En la Argentina celebramos la Fiesta de Corpus Christi el próximo domingo 7 de junio.
Desde aquí acompañamos a España y a todo el pueblo español a la espera de la visita del Papa Leon XIV. En 1982, Juan Pablo II fue el primer papa que vino a España y luego repitió visita en 1984, 1989, 1993 y 2003. Benedicto XVI estuvo en 2006, 2010 y 2011… Ahora, cuando llega León XIV, surge una gran pregunta: ¿qué queda del país que se encontraron Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger respecto al que ahora abrazará Robert Prevost? Se pregunta Miguel Ángel Malavia y agrega. Entonces, “la Iglesia aún era una referencia relevante para amplios sectores de la población, aunque ya comenzaba una secularización que marcaría las décadas siguientes” Invito leer el articulo.
Aquí nosotros recordamos aquel 10 de Junio de 1982 cuando vivíamos en vísperas de una visita algo inesperada, pero no por eso menos ansiada, después de la carta que Juan Pablo II dirigió el25 de mayo a los fieles de la Argentina.
Estuvo con nosotros tan solo dos días el11 y el 12 de junio de 1982, que recordamos con cariño y devoción y su homilía allí frente al monumento a los españoles - en un acto difícilmente repetible en la Argentina, pues fueron momentos únicos de emociones fuertes, honda preocupación y entusiasmo a la vez por la visita del Santo Padre.
Hacia el final de su homilía en la Misa para la Nación Argentina Juan Pablo II nos dejaba un mensaje de paz valedero para todos los tiempos y todas las generaciones:
(Particularmente
en estos momentos de tantos desencuentros y escenas de discordia en todo el
mundo)
“Queridos amigos: Ustedes han estado constantemente en mi ánimo durante estos días. He apreciado de manera particular su acogida y actitud. He visto en sus ojos la ardiente imploración de paz que brota de su espíritu. Únanse también a los jóvenes de Gran Bretaña, que en los pasados días han aplaudido y sido igualmente sensibles a toda invocación de paz y concordia. A este propósito, muy gustoso les transmito un encargo recibido. Ya que ellos mismos me pidieron, sobre todo en el encuentro de Cardiff, que hiciera llegar a ustedes un sentido deseo de paz.
No dejen que el odio marchite las energías generosas y la capacidad de entendimiento que todos llevan dentro. Hagan con sus manos unidas - junto con la juventud latinoamericana, que en Puebla confié de modo particular al cuidado de la Iglesia - una cadena de unión más fuerte que las cadenas de la guerra. Así serán jóvenes y preparadores de un futuro mejor; así serán cristianos.”
Era sábado 12 de junio de 1982 y allí en Palermo celebrábamos por anticipado la Fiesta de Corpus Christi (del día siguiente domingo 13 de junio). La homilía del Santo Padre se centro en la conmemoración del misterio del amor del Cuerpo y Sangre del Señor, “el Santísimo Sacramento de la Nueva Alianza. El mayor tesoro de la Iglesia. El tesoro de la fe de todo el Pueblo de Dios.”
En
aquel momento, al obrar según su orden, ¿aparecerían quizás en su
memoria las palabras que Jesús pronunció un día cerca de Cafarnaúm: “Yo soy
el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan vivirá para
siempre”?
Aquel día santo, en el Cenáculo, ¿se dieron quizá cuenta de que había llegado el tiempo del cumplimiento de aquella promesa hecha junto a Cafarnaúm, promesa que a tantos parecía muy difícil de aceptar?
Cristo dice: “Tomad, éste es mi cuerpo . . .”, dándoles a comer el Pan. Este Pan se convierte en su Cuerpo, Cuerpo que al día siguiente será entregado en el sacrificio de la cruz. Cuerpo martirizado que destilará Sangre.
Cristo
en el cenáculo toma el cáliz, y después de haber dado gracias se lo da a beber
diciendo: “Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos”.
Bajo
la especie del vino los discípulos reciben la Sangre del Señor, y al mismo
tiempo participan de la nueva y Eterna Alianza, que es estipulada con la Sangre
del Cordero de Dios.
La fiesta del “Corpus Christi” - solemnidad de la Eucaristía - es, al mismo tiempo, la fiesta de la Nueva y Eterna Alianza, que Dios ha sellado con la humanidad en la Sangre de su Hijo.”
(de
la Misa para la Nación Argentina – homilía de Juan Pablo II - BuenosAires, 12 de junio de 1982)
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Después de una conversación a solas con el Presidente Galtieri, de unos 20 minutos, el Santo Padre pronunció el discurso de despedida. Agradeció “las cordiales y vistosas manifestaciones de afecto recibidas al cruzar vuestras plazas, avenidas – 9 de Julio y Rivadavia – sobre todo y ante todo vuestra presencia en los lugares de oración….Con un hasta pronto! Me despido de todos, bendiciendo a cada argentino, sobre todo a los enfermos y a los que sufren o lloran por las victimas de la guerra. Dios bendiga a Argentina, Dios bendiga a América Latina. Dios bendiga al mundo”.
El Santo Padre tenia programada su visita a Gran Bretaña desde hacia tiempo. Desatado el conflicto, con paternal delicadeza, decidió efectuar, fuera de todo programa y sin preparación alguna, una visita fugaz a la Argentina. Ya nos lo habia anticipado con su carta fechada 25 de mayo que comenzaba diciendo: “A los queridos hijos e hijas de la Nación Argentina: Os escribo por mi propia mano porque siento que debo repetir el gesto paternal del Apóstol Pablo hacia sus hijos, abrazándolos en la fe”
En la catedral metropolitana lo esperaban sacerdotes, seminaristas, religiosos, religiosas y miembros de movimientos eclesiales, junto con los obispos argentinos y presidentes de las conferencias episcopales de Latinoamérica. Luego de orar ante el Santísimo Sacramento, pronunció una alocución recordando a los presentes que venia para orar con nosotros por todas las víctimas, a orar por la paz y por una digna y justa solución del conflicto armado. En la Casa Rosada (la Casa de gobierno), fue recibido por el Presidente y tuvo un encuentro con los miembros de la Junta Militar . Antes de retirarse el Santo Padre se asomó al balcón para saludar a la inmensa muchedumbre que colmaba la Plaza de Mayo. 
