Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 14 de marzo de 2025

El sacramento de la Penitencia

 


El sacramento de la Penitencia ofrece al pecador la « posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación »,(15) obtenida por el sacrificio de Cristo. Así, es introducido nuevamente en la vida de Dios y en la plena participación en la vida de la Iglesia.

Al confesar sus propios pecados, el creyente recibe verdaderamente el perdón y puede acercarse de nuevo a la Eucaristía, como signo de la comunión recuperada con el Padre y con su Iglesia. Sin embargo, desde la antigüedad la Iglesia ha estado siempre profundamente convencida de que el perdón, concedido de forma gratuita por Dios, implica como consecuencia un cambio real de vida, una progresiva eliminación del mal interior, una renovación de la propia existencia. El acto sacramental debía estar unido a un acto existencial, con una purificación real de la culpa, que precisamente se llama penitencia. El perdón no significa que este proceso existencial sea superfluo, sino que, más bien, cobra un sentido, es aceptado y acogido.

En efecto, la reconciliación con Dios no excluye la permanencia de algunas consecuencias del pecado, de las cuales es necesario purificarse. Es precisamente en este ámbito donde adquiere relieve la indulgencia, con la que se expresa el « don total de la misericordia de Dios ».(16) Con la indulgencia se condona al pecador arrepentido la pena temporal por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa.

Juan Pablo II « Incarnationis mysterium » Bula de Convocacion del Gran Jubileo del año 2000

 

martes, 12 de noviembre de 2024

El sentido de la ofensa a Dios y el don de la reconciliación

 


Para comprender el don de la reconciliación hace falta una atenta reflexión sobre los modos para suscitar la conversión y la penitencia en el corazón del hombre (cf. Reconciliatio et paenitentia, 23). Aunque abundan las manifestaciones del pecado ―codicia y corrupción, relaciones rotas por la traición y explotación de personas―, el reconocimiento de la pecaminosidad individual ha disminuido. Como consecuencia de este debilitamiento del reconocimiento del pecado, con la correspondiente atenuación de la necesidad de buscar el perdón, se produce en definitiva un debilitamiento de nuestra relación con Dios (cf. Homilía durante la celebración ecuménica de Vísperas, Ratisbona, 12 de septiembre de 2006).

No es de extrañar que este fenómeno esté particularmente acentuado en sociedades marcadas por una ideología post-iluminista. Cuando Dios es excluido de la esfera pública, desaparece el sentido de la ofensa contra Dios ―el verdadero sentido del pecado―; y precisamente cuando se relativiza el valor absoluto de las normas morales, las categorías de bien o mal se difuminan, juntamente con la responsabilidad individual.

Sin embargo, la necesidad humana de reconocer  y afrontar el pecado de hecho no desaparece jamás, por mucho que  una  persona, como el hermano mayor, pueda racionalizar lo contrario. Como nos dice san Juan:  "Si decimos:  "No tenemos pecado", nos engañamos" (1 Jn 1, 8). Es parte integrante de la verdad sobre la persona humana. Cuando se olvidan la necesidad de buscar el perdón y la disposición a perdonar, en su lugar surge una inquietante cultura de reproches y altercados. Sin embargo, este horrible fenómeno se puede eliminar. Siguiendo la luz de la verdad salvífica de Cristo, hay que decir como el padre:  "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo", y debemos alegrarnos "porque este hermano tuyo... estaba perdido, y ha sido hallado" (Lc 15, 31-32).

(del discurso del PapaBenedicto XVI al cuarto grupo de obispos de Canadá en visita “Ad limina” 9 deoctubre de 2006)

miércoles, 27 de marzo de 2024

Quien ama ha conocido a Dios, porque Dios es Amor

 


La conversión está orientada a la práctica del mandamiento del amor.. es particularmente oportuno poner de relieve la virtud teologal de la caridad, según la indicación de la carta apostólica Tertio millennio adveniente (cf. n. 50).

El apóstol san Juan recomienda: «Queridos hermanos: amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor» (1 Jn 4, 7-8).

Estas palabras sublimes, al tiempo que nos revelan la esencia misma de Dios como misterio de caridad infinita, ponen también las bases en que se apoya la ética cristiana, concentrada totalmente en el mandato del amor. El hombre está llamado a amar a Dios con una entrega total y a tratar a sus hermanos con una actitud de amor inspirado en el amor mismo de Dios. Convertirse significa convertirse al amor.

(…)

El Dios que ama es un Dios que no permanece alejado, sino que interviene en la historia….. Es un amor que asume rasgos de una inmensa ternura (cf. Os 11, 8 ss; Jr 31, 20); normalmente utiliza la imagen paterna, pero a veces se expresa también con la metáfora nupcial: «Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión» (Os 2, 21; cf. 18-25).

(…)

El amor nos hace entrar plenamente en la vida filial de Jesús, convirtiéndonos en hijos en el Hijo: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos. El mundo no nos conoce porque no le conoció a él» (1 Jn 3, 1). El amor transforma la vida e ilumina también nuestro conocimiento de Dios, hasta alcanzar el conocimiento perfecto del que habla san Pablo: «Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido» (1 Co 13, 12).

Es preciso subrayar la relación que existe entre conocimiento y amor. La conversión íntima que el cristianismo propone es una auténtica experiencia de Dios, en el sentido indicado por Jesús, durante la última cena, en la oración sacerdotal: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3). Ciertamente, el conocimiento de Dios tiene también una dimensión de orden intelectual (cf. Rm 1, 19-20). Pero la experiencia viva del Padre y del Hijo se realiza en el amor, es decir, en último término, en el Espíritu Santo, puesto que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).  …El corazón nuevo, que ama y conoce, late en sintonía con Dios, que ama con un amor perenne.

(de laAudiencia de Juan Pablo II 6 de octubre de 1999)


martes, 26 de marzo de 2024

El camino de conversión como liberación del mal

 


La invocación «líbranos del mal» o del «maligno», contenida en el Padre nuestro, enmarca nuestra oración para que nos alejemos del pecado y seamos liberados de toda connivencia con el mal. Nos recuerda la lucha diaria, pero, sobre todo, nos recuerda el secreto para vencerla: la fuerza de Dios, que se ha manifestado y se nos ofrece en Jesús (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 2853).

(…)

El mal moral es causa de sufrimiento, que viene presentado, sobre todo en el Antiguo Testamento, como castigo debido a comportamientos en contraste con la ley de Dios. Por otra parte, la sagrada Escritura pone de manifiesto que, después del pecado, se puede implorar la misericordia de Dios, es decir, el perdón de la culpa y el fin de las penas que derivan de ella. La vuelta sincera a Dios y la liberación del mal son dos aspectos de un único camino. 

(…)

En la oración del Padre nuestro se hace referencia explícita al mal; el término ponerós (cf. Mt 6, 13), que en sí mismo es un adjetivo, aquí puede indicar una personificación del mal. Éste es causado en el mundo por el ser espiritual al que la revelación bíblica llama diablo o Satanás, que se opone libremente a Dios (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 2851 s). La «malignidad» humana, constituida por el poder demoníaco o suscitada por su influencia, se presenta también en nuestros días de forma atrayente, seduciendo las mentes y los corazones, para hacer perder el sentido mismo del mal y del pecado. Se trata del «misterio de iniquidad», del que habla san Pablo (cf. 2 Ts 2, 7). Desde luego, está relacionado con la libertad del hombre, «mas dentro de su mismo peso humano obran factores por razón de los cuales el pecado se sitúa más allá de lo humano, en aquella zona límite donde la conciencia, la voluntad y la sensibilidad del hombre están en contacto con las oscuras fuerzas que, según san Pablo, obran en el mundo hasta enseñorearse de él» (Reconciliatio et paenitentia, 14).

(…)

Por desgracia, los seres humanos pueden llegar a ser protagonistas de maldad, es decir, «generación malvada y adúltera» (Mt 12, 39).

Creemos que Jesús ha vencido definitivamente a Satanás, y que, de este modo, ha logrado que ya no le temamos. A cada generación la Iglesia vuelve a presentarle, como el apóstol Pedro en su conversación con Cornelio, la imagen liberadora de Jesús de Nazaret, que «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10, 38).

Aunque en Jesús tuvo lugar la derrota del maligno, cada uno de nosotros debe aceptar libremente esta victoria, hasta que el mal sea eliminado completamente. Por tanto, la lucha contra el mal requiere esfuerzo y vigilancia continua. La liberación definitiva se vislumbra sólo desde una perspectiva escatológica (cf. Ap 21, 4).

Más allá de nuestras fatigas y de nuestros mismos fracasos, perduran estas consoladoras palabras de Cristo: «En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

(de la Audiencia General de Juan Pablo II 18 de agosto de 1999)


viernes, 22 de marzo de 2024

Conviértanse aún es tiempo – Papa Francisco a la mafia

 


Se cumplen 10 años desde aquel viernes 21 de marzo de 2014 cuando llegaban a Roma, procedentes de toda Italia,  más de 700 familiares de las víctimas de las mafias. Lo hacían en representación de aproximadamente 15.000 personas que han sufrido el dolor de la pérdida de un ser querido a manos de la violencia mafiosa.  A partir de 1996, el 21 de marzo, primer dia de primavera,  se recuerda en toda Italia, a las víctimas inocentes de las mafias. La tarde del 21 de marzo de 2014 el Papa Francisco salió del Vaticano para visitar y saludar a aquellos familiares que se reunian en  la Parroquia de San Gregorio VII (donde la Asociación “Libera” organizaba un encuentro en recuerdo de las víctimas de las mafias), previo a la vigilia y la “Jornada de la memoria y el compromiso que se realizaría esa noche y al dia siguiente en Latina.    Cada año la manifestación principal se lleva a cabo en un lugar diferente, y ese 2014 se desarrollaba en la ciudad lacial de Latina. El sábado 22 de marzo se celebraba allí la XIX Jornada de la Memoria y del compromiso, en recuerdo de las víctimas de las mafias, organizada por “Libera” y “Avviso Pubblico”, sobre el tema “Raíces de Memoria, frutos de empeño”. (Vat news) 

En su reflexión en la vigilia de oración por las víctimas de las mafias, el papa Francisco saludaba, agradecía el encuentro, invitaba a la oración y a una urgente conversión::

“El deseo que siento es de compartir con vosotros una esperanza, y es esta: que el sentido de responsabilidad poco a poco triunfe sobre la corrupción, en todas las partes del mundo... Y esto debe partir desde dentro, de las conciencias, y desde allí volver a curar, volver a sanar los comportamientos, las relaciones, las decisiones, el tejido social, de modo que la justicia gane espacio, se amplíe, se arraigue, y ocupe el sitio de la iniquidad.  Sé que vosotros sentís fuertemente esta esperanza, y quiero compartirla con vosotros, deciros que os estaré cercano incluso esta noche y mañana, en Latina —si bien no podré ir físicamente, pero estaré con vosotros en este camino, que requiere tenacidad, perseverancia.

En especial, quiero expresar mi solidaridad a quienes entre vosotros han perdido a una persona querida, víctima de la violencia mafiosa. Gracias por vuestro testimonio, porque no os habéis cerrado, sino que os habéis abierto, habéis salido, para contar vuestra historia de dolor y de esperanza. Esto es muy importante, especialmente para los jóvenes. Quiero rezar con vosotros —y lo hago de corazón— por todas las víctimas de la mafia. Incluso hace pocos días, cerca de Taranto, se produjo un delito que no tuvo piedad ni siquiera de un niño. Pero al mismo tiempo recemos juntos, todos juntos, para pedir la fuerza de seguir adelante, de no desalentarnos, sino de seguir luchando contra la corrupción.

Y siento que no puedo terminar sin decir una palabra a los grandes ausentes, hoy, a los protagonistas ausentes: a los hombres y mujeres mafiosos. Por favor, cambiad de vida, convertíos, deteneos, dejad de hacer el mal. Y nosotros rezamos por vosotros. Convertíos, lo pido de rodillas; es por vuestro bien. Esta vida que vivís ahora, no os dará placer, no os dará alegría, no os dará felicidad. El poder, el dinero que vosotros ahora tenéis de tantos negocios sucios, de tantos crímenes mafiosos, es dinero ensangrentado, es poder ensangrentado, y no podréis llevarlo a la otra vida. Convertíos, aún hay tiempo, para no acabar en el infierno. Es lo que os espera si seguís por este camino. Habéis tenido un papá y una mamá: pensad en ellos. Llorad un poco y convertíos. Recemos juntos a nuestra Madre María para que nos ayude: Ave María...

(Palabras que me recuerdan aquellas palabras fuertes, enérgicas, inolvidables – decían que fulminantes -   al término de la Misa, después de la bendición final  que Juan Pablo II expresara en el  Valle de los Templos en Agrigento, (su secretario el cardenal Stanislaw Dziwisz expresó que  "se enfadó de verdad tan sólo en dos ocasiones"  "en Agrigento, cuando habló contra la mafia" y en en aquel Ángelus en el que pidio que no comenzara la guerra en Irak en el año 2003)

Para impartir la bendición,  después de su discurso,  el Papa Francisco se coloco la estola de Don Diana, mártir de la lucha contra la camorra,  cuyo asesinato fue recordado hace unos días por el Papa Francisco en su carta  a Mons. Angelo Spinillo, Obispo de Aversa,  Aversa 

Conversión de Vittorio Messori


En el libro E-entrevista  “Por qué creo. Una vida para dar razón de la fe” (”Perché credo. Una vita per rendere ragione della fede”) el vaticanista Andrea Tornielli cuenta la historia de la conversión de Vittorio Messori.  No conocía la historia de la conversión de este escritor que “aquel dia de primavera recibió un imprevisto telefonazo del director general de la RAI”. 

Motivo? El Santo Padre Juan Pablo II – que cumplía 15 años de pontificado - había aceptado someterse a una entrevista televisiva propuesta por la RAI, entrevista que finalmente no pudo realizarse, como explica Messori mismo en el libro Cruzando el umbral de la esperanza, pero cuyos primeros pasos no fueron en vano, pues meses mas tarde recibiría otra llamada imprevista, - esta vez del Vaticano del director de la Sala de Prensa Joaquin Navarro-Valls - confirmando el deseo del Papa que con gusto respondería a las preguntas que le habían sido planteadas en preparación para aquella entrevista, que finalmente fueron la base para la publicación del libro-entrevista Cruzando el Umbral de la Esperanza, traducido a mas de 50 lenguas y con más de 20 millones de ejemplares vendidos.


Juan Alonso nos cuenta en breve esta conversión al catolicismo en su comentario al libro-entrevista citado :

Este libro es más que una historia de conversión al catolicismo. Contiene también agudas y valiosas reflexiones sobre la situación de la fe cristiana en el actual contexto cultural. El protagonista, Vittorio Messori (Italia 1941), pasará a la historia como uno de los escritores católicos conversos más conocidos del siglo XX, autor de varios bestsellers mundiales e incansable apologeta sin complejos.

 La obra es iniciativa de Andrea Tornielli, escritor y vaticanista del diario «Il Giornale», quien propuso a Messori revelar los aspectos y circunstancias más destacables de su conversión al catolicismo. Hasta la presente publicación, sólo se conocían algunos detalles vagos de este episodio por el lógico deseo del converso de mantener una reserva sobre una cuestión tan personal. Tornielli ha dialogado con él largamente sobre su vida personal y su cambio de rumbo y de perspectiva que ha iluminado desde entonces su entera existencia. A diferencia de lo que es habitual en numerosas conversiones, su acercamiento a la fe no había sido fruto de una búsqueda sino, sencillamente, de un encuentro repentino, inesperado y misterioso con Jesucristo: «un encuentro –y un enfrentamiento– [un incontro e uno scontro, en la versión italiana] con el Protagonista del Evangelio, que me pareció que salía de sus páginas para hacerse presente» (p. 60).

Desde el momento de su conversión, Messori tuvo una convicción profunda de la verdad del cristianismo. A partir de entonces, se sintió llamado a buscar las razones de esa verdad que le había llegado sin él buscarla, afrontando las grandes cuestiones de la fe cristiana, de su fundamento histórico y su razonabilidad. Fruto de ese trabajo ha publicado más de 20 libros de investigación religiosa, entre los que destaca Hipótesis sobre Jesús, un best seller mundial publicado en 1976 después de doce años de trabajo.

Pero no es el suyo un intento de demostrar la fe, sino de buscar sus fundamentos. El racionalismo ha convertido a la razón en ideología, sin caer en la cuenta de conversión, sobre las verdades de la fe cristiana y la situación de la Iglesia. El volumen está escrito en forma de una entrevista, estructurado en siete capítulos precedidos por un prólogo de Tornielli. El interés que el libro ha suscitado en Italia –donde en un año ha alcanzado ya cinco ediciones– parece prolongarse en otros países, según se desprende de las traducciones que van surgiendo, entre otras la que presenta ahora Libros Libres en lengua castellana. Messori confiesa la dificultad de explicar el proceso de transformación que sufrió cuando, en el verano de 1964, siendo un joven estudiante de 23 años, se vio como forzado a abrazar el Evangelio. Había sido criado en una familia de tradición anticlerical y formado en el agnosticismo más radical y compacto de los ambientes universitarios de Turín. Su conversión fue un que, al usar la razón hasta el final, siempre se llega al misterio: «el corazón tiene razones que la razón no entiende», como dijo Pascal, al que Messori siente como una de sus principales guías y apoyos a partir de su conversión. Frente al estereotipo que el laicismo ha construido sobre la religión católica como una religión de la ignorancia, la renuncia y el retroceso, Messori insiste constantemente en un concepto de catolicismo rico en humanidad y racionalidad, abierto al mundo y fuente de esperanza. Igualmente, frente al «aut-aut» («o esto o aquello») de la herejía, lo característico del catolicismo –señala el autor en diversas ocasiones– es el positivo «et-et» («esto y esto») y no el frustrante «aut-aut». La fe católica lo abraza todo y lo integra todo. La entrevista destila la naturalidad y la frescura de una conversación entre amigos. Las respuestas de Messori combinan de manera equilibrada la franqueza con la erudición. Numerosas citas y aforismos de autores clásicos y modernos salpican los comentarios del entrevistado, reforzando así mejor su proyección sobre el actual panorama cultural y religioso. 

miércoles, 29 de marzo de 2023

Juan Pablo II : Despojarnos del hombre viejo y revestirnos del nuevo: penitencia, conversión y reconciliación

 

Imagen de Wikimedia Commons: L. Spada Regreso del hijo pródigo 

 

La Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia (ya mencionada en este blog) es un documento valioso y rico, bastante extenso. Si bien fue fruto de un Sínodo de Obispos y  publicado el primer Domingo de Adviento de 1984, nos ofrece abundante material de reflexión para la Cuaresma y la Semana Santa, nos invita a la “ renovación de los corazones” para ir adentrándonos en la fiesta de “La resurrección, culmen y plenitud de la Revelación”

 El mismo  Juan Pablo II sintetiza en un párrafo el contenido de la Exhortación: 

“En la primera parte me propongo tratar de la Iglesia en el cumplimiento de su misión reconciliadora, en la obra de conversión de los corazones en orden a un renovado abrazo entre el hombre y Dios, entre el hombre y su hermano, entre el hombre y todo lo creado. En la segunda parte se indicará la causa radical de toda laceración o división entre los hombres y, ante todo, con respecto a Dios: el pecado. Por último señalaré aquellos medios que permiten a la Iglesia promover y suscitar la reconciliación plena de los hombres con Dios y, por consiguiente, de los hombres entre sí.”

 He seleccionado solo una pequeña parte para nuestra reflexión:

“El término y el concepto mismo de penitencia son muy complejos. Si la relacionamos con metánoia, al que se refieren los sinópticos, entonces penitencia significa el cambio profundo de corazón bajo el influjo de la Palabra de Dios y en la perspectiva del Reino.(9) Pero penitencia quiere también decir cambiar la vida en coherencia con el cambio de corazón, y en este sentido el hacer penitencia se completa con el de dar frutos dignos de penitencia;(10) toda la existencia se hace penitencia orientándose a un continuo caminar hacia lo mejor. Sin embargo, hacer penitencia es algo auténtico y eficaz sólo si se traduce en actos y gestos de penitencia. En este sentido, penitencia significa, en el vocabulario cristiano teológico y espiritual, la ascesis, es decir, el esfuerzo concreto y cotidiano del hombre, sostenido por la gracia de Dios, para perder la propia vida por Cristo como único modo de ganarla;(11) para despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo;(12) para superar en sí mismo lo que es carnal, a fin de que prevalezca lo que es espiritual;(13) para elevarse continuamente de las cosas de abajo a las de arriba donde está Cristo.(14) La penitencia es, por tanto, la conversión que pasa del corazón a las obras y, consiguientemente, a la vida entera del cristiano.

En cada uno de estos significados penitencia está estrechamente unida a reconciliación, puesto que reconciliarse con Dios, consigo mismo y con los demás presupone superar la ruptura radical que es el pecado, lo cual se realiza solamente a través de la transformación interior o conversión que fructifica en la vida mediante los actos de penitencia.

 [….]

Cuando la Iglesia proclama la Buena Nueva de la reconciliación, o propone llevarla a cabo a través de los Sacramentos, realiza una verdadera función profética, denunciando los males del hombre en la misma fuente contaminada, señalando la raíz de las divisiones e infundiendo la esperanza de poder superar las tensiones y los conflictos para llegar a la fraternidad, a la concordia y a la paz a todos los niveles y en todos los sectores de la sociedad humana. Ella cambia una condición histórica de odio y de violencia en una civilización del amor; está ofreciendo a todos el principio evangélico y sacramental de aquella reconciliación fontal, de la que brotan todos los demás gestos y actos de reconciliación, incluso a nivel social.”


 

jueves, 20 de diciembre de 2018

Tiempo de conversión – 3 de 3




(de la conversación de Benedicto XVI con Peter Seewald en  Luz del mundo,   el Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos, Herder, 2010, cap 6)


Según su propia comprensión, el evangelio no contiene un mensaje proveniente del pasado, un mensaje ya agotado. Por el contrario, la presencia y la dinámica de la revelación de  Cristo consiste justamente en que, en cierta medida, proviene del futuro, y es a su vez de importancia decisiva para el futuro de cada uno y el de todos. Cristo se aparece «la segunda vez, sin relación ya con el pecado, a los que a Él aguardan, para darles la salvación», dice la Carta a los hebreros.
¿La Iglesia no debería informar con mucha más claridad acerca de que, según la Biblia, el mundo no se encuentra solo en el tiempo después de Cristo, sino en medida mucho mayor aun, nuevamente en el tiempo antes de Cristo?

Benedicto XVI:

Esa fue, en efecto, una inquietud de Juan Pablo II, señalar con claridad que nuestra mirada se dirige hacia el Cristo que viene. Es decir que all que ha venido es mucho más aun el que está por venir, y que, en esa perspectiva, vivimos la fe en orientación hacia el futuro.  Eso implica que estemos realmente en condiciones de xponer de vuelta el mensaje de la fe desde la perspectiva del Cristo que viene.

A menudo, esa condición de Cristo que viene se ha proclamado en formulas que, si bien son verdaderas, al mismo tiempo han envejecido. Ya no hablan a nuestra constelación de vida y, a menudo, han dejado de ser comprensibles para nosotros.  O bien ese Cristo que viene sufre un vaciamiento total y es falseado en el sentido de un tópico moral general del que no proviene nada y que no significa nada.

Por tanto, debemos procurar decir realmente la sustancia en cuanto tal, pero decirla de forma nueva. Jürgen Habermas dijo que es importante que haya teólogos que puedan traducir el tesoro que se conserva en su fe de tal modo que, en el mundo secular, sea una palabra para este mundo. Tal vez él lo entiende de manera algo diferente que nosotros, pero tiene razón en que el proceso interior de traducción de las grandes palabras a la imagen verbal y conceptual de nuestro tiempo está avanzando, pero aun no se ha logrado realmente. Y esto solo puede conseguirse si los hombres viven el cristianismo desde Aquel que vendrá. Solo entonces podrán también expresarlo en palabras. La afirmación, la traducción intelectual, presupone la traducción existencial. En tal sentido son los santos los que viven el ser cristiano en el presente y en el futuro, y a partir de su existencia el Cristo que viene puede también traducirse de modo de hacerse presente en el horizonte de comprensión del mundo secular. Ésta es la gran tara frente a la cual nos encontramos.



Tiempo de conversión – 2 de 3


Con la vista puesta en el fin de los recursos, el fin de una vieja época, el fin de una determinada forma de vida, nuevamente y con toda fuerza tomamos consciencia de la finitud de las cosas en sí mismas, también del fin de la vida en general. Muchos ven ya en los signos de este tiempo el signo de un tiempo final. Advierten que tal vez el mundo no sucumba, pero que se encamina en una nueva dirección. Y que una sociedad enferma, en la que aumentan sobre todo los problemas psíquicos, anhela hasta con animo suplicante sanación y salvación.
¿No habría que reflexionar acerca de si esta nueva orientación puede estar relacionada con el regreso de Cristo?

Benedicto XVI

Como usted dice, lo importante es que existe una necesidad de sanación y que, de alguna manera, se puede entender de nuevo lo que significa salvación. Los hombres reconocen que, si Dios está ausente, la existencia se enferma y el hombre no puede subsistir, que necesita una respuesta que el mismo no es capaz de dar. En tal sentido, este es un tiempo de adviento que ofrece también muchas cosas buenas.

Por ejemplo, la gran comunicación con la que contamos hoy en día puede llevar, por un lado, a una despersonalización total. En este caso no se está más que inmerso en el mar de la comunicación pero no se produce ya encuentro alguno con personas. Por el otro lado, sin embargo, esta comunicación puede constituir también una oportunidad: por ejemplo, de que nos percibamos mutuamente, de que nos encontremos, nos ayudemos, de que salgamos de nosotros mismos.

De ese modo, me parece importante no ver solo lo negativo. Debemos percibir, si, con toda agudeza lo negativo, pero también tenemos que ver todas las oportuniades de bien que sehallan presentes, las esperanzas, las nuevas posibilidades que existen para nuestra ondicon humana. En ultima instancia, para anunciar después lanecesidad del cambio ,que no puede producirsesin una conversión interior.

Que significa eso?

Benedicto XVI:
Esta conversión supone que se coloque nuevamente a Dios en primer término. Entonces, todo cambia. Y que se pregunte por la por las palabras de Dios para dejar que ellas iluminen, como realidades, el interior de la propia vida. Por así decirlo, debemos arriesgarnos nuevamente hacer el experimento con Dios a fin de dejarlo actuar en nuestra sociedad.

Tiempo de conversión - 1 de 3



(de la conversación de Benedicto XVI con Peter Seewald en  Luz del mundo,   el Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos, Herder, 2010, cap 6)

Al comienzo del tercer milenio los pueblos del mundo experimentan un cambio radical de dimensiones hasta ahora inimaginables, en lo económico, lo ecológico y lo social.  Los científicos consideran que la próxima década será decisiva para la subsistencia de este planeta.

Santo Padre, usted mismo utilizó en enero 2009, ante diplomáticos en Roma, estas dramáticas palabras: “hoy más que nunca, nuestro porvenir está en juego, al igual que el destino de nuestro planeta y sus habitantes”.  Si no logramos introducir pronto un cambio de amplias dimensiones, dice en otra parte, aumentará tremendamente el desvalimiento y se estará ante un escenario caótico.  En Fátima, su prédica adquiere ya un tono casi apocalíptico. “el hombre ha sido capaz de desencadenar una corriente de muerte y deterioro que no logra interrumpir”.

Ve usted en los signos de los tiempos señales que cambie el mundo?

Benedicto XVI:
Hay, por supuesto, signos que nos estremecen, que nos intranquilizan. Pero también hay otros signos que pueden servirnos de punto de enlace y darnos esperanzas. Ya hemos hablado extensamente sobre el escenario de terror y de amenaza. Yo agregaría todavía algo más, que me quema especialmente en el alma desde las visitas de los obispos.

Muchísimos obispos, sobre todo de América Latina, me dicen que allá, por donde pasa el corredor del cultivo y del tráfico de droga - y son partes importantes de esos países- ,
Es como si un monstruo malvado hubiese puesto sus manos en el país y corrompiera a los hombres. Creo que esa serpiente del tráfico y consumo de drogas abarca toda la tierra., es un poder que no nos imaginamos como se debe. Destruye a la juventud, destruye a las familias, conduce a la violencia, amenaza el futuro de países enteros.

También esto forma parte de las terribles responsabilidades de Occidente: el hecho de ue necesita drogas y de que, de ese modo, crea países que tienen que suministrárselas, lo que, al final, los desgasta y destruye. Ha surgido una avidez de felicidad que no puede conformarse con lo existente. Y que entonces huye, por así decirlo, al paraíso del demonio, y destruye a su alrededor a los hombres.

A esto se agrega otro problema. No podemos siquiera imaginarnos, dicen los obispos, la destrucción que trae consigo el turismo sexual en nuestra juventud. Se están dando allí procesos extraordinarios de destrucción que han nacido de la arrogancia, del tedio y de la falsa libertad del mundo occidental.

Se ve que el hombre aspira a una alegría infinita, quisiera placer hasta el extremo, quisiera lo infinito. Pero donde no hay Dios, no se le concederá, no puede darse. Entonces, el hombre tiene que crear por si mismo lo falso, el falso infinito.

Es  un signo del tiempo que, precisamente como cristianos, debe desafiarnos de forma urgente. Hemos de poner de manifiesto – y vivir también – que la infinitud que el hombre necesita solo puede provenir de Dios. Que Dios es de primera necesidad para que sea posible resistir las tribulaciones de este tiempo. Que tenemos que movilizar, por asi decirlo, todas las fuerzas del alma y del bien a fin de que en contra de esta acuñación falsa se yerga una verdadera, y de ese modo pueda hacerse saltar el circuito del mal y se lo detenga.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Todos debemos convertirnos cada día



“Todos debemos convertirnos cada día” escribe el Beato Juan Pablo II en su primer Carta a los sacerdotes en 1979, conteniendo conceptos que, en muchos casos, son aplicables a todo el pueblo de Dios.


“Sabemos que ésta es una exigencia fundamental del Evangelio, dirigida a todos los hombres (45), y tanto más debemos considerarla como dirigida a nosotros. Si tenemos el deber de ayudar a los demás a convertirse, lo mismo debemos hacer continuamente en nuestra vida. Convertirse significa retornar a la gracia misma de nuestra vocación, meditar la inmensa bondad y el amor infinito de Cristo, que se ha dirigido a cada uno de nosotros, y llamándonos por nuestro nombre, ha dicho: “Sígueme”. Convertirse quiere decir dar cuenta en todo momento de nuestro servicio, de nuestro celo, de nuestra fidelidad, ante el Señor de nuestros corazones, para que seamos “ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (46). Convertirse significa dar cuenta también de nuestras negligencias y pecados, de la cobardía, de la falta de fe y esperanza, de pensar únicamente “de modo humano y no “divino”…. Convertirse quiere decir para nosotros buscar de nuevo el perdón y la fuerza de Dios en el Sacramento de la reconciliación y así volver a empezar siempre, avanzar cada día, dominarnos, realizar conquistas Espirituales y dar alegremente, porque “Dios ama al que da con alegría"(48) . Convertirse quiere decir “orar en todo tiempo y no desfallecer” (49).
La oración es, en cierta manera; la primera y última condición de la conversión, del progreso Espiritual y de la santidad. Tal vez en los últimos años ‑por lo menos en determinados ambientes se ha discutido demasiado sobre el sacerdocio, sobre la “identidad” del sacerdote, sobre el valor de su presencia en el mundo contemporáneo, etc., y, por el contrario, se ha orado demasiado poco. No ha habido bastante valor para realizar el mismo sacerdocio a través de la oración, para hacer eficaz su auténtico dinamismo evangélico, para confirmar la identidad sacerdotal. Es la oración la que señala el estilo esencial del sacerdocio; sin ella, el estilo se desfigura. La oración nos ayuda a encontrar siempre la luz que nos ha conducido desde el comienzo de nuestra vocación sacerdotal, y que sin cesar nos dirige, aunque alguna vez da la impresión de perderse en la oscuridad. La oración nos permite convertirnos continuamente, permanecer en el estado de constante tensión hacia Dios, que es indispensable si queremos conducir a los demás a El. La oración nos ayuda a creer, a esperar y amar, incluso cuando nos lo dificulta nuestra debilidad humana.
La oración nos consiente, además, nos permite descubrir continuamente las dimensiones de aquel Reino, por cuya venida rezamos cada día, repitiendo las palabras que Cristo nos ha enseñado. En este caso advertimos cuál es nuestro lugar en la realización de esta petición: “Venga tu Reino”, y vemos cómo somos necesarios para que ella se realice. Y tal vez, cuando rezamos, percibiremos con más facilidad aquellos “campos que ya están blanquecinos para la siega” (50), y comprenderemos el significado que tienen las palabras que Cristo pronunció a la vista de los mismos: “Rogar, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (51).La oración debemos unirla a un trabajo continuo sobre nosotros mismos: es la formación permanente…… No podemos conformarnos con lo que hemos aprendido un día en el seminario….. Este proceso de formación intelectual debe continuar durante toda la vida…. debemos ser testimonios de Jesucristo, altamente cualificados. Como maestros de la verdad y de la moral, tenemos que dar cuenta …. de la esperanza que nos vivifica” (53) . Y esto forma parte también del proceso de conversión diaria al amor, a través de la verdad.”