Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 2 de mayo de 2025

El horror, el santo y nuestros días (4 de 4)




Auschwitz/Oswiecim – Maximiano Kolbe

“Sería erróneo convertir la figura de Kolbe en un símbolo de rendimiento ante el opresor, o de rehusar enfrentarse al mal por medios de este mundo. Esta posición seria más propia del ethos protestante (refiriéndose a las enseñanzas de Dietrich Bonhoeffer)  pero contrario al espíritu de un pueblo que recuerda con veneración las victimas de tantas luchas sangrientas por la independencia de su patria, bajo la guía espiritual del Cardenal Stefan Wyszynski, el capellán de los insurgentes de Varsovia.  En sus actividades dentro de la iglesia y la sociedad la espiritualidad del padre Kolbe siempre estuvo marcada por  virilidad y  espíritu cortés.   Sería suficiente recordar el titulo de su diario, Rycerz Niepokalanej, El Caballero de la Inmaculada, cuya tirada superaba los 800.000  ejemplares en Polonia antes de la guerra.                                                                                                                                                                                                                                            

El mensaje de Kolbe es de un equilibrio católico integral: el oprimido puede y debe luchar por la justicia con armas de este mundo pero la verdadera victoria es la victoria espiritual, y es la que recupera y reconstruye la verdad en uno mismo y en los demás.  Es solamente con la mirada fija puesta en esta victoria que es posible evitar cruzar inadvertidamente el límite hacia la injusticia y perder de vista las razones humanas que convierten la lucha en digna y noble. Kolbe no tiene nada que ver en las consecuencias de secularización (que algunos suponen pueden surgir del pensamiento de Bonhoeffer.) Su vida demuestra que en esta tormentosa era de la historia del hombre, es cada vez mas imperiosa la capacidad del hombre por la humanización a fin de que el corazón humano no se rinda ante la barbarie.

 

Si tratamos de abreviar en pocas palabras el dictamen sobre la historia contemporánea que surge de lo que hemos tratado de exponer podemos decir que el conflicto que marca la historia contemporánea es un conflicto por o contra la imagen cristiana de lo humano.   Existieron varias formas de totalitarismos que intentaron construir una ciudad sin Dios en la cual (no obstante sus ocasionales reclamos humanísticos) el hombre se halla inexorablemente reducido a ser  un mero instrumento del poder. En vista de este conflicto fundamental,  en cierto sentido,  todos los demás esfuerzos son secundarios. Nuestra intención no es minimizar la lucha  que divide clases y naciones sino argumentar que estos conflictos pueden resolverse de manera equitativa, justa y humana solamente si están orientados por una visión cristiana del hombre: de otra manera terminan por provocar un aumento de injusticia y finalmente la  auto destrucción de la humanidad.

 

Es bien fácil establecer como esta visión de historia contemporánea difiere de aquella que se halla mas divulgada entre nosotros – la idea que las raíces de la crisis de la civilización europea, que nos ha cargado con terribles y continuos ciclos de guerras mundiales, debe buscarse en la esfera de la economía, en la lucha entre clases y entre naciones. Lo que se vislumbra en primer plano y ocupa mayormente nuestra atención es la lucha entre las diferentes formas de totalitarismo moderno. Sin dudas, el caos de intereses conflictivos nos vuelve sordos a la pacifica resistencia de todos aquellos que rechazan renunciar a su dignidad humana y, en lugar de ponerse de un lado u otro de estas formas de totalitarismos que compiten entre si por la dominación mundial, buscan construir una alternativa.

 

Polonia se ha visto envuelta en dos de las formas más violentas de totalitarismos modernos, y frente a estas adversidades reafirmó otra visión del hombre creando una oposición esencialmente moral.  En septiembre de 1939 las estructuras físicas del estado polaco se rindieron inmediatamente ante la superioridad alemana. Sin embargo, los nazis no lograron destruir la resistencia moral del pueblo.  Exterminaron a los intelectuales  y mataron una sexta parte   de los sacerdotes con la intención de destruir la conciencia espiritual de la nación. La resistencia moral se reconstruyo a si misma alrededor de la presencia de testigos de la iglesia católica y, por medio de ella, por algunos grandes hombres de fe. Ya hemos hablado del padre Maximiliano Kolbe. En este contexto, debemos mencionar también al cardenal Sapieha, arzobispo metropolitano de Cracovia, figura gigante de obispo y sacerdote y símbolo de la resistencia espiritual, en cuya esfera de influencia maduró la vocación sacerdotal del joven Karol Wojtyla.

 

Guiada por otra gran figura de sacerdote y obispo, el Cardenal Stefan Wyszyński, la iglesia también se opuso al totalitarismo comunista a través de su propia resistencia moral anclada en la visión del hombre como “imagen visible del Dios invisible”.  Este testigo estimuló la conciencia de la gente. Englobaba la voluntad de continuar la lucha por la verdad y la libertad, y al mismo tiempo mantenía viva la conciencia que más importante que la reforma política del régimen dominante es la reforma de la conciencia – el redescubrimiento,  individual y comunitario, de una perseverancia esencial y una constante humanidad frente a los reclamos del poder. Los hechos de Danzig en 1979, la protesta pacífica y firme de todo un pueblo en defensa de la verdad y el derecho, habla de una manifestación practica de una inclinación espiritual nueva, de la cual habla,  quizás en el testimonio más lúcido que se haya escrito,  Józef Stanisław Tischner en su The Ethics of Solidarity.”

 

Traducido de Rocco Buttiglione:  KAROL WOJTYLA – The thought of the man who became Pope por (William B. Erdman Publishing Co. 1997

 

El horror, el santo y nuestros días (3 de 4)

 



(peregrinaciòn  a Auschwitz durante el Congreso de la Misericordia en Cracovia, 2011)

 

Auschwitz/Oswiecim – Maximiliano Kolbe

 

“Reflexionemos por un momento sobre estas palabras. Auschwitz es un lugar construido para la destrucción del hombre, para el aniquilamiento de su dignidad. El poder, por cierto,  no puede matar a todos los hombres porque los necesita como sirvientes e instrumentos.  Pero para garantizarse estos instrumentos primero debe aniquilar su dignidad, su auto estima. En el campo de exterminio, el hombre es reducido a pura animalidad, y de acuerdo a la destrucción programada de su personalidad espiritual se demuestra científicamente que no conlleva valores superiores sino que es tan solo un animal levemente mas evolucionado que los demás.  Es como un mono entrenado que puede ser domesticado, pero que está siempre dispuesto a regresar a la ley de la jungla. Desde ese punto de vista  la humanidad no consiste en lo que es mas profundo en el hombre sino en lo que es más superficial. Observando la brutalidad de las victimas  (y la de sus asesinos) cada uno de ellos se ve forzado a pensar en su dimensión más profunda y en que podría convertirse en cualquier momento en caso que ofendiera a los poderes existentes o si no se mostrase totalmente obediente a sus órdenes.   El fin último del campo de extermino es, en cierta manera, metafísico: muestra que los valores humanos en cuyo nombre sería posible desafiar al poder no existen, porque el hombre solo es materia sujeta a coerción por medios materiales cualquiera fuese su fin. Por lo tanto, si en el hombre no hay verdad ni justicia, si solo se trata de palabras huecas, entonces,  en principio,  la razón de toda oposición al poder totalitario desaparece. Entonces cualquier posible oposición debiera radicar – si así pudiera – tan solo en el plano de la fuerza.  Precisamente por esta razón y en virtud de la profundidad metafísica que responde al horror de Auschwitz, el testimonio del padre Kolbe no es mero testimonio sino una victoria.  Porque al sacrificar su vida convierte en inútil el campo de exterminio: lo anula espiritualmente mostrando al mismo tiempo que la humanidad es lo más profundo que existe en el hombre. Es más fundamental para él y le pertenece más íntimamente que el instinto de supervivencia y cualquier otra tendencia que el hombre tiene en común con otros animales. En el lugar construido para el aniquilamiento del hombre, para la negación de su naturaleza espiritual, Kolbe muestra la esencia de la grandeza humana.

 

Ningún éxito de la alianza anti nazi puede anular lo que ocurrió  en Auschwitz,  ningún castigo para con los asesinos puede equipararse con el sufrimiento de víctimas inocentes. No es posible borrar Auschwitz o lugares de muerte similares de la historia humana. Pero el padre Kolbe impregnó de una profundidad inesperada la lectura de su significado.  Porque esos lugares son los la cruz de Cristo sobre la cual gime el hombre contemporáneo.  El cristiano sabe que, vivido en el espíritu de Cristo, como participación de su sufrimiento y su testimonio para el hombre, son lugares de victoria fundamental del hombre y para el hombre.

 

Para comprender mejor el pensamiento de Juan Pablo II, debemos prestar atención al texto polaco de su discurso porque en un punto la traducción (al ingles) no es enteramente fiel. Cuando nuestra traducción dice “se lleva a cabo una victoria particular para la fe” las palabras exactas que el Santo Padre pronunciara son: “dokonalo sie szczegolne zwycietwo czlowieka przez wiare” – literalmente, “se lleva a cabo una victoria particular del hombre por medio de la fe”.  Lo que se conquista, por medio de Kolbe, no es la fe cristiana sino el hombre, el hombre que por medio de la fe llega a la total posesión de su propia humanidad.  Esta posesión coincide con el reconocimiento que su propia verdad humana es un don que brota continuamente de la misericordia de Dios.  En el campo, el hombre como tal experimenta la prueba de la cruz, pero es la fe la que le permite superar la prueba, para recuperar completa y definitivamente, por medio de la prueba, su propia verdad y su dignidad humana.”

 

Traducido de Rocco Buttiglione:  KAROL WOJTYLA – The thought of the man who became Pope por (William B. Erdman Publishing Co. 1997) 

 

  

 


El horror, el santo y nuestros días (2 de 4)

 


Auschwitz/Oswiecim -  Maximiliano Kolbe  

 

Traducido de Rocco Buttiglione:  KAROL WOJTYLA – The thought of the man who became Pope por (William B. Erdman Publishing Co. 1997)

 

“Adorno le adjudica esta imagen al sobreviviente judío, que fácilmente podría aplicarse a la raza aria y relacionar el destino de las victimas con el de los asesinos. (13) Cuando la fuerza es enteramente disociada de la justicia, el homo sapiens no logra reivindicar elevarse más allá de la mera animalidad alegando su capacidad de acceder a un orden superior de valores.  

La pregunta de Adorno – si aun es posible hacer filosofía después de Auschwitz, básicamente si aun es posible ser humano – no ha encontrado respuesta en la cultura contemporánea.  Sin embargo ha sido encarada por Juan Pablo II, primero implícitamente en su encíclica  RedemptorHominis,  y  explícitamente en su homilía en la Misa celebrada en la explanada de Brzezinska el 7 de junio de 1979. Esta homilía esta centrada en una figura fascinante que gozara de gran prestigio en la vida eclesiástica y cultural polaca antes de la guerra. El padre Kolbe, encarcelado en el campo de exterminio fue consuelo y ayuda constante para sus compañeros, un recordatorio viviente de su dignidad humana, violada en ese lugar.  Durante una represalia Kolbe se ofreció a ir a la cámara de gas en reemplazo de un compañero, padre de familia númerosa, aceptando el desafío de ser condenado a morir de hambre.  Karol Wojtyla siempre practico  gran devoción por   San Maximiliano M. Kolbe.  Para Juan Pablo II fue el modelo de estos tiempos difíciles, no solamente por su propia estatura espiritual, sino también por el significado particular que, en la Providencia de Dios, asume su sacrificio.  Porque es en ello que radica la respuesta a la fundamental pregunta filosófica: Si es posible y cómo ser humano después del horror de la guerra.  Esta respuesta no es fruto de una reflexión abstracta,  sucede a un hecho y busca neutralizar la memoria del sufrimiento, sino que es una respuesta cuyo testigo ha sido sellado con sangre.

Desde el comienzo, en su homilía dedicada la figura del padre Kolbe, Juan Pablo II acoge la opinión de Adorno en el significado de Auschwitz de nuestra época, pero lo revierte. El comienza así:

"...Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn 5, 4)

Estas palabras de la Carta de San Juan me vienen a la mente y me llegan al corazón, cuando me encuentro, junto con vosotros, en este lugar donde se ha llevado a cabo una particular victoria del ser humano mediante la fe. Por la fe que hace nacer el amor de Dios y del prójimo, el único amor, el amor supremo que está dispuesto a “dar la vida por sus amigos” (Jn 15, 13; cf. 10, 11). Una victoria pues por el amor que hace viva la fe hasta el extremo del último y definitivo testimonio…..La victoria mediante la fe y el amor la consiguió este hombre en este lugar, construido para la negación de la fe –de la fe en Dios y de la fe en el hombre– y para aplastar radicalmente no sólo el amor, sino todos los signos de la dignidad humana, de la humanidad. En este lugar del terrible estrago……el P. Maximiliano Kolbe, ofreciéndose voluntariamente a sí mismo a la muerte, en el búnker del hambre, por un hermano, consiguió una victoria espiritual, similar a la del mismo Cristo.”

(13)  Adorno:  Negative dialects, pp 327-28)

 


 

El horror, el santo y nuestros días (1 de 4)

 

Traducido de Rocco Buttiglione:  KAROL WOJTYLA – The thought of the man who became Pope por (William B. Erdman Publishing Co. 1997)



 (fotografia de Auschwitz.org)  

 Auschwitz/Oswiecim -  Maximiliano Kolbe   

 “El campo de concentraciòn de Oswiecim, el pueblo polaco que los alemanes llamaron Auschwitz , es el símbolo más elocuente del horror de la guerra por un lado,  y por otro la culminación de la cultura del inmanentismo. En un universo que expulsa a Dios,  el respeto al hombre es nulo.  El hombre se torna un simple objeto, similar a otros objetos naturales, a merced de la voluntad de poder de otros hombres. Así cualquiera, acorde a su propio proyecto de vida, trata a otros como si fuese una herramienta.   De esta manera cualquier hombre se transforma en objeto del proyecto de otros hombres y  la vida social se convierte en un escenario de instrumentalización reciproca donde triunfa el principio darwiniano de “supervivencia del más apto”. (que Spencer aplicó a la especie humana). El hecho de que el mismo error que testimonia Auschwitz haya sido reproducido en un entorno político radicalmente diferente, muestra como la gran división que atraviesa la historia contemporánea – aquella que se opone radicalmente a  matanzas y victimas -  influencia nuestra manera de pensar acerca de los seres humanos.    La antítesis radica en la posición de aquellos que  - aunque persiguieran su propio interés - aun respetan cierta medida de verdad y justicia,  y aquellos que no aceptan límites en su carrera hacia el poder.

El horror de Auschwitz es tan inmenso que necesariamente debe tener un significado filosófico. No se trata solo del número de víctimas y de su horrenda manera de morir.  Auschwitz es el símbolo de la humillación del hombre que, bajo diferentes (aunque no menos emblemáticas) formas, no cesa de repetirse en nuestro tiempo.  Se nutre de una profunda desviación espiritual, que debemos comprender en sus raíces si queremos ponerle fin a la barbarie.

Nadie ha enfrentado estas cuestiones más frecuente y profundamente que Theodore Adorno. El se pregunta si después de Auschwitz aun es posible escribir poesía o filosofía. Porque el mundo al cual pertenece Auschwitz es un mundo sin alma, y las actividades espirituales que perduran solo sirven para equipararlo con una apariencia de legitimidad que contradice vergonzosamente su realidad. Si la II Guerra Mundial marca la catástrofe del inmanentismo ético, es precisamente en Auschwtiz donde el dogma fundamental de la filosofía de la historia, la manifestación paralela de justicia y fuerza, se contradice de la manera más cruenta.  Y la victoria militar de los Aliados no alcanza para refutar este juicio. Uno de los principales vencedores en la guerra mantuvo en su propio país un sistema Gulag a la altura de un comandante de campo Nazi.  Más aun a fin de obtener la victoria, las fuerzas Aliadas causaron la muerte de cientos de miles de inocentes en Hiroshima y Nagasaki.  Mas allá de cierto nivel parecería que la fuerza casi inevitablemente se separa de la justicia.(1) La historia humana, una vez orientada hacia un progreso definitivo, se enfrenta con la amenaza de la destrucción.  Aunque no haya golpeado todas las ciudades y destruido vidas humanas, arrasó con los valores y la conciencia que debiera animar aquellas vidas.  El drama del hombre moderno consiste en haber sobrevivido físicamente su propia extinción espiritual.”

  

(1)   Simone Weil, citando a Homero, dice que “la justicia vuela de los vencedores”    

 

 

 

jueves, 30 de enero de 2025

El infierno de Auschwitz (y otros) y la 2da guerra mundial (5 de 5) - Montecassino

 


Montecasino en ruinas después del bombardeoaliado, en febrero de 1944- Wikipedia.

 “La guerra había terminado, y una costra negra e impenetrable había caído sobre la suerte de muchas personas.  Solamente muchos años después empezaría a saberse algo. Como le sucedió a Wojtyla acerca de sus amigos y sus compañeros de escuela.

Galuszka era el más joven de su clase en Wadowice. Se había enrolado en los Ulanos, el regimiento de la caballería polaca, y había sido asesinado apenas estalló el conflicto, cerca de la frontera occidental; solo tenía dieciocho años. También Gajczak había muerto en los primeros días de la invasión alemana, abatido con su a avión. Czuprynski, el gran Czuprynski, el famoso donjuán del gimnasio del instituto, había saltado por los aires por culpa de una mina en Ancona, poco despues de haber participado en la victoriosa batalla de Montecassino.

Otros  habían vuelto de los lager, como Silkowski, o de la guerra, como Kus, que se vio obligado a ingresar inmediatamente en un sanatorio para curarse la tisis. Bernas también había luchado en Montecassino, pero cuando vio el cariz que estaban tomando los acontecimientos en Polonia, ya en manos de los comunistas, decidió quedarse en Italia, donde se casó y vivió en Éboli.

En cambio, otros habían desaparecido, como engullidos por la nada. Caídos en diversos frentes, con el Ejército nacional polaco, o en Tobruk; o bien habían fallecido en los campos de exterminio nazis o en los gulag soviéticos de Siberia.

En aquel periodo, Karol, casi obligado por las circunstancias, empezó a preguntarse el porqué se le había ahorrado mucho de cuanto había sucedido, el porqué tantos de sus amigos habían perdido la vida y él, en cambio, no.

Entre las respuestas que trató de darse, pensó en un primer momento que haberse salvado se debía a la fatalidad o a la suerte, o más simplemente a la casualidad. Pero después, se dijo, también es verdad que «en los planes de Dios nada es casual». De todas maneras, el gran daño de la guerra, con toda su carga de tragedias y de sufrimientos, marcó para siempre la existencia de Karol y la decisión que había tomado.

Veintisiete años después desde que se hubieran visto por última vez, Karol se encontró inesperadamente en Roma con Jerzy Kluger, uno de sus amigos judíos, y uno de los más apreciados. Kluger no había regresado a Polonia, sobre todo después de enterase del trágico fin de sus familiares en Auschwitz. Se había casado y tenía dos hijas. Tras haber trabajado un tiempo en Inglaterra, se trasladó a Italia.

Tanto Karol como Jerzy creían que el otro había muerto, y sin embargo iban a reencontrase.

 

Gian Franco Svidercoschi: Historia de Karol,  Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid

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El infierno de Auschwitz (y otros) y la 2da guerra mundial (4 de 5) Hiroshima y Nagasaki

 



Karol no pudo saber todas estas noticias hasta después del final de la guerra. La de Europa, sí, y también la del Pacífico, cuando por primera y única vez se utilizaron bombas atómicas.

Muchos defienden hoy que no había necesidad de utilizarlas. Que el Imperio del Sol Naciente, sin barcos y sin industria armamentística ya estaba vencido y dispuesto a rendirse. “¿Cuándo terminará la agonía del Japón?” era la petición que lanzaba la voz autorizada y objetiva del New York Times.

Pues a pesar de eso, aquellas terribles y mortíferas armas se usaron. Y ya entonces se intentaron explicar los motivos. Se dijo que se había recurrido a la bomba atómica para parar la guerra, para salvar centenares de miles de seres humanos,   pero quizás, su utilización estaba dictada por otras razones, por otras exigencias, como la de obligar a la Unión Soviética a aceptar la superioridad de América y su papel de garante del orden internacional.

El caso es que el 6 de agosto de 1945 (en Europa todavía era el día 5) emprendió el vuelo el cuatrimotor americano B-29, que el comandante había «bautizado» por así decir, con el nombre de su madre: Emola Gay, mientras que la bomba, con una dosis mayor de mal gusto había recibido el nombre de Little Boy, muchacho. El objetivo inicial se eligió al azar, o para ser más precisos, teniendo en cuenta las condiciones atmosféricas locales, que fueron las que decretaron la condena de Hiroshima. Allí, conforme dictaba el parte meteorológico, «estaba casi sereno y había una visibilidad de 10 millas»

De este modo, primero Hiroshima y luego Nagasaki fueron reducidas a la nada por un viento de fuego. Un «relámpago atronador», «un gran resplandor azul», según contaron los «afortunados» que pudieron contarlo. Nunca  había sucedido que, en apenas tres días, murieran tantas personas, todas juntas, en el mismo instante. Y muchas de aquellas que sobrevivieron, quedaron condenadas a una existencia marcada para siempre por las consecuencias de las radiaciones atómicas.

Entre las dos explosiones, Moscú aprovechó para declarar la guerra al Japón: sus tropas invadieron Manchuria y siguieron avanzando incluso tras el anuncio de la rendición por parte del emperador Hirohito. Pero al final, las armas callaron por completo. Solamente entonces se empezó a descubrir la vastedad de los horrores de este apocalipsis del siglo XX.

La guerra había causado 55 millones de muertos. A los que había que añadir todos los desterrados, los muertos por hambre, por el frío, sin que nunca hayamos podido conocer su número. Solamente la Unión Soviética tuvo 37 millones de víctimas,  Alemania casi cuatro millones, y Polonia más de un millón de soldados y cinco millones de ciudadanos, de los que la mitad eran judíos.

Y esto no era todo. En aquel desastroso balance había que incluir también poblaciones enteras que se habían tenido que someter a  un desplazamiento forzoso desde una parte de Europa a la otra, y que de golpe se habían encontrado sin casa, sin patria, sin raíces. Y no era menos impresionante, desde luego, el capítulo de las destrucciones: millares de ciudades habían quedado arrasadas, y muchos pueblos en condiciones tales que nunca más podrían ser reconstruidos. Incluso el mismo equilibrio ecológico había sufrido alteraciones con frecuencia irreversibles.”

Gian Franco Svidercoschi: Historia de Karol, 119/20, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid

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El infierno de Auschwitz (y otros) y la 2da guerra mundial (3 de 5) La gloria de los mártires

 


(placa en Auschwitz - traducción texto): 

Auschwitz fue el campo de concentración y muerte nazi alemán mas grande.

En los años 1940-1945, los nazis deportaron al menos 1.300.000 personas a Auschwitz:

1.100.000 judíos

140.000 - 150.000 polacos

23.000 romaníes (gitanos) 

15.000 prisioneros de guerra soviéticos

25.000 prisioneros de otros grupos étnicos.

1.100.000 de estas personas murieron en Auschwitz;  aproximadamente 90% de las víctimas eran judíos  Las SS asesinaron a la mayoría de ellos en las cámaras de gas.

 

“La lista de nombres sería interminable. Sólo unos pocos son conocidos. Pero a todos los une la experiencia de haber padecido la muerte por el hecho de ser cristianos. Una experiencia trágica, pero que se convierte n gloriosa si se considera desde la perspectiva de una vida marcada por la radicalidad evangélica.

 

Sería suficiente recordar al padre Maximiliano Kolbe, asesinado en Auschwitz, en el bloque número 11, tras haber asumido el puesto de un condenado a muerte. O al salesiano Jozef Kowalski,(*)  de la parroquia de Debniki, la de Wojtyla, al que golpearon y ahogaron por negarse a pisotear su rosario. O al prior del convento de Carmelitas Descalzos de Czerna, Alfonso Mazurek, (*) muerto a causa de los golpes recibidos. Para no continuar con la enumeración, quizás baste recordar que el campo de Dachau fue en algún momento el monasterio más grande del mundo, tal era el número de religiosos allí deportados.

 

Con todo , desde aquel 27 de enero de 1945, desde le momento en que aquellos cuatro soldados ucranianos lo descubrieron, es inevitable unir el recuerdo de los lager nazis con la Shoah, con la masacre planificada de los hijos de Israel solamente por le hecho de que eran judíos. Al igual que es inevitable ver en Auschwitz el «lugar» que simboliza de manera absoluta el desprecio del hombre, la dignidad de la persona humana.

 

También lo veía así Karol, que perdió así a muchos de sus conocidos, de sus amigos hebreos. Como las mujeres de la familia Kluger, o dos compañeros del Instituto, Zweig y Selinger, que murieron ahogados en un río de Siberia, donde habían sido deportados. “

 

 

* Beatificados por el Papa Juan Pablo II el  13 de junio de 1999 en Varsovia.

Gian Franco Svidercoschi: Historia de Karol, 121/122, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid

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El infierno de Auschwitz (y otros) y la 2da guerra mundial (2 de 5)

 

(Dachau - monumento a la memoria)

“En Auschwitz , y en los otros lager polacos, así como en Dachau, en Buchenwald, en Mauthausen, se había levantado una monstruosa  «maquina» de la muerte. Demasiado bien organizada, demasiado eficiente, para creer que tras ella sólo se encontraban los jefes nazis, las SS, los verdugos, los ejecutores materiales, y no también, en connivencia u obligado, no importa saberlo, todo el aparato de un Estado, desde las industrias a la administración de los ferrocarriles o a las grandes casas farmacéuticas.

Es más, resulta realmente difícil de creer que sólo estuviera detrás la locura de la ideología racista de Hitler y sólo Alemania, y no todo el contexto europeo que se había degradado hasta el punto de permitir que se produjera semejante matanza.

Es difícil de creer que de alguna manera no estuviera implicada la responsabilidad de ciertas comunidades cristianas, demasiado pasivas cuando no indiferentes, o incluso cómplices de una persecución emprendida desde hacía tiempo y de forma tan sistemática y total contra los judíos.

Para Polonia fue un shock colectivo. El ejército nazi la había atacado y ocupado, y había sufrido las consecuencias de la guerra mucho más que el resto de los países implicados. Pero con todo, ¿acaso no era preciso reconocer que su destino, con todo lo terrible que había sido, no podía equipararse con el de los judíos? ¿Y cómo no sentirse especialmente conmovidos al tener el conocimiento de que toda aquella barbarie se había consumado, sobre todo, en tierra polaca?

Karol estaba desconcertado. Había vivido solo indirectamente aquella tragedia. Pero había sido para él una experiencia tan intensa, tan dolorosa, que desde aquel momento la llevaría siempre dentro de sí. Era como si sintiera que él como polaco, hijo de una nación que había conocido la perversidad del nazismo, hubiera participado de alguna manera en el martirio del pueblo hebreo.

En los lager habían desaparecido personas de otras razas, como los gitanos y algunas pertenecientes a ciertas étnicas eslavas. Habían desaparecido pastores protestantes, obispos y sacerdotes católicos, polacos y alemanes, como consecuencia de la durísima represión a la que Hitler había sometido a todas las Iglesias. Al acabar la guerra, nada menos que un tercio del clero polaco había sido aniquilado en los campos de exterminio”

Gian Franco Svidercoschi: Historia de Karol, 119/20, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid

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El infierno de Auschwitz (y otros) y la 2da guerra mundial (1 de 5)

 




“….en aquel momento descubrieron el infierno. Tras el alambre de espino, mirando a los soldados como si fueran fantasmas, no había hombres, sino gusanos. Cuerpos esqueléticos. Rostros inexpresivos. Ojos que semejaban agujeros negros. Eran solamente algunos de los 7.650 supervivientes. El resto se encontraba en los barracones de madera, imposibilitados para moverse, muchos con las articulaciones congeladas, o enfermos de tuberculosis.

 


Pero los que rompían el corazón eran los niños, los muchachos. Totalmente reducidos a piel y huesos. Muchos no llegaban a pesar ni tan siquiera veinte kilos. Eran unos pocos centenares de los más de 220.000 que habían sido deportados a Auschwitz, donde la mayoría perdió a su familia.

Los militares tuvieron que hacer un esfuerzo enorme para proseguir con aquella dolorosa batida. Atrocidades, durante la guerra, habían visto muchas, pero nunca como aquéllas. Tan sólo narrarlas o describirlas iba a ser difícil.

¿Cómo haces – se preguntaba angustiado un testigo, incluso muchos años después – cómo haces para «contar lo incontable?»

Allí estaban las ruinas de los hornos crematorios que habían hecho saltar por los aires, el último justo el día anterior. Y cadáveres, cadáveres por todas partes, más de 100.000, que los matarifes no habían tenido tiempo de incinerar. ¡Quién sabe cuántos de los prisioneros habían muerto arrastrados por los nazis durante su huida!

 Y en los almacenes, millares de maletas con sus nombres y direcciones escritos por los mismos dueños. 300.000 pares de zapatos. Una montaña de gafas, de articulaciones ortopédicas, de juguetes. Un millón de trajes. Y empaquetadas, listas para ser enviadas a Alemania y transformarles en tejidos especiales, nada menos que siete toneladas de cabellos femeninos.

Quien haya estado en Auschwitz ha podido ver todo esto tras las enormes vitrinas en las que, si bien en una pequeñísima parte, se encuentra algo así como la proyección visual, lúgubre,  del numero de las víctimas, y por tanto, de lo que supuso el genocidio de seis millones de judíos.”

 Gian Franco Svidercoschi: Historia de Karol, 118, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid

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martes, 15 de octubre de 2024

Mysterium iniquitatis (12 de 13) Las lápidas de Auschwitz

 


A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia"
(
Homilía del 7 de junio de 1979) 

En lo que fuera uno de sus últimos Mensajes, el 15 de enero de 2005,  con ocasión del 60 aniversario de la liberación de los prisioneros de Auschwitz recordaba Juan Pablo II: 

Se cumplen sesenta años de la liberación de los prisioneros del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. En esta circunstancia, no es posible sino volver con la memoria al drama que tuvo lugar allí, fruto trágico de un odio programado. Durante estos días es preciso recordar a los varios millones de personas que sin ninguna culpa soportaron sufrimientos inhumanos y fueron aniquiladas en las cámaras de gas y en los crematorios. Me inclino ante todos los que experimentaron aquella manifestación del mysterium iniquitatis.

 Cuando, ya siendo Papa, visité como peregrino el campo de Auschwitz-Birkenau en el año 1979, me detuve ante las lápidas dedicadas a las víctimas. Había inscripciones en varias lenguas:  polaca, inglesa, búlgara, gitana, checa, danesa, francesa, griega, hebrea, yiddish, española, flamenca, serbo-croata, alemana, noruega, rusa, rumana, húngara e italiana. En todas estas lenguas estaba escrito el recuerdo de las víctimas de Auschwitz, de personas concretas, aunque a menudo totalmente desconocidas: hombres, mujeres y niños. Me detuve entonces un buen rato junto a la lápida con la inscripción en hebreo. Dije:  "Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abraham, que es también padre de nuestra fe (cf. Rm 4, 11-12), como dijo Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que recibió de Dios el mandamiento de "no matar", ha experimentado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia" (Homilía del 7 de junio de 1979, n. 2:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de junio de 1979, p. 13).

Hoy repito esas palabras. Ante la tragedia de la Shoah a nadie le es lícito pasar de largo.  Aquel intento de destruir de modo programado a todo un pueblo se extiende como una sombra sobre Europa y sobre el mundo entero; es un crimen que mancha para siempre la historia de la humanidad…Ante la tragedia de la Shoah a nadie le es lícito pasar de largo.. Que esto sirva, al menos hoy y en el futuro, como una advertencia: no se debe ceder ante las ideologías que justifican la posibilidad de pisotear la dignidad humana a causa de la diversidad de raza, de color de la piel, de lengua o de religión. Dirijo este llamamiento a todos y, particularmente, a los que en nombre de la religión recurren al atropello y al terrorismo.

 


[…]

Recuerdo que en 1979 reflexioné intensamente también delante de otras dos lápidas, escritas en ruso y en la lengua gitana. La historia de la participación de la Unión Soviética en aquella guerra fue compleja, pero no se puede por menos de recordar que durante la misma ningún pueblo sufrió tantas pérdidas humanas como el ruso. También los gitanos, en la intención de Hitler, estaban destinados al exterminio total. No se puede subestimar el sacrificio de la vida impuesto a estos hermanos nuestros en el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Por eso, exhorto de nuevo a no pasar con indiferencia ante esas lápidas.

Por último, me detuve ante la lápida escrita en lengua polaca. Dije entonces que la experiencia de Auschwitz constituía una «etapa más de las luchas seculares de esta nación, de mi nación, en defensa de sus derechos fundamentales entre los pueblos de Europa. Un nuevo fuerte grito por el derecho a un puesto propio en el mapa de Europa. Una dolorosa cuenta con la conciencia de la humanidad» (ib.). La afirmación de esta verdad era sólo una invocación de la justicia histórica para esta nación, que había afrontado tantos sacrificios en la liberación del continente europeo de la nefasta ideología nazi, y que había sido vendida como esclava a otra ideología destructiva: el comunismo soviético.


[…]  Hablando de las víctimas de Auschwitz, no puedo por menos de recordar que, en medio de ese indescriptible cúmulo de mal, hubo también expresiones heroicas de adhesión al bien. Ciertamente, numerosas personas aceptaron con libertad de espíritu someterse al sufrimiento y demostraron amor no sólo a sus compañeros prisioneros, sino también a sus verdugos. Muchos lo hicieron por amor a Dios y al hombre; otros, en nombre de los valores espirituales más elevados. Gracias a su actitud se ha hecho patente una verdad que a menudo aparece en la Biblia:  aunque el hombre es capaz de hacer el mal, a veces un mal enorme, el mal no tendrá la última palabra. Incluso en el abismo del sufrimiento puede triunfar el amor. El testimonio de este amor, dado en Auschwitz, no puede caer en el olvido. Debe despertar incesantemente las conciencias, extinguir los conflictos y exhortar a la paz.

 

 

 

sábado, 6 de junio de 2020

Auschwitz: monumento a las consecuencias del totalitarismo



Auschwitz, al lado de otros lager, queda símbolo dramáticamente elocuente de las consecuencias del totalitarismo. La peregrinación a estos lugares con el recuerdo y con el corazón, en este cincuenta aniversario, es obligatoria. "Me arrodillo —dije en el año 1979 durante la Santa Misa celebrada en Brzezinka, cerca de Auschwitz— sobre este Gólgota del mundo contemporáneo"[4]. Como entonces, renuevo idealmente mi peregrinación a tales campos de exterminio. Me paro especialmente "ante las lápidas con la inscripción en hebreo", para recordar al pueblo "cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total" y para confirmar que "no le es lícito a nadie pasar con indiferencia"[5]. Como entonces, me detengo ante las lápidas en ruso, después de los cambios sobrevenidos en la ex-Unión Soviética y recuerdo "la parte que ha tenido este País en la última Guerra por la libertad de los pueblos"[6]. Me detengo después ante las lápidas en lengua polaca y pienso de nuevo en el sacrificio de buena parte de la nación, que anota "una dolorosa cuenta sobre la conciencia de la humanidad". Como dije en 1979, repito hoy: "He elegido tres lápidas. Pero sería necesario detenerse delante de cada una de las existentes"[7]. Sí, en este cincuenta aniversario del final de la Segunda Guerra mundial, siento la íntima necesidad de permanecer junto a todas las lápidas, también de aquellas que recuerdan el sacrificio de víctimas menos conocidas o incluso olvidadas.
De esta meditación brotan interrogantes que la humanidad no puede dejar de lado. ¿Por qué se llegó a un grado tal de envilecimiento del hombre y de los pueblos? ¿Por qué, acabada la guerra, no se han sacado las debidas consecuencias de tan amarga lección para todo el continente europeo?
El mundo, y en particular Europa, se dirigieron hacia aquella gran catástrofe porque habían perdido la energía moral necesaria para hacer frente a todo lo que les empujaba hacia la guerra. En efecto, el totalitarismo destruye la libertad fundamental del hombre y viola sus derechos. Manipulando la opinión pública con el martilleo incesante de la propaganda, empuja a ceder fácilmente al recurso a la violencia y las armas y acaba por aniquilar el sentido de responsabilidad del ser humano.
Entonces, por desgracia, no nos dimos cuenta de que cuando se llega a pisotear la libertad, se ponen las condiciones para un peligroso deslizamiento hacia la violencia y el odio, precursores de la "cultura de la guerra". Precisamente esto fue lo que sucedió: no fue difícil a los jefes conducir a las masas a la elección fatal, mediante la afirmación del mito del hombre superior, la aplicación de políticas racistas o antisemitas, el desprecio hacia la vida de cuantos eran considerados inútiles a causa de enfermedades o marginación, la persecución religiosa o la discriminación política, la reducción progresiva de las libertades por medio del control policial y el condicionamiento psicológico derivado del uso unilateral de los medios de comunicación social. Precisamente a estas tramas se refería el Papa Pío XI de venerada memoria cuando, en la Encíclica Mit brennender Sorge, del 14 de marzo de 1937, hablaba de "tétricos programas" que aparecían en el horizonte[8].


viernes, 7 de junio de 2019

40 años de la primera visita de Juan Pablo II como Papa a Auswtitz


Se cumplen 40 años desde que Juan Pablo II visito,  por primera vez como Papa,  ese lugar tan venerado por él,  el campo de exterminio de Auschitz-Birkenau en su Polonia natal.
Alli donde “fue pisoteada de modo tan horrendo la humanidad, la dignidad humana” decia, entre otros:
“¿Puede todavía extrañarse alguien de que el Papa, nacido y educado en esta tierra; el Papa que ha ido a la Sede de San Pedro desde la diócesis en cuyo territorio se halla el campo de Auschwitz, haya comenzado su primera Encíclica con las palabras Redemptor hominis y que la haya dedicado en conjunto a la causa del hombre, a la dignidad del hombre, a las amenazas contra él y, en fin, a sus derechos? ¡Derechos inalienables que tan fácilmente pueden ser pisoteados y aniquilados por... el ser humano! Es suficiente revestir al hombre de un uniforme diverso, armarlo con instrumentos de violencia, basta imponerle la ideología en la que los derechos del hombre quedan sometidos a las exigencias del sistema... completamente sometidos, de modo que, de hecho, dejan de existir.
Vengo aquí hoy como peregrino. Se sabe que he estado aquí muchas veces... ¡Cuántas veces!
(…)
Vengo para mirar, junto con vosotros, independientemente de vuestra fe, una vez más a los ojos de la causa del ser humano
(…)
Ciertamente, vengo para orar junto con todos vosotros que habéis llegado aquí —y al mismo tiempo con toda Polonia— y con toda Europa. Cristo quiere que yo, Sucesor de Pedro, dé testimonio ante el mundo de lo que constituye la grandeza del hombre de nuestros tiempos y de su miseria. De lo que constituye su derrota y su victoria.
Vengo pues y me arrodillo en este Gólgota del mundo contemporáneo, sobre estas tumbas, en gran parte sin nombre, como la gran tumba del Soldado Desconocido. Me arrodillo delante de todas las lápidas de Birkenau, en las que se ha grabado la conmemoración de las víctimas de Auschwitz en las siguientes lenguas: polaco, inglés, búlgaro, cíngaro, checo, danés, francés, griego, hebreo, yidis, español, flamenco, serbo-croata, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro, italiano.
En particular, me detengo junto con vosotros, queridos participantes de este encuentro, ante la lápida con la inscripción en lengua hebrea. Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abrahán, que es padre de nuestra fe (cf. Rom 4, 12), como dijo Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que ha recibido de Dios el mandamiento de "no matar", ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia.
Quiero detenerme, además, delante de otra lápida: la que está en lengua rusa. No añado ningún comentario. Sabemos de qué nación habla. Sabemos qué parte ha tenido esta nación, durante la última guerra por la libertad de los pueblos. Tampoco ante esta lápida se puede pasar con indiferencia.
Finalmente, la última lapida: la que está en lengua polaca. Son seis millones de polacos los que perdieron la vida durante la segunda guerra mundial: la quinta parte de la nación. Una etapa más de las luchas seculares de esta nación, de mi nación, por sus derechos fundamentales entre los pueblos de Europa. Un nuevo alto grito por el derecho a un puesto propio en el mapa de Europa. Una dolorosa cuenta con la conciencia de la humanidad.
He elegido tres lápidas. Sería necesario detenerse ante cada una de ellas, y así lo haremos.
 Auschwitz es una cuenta con la conciencia de la humanidad mediante estas lápidas que dan testimonio de las víctimas que habían perdido las naciones. Auschwitz es un lugar que no basta solo visitarlo. Durante la visita hay que pensar con temor dónde están las fronteras del odio.
Auschwitz es un testimonio de la guerra. La guerra lleva consigo un desmedido crecimiento del odio, de la destrucción, de la crueldad. Y si no se puede negar que manifiesta también nuevas posibilidades de la valentía humana, del heroísmo, del patriotismo, queda sin embargo el hecho de que en ella prevalece la cuenta de las pérdidas. Prevalece tanto más, cuanto más la guerra se convierte en el juego de la bien calculada técnica de la destrucción. De la guerra son responsables no sólo los que la causan directamente, sino también aquellos que no hacen todo lo posible por impedirla.”
(…)
hablo no solo por los cuatro millones que murieron en este enorme campo. Hablo en nombre de todas las naciones, cuyos derechos son violados y olvidados. Hablo porque me obliga a ello, nos obliga a todos nosotros la verdad. Hablo porque me obliga a ello, nos obliga a todos nosotros la solicitud por el hombre.
Y por eso pido a todos los que me escuchan que centren todos sus esfuerzos sobre la solicitud por el hombre. En cambio, a los que me escuchan creyendo en Jesucristo les pido que se centren en la oración por la paz y la reconciliación.
Mis queridos hermanos y hermanos, no me queda nada más que decir.
Solo me vienen a la mente las palabras de la suplicación:
¡Santo Dios, Santo Fuerte Santo Inmortal!
De la peste, del hambre, del fuego y de la guerra
...y de la guerra, líbranos, Señor. Amén.


(de la Homilia de Juan Pablo II durante la Misa en el Campo de Concentracion de Auschwitz-Birkenau el 7 d junio de 1979)

miércoles, 2 de mayo de 2018

Que no enmudezcan las lápidas


(foto de Auschwitz.Org.)

El 6 de febrero pasado el presidente de Polonia firmo la ley que prohíbe culpar a Polonia  por los crímenes cometidos durante el Holocausto, una ley polémica y muy criticada. 
Juan Pablo II en su libro Memoria e Identidad dice que tanto el mal como el bien son un misterio y reconoce que Polonia misma  tardo en darse cuenta de lo macabro del plan y Occidente no aceptaba creer en la exterminación de los judíos.   He tenido la oportunidad – decía - de experimentar personalmente las «ideologías del mal». Es algo que nunca se borra de la memoria…. Lo que se podía ver en aquellos años era ya terrible. Pero muchos aspectos del nazismo no se veían en aquel período. No todos se daban cuenta de la verdadera magnitud del mal que se cernía sobre Europa, ni siquiera muchos de entre nosotros que estaban en el centro mismo de aquel torbellino. Vivíamos sumidos en una gran erupción del mal, y sólo gradualmente comenzamos a darnos cuenta de sus dimensiones reales.” Nadie niega, sin embargo y el mismo Karol Wojtyla/Juan Pablo II,  hablaba de ello con inmenso dolor,  el antisemitismo velado que existía tanto en Wadowice como -  mas tarde - en su querida Cracovia. Ya  durante sus años en Wadowice  Karol Wojtyla había  sido testigo,  y sufrido con  tristeza,  el menosprecio y discriminación que sufrían sus amigos judios,  incluso por parte de sus compañeritos de la primaria en Wadowice.   Pero fue durante sus años en Cracovia que fue testigo del Holocausto mayor. En palabras sencillas y profundas decia “El estallido de la guerra cambió de modo radical la marcha de mi vida.”  (Don y Misterio.) El nazismo no solo persiguió al pueblo judío, su fuerte objetivo secundario era destruir por completo la cultura polaca y el 6 de noviembre de 1939 fueron convocados engañados y deportados los respetables hombres de ciencia de la Universidad Jaguellonica llevándolos al campo de concentración de Sachsenhausen.  

Debido a las protestas de Israel, Polonia ha accedido, por ahora,  a debatir acerca de esta ley; afirman, sin embargo, que su implementación no ha sido congelada. 

Marta Suarez ha escrito en detalle acerca de la finalidad de esta ley en su blog. Invito leer sus comentarios.   Son muchas las conjeturas que aquí nos hacemos.  Se trata de una nueva ola de  antisemitismo? Exceso de “polonismo”?     Temor al pueblo judío?  Porque? si  según datos que contamos,  en Polonia actualmente viven tan solo unos 10.000 judios. (Sin embargo la comunidad judía internacional ya ha levantado su voz) Temor  a su propia gente y su conciencia?  Señal de fortaleza o signo de debilidad? 

Si hurgamos un poco en la historia los judíos llegaron a la actual Polonia durante el siglo X/XI  pero no les fue dado celebrar en paz el milenio en la tierra adonde habían sido acogidos, donde habían prosperado y gozado de cierto prestigio,  mayormente por sus habilidades comerciales, que no todos valoraban por temor a la competencia.    Aparentemente los comerciantes  judíos habían visitado los territorios habitados por polacos antes de la fundación de su Estado a finales del siglo X, atravesando las rutas de  comercio que les conducían desde Europa Occidental, a través de la actual Ucrania, para llegar hasta Bizancio y los países musulmanes. Sus  primeros asentamientos permanentes datan del siglo XI: en esa fecha  se establecen las primeras comunidades judías en Cracovia y otras  ciudades.  De hecho desde la fundación del reino de Polonia en 1025 y hasta la unión polaco lituana Polonia fue uno de los países más tolerantes de Europa convirtiéndose en el hogar de los judíos más grande y vibrante del mundo, de alguna manera “un paraíso judío”. Polonia ofreció a los judíos refugio ante las persecuciones que estaban sufriendo en Europa Occidental en la época de las cruzadas medievales de los siglos XI –XIII y ante la epidemia de la peste bubónica de mediados del siglo XIV, llamada la Muerte Negra. Los reyes y los príncipes polacos protegieron a los colonos judíos, a quienes garantizaron  libertad de culto y el derecho a desarrollar actividades económicas. Sin embargo la tolerancia empezó a mermar después de la partición de Polonia en 1795.  El asesinato del Zar produciría una escalada de oleadas antijudías (pogromos) entre 1881 y 1884 y más sangrientos otras entre 1903 y 1906.  Se calcula que hasta finales de la década de los años 1920 más de dos millones de judíos abandonaron la zona entonces compartida por países bajo el dominio de Rusia.    Según un censo nacional de 1931  habia en Polonia mas de 3 millones de personas que declaraban el judaísmo como su religión.  (un 10% de la población)   Cuando Polonia recobro su independencia poco antes de la II guerra mundial habitaban en Polonia algo más de 3 millones de judíos (10% de la población) Aproximadamente el 90% de los judíos polacos fueron asesinados por los nazis durante el Holocausto, unos 200.000 lograron emigrar a Israel. Ahora que Polonia cumplirá los 100 años de su independencia (en noviembre)  la comunidad judía actualmente allí ronda en tan solo unos 10.000 personas concentradas mayormente en Varsovia.


No es dificil imaginar la carga de emoción y significado que embargarían al Papa polaco cuando el 7 de junio de 1979 en su primervisita como Sumo Pontífice a su querida patria, visitaba conmovido el campo de exterminio de Auschwitz, Birkenau esa «cuenta con la conciencia de la humanidad»,  ese “lugar del terrible estrago, que supuso la muerte para cuatro millones de hombres de diversas naciones”  la «Gólgota del mundo contemporáneo».  

Considero que la tragedia ocurrida en tierra polaca y no solo la causada al pueblo judío sino también a otras nacionalidades y al pueblo polaco mismo, es demasiado tremenda y pesada su carga,  para ser siquiera tocada  por una simple ley que pretende evitar que se hable de culpas.  
Puede un escrito querer olvidar o borrar tanta tragedia,  aquel testimonio en las más diversas lenguas:   polaco, inglés, búlgaro, cíngaro, checo, danés, francés, griego, hebreo, yidis, español, flamenco, serbo-croata, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro, italiano…. “En particular, me detengo junto con vosotros, queridos participantes de este encuentro, ante la lápida con la inscripción en lengua hebrea. Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abrahán, que es padre de nuestra fe (cf. Rom 4, 12), como dijo Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que ha recibido de Dios el mandamiento de "no matar", ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia…. Finalmente, la última lapida: la que está en lengua polaca. Son seis millones de polacos los que perdieron la vida durante la segunda guerra mundial: la quinta parte de la nación. Una etapa más de las luchas seculares de esta nación, de mi nación, por sus derechos fundamentales entre los pueblos de Europa. Un nuevo alto grito por el derecho a un puesto propio en el mapa de Europa. Una dolorosa cuenta con la conciencia de la humanidad.”  (JuanPablo II 7 de junio de 1979) 

Esta proyectada ley de la nación polaca pretende a la larga hacer enmudecer aquellas lápidas por temor a ser culpados?   Seria un quiebre en la historia, en esa parte cruel de la historia ensamblada de tragedias demasiado pesadas para que cargue con ellas una sola nación. Tragedias que indudablemente,  y para siempre,  formarán parte de la historia.