OH MARIA
un blog pensado para un grupo de amigos que fue extendiéndose por el mundo. Gracias a todos por compartir!
OH MARIA
Preparando otro trabajo me
encuentro con la biografia del Papa Pio XII y entre los documentos parte de los
consejos a los seminaristas de entonces,
de la diócesis de Bonn, que no tiene desperdicio y no ha perdido
vigencia y lo incluyo en este blog, en
parte, para dar a conocer la valiosa
biografía escrita por Mons. Vives:
Su concepción del
sacerdocio la expresó en Alemania en 1926, al dirigirse a los seminaristas de
la diócesis de Bonn de esta manera:
“Vosotros queréis llegar a ser sacerdote: La posición de un conductor e intermediario sobrenatural, para la que el oficio sacerdotal lo destina, requiere dos cosas: el saber sacerdotal y la convicción sacerdotal.”
“Construid por medio de un profundizado estudio de la filosofia y de su historia, y ante todo por medio de una absoluta comprensión de la Philosophia perennis, la filosofia escolástica, los fundamentos para una defensa sólida y eficaz de las bases de nuestra fe.”
“Llenad por medio de serios estudios de la Escritura, y de los antepasados vuestros corazones y mentes con toda la riqueza y deslumbrante belleza de la doctrina católica.”
“Aprended por el estudio de la historia de la Iglesia y del derecho canónico comprensión de las tareas gigantescas de la Iglesia en el pasado y en el presente.”
“Y sobre todo, conceded a la investigación especulativa de las verdades de la fe el sitio de honor que le corresponde en el programa de estudio entero. Alberto el Grande, el maestro de Santo Tomás, y León XIII el exitoso restaurador del estudio escolástico, deben ser en este camino vuestro guía y vuestro ideal.”
“Si vosotros seguís estos ejemplos, lograréis entonces también lo que constituye el último y más profundo Arcanum (*) de toda actividad sacerdotal: una síntesis armónica, basada en lo sobrenatural, realizada en Dios, del saber y de la fe.”
“El saber sacerdotal debe ir junto con la convicción sacerdotal.”
“Sólo allí, donde la brillante llama de la ciencia se une al tranquilo fuego divino de verdadera piedad, de una fe humilde y valiente fidelidad hacia la Iglesia y el Papa, crece aquel cariño apostólico, que da al sacerdocio contenido y consagración y le posibilita para ganar nuevas victorias para e1 Evangelio de la Cruz.”
Fuente: Monseñor FranciscoVives Estevez : Pio XII su vida y documentos pontificios
(*) secreto, misterio
Hombre
de la Palabra
Me he referido ya al hecho de que para
ser guía auténtico de la comunidad, verdadero administrador de los misterios de
Dios, el sacerdote está llamado a ser hombre de la palabra de Dios, generoso e
incansable evangelizador. Hoy, frente a las tareas inmensas de la "nueva
evangelización'', se ve aún más esta urgencia.
Después de tantos años de
ministerio de la Palabra, que especialmente como Papa me han visto peregrino
por todos los rincones del mundo, debo dedicar algunas consideraciones a esta
dimensión de la vida sacerdotal. Una dimensión exigente, ya que los hombres de
hoy esperan del sacerdote antes que la palabra "anunciada" la palabra
"vivida". El presbítero debe "vivir de la Palabra''. Pero al
mismo tiempo, se ha de esforzar por estar también intelectualmente preparado
para conocerla a fondo y anunciarla eficazmente. En nuestra época,
caracterizada por un alto nivel de especialización en casi todos los sectores
de la vida, la formación intelectual es muy importante. Esta hace posible
entablar un diálogo intenso y creativo con el pensamiento contemporáneo. Los
estudios humanísticos y filosóficos y el conocimiento de la teología son los
caminos para alcanzar esta formación intelectual, que deberá ser profundizada
durante toda la vida. El estudio, para ser auténticamente formativo, tiene necesidad
de estar acompañado siempre por la oración, la meditación, la súplica de los
dones del Espíritu Santo: la sabiduría, la inteligencia, el consejo, la
fortaleza, la ciencia, la piedad y el temor de Dios. Santo Tomás de Aquino
explica como, con los dones del Espíritu Santo, todo el organismo espiritual
del hombre se hace sensible a la luz de Dios, a la luz del conocimiento y
también a la inspiración del amor. La súplica de los dones del Espíritu Santo
me ha acompañado desde mi juventud y a ella sigo siendo fiel hasta ahora.
Profundización científica
Ciertamente, como enseña el mismo
Santo Tomás, la "ciencia infusa", que es fruto de una intervención
especial del Espíritu Santo, no exime del deber de procurarse la "ciencia
adquirida".
Por lo que a mí respecta, como he
dicho antes, inmediatamente después de la ordenación sacerdotal fui enviado a
Roma para perfeccionar los estudios. Más tarde, por decisión de mi obispo, tuve
que ocuparme de la ciencia como profesor de ética en la Facultad teológica de
Cracovia y en la Universidad Católica de Lublin. Fruto de estos estudios fueron
el doctorado sobre San Juan de la Cruz y después la tesis sobre Max Scheler
para la enseñanza libre: más en concreto, sobre la aportación que su sistema
ético de tipo fenomenológico puede dar a la formación de la teología moral.
Debo verdaderamente mucho a este trabajo de investigación. Sobre mi precedente
formación aristotélico-tomista se injertaba así el método fenomenológico, lo
cual me ha permitido emprender numerosos ensayos creativos en este campo.
Pienso especialmente en el libro "Persona y acción De este modo me he
introducido en la corriente contemporánea del personalismo filosófico, cuyo
estudio ha tenido repercusión en los frutos pastorales. A menudo constato que
muchas de las reflexiones maduradas en estos estudios me ayudan durante los
encuentros con las personas, individualmente o en los encuentros con las
multitudes de fieles con ocasión de los viajes apostó1icos. Esta formación en
el horizonte cultural del personalismo me ha dado una conciencia más profunda
de cómo cada uno es una persona única e irrepetible, y considero que esto es
muy importante para todo sacerdote.
El diálogo con el pensamiento contemporáneo
Gracias a los encuentros y
coloquios con naturalistas, físicos, biólogos y también con historiadores, he
aprendido a apreciar la importancia de las otras ramas del saber relativas a
las materias científicas, desde las cuales se puede llegar a la verdad
partiendo de perspectivas diversas. Es preciso, pues, que el esplendor de la
verdad -Veritatis Splendor- las acompañe
continuamente, permitiendo a los hombres encontrarse, intercambiar las
reflexiones y enriquecerse recíprocamente. He traído conmigo desde Cracovia a
Roma la tradición de encuentros interdisciplinares periódicos, que tienen lugar
de modo regular durante el verano en Castel Gandolfo. Trato de ser fiel a esta
buena costumbre.
"Labia sacerdotum scientiam custodiant..." (cf. Ml 2, 7). Me gusta recordar estas palabras del profeta Malaquías, citadas en las Letanías a Cristo Sacerdote y Víctima, porque tienen una especie de valor programático para quien está llamado a ser ministro de la Palabra. Este debe ser verdaderamente hombre de ciencia en el sentido más alto y religioso del término. Debe poseer y transmitir la "ciencia de Dios" que no es sólo un depósito de verdades doctrinales, sino experiencia personal y viva del Misterio, en el sentido indicado por el Evangelio de Juan en la gran oración sacerdotal: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo" (17, 3).
Llamado
a la santidad
En contacto continuo con la
santidad de Dios, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo
ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico.
Esto explica que de un modo especial deba vivir el espíritu de los consejos
evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. En esta perspectiva se comprende
también la especial conveniencia del celibato. De aquí surge la particular
necesidad de la oración en su vida: la oración brota de la santidad de Dios y
al mismo tiempo es la respuesta a esta santidad. He escrito en una ocasión:
''La oración hace al sacerdote y el sacerdote se hace a través de la oración''.
Sí, el sacerdote debe ser ante todo hombre de oración, convencido de que el
tiempo dedicado al encuentro íntimo con Dios es siempre el mejor empleado,
porque además de ayudarle a él, ayuda a su trabajo apostólico. Si el Concilio
Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del
sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo
tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes
santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez mas
secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así
el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad. Los hombres,
sobre todo los jóvenes, esperan un guía así. ¡El sacerdote puede ser guía y
maestro en la medida en que es un testigo auténtico!
La cura animarum
En mi ya larga experiencia, a
través de situaciones tan diversas, me he afianzado en la convicción de que
sólo desde el terreno de la santidad sacerdotal puede desarrollarse una
pastoral eficaz, una verdadera "cura animarum". El auténtico secreto
de los éxitos pastorales no está en los medios materiales, y menos aún en la
"riqueza de medios''. Los frutos duraderos de los esfuerzos pastorales
nacen de la santidad del sacerdote. ¡Este es su fundamento! Naturalmente son
indispensables la formación, el estudio y la actualización; en definitiva. una
preparación adecuada que capacite para percibir las urgencias y definir las
prioridades pastorales. Sin embargo, se podría afirmar que las prioridades
dependen también de las circunstancias, y que cada sacerdote ha de precisarlas
y vivirlas de acuerdo con su obispo y en armonía con las orientaciones de la
Iglesia universal. En mi vida he descubierto estas prioridades en el apostolado
de los laicos, de modo especial en la pastoral familiar -campo en el que los
mismos laicos me han ayudado mucho-, en la atención a los jóvenes y en el
diálogo intenso con el mundo de la ciencia y de la cultura. Todo esto se ha
reflejado en mi actividad científica y literaria. Surgió así el estudio Amor y
responsabilidad y, entre otras cosas, una obra literaria: El taller del
orfebre, con el subtítulo Meditaciones sobre el sacramento del matrimonio.
Una prioridad ineludible es hoy la
atención preferencial a los pobres, los marginados y los emigrantes. Para ellos
el sacerdote debe ser verdaderamente un "padre". Ciertamente los
medios materiales son indispensables, como los que nos ofrece la moderna
tecnología. Sin embargo, el secreto es siempre la santidad de vida del
sacerdote que se expresa en la oración y en la meditación, en el espíritu de
sacrificio y en el ardor misionero. Cuando pienso en los años de mi servicio
pastoral como sacerdote y como obispo, más me convenzo de lo verdadero y
fundamental que es esto.
Cincuenta
años de sacerdocio no son pocos. ¡Cuántas cosas han sucedido en este medio
siglo de historia! Han surgido nuevos problemas, nuevos estilos de vida, nuevos
desafíos. Viene espontáneo preguntarse: ¿qué supone ser sacerdote hoy, en este
escenario en continuo movimiento mientras nos encaminamos hacia el tercer
Milenio?
No hay duda de que el sacerdote,
con toda la Iglesia, camina con su tiempo, y es oyente atento y benévolo, pero
a la vez crítico y vigilante, de lo que madura en la historia. El Concilio ha
mostrado como es posible y necesaria una auténtica renovación, en plena
fidelidad a la Palabra de Dios y a la Tradición. Pero más allá de la debida
renovación pastoral, estoy convencido de que el sacerdote no ha de tener ningún
miedo de estar "fuera de su tiempo", porque el "hoy" humano
de cada sacerdote está insertado en el "hoy" de Cristo Redentor. La
tarea más grande para cada sacerdote en cualquier época es descubrir día a día
este "hoy" suyo sacerdotal en el "hoy" de Cristo, aquel
"hoy" del que habla la Carta a los Hebreos. Este "hoy" de
Cristo está inmerso en toda la historia, en el pasado y en el futuro del mundo,
de cada hombre y de cada sacerdote. "Ayer como hoy, Jesucristo es el
mismo, y lo será siempre'' (Hb 13,8).
Así pues, si estamos inmersos con nuestro "hoy'' humano y sacerdotal en el
"hoy" de Cristo, no hay peligro de quedarse en el "ayer",
retrasados... Cristo es la medida de todos los tiempos. En su "hoy"
divino-humano y sacerdotal se supera de raíz toda oposición -antes tan
discutida- entre el "tradicionalismo" y el "progresismo''.
Las aspiraciones profundas del hombre
Si se analizan las aspiraciones del
hombre contemporáneo en relación con el sacerdote se verá que, en el fondo, hay
en el mismo una sola y gran aspiración: tiene sed de Cristo. El resto -lo que
necesita a nivel económico, social y político- lo puede pedir a muchos otros.
¡Al sacerdote se le pide Cristo! Y de él tiene derecho a esperarlo, ante todo
mediante el anuncio de la Palabra. Los presbíteros -enseña el Concilio- "tienen
como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios'' (Presbyterorum Ordinis,
4). Pero el anuncio tiende a que el hombre encuentre a Jesús, especialmente en
el misterio eucarístico, corazón palpitante de la Iglesia y de la vida
sacerdotal. Es un misterioso y formidable poder el que el sacerdote tiene en
relación con el Cuerpo eucarístico de Cristo. De este modo es el administrador
del bien más grande de la Redención porque da a los hombres el Redentor en
persona. Celebrar la Eucaristía es la misión más sublime y más sagrada de todo
presbítero. Y para mí, desde los primeros años de sacerdocio, la celebración de
la Eucaristía ha sido no sólo el deber más sagrado, sino sobre todo la
necesidad más profunda del alma.
Ministro
de la misericordia
Como administrador del sacramento
de la Reconciliación, el sacerdote cumple el mandato de Cristo a los Apóstoles
después de su resurrección: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes
perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les
quedan retenidos'' (Jn 20, 22-23).
¡El sacerdote es testigo e instrumento de la misericordia divina! ¡Qué
importante es en su vida el servicio en el confesionario! Precisamente en el
confesionario se realiza del modo más pleno su paternidad espiritual. En el
confesionario cada sacerdote se convierte en testigo de los grandes prodigios
que la misericordia divina obra en el alma que acepta la gracia de la
conversión. Es necesario, no obstante, que todo sacerdote al servicio de los
hermanos en el confesionario tenga él mismo la experiencia de esta misericordia
de Dios a través de la propia confesión periódica y de la dirección espiritual.
Administrador de los misterios
divinos, el sacerdote es un especial testigo del Invisible en el mundo. En
efecto, es administrador de bienes invisible e inconmensurables que pertenecen
al orden espiritual y sobrenatural.
Un hombre en contacto con Dios
Como administrador de tales bienes,
el sacerdote está en permanente y especial contacto con la santidad de Dios.
"¡ Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo! Los cielos y la
tierra están llenos de tu gloria''. La majestad de Dios es la majestad de la
santidad. En el sacerdocio el hombre es como elevado a la esfera de esta
santidad, de algún modo llega a las alturas en las que una vez fue introducido
el profeta Isaías. Y precisamente de esa visión profética se hace eco la
liturgia eucarística: Sanctus, Sanctus,
Sanctus, Dominus Deus Sabaoth. Pleni sunt caeli et terra gloria tua. Hosanna in
excelsis.
Al mismo tiempo, el sacerdote vive
todos los días, continuamente, el descenso de esta santidad de Dios hacia el
hombre: benedictus qui venit in nomine
Domini. Con estas palabras las multitudes de Jerusalén aclamaban a
Cristo que llegaba a la ciudad para ofrecer el sacrificio por la redención del
mundo. La santidad trascendente, de alguna manera "fuera del mundo"
llega a ser en Cristo la santidad "dentro del mundo". Es la santidad
del Misterio pascual.
Hoy la Iglesia recuerda al Santo cura de Ars, esa “piedra que desecharon los constructores…..”.
“Me he convertido en débil con los débiles, para ganar a los débiles” ( 1 Cor 9, 22) titulaba el beato Juan Pablo II parte del discurso en el retiro espiritual para el clero, celebrado en la cripta de Ars el 6 de octubre de 1986 recordando a aquel a quien le fascinaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía, durante y fuera de la Misa… un santo humilde que solo quería salvar almas para Dios.
“Nuestra misión – decía Juan Pablo II – es salvar almas para Dios. “Dios no ha enviado al Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por su intermedio” (Jn 3,17). Jesús ha predicado la buena nueva del Reino; escogió y formó a sus propios apóstoles; cumplió por medio de la cruz y la resurrección la obra de la redención; después de los apóstoles nosotros estamos asociados de manera particular a su obra de salvación, a fin de hacerla presente y eficaz en todo el mundo. San Juan Maria Vianney solia decir: “Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no serviría para nada. Es el sacerdote que continúa la obra de la redención en la tierra” (Juan Maria Vianney, cura de Ars, su pensamiento, su corazón, presentado por el abate Bernard Nodet, Le Puy 1958, p.100) Lo que nosotros debemos hacer, no es por lo tanto nuestra obra, es el diseño del Padre, es la obra de salvación del Hijo. El Espíritu Santo se sirve de nuestro espíritu, de nuestra boca, de nuestras manos. Nuestro deber primordial es proclamar incesantemente la Palabra para evangelizar; presentarla de manera que toque los corazones, sin alterarla ni aminorarla; repetir el gesto de ofrecimiento de Jesús en la última cena, su gesto de perdón hacia los pecadores.
Decía el cura de Ars “Dios pone al sacerdote en la tierra como mediador entre el Señor y el pobre pecador” (Nodet, 99), hoy diríamos: él participa de un modo especifico en la misión del único Mediador, Jesucristo.Y recordaba Juan Pablo II unas palabras dichas a los sacerdotes en Notre Dame de Paris el 30 de mayode 1980:
“El Cura de Ars es, en efecto, un modelo sin par para
todos los países, a la vez que de la plenitud del ministerio y de la santidad
del ministro”
Invito visitar el sitio oficial del Santuario de Ars donde también en el sitio mismo es posible consultar información general en español.
Y mis posts etiquetados Vianney
Habiendo sido ordenado
sacerdote en la fiesta de Todos los Santos, celebré la "primera Misa"
el día de los fieles difuntos, el 2 de noviembre de 1946. En este día cada
sacerdote puede celebrar para provecho de los fieles tres Santas Misas. Mi
"primera" Misa tuvo por tanto -por así decir- un carácter triple. Fue
una experiencia de especial intensidad. Celebré las tres Santas Misas en la
cripta de San Leonardo, que ocupa, en la catedral del Wawel, en Cracovia, la
parte anterior de la llamada cátedra episcopal de Herman. […] Al elegirla como el lugar de mis primeras
Misas quise expresar un vínculo espiritual particular con los que reposan en
esa catedral que, por su misma historia, es un monumento sin igual. Está
impregnada, más que cualquier otro templo de Polonia, de significado histórico
y teológico. Reposan en ella los reyes polacos, empezando por Wladyslaw
Lokietek. . […] Había, en esa elección, una especial dimensión
teológica. Como he dicho, fui ordenado el día anterior, en la Solemnidad de
Todos los Santos, cuando la Iglesia expresa litúrgicamente la verdad de la
Comunión de los Santos -Communio Sanctorum-. Los Santos son aquellos
que, habiendo acogido en la fe el misterio pascual de Cristo, esperan ahora la
resurrección final. También las
personas, cuyos restos reposan en los sarcófagos de la catedral del Wawel,
esperan allí la resurrección. Toda la catedral parece repetir las palabras del
Símbolo de los Apóstoles: "Creo en la resurrección de los muertos y en la
vida eterna''. Esta verdad de fe ilumina la historia de las Naciones. Aquellas
personas son como "los grandes espíritus" que guían la Nación a
través de los siglos. No se encuentran allí solamente soberanos junto con sus
esposas, u obispos y cardenales; también hay poetas, grandes maestros de la
palabra, que han tenido una importancia enorme para mi formación cristiana y
patriótica. Fueron pocos los participantes en aquellas primeras Misas
celebradas sobre la colina del Wawel. Recuerdo que, entre otros, estaba
presente mi madrina Maria Wiadrowska, hermana mayor de mi madre. Me asistía en
el altar Mieczyslaw Malinski, que hacía presente de algún modo el ambiente y la
persona de Jan Tyranowski, ya entonces gravemente enfermo. Después, como
sacerdote y como obispo, he visitado siempre con gran emoción la cripta de San
Leonardo. ¡Cuánto hubiera deseado poder celebrar allí la Santa Misa con ocasión
del quincuagésimo aniversario de mi Ordenación sacerdotal! . […]
Noviembre pasaba de
prisa: era ya el tiempo de partir hacia Roma. Cuando llegó el día establecido,
subí al tren con gran emoción. . […]
No podré olvidar nunca la
sensación de mis primeros días "romanos" cuando en 1946 empecé a
conocer la Ciudad Eterna. Me inscribí en el "biennium ad lauream" en
el Angelicum. . […] El P. Karol
Kozlowski, Rector del Seminario de Cracovia, me había dicho muchas veces que,
para quien tiene la suerte de poderse formar en la capital del Cristianismo,
más aún que los estudios (¡un doctorado en teología se puede conseguir también
fuera!) es importante aprender Roma misma. Traté de seguir su consejo. Llegué a
Roma con un vivo deseo de visitar la Ciudad Eterna, empezando por las
Catacumbas. Y así fue. Con los amigos del Colegio Belga, donde habitaba, tuve
la oportunidad de recorrer sistemáticamente la Ciudad con la guía de
conocedores expertos de sus monumentos y de su historia. . […] Cada
día desde el Colegio Belga, en vía del Quirinale 26, iba al Angelicum para las
clases, parándome durante el camino en la iglesia de los Jesuitas de San Andrés
del Quirinale, donde se encuentran las reliquias de San Estanislao de Kostka,
que vivió en el noviciado contiguo y allí terminó su vida. Recuerdo que entre
los que visitaban la tumba había muchos seminaristas del Germanicum, que se
reconocían fácilmente por sus características sotanas rojas. En el corazón del
Cristianismo y a la luz de los santos, las nacionalidades también se
encontraban, como prefigurando, más allá de la tragedia bélica que tanto nos
había marcado, un mundo sin divisiones. Mi
sacerdocio y mi formación teológica y pastoral se enmarcaban así desde el
comienzo en la experiencia romana. Los dos años de estudios, concluidos en 1948
con el doctorado, fueron años de intenso "aprender Roma''. El Colegio
Belga contribuía a enraizar mi sacerdocio, día tras día, en la experiencia de
la capital del Cristianismo. En efecto, me permitía entrar en contacto con
ciertas formas de vanguardia del apostolado, que en aquella época iban
desarrollándose en la Iglesia. . […] En Roma tuve la posibilidad de descubrir más a
fondo cómo el sacerdocio está vinculado a la pastoral y al apostolado de los
laicos. Entre el servicio sacerdotal y el apostolado laical existe una estrecha
relación, más aún, una coordinación recíproca. Reflexionando sobre estos
planteamientos pastorales, descubría cada vez de forma más clara el sentido y
el valor del sacerdocio ministerial mismo.
La experiencia vivida en
el Colegio Belga se amplió, a continuación, gracias a un contacto directo no
sólo con la nación belga, sino también con la francesa y la holandesa. Con el
consentimiento del Cardenal Sapieha, durante las vacaciones veraniegas de 1947
el P. Stanislaw Starowieyski y yo pudimos visitar aquellos países. Me abría así
a un horizonte europeo más amplio. En París, donde residí en el Seminario
Polaco, pude conocer de cerca la experiencia de los sacerdotes obreros, la
problemática tratada en el libro de los Padres Henri Godin e Yvan Daniel La
France, pays de mission? y la pastoral de las misiones en la periferia
de París, sobre todo en la parroquia dirigida por el P. Michonneau. Estas
experiencias, en el primer y segundo año de sacerdocio, tuvieron para mí un
enorme interés.
En Holanda. […] me
impresionó la sólida organización de la Iglesia y de la pastoral en aquel País,
con estructuras activas y comunidades eclesiales vivas. Descubría así cada vez
mejor, desde puntos de vista diversos y complementarios, la Europa occidental,
la Europa de la posguerra, la Europa de las maravillosas catedrales góticas y,
al mismo tiempo, la Europa amenazada por el proceso de secularización. Percibía
el desafío que todo ello representaba para la Iglesia, llamada a hacer frente
al peligro que conllevaba mediante nuevas formas de pastoral, abiertas a una
presencia más amplia del laicado. La mayor parte de aquellas vacaciones
veraniegas las pasé, sin embargo, en Bélgica. Durante el mes de septiembre
estuve al frente de la misión católica polaca, entre los mineros, en las
cercanías de Charleroi. Fue una experiencia muy fructífera. Por primera vez
visité una mina de carbón y pude conocer de cerca el pesado trabajo de los
mineros. Visitaba las familias de los emigrantes polacos y me reunía con la
juventud y los niños, acogido siempre con benevolencia y cordialidad, como cuando
estaba en la Solvay.
En el camino de regreso
de Bélgica a Roma, tuve la suerte de detenerme en Ars. Era al final del mes de
octubre de 1947, el domingo de Cristo Rey. Con gran emoción visité la vieja
iglesita donde San Juan María Vianney confesaba, enseñaba el catecismo y
predicaba sus homilías. Fue para mí una experiencia inolvidable. . […] Me impresionaba profundamente, en particular,
su heroico servicio en el confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba
mas de diez horas al día, comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas
horas, había logrado, en un difícil período histórico, provocar una especie de
revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban
por Ars y se arrodillaban en su confesionario. En medio del laicismo y del
anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un acontecimiento
verdaderamente revolucionario. Del
encuentro con su figura llegué a la convicción de que el sacerdote realiza una
parte esencial de su misión en el confesionario, por medio de aquel voluntario
"hacerse prisionero del confesionario". Muchas veces, confesando en
Niegowic, en mi primera parroquia, y después en Cracovia, volvía con el pensamiento
a esta experiencia inolvidable. He procurado mantener siempre el vínculo con el
confesionario tanto durante los trabajos científicos en Cracovia, confesando
sobre todo en la Basílica de la Asunción de la Santísima Virgen María, como
ahora en Roma, aunque sea de modo casi simbólico, volviendo cada año al
confesionario el Viernes Santo en la Basílica de San Pedro. . […]
A principios de julio de
1948 defendí la tesis doctoral en el Angelicum e inmediatamente después me puse
en camino de regreso a Polonia. . […] Al
regresar llevaba conmigo no sólo un mayor bagaje de cultura teológica, sino
también. la consolidación de mi sacerdocio y la profundización de mi visión de
la Iglesia. . […] gracias a Roma mi sacerdocio se había enriquecido con una
dimensión europea y universal.
Juan Pablo II Don y
Misterio (puede leerse completo en el sitio de la Santa Sede)
“El Jueves Santo es, ante todo, el día de Jesucristo. Es el primero de sus tres Días Santos: Triduum Sacrum. Todos estos días constituyen, en cierto sentido, un conjunto indivisible, son, por decirlo así, el día de nuestra redención, el día de la Pascua, esto es, del Paso. El día de Jesucristo, es decir, del Ungido —de Aquel a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y con la gracia, y ha enviado al mundo.
…
—primero de
esos tres, que constituyen el único día de la Pascua— comenzará en el
atardecer del Jueves Santo, cuando El se pondrá a la mesa con los Apóstoles
para la cena prescrita por el rito de la Antigua Alianza.
Nosotros nos
reunimos ya ahora, en la mañana del Jueves Santo, para estar desde la mañana
con El, Cristo-Ungido, en este excepcional, único día.
El día de hoy —el día de Jesucristo— Jueves Santo, es nuestro día particular. Es la fiesta de los sacerdotes.
En este día venirnos con toda nuestra comunidad, para dar gracias a Cristo por el sacerdocio
— que El ha
grabado en el corazón del hombre, señor de lo creado
— que El ha
grabado de modo particular en nuestros corazones.
Efectivamente, nos ha invitado a la Ultima Cena, y hoy nos invita de nuevo. Nos ha invitado en la persona de los Doce, que estuvieron con El aquella tarde. Ante ellos tomó el pan, lo partió, lo dio y dijo: "Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros".
Y después tornó el
cáliz lleno de vino, lo dio a sus discípulos y dijo: "Este es el cáliz de
mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros
y por todos los hombres”.
Y al final añadió: "Haced esto en conmemoración mía”.
Somos, pues, los sacerdotes de su Sacerdocio. Somos sacerdotes de este sacrificio, que El ofreció con su Cuerpo y con su Sangre sobre la cruz y bajo las especies de pan y vino en la Ultima Cena.
Finalmente, somos sacerdotes para siempre.
Por lo cual nuestro lugar está hoy junto a El: junto a Cristo, y nuestros labios y corazones quieren renovar el voto de la fidelidad a Aquel que es el "testigo fiel" de nuestro sacerdocio ante el Padre.”
Estos días ha vuelto nuevamente al ruedo, especialmente en la Argentina por el reciente nombramiento del nuevo Arzobispo, aquella “profecía” de Joseph Ratzinger de 1970. Me permito copiar aquí una parte del articulo de Humanitas de Chile donde se reproducía el capitulo V del libro “Fe y futuro” de Ratzinger. Invito leer el muy interesante artículo completo.
Introduccion del articulo de Humanitas:
Y algo sobre el tema “candente”:
“…Será una Iglesia interiorizada, que no suspira por su
mandato político y no flirtea con la izquierda ni con la derecha. Le resultará
muy difícil. En efecto, el proceso de la cristalización y la clarificación le
costará también muchas fuerzas preciosas. La hará pobre, la convertirá en una
Iglesia de los pequeños. El proceso resultará aún más difícil
porque habrá que eliminar tanto la estrechez de miras sectaria como la
voluntariedad envalentonada. Se puede prever que todo esto requerirá tiempo. El
proceso será largo y laborioso, al igual que también fue muy largo el camino
que llevó de los falsos progresismos, en vísperas de la revolución francesa
–cuando también entre los obispos estaba de moda ridiculizar los dogmas y tal
vez incluso dar a entender que ni siquiera la existencia de Dios era en modo
alguno segura [9]– hasta la renovación del siglo
XIX…”.
(…)
“Permanecerá la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho ser humano y que nos promete la vida más allá de la muerte. De la misma manera, el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede ser reemplazado por psicoterapeutas y otros especialistas. Pero seguirá siendo aún necesario el sacerdote que no es especialista, que no se queda al margen cuando aconseja en el ejercicio de su ministerio, sino que en nombre de Dios se pone a disposición de los demás y se entrega a ellos en sus tristezas, sus alegrías, su esperanza y su angustia…”
Es interesante destacar que la fecha de publicación del libro
coincide exactamente con el 50 aniversario de la partida de Karol Wojtyla desde
Polonia hacia Roma comenzando un largo y fructífero peregrinar.
Don y misterio. Son dos palabras que describen muy bien el
sacerdocio. Don de Dios, gratuito y amoroso, inmerecido. Misterio enraizado en
la obra de salvación de Cristo, misterio de redención, misterio de fe, de amor
y de esperanza.
Don y misterio. El sacerdote es un don para los hombres. No vive
para sí, vive para los demás: "ninguno de nosotros vive para sí mismo;
como tampoco muere nadie para sí mismo". Cada sacerdote es un regalo de
Dios a su Iglesia y al mismo tiempo es una ofrenda de la Iglesia al Dios del
amor. El sacerdote es un misterio para sí mismo y para los hombres, un misterio
donde se juntan pecado y santidad, grandeza y pequenez, humana flaqueza y
divina misericordia.
Don y misterio.
Este es también el título del relato autobiográfico del Papa en el que describe
su trayectoria espiritual, una vida marcada por el amor y el dolor, por la
oración y la entrega. Una historia en la que los seglares tienen un papel
importante en la orientación de su vida espiritual y en la que el sacerdocio
del Papa aparece ligado a la comunidad, a la Iglesia, no como un hombre que
simplemente desempeña una función, sino como "otro Cristo" en medio
de ellos. La edición del libro se cierra con las letanías de Jesucristo, Sumo y
Eterno Sacerdote, unas invocaciones que el Papa rezaba cuando se preparaba para
su ordenación......
Antes de celebrar los misterios centrales de la salvación, cada comunidad diocesana se reúne esta mañana en torno a su pastor para la bendición de los santos óleos, que son instrumentos de la salvación en los diversos sacramentos: bautismo, confirmación, orden sagrado y unción de los enfermos. La eficacia de estos signos de la gracia divina deriva del misterio pascual, de la muerte y resurrección de Cristo. Por eso la Iglesia sitúa este rito en el umbral del Triduo sacro, en el día en que, con el supremo acto sacerdotal, el Hijo de Dios hecho hombre se ofreció al Padre como rescate por toda la humanidad.
“Ha
hecho de nosotros un reino de sacerdotes". Entendemos esta expresión en
dos niveles. El primero, como recuerda también el concilio Vaticano II, con
referencia a todos los bautizados, que "son consagrados como casa
espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a través de las obras propias
del cristiano, sacrificios espirituales" (Lumen gentium, 10). Todo
cristiano es sacerdote. Se trata aquí del sacerdocio llamado "común",
que compromete a los bautizados a vivir su oblación a Dios mediante la
participación en la Eucaristía y en los sacramentos, en el testimonio de una
vida santa, en la abnegación y en la caridad activa (cf. ib.).