad de la historia de Dios con el mundo, con los hombres, pero implica también el elemento cristológico. Sólo a través de la cristología nos convertimos en Pueblo de Dios, y así se combinan los dos conceptos. Y el Concilio decidió crear una construcción trinitaria de la eclesiología: Pueblo de Dios Padre, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo.

Sin embargo, sólo después del Concilio se aclaró un elemento que se encuentra un poco escondido incluso en el Concilio mismo, o sea: el nexo entre Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo es precisamente la comunión con Cristo en la unión eucarística. Aquí nos convertimos en Cuerpo de Cristo; esto es, la relación entre Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo crea una nueva realidad: la comunión.

(…) Más conflictivo todavía era el problema de la Revelación. Aquí se trataba de la relación entre Escritura y Tradición. En esto, los exégetas eran los más interesados en una mayor libertad. Se sentían en una situación, digamos, de inferioridad respecto a los protestantes, los cuales hacían los grandes descubrimientos, mientras que los católicos se sentían un poco «obstaculizados» por la necesidad de someterse al Magisterio. Por tanto, aquí entraba también en juego una lucha muy concreta: ¿Qué libertad tienen los exégetas? ¿Cómo se lee bien la Escritura? ¿Qué quiere decir Tradición?

(…) Aquí, como he dicho, la batalla era difícil, y fue decisiva una intervención del Papa Pablo VI. Esta intervención muestra toda la delicadeza del padre, su responsabilidad por la marcha del Concilio, pero también su gran respeto por el Concilio. Se difundió la idea de que la Escritura es completa, en ella se encuentra todo; por tanto no se necesita la Tradición, y por eso el Magisterio non tiene nada que decir. Entonces el Papa envió al Concilio me parece que 14 fórmulas de una frase que había que introducir en el texto sobre la Revelación, y nos daba, daba a los Padres, la libertad de escoger una de las 14 fórmulas, pero dijo: «Hay que escoger una, para completar el texto». Me acuerdo, más o menos, de la fórmula «non omnis certitudo de veritatibus fidei potest sumi ex Sacra Scriptura», es decir la certeza de la Iglesia sobre la fe non nace sólo de un libro aislado, sino que necesita del sujeto Iglesia iluminado, sostenido por el Espíritu Santo. Sólo así la Escritura habla y tiene toda su autoridad. Esta frase que elegimos en la Comisión doctrinal, una de las 14 fórmulas, diría que es decisiva para mostrar que la Iglesia es necesaria e indispensable, y entender así lo que quiere decir Tradición, el Cuerpo vivo en el que vive desde el comienzo esta Palabra y del que recibe su luz, en el que ha nacido.

(…) Como he dicho, esta fue una lucha bastante difícil, pero gracias al Papa y gracias ―digamos― a la luz del Espíritu Santo, que estaba presente en el Concilio, se creó un documento que es uno de los más bellos y también novedosos de todo el Concilio, y que se ha de estudiar todavía más. Porque también hoy la exégesis tiende a leer la Escritura fuera de la Iglesia, fuera de la fe, sólo con el así llamado espíritu del método histórico-crítico, método importante, pero no tanto como para dar soluciones como última certeza; sólo si creemos que estas no son palabras humanas, sino palabras de Dios, y sólo si vive el sujeto vivo al que Dios habló y habla, podemos interpretar bien la Sagrada Escritura. Y aquí, como he dicho en el prefacio de mi libro sobre Jesús (cf. vol. I), hay mucho que hacer todavía para llegar a una lectura de verdad según el espíritu del Concilio. En esto, la aplicación del Concilio no es todavía completa, está aún por hacer.

Y, en fin, el ecumenismo.... 

-o-

Invito leer el muy interesante articulo de : :  Christian SCHALLER La eclesiología del Concilio Vaticano II en los escritos deJoseph Ratzinger The Ecclesiology of the Second Vatican Council in the Writings of Joseph Ratzinger


sábado, 17 de enero de 2026

El Concilio Vaticano II hoy. "Dei Verbum" : El Papa Leon XIV nos recuerda que Dios se revela en la historia

 


Tras la catequesis del Papa León XIV, en la audiencia general del pasado miércoles, dedicada a la Constitución Dogmática Conciliar, el presidente de la Asociación Bíblica Italiana se centra en el significado más profundo del documento: «El texto permite comprender la perspectiva correcta a través de la cual la Iglesia ha repensado su misión en el mundo».

La primacía de la historia, la lectura de los textos sagrados, la relación de amistad con el Señor, la oración. El Papa León XIV centró  su  catequesis en la audiencia general del miércoles pasado en el Aula Pablo VI, como parte de una nueva serie dedicada al redescubrimiento de los documentos del Concilio Vaticano II. « Dei Verbum aclara el significado y la manera en que Dios se revela a la humanidad», afirma el padre Maurizio Girolami , presidente de la Asociación Bíblica Italiana. Y «es significativo», añade, «que el Papa haya elegido comenzar precisamente con el capítulo introductorio de este documento, que define el diálogo entre Dios y la humanidad como un diálogo que se desarrolla en una relación de amistad».

Una larga gestación

«Dios se revela ante todo a través de palabras auténticas», añade el padre Girolami, recordando cómo el Papa enfatizó la diferencia entre las palabras y la mera charlatanería, así como la importancia de dedicarse a la oración. «Dios también se revela a través de acontecimientos íntimamente relacionados», subraya el sacerdote, quien nos invita a considerar el largo período de gestación de la Dei Verbum,  texto aprobado el 18 de noviembre de 1965, pocas semanas antes de la clausura de la reunión el 8 de diciembre. «De hecho, fue uno de los primeros textos presentados por la comisión preparatoria».

El contexto histórico-cultural

¿Cuál es la razón de este largo proceso? «Los Padres Conciliares», explica el sacerdote, «necesitaban ponerse de acuerdo sobre cómo entender la revelación cristiana: si se trataba simplemente de palabras, verdades reveladas, o si, como enseña la Sagrada Escritura, existía una historia que abrazar, compuesta tanto de palabras como de acontecimientos». El contexto cultural, teológico y filosófico de la época, aún marcado por la Ilustración y el positivismo, así como por la gran controversia con la Reforma Protestante, había estimulado esta reflexión, que llevó a situar la historia en el centro del misterio de la revelación divina. «No se trata solo de tener textos», dice el padre Girolami, «el cristianismo no es la religión del libro, sino que, como también nos dijo el papa Benedicto XVI, es ante todo el encuentro con lo vivo, del que la Sagrada Escritura es sin duda el testigo privilegiado, pero no sin el canal que lo transmite, es decir, la tradición y la vida de la Iglesia».

La mirada a la realidad

Don Girolami también cita la reciente carta apostólica del Papa León XIII, "Una fidelidad que genera futuro ", publicada el 22 de diciembre, con motivo del sexagésimo aniversario de los decretos conciliares Optatam Totius y Presbyterorum Ordinis . Ambos documentos sobre la formación sacerdotal están en plena sintonía con el espíritu de la Dei Verbum . "Los Padres Conciliares", explica, "exigieron una profunda revisión de los estudios teológicos, porque, obviamente, ya no se trataba de estudiar verdades reveladas, como si Dios quisiera revelar algo de sí mismo de forma abstracta, como si se tratara de una filosofía para aprender. En cambio, era necesario situarse en el contexto histórico, sabiendo escuchar la historia".

«La Biblia», continúa Don Girolami, «nos dice que es a través de rostros, encuentros y personas que Dios revela su plan de salvación». Y es precisamente aquí donde reside el poder de la constitución dogmática, que invita a todos los creyentes —no solo a los especialistas— a leer la Sagrada Escritura y a familiarizarse con los Textos Sagrados. «Es gracias a la Dei Verbum  », enfatiza el presidente de la Asociación Bíblica Italiana, «que hoy podemos decir que el Señor sigue acompañando a su Iglesia y revelando su rostro a través de la vida de la Iglesia. Nuestra catequesis, nuestra enseñanza teológica, ya no es una repetición de fórmulas prefabricadas, por muy correctas que sean, que corren el riesgo de no comunicar nada. En cambio, es la Iglesia la que se pregunta continuamente cómo proclamar el Evangelio eterno de Jesucristo en la historia, hoy, con el lenguaje del hombre contemporáneo».

El proceso de renovación

El documento, por lo tanto, proporcionó el marco teológico para todo el Concilio Vaticano II. « La Dei Verbum nos permite comprender el espíritu y la perspectiva correcta con la que la Iglesia se replanteó a sí misma, su misión en el mundo, el significado de la Sagrada Escritura y la tradición, y cómo vivir la experiencia cristiana hoy, dando primacía y valor a la historia y a este mundo amado por Dios». Según Don Maurizio Girolami, además, la intuición teológica de la constitución dogmática es la base de todo el proceso de renovación establecido por el Concilio: desde la liturgia hasta el lenguaje, pasando por las estructuras e instituciones. «Probablemente», concluye, «si la Dei Verbum no hubiera existido , toda la vida de la Iglesia, la nueva evangelización de todos los Pontífices recientes, no habría tenido la profundidad teológica que ha tenido». 

- Eugenio Bonanata, Vatican News 

 

martes, 13 de enero de 2026

El Concilio Vaticano II hoy. Papa Leon XIV

 


Han pasado  mas de 60 años desde aquel 11 de octubre de 1962 cuando el Papa Juan XXIII inauguraba la asamblea conciliar,  un Papa que iba a ser un Papa  de transición. Vaya transición! Tan sencillo y tan intenso y firme fue su actuar que su sucesor el Papa Pablo VI no dudo en continuar los trabajos iniciados

Ahora vemos con inmensa alegría que el Papa Leon XIV ha decidido dedicar sus próximas audiencias a esta parte fascinante  de la historia reciente de nuestra Iglesia anunciando “un nuevo ciclo de catequesis que se dedicará al Concilio Vaticano II y a la relectura de sus Documentos. Se trata de una ocasión valiosa para redescubrir la belleza y la importancia de este evento eclesial. San Juan Pablo II, al final del Jubileo del 2000, afirmaba así: «Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX» (Cart. ap. Novo millennio ineunte, 57).”

En este blog no se ha ocultado la admiración por el monumental acontecimiento que fue el Concilio Vaticano II en cuanto a su organización y participación de eminentes teólogos de la época,  verdaderos maestros que dejaron huella en los  documentos y publicaron reflexiones y análisis de las sesiones.

Y aqui hay una gran cantidad de  información sobre el Concilio publicada en este blog justamente porque fue un acontecimiento que marco de manera muy directa a Karol Wojtyla y a la iglesia polaca toda.

Decia el Papa Leon XIV en su Catequesis introductoria El Concilio Vatiacano II a travésde sus documentos, el 7 de enero pasado;   

“Cuando el Papa san Juan XXIII abrió la asamblea conciliarel 11 de octubre de 1962, habló de ello como de la aurora de un día de luz para toda la Iglesia. El trabajo de los numerosos Padres convocados, procedentes de las Iglesias de todos los continentes, en efecto allanó el camino para una nueva época eclesial. Después de una rica reflexión bíblica, teológica y litúrgica que había atravesado el siglo XX, el Concilio Vaticano II ha redescubierto el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos; ha mirado a la Iglesia a la luz del Cristo, luz de las gentes, como misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo; ha iniciado una importante reforma litúrgica poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios. Al mismo tiempo, nos ha ayudado a abrirnos al mundo y a acoger los cambios y los desafíos de la época moderna en el diálogo y en la corresponsabilidad, como una Iglesia que desea abrir los brazos hacia la humanidad, hacerse eco de las esperanzas y de las angustias de los pueblos y colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más fraterna.

Gracias al Concilio Vaticano II, «la Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio» (S. Pablo VI, Cart. enc. Ecclesiam suam, 34), comprometiéndose a buscar la verdad a través del camino del ecumenismo, del diálogo interreligioso y del diálogo con las personas de buena voluntad.

Hermanos y hermanas, lo que dijo san Pablo VI a los Padres conciliares al final de los trabajos, permanece también para nosotros, hoy, un criterio de orientación; él afirmó que había llegado la hora de la salida, de dejar la asamblea conciliar para ir al encuentro de la humanidad y llevarle la buena noticia del Evangelio, en la conciencia de haber vivido un tiempo de gracia en el que se condensaba pasado, presente y futuro: «El pasado, porque está aquí reunida la Iglesia de Cristo, con su tradición, su historia, sus concilios, sus doctores, sus santos. El presente, porque nos separamos para ir al mundo de hoy, con sus miserias, sus dolores, sus pecados, pero también con sus prodigiosos éxitos, sus valores, sus virtudes... El porvenir está allí, en fin, en el llamamiento imperioso de los pueblos para una mayor justicia, en su voluntad de paz, en su sed, consciente o inconsciente, de una vida más elevada: la que precisamente la Iglesia de Cristo puede y quiere darles» (S. Pablo VI, Mensaje a los Padres conciliares, 8 de diciembre de 1965).

También es así para nosotros. Acercándonos a los Documentos del Concilio Vaticano II y redescubriendo la profecía y la actualidad, acogemos la rica tradición de la vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, nos interrogamos sobre el presente y renovamos la alegría de correr al encuentro del mundo para llevar el Evangelio del reino de Dios, reino de amor, de justicia y de paz.”