Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 31 de octubre de 2025

La vocación de Karol Wojtyla: El misterio del don contado por el mismo - Ordenación sacerdotal y Primer Misa (re posteo)

 

(capilla del Palacio Arzobispal, Cracovia, calle Franciscanska 3)

 ¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal?  La conoce sobre todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuan indignos somos de ello. La vocación es el misterio de la elección divina: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16).

Dios"nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia" (2 Tm 1, 9).

(…)

Las primeras señales que de alguna manera salieron a luz fueron  durante la visita del Arzobispo Metropolitano de Cracovia, Principe Adam Stefan Sapieha a la parroquia de Wadowice cuando  era estudiante y candidato a estudiar filología polaca.

 

(…)

“En ese período de mi vida la vocación sacerdotal no estaba aún madura, a pesar de que a mi alrededor eran muchos los que creían que debía entrar en el seminario. Y tal vez alguno pudo pensar que, si un joven con tan claras inclinaciones religiosas no entraba en el seminario, era señal de que otros amores o aspiraciones estaban en juego. En efecto, en la escuela tenía muchas compañeras y, comprometido como estaba en el círculo teatral escolar, no faltaban diversas posibilidades de encuentros con chicos y chicas. Sin embargo, el problema no era ese. En aquel tiempo estaba fascinado sobre todo por la literatura, en particular por la dramática, y por el teatro. A este último me había iniciado Mieczyslaw Kotlarczyk, profesor de lengua polaca, mayor que yo en edad. El era un verdadero pionero del teatro de aficionados y tenía grandes ambiciones de un repertorio de calidad…. He de admitir que toda aquella experiencia teatral ha quedado profundamente grabada en mi espíritu, a pesar de que en un cierto momento de mi vida me di cuenta de que, en realidad, no era esa mi vocación.

 

 (…)

 

Sin embargo la preparación para el sacerdocio  fue de algún modo precedida por la que me ofrecieron mis padres con su vida y su ejemplo en familia. Mi reconocimiento es sobre todo para mi padre, que enviudó muy pronto. No había recibido aún la Primera Comunión cuando perdí a mi madre: apenas tenía 9 años. Por eso, no tengo conciencia clara de la contribución, seguramente grande, que ella dio a mi educación religiosa. Después de su muerte y, a continuación, después de la muerte de mi hermano mayor, quedé solo con mi padre que era un hombre profundamente religioso. Podía observar cotidianamente su vida, que era muy austera. Era militar de profesión y, cuando enviudó, su vida fue de constante oración. Sucedía a veces que me despertaba de noche y encontraba a mi padre arrodillado, igual que lo veía siempre en la iglesia parroquial. Entre nosotros no se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su ejemplo fue para mí en cierto modo el primer seminario, una especie de seminario doméstico.

Naturalmente, al referirme a los orígenes de mi vocación sacerdotal, no puedo olvidar la trayectoria mariana. La veneración a la Madre de Dios en su forma tradicional me viene de la familia y de la parroquia de Wadowice. Recuerdo, en la iglesia parroquial, una capilla lateral dedicada a la Madre del Perpetuo Socorro a la cual por la mañana, antes del comienzo de las clases, acudían los estudiantes del instituto. También, al acabar las clases, en las horas de la tarde, iban muchos estudiantes para rezar a la Virgen.

Además, en Wadowice, había sobre la colina un monasterio carmelita, cuya fundación se remontaba a los tiempos de San Rafael Kalinowski. Muchos habitantes de Wadowice acudían allí, y esto tenía su reflejo en la difundida devoción al escapulario de la Virgen del Carmen. También yo lo recibí, creo que cuando tenía diez años, y aún lo llevo. Se iba a los Carmelitas también para las confesiones. De ese modo, tanto en la iglesia parroquial, como en la del Carmen, se formó mi devoción mariana durante los años de la infancia y de la adolescencia hasta la superación del examen final.

 

Durante aquellos años mi confesor y guía espiritual fue el P. Kazimierz Figlewicz. Me encontré con él por primera vez cuando cursaba el primer año de instituto en Wadowice. El P. Figlewicz, que era vicario de la parroquia de Wadowice, nos enseñaba religión. Gracias a él me acerqué a la parroquia, fui monaguillo y en cierto modo organicé el grupo de monaguillos. Cuando dejó Wadowice para ir a la catedral del Wawel, continué manteniendo contacto con él. Recuerdo que, durante el quinto curso del instituto, me invitó a Cracovia para participar en el Triduum Sacrum, que empezaba con el llamado "Oficio de Tinieblas" en la tarde del Miércoles Santo. Fue ésta una experiencia que dejó en mí una huella profunda.

 

Cuando, después del examen final, me trasladé con mi padre a Cracovia, intensifiqué la relación con el P. Figlewicz, que ejercía el cargo de vicecustodio de la catedral. Iba a confesarme con él y, durante la ocupación alemana, muchas veces lo visitaba. Aquel 1 de septiembre de 1939 no se borrará nunca de mi recuerdo: era el primer viernes de mes. Había ido a Wawel para confesarme. La catedral estaba vacía. Fue, quizás, la última vez que pude entrar libremente en el templo. Después fue cerrado. El castillo real de Wawel se convirtió en la sede del Gobernador General Hans Frank. El P. Figlewicz era el único sacerdote que podía celebrar la Santa Misa, dos veces por semana, en la catedral cerrada y bajo la vigilancia de policías alemanes. En aquellos tiempos difíciles fue aún más claro lo que significaban para él la catedral, las tumbas reales, el altar de San Estanislao, obispo y mártir. El P. Figlewicz fue hasta la muerte fiel custodio de aquel particular santuario de la Iglesia y de la Nación, inculcándome un amor grande por el templo del Wawel, que un día llegaría a ser mi catedral episcopal.

Debo nuevamente volver atrás, al período anterior a la entrada en el seminario. En efecto, no puedo omitir el recuerdo de un ambiente y, en éste, de un personaje de quien recibí verdaderamente mucho en ese período. El ambiente era el de mi parroquia, dedicada a San Estanislao de Kostka, en Debniki, Cracovia. La parroquia estaba dirigida por los Padres Salesianos, los cuales un día fueron deportados por los nazis a un campo de concentración. Únicamente quedaron un viejo párroco y el inspector provincial, pues todos los demás fueron internados en Dachau. Creo que el ambiente salesiano ha tenido un papel importante en el proceso de formación de mi vocación. En el ámbito de la parroquia había una persona que se distinguía sobre las demás: me refiero a Jan Tyranowski. Era empleado de profesión, aunque había decidido trabajar en la sastrería de su padre. Afirmaba que su trabajo de sastre le hacía más fácil la vida interior. Era un hombre de una espiritualidad particularmente profunda. Los Padres Salesianos, que en aquel período difícil habían reemprendido con valentía la animación de la pastoral juvenil, le encargaron la tarea de establecer contactos con los jóvenes del círculo del llamado "Rosario vivo''. Jan Tyranowski llevó a cabo esta tarea no ciñéndose únicamente al aspecto organizativo, sino preocupándose también de la formación espiritual de los jóvenes que entraban en contacto con él. Aprendí así los métodos elementales de autoformación que se vieron después confirmados y desarrollados en el proceso educativo del seminario. Tyranowski, que se estaba formando en los escritos de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Ávila, me introdujo en la lectura, extraordinaria para mi edad, de sus obras.

Después, pasados los años de la primera juventud, la cantera de piedra y el depurador de agua en la fábrica de bicarbonato en Borek Falecki se convirtieron para mí en seminario. No se trataba ya únicamente del pre-seminario, como en Wadowice. La fábrica fue para mí, en aquella etapa de mi vida, un verdadero seminario, aunque clandestino. Había comenzado a trabajar en la cantera en septiembre de 1940; un año después pasé al depurador de agua en la fábrica. Fue en aquellos años cuando maduró mi decisión definitiva. En otoño de 1942 comencé los estudios en el seminario clandestino como ex alumno de filología polaca, siendo obrero en la Solvay. No me daba cuenta de la importancia que todo ello tendría para mí. Únicamente más tarde, ya sacerdote, durante los estudios en Roma, conociendo a través de mis compañeros del Colegio Belga el problema de los sacerdotes obreros y el movimiento de la Juventud Obrera Católica (JOC), comprendí que lo que había llegado a ser tan importante para la Iglesia y para el sacerdocio en Occidente -el contacto con el mundo del trabajo- yo lo había ya adquirido en mi experiencia de vida.

La maduración definitiva de mi vocación sacerdotal, como he dicho, tuvo lugar en el período de la segunda guerra mundial, durante la ocupación nazi. ¿Fue una simple coincidencia temporal? o ¿había un nexo más profundo entre lo que maduraba dentro de mí y el contexto histórico? Es difícil responder a tal pregunta. Es cierto que en los planes de Dios nada es casual. Lo que puedo afirmar es que la tragedia de la guerra dio un tinte particular al proceso de maduración de mi opción de vida. Me ayudó a percibir desde una nueva perspectiva el valor y la importancia de la vocación. Ante la difusión del mal y las atrocidades de la guerra era cada vez más claro para mí el sentido del sacerdocio y de su misión en el mundo.

El estallido de la guerra me alejó de los estudios y del ambiente universitario. En aquel período perdí a mí padre, la última persona que me quedaba de los familiares más íntimos. También esto suponía, objetivamente, un proceso de alejamiento de mis proyectos precedentes; en cierto modo era como desarraigarse del suelo en el cual hasta ese momento había crecido mi humanidad.

Pero no se trataba de un proceso únicamente negativo. En efecto, en mi conciencia contemporáneamente se manifestaba cada vez más una luz: el Señor quiere que yo sea sacerdote. Un día lo percibí con mucha claridad: era como una iluminación interior que traía consigo la alegría y la seguridad de una nueva vocación. Y esta conciencia me llenó de gran paz interior.

(El 6 de mayo de 1968 durante una visita a la fabrica de Borek Falecki volveria a admitirlo) :

Esta gran fabrica – la planta química – fue también mi lugar de trabajo por cuatro años durante la ocupación nazi. Durante estos años de ocupación fue aquí que se formo mi llamado al sacerdocio. Primero mi llamado fue formado en la cantera de piedra y más tarde, finalmente, aquí en esta planta de soda, a pasos de esta iglesia.  Y digo “esta” pensando en realidad en “aquella” pues era una pequeña iglesia de madera, en realidad una barraca. Siempre que paso por esta fabrica, y especialmente cuando lo  hago cerca de la sala de calderas lo recuerdo.   

Me pregunto a veces qué papel ha desempeñado en mi vocación la figura del Santo Fray Alberto. Adam Chmielowski -éste era su nombre- no era sacerdote. En la historia de la espiritualidad polaca Fray Alberto ocupa un lugar especial. Para mí su figura fue determinante, porque encontré en él un particular apoyo espiritual y un ejemplo en mi alejamiento del arte, de la literatura y del teatro, por la elección radical de la vocación al sacerdocio. 

(…)

Se me ahorró mucho del grande y horrendo theatrum de la segunda guerra mundial. Cada día hubiera podido ser detenido en casa, en la cantera o en la fábrica para ser llevado a un campo de concentración. A veces me preguntaba: si tantos coetáneos pierden la vida, ¿por que yo no? Hoy sé que no fue una casualidad. En el contexto del gran mal de la guerra, en mi vida personal todo llevaba hacia el bien que era la vocación. No puedo olvidar el bien recibido en aquel difícil período de las personas que el Señor ponía en mi camino, tanto de mi familia como conocidos y compañeros.

(..)

La Providencia me ha ahorrado las experiencias más penosas; por eso es aún más grande mi sentimiento de deuda hacia las personas conocidas, así como también hacia aquellas más numerosas que desconozco, sin diferencia de nación o de lengua, que con su sacrificio sobre el gran altar de la historia han contribuido a la realización de mi vocación sacerdotal.

 

SACERDOTE!


Mi ordenación tuvo lugar en un día insólito para este tipo de celebraciones: fue el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, cuando la liturgia de la Iglesia se dedica totalmente a celebrar el misterio de la comunión de los Santos y se prepara a conmemorar a los fieles difuntos. El Arzobispo eligió ese día porque yo debía partir hacia Roma para proseguir los estudios. Fui ordenado sólo, en la capilla privada de los Arzobispos de Cracovia. Mis compañeros serían ordenados el año siguiente, en el Domingo de Ramos.

 

Había sido ordenado subdiácono y diácono en octubre. Fue un lunes de intensa oración, marcado por los Ejercicios Espirituales con los que me preparé a recibir las Ordenes Sagradas: seis días de Ejercicios antes del subdiaconado, y después tres y seis días antes del diaconado y del presbiterado respectivamente. Los últimos Ejercicios los hice solo en la capilla del seminario. El día de Todos los Santos me presenté por la mañana en la residencia de los Arzobispos de Cracovia, en la calle Franciszkanska 3, para recibir la Ordenación sacerdotal. Asistieron a la ceremonia un pequeño grupo de parientes y amigos. El 1 de noviembre de 1946 fui ordenado sacerdote. 

(cripta san Leonardo)

El día siguiente, en la "Primera Santa Misa" celebrada en la catedral, en la cripta de San Leonardo, el P. Figlewicz, estaba a mi lado y me hacía de asistente. El piadoso Prelado falleció hace algunos años. Sólo el Señor puede compensarlo por todo el bien que de él recibí.

(Fuente: Don y Misterio) 

 


 

jueves, 31 de octubre de 2024

Aquel lejano 1 de noviembre de 1946 – sacerdocio y santificación de vida

 


El 1 de noviembre de 1946, en una pequeña capilla del Arzobispado de Cracovia, según un plan maravillosamente y misteriosamente escrito en el Gran Libro de Dios, un joven diácono fue ordenado sacerdote. El cardenal Sapieha, en su sabiduría clarividente, quiso que Karol Wojtyla fuera ordenado antes que sus demás compañeros, para poder partir hacia Roma, donde continuaría sus estudios de teología.

Juan Pablo II, recordando la fecha elegida por su obispo, reconoce que su ordenación " tuvo lugar en un día inusual para tales celebraciones, la solemnidad de Todos los Santos " (Don y Misterio, página 51). Ese joven sacerdote, que como Papa seguía asombrado por las circunstancias en las que se produjo su ordenación…. ¡No creemos en las coincidencias! En lo ocurrido aquel lejano 1 de noviembre, día de Todos los Santos, no podemos dejar de ver un signo, el comienzo de un sello de Dios sobre una vida que habría sido enteramente una respuesta a la llamada a la santidad


En “Don y Misterio”, Juan Pablo II escribe con firmeza: “¡ El mundo de hoy pide sacerdotes santos! Sólo un sacerdote santo puede llegar a ser, en un mundo cada vez más secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio ". De estas palabras se desprende que para el Papa el significado de cada Ordenación, o mejor dicho, su esencia profunda, reside en ser testigos de Cristo,  incluida una inclinación generosa y solidaria hacia los llamados "últimos". Una capacidad organizativa y creativa excepcional.  No, Juan Pablo II, a partir de su experiencia, estaba convencido de que " el verdadero secreto de los auténticos éxitos pastorales no reside en los medios materiales, y menos aún en los "medios ricos". Los frutos duraderos del esfuerzo pastoral surgen de la santidad del sacerdote. ¡Este es el fundamento !”. Como se ve, sacerdocio y santidad son dos realidades indisolubles en el pensamiento y la vida del Papa. ¿Qué significa esto?

Para responder proponemos el testimonio de una mujer extraordinaria … a quien se dirigía como hermano :  la doctora Wanda Poltawska (que acaba de fallecer) , amiga y "hermana" de Juan Pablo II. La Dra. Poltawska, mujer de profunda fe, después de haber experimentado la crueldad inhumana de los campos de concentración, no pudo evitar hacerse preguntas cruciales sobre el hombre y su destino: ¿cómo es posible que el hombre, imagen de Dios, sea destruido hasta tal punto? ¿Hasta qué punto “desfigurado”? ¿Cómo es posible semejante embrutecimiento de una criatura de Dios contra otra criatura de Dios? ¿Quien es el hombre? Interrogantes tremendos, diríamos, trágicos, profundamente lacerantes. Pues bien, para dar respuesta a todas estas dudas que atormentaban su mente y su alma, recurrió a más sacerdotes, pero fue en vano. Ella misma dice: « Me estaba confesando, y al principio había intentado eliminar mis ansiedades durante la confesión, pero no había recibido la respuesta que buscaba... Una vez, después de mi turno en la sala, cuando me encontré con un problema cuya solución estaba fuera de mis posibilidades y no sabía cómo proceder, fui a la iglesia de los jesuitas, a un sacerdote que estaba en el confesionario. Le pregunté qué debería haber hecho en ese caso específico. El sacerdote me dijo: "Este es tu problema, tú eres médica católica, no yo, es tu conciencia la que debe darte la respuesta". Ni siquiera esperé la absolución, simplemente me levanté y me fui» . (del Diario de una amistad página 36)”

Las dudas persistieron, no se disolvieron, al contrario, escribe, "crecieron". Y todo esto hasta que Wanda (nos permitimos llamarla así por el particular vínculo espiritual que nos une a ella) encuentra la respuesta, " la única verdadera, que el hombre puede entenderse a sí mismo y a los demás sólo en Cristo ". Esta respuesta, recuerda, fue " fruto de muchas horas de oración y meditación, durante los paseos de verano con el pastor de almas, don Karol Wojtyla ".

Lo que llama la atención es la forma en que se desarrolló el encuentro, modalidad que resume espléndidamente la conexión esencial entre sacerdocio y santidad. A Wanda, durante la confesión, no se la escuchó decir: “ven a una reunión; ni siquiera escuchó: "ven a mí". No, don Wojtyla le dijo: " Ven a misa por la mañana, ven todos los días ". Esta invitación contiene toda la esencia de la santidad de un sacerdote que, como siempre nos recuerda el Dr. Poltwaska, " no quiso entregarse a los hombres, sino conducirlos a Cristo ". Ante todo Cristo, ante todo confianza en Aquel sin Quien las respuestas a las preguntas que atormentan al hombre abren abismos que alimentan la ansiedad y la desesperación. Confiar en Cristo significa vivir en la certeza de que Dios está siempre cerca del hombre, redimiendo el mal que, en la Cruz, quiso   redimir mediante el Sacrificio de su Hijo. 

“ La confianza es la medida del amor ”, esto es lo que “aprendió” Wanda Poltwaska caminando por los senderos del bosque, por el camino de toda una existencia. Y si "confiar es la medida del amor", para los dos amigos-hermanos tiene sentido esperar, tiene sentido esforzarse hasta el final para que este amor abrace toda la existencia en su dramática y estupenda concreción. No es casualidad que ambos, y juntos, hayan realizado proyectos, impulsado iniciativas, estimulado conciencias, especialmente en el campo de la pastoral familiar y de la protección de la vida, siempre y en cualquier caso… la apertura de un centro de asesoramiento familiar y de un centro provida en el palacio arzobispal de Cracovia, lugares donde las familias en dificultades pudieron encontrar ayuda real y concreta, pero los momentos de reflexión fueron igualmente importantes. Para entenderlo es bueno narrar un episodio, contado por la propia protagonista. Una tarde, la doctora Poltawska había organizado una reunión para ayudar a las parejas en dificultades. Monseñor Wojtyla intervino con palabras que, por su sencillez, tuvieron efectos quizás inesperados : « Intentad primero haceros un programa mínimo, no destruyáis mutuamente nada en vosotros, y luego comenzaréis a construir, pero para ello intentad rezar juntos. . Sólo hay una salida a esta situación, la puerta de la humildad. Que cada uno de ustedes se arrodille y diga “Es mi culpa”. Mientras digas: "Es tu culpa", no habrá salida ". Estas palabras tuvieron tal impacto en los matrimonios presentes que el promotor de la iniciativa, pensando en aquel primer encuentro, no duda en hablar de " gracia concedida ". Posteriormente, " se organizaron lecciones sobre ética matrimonial que luego Karol Wojtyla incluyó en la Academia Teológica Pontificia bajo la forma de Facultad de Teología de la Familia ..." . Ya entonces estaba en juego la salvación de la familia o, mejor dicho, como dice Wanda Poltwaska, la salvación "de la santidad de la familia". A partir de estas primeras lecciones se desarrolló una red de personas capacitadas para ayudar a los demás, lo que con razón ha Se ha definido el "germen" del "Pontificio Instituto de Estudios sobre el Matrimonio y la Familia", inaugurado en una fecha especial, el 13 de mayo de 1981: incluso en esta circunstancia no hay nada accidental, sino que hay un ulterior sello de Dios, un sello con que la santidad de un sacerdote depende totalmente del seguimiento de Cristo hasta el entregarse, hasta, quisiéramos decir, el martirio.

Por eso, no podemos evitar sentir como nuestras las vibrantes palabras de la Dra. Wanda Poltwaska, palabras que, como escribiría años después Juan Pablo II, establecen la profunda unidad entre sacerdocio y santidad:

Hermano mayor, a través de ti quise amar a Dios con todas mis fuerzas, doy gracias a Dios por tu santidad y tu sacerdocio.

 

(del blog de la prof. Carmela Randone, una amiga en la causa de San Juan Pablo II)

miércoles, 26 de octubre de 2022

La vocación de Karol Wojtyla: El misterio del don contado por el mismo

 

(Cripta san Leonardo, Wawel)

 ¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal?  La conoce sobre todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuan indignos somos de ello. La vocación es el misterio de la elección divina: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16).

Dios"nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia" (2 Tm 1, 9).

(…)

Las primeras señales que de alguna manera salieron a luz fueron  durante la visita del Arzobispo Metropolitano de Cracovia, Principe Adam Stefan Sapieha a la parroquia de Wadowice cuando  era estudiante, candidato a estudiar filología polaca.

 

(…)

“En ese período de mi vida la vocación sacerdotal no estaba aún madura, a pesar de que a mi alrededor eran muchos los que creían que debía entrar en el seminario. Y tal vez alguno pudo pensar que, si un joven con tan claras inclinaciones religiosas no entraba en el seminario, era señal de que otros amores o aspiraciones estaban en juego. En efecto, en la escuela tenía muchas compañeras y, comprometido como estaba en el círculo teatral escolar, no faltaban diversas posibilidades de encuentros con chicos y chicas. Sin embargo, el problema no era ese. En aquel tiempo estaba fascinado sobre todo por la literatura, en particular por la dramática, y por el teatro. A este último me había iniciado Mieczyslaw Kotlarczyk, profesor de lengua polaca, mayor que yo en edad. El era un verdadero pionero del teatro de aficionados y tenía grandes ambiciones de un repertorio de calidad…. He de admitir que toda aquella experiencia teatral ha quedado profundamente grabada en mi espíritu, a pesar de que en un cierto momento de mi vida me di cuenta de que, en realidad, no era esa mi vocación.

 

 (…)

 

Sin embargo la preparación para el sacerdocio  fue de algún modo precedida por la que me ofrecieron mis padres con su vida y su ejemplo en familia. Mi reconocimiento es sobre todo para mi padre, que enviudó muy pronto. No había recibido aún la Primera Comunión cuando perdí a mi madre: apenas tenía 9 años. Por eso, no tengo conciencia clara de la contribución, seguramente grande, que ella dio a mi educación religiosa. Después de su muerte y, a continuación, después de la muerte de mi hermano mayor, quedé solo con mi padre que era un hombre profundamente religioso. Podía observar cotidianamente su vida, que era muy austera. Era militar de profesión y, cuando enviudó, su vida fue de constante oración. Sucedía a veces que me despertaba de noche y encontraba a mi padre arrodillado, igual que lo veía siempre en la iglesia parroquial. Entre nosotros no se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su ejemplo fue para mí en cierto modo el primer seminario, una especie de seminario doméstico.

Naturalmente, al referirme a los orígenes de mi vocación sacerdotal, no puedo olvidar la trayectoria mariana. La veneración a la Madre de Dios en su forma tradicional me viene de la familia y de la parroquia de Wadowice. Recuerdo, en la iglesia parroquial, una capilla lateral dedicada a la Madre del Perpetuo Socorro a la cual por la mañana, antes del comienzo de las clases, acudían los estudiantes del instituto. También, al acabar las clases, en las horas de la tarde, iban muchos estudiantes para rezar a la Virgen.

Además, en Wadowice, había sobre la colina un monasterio carmelita, cuya fundación se remontaba a los tiempos de San Rafael Kalinowski. Muchos habitantes de Wadowice acudían allí, y esto tenía su reflejo en la difundida devoción al escapulario de la Virgen del Carmen. También yo lo recibí, creo que cuando tenía diez años, y aún lo llevo. Se iba a los Carmelitas también para las confesiones. De ese modo, tanto en la iglesia parroquial, como en la del Carmen, se formó mi devoción mariana durante los años de la infancia y de la adolescencia hasta la superación del examen final.

Durante aquellos años mi confesor y guía espiritual fue el P. Kazimierz Figlewicz. Me encontré con él la primera vez cuando cursaba el primer año de instituto en Wadowice. El P. Figlewicz, que era vicario de la parroquia de Wadowice, nos enseñaba religión. Gracias a él me acerqué a la parroquia, fui monaguillo y en cierto modo organicé el grupo de monaguillos. Cuando dejó Wadowice para ir a la catedral del Wawel, continué manteniendo contacto con él. Recuerdo que, durante el quinto curso del instituto, me invitó a Cracovia para participar en el Triduum Sacrum, que empezaba con el llamado "Oficio de Tinieblas" en la tarde del Miércoles Santo. Fue ésta una experiencia que dejó en mí una huella profunda.

Cuando, después del examen final, me trasladé con mi padre a Cracovia, intensifiqué la relación con el P. Figlewicz, que ejercía el cargo de vicecustodio de la catedral. Iba a confesarme con él y, durante la ocupación alemana, muchas veces lo visitaba. Aquel 1 de septiembre de 1939 no se borrará nunca de mi recuerdo: era el primer viernes de mes. Había ido a Wawel para confesarme. La catedral estaba vacía. Fue, quizás, la última vez que pude entrar libremente en el templo. Después fue cerrado. El castillo real de Wawel se convirtió en la sede del Gobernador General Hans Frank. El P. Figlewicz era el único sacerdote que podía celebrar la Santa Misa, dos veces por semana, en la catedral cerrada y bajo la vigilancia de policías alemanes. En aquellos tiempos difíciles fue aún más claro lo que significaban para él la catedral, las tumbas reales, el altar de San Estanislao, obispo y mártir. El P. Figlewicz fue hasta la muerte fiel custodio de aquel particular santuario de la Iglesia y de la Nación, inculcándome un amor grande por el templo del Wawel, que un día llegaría a ser mi catedral episcopal.

Debo nuevamente volver atrás, al período anterior a la entrada en el seminario. En efecto, no puedo omitir el recuerdo de un ambiente y, en éste, de un personaje de quien recibí verdaderamente mucho en ese período. El ambiente era el de mi parroquia, dedicada a San Estanislao de Kostka, en Debniki, Cracovia. La parroquia estaba dirigida por los Padres Salesianos, los cuales un día fueron deportados por los nazis a un campo de concentración. Únicamente quedaron un viejo párroco y el inspector provincial, pues todos los demás fueron internados en Dachau. Creo que el ambiente salesiano ha tenido un papel importante en el proceso de formación de mi vocación. En el ámbito de la parroquia había una persona que se distinguía sobre las demás: me refiero a Jan Tyranowski. Era empleado de profesión, aunque había decidido trabajar en la sastrería de su padre. Afirmaba que su trabajo de sastre le hacía más fácil la vida interior. Era un hombre de una espiritualidad particularmente profunda. Los Padres Salesianos, que en aquel período difícil habían reemprendido con valentía la animación de la pastoral juvenil, le encargaron la tarea de establecer contactos con los jóvenes del círculo del llamado "Rosario vivo''. Jan Tyranowski llevó a cabo esta tarea no ciñéndose únicamente al aspecto organizativo, sino preocupándose también de la formación espiritual de los jóvenes que entraban en contacto con él. Aprendí así los métodos elementales de autoformación que se vieron después confirmados y desarrollados en el proceso educativo del seminario. Tyranowski, que se estaba formando en los escritos de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Ávila, me introdujo en la lectura, extraordinaria para mi edad, de sus obras.

 

 

Después, pasados los años de la primera juventud, la cantera de piedra y el depurador del agua en la fábrica de bicarbonato en Borek Falecki se convirtieron para mí en seminario. No se trataba ya únicamente del pre-seminario, como en Wadowice. La fábrica fue para mí, en aquella etapa de mi vida, un verdadero seminario, aunque clandestino. Había comenzado a trabajar en la cantera en septiembre de 1940; un año después pasé al depurador de agua en la fábrica. Fue en aquellos años cuando maduró mi decisión definitiva. En otoño de 1942 comencé los estudios en el seminario clandestino como ex alumno de filología polaca, siendo obrero en la Solvay. No me daba cuenta de la importancia que todo ello tendría para mí. Únicamente más tarde, ya sacerdote, durante los estudios en Roma, conociendo a través de mis compañeros del Colegio Belga el problema de los sacerdotes obreros y el movimiento de la Juventud Obrera Católica (JOC), comprendí que lo que había llegado a ser tan importante para la Iglesia y para el sacerdocio en Occidente -el contacto con el mundo del trabajo- yo lo había ya adquirido en mi experiencia de vida.

La maduración definitiva de mi vocación sacerdotal, como he dicho, tuvo lugar en el período de la segunda guerra mundial, durante la ocupación nazi. ¿Fue una simple coincidencia temporal? o ¿había un nexo más profundo entre lo que maduraba dentro de mí y el contexto histórico? Es difícil responder a tal pregunta. Es cierto que en los planes de Dios nada es casual. Lo que puedo afirmar es que la tragedia de la guerra dio un tinte particular al proceso de maduración de mi opción de vida. Me ayudó a percibir desde una nueva perspectiva el valor y la importancia de la vocación. Ante la difusión del mal y las atrocidades de la guerra era cada vez más claro para mí el sentido del sacerdocio y de su misión en el mundo.

El estallido de la guerra me alejó de los estudios y del ambiente universitario. En aquel período perdí a mí padre, la última persona que me quedaba de los familiares más íntimos. También esto suponía, objetivamente, un proceso de alejamiento de mis proyectos precedentes; en cierto modo era como desarraigarse del suelo en el cual hasta ese momento había crecido mi humanidad.

Pero no se trataba de un proceso únicamente negativo. En efecto, en mi conciencia contemporáneamente se manifestaba cada vez más una luz: el Señor quiere que yo sea sacerdote. Un día lo percibí con mucha claridad: era como una iluminación interior que traía consigo la alegría y la seguridad de una nueva vocación. Y esta conciencia me llenó de gran paz interior.

(El 6 de mayo de 1968 durante una visita a la fabrica de Borek Falecki volveria a admitirlo) :

Esta gran fabrica – la planta química – fue también mi lugar de trabajo por cuatro años durante la ocupación nazi. Durante estos años de ocupación fue aquí que se formo mi llamado al sacerdocio. Primero mi llamado fue formado en la cantera de piedra y más tarde, finalmente, aquí en esta planta de soda, a pasos de esta iglesia.  Y digo “esta” pensando en realidad en “aquella” pues era una pequeña iglesia de madera, en realidad una barraca. Siempre que paso por esta fabrica, y especialmente cuando lo  hago cerca de la sala de calderas lo recuerdo.   

Me pregunto a veces qué papel ha desempeñado en mi vocación la figura del Santo Fray Alberto. Adam Chmielowski -éste era su nombre- no era sacerdote. En la historia de la espiritualidad polaca Fray Alberto ocupa un lugar especial. Para mí su figura fue determinante, porque encontré en él un particular apoyo espiritual y un ejemplo en mi alejamiento del arte, de la literatura y del teatro, por la elección radical de la vocación al sacerdocio. 

(…)

Se me ahorró mucho del grande y horrendo theatrum de la segunda guerra mundial. Cada día hubiera podido ser detenido en casa, en la cantera o en la fábrica para ser llevado a un campo de concentración. A veces me preguntaba: si tantos coetáneos pierden la vida, ¿por que yo no? Hoy sé que no fue una casualidad. En el contexto del gran mal de la guerra, en mi vida personal todo llevaba hacia el bien que era la vocación. No puedo olvidar el bien recibido en aquel difícil período de las personas que el Señor ponía en mi camino, tanto de mi familia como conocidos y compañeros.

(..)

La Providencia me ha ahorrado las experiencias más penosas; por eso es aún más grande mi sentimiento de deuda hacia las personas conocidas, así como también hacia aquellas más numerosas que desconozco, sin diferencia de nación o de lengua, que con su sacrificio sobre el gran altar de la historia han contribuido a la realización de mi vocación sacerdotal.

SACERDOTE!



Mi ordenación tuvo lugar en un día insólito para este tipo de celebraciones: fue el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, cuando la liturgia de la Iglesia se dedica totalmente a celebrar el misterio de la comunión de los Santos y se prepara a conmemorar a los fieles difuntos. El Arzobispo eligió ese día porque yo debía partir hacia Roma para proseguir los estudios. Fui ordenado sólo, en la capilla privada de los Arzobispos de Cracovia. Mis compañeros serían ordenados el año siguiente, en el Domingo de Ramos.

Había sido ordenado subdiácono y diácono en octubre. Fue un lunes de intensa oración, marcado por los Ejercicios Espirituales con los que me preparé a recibir las Ordenes Sagradas: seis días de Ejercicios antes del subdiaconado, y después tres y seis días antes del diaconado y del presbiterado respectivamente. Los últimos Ejercicios los hice solo en la capilla del seminario. El día de Todos los Santos me presenté por la mañana en la residencia de los Arzobispos de Cracovia, en la calle Franciszkanska 3, para recibir la Ordenación sacerdotal. Asistieron a la ceremonia un pequeño grupo de parientes y amigos. El 1de noviembre de 1946 fui ordenado sacerdote. El día siguiente, en la "Primera Santa Misa" celebrada en la catedral, en la cripta de San Leonardo, el P. Figlewicz, estaba a mi lado y me hacía de asistente. El piadoso Prelado falleció hace algunos años. Sólo el Señor puede compensarlo por todo el bien que de él recibí.

(Fuente: Don y Misterio) 

 

lunes, 1 de noviembre de 2021

75 años de la ordenación sacerdotal de Karol Wojtyla

 


Se cumplen hoy 75 años de la ordenación sacerdotal de Karol Wojtyla / Papa Juan Pablo II. Que mejor que recordar sus propias palabras de aquel día tan especial en su vida y en la vida de la Iglesia polaca y el mundo todo:

“Mi ordenación tuvo lugar en un día insólito para este tipo de celebraciones: fue el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, cuando la liturgia de la Iglesia se dedica totalmente a celebrar el misterio de la comunión de los Santos y se prepara a conmemorar a los fieles difuntos. El Arzobispo eligió ese día porque yo debía partir hacia Roma para proseguir los estudios. Fui ordenado sólo, en la capilla privada de los Arzobispos de Cracovia. Mis compañeros serían ordenados el año siguiente, en el Domingo de Ramos.

 Había sido ordenado subdiácono y diácono en octubre. Fue un lunes de intensa oración, marcado por los Ejercicios Espirituales con los que me preparé a recibir las Ordenes Sagradas: seis días de Ejercicios antes del subdiaconado, y después tres y seis días antes del diaconado y del presbiterado respectivamente. Los últimos Ejercicios los hice solo en la capilla del seminario. El día de Todos los Santos me presenté por la mañana en la residencia de los Arzobispos de Cracovia, en la calle Franciszkanska 3, para recibir la Ordenación sacerdotal. Asistieron a la ceremonia un pequeño grupo de parientes y amigos.

 El lugar de mi Ordenación, como he dicho, fue la capilla privada de los Arzobispos de Cracovia. Recuerdo que durante la ocupación iba allí con frecuencia por la mañana para ayudar en la Santa Misa al Príncipe Metropolitano. Recuerdo también que durante un cierto período venía conmigo otro seminarista clandestino, Jerzy Zachuta. Un día él no se presentó. Cuando después de la Misa fui a su casa, en Ludwinów, en Debniki, supe que durante la noche había sido detenido por la Gestapo. Inmediatamente después, su apellido apareció en la lista de polacos destinados a ser fusilados. Habiendo sido ordenado en aquella misma capilla que nos había visto juntos tantas veces, recordaba a este hermano en la vocación sacerdotal al cual Cristo había unido de otro modo al misterio de su muerte y resurrección.

 Me veo así, en aquella capilla durante el canto del Veni, Creator Spiritus y de las Letanías de los Santos, mientras, extendido en forma de Cruz en el suelo, esperaba el momento de la imposición de las manos. ¡Un momento emocionante! Después he tenido ocasión de presidir como Obispo y como Papa este rito. Hay algo de impresionante en la postración de los ordenandos: es el símbolo de su total sumisión ante la majestad de Dios y a la vez de su total disponibilidad a la acción del Espíritu Santo, que desciende sobre ellos como artífice de su consagración. Veni, Creator Spiritus, mentes tuorum visita, imple superna gratia quae Tu creasti pectora.  Al igual que en la Santa Misa el Espíritu Santo es el autor de la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, así en el sacramento del Orden es el artífice de la consagración sacerdotal o episcopal. El obispo, que confiere el sacramento del Orden, es el dispensador humano del misterio divino. La imposición de las manos es continuación del gesto ya practicado en la Iglesia primitiva para indicar el don del Espíritu Santo en vista de una misión determinada (cf. Hch 6, 6; 8, 17; 13, 3). Pablo lo utiliza con su discípulo Timoteo (cf. 2 Tm 1, 6; 1 Tm 4, 14.) y el gesto queda en la Iglesia (cf. 1 Tm5, 22) como signo eficaz de la presencia operante del Espíritu Santo en el sacramento del Orden.

 Quien se dispone a recibir la sagrada Ordenación se postra totalmente y apoya la frente sobre el suelo del templo, manifestando así su completa disponibilidad para asumir el ministerio que le es confiado. Este rito ha marcado profundamente mi existencia sacerdotal. Años más tarde, en la Basílica de San Pedro -estábamos al principio del Concilio- recordando el momento de la Ordenación sacerdotal, escribí una poesía de la cual quiero citar aquí un fragmento.

 "Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el Suelo sobre el que caminan los otros... para llegar allá donde guías sus pasos...Quieres ser Aquél que sostiene los pasos, como la roca sostiene el caminar ruidoso de un rebaño: Roca es también el suelo de un templo gigantesco. Y el pasto es la Cruz'' 

(Iglesia: Los Pastores y las Fuentes. Basílica de San Pedro, otoño de 1962: 11.X - 8.XII, El Suelo)

 

Al escribir estas palabras pensaba tanto en Pedro como en toda la realidad del sacerdocio ministerial, tratando de subrayar el profundo significado de esta postración litúrgica. En ese yacer por tierra en forma de Cruz antes de la Ordenación, acogiendo en la propia vida -como Pedro- la Cruz de Cristo y haciéndose con el Apóstol "suelo" para los hermanos, está el sentido más profundo de toda la espiritualidad sacerdotal.

 

(Fuente: Juan Pablo II: Don y Misterio)

 


sábado, 1 de noviembre de 2008

Aquel 1ro de noviembre de 1946 de Karol Wojtyla

Hoy 1ro de noviembre, Fiesta de todos los Santos, recordamos con inmenso cariño y gratitud aquel 1ro de noviembre de 1946 que Karol Wojtyla se convertía en administrador de los “misterios de Dios” en la capilla privada del Arzobispado de Cracovia.
“El día de Todos los Santos me presenté por la mañana en la residencia de los Arzobispos de Cracovia, en la calle Franciszkanska 3, para recibir la Ordenación sacerdotal. Asistieron a la ceremonia un pequeño grupo de parientes y amigos” dice en Don y Misterio Juan Pablo II.
"Veni, Creator Spiritus!" “Me veo así, en aquella capilla durante el canto del Veni, Creator Spiritus y de las Letanías de los Santos, mientras, extendido en forma de Cruz en el suelo, esperaba el momento de la imposición de las manos. ¡Un momento emocionante! Después he tenido ocasión de presidir como Obispo y como Papa este rito. Hay algo de impresionante en la postración de los ordenandos: es el símbolo de su total sumisión ante la majestad de Dios y a la vez de su total disponibilidad a la acción del Espíritu Santo, que desciende sobre ellos como artífice de su consagración.
Veni, Creator Spiritus, mentes tuorum visita, imple superna gratia quae Tu creasti pectora.
Al igual que en la Santa Misa el Espíritu Santo es el autor de la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, así en el sacramento del Orden es el artífice de la consagración sacerdotal o episcopal. El obispo, que confiere el sacramento del Orden, es el dispensador humano del misterio divino. La imposición de las manos es continuación del gesto ya practicado en la Iglesia primitiva para indicar el don del Espíritu Santo en vista de una misión determinada (cf. Hch 6, 6; 8, 17; 13, 3). Pablo lo utiliza con su discípulo Timoteo (cf. 2 Tm 1, 6; 1 Tm 4, 14.) y el gesto queda en la Iglesia (cf. 1 Tm 5, 22) como signo eficaz de la presencia operante del Espíritu Santo en el sacramento del Orden.
El suelo Quien se dispone a recibir la sagrada Ordenación se postra totalmente y apoya la frente sobre el suelo del templo, manifestando así su completa disponibilidad para asumir el ministerio que le es confiado. Este rito ha marcado profundamente mi existencia sacerdotal. Añas más tarde, en la Basílica de San Pedro -estábamos al principio del Concilio- recordando el momento de la Ordenación sacerdotal, escribí una poesía de la cual quiero citar aquí un fragmento: "Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el Suelo sobre el que caminan los otros... para llegar allá donde guías sus pasos...Quieres ser Aquél que sostiene los pasos, como la roca sostiene el caminar ruidoso de un rebaño: Roca es también el suelo de un templo gigantesco. Y el pasto es la Cruz''. (Iglesia: Los Pastores y las Fuentes. Basílica de San Pedro, otoño de 1962: 11.X - 8.XII, El Suelo) Al escribir estas palabras pensaba tanto en Pedro como en toda la realidad del sacerdocio ministerial, tratando de subrayar el profundo significado de esta postración litúrgica. En ese yacer por tierra en forma de Cruz antes de la Ordenación, acogiendo en la propia vida -como Pedro- la Cruz de Cristo y haciéndose con el Apóstol "suelo" para los hermanos, está el sentido más profundo de toda la espiritualidad sacerdotal”
Don y Misterio - Juan Pablo II
Invito visitar mi entrada anterior: Ordenación sacerdotal de Karol Wojtyla

jueves, 1 de noviembre de 2007

Ordenación sacerdotal de Karol Wojtyla

su fiel secretario , el ahora Cardenal Stanislaw Dziwisz, oficiando Misa en la capilla del Palacio Arzobispal recientemente.
"Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec" (5, 5-6) ...

Karol Wojtyla fue ordenado sacerdote el 1ro de noviembre de 1946 en la capilla privada del Arzobispado de Cracovia, Franciskanska 3. Para adentrarnos en el origen y el misterio de su vocación debemos leer y releer su libro DON Y MISTERIO no solo palabra por palabra, sino cuidadosamente entre lineas y así saborear el inmenso cariño y respeto que emanan sus palabras,

Todo lo que digo aquí, más allá de los acontecimientos históricos, pertenece a mis raíces más profundas, a mi experiencia más íntima” preguntandose ¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? Y respondiendo “ La conoce sobre todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre”
Recordamos y elevamos un profundo agradecimiento :

A la familia por el ejemplo de sus padres y su hermano en su hogar, escuela de oración, seminario doméstico,
A la Divina Providencia por haberle dado la posibilidad de conocer como “seminarista-obrero” el arduo trabajo manual en la fábrica Solvay, en la cantera de piedra y en la fabrica de Borek Falecki, y entender “que toda la grandeza del trabajo bien hecho es grandeza del hombre…”A su parroquia de Debniki, en Cracovia y a los salesianos “que han tenido un papel importante en el proceso de formación de mi vocación”, donde conoció a Jan Tyranowski, “un hombre de esiritualidad particularmente profunda”, quien lo introdujera en la lectura de los escritos de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Ávila y entusiasmara por el “Rosario vivo''
Al Carmelo de Wadowice ,donde recibió el escapulario de la Virgen del Carmen cuando tenia diez años y lo llevó siempre , y también al de Cracovia, Karol Wojtyla habia considerado entrar en el Carmelo pero la Divina Providencia tenia otros planes.
A los profesores de la Universidad Jagielonska, donde se inscribió en mayo de 1938 para estudiar filología. Alli, fascinado por la lengua, se “introdujo en el misterio mismo de la palabra…...al insondable misterio de Dios mismo….” estudios que lo llevaron a la filosofia y a la teología bajo la conducción de profesores eminentes como el P. Wladyslaw Wicher, (teología moral), y el P. Ignacy Rózycki, (teología dogmática).
Al Arzobispo Adam Sapieha, Metropolitano de Cracovia, más tarde Cardenal, a quien Wojtyla recuerda “emocionado y agradecido”. Sapieha intuyó sus dotes, su talento, su profundidad, su búsqueda de Dios… y lo apoyó y guió en todo momento.
Al rector del seminario clandestino de Cracovia, el P. Jan Piwowarczyk. A sus compañeros de este seminario peculiar. Al padre Stanislaw Smolenski, que seria su Padre espiritual. Al prefecto el P. Kazimierz Klósak, profesor de filosofía. Al padre Karol Kozlowski de Wadowice, que luego sustituyó al P. Jan Piwowarczyk como Rector del seminario, “por medio de los cuales Dios me ha hecho oír su voz”A los sacerdotes de la parroquia de Raciborowice (su parroquia-escuela) junto al parroco Jozef Jamróz y los sacerdotes Franciszek Szymonek, y Adam Biela, que recuerda con cariño en su libro Don y Misterio por haberle hecho “conocer la vida cristiana de toda la parroquia” en el lugar donde mas tarde se levantó Nowa Huta. Alli comenzó a escribir el trabajo sobre San Juan de la Cruz que continuo luego bajo la dirección del P Ignacy Rózycki, profesor en la Universidad de Cracovia apenas fue abierta de nuevo y completó en el Angelicum, bajo la guía del P. Prof. Garrigou Lagrange
Al padre Kazimierz Figlewicz , vicario de Wadowice , mas tarde vicecustodio de la catedral de Wawel su maestro de religion, durante años su confesor y guia espiritual y quien le inculcó el gram amor por el templo de Wawel, cuando ya Karol se habia mudado a Cracovia.