Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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jueves, 11 de abril de 2019

Juan Pablo II y la oración (4 de 4) – La Liturgia de las Horas (3) Salmos y cánticos



La “energía del Espiritu Santo”
En la Audiencia General del miércoles 4 de abril de 2001, antes de comentar el comentario de los salmos y cánticos de las Laudes, el Siervo de Dios Juan Pablo II continuaba con la reflexión introductoria iniciada en la catequesis anterior invitándonos a redescubrir también nosotros como “la Iglesia fue definiendo progresivamente este compromiso específico suyo de oración realizada de acuerdo con las diversas fases del día” invitándonos para ello “remontarnos a los primeros tiempos de la comunidad apostólica”
“Al cantar los salmos – expresa Juan Pablo II - el cristiano experimenta una especie de sintonía entre el Espíritu presente en las Escrituras y el Espíritu que habita en él por la gracia bautismal.
 Más que orar con sus propias palabras, se hace eco de los "gemidos inenarrables" de los que habla san Pablo (cf. Rm 8, 26), con los cuales el Espíritu del Señor impulsa a los creyentes a unirse a la invocación característica de Jesús: "¡Abbá, Padre!" (Rm 8, 15; Ga 4, 6)”. “Tan seguros estaban los antiguos monjes de esta verdad – continuaba Juan Pablo II - que ni se preocupaban de cantar los salmos en su lengua materna, les bastaba la convicción de que eran, de algún modo, "órganos" del Espíritu Santo. Estaban convencidos de que por su fe los versículos de los salmos les proporcionaban una "energía" particular del Espíritu Santo.
Invito visitar el Directorio Franciscano con enlaces a todas las catequesis de la serie de  Salmos y cánticos de Juan Pablo II, con comentarios adicionales.

viernes, 8 de enero de 2016

Cuando recéis no uséis muchas palabras…

(fotografía de Taize)


“No se trata de las muchas palabras, sino de la apertura del corazón en el Espíritu Santo al Padre. Con este mismo espíritu nos habla san Pablo, que llama a un incesante agradecimiento al Padre por todo. La oración no se mide por la cantidad de palabras que tendrían que «asegurar» que las peticiones sean escuchadas, sino precisamente por este agradecimiento por todo. La oración paulina es ante todo contemplación del obrar de Dios en nosotros y en todo. A la vez, es una oración «realista», sin optimismo «eufórico».

El agradecimiento paulino se refiere no al pasado, sino al presente; es por aquello que el Padre obra continuamente por el poder de la Redención de Cristo. La oración de nuestra vida, y la vida de nuestra oración. Pues somos «colaboradores de Dios».

La oración paulina se asemeja a la oración del propio Cristo. Es un agradecimiento eterno que brota del corazón humano. Igualmente la imploración que se encierra en la oración de Cristo, se expresa en forma de agradecimiento.”


(Juan Pablo II de JUAN PABLO II – Estoy en tus manos – Cuadernos Personales 1962-2003, pág. 366 publicado por Planeta, 2014)

sábado, 7 de diciembre de 2013

7 de diciembre Jornada de ayuno y oración en la Argentina ante la “tiniebla” de la droga (2 de 2)


En esta Jornada de ayuno y oración recordamos las palabras del Papa Francisco en la homilía de la Misa en la Casa de Santa Marta el viernes pasado.

“La oración – decía el Papa -  tiene dos actitudes: es “necesaria” y al mismo tiempo es “segura” del hecho que Dios, en sus tiempos y en sus modos, escuchará la necesidad. 

La oración, cuando es verdaderamente cristiana, oscila entre la necesidad que contiene siempre y la certidumbre de ser escuchada, aunque no se sepa con exactitud cuándo. Esto porque quien reza no teme disturbar a Dios y nutre una confianza ciega en su amor de Padre….. Porque el mismo Jesús nos ha enseñado a orar como “el amigo fastidioso” que pide comida a medianoche, o como “la viuda con el juez corrupto”.



“No sé si quizás esto suena mal – agregaba el Santo Padre -  pero rezar es un poco molestar a Dios, para que nos escuche. Pero, el Señor lo dice: como el amigo a medianoche, como la viuda al juez… Es atraer los ojos, atraer el corazón de Dios hacia nosotros… Y esto lo han hecho aquellos leprosos que se le acercaron: ‘Si quieres, puedes sanarnos!’. Lo han hecho con una cierta seguridad. Así, Jesús nos enseña a rezar. Cuando nosotros rezamos, a veces pensamos: ‘Pero, si, yo digo esta es mi necesidad, le digo al Señor una, dos, tres veces, pero no con tanta fuerza. Después me canso de pedirlo y me olvido de pedirlo’. ´Éstos gritaban y no se cansaban de gritar’. Jesús nos dice: ‘Pidan’, pero también nos dice: ‘Llamen a la puerta’, y quien llama a la puerta hace ruido, disturba, da fastidio”.
Insistencia hasta el límite del fastidio. Pero también una inquebrantable certidumbre. Los ciegos del Evangelio son aún un ejemplo. “Se sienten  seguros de pedir al Señor la salud”, porque a la pregunta de Jesús si creen que Él pueda curarlos, ellos responden: “¡Sí, Señor, creemos, estamos seguros!”: 
“Y la oración tiene estas dos actitudes: es necesaria y es segura. Oración necesaria siempre: la oración, cuando nosotros pedimos alguna cosa, es necesaria: 'tengo esta necesidad, escúchame, Señor'. Pero también, cuando es verdadera, es segura: ‘¡Escúchame! Yo creo que tú puedes hacerlo porque tú lo has prometido’”.
“Él lo ha prometido”: he aquí la piedra angular sobre la que se apoya la certidumbre de una oración. “Con esta seguridad decíamos al Señor nuestras necesidades, pero seguros que Él pueda hacerlo”. Rezar, dice, es sentirse preguntar por Jesús la pregunta a los dos ciegos: “¿Tú crees que yo pueda hacer esto?”:
“Él puede hacerlo. Cuando lo hará, como lo hará no lo sabemos. Esta es la seguridad de la oración. La necesidad de decirla con verdad, al Señor. ‘Soy ciego, Señor. Tengo esta necesidad. Tengo esta enfermedad. Tengo este pecado. Tengo este dolor…’, pero siempre la verdad, como son las cosas. Y Él siente la necesidad, pero siente que pedimos su intervención con seguridad. Pensemos si nuestra oración es necesaria y es segura: necesaria, porque decimos la verdad a nosotros mismos, y segura, porque creemos que el Señor puede hacer aquello que le pedimos”.

Fuente :  News. Va 

sábado, 3 de septiembre de 2011

La santidad, savia vital de la misión de Juan Pablo II (3) La santidad y la oración en Novo Millennio Ineunte

La oración





“Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración. El Año jubilar ha sido un año de oración personal y comunitaria más intensa. Pero sabemos bien que rezar tampoco es algo que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar, como aprendiendo de nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro, como los primeros discípulos: « Señor, enséñanos a orar » (Lc 11,1). En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: « Permaneced en mí, como yo en vosotros » (Jn 15,4). Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica. Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre. Aprender esta lógica trinitaria de la oración cristiana, viviéndola plenamente ante todo en la liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial,17 pero también de la experiencia personal, es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas.
33. ¿No es acaso un « signo de los tiempos » el que hoy, a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar? También las otras religiones, ya presentes extensamente en los territorios de antigua cristianización, ofrecen sus propias respuestas a esta necesidad, y lo hacen a veces de manera atractiva. Nosotros, que tenemos la gracia de creer en Cristo, revelador del Padre y Salvador del mundo, debemos enseñar a qué grado de interiorización nos puede llevar la relación con él.
La gran tradición mística de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, puede enseñar mucho a este respecto. Muestra cómo la oración puede avanzar, como verdadero y propio diálogo de amor, hasta hacer que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado, sensible al impulso del Espíritu y abandonada filialmente en el corazón del Padre. Entonces se realiza la experiencia viva de la promesa de Cristo: « El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él » (Jn 14,21). Se trata de un camino sostenido enteramente por la gracia, el cual, sin embargo, requiere un intenso compromiso espiritual que encuentra también dolorosas purificaciones (la « noche oscura »), pero que llega, de tantas formas posibles, al indecible gozo vivido por los místicos como « unión esponsal ». ¿Cómo no recordar aquí, entre tantos testimonios espléndidos, la doctrina de san Juan de la Cruz y de santa Teresa de Jesús?
Sí, queridos hermanos y hermanas, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas « escuelas de oración », donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el « arrebato del corazón. Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios.18 "”

jueves, 1 de septiembre de 2011

La santidad, savia vital de la misión de Juan Pablo II (1)

La santidad fue la savia vital de la misión de Juan Pablo II, algo imprescindible, natural…este gran Papa consumió toda su vida para mostrarnos con su sencillez y su humanidad que la santidad es accesible a todos y que debe ser la prioridad absoluta para cada hombre

(Francesco Indelicato, Editorial de Totus Tuus nro beatificación).



¡No tengáis miedo a ser santos!
ese llamado insistente de Juan Pablo II a la santidad, “dimensión que expresa mejor el misterio de la Iglesia”; y que “representa al vivo el rostro de Cristo” no fue un llamado ignoto, casual, dirigido a una minoría cristiana o a una Iglesia particular. Nada de eso, fue un llamado claro y preciso a todo el pueblo d Dios.
Desde aquel primer mensaje del 22 de octubre de 1978 Invitándonos a dar un paso decisivo “¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!.... ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!” no cesó de recordarnos que todo cristiano está llamado a la santidad.




Fiel a la consigna principal de Concilio Vaticano II, a todos los hijos e hijas de la Iglesia, nos recordaba que “esa “ « vocación universal a la santidad » ese « alto grado » de la vida cristiana ordinaria” ese “don de santidad” personal que se da a cada bautizado” hay que descubrirlo, agregaba que “También es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona” y “para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración”


Y fue a los jóvenes a quienes no se canso de invitar e insistir acerca de la santidad en sus diferentes Mensajes, discursos u homilías:

En la homilía en Monte del Gozo en 1989
¡No tengáis miedo a ser santos! Esta es la libertad con la que Cristo nos ha liberado (cf. Gál 5, 1). No como la prometen con ilusión y engaño los poderes de este mundo: una autonomía total, una ruptura de toda pertenencia en cuanto criaturas e hijos, una afirmación de autosuficiencia, que nos deja indefensos ante nuestros límites y debilidades, solos en la cárcel de nuestro egoísmo, esclavos del «espíritu de este mundo», condenados a la «servidumbre de la corrupción» (Rm 8, 21).

en Manila en 1995
“Es tiempo de comprometeros más plenamente en seguir a Cristo en el cumplimiento de su misión salvífica. Toda forma de apostolado y todo tipo de servicio deben tener su fuente en Cristo. Cuando os dice: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21), os hace también capaces de cumplir esta misión. En cierto sentido, se comparte a sí mismo con vosotros. Es lo mismo que dice san Pablo: Dios nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, para estar llenos de amor; así mismo nos ha elegido de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo (cf. Ef 1, 4-5).

En el Mensaje para la JMJ de 1998
“El don del Espíritu hace actual y posible para todos el antiguo mandato de Dios a su pueblo: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19, 2). Llegar a ser santos parece una meta ardua, reservada a personas totalmente excepcionales, o destinada a quien quiera permanecer ajeno a la vida y a la cultura de su tiempo. Sin embargo, llegar a ser santos es don y tarea arraigados en el bautismo y en la confirmación, encomendados a todos en la Iglesia, en todo tiempo. Es don y tarea de los laicos, de los religiosos y de los ministros sagrados, en el ámbito privado y en el público, en la vida de cada uno y en la de las familias y comunidades.”

En el Mensaje con ocasión de la XV JMJ
“¡Contemplad y reflexionad! Dios nos ha creado para compartir su misma vida; nos llama a ser sus hijos, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, templos luminosos del Espíritu del Amor. Nos llama a ser “suyos”: quiere que todos seamos santos. Queridos jóvenes, ¡tened la santa ambición de ser santos, como Él es santo!
Me preguntaréis: ¿pero hoy es posible ser santos? Si sólo se contase con las fuerzas humanas, tal empresa sería sin duda imposible…. Aunque el camino es duro, todo lo podemos en Aquel que es nuestro Redentor. No os dirijáis a otro si no a Jesús. No busquéis en otro sitio lo que sólo Él puede daros, porque «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hc 4,12). Con Cristo la santidad –proyecto divino para cada bautizado– es posible. Contad con él, creed en la fuerza invencible del Evangelio y poned la fe como fundamento de vuestra esperanza. Jesús camina con vosotros, os renueva el corazón y os infunde valor con la fuerza de su Espíritu.
Jóvenes de todos los continentes, ¡no tengáis miedo de ser los santos del nuevo milenio!.... El Señor os quiere apóstoles intrépidos de su Evangelio y constructores de la nueva humanidad.”

En el Mensaje para la XVII JMJ
“¡Con cuántos santos, también entre los jóvenes, cuenta la historia de la Iglesia! En su amor por Dios han hecho resplandecer las mismas virtudes heroicas ante el mundo, convirtiéndose en modelos de vida propuestos por la Iglesia para que todos les imiten. Entre otros muchos, baste recordar a Inés de Roma, Andrés de Phú Yên, Pedro Calungsod, Josefina Bakhita, Teresa de Lisieux, Pier Giorgio Frassati, Marcel Callo, Francisco Castelló Aleu o, también, Kateri Tekakwitha, la joven iraquesa llamada la "azucena de los Mohawks". Pido a Dios tres veces Santo que, por la intercesión de esta muchedumbre inmensa de testigos, os haga ser santos, queridos jóvenes, ¡los santos del tercer milenio!”

Sin excluir a nadie se lo recordó también a las familias en su

Mensaje de 1994
“ Todos están llamados a ser Iglesia gloriosa, santa e inmaculada. «Sed santos —dice el Señor— pues yo soy santo» (Lv 11, 44; cf. 1 P 1, 16).” Carta a las familias 1994
Y , de diferente manera a los niños en su Carta a ellos
“¿Cómo no recordar, por ejemplo, los niños y niñas santos, que vivieron en los primeros siglos y que aún hoy son conocidos y venerados en toda la Iglesia?” Carta a los niños

Y en la Carta Apostólica Familiaris consortio
“Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio”
y “La vocación universal a la santidad está dirigida también a los cónyuges y padres cristianos.”
En la misma carta apostólica (32) Juan Pablo II subraya la importancia de la oración en la pedagogía de la santidad, recordándonos que esa “ « vocación universal a la santidad » ese « alto grado » de la vida cristiana ordinaria” ese “don de santidad” personal que se da a cada bautizado” hay que descubrirlo. Y agrega - “También es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona” y “para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración”

miércoles, 31 de agosto de 2011

Todos debemos convertirnos cada día



“Todos debemos convertirnos cada día” escribe el Beato Juan Pablo II en su primer Carta a los sacerdotes en 1979, conteniendo conceptos que, en muchos casos, son aplicables a todo el pueblo de Dios.


“Sabemos que ésta es una exigencia fundamental del Evangelio, dirigida a todos los hombres (45), y tanto más debemos considerarla como dirigida a nosotros. Si tenemos el deber de ayudar a los demás a convertirse, lo mismo debemos hacer continuamente en nuestra vida. Convertirse significa retornar a la gracia misma de nuestra vocación, meditar la inmensa bondad y el amor infinito de Cristo, que se ha dirigido a cada uno de nosotros, y llamándonos por nuestro nombre, ha dicho: “Sígueme”. Convertirse quiere decir dar cuenta en todo momento de nuestro servicio, de nuestro celo, de nuestra fidelidad, ante el Señor de nuestros corazones, para que seamos “ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (46). Convertirse significa dar cuenta también de nuestras negligencias y pecados, de la cobardía, de la falta de fe y esperanza, de pensar únicamente “de modo humano y no “divino”…. Convertirse quiere decir para nosotros buscar de nuevo el perdón y la fuerza de Dios en el Sacramento de la reconciliación y así volver a empezar siempre, avanzar cada día, dominarnos, realizar conquistas Espirituales y dar alegremente, porque “Dios ama al que da con alegría"(48) . Convertirse quiere decir “orar en todo tiempo y no desfallecer” (49).
La oración es, en cierta manera; la primera y última condición de la conversión, del progreso Espiritual y de la santidad. Tal vez en los últimos años ‑por lo menos en determinados ambientes se ha discutido demasiado sobre el sacerdocio, sobre la “identidad” del sacerdote, sobre el valor de su presencia en el mundo contemporáneo, etc., y, por el contrario, se ha orado demasiado poco. No ha habido bastante valor para realizar el mismo sacerdocio a través de la oración, para hacer eficaz su auténtico dinamismo evangélico, para confirmar la identidad sacerdotal. Es la oración la que señala el estilo esencial del sacerdocio; sin ella, el estilo se desfigura. La oración nos ayuda a encontrar siempre la luz que nos ha conducido desde el comienzo de nuestra vocación sacerdotal, y que sin cesar nos dirige, aunque alguna vez da la impresión de perderse en la oscuridad. La oración nos permite convertirnos continuamente, permanecer en el estado de constante tensión hacia Dios, que es indispensable si queremos conducir a los demás a El. La oración nos ayuda a creer, a esperar y amar, incluso cuando nos lo dificulta nuestra debilidad humana.
La oración nos consiente, además, nos permite descubrir continuamente las dimensiones de aquel Reino, por cuya venida rezamos cada día, repitiendo las palabras que Cristo nos ha enseñado. En este caso advertimos cuál es nuestro lugar en la realización de esta petición: “Venga tu Reino”, y vemos cómo somos necesarios para que ella se realice. Y tal vez, cuando rezamos, percibiremos con más facilidad aquellos “campos que ya están blanquecinos para la siega” (50), y comprenderemos el significado que tienen las palabras que Cristo pronunció a la vista de los mismos: “Rogar, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (51).La oración debemos unirla a un trabajo continuo sobre nosotros mismos: es la formación permanente…… No podemos conformarnos con lo que hemos aprendido un día en el seminario….. Este proceso de formación intelectual debe continuar durante toda la vida…. debemos ser testimonios de Jesucristo, altamente cualificados. Como maestros de la verdad y de la moral, tenemos que dar cuenta …. de la esperanza que nos vivifica” (53) . Y esto forma parte también del proceso de conversión diaria al amor, a través de la verdad.”

domingo, 13 de marzo de 2011

jueves, 22 de julio de 2010

"Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá"


“"Señor, enséñanos a orar..." (Lc 11, 1) dice a Cristo en el Evangelio uno de sus discípulos. Y Él les responde apelándose al ejemplo de un hombre, ciertamente de un hombre importuno que, encontrándose en necesidad, llama a la puerta de un amigo suyo nada menos que a media noche. Pero obtiene lo que pide. Jesús, por tanto, nos anima a tener una actitud similar en la oración: la actitud de ardiente perseverancia. Dice: "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá..." (Lc 11, 9).
Un modelo de oración así, perseverante, humilde y, al mismo tiempo, confiada, se encuentra en el Antiguo Testamento, con Abraham, el cual, suplica a Dios por la salvación de Sodoma y Gomorra, si al menos se encontraran allí diez justos.
2. Así, pues, debemos interesarnos cada vez más por la oración. Debemos recordar a menudo la exhortación de Cristo: "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá". De modo especial, debemos recordarla cuando perdamos la confianza o la gana de rezar.
Debemos siempre también aprender nuevamente a rezar. Muchas veces sucede que nos dispensamos de rezar con la excusa de no saberlo hacer. Si realmente no sabemos rezar, tanto más necesario es entonces aprender. Esto es importante para todos y parece ser especialmente importante para los jóvenes, los cuales muchas veces abandonan las oraciones que aprendieron de niños, porque les parecen demasiado infantiles, ingenuas y poco profundas. En cambio, semejante estado de conciencia constituye un estímulo indirecto para profundizar la propia oración, hacerla más reflexiva, más madura; para buscarle el apoyo en la Palabra de Dios mismo y en el Espíritu Santo, el cual "aboga por nosotros con gemidos inenarrables" como escribe San Pablo (Rom 8, 26).”


lunes, 19 de julio de 2010

“ viéndole rezar, comprendí, no sólo vi, que era un hombre de Dios” Benedicto XVI

La entrevista al Santo Padre Benedicto XVI divulgada por la televisión polaca el domingo 16 de octubre de 2005, había sido publicada en varios medios y también por Internet. Si llevo buen registro, creo que nunca la mencioné en este blog, por eso no quiero pasar por alto esta oportunidad en que ha sido publicada nuevamente por el blog Catolicos Unidos de Costa Rica, que invito visitar para leer el texto completo.

“el primer encuentro personal tuvo lugar en el cónclave del 78. Desde el comienzo he sentido una gran simpatía por él y gracias a Dios, el cardenal de aquel tiempo me otorgó desde el principio su amistad, inmerecida por mi parte. Estoy agradecido por la confianza que me dio, sin mérito mío alguno. Sobre todo, viéndole rezar, comprendí, no sólo vi, que era un hombre de Dios. Esta era la impresión fundamental: un hombre que vive con Dios, más aún en Dios. Además me ha impresionado la cordialidad, sin prejuicios, con la que se ha encontrado conmigo. En estos encuentros del pre-cónclave de los cardenales tomó la palabra en diversas ocasiones y ahí tuve también la posibilidad de percibir su estatura de pensador. Sin grandes palabras así surgió una amistad, desde el corazón y, nada más producirse su elección, el Papa me llamó en diversas ocasiones a Roma para charlar y al final me nombró Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.”

(de la entrevista realizada por la TV polaca al Santo Padre Benedicto XVI)

martes, 13 de julio de 2010

Juan Pablo II, la familia y la oración


Hoy estamos en la plaza del Congreso (Buenos Aires, Argentina) para testimoniar nuestro apoyo a la familia, «iglesia doméstica», «célula» fundamental de la sociedad»

Porque
“entre los numerosos caminos de la Iglesia, la familia es el primero y el más importante”. (Carta a las familias); «célula» vital de la grande y universal «familia» humana, « santuario de la vida » (Evangelium Vitae)
Porque
“Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los «habitat» naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, porque nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica «ecología humana».”
[…]
Y
“La primera estructura fundamental a favor de la «ecología humana» es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona. Se entiende aquí la familia fundada en el matrimonio, en el que el don recíproco de sí por parte del hombre y de la mujer crea un ambiente de vida en el cual el niño puede nacer y desarrollar sus potencialidades, hacerse consciente de su dignidad y prepararse a afrontar su destino único e irrepetible. (Centesimus-Annus)

Porque
queremos una patria donde el Estado no tienda “ a absorber en sí mismo la nación, la sociedad, la familia, las comunidades religiosas y las mismas personas.”
Porque.
Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana.
Y una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.

Pero Debemos ir más allá de una manifestación tomando nota que
“la familia celebra el Evangelio de la vida con la oración cotidiana, individual y familiar: con ella alaba y da gracias al Señor por el don de la vida e implora luz y fuerza para afrontar los momentos de dificultad y de sufrimiento, sin perder nunca la esperanza. Pero la celebración que da significado a cualquier otra forma de oración y de culto es la que se expresa en la vida cotidiana de la familia, si es una vida hecha de amor y entrega.
De este modo la celebración se transforma en un servicio al Evangelio de la vida, que se expresa por medio de la solidaridad, experimentada dentro y alrededor de la familia como atención solícita, vigilante y cordial en las pequeñas y humildes cosas de cada día.
[…]
La solidaridad, entendida como « determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común »,121 requiere también ser llevada a cabo mediante formas de participación social y política. En consecuencia, servir el Evangelio de la vida supone que las familias, participando especialmente en asociaciones familiares, trabajen para que las leyes e instituciones del Estado no violen de ningún modo el derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural, sino que la defiendan y promuevan.
En medio de las insidias que amenazan a la familia: 135 es urgente una gran oración por la vida, que abarque al mundo entero. Que desde cada comunidad cristiana, desde cada grupo o asociación, desde cada familia y desde el corazón de cada creyente, con iniciativas extraordinarias y con la oración habitual, se eleve una súplica apasionada a Dios, Creador y amante de la vida. Jesús mismo nos ha mostrado con su ejemplo que la oración y el ayuno son las armas principales y más eficaces contra las fuerzas del mal (cf. Mt 4, 1-11).”
(Evangelium Vitae)

lunes, 5 de julio de 2010

La oración : el alma del movimiento ecuménico

“La oración es un medio privilegiado para la participación en la búsqueda de la unidad de todos los cristianos. Jesucristo mismo nos ha dejado su último deseo de unidad a través de una oración al Padre: “Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mi y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).
El Concilio Vaticano II también nos ha recomendado fuertemente la oración por la unidad de los cristianos, definiéndola como “el alma de todo el movimiento ecuménico” (Unitatis redintegratio, 8). Lo mismo que el alma al cuerpo, así la oración da vida, coherencia, espíritu, finalidad al movimiento ecuménico.
La oración, ante todo, nos sitúa ante el Señor, nos purifica en las intenciones, en los sentimientos, en nuestro corazón, y produce aquella “conversión interior”, sin la cual no hay verdadero ecumenismo (cf. Unitatis redintegratio, 7).
La oración, además, nos recuerda que la unidad, en definitiva, es un don de Dios, don que debemos pedir y prepararnos a él para que nos sea concedido. La unidad, lo mismo que cada don, como cada gracia, depende “de Dios que tiene misericordia” (Rom 9, 16). Porque la reconciliación de todos los cristianos “supera las fuerzas y la capacidad humana” (Unitatis redintegratio, 24), la oración continua y ferviente manifiesta nuestra esperanza, que no engaña, y nuestra confianza en el Señor que hará nuevas todas las cosas (Cf. Rom 5, 5; Ap 21, 5)”.
[…]
En el Espíritu de Cristo, Nuestro Señor, oremos por la Iglesia católica y por las otras Iglesias, por toda la humanidad.
— ¡Escúchanos, Señor!
— Oremos por todos los que sufren persecuciones por la justicia y por cuantos trabajan por la liberad y la paz.
— ¡Escúchanos, Señor!
— Oremos por los que ejercen algún ministerio en la Iglesia, por quienes tienen responsabilidades especiales en la vida social y por todos los que están al servicio de los pequeños y de los débiles.
— ¡Escúchanos, Señor!
— Pidamos a Dios para nosotros mismos el valor de perseverar en nuestro empeño por la realización de la unidad de todos los cristianos.
— ¡Escúchanos, Señor!
Señor Dios, confiamos en ti. Concédenos actuar como Tú quieres. Concédenos ser fieles servidores de tu gloria.
Amén.”
Invito a leer :
"Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" – Ángelus del Santo Padre Benedicto XVI del 18 de enero 2006 en los mismos términos y haciendo referencia al mismo documento del Papa Pablo VI. En su alocución el Santo Padre Benedicto XVI también comentaba que el 25 de enero siguiente (2006), fiesta de la Conversión del Apóstol de los gentiles, siguiendo las huellas del Papa Juan Pablo II, acudiría a la basílica de San Pablo Extramuros para orar con los hermanos ortodoxos y protestantes: orar para dar gracias por todo lo que el Señor nos ha concedido; orar para que el Señor nos guíe en el camino hacia la unidad.”
Y agregaba que ese mismo día se publicaría su primera encíclica, "Deus caritas est", "Dios es amor". “El tema – decía - no es directamente ecuménico, pero el marco y el telón de fondo son ecuménicos, porque Dios y nuestro amor son la condición de la unidad de los cristianos. Son la condición de la paz en el mundo.”

sábado, 27 de febrero de 2010

Por nuestros hermanos chilenos


Por nuestros hermanos chilenos y en especial por mis queridos amigos del antiguo Foro Juan Pablo II: Faby, Paola, Viviana, Gabriel y Mauro, por sus familias, sus amigos y sus compatriotas.

Oh Trinidad Santa,
te damos gracias por haber concedido a la Iglesia
al Papa Juan Pablo II
y porque en él has reflejado
la ternura de tu paternidad,
la gloria de la cruz de Cristo
y el esplendor del Espíritu del amor.
Èl, confiando totalmente en tu infinita misericordia
y en la maternal intercesión de Maria,
nos ha mostrado una imagen viva de Jesús Buen Pastor
indicándonos la santidad,
alto grado de la vida cristiana ordinaria,
como camino para alcanzar la comunión eterna contigo.
Concédenos, por su intercesión, y si es tu voluntad,
el favor que imploramos,
Con la esperanza que sea pronto incluido
en el numero de tus santos.
Amen.

domingo, 24 de enero de 2010

La oración - Opus gloriae – como rezar?


Se puede y se debe rezar de varios modos, como la Biblia nos enseña con abundantes ejemplos. El libro de los Salmos es insustituible.
Hay que rezar con «gemidos inefables» para entrar en el ritmo de las súplicas del Espíritu mismo.
Hay que implorar para obtener el perdón, integrándose en el profundo grito de Cristo Redentor (Hebreos 5,7).
Y a través de todo esto hay que proclamar la gloria.
La oración siempre es un opus gloriae (obra, trabajo de gloria). El hombre es sacerdote de la creación. Cristo ha confirmado para él una vocación y dignidad tales. La criatura realiza su opus gloriae por el mero hecho de ser lo que es, y por medio del esfuerzo de llegar a ser lo que debe ser.
También la ciencia y la técnica sirven en cierto modo al mismo fin. Sin embargo, en cuanto obras del hombre, pueden desviarse de este fin. Ese riesgo está particularmente presente en nuestra civilización que, por eso, encuentra tan difícil ser la civilización de la vid y del amor. Falta en ella el opus gloriae, que es el destino fundamental de toda criatura, y sobre todo el hombre, el cual ha sido creado para llegar a ser, en Cristo, sacerdote, profeta y rey de cada terrena criatura.”

(Juan Pablo II/Vittorio Messori Cruzando el umbral de la esperanza, cap 2-pag 39, pag.46/7, Plaza & Janes 1994

sábado, 23 de enero de 2010

Qué es la oración? (2)


La oración es una búsqueda de Dios, pero también es revelación de Dios. A través de ella Dios se revela como Creador y Padre, como Redentor y Salvador, como Espíritu que «todo lo sondea hasta las profundidades de DIos» (1, Corintios 2,10) y, sobre todo, «los secretos de los corazones humanos» (Salmo 44(43)22). A través de la oración, Dios se revela en primer lugar como Misericordia, es decir como Amor que va al encuentro del hombre que sufre.
Amor que sostiene, que levanta, que invita a la confianza. La victoria del bien en el mundo está unida de modo orgánico a esta verdad: un hombre que reza profesa esta verdad y, en cierto sentido, hace presente a Díos que es Amor misericordioso en medio del mundo.

(Juan Pablo II/Vittorio Messori Cruzando el umbral de la esperanza, cap 5, pag.46/7, Plaza & Janes 1994

viernes, 22 de enero de 2010

¿Qué es la oración? (1)


“¿Qué es la oración?
Comúnmente se considera una conversación. En una conversación hay siempre un «yo» y un «tú». En este caso un Tú con la T mayúscula. La experiencia de la oraciòn enseña que si inicialmente el «yo» parece el elemento más importante, uno se da cuenta luego de que en realidad las cosas son de otro modo. M`´as importante es el Tù,porque nuestra oración parte de la iniciativa de Dios. San Pablo en la Carta a los Romanos enseña exactamente esto. Según el apóstol, la oración refleja toda la realidad creada, tiene en cierto sentido una función cósmica.

El hombre es sacerdote de toda la oración, habla en nombre de ella, pero en cuanto guiado por el Espíritu. Se debería meditar detenidamente sobre este pasaje de la Carta a los Romanos para entrar en el profundo centro de lo que es la oración. Leamos. «La creación misma espera con impaciencia la revelación de los hijos de Dios, pues fue sometida a la caducidad – no por su voluntad, sino por el querer de aquel que la ha sometido-, y fomenta la esperanza de ser también ella liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Sabemos que efectivamente toda la creación gime y sufre hasta hoy los dolores del parto, no solo ella, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente esperando la adopción de los hijos, la redención de nuestro cuerpo. Porque en la esperanza hemos sido salvados»
(8,19-24). Y aquí encontramos de nuevo las palabras ya citadas del apóstol:
«El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque ni siquiera
sabemos qué nos conviene pedir, pero el Espíritu mismo intercede con
insistencia por nosotros, con gemidos inefables» (8,26).

En la oración, pues el verdadero protagonista es Dios. El protagonista es Cristo, que constantemente libera la criatura de la esclavitud de la corrupción y la conduce hacia la libertad, para la gloria de los hijos de Dios. Protagonista es el Espíritu Santo, que «viene en ayuda de nuestra debilidad». Nosotros empezamos a rezar con la impresión de que es una iniciativa nuestra, en cambio, es siempre una iniciativa de Dios en nosotros. Es exactamente asì, como escribe san Pablo. Esta iniciativa nos reintegra en nuestra verdadera humanidad, nos reintegra en nuestra especial dignidad. Sì, nos introduce en la superior dignidad de los hijos de Dios, hijos de Dios que son lo que toda la creación espera.”
(Juan Pablo II: Cruzando el Umbral de la Esperanza (“conversando” con Vittorio Messori) Plaza & Janes, 1994 Capitulo II Rezar: cómo y porqué