Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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martes, 4 de agosto de 2026

Oracion por los sacerdotes – Juan Pablo II

 


OH MARIA

Madre de Jesucristo y Madre de los sacerdotes:
acepta este título con el que hoy te honramos
para exaltar tu maternidad
y contemplar contigo
el Sacerdocio de tu Hijo unigénito y de tus hijos,
oh Santa Madre de Dios.

Madre de Cristo,
que al Mesías Sacerdote diste un cuerpo de carne
por la unción del Espíritu Santo
para salvar a los pobres y contritos de corazón:
custodia en tu seno y en la Iglesia a los sacerdotes,
oh Madre del Salvador.

Madre de la fe,
que acompañaste al templo al Hijo del hombre,
en cumplimiento de las promesas
hechas a nuestros Padres:
presenta a Dios Padre, para su gloria,
a los sacerdotes de tu Hijo,
oh Arca de la Alianza.

Madre de la Iglesia,
que con los discípulos en el Cenáculo
implorabas el Espíritu
para el nuevo Pueblo y sus Pastores:
alcanza para el orden de los presbíteros
la plenitud de los dones,
oh Reina de los Apóstoles.

Madre de Jesucristo,
que estuviste con Él al comienzo de su vida
y de su misión,
lo buscaste como Maestro entre la muchedumbre,
lo acompañaste en la cruz,
exhausto por el sacrificio único y eterno,
y tuviste a tu lado a Juan, como hijo tuyo:
acoge desde el principio
a los llamados al sacerdocio,
protégelos en su formación
y acompaña a tus hijos
en su vida y en su ministerio,
oh Madre de los sacerdotes. Amén.

(De la Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis del Papa Juan Pablo II, al Episcopado, al Clero y a los fieles sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual)

viernes, 21 de noviembre de 2025

Pio XII: El saber sacerdotal debe ir junto con la convicción sacerdotal.

 


Preparando otro trabajo me encuentro con la biografia del Papa Pio XII y entre los documentos parte de los  consejos a los seminaristas de entonces,  de la diócesis de Bonn,  que no tiene desperdicio y no ha perdido vigencia y lo incluyo en este blog,  en parte,  para dar a conocer la valiosa biografía escrita por Mons. Vives:

Su concepción del sacerdocio la expresó en Alemania en 1926, al dirigirse a los seminaristas de la diócesis de Bonn de esta manera:

“Vosotros queréis llegar a ser sacerdote: La posición de un conductor e intermediario sobrenatural, para la que el oficio sacerdotal lo destina, requiere dos cosas: el saber sacerdotal y la convicción sacerdotal.”

“Construid por medio de un profundizado estudio de la filosofia y de su historia, y ante todo por medio de una absoluta comprensión de la Philosophia perennis, la filosofia escolástica, los fundamentos para una defensa sólida y eficaz de las bases de nuestra fe.”

“Llenad por medio de serios estudios de la Escritura, y de los antepasados vuestros corazones y mentes con toda la riqueza y deslumbrante belleza de la doctrina católica.”

“Aprended por el estudio de la historia de la Iglesia y del derecho canónico comprensión de las tareas gigantescas de la Iglesia en el pasado y en el presente.”

“Y sobre todo, conceded a la investigación especulativa de las verdades de la fe el sitio de honor que le corresponde en el programa de estudio entero. Alberto el Grande, el maestro de Santo Tomás, y León XIII el exitoso restaurador del estudio escolástico, deben ser en este camino vuestro guía y vuestro ideal.”

“Si vosotros seguís estos ejemplos, lograréis entonces también lo que constituye el último y más profundo Arcanum (*) de toda actividad sacerdotal: una síntesis armónica, basada en lo sobrenatural, realizada en Dios, del saber y de la fe.”

“El saber sacerdotal debe ir junto con la convicción sacerdotal.”

“Sólo allí, donde la brillante llama de la ciencia se une al tranquilo fuego divino de verdadera piedad, de una fe humilde y valiente fidelidad hacia la Iglesia y el Papa, crece aquel cariño apostólico, que da al sacerdocio contenido y consagración y le posibilita para ganar nuevas victorias para e1 Evangelio de la Cruz.”

Fuente: Monseñor FranciscoVives Estevez : Pio XII su vida y documentos pontificios

(*) secreto, misterio

martes, 14 de octubre de 2025

Juan Pablo II: Ser sacerdote hoy (3 de 3)

 


Hombre de la Palabra

Me he referido ya al hecho de que para ser guía auténtico de la comunidad, verdadero administrador de los misterios de Dios, el sacerdote está llamado a ser hombre de la palabra de Dios, generoso e incansable evangelizador. Hoy, frente a las tareas inmensas de la "nueva evangelización'', se ve aún más esta urgencia.

Después de tantos años de ministerio de la Palabra, que especialmente como Papa me han visto peregrino por todos los rincones del mundo, debo dedicar algunas consideraciones a esta dimensión de la vida sacerdotal. Una dimensión exigente, ya que los hombres de hoy esperan del sacerdote antes que la palabra "anunciada" la palabra "vivida". El presbítero debe "vivir de la Palabra''. Pero al mismo tiempo, se ha de esforzar por estar también intelectualmente preparado para conocerla a fondo y anunciarla eficazmente. En nuestra época, caracterizada por un alto nivel de especialización en casi todos los sectores de la vida, la formación intelectual es muy importante. Esta hace posible entablar un diálogo intenso y creativo con el pensamiento contemporáneo. Los estudios humanísticos y filosóficos y el conocimiento de la teología son los caminos para alcanzar esta formación intelectual, que deberá ser profundizada durante toda la vida. El estudio, para ser auténticamente formativo, tiene necesidad de estar acompañado siempre por la oración, la meditación, la súplica de los dones del Espíritu Santo: la sabiduría, la inteligencia, el consejo, la fortaleza, la ciencia, la piedad y el temor de Dios. Santo Tomás de Aquino explica como, con los dones del Espíritu Santo, todo el organismo espiritual del hombre se hace sensible a la luz de Dios, a la luz del conocimiento y también a la inspiración del amor. La súplica de los dones del Espíritu Santo me ha acompañado desde mi juventud y a ella sigo siendo fiel hasta ahora.

Profundización científica

Ciertamente, como enseña el mismo Santo Tomás, la "ciencia infusa", que es fruto de una intervención especial del Espíritu Santo, no exime del deber de procurarse la "ciencia adquirida".

Por lo que a mí respecta, como he dicho antes, inmediatamente después de la ordenación sacerdotal fui enviado a Roma para perfeccionar los estudios. Más tarde, por decisión de mi obispo, tuve que ocuparme de la ciencia como profesor de ética en la Facultad teológica de Cracovia y en la Universidad Católica de Lublin. Fruto de estos estudios fueron el doctorado sobre San Juan de la Cruz y después la tesis sobre Max Scheler para la enseñanza libre: más en concreto, sobre la aportación que su sistema ético de tipo fenomenológico puede dar a la formación de la teología moral. Debo verdaderamente mucho a este trabajo de investigación. Sobre mi precedente formación aristotélico-tomista se injertaba así el método fenomenológico, lo cual me ha permitido emprender numerosos ensayos creativos en este campo. Pienso especialmente en el libro "Persona y acción De este modo me he introducido en la corriente contemporánea del personalismo filosófico, cuyo estudio ha tenido repercusión en los frutos pastorales. A menudo constato que muchas de las reflexiones maduradas en estos estudios me ayudan durante los encuentros con las personas, individualmente o en los encuentros con las multitudes de fieles con ocasión de los viajes apostó1icos. Esta formación en el horizonte cultural del personalismo me ha dado una conciencia más profunda de cómo cada uno es una persona única e irrepetible, y considero que esto es muy importante para todo sacerdote.

El diálogo con el pensamiento contemporáneo

Gracias a los encuentros y coloquios con naturalistas, físicos, biólogos y también con historiadores, he aprendido a apreciar la importancia de las otras ramas del saber relativas a las materias científicas, desde las cuales se puede llegar a la verdad partiendo de perspectivas diversas. Es preciso, pues, que el esplendor de la verdad -Veritatis Splendor- las acompañe continuamente, permitiendo a los hombres encontrarse, intercambiar las reflexiones y enriquecerse recíprocamente. He traído conmigo desde Cracovia a Roma la tradición de encuentros interdisciplinares periódicos, que tienen lugar de modo regular durante el verano en Castel Gandolfo. Trato de ser fiel a esta buena costumbre.

"Labia sacerdotum scientiam custodiant..." (cf. Ml 2, 7). Me gusta recordar estas palabras del profeta Malaquías, citadas en las Letanías a Cristo Sacerdote y Víctima, porque tienen una especie de valor programático para quien está llamado a ser ministro de la Palabra. Este debe ser verdaderamente hombre de ciencia en el sentido más alto y religioso del término. Debe poseer y transmitir la "ciencia de Dios" que no es sólo un depósito de verdades doctrinales, sino experiencia personal y viva del Misterio, en el sentido indicado por el Evangelio de Juan en la gran oración sacerdotal: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo" (17, 3).

(Juan Pablo II: Don y Misterio, IX)

Juan Pablo II: Ser sacerdote hoy (2 de 3)

 


Llamado a la santidad

En contacto continuo con la santidad de Dios, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico. Esto explica que de un modo especial deba vivir el espíritu de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. En esta perspectiva se comprende también la especial conveniencia del celibato. De aquí surge la particular necesidad de la oración en su vida: la oración brota de la santidad de Dios y al mismo tiempo es la respuesta a esta santidad. He escrito en una ocasión: ''La oración hace al sacerdote y el sacerdote se hace a través de la oración''. Sí, el sacerdote debe ser ante todo hombre de oración, convencido de que el tiempo dedicado al encuentro íntimo con Dios es siempre el mejor empleado, porque además de ayudarle a él, ayuda a su trabajo apostólico. Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez mas secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad. Los hombres, sobre todo los jóvenes, esperan un guía así. ¡El sacerdote puede ser guía y maestro en la medida en que es un testigo auténtico!

La cura animarum

En mi ya larga experiencia, a través de situaciones tan diversas, me he afianzado en la convicción de que sólo desde el terreno de la santidad sacerdotal puede desarrollarse una pastoral eficaz, una verdadera "cura animarum". El auténtico secreto de los éxitos pastorales no está en los medios materiales, y menos aún en la "riqueza de medios''. Los frutos duraderos de los esfuerzos pastorales nacen de la santidad del sacerdote. ¡Este es su fundamento! Naturalmente son indispensables la formación, el estudio y la actualización; en definitiva. una preparación adecuada que capacite para percibir las urgencias y definir las prioridades pastorales. Sin embargo, se podría afirmar que las prioridades dependen también de las circunstancias, y que cada sacerdote ha de precisarlas y vivirlas de acuerdo con su obispo y en armonía con las orientaciones de la Iglesia universal. En mi vida he descubierto estas prioridades en el apostolado de los laicos, de modo especial en la pastoral familiar -campo en el que los mismos laicos me han ayudado mucho-, en la atención a los jóvenes y en el diálogo intenso con el mundo de la ciencia y de la cultura. Todo esto se ha reflejado en mi actividad científica y literaria. Surgió así el estudio Amor y responsabilidad y, entre otras cosas, una obra literaria: El taller del orfebre, con el subtítulo Meditaciones sobre el sacramento del matrimonio.

Una prioridad ineludible es hoy la atención preferencial a los pobres, los marginados y los emigrantes. Para ellos el sacerdote debe ser verdaderamente un "padre". Ciertamente los medios materiales son indispensables, como los que nos ofrece la moderna tecnología. Sin embargo, el secreto es siempre la santidad de vida del sacerdote que se expresa en la oración y en la meditación, en el espíritu de sacrificio y en el ardor misionero. Cuando pienso en los años de mi servicio pastoral como sacerdote y como obispo, más me convenzo de lo verdadero y fundamental que es esto.

 (Juan Pablo II: Don y Misterio, IX)

Juan Pablo II: Ser sacerdote hoy (1 de 3)

 


Cincuenta años de sacerdocio no son pocos. ¡Cuántas cosas han sucedido en este medio siglo de historia! Han surgido nuevos problemas, nuevos estilos de vida, nuevos desafíos. Viene espontáneo preguntarse: ¿qué supone ser sacerdote hoy, en este escenario en continuo movimiento mientras nos encaminamos hacia el tercer Milenio?

No hay duda de que el sacerdote, con toda la Iglesia, camina con su tiempo, y es oyente atento y benévolo, pero a la vez crítico y vigilante, de lo que madura en la historia. El Concilio ha mostrado como es posible y necesaria una auténtica renovación, en plena fidelidad a la Palabra de Dios y a la Tradición. Pero más allá de la debida renovación pastoral, estoy convencido de que el sacerdote no ha de tener ningún miedo de estar "fuera de su tiempo", porque el "hoy" humano de cada sacerdote está insertado en el "hoy" de Cristo Redentor. La tarea más grande para cada sacerdote en cualquier época es descubrir día a día este "hoy" suyo sacerdotal en el "hoy" de Cristo, aquel "hoy" del que habla la Carta a los Hebreos. Este "hoy" de Cristo está inmerso en toda la historia, en el pasado y en el futuro del mundo, de cada hombre y de cada sacerdote. "Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo será siempre'' (Hb 13,8). Así pues, si estamos inmersos con nuestro "hoy'' humano y sacerdotal en el "hoy" de Cristo, no hay peligro de quedarse en el "ayer", retrasados... Cristo es la medida de todos los tiempos. En su "hoy" divino-humano y sacerdotal se supera de raíz toda oposición -antes tan discutida- entre el "tradicionalismo" y el "progresismo''.

Las aspiraciones profundas del hombre

Si se analizan las aspiraciones del hombre contemporáneo en relación con el sacerdote se verá que, en el fondo, hay en el mismo una sola y gran aspiración: tiene sed de Cristo. El resto -lo que necesita a nivel económico, social y político- lo puede pedir a muchos otros. ¡Al sacerdote se le pide Cristo! Y de él tiene derecho a esperarlo, ante todo mediante el anuncio de la Palabra. Los presbíteros -enseña el Concilio- "tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios'' (Presbyterorum Ordinis, 4). Pero el anuncio tiende a que el hombre encuentre a Jesús, especialmente en el misterio eucarístico, corazón palpitante de la Iglesia y de la vida sacerdotal. Es un misterioso y formidable poder el que el sacerdote tiene en relación con el Cuerpo eucarístico de Cristo. De este modo es el administrador del bien más grande de la Redención porque da a los hombres el Redentor en persona. Celebrar la Eucaristía es la misión más sublime y más sagrada de todo presbítero. Y para mí, desde los primeros años de sacerdocio, la celebración de la Eucaristía ha sido no sólo el deber más sagrado, sino sobre todo la necesidad más profunda del alma.

Ministro de la misericordia

Como administrador del sacramento de la Reconciliación, el sacerdote cumple el mandato de Cristo a los Apóstoles después de su resurrección: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos'' (Jn 20, 22-23). ¡El sacerdote es testigo e instrumento de la misericordia divina! ¡Qué importante es en su vida el servicio en el confesionario! Precisamente en el confesionario se realiza del modo más pleno su paternidad espiritual. En el confesionario cada sacerdote se convierte en testigo de los grandes prodigios que la misericordia divina obra en el alma que acepta la gracia de la conversión. Es necesario, no obstante, que todo sacerdote al servicio de los hermanos en el confesionario tenga él mismo la experiencia de esta misericordia de Dios a través de la propia confesión periódica y de la dirección espiritual.

Administrador de los misterios divinos, el sacerdote es un especial testigo del Invisible en el mundo. En efecto, es administrador de bienes invisible e inconmensurables que pertenecen al orden espiritual y sobrenatural.

Un hombre en contacto con Dios

Como administrador de tales bienes, el sacerdote está en permanente y especial contacto con la santidad de Dios. "¡ Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo! Los cielos y la tierra están llenos de tu gloria''. La majestad de Dios es la majestad de la santidad. En el sacerdocio el hombre es como elevado a la esfera de esta santidad, de algún modo llega a las alturas en las que una vez fue introducido el profeta Isaías. Y precisamente de esa visión profética se hace eco la liturgia eucarística: Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth. Pleni sunt caeli et terra gloria tua. Hosanna in excelsis.

Al mismo tiempo, el sacerdote vive todos los días, continuamente, el descenso de esta santidad de Dios hacia el hombre: benedictus qui venit in nomine Domini. Con estas palabras las multitudes de Jerusalén aclamaban a Cristo que llegaba a la ciudad para ofrecer el sacrificio por la redención del mundo. La santidad trascendente, de alguna manera "fuera del mundo" llega a ser en Cristo la santidad "dentro del mundo". Es la santidad del Misterio pascual.

(Juan Pablo II: Don y Misterio, IX)

lunes, 4 de agosto de 2025

“esa piedra que desecharon los constructores…” (Salmo 118,22) San Juan Maria Vianney, el santo cura de Ars

 



Hoy la Iglesia recuerda al Santo cura de Ars, esa “piedra que desecharon los constructores…..”. 

 “Me he convertido en débil con los débiles, para ganar a los débiles” ( 1 Cor 9, 22) titulaba el beato Juan Pablo II parte del discurso en el retiro espiritual para el clero, celebrado en la cripta de  Ars el 6 de octubre de 1986 recordando a aquel  a quien le fascinaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía, durante y fuera de la Misa… un santo humilde que solo quería salvar almas para Dios.


“Nuestra misión – decía Juan Pablo II – es salvar almas para Dios. “Dios no ha enviado al Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por su intermedio” (Jn 3,17). Jesús ha predicado la buena nueva del Reino; escogió y formó a sus propios apóstoles; cumplió por medio de la cruz y la resurrección la obra de la redención; después de los apóstoles nosotros estamos asociados de manera particular a su obra de salvación, a fin de hacerla presente y eficaz en todo el mundo. San Juan Maria Vianney solia decir: “Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no serviría para nada.  Es el sacerdote que continúa la obra de la redención  en la tierra” (Juan Maria Vianney, cura de Ars, su pensamiento, su corazón, presentado por el abate Bernard Nodet, Le Puy 1958, p.100)  Lo que nosotros debemos hacer, no es por lo tanto nuestra obra, es el diseño del Padre, es la obra de salvación del Hijo. El Espíritu Santo se sirve de nuestro espíritu, de nuestra boca, de nuestras manos.  Nuestro deber primordial es proclamar incesantemente la Palabra para evangelizar;  presentarla de manera que toque los corazones, sin alterarla ni aminorarla;   repetir el gesto de ofrecimiento de Jesús en la última cena, su gesto de perdón hacia los pecadores.

Decía el cura de Ars “Dios pone al sacerdote en la tierra como mediador entre el Señor y el pobre pecador” (Nodet, 99), hoy diríamos: él participa de un modo especifico en la misión del único Mediador, Jesucristo.Y recordaba Juan Pablo II unas palabras dichas a los sacerdotes en Notre Dame de Paris el 30 de mayode 1980:  

“El Cura de Ars es, en efecto, un modelo sin par para todos los países, a la vez que de la plenitud del ministerio y de la santidad del ministro”

Invito visitar el sitio oficial del Santuario de Ars donde también en el sitio mismo es posible consultar información general en español. 

Y mis posts etiquetados Vianney


 

jueves, 26 de septiembre de 2024

Historia de Karol, sus primeros años de sacerdote, contado por el mismo

 


Habiendo sido ordenado sacerdote en la fiesta de Todos los Santos, celebré la "primera Misa" el día de los fieles difuntos, el 2 de noviembre de 1946. En este día cada sacerdote puede celebrar para provecho de los fieles tres Santas Misas. Mi "primera" Misa tuvo por tanto -por así decir- un carácter triple. Fue una experiencia de especial intensidad. Celebré las tres Santas Misas en la cripta de San Leonardo, que ocupa, en la catedral del Wawel, en Cracovia, la parte anterior de la llamada cátedra episcopal de Herman. […]  Al elegirla como el lugar de mis primeras Misas quise expresar un vínculo espiritual particular con los que reposan en esa catedral que, por su misma historia, es un monumento sin igual. Está impregnada, más que cualquier otro templo de Polonia, de significado histórico y teológico. Reposan en ella los reyes polacos, empezando por Wladyslaw Lokietek. . […]   Había, en esa elección, una especial dimensión teológica. Como he dicho, fui ordenado el día anterior, en la Solemnidad de Todos los Santos, cuando la Iglesia expresa litúrgicamente la verdad de la Comunión de los Santos -Communio Sanctorum-. Los Santos son aquellos que, habiendo acogido en la fe el misterio pascual de Cristo, esperan ahora la resurrección final.  También las personas, cuyos restos reposan en los sarcófagos de la catedral del Wawel, esperan allí la resurrección. Toda la catedral parece repetir las palabras del Símbolo de los Apóstoles: "Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna''. Esta verdad de fe ilumina la historia de las Naciones. Aquellas personas son como "los grandes espíritus" que guían la Nación a través de los siglos. No se encuentran allí solamente soberanos junto con sus esposas, u obispos y cardenales; también hay poetas, grandes maestros de la palabra, que han tenido una importancia enorme para mi formación cristiana y patriótica. Fueron pocos los participantes en aquellas primeras Misas celebradas sobre la colina del Wawel. Recuerdo que, entre otros, estaba presente mi madrina Maria Wiadrowska, hermana mayor de mi madre. Me asistía en el altar Mieczyslaw Malinski, que hacía presente de algún modo el ambiente y la persona de Jan Tyranowski, ya entonces gravemente enfermo. Después, como sacerdote y como obispo, he visitado siempre con gran emoción la cripta de San Leonardo. ¡Cuánto hubiera deseado poder celebrar allí la Santa Misa con ocasión del quincuagésimo aniversario de mi Ordenación sacerdotal!  . […]  

Noviembre pasaba de prisa: era ya el tiempo de partir hacia Roma. Cuando llegó el día establecido, subí al tren con gran emoción. . […]  

No podré olvidar nunca la sensación de mis primeros días "romanos" cuando en 1946 empecé a conocer la Ciudad Eterna. Me inscribí en el "biennium ad lauream" en el Angelicum. . […]  El P. Karol Kozlowski, Rector del Seminario de Cracovia, me había dicho muchas veces que, para quien tiene la suerte de poderse formar en la capital del Cristianismo, más aún que los estudios (¡un doctorado en teología se puede conseguir también fuera!) es importante aprender Roma misma. Traté de seguir su consejo. Llegué a Roma con un vivo deseo de visitar la Ciudad Eterna, empezando por las Catacumbas. Y así fue. Con los amigos del Colegio Belga, donde habitaba, tuve la oportunidad de recorrer sistemáticamente la Ciudad con la guía de conocedores expertos de sus monumentos y de su historia. . […]   Cada día desde el Colegio Belga, en vía del Quirinale 26, iba al Angelicum para las clases, parándome durante el camino en la iglesia de los Jesuitas de San Andrés del Quirinale, donde se encuentran las reliquias de San Estanislao de Kostka, que vivió en el noviciado contiguo y allí terminó su vida. Recuerdo que entre los que visitaban la tumba había muchos seminaristas del Germanicum, que se reconocían fácilmente por sus características sotanas rojas. En el corazón del Cristianismo y a la luz de los santos, las nacionalidades también se encontraban, como prefigurando, más allá de la tragedia bélica que tanto nos había marcado, un mundo sin divisiones.  Mi sacerdocio y mi formación teológica y pastoral se enmarcaban así desde el comienzo en la experiencia romana. Los dos años de estudios, concluidos en 1948 con el doctorado, fueron años de intenso "aprender Roma''. El Colegio Belga contribuía a enraizar mi sacerdocio, día tras día, en la experiencia de la capital del Cristianismo. En efecto, me permitía entrar en contacto con ciertas formas de vanguardia del apostolado, que en aquella época iban desarrollándose en la Iglesia. . […]   En Roma tuve la posibilidad de descubrir más a fondo cómo el sacerdocio está vinculado a la pastoral y al apostolado de los laicos. Entre el servicio sacerdotal y el apostolado laical existe una estrecha relación, más aún, una coordinación recíproca. Reflexionando sobre estos planteamientos pastorales, descubría cada vez de forma más clara el sentido y el valor del sacerdocio ministerial mismo. 

La experiencia vivida en el Colegio Belga se amplió, a continuación, gracias a un contacto directo no sólo con la nación belga, sino también con la francesa y la holandesa. Con el consentimiento del Cardenal Sapieha, durante las vacaciones veraniegas de 1947 el P. Stanislaw Starowieyski y yo pudimos visitar aquellos países. Me abría así a un horizonte europeo más amplio. En París, donde residí en el Seminario Polaco, pude conocer de cerca la experiencia de los sacerdotes obreros, la problemática tratada en el libro de los Padres Henri Godin e Yvan Daniel La France, pays de mission? y la pastoral de las misiones en la periferia de París, sobre todo en la parroquia dirigida por el P. Michonneau. Estas experiencias, en el primer y segundo año de sacerdocio, tuvieron para mí un enorme interés.

En Holanda. […]   me impresionó la sólida organización de la Iglesia y de la pastoral en aquel País, con estructuras activas y comunidades eclesiales vivas. Descubría así cada vez mejor, desde puntos de vista diversos y complementarios, la Europa occidental, la Europa de la posguerra, la Europa de las maravillosas catedrales góticas y, al mismo tiempo, la Europa amenazada por el proceso de secularización. Percibía el desafío que todo ello representaba para la Iglesia, llamada a hacer frente al peligro que conllevaba mediante nuevas formas de pastoral, abiertas a una presencia más amplia del laicado. La mayor parte de aquellas vacaciones veraniegas las pasé, sin embargo, en Bélgica. Durante el mes de septiembre estuve al frente de la misión católica polaca, entre los mineros, en las cercanías de Charleroi. Fue una experiencia muy fructífera. Por primera vez visité una mina de carbón y pude conocer de cerca el pesado trabajo de los mineros. Visitaba las familias de los emigrantes polacos y me reunía con la juventud y los niños, acogido siempre con benevolencia y cordialidad, como cuando estaba en la Solvay.

En el camino de regreso de Bélgica a Roma, tuve la suerte de detenerme en Ars. Era al final del mes de octubre de 1947, el domingo de Cristo Rey. Con gran emoción visité la vieja iglesita donde San Juan María Vianney confesaba, enseñaba el catecismo y predicaba sus homilías. Fue para mí una experiencia inolvidable. . […]  Me impresionaba profundamente, en particular, su heroico servicio en el confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba mas de diez horas al día, comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario. En medio del laicismo y del anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un acontecimiento verdaderamente revolucionario.  Del encuentro con su figura llegué a la convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el confesionario, por medio de aquel voluntario "hacerse prisionero del confesionario". Muchas veces, confesando en Niegowic, en mi primera parroquia, y después en Cracovia, volvía con el pensamiento a esta experiencia inolvidable. He procurado mantener siempre el vínculo con el confesionario tanto durante los trabajos científicos en Cracovia, confesando sobre todo en la Basílica de la Asunción de la Santísima Virgen María, como ahora en Roma, aunque sea de modo casi simbólico, volviendo cada año al confesionario el Viernes Santo en la Basílica de San Pedro. . […]  

A principios de julio de 1948 defendí la tesis doctoral en el Angelicum e inmediatamente después me puse en camino de regreso a Polonia. . […]    Al regresar llevaba conmigo no sólo un mayor bagaje de cultura teológica, sino también. la consolidación de mi sacerdocio y la profundización de mi visión de la Iglesia. . […] gracias a Roma mi sacerdocio se había enriquecido con una dimensión europea y universal.

Juan Pablo II Don y Misterio (puede leerse completo en el sitio de la Santa Sede)

jueves, 28 de marzo de 2024

Jueves Santo, la fiesta de los sacerdotes

 

 “El Jueves Santo es, ante todo, el día de Jesucristo. Es el primero de sus tres Días Santos: Triduum Sacrum. Todos estos días constituyen, en cierto sentido, un conjunto indivisible, son, por decirlo así, el día de nuestra redención, el día de la Pascua, esto es, del Paso. El día de Jesucristo, es decir, del Ungido —de Aquel a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y con la gracia, y ha enviado al mundo.

 —primero de esos tres, que constituyen el único día de la Pascua— comenzará en el atardecer del Jueves Santo, cuando El se pondrá a la mesa con los Apóstoles para la cena prescrita por el rito de la Antigua Alianza.

Nosotros nos reunimos ya ahora, en la mañana del Jueves Santo, para estar desde la mañana con El, Cristo-Ungido, en este excepcional, único día.

El día de hoy —el día de Jesucristo— Jueves Santo, es nuestro día particular. Es la fiesta de los sacerdotes.

En este día venirnos con toda nuestra comunidad, para dar gracias a Cristo por el sacerdocio

— que El ha grabado en el corazón del hombre, señor de lo creado

— que El ha grabado de modo particular en nuestros corazones.

Efectivamente, nos ha invitado a la Ultima Cena, y hoy nos invita de nuevo. Nos ha invitado en la persona de los Doce, que estuvieron con El aquella tarde. Ante ellos tomó el pan, lo partió, lo dio y dijo: "Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros".

Y después tornó el cáliz lleno de vino, lo dio a sus discípulos y dijo: "Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres”.

Y al final añadió: "Haced esto en conmemoración mía”.

Somos, pues, los sacerdotes de su Sacerdocio. Somos sacerdotes de este sacrificio, que El ofreció con su Cuerpo y con su Sangre sobre la cruz y bajo las especies de pan y vino en la Ultima Cena.

 Somos también los sacerdotes "para los hombres", a fin de que todos, mediante el sacrificio que realizamos en virtud de su potencia, nos convirtamos en "un reino de sacerdotes", y ofrezcamos sacrificios espirituales en unión con su sacrificio, el de la cruz y el del Cenáculo.

Finalmente, somos sacerdotes para siempre.

Por lo cual nuestro lugar está hoy junto a El: junto a Cristo, y nuestros labios y corazones quieren renovar el voto de la fidelidad a Aquel que es el "testigo fiel" de nuestro sacerdocio ante el Padre.”

 (JuanPablo II Misa crismal 4 de marzo 1980)

miércoles, 31 de mayo de 2023

La “profecia” de Joseph Ratzinger

 


Estos días ha vuelto nuevamente al ruedo, especialmente en la Argentina por el reciente nombramiento del nuevo Arzobispo,   aquella “profecía” de Joseph Ratzinger de 1970. Me permito copiar aquí  una parte del articulo de Humanitas de Chile donde se reproducía el capitulo V del libro “Fe y futuro” de Ratzinger. Invito leer el muy interesante artículo completo.   

Introduccion del articulo de Humanitas:

 Hace poco más de cuarenta años y casi una década antes de ser nombrado obispo por Pablo VI, el entonces sacerdote y profesor de teología en Tubinga y luego Ratisbona, Dr. Joseph Ratzinger, emitía una serie de charlas en un programa radiofónico de su país. La editorial Kösel-Verlag de München las reunió en 1970 publicando con ellas un libro de cinco capítulos titulado “Glaube und Zukunft”, traducido al año siguiente al español como “Fe y futuro”. Gracias a una gentileza de Editorial Desclee de Brouwer, que ha reeditado “Fe y futuro” de Joseph Ratzinger, reproducimos para los lectores de Humanitas, por su riqueza y candente actualidad, el quinto capítulo del mencionado libro.

 

Y algo sobre el tema “candente”:

“…Será una Iglesia interiorizada, que no suspira por su mandato político y no flirtea con la izquierda ni con la derecha. Le resultará muy difícil. En efecto, el proceso de la cristalización y la clarificación le costará también muchas fuerzas preciosas. La hará pobre, la convertirá en una Iglesia de los pequeños. El proceso resultará aún más difícil porque habrá que eliminar tanto la estrechez de miras sectaria como la voluntariedad envalentonada. Se puede prever que todo esto requerirá tiempo. El proceso será largo y laborioso, al igual que también fue muy largo el camino que llevó de los falsos progresismos, en vísperas de la revolución francesa –cuando también entre los obispos estaba de moda ridiculizar los dogmas y tal vez incluso dar a entender que ni siquiera la existencia de Dios era en modo alguno segura [9]– hasta la renovación del siglo XIX…”. 

(…)

“Permanecerá la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho ser humano y que nos promete la vida más allá de la muerte. De la misma manera, el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede ser reemplazado por psicoterapeutas y otros especialistas. Pero seguirá siendo aún necesario el sacerdote que no es especialista, que no se queda al margen cuando aconseja en el ejercicio de su ministerio, sino que en nombre de Dios se pone a disposición de los demás y se entrega a ellos en sus tristezas, sus alegrías, su esperanza y su angustia…”

miércoles, 12 de octubre de 2022

“DON Y MISTERIO”

 


El 15 de Noviembre de 1996 Los Arzobispos Darío Castrillón Hoyos y Crescenzio Sepe, respectivamente Pro-Prefecto y Secretario de la Congregación para el Clero presentaron el libro de carácter autobiográfico del Papa Juan Pablo II: Don y Misterio, En el quincuagésimo aniversario de mi sacerdocio.

Es interesante destacar que la fecha de publicación del libro coincide exactamente con el 50 aniversario de la partida de Karol Wojtyla desde Polonia hacia Roma comenzando un largo y fructífero peregrinar.


Don y misterio. Son dos palabras que describen muy bien el sacerdocio. Don de Dios, gratuito y amoroso, inmerecido. Misterio enraizado en la obra de salvación de Cristo, misterio de redención, misterio de fe, de amor y de esperanza.

Don y misterio. Con estas dos palabras ha definido el Santo Padre su sacerdocio. En ellas está la esencia de nuestra identidad, de nuestro ministerio. El sacerdocio es un don por su origen divino, y es un misterio por su clara naturaleza sobrenatural, trascendente…...

Don y misterio. El sacerdote es un don para los hombres. No vive para sí, vive para los demás: "ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo". Cada sacerdote es un regalo de Dios a su Iglesia y al mismo tiempo es una ofrenda de la Iglesia al Dios del amor. El sacerdote es un misterio para sí mismo y para los hombres, un misterio donde se juntan pecado y santidad, grandeza y pequenez, humana flaqueza y divina misericordia.

Don y misterio. Este es también el título del relato autobiográfico del Papa en el que describe su trayectoria espiritual, una vida marcada por el amor y el dolor, por la oración y la entrega. Una historia en la que los seglares tienen un papel importante en la orientación de su vida espiritual y en la que el sacerdocio del Papa aparece ligado a la comunidad, a la Iglesia, no como un hombre que simplemente desempeña una función, sino como "otro Cristo" en medio de ellos. La edición del libro se cierra con las letanías de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, unas invocaciones que el Papa rezaba cuando se preparaba para su ordenación......


jueves, 14 de abril de 2022

Jueves Santo: el umbral del triduo sacro

 Antes de celebrar los misterios centrales de la salvación, cada comunidad diocesana se reúne esta mañana en torno a su pastor para la bendición de los santos óleos, que son instrumentos de la salvación en los diversos sacramentos: bautismo, confirmación, orden sagrado y unción de los enfermos. La eficacia de estos signos de la gracia divina deriva del misterio pascual, de la muerte y resurrección de Cristo. Por eso la Iglesia sitúa este rito en el umbral del Triduo sacro, en el día en que, con el supremo acto sacerdotal, el Hijo de Dios hecho hombre se ofreció al Padre como rescate por toda la humanidad.

“Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes". Entendemos esta expresión en dos niveles. El primero, como recuerda también el concilio Vaticano II, con referencia a todos los bautizados, que "son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales" (Lumen gentium, 10). Todo cristiano es sacerdote. Se trata aquí del sacerdocio llamado "común", que compromete a los bautizados a vivir su oblación a Dios mediante la participación en la Eucaristía y en los sacramentos, en el testimonio de una vida santa, en la abnegación y en la caridad activa (cf. ib.).


 Imagende Wikimedia Commons:  Bloch El Sermón dela Montaña


En otro nivel, la afirmación de que Dios "ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes" se refiere a los sacerdotes ordenados como ministros, es decir, llamados a formar y dirigir al pueblo sacerdotal, y a ofrecer en su nombre el sacrificio eucarístico a Dios en la persona de Cristo (cf. ib.). Así, la misa "Crismal" hace memoria solemne del único sacerdocio de Cristo y expresa la vocación sacerdotal de la Iglesia, en particular del obispo y de los presbíteros unidos a él. Nos lo recuerda el Prefacio:  Cristo "no sólo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión" (Prefacio IV de la Pasión del Señor)





sábado, 25 de julio de 2020

Juan Pablo II : El mundo reclama sacerdotes santos


Llamado a la santidad

En contacto continuo con la santidad de Dios, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico. Esto explica que de un modo especial deba vivir el espíritu de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. En esta perspectiva se comprende también la especial conveniencia del celibato. De aquí surge la particular necesidad de la oración en su vida: la oración brota de la santidad de Dios y al mismo tiempo es la respuesta a esta santidad. He escrito en una ocasión: ''La oración hace al sacerdote y el sacerdote se hace a través de la oración''. Sí, el sacerdote debe ser ante todo hombre de oración, convencido de que el tiempo dedicado al encuentro íntimo con Dios es siempre el mejor empleado, porque además de ayudarle a él, ayuda a su trabajo apostólico.

Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez mas secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad. Los hombres, sobre todo los jóvenes, esperan un guía así. ¡El sacerdote puede ser guía y maestro en la medida en que es un testigo auténtico!

(Karol Wojtyla/Juan Pablo II: Don y Misterio)

jueves, 23 de julio de 2020

Sacerdote y Eucaristía


"Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños (...) Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar'' (Lc 10, 21-22). Estas palabras del Evangelio de San Lucas, introduciéndonos en la intimidad del misterio de Cristo, nos permiten acercarnos también al misterio de la Eucaristía. En ella el Hijo consustancial al Padre, Aquel que sólo el Padre conoce, le ofrece el sacrificio de sí mismo por la humanidad y por toda la creación. En la Eucaristía Cristo devuelve al Padre todo lo que de El proviene. Se realiza así un profundo misterio de justicia de la criatura hacia el Creador. Es preciso que el hombre de honor al Creador ofreciendo, en una acción de gracias y de alabanza, todo lo que de El ha recibido. El hombre no puede perder el sentido de esta deuda, que solamente él, entre todas las otras realidades terrestres, puede reconocer y saldar como criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Al mismo tiempo, teniendo en cuenta sus límites de criatura y el pecado que lo marca, el hombre no sería capaz de realizar este acto de justicia hacia el Creador si Cristo mismo, Hijo consustancial al Padre y verdadero hombre, no emprendiera esta iniciativa eucarística.

El sacerdocio, desde sus raíces, es el sacerdocio de Cristo. Es El quien ofrece a Dios Padre el sacrificio de sí mismo, de su carne y de su sangre, y con su sacrificio justifica a los ojos del Padre a toda la humanidad e indirectamente a toda la creación. El sacerdote, celebrando cada día la Eucaristía, penetra en el corazón de este misterio. Por eso la celebración de la Eucaristía es, para él, el momento más importante y sagrado de la jornada y el centro de su vida.

(Karol Wojtyla/Juan Pablo II: Don y Misterio)

jueves, 7 de marzo de 2019

Ordenación de mujeres en la Iglesia Católica


En Luz de mundo – una conversación del Papa Benedicto XVI con Peter Sewald, éste le pregunta a Benedicto XVI acerca de la posibilidad de la ordenación de mujeres.
En el texto Sewald reflexiona y pregunta:
La no-posibilidad de la ordenación de mujeres en la Iglesia católica está claramente decidida por un non possumus del magisterio supremo. La Congregación para la Doctrina de la Fe así lo sostuvo bajo el pontificado de Pablo VI en el documento titulado Inter Insigniores, del año 1976. Juan Pablo II lo confirmó en su carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis. En ese documento, haciendo referencia a «la constitución divina de la Iglesia», declara él en su virtud de su ministerio que «la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.»  Los críticos ven en ello una discriminación. Afirman que Jesús no llamó al sacerdocio a mujeres sólo porque, hace dos mil años, abría sido impensable.
 Y el Papa Benedicto XVI responde:
Esto es un disparate, ya que en aquel entonces el mundo estaba lleno de sacerdotisas. Todas las religiones tenían sus sacerdotisas, y era más bien asombroso que no las hubiera en la comunidad de Jesucristo, lo que, sin embargo, se encuentra a su ez en continuidad con la fe de Israel.
La formulación de Juan Pablo II es muy importante: la Iglesia no tiene «en modo alguno la facultad» de ordenar a mujeres. No es que, digamos, no nos guste, sino que no podemos. El Señor dio a la Iglesia una figura con los Doce, y después en sucesión de ellos, con los obispos y los presbíteros (los sacerdotes). Esta igura de la Iglesia no la hemos hecho nosotros sino que es constitutiva desde Él. Seguirla es un «ato de obediencia, una obediencia tal vez ardua en la situación actual. Pero justamente esto es importante, que la Iglesia muestre que no somos un régimen arbitrario. No podemos hacer lo que queremos, sino que hay una voluntad del Señor para nosotros a la que hemos de atenernos aun cuando, en esta cultura y en esta civilización, resulte arduo y difícil.
Por lo demás, hay tantas funciones destacadas, importantes de las mujeres en la Iglesia que no puede hablarse de discriminación. Ese sería el caso si el sacerdocio fuese una suerte de señorío, mientras que, por el contrario, debe ser todo servicio. Si se contempla la historia de la Iglesia, la importancia de las mujeres – desde Maria, pasando por Mónica y hasta llegar a la Madre Teresa – es tan eminente que, en muchos sentidos, las mujeres plasman la imagen de la Iglesia más que los hombres.

sábado, 26 de enero de 2019

Karol Wojtyla: La Madre de Dios en la vida del sacerdote (2 de 2)


El sacerdote debe poseer una profunda convicción de la gracia de la  Maternidad de Maria, pues se trata de una relación precisa y profunda con su vocación.  El sacerdote es el administrador de los misterios de Dios, un administrador de gracia.  El conoce los problemas de los hombres desde adentro, desde la perspectiva de aquellas acciones que están acompañadas por la eficacia de la gracia,  o desde aquel ángulo en el cual el hombre no quiere colaborar con la gracia,  o bien cuando sobrecargado por bienes menores se vuelve gradualmente insensible a ella.  De esta manera conociendo los problemas de los hombres desde adentro, el sacerdote puede no solo examinarlos, sino tomar partida.  Porque el es,  sin lugar a dudas,  un administrador de gracia, Cristo, al igual que los hombres, espera que el sacerdote actué  en el hombre, para acompañar aquellas acciones que se originan en la gracia, para evitar el colapso,  y protegerlo contra la insensibilidad espiritual. Esta es la esencia real de su ministerio.

Este ministerio permite al sacerdote vivir el soplo de los misterios de Cristo, le permite vivir en el reino de su Cuerpo Místico. Este ministerio imprime una marca profunda en el alma del sacerdote. Es, sobre todo, la marca de Cristo, pero si la miramos con mayor atención,  nos daremos cuenta que también posee cualidades marianas en común. No les escribió acaso San Pablo a sus hermanos “ Hijos mios, por quienes estoy sufriendo los dolores del parto”?  Esta declaración es como un estallido  de la conciencia misma del sacerdote.  Y podríamos continuar citando ulteriores manifestaciones de este sufrimiento materno de dar a luz viajando a Ars, o a la choza del Padre Beyzin en Madagascar, o a la morada del Obispo Lozinski en Polesia y quizás a muchos otros cuartos de vivienda y muchas otras vidas de sacerdotes.  Y quizás también a mi casa y a mi vida?

Así el sacerdocio nos permite participar en la maternidad de la gracia, y de alguna manera en la Maternidad de Maria, la Madre de la gracia de Dios.  Y aquí, en este lugar, la conciencia de la relación del sacerdote con Maria atraviesa el eje de la vida sacerdotal.     El sacerdote está unido a la Madre de Dios porque está unido a  Su Maternidad.  Esta unido a Su Maternidad por medio de la esencia misma de su vocación…  

Fuente: The Making of the Pope of the Millenium -Kalendarium of teh Life of Karol Wojtyla

(parte del texto de dos conferencias en un retiro para sacerdotes realizado en la Universidad Católica de Lublin (Agosto 24-26, 1954)  sobre el tema: La Madre de Dios en la vida del sacerdote.


viernes, 25 de enero de 2019

Karol Wojtyla: La Madre de Dios en la vida del sacerdote (1 de 2)


“…el sacerdote llama a Maria su Madre, comprendiendo en esta palabra la relación completa de un hijo adulto. Debe comprender que representa tal Maternidad,  y pronunciar esta palabra con absoluto convencimiento interior.  Esta concordancia interior de la relación del sacerdote con la Madre de Jesucristo, quien a partir del Calvario se convirtió en la Madre de todos los hombres,  se expresa en los siguientes principios:

1.       Puesto que el Único Hijo de Dios es el objeto especifico de la Maternidad de Maria y yo, ser humano, tengo derecho a su Maternidad solamente en cuanto me encuentro en el mismo estado que su Hijo y debo,  por lo tato, hacer todo para encontrarme constantemente en este estado. Como esto es un estado de gracia, debo por lo tanto vivir en gracia y por medio de ella continuar para llegar a ser como el Hijo de Dios. No debo degradar su Maternidad siendo  hijo indigno.

2.      Debo, por lo tanto, de acuerdo al mandato de Jesucristo, hacer de Maria la Madre de la Gracia de Dios en mi,   Madre de mi vida interior sobrenatural. O, si la vida sobrenatural en el hombre necesita de una madre; cuanto lo necesita! Lo conduce a un nuevo principio de existencia, mas allá de la naturaleza. La Naturaleza, sin embargo, es fuerte y quiere ser independiente, quiere ejercer su propio control sobre sus facultades, inclinaciones, deseos. Cede tan solo con resistencia a las nuevas fuerzas de vida que trae consigo la gracia.  Es más, la vida sobrenatural requiere que el hombre permanezca siendo niño. Es difícil para el hombre permanecer en el estado de niño si no siente la madre. Sin una madre, es tan fácil perder la conciencia de ser hijo, y es por ello que El nos dio una Madre. Su propia Madre.

3.       Y ahora basados en este convencimiento de la maternidad de Maria en relación a nosotros, podemos y debemos permitirle estar en todo lo que concierne nuestro sacerdocio.  Cuanto más adultos son los hijos, tanto más fácil será para nosotros vivir con la permanente conciencia de su Maternidad, quizás aun sin palabras. La total actitud interior determinara Su Maternidad en relación a nosotros y nuestra condición de hijos en relación a Ella. Yo deseo las mismas cosas que tu, Madre:

De esta manera debemos  revisar nuestra actitud como sacerdotes hacia Maria como Madre basados en el rico origen de ser hijos de Dios. Debemos basar nuestra actitud en este fundamento.  Se trata de un gran misterio, el hecho de ser nacidos de Dios por medio de la gracia, un misterio incomparablemente mayor que dar a luz, otorgando vida bajo las ordenes de la naturaleza.  Debemos vivir acorde a este misterio.  Después de todo, lo llevamos adentro, aunque su esencia supera nuestras mentes. Y es solamente este misterio de ser hijos de Dios  que coloca la Maternidad de Maria, en el plano apropiado en relación a nosotros.  En el momento que la redención del mundo llegaba a su realización, cuando llegaba a su zenit, Maria, la Madre de Jesus,  estaba parada a los pies de la Cruz junto con un sacerdote.  Jesus le dijo a Su Madre: “Este es tu hijo” y después le dijo al sacerdote: “Esta es Tu Madre”.

Fuente: The Making of the Pope of the Millenium -Kalendarium of teh Life of Karol Wojtyla

(parte del texto de dos conferencias en un retiro para sacerdotes realizado en la Universidad Católica de Lublin (Agosto 24-26, 1954)  sobre el tema: La Madre de Dios en la vida del sacerdote.