Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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sábado, 1 de agosto de 2026

Karol Wojtyla : Un dia de julio en los lagos Masuria y un telegrama

 


En brevísimas y sencillas palabras, llenas de contenido (en cada frase descubrimos una etapa)  Gian Franco Svidercoschi,  en un pequeño libro que es un tesoro titulado Historia de Karol, nos cuenta parte de la vida de Karol Wojtyla, sacerdote y obispo.

“Si era verdad que habría preferido desempeñar su sacerdocio de otra manera, en una parroquia, en estrecho contacto con los problemas concretos de la gente. Pero así también estaba bien. Seguiría enseñando, escribiendo libros. Y conservaría un espacio pastoral propio manteniendo su relación con los universitarios y con las familias.

Un día de julio, le llegó un telegrama.  Quién sabía como, habían logrado localizarlo en los lagos de Masuria, donde practicaba el piragüismo con un grupo de amigos. Y aquel telegrama removió todas sus seguridades. Querían hacerle obispo. Y tenía que dirigirse inmediatamente a Varsovia, con el cardenal Wyszynski.

De entrada, no le agradó lo más mínimo. Entre otras cosas, porque no había tenido ninguna noticia previa. O mejor, porque solo sabía que le habían destinado a la carrera universitaria y que su nombre nunca había sido incluido en la lista de los candidatos al episcopado. Y entonces, ¿qué había pasado?

 Pues había pasado que monseñor Baziak había ignorado aquella lista. Y al tener que sustituir al auxiliar de Cracovia, fallecido unos meses antes, le había elegido precisamente a él, Karol. Un intelectual. Alguien que sólo tenía 38 años. Y el arzobispo, para evitar intromisiones, había enviado su propuesta directamente al Papa Pio XII.

 Wyszyski tenía mucha curiosidad por conocer a Wojtyla, entre otras razones porque, en un cierto sentido, le habían dejado al margen. Cuando lo tuvo delante y le preguntó si aceptaba el encargo, se quedó impresionado por su prontitud. De hecho, Karol le respondió con otra pregunta: ¿«Donde tengo que firmar?». Firmó, y sólo entonces preguntó: «Puedo ya volver a seguir con mi excursión?». Estaba decidido, y lo dejó claro, a seguir con los jóvenes. Sonriendo, el cardenal asintió.  

 Vino luego la ordenación episcopal, el 28 de septiembre de 1958. En la catedral de Wawel estaba representada de alguna manera toda la historia del nuevo obispo. Estaban los compañeros del grupo de teatro, los obreros de la Solvay, las familias de Niegowic, la primera parroquia, y los de San Florián. Se encontraban también los profesores del seminario y los de Lublin, los intelectuales y los universitarios, que se encargaban de la organización. En el momento culmen del rito, mientras se elevaba el canto del Te Deum,, un viejo amigo de la cantera de mármol, llamándolo por su apodo juvenil, le gritó: «Lolek (Carlitos), no dejes que nadie te derribe!»

 De este modo, Su Excelencia Lolek inició su aprendizaje episcopal. Visitó una por una todas las parroquias de la zona que le habían asignado. Pero también siguió dando clases, yendo y viniendo de Cracovia a Lublin. Y  mantuvo sus encuentros con los jóvenes, con las nuevas parejas. Y sobre todo, a lo que no renunciaría por nada del mundo, siguió con su ministerio en el confesionario.”

 (Gian Franco Svidercoschi, Historia de Karol, p.165/6, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid)

 


jueves, 9 de abril de 2026

Karol Wojtyla - Universidad Católica de Lublin

 


En septiembre de 1954 durante una caminata por las montañas al sur de Cracovia Stefan Swiecawski “urgió” a Wojtyla a unirse a la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica de Lublin (KUL) (ahora Universidad Católica de Lublin Juan Pablo II). Previa autorización del arzobispo Baziak, Wojtyla comenzó a acudir a Lublin desde Cracovia.

Habia cerrado la Universidad de Cracovia y Lublin era la unica universidad católica bajo el comunismo. “Y allí, en aquella especie de oasis protegido, pudo confrontar sus reflexiones con las de un grupo de profesores, de entre los más jóvenes y con las ideas más innovadoras. Estos profesores se proponian librar la gran batalla político-filosófica con el marxismo sobre su propio terreno, el de la liberación de la persona, pero a partir de un humanismo en el que hubiera sitio para el individo, para la esencia del hombre” (Svidercoschi, Franco : Historia de Karol)

Era plena época de confrontaciones políticas; entre 1953 y 1956 fueron clausuradas las facultades de leyes, ciencias sociales y educación y los diplomados en KUL encontraban dificultades para obtener posiciones académicas en otras universidades. Todas las presiones existentes no hicieron mas que fortalecer el espíritu de profesores y alumnado y hacer de KUL una “universidad con vocación” . El “proyecto” KUL fue ideado por un cuarteto de hombres relativamente jóvenes que habían ocupado puestos de profesores (el régimen estalinista de Polonia había depuesto los antiguos profesores) : Jerzy Kalinowski (Filosofía), Stefan Swiezawski (Historia de la Filosofia), el sacerdote dominico Mieczyslaw Albert Krapiec (Metafísica) y el sacerdote Karol Wojtyla (Ética). En noviembre de 1956 Wojtyla sucedió al dominico Félix Bedniarski, que es transferido al Angelicum de Roma y el 1ro de diciembre de 1956 es nombrado Director de la cátedra que ocuparía durante 22 años hasta su traslado definitivo a Roma como Sumo Pontífice. (Weigel, George Testigo de Esperanza)



En la introducción a Mi visión del hombre (Trilogía inédita I) publicada por Ediciones Palabra, Madrid, Maria Pilar Ferrer al hablar de la producción filosófica de Karol Wojtyla la divide en tres periodos:

a) aproximadamente desde inicios de los años cincuenta hasta 1979, centrado fundamentalmente en estudios de ética filosófica y sobre el amor humano. Cita entre las publicaciones que se destacan en la primera fase de ese periodo: los cursos impartidos en la KUL (1954-1958), las separatas de Abecedario ético (publicadas por Tygodnik Powszechnyentre los años 56-58: su tesis sobre la ética de Scheler y Amor y responsabilidad.

b) El segundo periodo definido fundamentalmente por Persona y Acto (1969) “una apuesta sobre el hombre, sobre la posibilidad y sobre las condiciones de afirmación de un humanismo no utópico y solidamente anclado en la realidad y en la experiencia”

c) En la tercera fase de la producción filosófica –dice Pilar Ferrer – “se abre con la ultima sección de Persona y Acto, que lleva el titulo de Participación y se extiende a todos los escritos posteriores” Y prosigue “en esta tercera fase ocupa un puesto singular el articulo El hombre en la esfera de la responsabilidad, un estudio sobre la concepción y sobre la metodología ética pensado como una “continuación ética de Persona y Acto”.


Juan Pablo II recordaba aquellos años de su paso por KUL en su primer viaje a Polonia en 1979 en su homilia a los universitarios en Varsovia, Y también - con cierta nostalgia - durante el mismo viaje en el discurso a los universitartios en Cracovia. Y extensamente durante su visita a la Universidad Catòlica de Lublin en 1987. Diriendose al mundo de la cultura admitia “Estas experiencias han impreso en mi conciencia y en mi entera personalidad profundas huellas para toda la vida”.


 

lunes, 15 de diciembre de 2025

La «noche oscura» de Karol Wojtyla

 


(Ayer tercer Domingo de Adviento la Iglesia también recordaba a San Juan de la Cruz,   “tan entrañablemente ligado a Karol Wojtyla desde su juventud, un santo que lo marcó profundamente, tanto que había querido entrar en el Carmelo, pero la Divina Providencia por medio del Cardenal Sapieha, le señalaba otro camino” (de mi post https://juanpablo2do.blogspot.com/2007/12/san-juan-de-la-cruz.html) Recordamos también su tesis doctoral “La fe según San Juan de la Cruz” 

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“Eran días de redadas. También habían arrestado y llevado a un campo de concentración a Juliusz Kydrynski

Jan le recomendó a Karol que no se dejara ver con los jóvenes durante una temporada, o al menos, que no se les viera todos juntos. Aunque era mejor ser prudentes, él no lo aceptó de buena gana. Necesitaba aquellas largas conversaciones, aquella naturalidad y espontaneidad con la que su amigo había sabido acercarlo de un modo nuevo a la fe, y en consecuencia, a una manera nueva de entender y de afrontar la vida.

Para compensarlo, Karol empezó a devorar aquellos libros que Jan le habia dejado. Aprovechaba sobre todo las pausas en el trabajo, junto a la caldera de la fabrica. No se cansaba nunca de leer La noche oscura de san Juan de la Cruz, en especial aquellas estrofas que dicen:

 Sin otra luz ni guía

Sino la que en el corazón ardía.

Aquella me guiaba

Mas cierto que la luz de mediodía

Les daba su propia interpretación. La «noche oscura» es cuando el alma sufre, cuando la cubre la oscuridad luminosa y purificadora de la fe, lo que paradójicamente le permite finalmente al hombre comprender su auténtica dignidad, el sentido genuino de la propia libertad.


Cuando Karol descubrió inicialmente la vida interior, la oración contemplativa, tuvo como una iluminación. Pensó hacerse monje carmelita, aunque luego se le pasó la idea, o hicieron que se le pasara. Con todo su futura vocación pondría de relieve la influencia determinante de aquellas lecturas, de aquella experiencia mística. En aquel momento se plasmó la síntesis entre vida activa y contemplación que marcaría su aventura humana y espiritual.”

 

(Historia de Karol de Gian Franco Svidercoschi, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid, 3004)

 Invito visitar posts etiquetados San Juan de la Cruz 



 

jueves, 16 de octubre de 2025

Cardenal Stanislaw Dziwisz : Viene un papa eslavo (2 de 2) – 1978

 


Mas tarde supe por fue el cardenal Wyszynski quien le había sugerido que tomase ese nombre, en memoria del Pontifice difunto y por respeto al pueblo  italiano, que habia amado profundamente a Juan Pablo I.

Todos los cardenales se acercaron para rendir homenaje al elegido: cuando Wojtyla llegó ante él, se estrecharon en un largo abrazo. Mientras, de la chimenea de la Sixtina salía la fumata blanca. Viene  un Papa eslavo, hermano de los  pueblos… había escrito mas de un siglo antes el gran poeta Juliusz Slowacki.

Yo en la plaza San Pedro, cerca de la entrada de la basílica. Fue allí donde escuché al cardenal Pericle Felici anunciar el nombre del nuevo Papa. ¡Era mi obispo! ¡Mi obispo! El corazón me daba brincos de alegría, por supuesto, pero me sentía como bloqueado, petrificado. Pensé para mis adentros: «Ha sucedido». Ha sucedido lo que nadie creía que podía suceder. En Cracovia había gente que rezaba para que no fuese elegido, querian que se quedase en la diócesis, que no se fuera. Nadie creía que algo asi podía ocurrir. ¡Y sin embargo, había ocurrido! ¡Habia ocurrido!

También Polonia vivió un primer momento de incredulidad, pero luego estalló la alegría. La gente abarrotó las calles, las plazas para expresar toda su felicidad, toda su emoción, y  todo su orgullo al ver a un hijo suyo subir a lacátedra de San Pedro.

Alguien consiguió distinguir mi cara en medio de la multitud, vino hacia mi y me llevo del brazo hasta la entrada del cónclave, que todavía estaba cerrada.

En el Vaticano, el Papa estaba vistiéndose con su nuevo hábito. Debìa asomarse a la logia externa de la basílica vaticana para impartir la bendidcion. Al acercarse al balcón y vislumbrar la inmensa multitud que abarrotaba la plaza, le pregunto a la persona que lo acompañaba si no sería conveniente pronunciar algunas palabras. El acompañante le contestó que no, que no estaba previsto por el ritual, por la praxis. Pero Juan Pablo II, según llego a la logia sintió como una oarden irresistible desde su interior. «Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo», dijo. Y la gente respondió: «Alabado sea por siempre.» Y entonces él empezó a hablar. «No se si podré explicarme bien en vuestra…en nuestra lengua italiana. Si me equivoco, corregidme…» Y la multitud rompió en un aplauso que parecía que nunca iba a tener fin.

Las puertas del cónclave se abrieron por fin, y el mariscal, el marques Giulio Sacchetti, me acompaño al interior del Vaticano. El Santo Padre estaba ya cenando con todos los miembros del Sacro Colegio. Cuando entré, el cardenal camarlengo, Jean Villot, se alzó y sonriendo, me presentó al nuevo Papa.  Fue un encuentro muy sencillo, pero, para mí, de una emoción extraordinaria. El me miraba fijamente, quizá quería adivinar cuales eran mis sentimientos al verlo vestido asi. No decia nada, y sin embargo, sentía que me hablaba con su penetrante mirada. Me encontraba delante del pastor de la Iglesia universal, del Papa; fue justo en ese instante cuando comprendí que ya no era más el cardenal Karol Wojtyla, sino Juan Pablo II, el sucesor de Pedro. Acercó su rostro al mío, y sólo entonces, me habló. Apenas una broma, sólo un par de palabras, pero llenas de su sentido de humor, que hicieron que se me pasase inmediatamente la emoción y me reencontrase con el hombre que conocía. Refiriendose claramente a los cardenales, quiso transmitirme su sorpresa ante el hecho de que lo hubieran elegido. Mas o menos, quiso decirme: «Pero que han hecho»!  Ésta, sin embargo, es mi…traducción. Él en realidad, lo que me dijo, variandola un poco, fue una frase en romanesco: »Li possono..»   Fui a cenar a otra sala en la que estaban el secretario del cónclave, monseñor Ernesto Civardi, el maestro de ceremonias y otras personas que habían prestado sus servicios durante esos días. Todos me miraban con curiosidad, pero también con simpatía.   El Santo Padre, después de cenar, regreso a su habitaqciòn, en un pequeño departamento que compartìa con el arzobispo de Nápoles, Corrado Ursi, en el entresuelo de la Secretaria de Estado. Conocìa bien a Ursi, habían sido nombrados juntos.  Y allí, en aquella habitación, el nuevo Papa comenzó su primer “trabajo”. Empezó a preparar el discurso para el día siguiente, que debìa pronunciar en latìn; conocía bien el idioma, asi que no tuvo problemas en escribirlo. Se trataba del discurso programático, en el que debía definir las líneas principales de su pontificadeo y las tareas que, por la voluntad de Dios,debería cumplir. Entre los puntos clave, la puesta en práctica del Concilio, la apertura al mundo, la situación del catolicismo en aquel momento histórico y eclesìastico, y el ecumenismo. Después de cenar, volvì al Colegio polaco. Ninguno de nosotros se fue a dormir, los otros sacerdotes y yo nos pasamos toda la noche comentando el gran evento. Mientras, con ayuda de la radio, intentábamos escuchar las reaccines de Cracoia, de las otrs ciudades polacas. Escuchábamos la alegría, el llanto dela gente y las oraciones, las vigilias que tenían lugar ne las iglesias, las mismas, el sonido de las campanas. En la catedral de Wawel – algo que sólo se hacìa en circunstancias especiales – había tañido la majestuosa campana de Segismundo.



Peor también había quen no se alegraba, quien se quedo literalmente en estado de shock, traumatizado, ante la elección del arzobispo de Cracovia. En Polonia, la publicación de la noticia se retrasó porque el Comité Central del Partido no sabìa como darla, como atenuar los inminentes contragolpes. Y no sólo en Polonia, sino en todo el mundo comunista, y especialmente en el Kremlin, el desconcierto fue enorme.  Durante diez días en el imperio dominó un silencio absoluto! No hubo ningúna declaración. Ningun comentario. La historia se había tomado una revancha clamorosa contra aquellos que estaban convencidoss que podían borrar a Dios de la vida de los hombres.   

Cuando el cardenal Wojtyla partió para asistir al conclave, las autoridades comunistas le quitaron el pasaporte diplomático, dejándole solo el turístico. Uno de los secretarios proinciales del Partido le había dicho: «Vayase, vayase, cuando vuelva echaremos cuentas.» Quien sabe qué habrá pensado aquel celoso funcionario cuando vio regresar, un año después, al cardenal vestido de blanco…

(de Una vida con Karol - Stanislao Dziwisz - Conversacion con Gian Franco Svidercoschi, cap 10 Viene un Papa eslavo.)

 

Cardenal Stanislaw Dziwisz : Viene un papa eslavo (1 de 2) - 1978

 


El «año de los tres Papas». Asi fue llamado 1978.

Gian Franco Svidercoschi

Aunque, como eslógico, Wojtyla nunca e hubiera podido imaginar, aquel primer domingo de agosto, el vuelco que iba a dar su vida en apenas un par de meses

Stanislaw Dziwisz

Se encontraba de vacaciones en los montes Bieszczady, con algunos amigos, cuando recibió la noticia de la muerte de Pablo VI. Ya se sabía que el Papa estaba enfermo, muy enfermo; pero cuando supo de su partida, el arzobispo sufrió mucho. Estaba muy unido a él, le apreciaba comoa un padre. Le habían impresionado desde un princpio su estilo pastoral, la forma en que contemplaba el mundo, la enorme apertura que demostraba hacia los problemas de la cultura.

La Iglesia se puso en camino hacia el cónclave. Muchos comentaristas preveían una elección dificil, compleja, por el elevado número de miembros del Sacro Colegio. Y porque no se habían entibiado aún los debates que laceraron a la comunidad católica en el largo y conflictivo perido que siguió al Concilio.

El cardenal Wojtyla so  se preguntaba nunca quién seria el sucesor del difunto Pontifice.  Se limitaba a decir: El Espiritu Santo decidirá. Lo observaba todo desde la óptica de la fe, con la mirada de un hombre creyente, un hombre de Iglesia.  En Roma se encontró con albino Luciani, el patriarca de Venecia. No se conocían a fondo, pero se habían visto con frecuencia y entre ellos había una gran afinidad espiritual. Recuerdo uno de aquellos encuentros, en el Colegio Pontificio polaco, en la plaza Remuria. Era el periodo preparatorio del cónclave. El cardenal Wojtyla invitò a comer al patriarca, y él acudió encantado. Yo también tuve ocasión de conocerlo y me cayó ensegida muy bien por su gran espontaneidad. Otro encuentro interesante fue el que tuvo con el cardenal Joseph Ratzinger. Creo que hablaron del crácter propiamente católico, cristiano, que debía tener la propuesta de la Iglesia al mundo contemporáneo en el inminente paso de milenio.

El cónclave, en contra de lo previsto, terminó muy pronto. La elección fue rapidisima, señal de que en aquel momento decisivo el Sacro Colegio había reencontrado una fuerte unidad.  Y, quizás, precisamente por esto, para reforzar la cohesión, el patriarca de Venecia había asumido un nombre compuesto – por el de Juan XXIII y el de PabloVI -, aunando la herencia de sus dos inmediatos predecesores. Y conciliando asi las dos tendencias que se identificaban – muchas veces contraponiéndolas, equivocadamente – con ambos Pontìfices.

El cardenal Wojtyla no contó nunca los detalles del cónclave. Dijo solo que durante su desarrollo se advirtió la presencia del Espìritu Santo. Aceptó y consideró como la voluntad de Dios – indicada por Ël a sus cardenales – la elección del nuevo Papa.  Tuvo un encuentro con Juan Pablo I inmediatamente después de la inauguración del pontificado y regresó a Cracovia llevándose consigo el recuerdo de aquella sonrisa llena de bondad, de la alegría con la que el Papa expresaba su profunda fe.

Transcurrieron sólo treinta y tres dias. Wojtyla acababa de regresar de una visita a Alemania Federal con la delegación del episcopado, encabezada por el cardenal Wyszynski. Habia estado en el santuario de Kalwaria. Celebró en la catedral de Wawel una misa solemne por la festividad de San Wenceslao y al mismo tiempo, para recordar el vigésimo aniversario de su ordenación episcopal. La mañana del 29 de septiembre estaba tomando el té cuando Mucha, el chofer, entro como una tromba en la habitación. Tenìa el rostro acalorado, agitado; a duras penas, consiguió decir que Juan Pablo I había muerto.

El arzobispo quedó rígido, pero sólo durante unos instantes. Interrumpió el desayuno y se dirigió a su habitación. En esos momentos tan tristes quería estar solo. No hizo ningun comentario: solo le oíamos murmurar: «Algo inaudito…inaudito». Vimos desde lejos que entraba en la capilla. Se quedo allí mucho rato, rezando.  Rezaba y quizá, se interrogaba, interrogab a Dios. Igual que hizo luego, abriendo su coracon, en la misa del funeral que se celebró en la basílica Mariacka: El mundo entero, la Iglesia entera se pregunta ¿Por qué?  […] No sabemos que significa esta muerte para la cátedra de Pedro. No sabemos qué ha querido decir Cristo a través de ella a la Iglesia y al mundo.

En Roma, en el Vaticano nos parecía estar asistiendo casi a una réplica de las escenas vividas en agosto. Pero para Wojtyla todo habia cambiado…

No hablaba nunca, ni siquiera en privado, de la sucesión del papa Luciani…

Pero los que lo conocían bien podìan leer en su rostro la inqujietud que sentìaen su interior. Quzá también porque se había enterado de que un cardenal tan infuyente como Franz Konig, arzobispo de Viena, mencionaba con frecuencia su nombre cuando hablaba con otros purpurados. La noche antes del cónclave quiso saludar, uno por uno, a todos los sacerdotes que residían en el colegio del Aventino, donde el se alojaba siempre que iba a Roma. Fu un saludo intenso, fraternal, pero a nadie se le escapó lo tneso de su actitud, su mirada pensativa.

A la mañana siguiente acompañé al cardenal al Vaticano. Antes nos acercamos al hospital Gemelli, a hacerle una visita a monseñor Andrzej Deskur que, precisamente en esos días, había sfrido un ictus y estaba ingresado en la unidad de reanimacion; estaba muy grave y aún no había recperado la consciencia. Años después ya Papa, Karol Wojtyla recordarìa la repentina enfermedad de monseñor Deskur diciendo que lo habia interpretado como una señal y que ésta le habia hecho reflexionar mucho. También porque a lo largo de su vida se habían producido más señales de este tipo. Cuando le iban a ordenar obispo,uno de sus más queridos amigos, monseñor Marian Jaworski debía sustituirle en un compromiso, ir a predicar los ejercicios a los sacerdotes; acudió en tren, se produjo un terrible accidente y perdió un brazo. Más tarde, justo en las vísperas del cónclave, la gravísima enfermedad de monseñor Deskur. Era como si su elección – quería decir el Papa – estuviese relacionada de alguna forma con el sufrimiento del amigo.  Pero  henos ya en el cónclave. Lo que allí ocurrió es un secreto, garantizaod por el juramento. No conocemos ningún detalle. Porlo tanto, que siga guardado por el Espíritui Santo y la sabiduría de la iglesia…

De acuerdo. Nadie quiere hacer conjeturas, mucho menos especulaciones. Con todo, con las debidas cautelas, y apoyándonos siempre sobre las voces autorizadas: podemos intentar reconstruir minimamente como se desarrolló el cónclave. Al menos para entender claro y de donde surgió aquella elección. Se inició el 15 de octubre de 1978, la primera jornada estuvo marcada por le debate entre los partidarios del arzobispo de Génova, Giuseppe Siri, ylos de Giovanni Benelli, arzobispode Florencia. Dos italianos, pero que representaban posiciones diveras: la primera sostenía la exigenia de una cierta modificación en la ruta trazada porel Concilio; la segunda, en cambio, apostaba por la continuación del Vaticano II, bajo el signo de una plena fidelidad al espíritu y a la letra de las enseñanzas conciliares.  Obviadas las dos candidaturas, mejor dicho, eliminadas recíprocamente, ya en las dos primeras votaciones del 16 de octubre, el nombre del arzobispo de Cracovia obtuvo numerosos votos. En el intervalo, como contó el cardenal Luigi Ciappi se produjo el vuelco decisivo: los que apoyaban a Wojtyla fueron convenciendo poco a poco a los otros miembros del Sacro Colegio. FueKönig, casi con toda seguridad, el gran artífice de ete progresivo desplazamiento de consensos. Ya había hablado con Wyszynski, convenciendole de lo oportuno de la elección (Wyszynski había sobreentendido que era él el candidato) y el primado fue a la celda de Wojtyla a expresarle su apoyo, a infundirle valor.    A animarle que aceptase. Le repitió la imperiosa pregunta que en la novela Quo vadis? de Sienkiewicz, le hace el Señor a Pedro cuando éste ha cedido a la tentación de huir de Roma; pero luego dulcifico el tono, rogándole que en el caso de ser elegido, aceptase. Yañadió: «La tarea del nuevo Papa será la de introducir a la Iglesia en el tercer milenio…»  El arzobispo de Cracovia regresó a la Capilla Sixtina con una expresión mas distendida en el rostro, pero con el corazón en pleno tumulto. Se le acercó un viejo amigo, el cardenal Maximilian de Furstenberg, que había sido rector del Colegio belga, y le susurró unas cuantas palabras del momento de la ordenacion sacerdotal. «Deus adest et vocat te» (Dios está aquí y te llama). En la octava votación, la segunda de la tarde, fue elegido – parece – con noventa y nueve votos. Conmovido, pero ya sereno acepto, eligiendo el mismo nombre que Luciani.

(de Una vida con Karol - Stanislao Dziwisz - Conversacion con Gian Franco Svidercoschi, cap 10 Viene un Papa eslavo.)

lunes, 1 de septiembre de 2025

Karol, un poeta de la piedra y de lo inmenso

 


Es verdad para todos los pontífices, naturalmente. Pero lo es, de manera especial, para Juan Pablo II, el primer papa eslavo, polaco, que conoció en carne propia las tragedias del siglo XX. Y, por lo tanto, no se puede comprender la figura de Karol Wojtyla –del mismo modo en que no se puede comprender su pontificado, basado en la defensa de la persona humana, de su dignidad, de sus derechos– sin remontarse a los orígenes, a las raíces de su vocación, a las diversas situaciones y experiencias que ha vivido. Incluida la experiencia artística.

Karol se acercó a la literatura en los años del bachillerato, en Wadowice, donde nació. Y al comenzar entonces a hacer teatro, su otra pasión, se dedicó obviamente a los mayores autores clásicos: Mickiewicz, Slowacki, Krasinski. Los cuales en el siglo XIX, con una Polonia borrada del mapa geopolítico de Europa, lograron preservar el patrimonio de su cultura y, por lo tanto, salvaguardar la identidad de la nación.

Pero, más aún que de los grandes poetas románticos, Wojtyla fue influenciado por la poesía de Cyprian Norwid. Otro extraordinario cantor de Polonia, pero más atento al hombre, a la relación entre fe y vida, a una visión más universal de la historia humana. Y, precisamente de Norwid, el joven Wojtyla aprendió el lenguaje de la poesía como comunicación de las emociones, de los sentimientos, de los propios ideales, de la propia tensión espiritual y, conjuntamente, como interpretación de la realidad, de los hechos de la vida humana.


La poesía de Karol, desde los inicios, se intuía a menudo con alusiones autobiográficas. Como la composición de la primavera de 1939, una de las primeras, si no es que la primera, cuando él tenía 19 años. Un desahogo dramático, porque expresaba toda su añoranza, pero se podría también decir su nostalgia, por la falta de su madre, fallecida desde hacía tiempo.

«Sobre tu blanca tumba
florecen las flores blancas de la vida.
Oh, cuántos años han desaparecido ya
sin ti – ¿cuántos años?
Sobre tu tumba blanca
cerrada desde hace años
algo parece levantarse:
inexplicable como la muerte.
Sobre tu tumba blanca,
Madre, amor mío apagado,
desde mi amor filial
una oración:
Dale a ella el eterno reposo».

Wojtyla fue un artista poliédrico. Hizo teatro, escribió de todo; dramas históricos, textos teatrales, ensayos científicos. Pero fue especialmente en la poesía donde logró expresar mejor el sentido profundo de lo que él mismo definió como el «continente hombre». El hombre en carne y hueso que se enfrenta con su libertad y con la esperanza cristiana. El hombre lidiando con las grandes preguntas de la vida. El hombre a menudo desfigurado, humillado por los falsos humanismos y, en cambio, en cuanto hijo de Dios, en posesión de su dignidad fundamental.

Mientras tanto, estalló la II Guerra Mundial, Polonia había sido invadida por los nazis. Y Karol, para no ser deportado a un campo de concentración, fue obligado a trabajar como obrero en una cantera de mármol. Sin embargo, precisamente esa experiencia le hizo conocer la dureza pero también el valor decisivo del trabajo: y de ahí –como recordará siendo Papa– el «misterio del hombre» tomó el primer lugar en sus reflexiones, y se sintió impulsado irresistiblemente a «defender el respeto del hombre».

«La piedra te da su poder, el trabajo madura al hombre
que recibe de él inspiración para un difícil bien.
Con el trabajo empieza un crecimiento de corazón y de mente
que a tantas personas implica y tantos eventos importantes
y entre los martillos madura el amor…».

Esta poesía, de 1956, se llamaba de hecho La cantera de mármol. Y, hasta un cierto punto, se llenaba de tristeza, de angustia. Karol estaba desconsolado por la muerte de un compañero de trabajo, arrollado por una explosión de dinamita.

«…Levantaron el cuerpo. Desfilaron en silencio.
De él aún emanaba cansancio y un sentido de injusticia…
Lo extendieron sobre un lienzo de grava.
Vino la mujer deshecha. Volvió el niño de la escuela…
Las piedras de nuevo se mueven. El carrito desaparece
entre las flores.
De nuevo una descarga eléctrica incide la cantera.
Pero el hombre se lleva consigo la secreta estructura del mundo
donde el amor prorrumpe más alto cuanto más lo impregna la rabia».

Sacerdote y obispo bajo el comunismo

Y entonces vino la gran decisión. Karol se volvió sacerdote. Estudió dos años en Roma y a su regreso, encontró su patria bajo un nuevo totalitarismo, el comunismo. Después de una breve experiencia en parroquia, se dedicó al ministerio de la confesión y se ocupó particularmente de jóvenes y parejas.

De esta manera conoció directamente, y desde dentro, toda la gama de sentimientos humanos y sus problemas existenciales: de los muchos interrogantes de las nuevas generaciones de cara a un futuro incierto, contradictorio, y sobretodo muy marcado por una concepción materialista, a las alegrías pero también a los dramas de la vida matrimonial.

Y todo esto, mediado siempre por una profunda sensibilidad religiosa, espiritual, entró en la obra literaria de Wojtyla. Como por ejemplo El taller del orfebre, de 1960, cuando ya era obispo. Es una pieza en verso, con la narración de tres historias de parejas, distintas pero enlazadas entre sí. Y basta el íncipit para entender la intensidad con que el autor se había acercado al gran misterio del amor.

Lo dice Teresa, la protagonista de la primera historia:

«Andrés me ha elegido y ha pedido mi mano.
Sucedió hoy entre las cinco y las seis de la tarde…
Caminaba por la parte derecha de la plaza,
cuando Andrés se volvió y dijo:
¿Quieres ser la compañera de mi vida?
Así dijo. Y no: quieres ser mi mujer,
sino: la compañera de mi vida…».

Karol Wojtyla se volvió arzobispo de Cracovia. Y, al hacerlo, fue el protector de todos los perseguidos por el régimen comunista: los obreros, los intelectuales, los jóvenes, los judíos, los revisionistas que esperaban aún en un socialismo con rostro humano. Wojtyla no se detuvo frente a las ideologías ni a las confesiones religiosas: defendió al hombre, cualquier hombre que fuera oprimido, pisoteado en su libertad, privado de sus derechos. Y, como hombre de Iglesia, contribuyó a la lucha por la justicia, por la salvaguarda de la memoria histórica y la independencia nacional. Este también es uno de los grandes temas que siempre, por influencia de Cyprian Norwid, estuvo al centro de su producción poética.

Pensando Patria… es una poesía compuesta por Wojtyla en 1974. Había revueltas de los trabajadores, intelectuales y estudiantes, luego nuevamente los obreros en el Báltico. Habían cambiado los dirigentes del partido comunista, Gierek en lugar de Gomulka, pero todo siguió como antes. Los polacos continuaban viviendo bajo el terror, y el peligro de nuevas represiones.

«Cuando pienso ‘Patria’ – me expreso a mí mismo, hundo mis raíces,
es voz del corazón, frontera secreta que de mí se ramifica a los demás,
para abrazar a todos, hasta el pasado más antiguo de cada uno;
de aquí surjo… cuando pienso ‘Patria’ – casi guardando en mí un tesoro.
Me pregunto cómo hacerlo crecer, cómo dilatar el espacio que llena
».

A la gente que estaba sumergida en la desesperación, que ya no reaccionaba, y sufría pasivamente la prepotencia del régimen, el arzobispo les dirigía palabras de fuego para empujarla al coraje, a la resistencia.

«Débil es el pueblo cuando permite la derrota, cuando
olvida su misión de velar hasta que
llegue la hora.
Las horas vuelven siempre sobre el gran cuadrado de la historia…».

Un Papa polaco… y poeta

Se llegó al 1978, el año de los dos cónclaves. Albino Luciani había sucedido a Pablo VI, pero había muerto repentinamente después de sólo 33 días. Los cardenales se habían vuelto a reunir y, el 16 de octubre, sucedió lo increíble: por primera vez en la historia un Papa polaco subía a la cátedra de Pedro. Y, sin embargo, la última poesía que Karol Wojtyla compuso como arzobispo de Cracovia, no parecía hacer pensar en un futuro como pontífice.

Estaba dedicada a san Stanislao, y a la Iglesia que nació con su martirio.

«Quiero describir a la Iglesia
–mi Iglesia que nace junto a mí,
pero no muere conmigo– y yo no muero con ella
que siempre me sobrepasa–
Iglesia: el fondo y la cumbre de mi ser.
Iglesia: raíz tendida en el pasado y en el futuro,
Sacramento de mi vida en Dios que es Padre.
Quiero describir la Iglesia– mi Iglesia ligada a mi tierra…».

Como Papa, Karol Wojtyla no escribió más poesías –no tenía evidentemente tiempo– pero a menudo en las homilías, especialmente en Navidad y Pascua, el desarrollo del texto era el de una composición poético espiritual.

Y en diversas ocasiones, además, discursos o incluso documentos terminaban con una oración escrita de manera poética. Juan Pablo II seguía de este modo siendo un gran «cantor» del hombre y un gran «testigo» de la verdad de Dios. Y era exactamente la clave de lectura que un famoso ensayista polaco, Z. Kubiak, dijo de las poesías de Karol Wojtyla: un poeta «de la piedra y de lo inmenso, es decir, de lo humano terrenal y de lo humano divino».

Y al final, cuando comenzó a ver aproximarse las puertas de la muerte, Karol Wojtyla entendió que, para expresar lo que sentía dentro, no podía hacerlo –una vez más, una última vez– sino con el lenguaje de la poesía. Y así nació Tríptico romano: meditaciones, casi un testamento espiritual. Es una obra en que dominan la maravilla y el estupor del ser humano frente a la Creación y que, realmente a veces a través de un camino difícil, le dan a conocer la verdad, el amor y la sabiduría del Dios Creador.

En particular, en la segunda parte de las tres estancias en que se subdivide la obra, Juan Pablo II se detenía en contemplación en el umbral de la Capilla Sixtina, admirando la obra maestra de Miguel Ángel en la representación del acto extraordinario de la Creación. Y aquí el Papa se dirigía –claramente– a los cardenales del futuro cónclave, deseando que éstos fueran iluminados y guiados por la luz y la transparencia de las imágenes del artista.

«Non omnis moriar (No moriré del todo) –



Lo que en mi hay de indestructible,
ahora se encuentra cara a cara con El que Es!
Así se pobló la pared central de la policromía sixtina.
…»Con-clave» (Con la llave): el común cuidado de la heredad de las llaves
de las llaves del Reino.
He aquí que se ven el Principio y el Final,
entre el Día de la Creación y el Día del Juicio.
Sólo le es dado al hombre morir una vez ¡y luego el Juicio!
La transparencia final y la luz.
La transparencia de los hechos –
la transparencia de las conciencias –
Es preciso que, durante el conclave, Miguel Ángel concientice a los hombres –
No olvidéis: Omnia nuda et aperta sunt ante oculos Eius.
Tú que penetras todo – ¡indica!
Él indicará…».

Gian Franco Svidercoschi

(tomado de Alfa y Omega)

martes, 10 de junio de 2025

Juan Pablo II y sus intentos de acercamiento a la Iglesia ortodoxa.

 


(Fuente: Stanislao Dziwisz: Una vida con Karol – conversación con Gian Franco Svidercoschi,  La Esfera delos libros, 2008, pag.222/226)

Pero los problemas eran todavía mas numerosos en le frente de la Iglesai ortodoxa. Caído el comunismo, disgregado el imperio soviético, la consiguiente explosión de nacionalismos involucró, por desgracia, también a la Iglesias, sobre todo a las ortodoxas, que durante tantos años habían vivido sin libertad y al margen del proceso ecuménico. (Gian FrancoSvidercoschi)

El Santo Padre intuyó en el acto que de aquella situación podían derivarse complicaciones en las relaciones con Roma. La Iglesia católica, por su unidad, tenía fuerza, mucha fuerza, mientras que las Iglesias ortodoxas, diversificadas y divididas entre ellas, no. El Papa intento iniciar un diálogo respetuoso, lleno de delicadeza y de comprensión, totalmente ajeno a cualquier idea de proselitismo. Pero no siempre fue comprendido. No siembre se comprendieron sus verdaderas intenciones. (Cardenal Dziwisz)

Esto ocurrió, sobre todo, con el patriarcado ortodoxo de Moscú. Estaba la cuestión de los uniatos, es decir, de los católicos orientales que reclamaban que se les devolviesen las iglesias y los bienes confiscados por el régimen comunista en la época de la represión para dárselos a los ortodoxos. Y luego, cuando la Santa Sede reorganizó la jerarquía eclesiástica en Rusia creando al final auténticas diócesis. Moscú reacciono de forma durísima y suspendió las relaciones durante algún tiempo.

El Santo Padre decía que las Iglesias de Rusia, recién salidas de  una tremnda opresión, tenían pleno derecho a contar con una organización definitiva. No podían dejarse sin pastores. 

Y además, el patriarcado de Moscú había sido advertido con tiempo. El nuncio había comunicado las intenciones de la Santa Sede de proceder a la creación de cuatro diócesis que, precisamente para no herir sensibilidades, iban a tomar su nombre del de las catedrales, en vez de adoptar las territoriales, ya usados por la Iglesia ortodoxa.

Quizás no le habían dado mayor importancia al asunto y habían aceptado sin más. Ninguna objeción. Sólo en un segundo momento, cuando vieron todo el “plan” realizado, o cuando  surgieron oposiciones internas, sólo entonces replicaron de aquella forma. Pero nadie, repito, nadie, se esperaba una reacción semejante!

Así, las oportunidades para que tuviera lugar un encuentro entre el Papa y el patriarca Alejo II fueron perdiéndose una tras otra.  La primera fue durante el viaje pontificio a Hungria, en septiembre de 1996. Había sido el propio Gobierno húngaro, a través de su embajador en la Santa Sede, el que había propuesto el encuentro en la localidad de Pannonhalma. Pero el Santo Sínodo del patriarcado ortodoxo se opuso.

La segunda vez fue en 1997: la preparación tuvo casi el crisma oficial. Se ocuparon de elli, por la parte católica el arzobispo Pierre Dprey, secretario del Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, y por la parte ortodoxa, el metropolita Kirill, presidente del Departamento para las Relaciones Exteriores. Fue elegido un lugar a medio camino entre Roma y Moscú, el convento cisterciense de Heiligenkreutz (Santa Cruz) a unos treinta kilómetros de Viena, aprovechando también el hecho de que Alejo II iba a ir a Austria, a Graz, para asisitir a la II Asamblea Ecuménica Europea. Por lo tanto, todo estaba listo para el 21 de junio, pero, en el último momento, Kirill dijo que no era posible. Una vez más, se había opuesto el Sínodo.

La tercera vez fue en el año 2003. El Papa iba a viajar a Mongolia; el avión tenia que hacer una escala técnica en Kazan, en territorio ruso, para entregar el icono de la Madre de Dios…

El Santo Padre deseaba ardientemente realizar la peregrinacion a Rusia, como señal de su deseo de contribuir a la unidad de los cristianos. Y para favorecer un definitivo acercamiento a la Iglesia ortodoxa, que siempre le había sido muy querida. Por esto, era importante que pudiera reunirse con Alejo II. Pero también esta vez, el encuentro fue anulado.

El escenario ecuménico, mientras tanto, se había vuelto totalmente oscuro. Elmundo ortodoxo, al verse obligado a defender a Moscú, se había unido contra Roma, contra su presunto “proselitismo”.

El Papa, sin embargo, no quiso resignarse. Para empezar, lanzó una clamorosa iniciativa con la enciclica Ut unum sint. Se declaro dispuesto, a través del dialogo con otros cristianos, a definir una nueva forma de ejercicio del primado del obispo de Roma, para que pudiese convertirse en un factor de unidad, en vez de continuar siendo un elemento de división.  Y por esto, la Congregación para la Doctrina de la Fe preparó un estudio sobre el primado en los primeros diez siglos, cuando el mundo cristiano todavía estaba unido.

Para intentar restablecer una amistad fraternal con las distintas Iglesias ortodoxas, Juan Pablo II emprendió una serie de viajes a países conflictivos: Rumania, donde aun estaba abierta la cuestión de los uniatos; Grecia, donde los obispos ortodoxos ni siquiera le habían invitado; Ucrania, cercana a Moscù. Ayudado por sus mea culpa, y sostenido por la convicción, como repetía con frecuencia, de que se tenía que impulsar “primero la unión afectiva y luego la efectiva”, el Papa consiguió que cambiasen de manera  radical situaciones y actitudes anteriormente hostiles.

Recuerdo ahora con emoción aquel grito, “Unitade, unitade”, que explotó de entre el pueblo durante la visita del Santo Padre a Bucarest, en Rumania. Gritaban todos, ortodoxos, católicos, protestantes evangélicos, invocando el regreso a la antigua unidad cristiana.  También me gustaría volver a mencionar, dado lo extraordinario de su carácter, el viaje a Grecia. Durante la estancia del santo Padre en Atenas pudimos comprobar como estas dos Iglesias, antes tan  alejadas la una de la otra, se estaban acerando por momentos. La Iglesia ortodoxa griega no volvió a ser la misma desde la visita del Papa.

Y entonces? Cuando se reunificarán todos los cristianos?   Es una pregunta que también se plantaba el papa Wojtyla en la conclusión del Ut unum sint: “Quanta est nobis via?” (¿Cuánto camino nos queda aún por recorrer?) Quizá, una primer respuesta estaba en aquellas seis manos que empujaban juntas la antigua puerta bizantina de San Pablo. Manos de cristianos todavía desunidos, pero seguramente con el deseo de volver a estar juntos.

  

jueves, 30 de enero de 2025

El infierno de Auschwitz (y otros) y la 2da guerra mundial (5 de 5) - Montecassino

 


Montecasino en ruinas después del bombardeoaliado, en febrero de 1944- Wikipedia.

 “La guerra había terminado, y una costra negra e impenetrable había caído sobre la suerte de muchas personas.  Solamente muchos años después empezaría a saberse algo. Como le sucedió a Wojtyla acerca de sus amigos y sus compañeros de escuela.

Galuszka era el más joven de su clase en Wadowice. Se había enrolado en los Ulanos, el regimiento de la caballería polaca, y había sido asesinado apenas estalló el conflicto, cerca de la frontera occidental; solo tenía dieciocho años. También Gajczak había muerto en los primeros días de la invasión alemana, abatido con su a avión. Czuprynski, el gran Czuprynski, el famoso donjuán del gimnasio del instituto, había saltado por los aires por culpa de una mina en Ancona, poco despues de haber participado en la victoriosa batalla de Montecassino.

Otros  habían vuelto de los lager, como Silkowski, o de la guerra, como Kus, que se vio obligado a ingresar inmediatamente en un sanatorio para curarse la tisis. Bernas también había luchado en Montecassino, pero cuando vio el cariz que estaban tomando los acontecimientos en Polonia, ya en manos de los comunistas, decidió quedarse en Italia, donde se casó y vivió en Éboli.

En cambio, otros habían desaparecido, como engullidos por la nada. Caídos en diversos frentes, con el Ejército nacional polaco, o en Tobruk; o bien habían fallecido en los campos de exterminio nazis o en los gulag soviéticos de Siberia.

En aquel periodo, Karol, casi obligado por las circunstancias, empezó a preguntarse el porqué se le había ahorrado mucho de cuanto había sucedido, el porqué tantos de sus amigos habían perdido la vida y él, en cambio, no.

Entre las respuestas que trató de darse, pensó en un primer momento que haberse salvado se debía a la fatalidad o a la suerte, o más simplemente a la casualidad. Pero después, se dijo, también es verdad que «en los planes de Dios nada es casual». De todas maneras, el gran daño de la guerra, con toda su carga de tragedias y de sufrimientos, marcó para siempre la existencia de Karol y la decisión que había tomado.

Veintisiete años después desde que se hubieran visto por última vez, Karol se encontró inesperadamente en Roma con Jerzy Kluger, uno de sus amigos judíos, y uno de los más apreciados. Kluger no había regresado a Polonia, sobre todo después de enterase del trágico fin de sus familiares en Auschwitz. Se había casado y tenía dos hijas. Tras haber trabajado un tiempo en Inglaterra, se trasladó a Italia.

Tanto Karol como Jerzy creían que el otro había muerto, y sin embargo iban a reencontrase.

 

Gian Franco Svidercoschi: Historia de Karol,  Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid

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El infierno de Auschwitz (y otros) y la 2da guerra mundial (4 de 5) Hiroshima y Nagasaki

 



Karol no pudo saber todas estas noticias hasta después del final de la guerra. La de Europa, sí, y también la del Pacífico, cuando por primera y única vez se utilizaron bombas atómicas.

Muchos defienden hoy que no había necesidad de utilizarlas. Que el Imperio del Sol Naciente, sin barcos y sin industria armamentística ya estaba vencido y dispuesto a rendirse. “¿Cuándo terminará la agonía del Japón?” era la petición que lanzaba la voz autorizada y objetiva del New York Times.

Pues a pesar de eso, aquellas terribles y mortíferas armas se usaron. Y ya entonces se intentaron explicar los motivos. Se dijo que se había recurrido a la bomba atómica para parar la guerra, para salvar centenares de miles de seres humanos,   pero quizás, su utilización estaba dictada por otras razones, por otras exigencias, como la de obligar a la Unión Soviética a aceptar la superioridad de América y su papel de garante del orden internacional.

El caso es que el 6 de agosto de 1945 (en Europa todavía era el día 5) emprendió el vuelo el cuatrimotor americano B-29, que el comandante había «bautizado» por así decir, con el nombre de su madre: Emola Gay, mientras que la bomba, con una dosis mayor de mal gusto había recibido el nombre de Little Boy, muchacho. El objetivo inicial se eligió al azar, o para ser más precisos, teniendo en cuenta las condiciones atmosféricas locales, que fueron las que decretaron la condena de Hiroshima. Allí, conforme dictaba el parte meteorológico, «estaba casi sereno y había una visibilidad de 10 millas»

De este modo, primero Hiroshima y luego Nagasaki fueron reducidas a la nada por un viento de fuego. Un «relámpago atronador», «un gran resplandor azul», según contaron los «afortunados» que pudieron contarlo. Nunca  había sucedido que, en apenas tres días, murieran tantas personas, todas juntas, en el mismo instante. Y muchas de aquellas que sobrevivieron, quedaron condenadas a una existencia marcada para siempre por las consecuencias de las radiaciones atómicas.

Entre las dos explosiones, Moscú aprovechó para declarar la guerra al Japón: sus tropas invadieron Manchuria y siguieron avanzando incluso tras el anuncio de la rendición por parte del emperador Hirohito. Pero al final, las armas callaron por completo. Solamente entonces se empezó a descubrir la vastedad de los horrores de este apocalipsis del siglo XX.

La guerra había causado 55 millones de muertos. A los que había que añadir todos los desterrados, los muertos por hambre, por el frío, sin que nunca hayamos podido conocer su número. Solamente la Unión Soviética tuvo 37 millones de víctimas,  Alemania casi cuatro millones, y Polonia más de un millón de soldados y cinco millones de ciudadanos, de los que la mitad eran judíos.

Y esto no era todo. En aquel desastroso balance había que incluir también poblaciones enteras que se habían tenido que someter a  un desplazamiento forzoso desde una parte de Europa a la otra, y que de golpe se habían encontrado sin casa, sin patria, sin raíces. Y no era menos impresionante, desde luego, el capítulo de las destrucciones: millares de ciudades habían quedado arrasadas, y muchos pueblos en condiciones tales que nunca más podrían ser reconstruidos. Incluso el mismo equilibrio ecológico había sufrido alteraciones con frecuencia irreversibles.”

Gian Franco Svidercoschi: Historia de Karol, 119/20, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid

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El infierno de Auschwitz (y otros) y la 2da guerra mundial (3 de 5) La gloria de los mártires

 


(placa en Auschwitz - traducción texto): 

Auschwitz fue el campo de concentración y muerte nazi alemán mas grande.

En los años 1940-1945, los nazis deportaron al menos 1.300.000 personas a Auschwitz:

1.100.000 judíos

140.000 - 150.000 polacos

23.000 romaníes (gitanos) 

15.000 prisioneros de guerra soviéticos

25.000 prisioneros de otros grupos étnicos.

1.100.000 de estas personas murieron en Auschwitz;  aproximadamente 90% de las víctimas eran judíos  Las SS asesinaron a la mayoría de ellos en las cámaras de gas.

 

“La lista de nombres sería interminable. Sólo unos pocos son conocidos. Pero a todos los une la experiencia de haber padecido la muerte por el hecho de ser cristianos. Una experiencia trágica, pero que se convierte n gloriosa si se considera desde la perspectiva de una vida marcada por la radicalidad evangélica.

 

Sería suficiente recordar al padre Maximiliano Kolbe, asesinado en Auschwitz, en el bloque número 11, tras haber asumido el puesto de un condenado a muerte. O al salesiano Jozef Kowalski,(*)  de la parroquia de Debniki, la de Wojtyla, al que golpearon y ahogaron por negarse a pisotear su rosario. O al prior del convento de Carmelitas Descalzos de Czerna, Alfonso Mazurek, (*) muerto a causa de los golpes recibidos. Para no continuar con la enumeración, quizás baste recordar que el campo de Dachau fue en algún momento el monasterio más grande del mundo, tal era el número de religiosos allí deportados.

 

Con todo , desde aquel 27 de enero de 1945, desde le momento en que aquellos cuatro soldados ucranianos lo descubrieron, es inevitable unir el recuerdo de los lager nazis con la Shoah, con la masacre planificada de los hijos de Israel solamente por le hecho de que eran judíos. Al igual que es inevitable ver en Auschwitz el «lugar» que simboliza de manera absoluta el desprecio del hombre, la dignidad de la persona humana.

 

También lo veía así Karol, que perdió así a muchos de sus conocidos, de sus amigos hebreos. Como las mujeres de la familia Kluger, o dos compañeros del Instituto, Zweig y Selinger, que murieron ahogados en un río de Siberia, donde habían sido deportados. “

 

 

* Beatificados por el Papa Juan Pablo II el  13 de junio de 1999 en Varsovia.

Gian Franco Svidercoschi: Historia de Karol, 121/122, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid

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El infierno de Auschwitz (y otros) y la 2da guerra mundial (2 de 5)

 

(Dachau - monumento a la memoria)

“En Auschwitz , y en los otros lager polacos, así como en Dachau, en Buchenwald, en Mauthausen, se había levantado una monstruosa  «maquina» de la muerte. Demasiado bien organizada, demasiado eficiente, para creer que tras ella sólo se encontraban los jefes nazis, las SS, los verdugos, los ejecutores materiales, y no también, en connivencia u obligado, no importa saberlo, todo el aparato de un Estado, desde las industrias a la administración de los ferrocarriles o a las grandes casas farmacéuticas.

Es más, resulta realmente difícil de creer que sólo estuviera detrás la locura de la ideología racista de Hitler y sólo Alemania, y no todo el contexto europeo que se había degradado hasta el punto de permitir que se produjera semejante matanza.

Es difícil de creer que de alguna manera no estuviera implicada la responsabilidad de ciertas comunidades cristianas, demasiado pasivas cuando no indiferentes, o incluso cómplices de una persecución emprendida desde hacía tiempo y de forma tan sistemática y total contra los judíos.

Para Polonia fue un shock colectivo. El ejército nazi la había atacado y ocupado, y había sufrido las consecuencias de la guerra mucho más que el resto de los países implicados. Pero con todo, ¿acaso no era preciso reconocer que su destino, con todo lo terrible que había sido, no podía equipararse con el de los judíos? ¿Y cómo no sentirse especialmente conmovidos al tener el conocimiento de que toda aquella barbarie se había consumado, sobre todo, en tierra polaca?

Karol estaba desconcertado. Había vivido solo indirectamente aquella tragedia. Pero había sido para él una experiencia tan intensa, tan dolorosa, que desde aquel momento la llevaría siempre dentro de sí. Era como si sintiera que él como polaco, hijo de una nación que había conocido la perversidad del nazismo, hubiera participado de alguna manera en el martirio del pueblo hebreo.

En los lager habían desaparecido personas de otras razas, como los gitanos y algunas pertenecientes a ciertas étnicas eslavas. Habían desaparecido pastores protestantes, obispos y sacerdotes católicos, polacos y alemanes, como consecuencia de la durísima represión a la que Hitler había sometido a todas las Iglesias. Al acabar la guerra, nada menos que un tercio del clero polaco había sido aniquilado en los campos de exterminio”

Gian Franco Svidercoschi: Historia de Karol, 119/20, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid

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