Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Bernard Lecomte: Historia de Karol – el profesor universitario (1 de 2)

 


A principios del verano de 1953, cuando el “Tygodnik” fue cerrado repentinamente, Karol está por finalizar la tesis de doctorado sobre Max Scheler y busca relatores en vista de la defensa. Es una etapa importante al inicio de una carrera universitaria, y para el ex alumno del instituto de Wadowice aquella formalidad intelectual y administrativa es una consagración […] Precisamente, a fines del mismo año 1953, desde Moscú a Varsovia, los sucesores de Stalin se disputaban crudamente su herencia política, y la situación era peligrosamente tensa en toda Europa oriental. […]

En Cracovia, las autoridades atacan al instituto más antiguo de la Universidad, la “pontificia” facultad de teología, fundada en 1397, que, tal como su nombre indica, depende directamente del Papa. Las jerarquías comunistas de Varsovia habían asumido como propia la célebre y despreciable ocurrencia de Stalin: «¿Cuántas divisiones tiene el Papa?» La venerable facultad es clausurada de repente en octubre de 1954. Un evento histórico: la reválida de la habilitación de Karol Wojtyla es el último acto oficial de la facultad de teología de la Jagellonica, previo a su clausura […].



En 1954, los comunistas también apuntan a la prestigiosa universidad católica de Lublin (KUL): arrestan al rector, suspenden a algunos profesores, amenazan a los estudiantes, cierran la Facultad de Derecho.  Un artilugio administrativo – el recurso al antiguo estatuto de la pre-guerra, que sigue vigente – permite al cuerpo docente crear in extremis la facultad de filosofía […]. El futuro Papa será designado “profesor adjunto” y deberá garantizar tres horas de lecciones por semana, pagas con vacaciones, en el departamento de ética y filosofía bajo la dirección del profesor Bednarski. […]. La KUL es un lugar único, una excepción, una especie de milagro en esa postguerra tan atormentada. [.] Fundada en 1918, la institución goza de excelente reputación. En los años cincuenta, el profesor Wojtyla enseña en el aula 33, llena hasta rebosar de estudiantes de otras facultades, alineados en filas apretadas  a lo largo de las paredes. Terminada la lección, baja al primer piso, en las pequeñas aulas de filosofía con montones de libros, donde los graduados preparaban sus tesis. El profesor Wojtyla no da las clases sentado, leyendo ex cátedra los mismos apuntes año tras año, sino que se pasea sobre la tarima de la cátedra, con la cabeza gacha y los brazos  a la espalda, sin consultar apuntes. Tiene la costumbre de repetir las mismas coas de diversas maneras, desde varias perspectivas, reiterando los argumentos más importantes y haciendo, cada poco una síntesis para estar seguro que el mensaje ha sido entendido. […]

 

Bernard Lecomte, Giovanni Paolo II  (publicado en Totus Tuus Nr3, marzo 2007)


martes, 12 de noviembre de 2024

Todo hombre es aquel “hijo pródigo”

 


«Un hombre tenía dos hijos. El más joven dijo al padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde", dice Jesús poniendo al vivo la dramática vicisitud de aquel joven: la azarosa marcha de la casa paterna, el despilfarro de todos sus bienes llevando una vida disoluta y vacía, los tenebrosos días de la lejanía y del hambre, pero más aún, de la dignidad perdida, de la humillación y la vergüenza y, finalmente, la nostalgia de la propia casa, la valentía del retorno, la acogida del Padre. Este, ciertamente no había olvidado al hijo, es más, había conservado intacto su afecto y estima. Siempre lo había esperado y ahora lo abraza mientras hace comenzar la gran fiesta por el regreso de «aquel que había muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido encontrado».

El hombre —todo hombre— es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de separarse del Padre para vivir independientemente la propia existencia; caído en la tentación; desilusionado por el vacío que, como espejismo, lo había fascinado; solo, deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para sí; atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el deseo de volver a la comunión con el Padre. Como el padre de la parábola, Dios anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el banquete del nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación.

Lo que más destaca en la parábola es la acogida festiva y amorosa del padre al hijo que regresa: signo de la misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonar. En una palabra: la reconciliación es principalmente un don del Padre celestial.

Pero la parábola pone en escena también al hermano mayor que rechaza su puesto en el banquete. Este reprocha al hermano más joven sus descarríos y al padre la acogida dispensada al hijo pródigo mientras que a él, sobrio y trabajador, fiel al padre y a la casa, nunca se le ha permitido —dice— celebrar una fiesta con los amigos. Señal de que no ha entendido la bondad del padre. Hasta que este hermano, demasiado seguro de sí mismo y de sus propios méritos, celoso y displicente, lleno de amargura y de rabia, no se convierta y no se reconcilie con el padre y con el hermano, el banquete no será aún en plenitud la fiesta del encuentro y del hallazgo.

El hombre —todo hombre— es también este hermano mayor. El egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo[21]. También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse.

La parábola del hijo pródigo es, ante todo, la inefable historia del gran amor de un padre —Dios— que ofrece al hijo que vuelve a Él el don de la reconciliación plena. Pero dicha historia, al evocar en la figura del hermano mayor el egoísmo que divide a los hermanos entre sí, se convierte también en la historia de la familia humana: señala nuestra situación e indica la vía a seguir.”

 (San Juan Pablo II de la Exhortación apostólicaReconciliatio et Paenitentia, 5-6) 

El sacramento de la reconciliación (del Compendio del catecismo de la Iglesia Católica)

 


297. ¿Por qué hay un sacramento de la Reconciliación después del Bautismo?

1425-1426
1484

Puesto que la vida nueva de la gracia, recibida en el Bautismo, no suprimió la debilidad de la naturaleza humana ni la inclinación al pecado (esto es, la concupiscencia), Cristo instituyó este sacramento para la conversión de los bautizados que se han alejado de Él por el pecado.

298. ¿Cuándo fue instituido este sacramento?

1485

(…)

El Señor resucitado instituyó este sacramento cuando la tarde de Pascua se mostró a sus Apóstoles y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23).

– 302. ¿Cuáles son los elementos esenciales del sacramento de la Reconciliación?

1440-1449

Los elementos esenciales del sacramento de la Reconciliación son dos: los actos que lleva a cabo el hombre, que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, y la absolución del sacerdote, que concede el perdón en nombre de Cristo y establece el modo de la satisfacción.

303. ¿Cuáles son los actos propios del penitente?

1450-1460
1487-1492

Los actos propios del penitente son los siguientes: un diligente examen de concienciala contrición (o arrepentimiento), que es perfecta cuando está motivada por el amor a Dios, imperfecta cuando se funda en otros motivos, e incluye el propósito de no volver a pecar; la confesión, que consiste en la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote; la satisfacción, es decir, el cumplimiento de ciertos actos de penitencia, que el propio confesor impone al penitente para reparar el daño causado por el pecado.

304. ¿Qué pecados deben confesarse?

1456

Se deben confesar todos los pecados graves aún no confesados que se recuerdan después de un diligente examen de conciencia. La confesión de los pecados graves es el único modo ordinario de obtener el perdón.

(…)

307. ¿Quién es el ministro del sacramento de la Reconciliación?

1461-1466
1495

Cristo confió el ministerio de la reconciliación a sus Apóstoles, a los obispos, sucesores de los Apóstoles, y a los presbíteros, colaboradores de los obispos, los cuales se convierten, por tanto, en instrumentos de la misericordia y de la justicia de Dios. Ellos ejercen el poder de perdonar los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

(…)

310. ¿Cuáles son los efectos de este sacramento?

1468-1470
1496

Los efectos del sacramento de la Penitencia son: la reconciliación con Dios y, por tanto, el perdón de los pecados; la reconciliación con la Iglesia; la recuperación del estado de gracia, si se había perdido; la remisión de la pena eterna merecida a causa de los pecados mortales y, al menos en parte, de las penas temporales que son consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de conciencia y el consuelo del espíritu; el aumento de la fuerza espiritual para el combate cristiano.

 (del Compendio del catecismo de la Iglesia Católica)

 

El sentido de la ofensa a Dios y el don de la reconciliación

 


Para comprender el don de la reconciliación hace falta una atenta reflexión sobre los modos para suscitar la conversión y la penitencia en el corazón del hombre (cf. Reconciliatio et paenitentia, 23). Aunque abundan las manifestaciones del pecado ―codicia y corrupción, relaciones rotas por la traición y explotación de personas―, el reconocimiento de la pecaminosidad individual ha disminuido. Como consecuencia de este debilitamiento del reconocimiento del pecado, con la correspondiente atenuación de la necesidad de buscar el perdón, se produce en definitiva un debilitamiento de nuestra relación con Dios (cf. Homilía durante la celebración ecuménica de Vísperas, Ratisbona, 12 de septiembre de 2006).

No es de extrañar que este fenómeno esté particularmente acentuado en sociedades marcadas por una ideología post-iluminista. Cuando Dios es excluido de la esfera pública, desaparece el sentido de la ofensa contra Dios ―el verdadero sentido del pecado―; y precisamente cuando se relativiza el valor absoluto de las normas morales, las categorías de bien o mal se difuminan, juntamente con la responsabilidad individual.

Sin embargo, la necesidad humana de reconocer  y afrontar el pecado de hecho no desaparece jamás, por mucho que  una  persona, como el hermano mayor, pueda racionalizar lo contrario. Como nos dice san Juan:  "Si decimos:  "No tenemos pecado", nos engañamos" (1 Jn 1, 8). Es parte integrante de la verdad sobre la persona humana. Cuando se olvidan la necesidad de buscar el perdón y la disposición a perdonar, en su lugar surge una inquietante cultura de reproches y altercados. Sin embargo, este horrible fenómeno se puede eliminar. Siguiendo la luz de la verdad salvífica de Cristo, hay que decir como el padre:  "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo", y debemos alegrarnos "porque este hermano tuyo... estaba perdido, y ha sido hallado" (Lc 15, 31-32).

(del discurso del PapaBenedicto XVI al cuarto grupo de obispos de Canadá en visita “Ad limina” 9 deoctubre de 2006)

sábado, 2 de noviembre de 2024

2 de noviembre : fiesta de los afectos y el misterio de la vida nueva



Hemos celebrado ayer la solemnidad de Todos los Santos, que, después de haber abandonado este mundo, viven en la comunión sin fin con Dios. Su suerte dichosa es también el destino de los que todavía vivimos en la tierra y estamos llamados a seguir sus huellas en la fiel imitación de Cristo, nuestro Salvador.

Hoy, 2 de noviembre, conmemoramos a los fieles difuntos, que terminada su peregrinación terrena, duermen el sueño de la paz. Es una celebración muy sentida en las familias. Es la fiesta humanísima de los afectos que sobrepasan la medida del tiempo y se insertan en la dimensión del misterio del amor de Dios, que restituye todo a vida nueva.

El hombre surge de la tierra y a la tierra torna (cf. Gn 3, 19): he aquí una realidad evidente que no hay que olvidar nunca. Pero experimenta también el insuprimible deseo de vida inmortal. Por esa razón los vínculos de amor que unen a padres e hijos, a los esposos, a hermanos y hermanas, como también los vínculos de verdadera amistad entre las personas, no se deshacen ni terminan con el inevitable acontecimiento de la muerte. Nuestros difuntos siguen viviendo entre nosotros, no sólo porque sus restos mortales descansan en el camposanto y su recuerdo forma parte de nuestra existencia, sino sobre todo porque sus almas interceden por nosotros ante Dios.

(…)

La conmemoración de hoy nos invita a reavivar la fe en la vida eterna. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, lleva inscrito en las profundidades de su ser el nombre mismo, primordial y eterno, de Dios, que es comunión perfecta del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Precisamente por esto su "yo" profundo no sucumbe a la muerte, sino que, superando los confines del tiempo, entra en la eternidad.

Los cristianos, reunidos en torno al recuerdo de sus queridos difuntos, proclaman hoy: Regem cui omnia vivunt, venite, adoremus, "Venid, adoremos al Señor, por el cual todos viven". En el amor de Cristo, que todo redime de las consecuencias del pecado y de la muerte, resplandece la santidad de Dios y se manifiesta su designio providencial de "formar familia" con el hombre. Dios quiere que nadie se pierda (cf. Jn 6, 39), sino que cada uno, transformado por su santidad, vivo para siempre en su presencia en compañía de todos los hermanos y hermanas que forman su casa (cf. 2 Co 4, 14).

Podemos decir que la memoria de hoy es prolongación natural de la solemnidad de ayer. Juntas, forman la gran fiesta de la comunión de la Iglesia constituida por los fieles que aún peregrinan en esta vida y los que ya han cruzado el umbral de la muerte.

(de la Audiencia General de Juan Pablo II 2 denoviembre de 1994)

 

viernes, 1 de noviembre de 2024

Juan Pablo II habla de su Primera Misa

 

(altar donde Karol Wojtyla celebro su Primera Mesa - Cripta San Leonardo, Catedral de Wawel)

La "primera Misa"
Habiendo sido ordenado sacerdote en la fiesta de Todos los Santos, celebré la "primera Misa" el día de los fieles difuntos, el 2 de noviembre de 1946. En este día cada sacerdote puede celebrar para provecho de los fieles tres Santas Misas. Mi "primera" Misa tuvo por tanto -por así decir- un carácter triple. Fue una experiencia de especial intensidad. Celebré las tres Santas Misas en la cripta de San Leonardo, que ocupa, en la catedral del Wawel, en Cracovia, la parte anterior de la llamada cátedra episcopal de Herman. Actualmente la cripta forma parte del complejo subterráneo donde se encuentran las tumbas reales. Al elegirla como el lugar de mis primeras Misas quise expresar un vínculo espiritual particular con los que reposan en esa catedral que, por su misma historia, es un monumento sin igual. Está impregnada, más que cualquier otro templo de Polonia, de significado histórico y teológico. Reposan en ella los reyes polacos, empezando por Wladyslaw Lokietek. En la catedral del Wawel eran coronados los reyes y en ella eran también sepultados. Quien visita ese templo se encuentra cara a cara con la historia de la Nación.


Precisamente por esto, como he dicho, elegí celebrar mis primeras Misas en la cripta de San Leonardo. Quería destacar mi particular vínculo espiritual con la historia de Polonia, de la cual la colina del Wawel representa casi una síntesis emblemática. Pero no sólo eso. Había, en esa elección, una especial dimensión teológica. Como he dicho, fui ordenado el día anterior, en la Solemnidad de Todos los Santos, cuando la Iglesia expresa litúrgicamente la verdad de la Comunión de los Santos -Communio Sanctorum-. Los Santos son aquellos que, habiendo acogido en la fe el misterio pascual de Cristo, esperan ahora la resurrección final.


También las personas, cuyos restos reposan en los sarcófagos de la catedral del Wawel, esperan allí la resurrección. Toda la catedral parece repetir las palabras del Símbolo de los Apóstoles: "Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna''. Esta verdad de fe ilumina la historia de las Naciones. Aquellas personas son como "los grandes espíritus" que guían la Nación a través de los siglos. No se encuentran allí solamente soberanos junto con sus esposas, u obispos y cardenales; también hay poetas, grandes maestros de la palabra, que han tenido una importancia enorme para mi formación cristiana y patriótica.


Fueron pocos los participantes en aquellas primeras Misas celebradas sobre la colina del Wawel. Recuerdo que, entre otros, estaba presente mi madrina Maria Wiadrowska, hermana mayor de mi madre. Me asistía en el altar Mieczyslaw Malinski, que hacía presente de algún modo el ambiente y la persona de Jan Tyranowski, ya entonces gravemente enfermo.


Después, como sacerdote y como obispo, he visitado siempre con gran emoción la cripta de San Leonardo. ¡Cuánto hubiera deseado poder celebrar allí la Santa Misa con ocasión del quincuagésimo aniversario de mi Ordenación sacerdotal!

Entre el pueblo de Dios
Después hubo otras "primeras Misas'': en la iglesia parroquial de San Estanislao de Kostka en Debniki y, el domingo siguiente, en la iglesia de la Presentación de la Madre de Dios en Wadowice. Celebré también una Misa en la confesión de San Estanislao, en la catedral del Wawel, para los amigos del teatro rapsódico y para la organización clandestina "Unia" (Unión), a la cual estuve vinculado durante la ocupación.

Don y Misterio – Juan Pablo II

jueves, 31 de octubre de 2024

Aquel lejano 1 de noviembre de 1946 – sacerdocio y santificación de vida

 


El 1 de noviembre de 1946, en una pequeña capilla del Arzobispado de Cracovia, según un plan maravillosamente y misteriosamente escrito en el Gran Libro de Dios, un joven diácono fue ordenado sacerdote. El cardenal Sapieha, en su sabiduría clarividente, quiso que Karol Wojtyla fuera ordenado antes que sus demás compañeros, para poder partir hacia Roma, donde continuaría sus estudios de teología.

Juan Pablo II, recordando la fecha elegida por su obispo, reconoce que su ordenación " tuvo lugar en un día inusual para tales celebraciones, la solemnidad de Todos los Santos " (Don y Misterio, página 51). Ese joven sacerdote, que como Papa seguía asombrado por las circunstancias en las que se produjo su ordenación…. ¡No creemos en las coincidencias! En lo ocurrido aquel lejano 1 de noviembre, día de Todos los Santos, no podemos dejar de ver un signo, el comienzo de un sello de Dios sobre una vida que habría sido enteramente una respuesta a la llamada a la santidad


En “Don y Misterio”, Juan Pablo II escribe con firmeza: “¡ El mundo de hoy pide sacerdotes santos! Sólo un sacerdote santo puede llegar a ser, en un mundo cada vez más secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio ". De estas palabras se desprende que para el Papa el significado de cada Ordenación, o mejor dicho, su esencia profunda, reside en ser testigos de Cristo,  incluida una inclinación generosa y solidaria hacia los llamados "últimos". Una capacidad organizativa y creativa excepcional.  No, Juan Pablo II, a partir de su experiencia, estaba convencido de que " el verdadero secreto de los auténticos éxitos pastorales no reside en los medios materiales, y menos aún en los "medios ricos". Los frutos duraderos del esfuerzo pastoral surgen de la santidad del sacerdote. ¡Este es el fundamento !”. Como se ve, sacerdocio y santidad son dos realidades indisolubles en el pensamiento y la vida del Papa. ¿Qué significa esto?

Para responder proponemos el testimonio de una mujer extraordinaria … a quien se dirigía como hermano :  la doctora Wanda Poltawska (que acaba de fallecer) , amiga y "hermana" de Juan Pablo II. La Dra. Poltawska, mujer de profunda fe, después de haber experimentado la crueldad inhumana de los campos de concentración, no pudo evitar hacerse preguntas cruciales sobre el hombre y su destino: ¿cómo es posible que el hombre, imagen de Dios, sea destruido hasta tal punto? ¿Hasta qué punto “desfigurado”? ¿Cómo es posible semejante embrutecimiento de una criatura de Dios contra otra criatura de Dios? ¿Quien es el hombre? Interrogantes tremendos, diríamos, trágicos, profundamente lacerantes. Pues bien, para dar respuesta a todas estas dudas que atormentaban su mente y su alma, recurrió a más sacerdotes, pero fue en vano. Ella misma dice: « Me estaba confesando, y al principio había intentado eliminar mis ansiedades durante la confesión, pero no había recibido la respuesta que buscaba... Una vez, después de mi turno en la sala, cuando me encontré con un problema cuya solución estaba fuera de mis posibilidades y no sabía cómo proceder, fui a la iglesia de los jesuitas, a un sacerdote que estaba en el confesionario. Le pregunté qué debería haber hecho en ese caso específico. El sacerdote me dijo: "Este es tu problema, tú eres médica católica, no yo, es tu conciencia la que debe darte la respuesta". Ni siquiera esperé la absolución, simplemente me levanté y me fui» . (del Diario de una amistad página 36)”

Las dudas persistieron, no se disolvieron, al contrario, escribe, "crecieron". Y todo esto hasta que Wanda (nos permitimos llamarla así por el particular vínculo espiritual que nos une a ella) encuentra la respuesta, " la única verdadera, que el hombre puede entenderse a sí mismo y a los demás sólo en Cristo ". Esta respuesta, recuerda, fue " fruto de muchas horas de oración y meditación, durante los paseos de verano con el pastor de almas, don Karol Wojtyla ".

Lo que llama la atención es la forma en que se desarrolló el encuentro, modalidad que resume espléndidamente la conexión esencial entre sacerdocio y santidad. A Wanda, durante la confesión, no se la escuchó decir: “ven a una reunión; ni siquiera escuchó: "ven a mí". No, don Wojtyla le dijo: " Ven a misa por la mañana, ven todos los días ". Esta invitación contiene toda la esencia de la santidad de un sacerdote que, como siempre nos recuerda el Dr. Poltwaska, " no quiso entregarse a los hombres, sino conducirlos a Cristo ". Ante todo Cristo, ante todo confianza en Aquel sin Quien las respuestas a las preguntas que atormentan al hombre abren abismos que alimentan la ansiedad y la desesperación. Confiar en Cristo significa vivir en la certeza de que Dios está siempre cerca del hombre, redimiendo el mal que, en la Cruz, quiso   redimir mediante el Sacrificio de su Hijo. 

“ La confianza es la medida del amor ”, esto es lo que “aprendió” Wanda Poltwaska caminando por los senderos del bosque, por el camino de toda una existencia. Y si "confiar es la medida del amor", para los dos amigos-hermanos tiene sentido esperar, tiene sentido esforzarse hasta el final para que este amor abrace toda la existencia en su dramática y estupenda concreción. No es casualidad que ambos, y juntos, hayan realizado proyectos, impulsado iniciativas, estimulado conciencias, especialmente en el campo de la pastoral familiar y de la protección de la vida, siempre y en cualquier caso… la apertura de un centro de asesoramiento familiar y de un centro provida en el palacio arzobispal de Cracovia, lugares donde las familias en dificultades pudieron encontrar ayuda real y concreta, pero los momentos de reflexión fueron igualmente importantes. Para entenderlo es bueno narrar un episodio, contado por la propia protagonista. Una tarde, la doctora Poltawska había organizado una reunión para ayudar a las parejas en dificultades. Monseñor Wojtyla intervino con palabras que, por su sencillez, tuvieron efectos quizás inesperados : « Intentad primero haceros un programa mínimo, no destruyáis mutuamente nada en vosotros, y luego comenzaréis a construir, pero para ello intentad rezar juntos. . Sólo hay una salida a esta situación, la puerta de la humildad. Que cada uno de ustedes se arrodille y diga “Es mi culpa”. Mientras digas: "Es tu culpa", no habrá salida ". Estas palabras tuvieron tal impacto en los matrimonios presentes que el promotor de la iniciativa, pensando en aquel primer encuentro, no duda en hablar de " gracia concedida ". Posteriormente, " se organizaron lecciones sobre ética matrimonial que luego Karol Wojtyla incluyó en la Academia Teológica Pontificia bajo la forma de Facultad de Teología de la Familia ..." . Ya entonces estaba en juego la salvación de la familia o, mejor dicho, como dice Wanda Poltwaska, la salvación "de la santidad de la familia". A partir de estas primeras lecciones se desarrolló una red de personas capacitadas para ayudar a los demás, lo que con razón ha Se ha definido el "germen" del "Pontificio Instituto de Estudios sobre el Matrimonio y la Familia", inaugurado en una fecha especial, el 13 de mayo de 1981: incluso en esta circunstancia no hay nada accidental, sino que hay un ulterior sello de Dios, un sello con que la santidad de un sacerdote depende totalmente del seguimiento de Cristo hasta el entregarse, hasta, quisiéramos decir, el martirio.

Por eso, no podemos evitar sentir como nuestras las vibrantes palabras de la Dra. Wanda Poltwaska, palabras que, como escribiría años después Juan Pablo II, establecen la profunda unidad entre sacerdocio y santidad:

Hermano mayor, a través de ti quise amar a Dios con todas mis fuerzas, doy gracias a Dios por tu santidad y tu sacerdocio.

 

(del blog de la prof. Carmela Randone, una amiga en la causa de San Juan Pablo II)