OH MARIA
un blog pensado para un grupo de amigos que fue extendiéndose por el mundo. Gracias a todos por compartir!
OH MARIA
¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuan indignos somos de ello. La vocación es el misterio de la elección divina: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16).
Dios"nos ha llamado con una vocación santa,
no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia" (2
Tm 1, 9).
(…)
Las primeras señales que de alguna manera
salieron a luz fueron durante la visita del Arzobispo Metropolitano de
Cracovia, Principe Adam Stefan
Sapieha a la parroquia de Wadowice cuando era estudiante y
candidato a estudiar filología polaca.
(…)
“En ese período de mi vida la vocación sacerdotal no estaba aún
madura, a pesar de que a mi alrededor eran muchos los que creían que debía
entrar en el seminario. Y tal vez alguno pudo pensar que, si un joven con tan
claras inclinaciones religiosas no entraba en el seminario, era señal de que
otros amores o aspiraciones estaban en juego. En efecto, en la escuela tenía
muchas compañeras y, comprometido como estaba en el círculo teatral escolar, no
faltaban diversas posibilidades de encuentros con chicos y chicas. Sin embargo,
el problema no era ese. En aquel tiempo estaba fascinado sobre todo por la literatura,
en particular por la dramática, y por el teatro. A este último me había
iniciado Mieczyslaw Kotlarczyk,
profesor de lengua polaca, mayor que yo en edad. El era un verdadero pionero
del teatro de aficionados y tenía grandes ambiciones de un repertorio de
calidad…. He de admitir que toda aquella
experiencia teatral ha quedado profundamente grabada en mi espíritu, a pesar de
que en un cierto momento de mi vida me di cuenta de que, en realidad, no era
esa mi vocación.
(…)
Sin embargo la preparación para el sacerdocio fue de
algún modo precedida por la que me ofrecieron mis padres con su vida y su ejemplo en familia. Mi
reconocimiento es sobre todo para mi
padre, que enviudó muy pronto. No había recibido aún la
Primera Comunión cuando perdí a mi madre: apenas tenía 9 años. Por eso, no
tengo conciencia clara de la contribución, seguramente grande, que ella dio a
mi educación religiosa. Después de su muerte y, a continuación, después de la
muerte de mi hermano mayor, quedé solo con mi padre que era un hombre
profundamente religioso. Podía observar cotidianamente su vida, que era muy
austera. Era militar de profesión y, cuando enviudó, su vida fue de constante
oración. Sucedía a veces que me despertaba de noche y encontraba a mi padre
arrodillado, igual que lo veía siempre en la iglesia parroquial. Entre nosotros
no se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su ejemplo fue para mí en cierto
modo el primer seminario, una especie de seminario doméstico.
Naturalmente, al referirme a los orígenes de mi vocación
sacerdotal, no puedo olvidar la trayectoria
mariana. La veneración a la Madre de Dios en su forma tradicional me
viene de la familia y de la parroquia de Wadowice. Recuerdo, en la iglesia
parroquial, una capilla lateral dedicada a la Madre del Perpetuo Socorro a la
cual por la mañana, antes del comienzo de las clases, acudían los estudiantes
del instituto. También, al acabar las clases, en las horas de la tarde, iban
muchos estudiantes para rezar a la Virgen.
Además, en Wadowice, había sobre la colina un monasterio
carmelita, cuya fundación se remontaba a los tiempos de San Rafael Kalinowski.
Muchos habitantes de Wadowice acudían allí, y esto tenía su reflejo en la
difundida devoción al escapulario de la Virgen del Carmen. También yo lo recibí, creo que cuando tenía
diez años, y aún lo llevo. Se iba a los Carmelitas también para las
confesiones. De ese modo, tanto en la iglesia parroquial, como en la del
Carmen, se formó mi devoción mariana durante los años de la infancia y de la
adolescencia hasta la superación del examen final.
Durante aquellos años mi confesor y guía espiritual fue el P. Kazimierz Figlewicz. Me encontré
con él por primera vez cuando cursaba el primer año de instituto en Wadowice.
El P. Figlewicz, que era vicario de la parroquia de Wadowice, nos enseñaba
religión. Gracias a él me acerqué a la parroquia, fui monaguillo y en cierto
modo organicé el grupo de monaguillos. Cuando dejó Wadowice para ir a la
catedral del Wawel, continué manteniendo contacto con él. Recuerdo que, durante
el quinto curso del instituto, me invitó a Cracovia para participar en el
Triduum Sacrum, que empezaba con el llamado "Oficio de Tinieblas" en
la tarde del Miércoles Santo. Fue ésta una experiencia que dejó en mí una
huella profunda.
Cuando, después del examen final, me trasladé con mi padre a
Cracovia, intensifiqué la relación con el P. Figlewicz, que ejercía el cargo de
vicecustodio de la catedral. Iba a confesarme con él y, durante la ocupación
alemana, muchas veces lo visitaba. Aquel 1 de septiembre de 1939 no se borrará
nunca de mi recuerdo: era el primer viernes de mes. Había ido a Wawel para
confesarme. La catedral estaba vacía. Fue, quizás, la última vez que pude
entrar libremente en el templo. Después fue cerrado. El castillo real de Wawel
se convirtió en la sede del Gobernador General Hans Frank. El P. Figlewicz era
el único sacerdote que podía celebrar la Santa Misa, dos veces por semana, en
la catedral cerrada y bajo la vigilancia de policías alemanes. En aquellos
tiempos difíciles fue aún más claro lo que significaban para él la catedral,
las tumbas reales, el altar de San Estanislao, obispo y mártir. El P. Figlewicz
fue hasta la muerte fiel custodio de aquel particular santuario de la Iglesia y
de la Nación, inculcándome un amor grande por el templo del Wawel, que un día
llegaría a ser mi catedral episcopal.
Debo nuevamente volver atrás, al período anterior a la entrada en el seminario. En efecto, no puedo omitir el recuerdo de un ambiente y, en éste, de un personaje de quien recibí verdaderamente mucho en ese período. El ambiente era el de mi parroquia, dedicada a San Estanislao de Kostka, en Debniki, Cracovia. La parroquia estaba dirigida por los Padres Salesianos, los cuales un día fueron deportados por los nazis a un campo de concentración. Únicamente quedaron un viejo párroco y el inspector provincial, pues todos los demás fueron internados en Dachau. Creo que el ambiente salesiano ha tenido un papel importante en el proceso de formación de mi vocación. En el ámbito de la parroquia había una persona que se distinguía sobre las demás: me refiero a Jan Tyranowski. Era empleado de profesión, aunque había decidido trabajar en la sastrería de su padre. Afirmaba que su trabajo de sastre le hacía más fácil la vida interior. Era un hombre de una espiritualidad particularmente profunda. Los Padres Salesianos, que en aquel período difícil habían reemprendido con valentía la animación de la pastoral juvenil, le encargaron la tarea de establecer contactos con los jóvenes del círculo del llamado "Rosario vivo''. Jan Tyranowski llevó a cabo esta tarea no ciñéndose únicamente al aspecto organizativo, sino preocupándose también de la formación espiritual de los jóvenes que entraban en contacto con él. Aprendí así los métodos elementales de autoformación que se vieron después confirmados y desarrollados en el proceso educativo del seminario. Tyranowski, que se estaba formando en los escritos de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Ávila, me introdujo en la lectura, extraordinaria para mi edad, de sus obras.
Después, pasados los años de la primera juventud, la cantera de piedra y el depurador de agua en la fábrica de bicarbonato en Borek Falecki se convirtieron para mí en seminario. No se trataba ya únicamente del pre-seminario, como en Wadowice. La fábrica fue para mí, en aquella etapa de mi vida, un verdadero seminario, aunque clandestino. Había comenzado a trabajar en la cantera en septiembre de 1940; un año después pasé al depurador de agua en la fábrica. Fue en aquellos años cuando maduró mi decisión definitiva. En otoño de 1942 comencé los estudios en el seminario clandestino como ex alumno de filología polaca, siendo obrero en la Solvay. No me daba cuenta de la importancia que todo ello tendría para mí. Únicamente más tarde, ya sacerdote, durante los estudios en Roma, conociendo a través de mis compañeros del Colegio Belga el problema de los sacerdotes obreros y el movimiento de la Juventud Obrera Católica (JOC), comprendí que lo que había llegado a ser tan importante para la Iglesia y para el sacerdocio en Occidente -el contacto con el mundo del trabajo- yo lo había ya adquirido en mi experiencia de vida.
La maduración definitiva de mi vocación sacerdotal, como he dicho, tuvo lugar en el período de la segunda guerra mundial, durante la ocupación nazi. ¿Fue una simple coincidencia temporal? o ¿había un nexo más profundo entre lo que maduraba dentro de mí y el contexto histórico? Es difícil responder a tal pregunta. Es cierto que en los planes de Dios nada es casual. Lo que puedo afirmar es que la tragedia de la guerra dio un tinte particular al proceso de maduración de mi opción de vida. Me ayudó a percibir desde una nueva perspectiva el valor y la importancia de la vocación. Ante la difusión del mal y las atrocidades de la guerra era cada vez más claro para mí el sentido del sacerdocio y de su misión en el mundo.
El estallido de la guerra me alejó de los estudios y del ambiente universitario. En aquel período perdí a mí padre, la última persona que me quedaba de los familiares más íntimos. También esto suponía, objetivamente, un proceso de alejamiento de mis proyectos precedentes; en cierto modo era como desarraigarse del suelo en el cual hasta ese momento había crecido mi humanidad.
Pero no se trataba de un proceso únicamente negativo. En efecto, en mi conciencia contemporáneamente se manifestaba cada vez más una luz: el Señor quiere que yo sea sacerdote. Un día lo percibí con mucha claridad: era como una iluminación interior que traía consigo la alegría y la seguridad de una nueva vocación. Y esta conciencia me llenó de gran paz interior.
(El 6 de mayo de 1968 durante una visita a la fabrica de Borek Falecki volveria a admitirlo) :
Esta gran fabrica – la planta química – fue
también mi lugar de trabajo por cuatro años durante la ocupación nazi. Durante
estos años de ocupación fue aquí que se formo mi llamado al sacerdocio. Primero
mi llamado fue formado en la cantera de piedra y más tarde, finalmente, aquí en
esta planta de soda, a pasos de esta iglesia. Y digo “esta” pensando en
realidad en “aquella” pues era una pequeña iglesia de madera, en realidad una
barraca. Siempre que paso por esta fabrica, y especialmente cuando lo
hago cerca de la sala de calderas lo recuerdo.
Me pregunto a veces qué papel ha desempeñado en mi vocación la figura del Santo Fray Alberto. Adam Chmielowski -éste era su nombre- no era sacerdote. En la historia de la espiritualidad polaca Fray Alberto ocupa un lugar especial. Para mí su figura fue determinante, porque encontré en él un particular apoyo espiritual y un ejemplo en mi alejamiento del arte, de la literatura y del teatro, por la elección radical de la vocación al sacerdocio.
(…)
Se me ahorró mucho del grande y horrendo theatrum de
la segunda guerra mundial. Cada día hubiera podido ser detenido en casa, en la
cantera o en la fábrica para ser llevado a un campo de concentración. A veces
me preguntaba: si tantos coetáneos pierden la vida, ¿por que yo no? Hoy sé que
no fue una casualidad. En el contexto del gran mal de la guerra, en mi vida
personal todo llevaba hacia el bien que era la vocación. No puedo olvidar el
bien recibido en aquel difícil período de las personas que el Señor ponía en mi
camino, tanto de mi familia como conocidos y compañeros.
(..)
La Providencia me ha ahorrado las experiencias más penosas; por
eso es aún más grande mi sentimiento de deuda hacia las personas conocidas, así
como también hacia aquellas más numerosas que desconozco, sin diferencia de
nación o de lengua, que con su sacrificio sobre el gran altar de la historia
han contribuido a la realización de mi vocación sacerdotal.
SACERDOTE!
Mi ordenación tuvo lugar en un día insólito para este tipo de
celebraciones: fue el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, cuando la
liturgia de la Iglesia se dedica totalmente a celebrar el misterio de la comunión
de los Santos y se prepara a conmemorar a los fieles difuntos. El Arzobispo
eligió ese día porque yo debía partir hacia Roma para proseguir los estudios.
Fui ordenado sólo, en la capilla privada de los Arzobispos de Cracovia. Mis
compañeros serían ordenados el año siguiente, en el Domingo de Ramos.
Había sido ordenado subdiácono y diácono en octubre. Fue un lunes de intensa oración, marcado por los Ejercicios Espirituales con los que me preparé a recibir las Ordenes Sagradas: seis días de Ejercicios antes del subdiaconado, y después tres y seis días antes del diaconado y del presbiterado respectivamente. Los últimos Ejercicios los hice solo en la capilla del seminario. El día de Todos los Santos me presenté por la mañana en la residencia de los Arzobispos de Cracovia, en la calle Franciszkanska 3, para recibir la Ordenación sacerdotal. Asistieron a la ceremonia un pequeño grupo de parientes y amigos. El 1 de noviembre de 1946 fui ordenado sacerdote.
El día
siguiente, en la "Primera Santa Misa" celebrada en la catedral, en la
cripta de San Leonardo, el P. Figlewicz, estaba a mi lado y me hacía de
asistente. El piadoso Prelado falleció hace algunos años. Sólo el Señor puede
compensarlo por todo el bien que de él recibí.
(Fuente: Don y Misterio)
Hombre
de la Palabra
Me he referido ya al hecho de que para
ser guía auténtico de la comunidad, verdadero administrador de los misterios de
Dios, el sacerdote está llamado a ser hombre de la palabra de Dios, generoso e
incansable evangelizador. Hoy, frente a las tareas inmensas de la "nueva
evangelización'', se ve aún más esta urgencia.
Después de tantos años de
ministerio de la Palabra, que especialmente como Papa me han visto peregrino
por todos los rincones del mundo, debo dedicar algunas consideraciones a esta
dimensión de la vida sacerdotal. Una dimensión exigente, ya que los hombres de
hoy esperan del sacerdote antes que la palabra "anunciada" la palabra
"vivida". El presbítero debe "vivir de la Palabra''. Pero al
mismo tiempo, se ha de esforzar por estar también intelectualmente preparado
para conocerla a fondo y anunciarla eficazmente. En nuestra época,
caracterizada por un alto nivel de especialización en casi todos los sectores
de la vida, la formación intelectual es muy importante. Esta hace posible
entablar un diálogo intenso y creativo con el pensamiento contemporáneo. Los
estudios humanísticos y filosóficos y el conocimiento de la teología son los
caminos para alcanzar esta formación intelectual, que deberá ser profundizada
durante toda la vida. El estudio, para ser auténticamente formativo, tiene necesidad
de estar acompañado siempre por la oración, la meditación, la súplica de los
dones del Espíritu Santo: la sabiduría, la inteligencia, el consejo, la
fortaleza, la ciencia, la piedad y el temor de Dios. Santo Tomás de Aquino
explica como, con los dones del Espíritu Santo, todo el organismo espiritual
del hombre se hace sensible a la luz de Dios, a la luz del conocimiento y
también a la inspiración del amor. La súplica de los dones del Espíritu Santo
me ha acompañado desde mi juventud y a ella sigo siendo fiel hasta ahora.
Profundización científica
Ciertamente, como enseña el mismo
Santo Tomás, la "ciencia infusa", que es fruto de una intervención
especial del Espíritu Santo, no exime del deber de procurarse la "ciencia
adquirida".
Por lo que a mí respecta, como he
dicho antes, inmediatamente después de la ordenación sacerdotal fui enviado a
Roma para perfeccionar los estudios. Más tarde, por decisión de mi obispo, tuve
que ocuparme de la ciencia como profesor de ética en la Facultad teológica de
Cracovia y en la Universidad Católica de Lublin. Fruto de estos estudios fueron
el doctorado sobre San Juan de la Cruz y después la tesis sobre Max Scheler
para la enseñanza libre: más en concreto, sobre la aportación que su sistema
ético de tipo fenomenológico puede dar a la formación de la teología moral.
Debo verdaderamente mucho a este trabajo de investigación. Sobre mi precedente
formación aristotélico-tomista se injertaba así el método fenomenológico, lo
cual me ha permitido emprender numerosos ensayos creativos en este campo.
Pienso especialmente en el libro "Persona y acción De este modo me he
introducido en la corriente contemporánea del personalismo filosófico, cuyo
estudio ha tenido repercusión en los frutos pastorales. A menudo constato que
muchas de las reflexiones maduradas en estos estudios me ayudan durante los
encuentros con las personas, individualmente o en los encuentros con las
multitudes de fieles con ocasión de los viajes apostó1icos. Esta formación en
el horizonte cultural del personalismo me ha dado una conciencia más profunda
de cómo cada uno es una persona única e irrepetible, y considero que esto es
muy importante para todo sacerdote.
El diálogo con el pensamiento contemporáneo
Gracias a los encuentros y
coloquios con naturalistas, físicos, biólogos y también con historiadores, he
aprendido a apreciar la importancia de las otras ramas del saber relativas a
las materias científicas, desde las cuales se puede llegar a la verdad
partiendo de perspectivas diversas. Es preciso, pues, que el esplendor de la
verdad -Veritatis Splendor- las acompañe
continuamente, permitiendo a los hombres encontrarse, intercambiar las
reflexiones y enriquecerse recíprocamente. He traído conmigo desde Cracovia a
Roma la tradición de encuentros interdisciplinares periódicos, que tienen lugar
de modo regular durante el verano en Castel Gandolfo. Trato de ser fiel a esta
buena costumbre.
"Labia sacerdotum scientiam custodiant..." (cf. Ml 2, 7). Me gusta recordar estas palabras del profeta Malaquías, citadas en las Letanías a Cristo Sacerdote y Víctima, porque tienen una especie de valor programático para quien está llamado a ser ministro de la Palabra. Este debe ser verdaderamente hombre de ciencia en el sentido más alto y religioso del término. Debe poseer y transmitir la "ciencia de Dios" que no es sólo un depósito de verdades doctrinales, sino experiencia personal y viva del Misterio, en el sentido indicado por el Evangelio de Juan en la gran oración sacerdotal: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo" (17, 3).
Llamado
a la santidad
En contacto continuo con la
santidad de Dios, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo
ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico.
Esto explica que de un modo especial deba vivir el espíritu de los consejos
evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. En esta perspectiva se comprende
también la especial conveniencia del celibato. De aquí surge la particular
necesidad de la oración en su vida: la oración brota de la santidad de Dios y
al mismo tiempo es la respuesta a esta santidad. He escrito en una ocasión:
''La oración hace al sacerdote y el sacerdote se hace a través de la oración''.
Sí, el sacerdote debe ser ante todo hombre de oración, convencido de que el
tiempo dedicado al encuentro íntimo con Dios es siempre el mejor empleado,
porque además de ayudarle a él, ayuda a su trabajo apostólico. Si el Concilio
Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del
sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo
tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes
santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez mas
secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así
el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad. Los hombres,
sobre todo los jóvenes, esperan un guía así. ¡El sacerdote puede ser guía y
maestro en la medida en que es un testigo auténtico!
La cura animarum
En mi ya larga experiencia, a
través de situaciones tan diversas, me he afianzado en la convicción de que
sólo desde el terreno de la santidad sacerdotal puede desarrollarse una
pastoral eficaz, una verdadera "cura animarum". El auténtico secreto
de los éxitos pastorales no está en los medios materiales, y menos aún en la
"riqueza de medios''. Los frutos duraderos de los esfuerzos pastorales
nacen de la santidad del sacerdote. ¡Este es su fundamento! Naturalmente son
indispensables la formación, el estudio y la actualización; en definitiva. una
preparación adecuada que capacite para percibir las urgencias y definir las
prioridades pastorales. Sin embargo, se podría afirmar que las prioridades
dependen también de las circunstancias, y que cada sacerdote ha de precisarlas
y vivirlas de acuerdo con su obispo y en armonía con las orientaciones de la
Iglesia universal. En mi vida he descubierto estas prioridades en el apostolado
de los laicos, de modo especial en la pastoral familiar -campo en el que los
mismos laicos me han ayudado mucho-, en la atención a los jóvenes y en el
diálogo intenso con el mundo de la ciencia y de la cultura. Todo esto se ha
reflejado en mi actividad científica y literaria. Surgió así el estudio Amor y
responsabilidad y, entre otras cosas, una obra literaria: El taller del
orfebre, con el subtítulo Meditaciones sobre el sacramento del matrimonio.
Una prioridad ineludible es hoy la
atención preferencial a los pobres, los marginados y los emigrantes. Para ellos
el sacerdote debe ser verdaderamente un "padre". Ciertamente los
medios materiales son indispensables, como los que nos ofrece la moderna
tecnología. Sin embargo, el secreto es siempre la santidad de vida del
sacerdote que se expresa en la oración y en la meditación, en el espíritu de
sacrificio y en el ardor misionero. Cuando pienso en los años de mi servicio
pastoral como sacerdote y como obispo, más me convenzo de lo verdadero y
fundamental que es esto.
Cincuenta
años de sacerdocio no son pocos. ¡Cuántas cosas han sucedido en este medio
siglo de historia! Han surgido nuevos problemas, nuevos estilos de vida, nuevos
desafíos. Viene espontáneo preguntarse: ¿qué supone ser sacerdote hoy, en este
escenario en continuo movimiento mientras nos encaminamos hacia el tercer
Milenio?
No hay duda de que el sacerdote,
con toda la Iglesia, camina con su tiempo, y es oyente atento y benévolo, pero
a la vez crítico y vigilante, de lo que madura en la historia. El Concilio ha
mostrado como es posible y necesaria una auténtica renovación, en plena
fidelidad a la Palabra de Dios y a la Tradición. Pero más allá de la debida
renovación pastoral, estoy convencido de que el sacerdote no ha de tener ningún
miedo de estar "fuera de su tiempo", porque el "hoy" humano
de cada sacerdote está insertado en el "hoy" de Cristo Redentor. La
tarea más grande para cada sacerdote en cualquier época es descubrir día a día
este "hoy" suyo sacerdotal en el "hoy" de Cristo, aquel
"hoy" del que habla la Carta a los Hebreos. Este "hoy" de
Cristo está inmerso en toda la historia, en el pasado y en el futuro del mundo,
de cada hombre y de cada sacerdote. "Ayer como hoy, Jesucristo es el
mismo, y lo será siempre'' (Hb 13,8).
Así pues, si estamos inmersos con nuestro "hoy'' humano y sacerdotal en el
"hoy" de Cristo, no hay peligro de quedarse en el "ayer",
retrasados... Cristo es la medida de todos los tiempos. En su "hoy"
divino-humano y sacerdotal se supera de raíz toda oposición -antes tan
discutida- entre el "tradicionalismo" y el "progresismo''.
Las aspiraciones profundas del hombre
Si se analizan las aspiraciones del
hombre contemporáneo en relación con el sacerdote se verá que, en el fondo, hay
en el mismo una sola y gran aspiración: tiene sed de Cristo. El resto -lo que
necesita a nivel económico, social y político- lo puede pedir a muchos otros.
¡Al sacerdote se le pide Cristo! Y de él tiene derecho a esperarlo, ante todo
mediante el anuncio de la Palabra. Los presbíteros -enseña el Concilio- "tienen
como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios'' (Presbyterorum Ordinis,
4). Pero el anuncio tiende a que el hombre encuentre a Jesús, especialmente en
el misterio eucarístico, corazón palpitante de la Iglesia y de la vida
sacerdotal. Es un misterioso y formidable poder el que el sacerdote tiene en
relación con el Cuerpo eucarístico de Cristo. De este modo es el administrador
del bien más grande de la Redención porque da a los hombres el Redentor en
persona. Celebrar la Eucaristía es la misión más sublime y más sagrada de todo
presbítero. Y para mí, desde los primeros años de sacerdocio, la celebración de
la Eucaristía ha sido no sólo el deber más sagrado, sino sobre todo la
necesidad más profunda del alma.
Ministro
de la misericordia
Como administrador del sacramento
de la Reconciliación, el sacerdote cumple el mandato de Cristo a los Apóstoles
después de su resurrección: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes
perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les
quedan retenidos'' (Jn 20, 22-23).
¡El sacerdote es testigo e instrumento de la misericordia divina! ¡Qué
importante es en su vida el servicio en el confesionario! Precisamente en el
confesionario se realiza del modo más pleno su paternidad espiritual. En el
confesionario cada sacerdote se convierte en testigo de los grandes prodigios
que la misericordia divina obra en el alma que acepta la gracia de la
conversión. Es necesario, no obstante, que todo sacerdote al servicio de los
hermanos en el confesionario tenga él mismo la experiencia de esta misericordia
de Dios a través de la propia confesión periódica y de la dirección espiritual.
Administrador de los misterios
divinos, el sacerdote es un especial testigo del Invisible en el mundo. En
efecto, es administrador de bienes invisible e inconmensurables que pertenecen
al orden espiritual y sobrenatural.
Un hombre en contacto con Dios
Como administrador de tales bienes,
el sacerdote está en permanente y especial contacto con la santidad de Dios.
"¡ Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo! Los cielos y la
tierra están llenos de tu gloria''. La majestad de Dios es la majestad de la
santidad. En el sacerdocio el hombre es como elevado a la esfera de esta
santidad, de algún modo llega a las alturas en las que una vez fue introducido
el profeta Isaías. Y precisamente de esa visión profética se hace eco la
liturgia eucarística: Sanctus, Sanctus,
Sanctus, Dominus Deus Sabaoth. Pleni sunt caeli et terra gloria tua. Hosanna in
excelsis.
Al mismo tiempo, el sacerdote vive
todos los días, continuamente, el descenso de esta santidad de Dios hacia el
hombre: benedictus qui venit in nomine
Domini. Con estas palabras las multitudes de Jerusalén aclamaban a
Cristo que llegaba a la ciudad para ofrecer el sacrificio por la redención del
mundo. La santidad trascendente, de alguna manera "fuera del mundo"
llega a ser en Cristo la santidad "dentro del mundo". Es la santidad
del Misterio pascual.
Hoy la Iglesia recuerda al Santo cura de Ars, esa “piedra que desecharon los constructores…..”.
“Me he convertido en débil con los débiles, para ganar a los débiles” ( 1 Cor 9, 22) titulaba el beato Juan Pablo II parte del discurso en el retiro espiritual para el clero, celebrado en la cripta de Ars el 6 de octubre de 1986 recordando a aquel a quien le fascinaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía, durante y fuera de la Misa… un santo humilde que solo quería salvar almas para Dios.
“Nuestra misión – decía Juan Pablo II – es salvar almas para Dios. “Dios no ha enviado al Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por su intermedio” (Jn 3,17). Jesús ha predicado la buena nueva del Reino; escogió y formó a sus propios apóstoles; cumplió por medio de la cruz y la resurrección la obra de la redención; después de los apóstoles nosotros estamos asociados de manera particular a su obra de salvación, a fin de hacerla presente y eficaz en todo el mundo. San Juan Maria Vianney solia decir: “Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no serviría para nada. Es el sacerdote que continúa la obra de la redención en la tierra” (Juan Maria Vianney, cura de Ars, su pensamiento, su corazón, presentado por el abate Bernard Nodet, Le Puy 1958, p.100) Lo que nosotros debemos hacer, no es por lo tanto nuestra obra, es el diseño del Padre, es la obra de salvación del Hijo. El Espíritu Santo se sirve de nuestro espíritu, de nuestra boca, de nuestras manos. Nuestro deber primordial es proclamar incesantemente la Palabra para evangelizar; presentarla de manera que toque los corazones, sin alterarla ni aminorarla; repetir el gesto de ofrecimiento de Jesús en la última cena, su gesto de perdón hacia los pecadores.
Decía el cura de Ars “Dios pone al sacerdote en la tierra como mediador entre el Señor y el pobre pecador” (Nodet, 99), hoy diríamos: él participa de un modo especifico en la misión del único Mediador, Jesucristo.Y recordaba Juan Pablo II unas palabras dichas a los sacerdotes en Notre Dame de Paris el 30 de mayode 1980:
“El Cura de Ars es, en efecto, un modelo sin par para
todos los países, a la vez que de la plenitud del ministerio y de la santidad
del ministro”
Invito visitar el sitio oficial del Santuario de Ars donde también en el sitio mismo es posible consultar información general en español.
Y mis posts etiquetados Vianney
Estos días ha vuelto nuevamente al ruedo, especialmente en la Argentina por el reciente nombramiento del nuevo Arzobispo, aquella “profecía” de Joseph Ratzinger de 1970. Me permito copiar aquí una parte del articulo de Humanitas de Chile donde se reproducía el capitulo V del libro “Fe y futuro” de Ratzinger. Invito leer el muy interesante artículo completo.
Introduccion del articulo de Humanitas:
Y algo sobre el tema “candente”:
“…Será una Iglesia interiorizada, que no suspira por su
mandato político y no flirtea con la izquierda ni con la derecha. Le resultará
muy difícil. En efecto, el proceso de la cristalización y la clarificación le
costará también muchas fuerzas preciosas. La hará pobre, la convertirá en una
Iglesia de los pequeños. El proceso resultará aún más difícil
porque habrá que eliminar tanto la estrechez de miras sectaria como la
voluntariedad envalentonada. Se puede prever que todo esto requerirá tiempo. El
proceso será largo y laborioso, al igual que también fue muy largo el camino
que llevó de los falsos progresismos, en vísperas de la revolución francesa
–cuando también entre los obispos estaba de moda ridiculizar los dogmas y tal
vez incluso dar a entender que ni siquiera la existencia de Dios era en modo
alguno segura [9]– hasta la renovación del siglo
XIX…”.
(…)
“Permanecerá la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho ser humano y que nos promete la vida más allá de la muerte. De la misma manera, el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede ser reemplazado por psicoterapeutas y otros especialistas. Pero seguirá siendo aún necesario el sacerdote que no es especialista, que no se queda al margen cuando aconseja en el ejercicio de su ministerio, sino que en nombre de Dios se pone a disposición de los demás y se entrega a ellos en sus tristezas, sus alegrías, su esperanza y su angustia…”
¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuan indignos somos de ello. La vocación es el misterio de la elección divina: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16).
Dios"nos ha llamado con una vocación santa, no por
nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia" (2 Tm 1,
9).
(…)
Las primeras señales que de alguna manera salieron a luz
fueron durante la visita del Arzobispo
Metropolitano de Cracovia, Principe Adam
Stefan Sapieha a la parroquia de Wadowice cuando era estudiante, candidato a estudiar
filología polaca.
(…)
“En
ese período de mi vida la vocación sacerdotal no estaba aún madura, a pesar de
que a mi alrededor eran muchos los que creían que debía entrar en el seminario.
Y tal vez alguno pudo pensar que, si un joven con tan claras inclinaciones
religiosas no entraba en el seminario, era señal de que otros amores o
aspiraciones estaban en juego. En efecto, en la escuela tenía muchas compañeras
y, comprometido como estaba en el círculo teatral escolar, no faltaban diversas
posibilidades de encuentros con chicos y chicas. Sin embargo, el problema no
era ese. En aquel tiempo estaba fascinado sobre todo por la literatura, en
particular por la dramática, y por el teatro. A este último me había iniciado Mieczyslaw Kotlarczyk, profesor de
lengua polaca, mayor que yo en edad. El era un verdadero pionero del teatro de
aficionados y tenía grandes ambiciones de un repertorio de calidad…. He de admitir que toda aquella experiencia teatral ha
quedado profundamente grabada en mi espíritu, a pesar de que en un cierto
momento de mi vida me di cuenta de que, en realidad, no era esa mi vocación.
(…)
Sin embargo la
preparación para el sacerdocio fue de algún modo precedida por la que me
ofrecieron mis padres con su vida y
su ejemplo en familia. Mi reconocimiento es sobre todo para mi padre, que enviudó muy pronto. No
había recibido aún la Primera Comunión cuando perdí a mi madre: apenas tenía 9
años. Por eso, no tengo conciencia clara de la contribución, seguramente
grande, que ella dio a mi educación religiosa. Después de su muerte y, a
continuación, después de la muerte de mi hermano mayor, quedé solo con mi padre
que era un hombre profundamente religioso. Podía observar cotidianamente su
vida, que era muy austera. Era militar de profesión y, cuando enviudó, su vida
fue de constante oración. Sucedía a veces que me despertaba de noche y
encontraba a mi padre arrodillado, igual que lo veía siempre en la iglesia
parroquial. Entre nosotros no se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su
ejemplo fue para mí en cierto modo el primer seminario, una especie de
seminario doméstico.
Naturalmente, al
referirme a los orígenes de mi vocación sacerdotal, no puedo olvidar la trayectoria mariana. La veneración a la
Madre de Dios en su forma tradicional me viene de la familia y de la parroquia
de Wadowice. Recuerdo, en la iglesia parroquial, una capilla lateral dedicada a
la Madre del Perpetuo Socorro a la cual por la mañana, antes del comienzo de
las clases, acudían los estudiantes del instituto. También, al acabar las
clases, en las horas de la tarde, iban muchos estudiantes para rezar a la
Virgen.
Además, en Wadowice,
había sobre la colina un monasterio carmelita, cuya fundación se remontaba a
los tiempos de San Rafael Kalinowski. Muchos habitantes de Wadowice acudían
allí, y esto tenía su reflejo en la difundida devoción al escapulario de la Virgen del Carmen. También yo lo
recibí, creo que cuando tenía diez años, y aún lo llevo. Se iba a los
Carmelitas también para las confesiones. De ese modo, tanto en la iglesia
parroquial, como en la del Carmen, se formó mi devoción mariana durante los
años de la infancia y de la adolescencia hasta la superación del examen final.
Durante
aquellos años mi confesor y guía espiritual fue el P. Kazimierz Figlewicz. Me encontré con él la primera vez cuando
cursaba el primer año de instituto en Wadowice. El P. Figlewicz, que era
vicario de la parroquia de Wadowice, nos enseñaba religión. Gracias a él me
acerqué a la parroquia, fui monaguillo y en cierto modo organicé el grupo de
monaguillos. Cuando dejó Wadowice para ir a la catedral del Wawel, continué manteniendo
contacto con él. Recuerdo que, durante el quinto curso del instituto, me invitó
a Cracovia para participar en el Triduum Sacrum, que empezaba con el llamado
"Oficio de Tinieblas" en la tarde del Miércoles Santo. Fue ésta una
experiencia que dejó en mí una huella profunda.
Cuando, después del
examen final, me trasladé con mi padre a Cracovia, intensifiqué la relación con
el P. Figlewicz, que ejercía el cargo de vicecustodio de la catedral. Iba a
confesarme con él y, durante la ocupación alemana, muchas veces lo visitaba. Aquel
1 de septiembre de 1939 no se borrará nunca de mi recuerdo: era el primer
viernes de mes. Había ido a Wawel para confesarme. La catedral estaba vacía.
Fue, quizás, la última vez que pude entrar libremente en el templo. Después fue
cerrado. El castillo real de Wawel se convirtió en la sede del Gobernador
General Hans Frank. El P. Figlewicz era el único sacerdote que podía celebrar
la Santa Misa, dos veces por semana, en la catedral cerrada y bajo la
vigilancia de policías alemanes. En aquellos tiempos difíciles fue aún más
claro lo que significaban para él la catedral, las tumbas reales, el altar de
San Estanislao, obispo y mártir. El P. Figlewicz fue hasta la muerte fiel
custodio de aquel particular santuario de la Iglesia y de la Nación,
inculcándome un amor grande por el templo del Wawel, que un día llegaría a ser
mi catedral episcopal.
Debo
nuevamente volver atrás, al período anterior a la entrada en el seminario. En
efecto, no puedo omitir el recuerdo de un ambiente y, en éste, de un personaje
de quien recibí verdaderamente mucho en ese período. El ambiente era el de mi
parroquia, dedicada a San Estanislao de Kostka, en Debniki, Cracovia. La
parroquia estaba dirigida por los Padres Salesianos, los cuales un día fueron
deportados por los nazis a un campo de concentración. Únicamente quedaron un
viejo párroco y el inspector provincial, pues todos los demás fueron internados
en Dachau. Creo que el ambiente salesiano ha tenido un papel importante en el
proceso de formación de mi vocación. En el
ámbito de la parroquia había una persona que se distinguía sobre las demás: me
refiero a Jan Tyranowski. Era
empleado de profesión, aunque había decidido trabajar en la sastrería de su
padre. Afirmaba que su trabajo de sastre le hacía más fácil la vida interior.
Era un hombre de una espiritualidad particularmente profunda. Los Padres
Salesianos, que en aquel período difícil habían reemprendido con valentía la
animación de la pastoral juvenil, le encargaron la tarea de establecer
contactos con los jóvenes del círculo del llamado "Rosario vivo''. Jan
Tyranowski llevó a cabo esta tarea no ciñéndose únicamente al aspecto
organizativo, sino preocupándose también de la formación espiritual de los
jóvenes que entraban en contacto con él. Aprendí así los métodos elementales de
autoformación que se vieron después confirmados y desarrollados en el proceso
educativo del seminario. Tyranowski, que se estaba formando en los escritos de
San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Ávila, me introdujo en la lectura,
extraordinaria para mi edad, de sus obras.
Después, pasados los años de la primera juventud, la cantera de piedra y el depurador del
agua en la fábrica de bicarbonato en Borek Falecki se convirtieron para mí en
seminario. No se trataba ya únicamente del pre-seminario, como en Wadowice. La
fábrica fue para mí, en aquella etapa de mi vida, un verdadero seminario,
aunque clandestino. Había comenzado a trabajar en la cantera en septiembre de
1940; un año después pasé al depurador de agua en la fábrica. Fue en aquellos
años cuando maduró mi decisión definitiva. En otoño de 1942 comencé los
estudios en el seminario clandestino como ex alumno de filología polaca, siendo
obrero en la Solvay. No me daba cuenta de la importancia que todo ello tendría
para mí. Únicamente más tarde, ya sacerdote, durante los estudios en Roma,
conociendo a través de mis compañeros del Colegio Belga el problema de los
sacerdotes obreros y el movimiento de la Juventud Obrera Católica (JOC),
comprendí que lo que había llegado a ser tan importante para la Iglesia y para
el sacerdocio en Occidente -el contacto con el mundo del trabajo- yo lo había
ya adquirido en mi experiencia de vida.
La maduración definitiva
de mi vocación sacerdotal, como he dicho, tuvo lugar en el período de la
segunda guerra mundial, durante la ocupación nazi. ¿Fue una simple coincidencia
temporal? o ¿había un nexo más profundo entre lo que maduraba dentro de mí y el
contexto histórico? Es difícil responder a tal pregunta. Es cierto que en los
planes de Dios nada es casual. Lo que puedo afirmar es que la tragedia de la guerra
dio un tinte particular al proceso de maduración de mi opción de vida. Me ayudó
a percibir desde una nueva perspectiva el valor y la importancia de la
vocación. Ante la difusión del mal y las atrocidades de la guerra era cada vez
más claro para mí el sentido del sacerdocio y de su misión en el mundo.
El estallido de la guerra
me alejó de los estudios y del ambiente universitario. En aquel período perdí a
mí padre, la última persona que me quedaba de los familiares más íntimos.
También esto suponía, objetivamente, un proceso de alejamiento de mis proyectos
precedentes; en cierto modo era como desarraigarse del suelo en el cual hasta
ese momento había crecido mi humanidad.
Pero no se trataba de un
proceso únicamente negativo. En efecto, en mi conciencia contemporáneamente se
manifestaba cada vez más una luz: el Señor quiere que yo sea sacerdote. Un día
lo percibí con mucha claridad: era como una iluminación interior que traía
consigo la alegría y la seguridad de una nueva vocación. Y esta conciencia me
llenó de gran paz interior.
(El 6 de mayo de 1968 durante una visita a la fabrica de
Borek Falecki volveria a admitirlo) :
Esta gran fabrica – la planta química – fue también mi lugar
de trabajo por cuatro años durante la ocupación nazi. Durante estos años de
ocupación fue aquí que se formo mi llamado al sacerdocio. Primero mi llamado
fue formado en la cantera de piedra y más tarde, finalmente, aquí en esta
planta de soda, a pasos de esta iglesia. Y digo “esta” pensando en realidad en “aquella”
pues era una pequeña iglesia de madera, en realidad una barraca. Siempre que
paso por esta fabrica, y especialmente cuando lo hago cerca de la sala de calderas lo
recuerdo.
Me pregunto a veces qué
papel ha desempeñado en mi vocación la figura del Santo Fray Alberto. Adam Chmielowski -éste era su nombre-
no era sacerdote. En la historia de la
espiritualidad polaca Fray Alberto ocupa un lugar especial. Para mí su figura
fue determinante, porque encontré en él un particular apoyo espiritual y un
ejemplo en mi alejamiento del arte, de la literatura y del teatro, por la
elección radical de la vocación al sacerdocio.
(…)
Se me
ahorró mucho del grande y horrendo theatrum de la segunda
guerra mundial. Cada día hubiera podido ser detenido en casa, en la cantera o
en la fábrica para ser llevado a un campo de concentración. A veces me
preguntaba: si tantos coetáneos pierden la vida, ¿por que yo no? Hoy sé que no
fue una casualidad. En el contexto del gran mal de la guerra, en mi vida
personal todo llevaba hacia el bien que era la vocación. No puedo olvidar el
bien recibido en aquel difícil período de las personas que el Señor ponía en mi
camino, tanto de mi familia como conocidos y compañeros.
(..)
La
Providencia me ha ahorrado las experiencias más penosas; por eso es aún más
grande mi sentimiento de deuda hacia las personas conocidas, así como también
hacia aquellas más numerosas que desconozco, sin diferencia de nación o de
lengua, que con su sacrificio sobre el gran altar de la historia han
contribuido a la realización de mi vocación sacerdotal.
SACERDOTE!
Mi ordenación tuvo lugar
en un día insólito para este tipo de celebraciones: fue el 1 de noviembre,
solemnidad de Todos los Santos, cuando la liturgia de la Iglesia se dedica
totalmente a celebrar el misterio de la comunión de los Santos y se prepara a
conmemorar a los fieles difuntos. El Arzobispo eligió ese día porque yo debía
partir hacia Roma para proseguir los estudios. Fui ordenado sólo, en la capilla
privada de los Arzobispos de Cracovia. Mis compañeros serían ordenados el año
siguiente, en el Domingo de Ramos.
Había sido ordenado
subdiácono y diácono en octubre. Fue un lunes de intensa oración, marcado por
los Ejercicios Espirituales con los que me preparé a recibir las Ordenes
Sagradas: seis días de Ejercicios antes del subdiaconado, y después tres y seis
días antes del diaconado y del presbiterado respectivamente. Los últimos
Ejercicios los hice solo en la capilla del seminario. El día de Todos los
Santos me presenté por la mañana en la residencia de los Arzobispos de
Cracovia, en la calle Franciszkanska 3, para recibir la Ordenación sacerdotal. Asistieron
a la ceremonia un pequeño grupo de parientes y amigos. El 1de noviembre de 1946
fui ordenado sacerdote. El día siguiente, en la "Primera Santa Misa"
celebrada en la catedral, en la cripta de San Leonardo, el P. Figlewicz, estaba
a mi lado y me hacía de asistente. El piadoso Prelado falleció hace algunos
años. Sólo el Señor puede compensarlo por todo el bien que de él recibí.
(Fuente: Don y Misterio)
Es interesante destacar que la fecha de publicación del libro
coincide exactamente con el 50 aniversario de la partida de Karol Wojtyla desde
Polonia hacia Roma comenzando un largo y fructífero peregrinar.
Don y misterio. Son dos palabras que describen muy bien el
sacerdocio. Don de Dios, gratuito y amoroso, inmerecido. Misterio enraizado en
la obra de salvación de Cristo, misterio de redención, misterio de fe, de amor
y de esperanza.
Don y misterio. El sacerdote es un don para los hombres. No vive
para sí, vive para los demás: "ninguno de nosotros vive para sí mismo;
como tampoco muere nadie para sí mismo". Cada sacerdote es un regalo de
Dios a su Iglesia y al mismo tiempo es una ofrenda de la Iglesia al Dios del
amor. El sacerdote es un misterio para sí mismo y para los hombres, un misterio
donde se juntan pecado y santidad, grandeza y pequenez, humana flaqueza y
divina misericordia.
Don y misterio.
Este es también el título del relato autobiográfico del Papa en el que describe
su trayectoria espiritual, una vida marcada por el amor y el dolor, por la
oración y la entrega. Una historia en la que los seglares tienen un papel
importante en la orientación de su vida espiritual y en la que el sacerdocio
del Papa aparece ligado a la comunidad, a la Iglesia, no como un hombre que
simplemente desempeña una función, sino como "otro Cristo" en medio
de ellos. La edición del libro se cierra con las letanías de Jesucristo, Sumo y
Eterno Sacerdote, unas invocaciones que el Papa rezaba cuando se preparaba para
su ordenación......
La fidelidad a la
vocación, o sea la perseverante disponibilidad al «servicio real», tiene un
significado particular en esta múltiple construcción, sobre todo en lo
concerniente a las tareas más comprometidas, que tienen una mayor influencia en
la vida de nuestro prójimo y de la sociedad entera.
En la fidelidad a la
propia vocación deben distinguirse los esposos, como exige la naturaleza
indisoluble de la institución sacramental del matrimonio.
En una línea de similar
fidelidad a su propia vocación deben distinguirse los sacerdotes, dado el
carácter indeleble que el sacramento del Orden imprime en sus almas. Recibiendo
este sacramento, nosotros en la Iglesia Latina nos comprometemos consciente y
libremente a vivir el celibato, y por lo tanto cada uno de nosotros debe hacer
todo lo posible, con la gracia de Dios, para ser agradecido a este don y fiel
al vínculo aceptado para siempre.
Esto, al igual que los
esposos, que deben con todas sus fuerzas tratar de perseverar en la unión
matrimonial, construyendo con el testimonio del amor la comunidad familiar y
educando nuevas generaciones de hombres, capaces de consagrar también ellos
toda su vida a la propia vocación, o sea, a aquel «servicio real», cuyo ejemplo
más hermoso nos lo ha ofrecido Jesucristo.
Su Iglesia, que todos
nosotros formamos, es «para los hombres» en el sentido que, basándonos en el
ejemplo de Cristo186 y
colaborando con la gracia que Él nos ha alcanzado, podamos conseguir aquel
«reinar», o sea, realizar una humanidad madura en cada uno de nosotros.
Humanidad madura significa pleno uso del don de la libertad, que hemos obtenido
del Creador, en el momento en que Él ha llamado a la existencia al hombre hecho
a su imagen y semejanza. Este don encuentra su plena realización en la donación
sin reservas de toda la persona humana concreta, en espíritu de amor nupcial a
Cristo y, a través de Cristo, a todos aquellos a los que Él envía, hombres o
mujeres, que se han consagrado totalmente a Él según los consejos evangélicos.
He aquí el ideal de la vida religiosa, aceptado por las Órdenes y
Congregaciones, tanto antiguas como recientes, y por los Institutos de vida
consagrada.
En nuestro tiempo se
considera a veces erróneamente que la libertad es fin en sí misma, que todo
hombre es libre cuando usa de ella como quiere, que a esto hay que tender en la
vida de los individuos y de las sociedades. La libertad en cambio es un don
grande sólo cuando sabemos usarla responsablemente para todo lo que es el
verdadero bien. Cristo nos enseña que el mejor uso de la libertad es la caridad
que se realiza en la donación y en el servicio. Para tal «libertad nos ha
liberado Cristo»187 y
nos libera siempre. La Iglesia saca de aquí la inspiración constante, la
invitación y el impulso para su misión y para su servicio a todos los hombres.
La Iglesia sirve de veras a la humanidad, cuando tutela esta verdad con
atención incansable, con amor ferviente, con empeño maduro y cuando en toda la
propia comunidad, mediante la fidelidad de cada uno de los cristianos a la
vocación, la transmite y la hace concreta en la vida humana. De este modo se
confirma aquello, a lo que ya hicimos referencia anteriormente, es decir, que
el hombre es y se hace siempre la «vía» de la vida cotidiana de la Iglesia.
(Juan Pablo
II: de la Carta Enciclica Redemptor Hominis, 21)