Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 19 de junio de 2026

Vocación y Fidelidad – Giovanni Tani (3 de 3)

 


La oración, condición para la fidelidad.

La alianza con Dios, como enseñan los salmos, se manifiesta sobretodo en la oración. La oración mantiene viva la comunión con Dios y la alianza con Él.

A veces la oración se transforma en un severo combate en la tentación, un combate para  superar la prueba. El ejemplo más grande de esta lucha nos lo ha dado Jesús en su oración en Getsemaní: la inició con sentimientos de “miedo y angustia” (Mc 14,33) y al final se encamina hacia la cruz con mucha determinación: “Ahora ya podéis dormir y descansar. Basta ya. Llegó la hora. Mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamonos! Ya ha llegado el que me entrega (Mc 14, 41-42)

Jesús en la oración se ha transformado, aunque presenta con mucha sinceridad la petición de ser librado de aquel cáliz: “Abba, Padre, todo es posible para ti: aparta de mi este cáliz”,  sin embargo como oración más grande y decisiva, expresión de su voluntad, pidió ser capaz de aceptar la voluntad del Padre. “Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tu (Mc14,36) su oración  era muy profunda, “cayó en tierra y oraba (Mc 14,35) : el Evangelio de Lucas dice que su sudor se convertía en gotas de sangre (Lc 22,44). La oración es prolongada e insistente. Jesús no quiere alejarse del proyecto de amor del Padre. Y el Espíritu Santo le es dado como don para que su humanidad, su corazón de hombre, pueda albergar el amor infinito del Padre para la salvación de todos. Dice la carta a los Hebreos:

El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su piedad, y aún siendo Hijo, con lo que padeció aprendió la obediencia. Y llegado a la perfección se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen (Heb 5,7-9)

A veces la permanencia en los compromisos definitivos de la vida requiere una fuerte oración que “transforme” el corazón, las disposiciones interiores: que haga dar ese paso, ese grado que más tarde en práctica se traduce en la obtención de un nivel más alto de generosidad.

Mons Giovnni Tani

(al momento de la publicación en Totus Tuus (Nro 5 Sept/2006) , la revista de la Postulación de la Causa de Beatificación y Canonización de Juan Pablo II,  era Rector del Pontificio Seminario Romano Mayor

 

Vocación y Fidelidad – Giovanni Tani (2 de 3)

 


La plena conciencia de los valores en juego.

Quien elige la familia, debe saber que “la familia” le pide que conozca lo que elige. Lo mismo quien escoge el sacerdocio. Estas vocaciones son “otra cosa”: no son reducibles al sentir de quien escoge, el cual no puede determinar por su cuenta que es “la familia”, o què es el “presbiterado”: eso “otro” debe ser acogido como un don al que adaptar la propia vida, para descubrir las riquezas.

Esto significa que la conciencia no se queda al nivel de : “me gusta”, “tengo ganas”, “es bonito hacer el bien”: sino que buscará nutrirse del conocimiento de la naturaleza exacta de la vocación a la cual se siente llamada: se dará cuenta de tener que dar el propio consentimiento no a lo que se siente respecto a aquella realidad, sino a lo que es aquella realidad misma, que es muy diversa de lo que se experimenta de ella. (Dios, la vocaciò, la Iglesia…)

Si se pone el acento sobre el aspecto emocional es cierto que eso sucede. En el matrimonio es esencial el consentimiento:”yo te acojo…”. Cuando se ordena un diácono o un sacerdote o un obispo se les pregunta: “quieres…si, quiero”.

Hay una dimensión de voluntad y de elección para algo que se ha entendido como bueno para la propia vida. Y esta bondad se acoge por la fe y es sustancia de la fe.

Por lo tanto la inteligencia del valor de lo que se escoge, veracidad de aquel valor respecto a la propia vida: elección hecha con “determinada determinación” (Teresa de Ávila).

Es necesario reencontrar las dimensiones del espíritu, que se manifiesta en ests actividades de la conciencia: naturalmente es necesario hacerse ayudar e iluminar por un guía espiritual.   La señales de la verdad y la bondad de la elección están en una afectividad caracterizada por sentimientos de felicidad y libertad, junto a fuerza y determinación, que son muy diversas de las emociones vinculadas a la variabilidad de los momentos y de las situaciones.

Hecha la elección, se inicia un camino que lleva también por tramos y caminos difíciles: inicia un camino de libertad, pero también de pruebas, donde el elemento fundamental es la fe. (La falta de fe ha sido el punto débil del pueblo en el desierto:  No tuvieron fe en Dios ni esperanza en su salvación, Sal 77)

Hijo si te presentas para servir al Señor, prepárate para las tentaciones. Ten un corazón recto y sé constante, no pierdas el tiempo en la seducción (Sir 2, 1-2)

Recuerda siempre el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer en estos cuarenta años en el desierto, para humillarte y ponerte a prueba, para saber lo que tienes en el corazón (Dt 8,2)

Vocación y Fidelidad – Giovanni Tani (1 de 3)

 


Quien toma una decisión para su vida debe saber cuáles son los elementos constitutivos de esta elección: aquí los presento: 1.en toda elección definitiva un cristiano cumple una alianza con Dios. 2. Debe conocer bien que elige y que cosa comporta. 3. La oración como condición para permanecer y crecer en la personal promesa de vida.

Alianza con Dios

Cada vocación es la historia de una doble fidelidad :  la de Dios y la del hombre. Pero Dios es la base, el fundamento, es la roca, una referencia permanente. Por lo tanto hay una fuerza en la persona fiel que viene de Dios el cual no viene menos a la alianza establedida: “los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Rm 11,29). El amén del fiel se basa sobre la roca que es Dios: “Te amo Señor, eres mi fuerza Señor, mi roca” (Salmo 18)

A este aspecto de permanencia y estabilidad, es necesario añadir también el aspecto dinámico: Dios que camina con su aliado en las vicisitudes de la vida. Son los dos aspectos del sacramento : permanencia y dinamismo.

El bautismo, el sacramento del matrimonio y del orden sagrado no son realidades estáticas recibidas una vez y ya está: son fuerzas vitales que deben crecer con quien crece. Esto comporta la conciencia de que Dios es nuestro aliado: que la relación con Él constituye el eje más profundo y fundamental de la existencia.

Juan Pablo II en su visita al Seminario Romano habló siempre de vocación: en las dos citas que siguen a continuación, se comprende bien este aspecto dinámico.

 La vocación divina no es algo que se resuelve y se realiza de una sola vez, sino que se realiza siempre, en el transcurso de toda la vida se realiza mas profundamente: O crece o se pierde, o aumenta o disminuye (24 de febrero 1988)

Para permanecer fiel a esta señal de la divina llamada, colaborad con este Donante invisible que trabaja en vosotros: este Espíritu de Verdad y de amor que siempre trabaja en lo más intimo del corazón (22 de octubre de 1988)

Es pues necesario para un cristiano permanecer en la compañía de aquellos que caminan con él: permanecer en la Iglesia (esta compañía que te acoge en el bautismo y no te abandona nunca, como ha dicho Benedicto XVI en la homilía del Domingo del Bautismo del señor, el 8 de enero de 2006). La fidelidad a la alianza con Dios coincide con el permanecer en esta comunión, que tiene el aspecto concreto de una compañía de personas concretas….. una alianza con Dios (es decir, el sacramento) no es nunca algo que toca a cada uno como individuo, sino que es siempre “celebrado” en la Iglesia, con la Iglesia y por la Iglesia.

Es importante que la alianza entre Dios y el llamado sea inmedita: la Biblia ayuda sobre todo a tener fe en Él qu es fiel: toda la historia de la salvación debe ser comprndia bajo este perfil: y muchos salmos son oracioneshacia Dios “aliado” (ver el unto 3). EL Señor es “un Dios lleno de fidelidad, que no defrauda, justo y rectísimo (Dt 32,4)

lunes, 12 de septiembre de 2022

Juan Pablo II: fidelidad a la vocación y libertad - esposos y sacerdotes

 

 La fidelidad a la vocación, o sea la perseverante disponibilidad  al «servicio real», tiene un significado particular en esta múltiple construcción, sobre todo en lo concerniente a las tareas más comprometidas, que tienen una mayor influencia en la vida de nuestro prójimo y de la sociedad entera.

En la fidelidad a la propia vocación deben distinguirse los esposos, como exige la naturaleza indisoluble de la institución sacramental del matrimonio.

En una línea de similar fidelidad a su propia vocación deben distinguirse los sacerdotes, dado el carácter indeleble que el sacramento del Orden imprime en sus almas. Recibiendo este sacramento, nosotros en la Iglesia Latina nos comprometemos consciente y libremente a vivir el celibato, y por lo tanto cada uno de nosotros debe hacer todo lo posible, con la gracia de Dios, para ser agradecido a este don y fiel al vínculo aceptado para siempre.

Esto, al igual que los esposos, que deben con todas sus fuerzas tratar de perseverar en la unión matrimonial, construyendo con el testimonio del amor la comunidad familiar y educando nuevas generaciones de hombres, capaces de consagrar también ellos toda su vida a la propia vocación, o sea, a aquel «servicio real», cuyo ejemplo más hermoso nos lo ha ofrecido Jesucristo.

Su Iglesia, que todos nosotros formamos, es «para los hombres» en el sentido que, basándonos en el ejemplo de Cristo186 y colaborando con la gracia que Él nos ha alcanzado, podamos conseguir aquel «reinar», o sea, realizar una humanidad madura en cada uno de nosotros. Humanidad madura significa pleno uso del don de la libertad, que hemos obtenido del Creador, en el momento en que Él ha llamado a la existencia al hombre hecho a su imagen y semejanza. Este don encuentra su plena realización en la donación sin reservas de toda la persona humana concreta, en espíritu de amor nupcial a Cristo y, a través de Cristo, a todos aquellos a los que Él envía, hombres o mujeres, que se han consagrado totalmente a Él según los consejos evangélicos. He aquí el ideal de la vida religiosa, aceptado por las Órdenes y Congregaciones, tanto antiguas como recientes, y por los Institutos de vida consagrada.

En nuestro tiempo se considera a veces erróneamente que la libertad es fin en sí misma, que todo hombre es libre cuando usa de ella como quiere, que a esto hay que tender en la vida de los individuos y de las sociedades. La libertad en cambio es un don grande sólo cuando sabemos usarla responsablemente para todo lo que es el verdadero bien. Cristo nos enseña que el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donación y en el servicio. Para tal «libertad nos ha liberado Cristo»187 y nos libera siempre. La Iglesia saca de aquí la inspiración constante, la invitación y el impulso para su misión y para su servicio a todos los hombres. La Iglesia sirve de veras a la humanidad, cuando tutela esta verdad con atención incansable, con amor ferviente, con empeño maduro y cuando en toda la propia comunidad, mediante la fidelidad de cada uno de los cristianos a la vocación, la transmite y la hace concreta en la vida humana. De este modo se confirma aquello, a lo que ya hicimos referencia anteriormente, es decir, que el hombre es y se hace siempre la «vía» de la vida cotidiana de la Iglesia.


 (Juan Pablo II: de la Carta Enciclica Redemptor Hominis, 21)

 

miércoles, 21 de febrero de 2018

Dignidad matrimonial: una vocación (2 de 3)



Mensaje cuaresmal del Cardenal Karol Wojtyla en Cracovia, 1978 (2da parte)
(Su última Cuaresma en Cracovia)

Intentaremos ahora comprender en su plenitud el amor que ha movido a Dios a ordenar «no cometerás adulterio», y a la luz de estas palabras sencillas pero fuertes, trataremos de analizar nuestros pensamientos, actitudes y palabras. Intentemos considerar también el reverso del sexto mandamiento – fundamental ley moral – según las palabras de Cristo: «Por sus frutos conoceréis…no puede un árbol bueno dar frutos malos»(Mt 7,17-17)
Preguntémonos ahora: si ignoramos este mandamiento le prestamos un servicio al hombre, a la familia, al pueblo o les hacemos daño? Sabemos la respuesta – no obstante cualquier pretensión que intentase filtrarse - desgastan los valores fundamentales en el hombre: abusos, intereses, libertinajes avasallan el amor y la honestidad, y en todo ello se pone en juego el autentico valor del hombre.
Es verdad que Cristo se puso del lado de la mujer adúltera…«quien se halle sin pecado, que tire la primera piedra…» pero también es cierto que después le dijo: « ve y de ahora en adelante no peques mas» (Jn 8,11).

Haciendo así quiso salvar al ser humano de la vergüenza y del desprecio, para reclamarle luego el respeto de su propio valor y de la propia dignidad.

Situemos ahora la elocuencia de estas palabras en nuestra época, y recordemos que todo aquello que no responde al sexto mandamiento es amenaza latente para la dignidad del hombre.

Se equivocan quienes aseguran: «a quien ama todo le es permitido», no es verdad: el verdadero amor – al obrar bajo su influencia positiva – no permite que se lo separe del profundo sentido de responsabilidad por todo aquello que comporta. Y es siempre responsabilidad con respecto al cónyuge. Y por consiguiente de los derechos de los hijos en depositar su confianza en los padres, y en la reciproca fidelidad matrimonial que ellos se deben.

Los padres, y con ellos todos los adultos, deben merecer esta confianza, sin la cual llegan a destruirse lazos tan sagrados: la confianza se convierte en desconfianza, la seguridad en amenaza latente, creando a menudo una atmósfera de cinismo.
Pero estas son solo algunas, si bien no menos dolorosas consecuencias que conllevan ignorar el sexto mandamiento. Las palabras de Jesús a la mujer adultera «ve y de ahora en adelante no peques mas» (Jn 8,11) y a la samaritana «aquel que tienes ahora no es tu marido…..porque has tenido cinco»" (Jn 4,17-18), tienen profundo sentido también hoy que tenemos tantos divorcios.

Cambiar con facilidad de mujer o marido es síntoma de disolución social, y no estamos pagando con ello la inobservancia del sexto mandamiento? Esta relajación se anida con facilidad en los corazones de los jóvenes; la falta de respeto por la pureza matrimonial a menudo no tarda en conducirlos a epílogos trágicos. Ahora los jóvenes menores, entran en “su” vida, destruyendo aquella que han traído del regazo materno. No vemos, en tales resultados, la supresión de la voz del Amor eterno, con la cual Dios ha ordenado «no cometerás adulterio»? « Por sus frutos los conoceréis»


sábado, 5 de marzo de 2016

Fidelidad en la unidad

“Pidamos, hermanos, al Señor Jesús que El nos dé la fidelidad a El, la fidelidad en la unidad que ha querido para nosotros, para que el mundo crea.”

(del discurso del Papa Juan Pablo II a los participantes en un encuentro ecuménico – Puebla, México Domingo 28 de enero de 1979)