Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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martes, 10 de diciembre de 2019

¿Qué es la vejez? La vejez y el humor de Juan Pablo II



La sugerencia para que escribiera una carta a Mis hermanas yhermanos ancianos le llego de la Organización de las Naciones Unidas, que en el año 1999 decidió  hacer un  llamado mundial a los hombres de la llamada “tercera edad”. “Anciano también yo – escribía el Papa – sentí el deseo de entablar un dialogo con ustedes”. Quería dirigirse a todo aquel que transcurriese sus días en medio de las tribulaciones de la vejez: “Queridos ancianos que se encuentran en precarias condiciones por la salud o por otras causas, estoy cerca de ustedes afectuosamente”.  “¿Qué es la vejez”, se preguntaba, y respondía Cicerón: “De ella, a veces, se habla como del otoño de la vida”. Pero más que compararla con una estación descendente, él prefería definirla como el tiempo en que crece la sabiduría”.: “Es la época privilegiada de aquella sabiduría que, generalmente, es fruto de la experiencia, porque el tiempo es un gran maestro”.
Esa era la sabiduría del cristiano, que mantenía en su vejez el espíritu joven mirando hacia lo eterno”. “Si la vida es un peregrinar hacia la patria celestial, la vejez es el tiempo en el que más naturalmente se mira hacia el umbral de la eternidad”.
Esto no quería decir un adiós al amor a la vida: “Son años en que hay que vivir con un sentido de confiado abandono en las manos de Dios, Padre providente y misericordioso”. “El don de la vida – escribía el Papa – no obstante el cansancio y el dolor que la marcan, es demasiado hermoso y precioso para que nos podamos cansar”.
Él, si bien se encontraba a las puertas de los ochenta años, no se cansaba. “No obstante las limitaciones que llegan con la edad – concluía – en este momento de mi vida, después  de veinte años de ministerio en la Cátedra de Pedro, conservo el gusto por la vida. Le agradezco al Señor. Es hermoso poder agotarse hasta el final por la causa del reino de Dios”.
Aún más; conservaba todavía el gusto por la ironía y el buen humor. Un día, después de su regreso del hospital Gemelli, donde se había hecho atender a causa del fémur derecho, fracturado por una caída en el baño de su departamento privado, recibió la visita de un obispo. El prelado había comenzado elogiando el buen aspecto del Pontífice. “Lo veo en forma”  insistía – “Más aun, ¿sabe que le digo? El hospital le ha  hecho bien. Usted está mejor ahora que antes de la internación en el Gemelli”. El Papa lo miro con expresión picaresca y le dijo.” Entonces, porque no va a recuperarse también usted?”  
Domenico Del Rio: Karol el Grande, Historia de Juan Pablo II, Paulinas, 2004

sábado, 27 de julio de 2019

Anécdotas de la vida de Juan Pablo II


Durante su viaje a Israel, se le acerca  un hombre y le ofrece una reliquia «preciosa» : Un ladrillo de la casa de Abraham. Y el Papa «Pero creía que Abraham….vivía bajo una carpa!»

La priora general de una Nueva Comunidad asiste a la Misa del Papa. En el momento de los saludos, el Papa se asombra de su juventud. La religiosa le responde con una sonrisa luminosa. «Soy de la generación de Juan Pablo II!» y el Papa le responde: «Oh,! ¡Pero la generación de Juan Pablo II es de 1920».

Sentados a la mesa durante un almuerzo con Monseñor Gérard Dancourt, cuando era obispo de Orleans, Juan Pablo II le pregunta. «Tiene algún problema grave en su diócesis?», «Si, santo Padre, un problema grave que no se cómo resolver» . «De que se trata?«De la conversión de su obispo». «ah, tenemos el mismo problema en la diócesis de Roma».

En una ocasión, un niño del coro le pregunta. «Porque das vuelta al mundo?» Y él le responde: «Has leído que Jesus dijo: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio?» 

Hacia un tiempo que el estado de salud de Juan Pablo II era centro de atención de los medios que repetían todo rumor que tratase el tema. Y el Papa, a cuantos le preguntaban sobre su salud, respondía: «No se, aun no he tenido tiempo para leer los matutinos».

Durante un encentro romano con las religiosas, todas muy entusiasmadas, Juan Pablo II les dice: «Pensaba que las monjas eran tranquilas, y sin embargo hacen tanto alboroto que han hecho pedazos al Papa durante el primer encuentro.»

Durante uno de los viajes apostólicos por África hacia tanto calor que las personas que acompañaban al Santo Padre “ya habían agotado sus fuerzas y los periodistas estaban rendidos. Solo el Papa no daba señales de cansancio – escribía el corresponsal de DPA – cuando desciende del avión en Kisangani, corazón del infierno verde de la jungla en el sur del Zaire, se presenta tan fresco como al partir de Roma.” En cierto momento – cuenta George Weigel – pasando cerca de un equipo de la televisión alemana, les saluda diciendo «Que pasa muchachos, siguen vivos?»

(de Totus Tuus  Nr 7-8 julio agosto 2008)


sábado, 30 de marzo de 2019

Karol Wojtyla, socio del Barça 108.000


Juan Pablo II llevó al Camp Nou mucha más gente que Cruyff, Schuster, Maradona, Ronaldo o Ronaldinho. Porque la única vez en que el estadio barcelonista rozó la cifra mítica de los 120.000 asistentes fue en ocasión de la misa que ofició ahí el Pontífice ahora desaparecido, el 7 de noviembre de 1982. Gran año para el Barça (campeón de la Copa del Rey y de la Recopa) y para el barcelonismo, que pudo ver con cierto orgullo al Camp Nou en primer plano mediático con la picassiana ceremonia inaugural del Mundial de Fútbol. Era un estadio ampliado y modernizado pero tal vez alguien olvidó llevar unas docenas de huevos a las monjas clarisas, la cuestión es que el día en que Juan Pablo II celebró la multitudinaria misa, llovió a mares. Pero, como sucede con los aficionados en partidos solemnes, los fieles soportaron con entereza la inclemencia de los elementos.
Cuando el papamóvil aparcó en las instalaciones del Barça, el presidente Josep Lluís Núñez entregó al Papa el carnet de socio azulgrana, el 108.000, “con carácter vitalicio”. Unos años más tarde, el 19 de febrero de 1987, tan ilustre socio azulgrana recibió en audiencia privada en el Vaticano a una delegación del club, de la que formaban parte no sólo un nutrido grupo de directivos sino también una amplia representación de jugadores y técnicos de todas las secciones. Juan Pablo II se mostró especialmente afectuoso con todos ellos.

Pero el contacto más emotivo de los mantenidos por Karol Wojtyla, el socio 108.000 con el club azulgrana, se produjo, también en Roma, el 14 de mayo de 1999, cuando recibió en audiencia privada a una amplia delegación barcelonista que fue a ofrendarle la medalla del Centenario del club. De la comitiva formaban parte jugadores, técnicos, directivos del momento y también el ex presidente Agustí Montal, invitado como todos sus antecesores. El Papa dirigió a la comitiva un extenso y muy emotivo mensaje que pronunció con una dicción que dejó perplejos a los asistentes por su pulcritud y elocuencia.

Tras dar la bienvenida a la delegación, Juan Pablo II dijo: “Vuestra presencia evoca en mi el recuerdo de vuestra bella ciudad, laboriosa y rica de cultura, que tuve la dicha de visitar en 1982, celebrando precisamente la Santa Misa en el Camp Nou, estadio que es testigo de vuestras competiciones deportivas, y donde se me entregó el carnet de socio de vuestro club”. Y, en un tono afable y paternal, agregó: “Desde el afecto, no exento de admiración que siento hacia los deportistas, os animo a seguir dignificando el mundo del deporte, aportando al mismo tiempo no sólo lo mejor de vuestras fuerzas físicas en las diversas especialidades deportivas, sino también y sobre todo promoviendo las actitudes que brotan de las más nobles virtudes humanas: la solidaridad, la lealtad, el comportamiento correcto y el respeto por los otros, que han de ser considerados como competidores y nunca como adversarios o rivales”.

Juan Pablo II abundó sobre el espíritu de sacrificio, la perseverancia y el autodominio como elementos fundamentales del compromiso deportivo, pero, antes de impartir su bendición apostólica, quiso despedirse de la delegación barcelonista con una manifestación, íntegramente en catalán, que, con la perspectiva de los veintitrés años transcurridos, cualquier deportista honesto podría suscribir en estos momentos: “Deseo que vuestras actividades deportivas sean iluminadas por estas reflexiones. Mi augurio en este año del Centenario es que la participación en los diferentes torneos, eleve vuestro espíritu a las metas más altas. Que en este esfuerzo de crecimiento espiritual y moral os acompañe siempre la protección maternal de la Virgen de la Mercè, patrona de Barcelona, que tantas veces os ha acogido para que le ofrecierais vuestros trofeos”.

Aquel año los augurios del socio 108.000 del Barça se cumplieron por cuatriplicado ya que su club llevó ante la patrona de la ciudad y a la Plaça de Sant Jaume los títulos como campeón de Liga de fútbol, baloncesto, balonmano y hockey sobre patines.

Y, aunque defiendo la aconfesionalidad de un club plural y abierto a todo el mundo como el Barça -fundado por un no católico- no he querido pasar por alto la relación del Papa ahora muerto con el club azulgrana. Una relación que fue más allá de la simple y protocolaria entrega de un carnet. Y que espero que la directiva actual, tan apegada a todo cuanto pueda promocionar al club, no olvide en el partido ante el Betis de esta tarde tener un recuerdo respetuoso para ese ilustre consocio, sin duda el más mediático de todos.

jueves, 15 de septiembre de 2011

La Jornada de un Papa – (3 de 4) - por el cardenal Stanislaw Dziwisz en “Una vida con Karol”




“Pero ahora si que ha llegado el momento de ….volver al Vaticano y contar como es la jornada de un papa. Ante todo, hay que advertir que Juan Pablo II era un perfeccionista, porque quería disfrutar al máximo del tiempo del que disponía, así que programaba meticulosamente todos los momentos del día: la oración, el trabajo, las reuniones, las comidas durante las que podía conversar con los invitados y el descanso.
Otra cosa de la que hay que hablar necesariamente es de cómo vivía Karol Wojtyla en el Vaticano. Sus aposentos personales se reducían prácticamente al dormitorio y a un pequeño estudio, separado del cuarto por un biombo y amueblado con una pequeña escribanía y una butaca. Todo muy sencillo, muy espartano, y muy apropiado para alguien como èl, totalmente indiferente a las comodidades.
En el Vaticano, al igual que en Cracovia, vivía modestamente. Es más, podría decirse que practicaba la pobreza de una forma heroica, pero, y esto era lo más llamativo, sin ningún esfuerzo. No poseía nada, y casi nunca pedía algo. Con independencia de que no era un experto en asuntos de dinero y de que no buscaba el «salario» de la Sede Apostólica, era la Secretaria de Estado la que se ocupaba de los gastos que acarreaban sus actividades. EN resumen, como Papa era «rico», pero no tuvo jamás dinero propio.
El Santo Padre, comenzaba temprano su jornada. Se levantaba a las cinco y media, y una vez arreglado, acudía a la capilla para la adoración de la mañana, las laudes y la meditación, que duraba media ahora. A las siete, la misa, a la que siempre acudían fieles, o sacerdotes o grupos de obispos, especialmente los de un determinado país, que iban para la visita «ad limina».
Los invitados (cincuenta personas como máximo) se encontraban con frecuencia al Papa de rodillas, rezando con los ojos cerrados, en un estado de abandono total, casi de éxtasis, sin darse cuenta siquiera de que alguien había entrado. «Daba la sensación», comentó más de uno, «de que estaba hablando con el Invisible.»
Obispos y sacerdotes tenìan la posibilidad de concelebrar. Para los fieles era una gran experiencia espiritual, a la que el Santo Padre concedía gran importancia. Porque al estar todos reunidos en torno al Cristo eucarístico, con su Vicario en la tierra, en espíritu de fe y comunión, era como si estuviese allí la Iglesia universal en su totalidad Como si allí estuviese presente, con sus esperanzas pero también con sus dolores, la humanidad entera.
Y de hecho allí, siempre cercano al corazón del Papa, se encontraba espiritualmente el sufrimiento de las mujeres y los hombres de todo el mundo. El cajón del reclinatorio estaba lleno de las súplicas que le llegaban al Santo Padre. Había cartas de enfermos de sida y de cáncer. De una madre que pedía una oración por su hijo de diecisiete años que estaba en coma. Cartas de familias en crisis, de parejas que no tenían hijos y que, cuando sus oraciones recibían respuesta, le escribían para darle las gracias.
Despuès del desayuno , Juan Pablo II iba a su estudio. Escribìa apuntes: homilías, notas para lso discursos. Tras sufrir una fractura en la espalda, empezó a dictarle las notas a un sacerdote polaco – primero a don Stanislaw, luego a don Pawel -, que usaba ordenador portátil y que traducía sus textos al italiano. Finalizado el dictado, el Papa le preguntaba con frecuencia a su colaborador: «Que te parece?» Pero también ese tiempo dedicado al trabajo estaba lleno de oración de jaculatorias. ¿Cómo decirlo?, no dejaba de rezar en ningún momento del día. No era raro que cuando alguno de sus secretarios iba a buscarlo lo encontrase en la capilla, tendido en el suelo, completamente immerso en sus oraciones u ocupado en cantar durante la adoración cotidiana.
A las once, salvo los miércoles, dìa de audiencia general, se iniciaban las visitas privadas y públicas. Personas solas o grupos. Podían ser obispos, jefes de Estado y de Gobierno, personajes del mundo de la cultura, personalidades de distintos países. Al inicio del pontificado las audiencias se prolongaban a veces hasta las dos y media: el Papa no despedía nunca a nadie, no interrumpía jamás una conversación, dejaba siempre que la persona que tenía delante le dijese cuanto la preocupaba. Luego, con los años, aquellos encuentros no tuvieron más remedio que hacerse más breves.
Llegaba la hora de la comida. En la mesa, Juan Pablo II siempre tenía invitados que podían informarle directamente acerca de lo que ocurría en el mundo y en las comunidades cristianas. O bien – si los comensales eran los responsables de algún departamento – podía informarse de còmo iba el trabajo en esa ofician. O – si el Santo Padre debía programar un viaje o preparar un documento – invitaba a las personas relacionadas con ese tema.
El papa escuchaba, hacia preguntas, se informaba sobre una determinada situación o sobre algún problema. Comía de espaldas a la puerta que daba a la cocina, en uno de los lados largos de una mesa rectangular. Frente a èl se sentaban los invitados si eran sólo dos o tres: si eran más, tomaban asiento también a los lados, donde habitualmente estaban los secretarios personales
Junto a mí, con el paso del tiempo, se han sentado don Emery Kabongo, congoleño, don Vincent Tran Ngoc Thu, vietnamita, y don Mieczyslaw (Miecio, como le llamábamos) también polaco. Y ya que estamos, me gustaría recordar a las monjas del apartamento, camareras del Sagrado Corazón de Jesús, todas polacas: sor Tobiana, sor Eufrozyna, sor Germana, sor Fernanda y sor Matylda.
En general, se comía a la italiana. Pasta de primero, luego carne con verduras: se bebía agua y un poco de vino tinto. Por la noche, una sopa ligera y pescado. Sólo en las grandes festividades se volvía a la cocina polaca; ahí sí que las monjas podían lucirse: de primero, barszcz, una sopa de remolacha, u otro tipo de sopa; de segundo, la famosa kotlet, una costilla de cerco con patatas y verduras: y tarta, de amapolas o de requesón.
El Papa comía más o menos de todo. Poco, pero de todo. Como había sido siempre su costumbre. Desde la época de la juventud, desde la guerra, cuando las comidas eran frugales a la fuerza y el problema era encontrar un poco de pan duro, unas pocas patatas. Desde entonces Karol Wojtyla había mantenido una relación «distanciada» por así decirlo, con la comida. Sin embargo, había algo que le gustaba mucho: los dulces, sobre todo los italianos. Y el café: lo tomaba por la mañana y por la tarde.


Stanislao Dziwisz Una Vida con Karol – conversación con Gian Franco Svidercoschi (La Esfera de los Libros, Madrid, 2008)

martes, 13 de septiembre de 2011

La Jornada de un Papa – (2 de 4) - por el cardenal Stanislaw Dziwisz en “Una vida con Karol”







“Para las siguientes excursiones volvimos a elegir lugares solitarios. Pero en algunas estaciones de esquí era imposible evitar a la gente. Y, además, ¿Qué más daba? El Santo Padre se portaba como cualquier otro esquiador. Iba vestido como todos: mono, gorro y gafas oscuras. Hacía la cola como todo el mundo – aunque, como precaución, uno de nosotros estuviera delante de él y otro detrás – y enseñaba el forfait para usar los remontes.
Parecerá increíble pero nadie lo reconocía. También porque ….¿Quien iba a imaginarse a un Papa esquiando? Uno de los primeros que lo descubrió fue un niño de apenas diez años.
Ya era por la tarde. Don Josef y yo nos habíamos adelantado. Don Josef, finalizado el descenso, se había detenido al pie de la bajada para aguardar al Santo Padre. Justo en esos instantes, más abajo, acababa de pasar un grupo de esquiadores de fondo. Al poco, apareció un niño, jadeante, angustiado; era evidente que se había quedado rezagado. «Los ha visto?» preguntó. Y mientras don Tadeusz le indicaba por dónde se había ido su grupo, se volvió a mirar al Santo Padre, que acababa de llegar en ese preciso instante. Se quedó boquiabierto, con los ojos como platos, y empezó a gritar: «¡El Papa! ¡El Papa!» Y don Tadeusz: «¿Pero qué dices bobo? Anda, date prisa en alcanzar a tus compañeros, mira que te vas a perder….» El niño desapareció siguiendo a s grupo y nosotros, apenas estuvimos todos abajo, nos apresuramos a subir al coche y regresar a Roma…
Más tarde, cuando todo el mundo supo que el Papa esquiaba y que podía encontrárselo en cualquier pista, pensamos que era mejor dejarnos acompañar «oficialmente» por los servicios de vigilancia (así, en vez del coche, empezamos a movernos en un pequeño autocar, también porque se nos había incorporado Angelo Gugel) por un vehículo del Ispettorato de PS junto al Vaticano (para no tener a las autoridades italianas con el alma en vilo). Seguíamos acudiendo, de todas formas, a lugares poco concurridos. A veces nos quedábamos en la montaña hasta entrada la noche. Encendíamos el fuego, preparábamos algo de cena, charlábamos y terminábamos cantando todos juntos.”

Stanislao Dziwisz Una Vida con Karol – conversación con Gian Franco Svidercoschi (La Esfera de los Libros, Madrid, 2008)


sábado, 10 de septiembre de 2011

La Jornada de un Papa – (1 de 4) - por el cardenal Stanislaw Dziwisz en "Una vida con Karol"




"¿Cómo vive un Papa en el Vaticano? ¿Cómo se desarrolla su jornada? ¿Consigue conciliar el tiempo dedicado a la oración con el ritmo laboral? Consigue recortar una parcela para su vida privada en el marco de una actividad que, ligada como está a sus responsabilidades como cabeza de la Iglesia universal, es pública en cada momento?




Yo, naturalmente, hablaré de Juan Pablo II, junto al que he vivido. Pero quizás pueda permitirme hacer referencia a los últimos pontífices. Y decir que, aunque el Vaticano es una «estructura» que cuenta necesariamente con unas reglas, y por lo tanto, con una uniformidad de comportamientos – que afecta también a los pontífices -, cada Papa ha sabido, con su personalidad y con su talento, invertir esta situación. Es decir, ha sabido imponer s propio estilo de vida espiritual, pero también ¿Cómo decirlo? humano a la gran «maquina» vaticana.
Esto, como he podido constatar, es algo que, sin duda, ha sabido hacer Karol Wojtyla. Al principio, era inevitable, con algo de «nostalgia» por un pasado caracterizado por una mayor libertad y protocolo menos rígido. Pero luego se ha adaptado rápidamente a su papel, tanto que más de uno habrá preguntado – bromeo por supuesto – donde había realizado el «aprendizaje». Y, al mismo tiempo, ha asumido una forma de vida – también en el Vaticano, también siendo Papa – muy similar a la que siempre había llevado.




Por lo tanto, ya que he aludido a ello, comienzo por los «desgarros» de los primeros tiempos, cuando el Santo Padre tenía alguna que otra dificultad para acostumbrarse no tanto a estar «encerrado» en el Vaticano como a tener que hacerlo durante largos períodos.




Para explicarme mejor, las excursiones fuera de Roma, sobre todo a la montaña, le regalaban –era la expresión que usaba, un «regalo» la oportunidad de meditar y, sobre todo, de rezar. Aquel escenario era connatural a su espiritualidad. En las montañas contemplaba la obra de Dios y se abandonaba al Creador. Durante la comida, como es lógico, charlábamos. Pero, apenas terminaba de comer, se iba a caminar, él solo, a veces durante horas: así, decía, estaba con Dios con los siete sentidos. Era como si durante aquellas excursiones repusiera fuerzas. Y además, sacaba tiempo para leer y hasta para preparar los textos de su magisterio.




Fueron más de un centenar de «expediciones», casi todas por el Abruzo. Y al principio nadie sabía nada, ni en el Vaticano ni en la prensa.
La primera vez fue casi una «fuga». Hacía tiempo que deseábamos que el Santo Padre pudiese no sólo volver a esquiar, sino a zambullirse en la vida cotidiana de la gente, así que nos decidimos a intentarlo. No recuerdo de quién partió la idea, pero probablemente fue una iniciativa colectiva, surgida durante el almuerzo. En cualquier caso, la localidad elegida, Ovindoli, fue la sugerida por don Tadeusz Rakoczy que conocía bien la zona porque iba allí a esquiar. Por seguridad, dos o tres días antes, don Josef Kowalczyk y él fueron a «observar el terreno» para evitar imprevistos.
Si no recuerdo mal, fue el 2 de enero de 1981. Salimos hacia las nueve, en el coche de don Josef, para no llamar la atención a la salida del palacio de Castelgandolfo, donde estaba situada la Guardia suiza. Don Josef conducía: en el asiento del copiloto estaba don Tadeusz, que fingía leer el periódico, que llevaba abierto completamente, para «ocultar» al Santo Padre, sentado justo detrás de él, a mi lado.
Don Josef conducía con mucho cuidado, respetando los límites de velocidad, aminorando ante los pasos de cebra. ¡No queríamos ni pensar en lo que podría ocurrir en caso de accidente o si se rompía el coche!
Cruzamos varios pueblos: el Papa, a través del cristal de la ventanilla, pudo disfrutar observando escenas de la vida cotidiana. Cuando llegamos, nos detuvimos en las afueras de Ovindoli, cerca de una de las pistas, pero en un lugar donde no había prácticamente nadie. Y allí comenzó aquella jornada maravillosa, inolvidable. Las montañas alrededor. Toda la naturaleza cubierta de blanco. Aquel gran silencio que te permitía concentrarte, rezar. El santo Padre logró hasta esquiar. Estaba feliz con el «regalo» que le habíamos hecho. Ya de regreso, nos dijo, sonriendo: «¡Al final lo hemos conseguido!». Y en los días siguientes continuo dándonos las gracias y recordando los mejores momentos vividos durante la «expedición».




Stanislao Dziwisz Una Vida con Karol – conversación con Gian Franco Svidercoschi (La Esfera de los Libros, Madrid, 2008)

viernes, 2 de septiembre de 2011

Un poco de humor – El reloj de Juan Pablo II

En una conferencia reciente titulada “Juan Pablo II el hombre el siglo” el Pbro. Dr. Pedro Brunori nos conto algunas anécdotas. Una se refería al reloj de Juan Pablo II. Dicen que antes de Juan Pablo II ningún Papa usó reloj pulsera. Sabemos bien que a él no le costaba cambiar costumbres que no afectaran nada y a nadie... ... y uso reloj desde el primer dia…..y no dejo de usarlo...


En una ceremonia oficial muy importante al comienzo del pontificado en un momento que el Papa estira el brazo asoma su reloj pulsera; el ceremoniero se acerca y muy sigilosamente le arregla la manga, el Papa vuelve a estirar el brazo y el ceremoniero discretamente repite el movimiento, pero el Papa no cede, vuelve a hacerlo y entonces el ceremoniero ya no insistió…. supongo que no lo habrá vuelto a intentar pues a Juan Pablo II lo seguimos viendo con reloj pulsera…sino fíjense en estas fotos (y los iba cambiando a medida que le iban regalando; y el hacia lo mismo)






















y tambien en esta


lunes, 29 de agosto de 2011

Juan Pablo II Anécdotas - la Iglesia del silencio y la KGB



Muy al comienzo de su pontificado y después de haber visitado el Santuario de Mentorella, Juan Pablo II hizo una breve peregrinación a Asís, patria chica del “Poverello” San Francisco. Entre la gente que se encontraba allí evidentemente también se encontraban inmigrantes procedentes de detrás de la cortina de hierro y uno de ellos le grita al Papa “No se olvide de la Iglesia del Silencio”! pensando en las iglesias locales perseguidas en Europa central y del este.
El Papa rápidamente le responde “Ya no es más la Iglesia del Silencio, porque ahora habla con mi voz!

Inmediatamente después de la elección de Karol Wojtyla a la Sede de Pedro, la KGB no perdió tiempo enviando a Roma todos los espías que les parecía hacian falta, lo que fuera confirmado por Edward Kotowski al historiador Andrzej Grajewski, reconociendole que la mayoría de los diplomáticos polacos en Roma durante los primeros cinco años del pontificado de Juan Pablo II trabajaban para la SB (Servicio de Seguridad polaco), otros estaban empleados en LOT, la compañía aérea polaca, en Orbis una agencia de viajes polaca, o eran representantes de compañías polacas dedicadas al comercio internacional, además de varios “ilegales” que se comunicaban directamente con los Servicios de Seguridad polacos, quienes tenían sus conexiones más o menos directas en el Vaticano.
Juan Pablo II, conocedor de estas tácticas evito arriesgar y desde un comienzo ordeno cambiar rutinas anteriores: A diferencia de lo hecho por sus antecesores él no dictaba el memorando de las conversaciones con visitas o figuras políticas importantes (registros que serian guardados y utilizados como referencia en la Secretaria de Estado, cuyo servicio de contra-inteligencia no estaba especialmente preparado). Juan Pablo II, en cambio repasaría todos los momentos, reuniones y visitas importantes tanto a nivel oficial como aquellos de naturaleza mas privada, con su secretario Stanislaw Dziwisz quien registraba todo en una serie de diarios que eran guardados en las habitaciones papales, donde aquellos a quienes los datos no le incumbiesen directamente no tuviesen posibilidad de acceso”

(del libro de George Weigel ”The end and the beginning”, Doubleday, 2010

sábado, 12 de febrero de 2011

Llámenme Karol


Me contaba Petra que participó en la indescriptible, increíble JMJ 1995 en Manila, “la asamblea más grande de todos los tiempos
”después de la Vigilia muy tarde hacia la noche alrededor de cuatro millones de jóvenes tuvimos oportunidad de “dialogar” con el Papa.

Se imaginan como son estos eventos cantábamos…gritábamos... Lolek, Lolek, Lolek!!!
Y él se reía….hasta que habló:
Amigos míos, frente a ustedes tienen a un hombre anciano!!!
Y nosotros : Nooooooooooooo ...
A lo cual el Papa respondía:
Oh si, soy un hombre viejo. Así que en vez de llamarme Lolek.. porque Lolek me decían cuando era niño…. Ahora soy viejo…..
-Noooooooooooooooooooooooooo!!!!!!!!!!
-Bueno llámenme Karol, esta bien?”