Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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martes, 27 de mayo de 2025

La vocación universal a la santidad - El verdadero misionero es el santo



La llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad. Cada misionero, lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad: « La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia ».174

La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión. Esta ha sido la ferviente voluntad del Concilio al desear, « con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia, iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura ».175 La espiritualidad misionera de la Iglesia es un camino hacia la santidad.

El renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos. No basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo « anhelo de santidad » entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana, particularmente entre aquellos que son los colaboradores más íntimos de los misioneros.176

 

Pensemos, queridos hermanos y hermanas, en el empuje misionero de las primeras comunidades cristianas. A pesar de la escasez de medios de transporte y de comunicación de entonces, el anuncio evangélico llegó en breve tiempo a los confines del mundo. Y se trataba de la religión de un hombre muerto en cruz, « escándalo para los judíos, necedad para los gentiles » (1 Cor 1, 23). En la base de este dinamismo misionero estaba la santidad de los primeros cristianos y de las primeras comunidades.

91. Me dirijo, por tanto, a los bautizados de las comunidades jóvenes y de las Iglesias jóvenes. Hoy sois vosotros la esperanza de nuestra Iglesia, que tiene dos mil años: siendo jóvenes en la fe, debéis ser como los primeros cristianos e irradiar entusiasmo y valentía, con generosa entrega a Dios y al prójimo; en una palabra, debéis tomar el camino de la santidad. Sólo de esta manera podréis ser signos de Dios en el mundo y revivir en vuestros países la epopeya misionera de la Iglesia primitiva. Y seréis también fermento de espíritu misionero para las Iglesias más antiguas.

 

Por su parte, los misioneros reflexionen sobre el deber de ser santos, que el don de la vocación les pide, renovando constantemente su espíritu y actualizando también su formación doctrinal y pastoral. El misionero ha de ser un « contemplativo en acción ». El halla respuesta a los problemas a la luz de la Palabra de Dios y con la oración personal y comunitaria. El contacto con los representantes de las tradiciones espirituales no cristianas, en particular, las de Asia, me ha corroborado que el futuro de la misión depende en gran parte de la contemplación. El misionero, si no es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble. El misionero es un testigo de la experiencia de Dios y debe poder decir como los Apóstoles: « Lo que contemplamos ... acerca de la Palabra de vida ..., os lo anunciamos » (1 Jn 1, 1-3).

El misionero es el hombre de las Bienaventuranzas. Jesús instruye a los Doce, antes de mandarlos a evangelizar, indicándoles los caminos de la misión: pobreza, mansedumbre, aceptación de los sufrimientos y persecuciones, deseo de justicia y de paz, caridad; es decir, les indica precisamente las Bienaventuranzas, practicadas en la vida apostólica (cf. Mt 5, 1-12). Viviendo las Bienaventuranzas el misionero experimenta y demuestra concretamente que el Reino de Dios ya ha venido y que él lo ha acogido. La característica de toda vida misionera auténtica es la alegría interior, que viene de la fe. En un mundo angustiado y oprimido por tantos problemas, que tiende al pesimismo, el anunciador de la « Buena Nueva » ha de ser un hombre que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza. 

(Juan Pablo II – de la Enciclica Redemptoris Missio (90) – Sobre la permanente validez del mandato misionero) 

jueves, 20 de marzo de 2025

La santidad un don de Dios pero también un deber del hombre – Slawomir Oder

 


¡Ser santos! Pensar en esta realidad, tomar conciencia de lo que significa la llamada bautismal me recuerda siempre el bellísimo cuadro de Caravaggio que se encuentra en la iglesia de San Luis de los Franceses, en Roma: La llamada de Mateo. Jesús que entra en la habitación donde Mateo, con un grupo de hombres inclinados sobre una mesa, están en pleno debate. Mateo se da cuenta de esta presencia y percibe la mano que Jsús tiende hacia ellos. Sorprendido casi perturbado, se señala a si mismo al mismo tiempo que su gesto y y su mano expresan elocuentemente una pregunta: «me lo dices a mi? ¿me llamas a mi precisamente?» Toda la dinámica del encuentro entre el Maestro y el publicano contiene el sabor delo increíble. Mateo está sorprendido, intrigado, confndido. Atónito, consciente de su propia culpa, que como un abismo lo separa de Jesús, se siente, por otro lado, atraído irresistiblemente por la bondad de  quien le ofrece su confianza y su amistad. ¡Es el comienzo de una gran aventura!

Como dijo Juan Pablo II e 1997 en la homilía durante la Misa de beatificación de Karolina Kózkówna en Tárnow (Polonia), en nuestra vida el encuentro con un santo hace surgir en nosotros sentimientos de vergüenza y de esperanza. Sentimos vergüenza por nuestras propias faltas y la distancia entre la santidad y nuestra vida real: esperanza, porque no hay santo que no haya experimentado la misma insuficiencia y no haya luchado y combatido contra su propia debilidad alzando el vuelo hacia lo alto con la ayuda de la gracia de Dios.  Los santos son la prueba más clara de la veracidad delas palabras del arcángel Gabriel a María: «Nada es imposible para Dios!»

La santidad es, por lo tanto, un don de Dios, pero es también un deber del hombre. La constante y diaria superación de si mismo y de sus propios límites, la sorprendente pregunta:«Me lo dices a mi?» en boca de Mateo, que nos hace sonrojar. Una pregunta que hace sentirnos revestidos de la confianza de Dios, que nos asusta pero a la vez nos da alas…. He aquí el esfuerzo de ser hombre y el fascinante desafío de vivir como santo.  En la práctica, el esfuerzo por superarse a si mismo por perseverar en el bien y reencontrar la fuerza diaria en Aquel que nos renueva su confianza se exterioriza en el cumplimiento de las virtudes. Todo retrato de santidad es un mosaico de virtudes, es un confluir de la fe, la esperanza y la caridad, abundante prudencia, justicia, fortaleza, templanza, y una competición entre pobreza, castidad, obediencia y humildad.

(Slawomir Oder, Postulador de la causa de beatificacion y canonización de Juan Pablo II, Totus Tuus Boletin mensual de laPostulacon Nr 1 enero 20008 - Editorial)

 

jueves, 21 de abril de 2022

Virgen Maria, Reina de los santos

 

(Fra Angelico - Wikimedia)
 

Virgen María,

Reina de los santos
y modelo de santidad,
tú exultas hoy
con la inmensa legión
de los que han lavado sus vestiduras
con la «sangre del Cordero» (Ap 7, 14).

Tú eres la primera de los salvados,
la totalmente santa, la Inmaculada.

Ayúdanos a vencer nuestra mediocridad.
Infunde en nuestro corazón
el deseo y el propósito de la perfección.
Suscita en la Iglesia,
para bien de los hombres de hoy,
una gran primavera de santidad.

(Juan Pablo II Oracion para la Solemnidad de todos los Santos, Angelus 1 de noviembre de 1993)

martes, 8 de septiembre de 2020

Como se hace un santo (3 de 3)

 


Durante el pontificado del Papa Juan PabloII el Cardenal Saravia Martins ha terminado las causas de casi la mitad de los 1345 beatos y 483 santos proclamados.

¿Quién puede ser santo? ¿Qui8en puede ser beatificado? ¿Cómo se procede para elevar a alguien a los altares? ¿El milagro es de verdad necesario?

Responde Su Eminencia el Card. Jose Saraiva Martins, Prefecto de la Congregacion de las Causas de los Santos. (Los textos seleccionados poir Domitia Caramazza están tomados del libro Come si fa un santo, Ed. Piemme, 2005 (publicado en Totus Tuus Nr 1 marzo 2006

 ¿Por qué es necesaria la aprobación de un milagro antes de la proclamación de un beato o de un santo?

 Los milagros no se examinan nunca antes de la declaración de las virtudes heroicas.  Quisiera precisar que sólo los milagros atribuidos a la intercesión del siervo de Dios, después de su muerte, confirman definitivamente con autoridad divina la santidad.  El numero pedido para la beatificación y la canonización ha variado en la historia del derecho eclesiástico.

Desde el Año Santo de 1975 se ha comenzado a dispensar del segundo milagro para la beatificación y así se ha llegado a la actual praxis de un solo milagro para la beatificación y de otro para la canonización. En el milagro la Iglesia ve el “sigilo de Dios” sobre la propia reflexión y sobre el propio trabajo. Las pruebas testificales, los exámenes clínicos, las consultas teológicas se llevan a cabo siempre con seriedad y cuidado, hasta alcanzar la certeza moral: esta queda siempre a nivel de valoración o juicio humano. El  milagro es visto como confirmación de la fe. Si hay católicos que no creen en los milagros es solo por un problema de formación y de información. Y aquí es necesario, como Iglesia, trabajar más en las parroquias, en las diócesis, entre la gente, para que los milagros sean una realidad de la vida de cada día que se deben explicar, precisamente para aclarar las objeciones que puedan surgir en las personas.

 ¿Cómo se desarrolla el trabajo de la Congragación de las Causas de los santos?

 Las cuestiones más importantes se examinan y estudian en diferentes órganos colegiales. Por ejemplo, el Congreso ordinario, que se reúne todas las semanas, decide sobre la validez jurídica de las actas del proceso diocesano; la sesión de los consultores históricos estudia el valor científico y  la suficiencia de la documentación referente a las causas históricas o antiguas; la Consulta médica o técnica examina el aspecto científico de los presuntos milagros presentados; el congreso especial de los consultores teólogos, presidido por el promotor general de la fe, expresa su voto acerca de la heroicidad de las virtudes, del martirio, del presunto hecho milagroso; la Sesión ordinaria de los cardenales y obispos, presidida por el prefecto de la Congregación, juzga  acerca de las materias sobre las que los teólogos han dado su voto. Las conclusiones de los cardenales y obispos se ponen en conocimiento del Santo Padre, que toma la decisión definitiva.    Una nueva figura jurídica, nacida con la legislación del 1982, es la del relator, que de hecho absorbe las competencias que en un tiempo estaban distribuidas entre el promotor de la fe y los abogados de las causas. La tarea está especificada en la constitución Divinus perfectionis Magister, que establece que a cada relator, al que se le asigna el estudio de una causa concreta, corresponde la preparación de la llamada “Positio” (Positivo, en latin y Positiones en plural) sobre las virtudes o sobre el martirio, aclarando todos los aspectos de la vida y del comportamiento del siervo de Dios. En los volúmenes que componen la Positio están recogidas las pruebas testificales y documentales y todos los actos jurídicos, los estudios y los sumarios necesarios para poder responder a la duda; si consta la heroicidad de las virtudes o el martirio, o si consta el milagro en el caso presente y para los efectos de que se trata. Un colaborador externo, presentado por la postulación ayuda al relator en el trabajo. Actualmente los tiempos para la preparación de las Positiones son más breves que antes de 1983. Para el reconocimiento de las virtudes heroicas se promulga un decreto en presencia del Santo Padre.  Desde ese momento se da al siervo de Dios el título de “venerable”, que, sin embargo, no implica forma alguna de culto público. Para llegar a la beatificación es necesario el reconocimiento de un milagro, atribuido a la intercesión del venerable. La prueba de un nuevo milagro, atribuido a la intercesión del venerable.  Es necesaria la prueba de un nuevo milagro para proceder a la canonización.  

 

viernes, 4 de septiembre de 2020

Como se hace un santo (2 de 3)

 


Durante el pontificado del Papa Juan PabloII el Cardenal Saravia Martins ha terminado las causas de casi la mitad de los 1345 beatos y 483 santos proclamados.

¿Quién puede ser santo? ¿Qui8en puede ser beatificado? ¿Cómo se procede para elevar a alguien a los altares? ¿El milagro es de verdad necesario?

Responde Su Eminencia el Card. Jose Saraiva Martins, Prefecto de la Congregacion de las Causas de los Santos. (Los textos seleccionados poir Domitia Caramazza están tomados del libro Come si fa un santo, Ed. Piemme, 2005 (publicado en Totus Tuus Nr 1 marzo 2006

 ¿Qué distingue a los beatos y a los santos “oficiales” de todos los demás cristianos muertos en gracia de Dios?

 Si el número de los cristianos que han vivido santamente coincidiese con el de los canonizados y proclamados beatos, estaríamos obligados a reconocer que, a lo largo de los dos milenios desde su fundación, la Iglesia habría fracasado en el cumplimiento de la misión confiada por Jesucristo. Pero no es así.

Hay una legión innumerable de personas que han vivido y muerto santamente y que están en el Paraíso, gozan de la visión beatifica y son recordadas  todas juntas en la fiesta de Todos los Santos, el 1 de noviembre.

Se trata, podríamos decir, de los “soldados desconocidos” de la santidad, que,  están mas íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad,  ennoblecen el culto que ella ofrece a Dios aquí en la tierra y contribuyen de múltiples  maneras a su dilatada edificación. (Lumen gentium, 49)

La canonización declara la santidad de una persona sin establecer una comparación con la de quienes están en el cielo.

 ¿Quién puedc ser propuesto para una causa de canonización? Y cuando se puede iniciar el proceso?

 Cualquier católico puede ser el protagonista de una causa, con tal que haya ejercitado las virtudes cristianas en grado heroico y goce de fama de santidad después de su muerte. El grado heroico consiste en un comportamiento cristiano fuera de lo común, viviendo con prontitud de ánimo y con alegría las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) y además - si es una persona consagrada -  la castidad, la pobreza y la obediencia. Lafama de santidad es la opinión generalizada que lleva a los fieles a venerarlo y a encomendarse a su intercesión. Para iniciar una causa es necesario esperar al menos cinco años desde la muerte del candidato. EL “actor” de  la causa – que puede ser una diócesis, una congregación religiosa, un grupo de fieles o incluso una persona física – para poder introducir formalmente la causa, tiene que dirigirse al obispo diocesano competente, y éste a su vez a la Congregación de las Causas de los santos para consultar si por parte de la Santa Sede hay algún obstáculo que se oponga a la causa.

¿Cuál es la diferencia practica entre la beatificación y la canonización, entre el beato y el santo?

 La beatificación es el primer paso en el camino hacia la definitiva canonización.

Con la beatificación se declara la santidad de la vida del beato y se permite el culto público en su honor en el ámbito limitado de una diócesis o de una institución eclesiástica (por ejemplo una congregación religiosa). La canonización es una declaración particularmente solemne de la santidad y prescribe el culto público de toda la Iglesia. Así pues, mientras la primera tiene una dimensión local y la segunda tiene una dimensión universal.  Tanto la beatificación como la canonización presuponen la demostración de la heroicidad de las virtudes practicadas por el beato o el santo.

 ¿Cuáles son las etapas que forman el proceso de una causa de beatificación?

 Las causas de beatificación tienen dos fases fundamentales: una diocesana y otra romana.

La primera consiste en la instrucción que el obispo competente lleva a cabo para recoger todos los escritos del siervo de Dios, los testimonios y los documentos relacionados con su vida, actividad y virtudes o martirio. A tal fin el obispo diocesano constituye un tribunal, presidido por él mismo o por un delegado suyo, y formado por un promotor de justicio y por un notario.

Los testigos llamados a declarar ocupan una importancia especial. La mayor parte de ellos s presentada por el postulador (que es, en un cierto sentido, el “abogado defensor” de la causa), pero el tribunal puede convocar otros ex officio.

Los testigos que establecen las Normae servandae, es decir las normas del proceso, tienen que ser oculares; a estos, si es necesario, se pueden añadir otros que han oído de quienes han visto, pero todos tienen que ser dignos de crédito. La sinceridad de los testigos es absolutamente necesaria y es por esto que cada uno de ellos tiene que confirmar con juramente cuanto ha declarado. Cuando un siervo de Dios pertenece a un Instituto de vida consagrada, una buena parte de los testigos - para que haya el máximo de objetividad y de perfección tiene que ser ajena  a dicho Instituto.

Con la reforma legislativa de 1983 los documentos han adquirido la debida dignidad.

La documentación relativa a la vida del siervo de Dios y a su causa de beatificación, por encargo formal del obispo diocesano, es recogida por algunos expertos en historia y archivística los cuales al final de su trabajo tienen que expresar su parecer acerca de la autenticidad y el valor de los documentos, así como su opinión sobre la personalidad del siervo de Dios, según lo que se deduce de los mismos documentos. Todos los actos del procedimiento instructorio diocesano, por último, se entregan a la Congregación de las Causas de los Santos que los examina, en varias y diferentes instancias, para comprobar la heroicidad de las virtudes, el martirio, los posibles milagros.

 

jueves, 3 de septiembre de 2020

Como se hace un santo (1 de 3)

 


Durante el pontificado del Papa Juan Pablo II el Cardenal Saravia Martins ha terminado las causas de casi la mitad de los 1345 beatos y 483 santos proclamados.

¿Quién puede ser santo? ¿Quien puede ser beatificado? ¿Cómo se procede para elevar a alguien a los altares? ¿El milagro es de verdad necesario?

Responde SuEminencia el Card. Jose Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos. (Los textos seleccionados poir Domitia Caramazza están tomados del libro Come si fa un santo, Ed. Piemme, 2005 (publicado en Totus Tuus Nr 1 marzo 2006

 Quien es el santo?

Todos los santos, cada uno a su modo, han alcanzado los vértices del amor, cada uno es, sin embargo, portador de un mensaje especifico, que hay que buscarlo no solamente en el heroísmo con que ha ejercitado “privadamente” las virtudes cristianas, sino también en el modo con que ha llevado a cabo la propia misión recibida de Dios,  junto con la lucha diaria por realizarla, explica el heroísmo de los santos.  De hecho el punto verdaderamente específico de cada causa de canonización consiste en la verificación de la radicalidad con que el individuo ha cumplido la voluntad de Dios, llevando a termino la misión recibida. EL santo es un ser profundamente humano: no tiene un corazón para amar a Dios, y otro para amar a los hombres y al mundo entero. Tiene los pies en la tierra, a veces tropieza y cae, pero se levanta y sigue su camino.  La santidad es plenitud de la humanidad. Los santos “representan al vivo el rostro de Cristo”, como nos ha recordado siempre Juan Pablo II. La santidad es posible alcanzarla y realizarla. Los santos son aquellos que nos garantizan exactamente esto: es posible vivir la Palabra de Cristo y ponerla en práctica. La santidad consiste en la perfecta unión con Cristo.  Esa es, pues, al mismo tiempo, el fruto de la gracia de Dios y de la libre respuesta del hombre. El hombre, por tanto, está llamado a ser no un alter Christus, otro Cristo, sino ipse Christus, Cristo mismo. Y Cristo es el hombre perfecto porque es la misma santidad de Dios encarnada,  hecha tiempo e historia.

A menudo se muestra perplejidad, por diversos motivos, sobre estas acciones de la Iglesia…

Alguien ha podido ver en el gran impulso, incluso numérico, que Juan Pablo II ha dado a las beatificaciones y canonizaciones durante su pontificado una estrategia expansionistica de la Iglesia católica.  Para otros, la propuesta de nuevos beatos y santos – tan diferentes por nacionalidad, cultura y categoría – sería solo una operación de marketing de la santidad con fines de leadership del papado en la sociedad civil actual. Hay quienes, en fin, ven en las canonizaciones y en el culto de los santos un residuo anacronistico de triunfalismo religioso, lejano e incluso contrario al espíritu y al dictado del Concilio Vaticano II. La verdad es que una lectura exclusivamente sociológica de este tema corre el riesgo de ser no solamente reductiva, sino incluso desviada, para la comprensión de un fenómeno tan característico y original de la Iglesia católica. Sin embargo, el mismo Concilio, a veces mal citado, ha  querido afirmar explícitamente la vocación a la santidad de todos los cristianos y proponerla de nuevo con fuerza al mundo de hoy.

 La santidad de la que hablamos, ¡esta a la mano sólo de algunos privilegiados?

La llamada a la santidad es universal porque se dirige a todos los hombres y a todas las mujeres sin excepción alguna. Esto significa que va dirigida a cada persona concreta en el estado y en la situación en que vive. Juan Pablo II ha sido explícito y categórico en este aspecto. El ha indicado la santidad de todos como una de los puntos fundamentales para la pastoral de la Iglesia del tercer milenio.

El camino que cada uno tiene que recorrer para alcanzar la santidad es el cumplimiento fiel de  los propios deberes familiares, profesionales y sociales, es decir vivir en plenitud la vida ordinaria.

Es verdad que la santidad comporta el heroísmo en la práctica de las virtudes; es igualmente innegable que la perseverancia fiel en los deberes cotidianos puede ser mas heroica que las gestas, a veces puramente imaginarias, en que algunos hacen consistir la santidad.

El santo llega al centro de la libertad, derrocha alegría por todos los poros y crea en torno a él un ambiente de serenidad y de paz. No existen santos con la cara larga, porque de lo contrario su santidad seria una caricatura de la verdadera santidad. La santidad es, por su misma naturaleza, alegre, porque no es otra cosa que la experiencia de vida, en toda su radicalidad, de la buena noticia del Reino.

 En una sociedad como la actual, ¿es más difícil aspirar a la santidad?

Hoy, en muchos contextos sociales, se ha llegado a una concepción más profunda y autentica de la santidad. Por eso si se concibe la santidad como una santidad encarnada, vivida, existencial, se podría incluso decir que es menos difícil ser santo. Es siempre, sin embargo, difícil, obviamente, porque el cristianismo va siempre contracorriente.  Los santos cristianos son un asombro que no ha faltado nunca en la vida de la Iglesia y que no puede pasar desapercibido a un atento observador laico.

Los nuevos santos no dividen, sino que unen y hacen bien incluso al diálogo, dentro y fuera de la Iglesia católica.

 

lunes, 17 de junio de 2019

¡Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad!

 En noviembre de 1989, el Papa Juan Pablo II completó una serie de mensajes que había empezado en 1985,  dedicada a un mismo tema: Las Letanías del Corazón de Jesús. La serie completa consta de 33 meditaciones sobre las invocaciones de las Letanías. Dio doce, de junio a septiembre de 1985 y diez, de junio a agosto de 1986. La serie fue interrumpida entonces por los temas dedicados al Año Mariano, 1987-88. Reanudó después las reflexiones sobre las letanías con 9 homilías dadas de julio a septiembre de 1989 y las dos últimas durante el mes de noviembre de 1989.


La siguiente es  del 10 de agosto de 1986 

Recordemos cuando Jesús se acercó a la pequeña ciudad de Samaria, llamada Sicar, donde se encontraba una fuente que se remontaba a los tiempos del Patriarca Jacob.
En aquel lugar encontró a una samaritana, que se acercaba para sacar agua de la fuente. Él le dice: "Dame de beber". La mujer responde: "¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, mujer samaritana?".

Entonces Jesús replicó: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría a ti agua viva".

Y continuó: "El agua que yo te dé se hará en ti fuente que salte hasta la vida eterna" (cf. Jn 4, 5-14).
¡Fuente! ¡Fuente de vida y de santidad!

En otra ocasión, en el último día de la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén, Jesús ―como escribe también el Evangelista Juan― "gritó, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, según dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su seno". El Evangelista añade: "Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él" (Jn 7, 37-39).

Todos deseamos acercarnos a esta fuente de agua viva. Todos deseamos beber del Corazón divino, que es fuente de vida y de santidad.

En Él nos ha sido dado el Espíritu Santo, que se da constantemente a todos aquellos que con adoración y amor se acercan a Cristo, a su Corazón.

Acercarse a la fuente quiere decir alcanzar el principio. No hay en el mundo creado otro lugar del cual pueda brotar la santidad para la vida humana, fuera de este Corazón, que ha amado tanto. "Ríos de agua viva" han manado de tantos corazones... y ¡manan todavía! De ello dan testimonio los Santos de todos los tiempos.

Te pedimos, Madre de Cristo, que seas nuestra Guía al Corazón de tu Hijo. Te pedimos que nos acerques a Él y nos enseñes a vivir en intimidad con este Corazón, que es fuente de vida y de santidad.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Todos estamos llamados a ser santos - mensaje de San Juan Pablo II a los jovenes


“Escuchar a Cristo y adorarlo lleva a hacer elecciones valerosas, a tomar decisiones a veces heroicas. Jesús es exigente porque quiere nuestra auténtica felicidad. Llama a algunos a dejar todo para que le sigan en la vida sacerdotal o consagrada. Quien advierte esta invitación no tenga miedo de responderle "sí" y le siga generosamente. Pero más allá de las vocaciones de especial consagración, está la vocación propia de todo bautizado: también es esta una vocación a aquel "alto grado" de la vida cristiana ordinaria que se expresa en la santidad (cfr. Novo millennio ineunte, 31). Cuando se encuentra a Jesús y se acoge su Evangelio, la vida cambia y uno es empujado a comunicar a los demás la propia experiencia.

Son tantos nuestros compañeros que todavía no conocen el amor de Dios, o buscan llenarse el corazón con sucedáneos insignificantes. Por lo tanto, es urgente ser testigos del amor contemplado en Cristo. La invitación a participar en la Jornada Mundial de la Juventud es también para vosotros, queridos amigos que no estáis bautizados o que no os identificáis con la Iglesia.
¿No será que también vosotros tenéis sed del Absoluto y estáis en la búsqueda de "algo" que dé significado a vuestra existencia? Dirigíos a Cristo y no seréis defraudados.

Queridos jóvenes, la Iglesia necesita auténticos testigos para la nueva evangelización: hombres y mujeres cuya vida haya sido transformada por el encuentro con Jesús; hombres y mujeres capaces de comunicar esta experiencia a los demás. La Iglesia necesita santos. Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad. En este camino de heroísmo evangélico nos han precedido tantos, y es a su intercesión a la que os exhorto recurrir a menudo. Al encontraros en Colonia, aprenderéis a conocer mejor a algunos de ellos, como a san Bonifacio, el apóstol de Alemania, a los Santos de Colonia, en particular a Úrsula, Alberto Magno, Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) y al beato Adolfo Kolping. Entre éstos quisiera citar en modo particular a san Alberto y a santa Teresa Benedicta de la Cruz que, con la misma actitud interior de los Reyes Magos, buscaron la verdad apasionadamente. No dudaron en poner sus capacidades intelectuales al servicio de la fe, testimoniando así que la fe y la razón están ligadas y se atraen recíprocamente.”


(JuanPablo II Mensaje a los jóvenes para la JMJ 2005)


 

martes, 1 de noviembre de 2011

La solemnidad de Todos los Santos- todo cristiano está llamado a la santidad.



1. Celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos. En la luz de Dios recordamos a todos los que han dado testimonio de Cristo durante su vida terrena, esforzándose por poner en práctica sus enseñanzas. Nos alegramos con estos hermanos y hermanas nuestros que nos han precedido, recorriendo nuestro mismo camino, y que ahora, en la gloria del cielo, gozan del premio merecido. Estos son los que, según la expresión del Apocalipsis, "vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero" (Ap 7, 14). Han sabido ir contra corriente, acogiendo el "sermón de la montaña" como norma inspiradora de su vida: pobreza de espíritu y sencillez de vida; mansedumbre y no violencia; arrepentimiento de los pecados propios y expiación de los ajenos; hambre y sed de justicia; misericordia y compasión; pureza de corazón; compromiso en favor de la paz; y sacrificio por la justicia (cf. Mt 5, 3-10).

Todo cristiano está llamado a la santidad, es decir, a vivir las bienaventuranzas. Como ejemplo para todos, la Iglesia indica a los hermanos y hermanas que se han distinguido en las virtudes y han sido instrumentos de la gracia divina. Hoy los celebramos a todos juntos, para que con su ayuda crezcamos en el amor a Dios y seamos "sal de la tierra y luz del mundo" (Mt 5, 13-14).


2. La comunión de los santos supera el umbral de la muerte. Es una comunión que tiene su centro en Dios, el Dios de los vivos (cf. Mt 22, 32). "Dichosos los muertos que mueren en el Señor" (Ap 14, 13), leemos en el libro del Apocalipsis. Precisamente la fiesta de Todos los Santos ilumina el significado de la conmemoración de Todos los fieles difuntos, que celebraremos mañana. Esta es una jornada de oración y de profunda reflexión sobre el misterio de la vida y la muerte. "Dios no hizo la muerte" -afirma la Escritura-, sino que "todo lo creó para que subsistiera" (Sb 1, 13-14). "La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y la experimentan los que le pertenecen" (Sb 2, 24).El Evangelio revela cómo Jesucristo tenía un poder absoluto sobre la muerte física, que consideraba casi como un sueño (cf. Mt 9, 24-25; Lc 7, 14-15; Jn 11, 11). Jesús sugiere que hay que tener miedo de otra muerte: la del alma, que a causa del pecado pierde la vida divina de la gracia, quedando excluida definitivamente de la vida y de la felicidad.


3. Por el contrario, Dios quiere que todos los hombres se salven (cf. 1 Tm 2, 4). Por eso envió a la tierra a su Hijo (cf. Jn 3, 16), para que todos los hombres tengan vida "en abundancia" (cf. Jn 10, 10). El Padre celestial no se resigna a perder a ninguno de sus hijos, sino que quiere que todos estén con él, y sean santos e inmaculados en el amor (cf. Ef 1, 4).


Santos e inmaculados como la Virgen María, modelo eminente de la humanidad nueva. Su felicidad es plena, en la gloria de Dios. En ella resplandece la meta a la que todos tendemos. A ella le encomendamos a nuestros hermanos difuntos, en espera de encontrarnos con ellos, en la casa del Padre.


sábado, 3 de septiembre de 2011

La santidad, savia vital de la misión de Juan Pablo II (3) La santidad y la oración en Novo Millennio Ineunte

La oración





“Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración. El Año jubilar ha sido un año de oración personal y comunitaria más intensa. Pero sabemos bien que rezar tampoco es algo que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar, como aprendiendo de nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro, como los primeros discípulos: « Señor, enséñanos a orar » (Lc 11,1). En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: « Permaneced en mí, como yo en vosotros » (Jn 15,4). Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica. Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre. Aprender esta lógica trinitaria de la oración cristiana, viviéndola plenamente ante todo en la liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial,17 pero también de la experiencia personal, es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas.
33. ¿No es acaso un « signo de los tiempos » el que hoy, a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar? También las otras religiones, ya presentes extensamente en los territorios de antigua cristianización, ofrecen sus propias respuestas a esta necesidad, y lo hacen a veces de manera atractiva. Nosotros, que tenemos la gracia de creer en Cristo, revelador del Padre y Salvador del mundo, debemos enseñar a qué grado de interiorización nos puede llevar la relación con él.
La gran tradición mística de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, puede enseñar mucho a este respecto. Muestra cómo la oración puede avanzar, como verdadero y propio diálogo de amor, hasta hacer que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado, sensible al impulso del Espíritu y abandonada filialmente en el corazón del Padre. Entonces se realiza la experiencia viva de la promesa de Cristo: « El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él » (Jn 14,21). Se trata de un camino sostenido enteramente por la gracia, el cual, sin embargo, requiere un intenso compromiso espiritual que encuentra también dolorosas purificaciones (la « noche oscura »), pero que llega, de tantas formas posibles, al indecible gozo vivido por los místicos como « unión esponsal ». ¿Cómo no recordar aquí, entre tantos testimonios espléndidos, la doctrina de san Juan de la Cruz y de santa Teresa de Jesús?
Sí, queridos hermanos y hermanas, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas « escuelas de oración », donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el « arrebato del corazón. Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios.18 "”

viernes, 2 de septiembre de 2011

La santidad, savia vital de la misión de Juan Pablo II (2) La santidad en Novo Millenio Ineunte




En la Exhortación Apostólica Novo Millennio Ineunte el Beato Juan Pablo II le dedica todo un apartado a la santidad, ese “« alto grado » de la vida cristiana ordinaria” al cual debieramos aspirar todos los cristianos.


Decía Juan Pablo II:
“ En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad. ¿Acaso no era éste el sentido último de la indulgencia jubilar, como gracia especial ofrecida por Cristo para que la vida de cada bautizado pudiera purificarse y renovarse profundamente?
…hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral.
Conviene además descubrir en todo su valor programático el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, dedicado a la « vocación universal a la santidad ». Si los Padres conciliares concedieron tanto relieve a esta temática no fue para dar una especie de toque espiritual a la eclesiología, sino más bien para poner de relieve una dinámica intrínseca y determinante. Descubrir a la Iglesia como « misterio », es decir, como pueblo « congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo »,15 llevaba a descubrir también su « santidad », entendida en su sentido fundamental de pertenecer a Aquél que por excelencia es el Santo, el « tres veces Santo » (cf. Is 6,3). Confesar a la Iglesia como santa significa mostrar su rostro de Esposa de Cristo, por la cual él se entregó, precisamente para santificarla (cf. Ef 5,25-26). Este don de santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado.
Pero el don se plasma a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la vida cristiana: « Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación » (1 Ts 4,3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: « Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor ».16
31. Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en un primer momento, algo poco práctico. ¿Acaso se puede « programar » la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral?
En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, « ¿quieres recibir el Bautismo? », significa al mismo tiempo preguntarle, « ¿quieres ser santo? » Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: « Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial » (Mt 5,48).
Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos « genios » de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este « alto grado » de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia. (Continúa en La santidad y la oración en Novo Millennio Ineunte)

jueves, 1 de septiembre de 2011

La santidad, savia vital de la misión de Juan Pablo II (1)

La santidad fue la savia vital de la misión de Juan Pablo II, algo imprescindible, natural…este gran Papa consumió toda su vida para mostrarnos con su sencillez y su humanidad que la santidad es accesible a todos y que debe ser la prioridad absoluta para cada hombre

(Francesco Indelicato, Editorial de Totus Tuus nro beatificación).



¡No tengáis miedo a ser santos!
ese llamado insistente de Juan Pablo II a la santidad, “dimensión que expresa mejor el misterio de la Iglesia”; y que “representa al vivo el rostro de Cristo” no fue un llamado ignoto, casual, dirigido a una minoría cristiana o a una Iglesia particular. Nada de eso, fue un llamado claro y preciso a todo el pueblo d Dios.
Desde aquel primer mensaje del 22 de octubre de 1978 Invitándonos a dar un paso decisivo “¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!.... ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!” no cesó de recordarnos que todo cristiano está llamado a la santidad.




Fiel a la consigna principal de Concilio Vaticano II, a todos los hijos e hijas de la Iglesia, nos recordaba que “esa “ « vocación universal a la santidad » ese « alto grado » de la vida cristiana ordinaria” ese “don de santidad” personal que se da a cada bautizado” hay que descubrirlo, agregaba que “También es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona” y “para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración”


Y fue a los jóvenes a quienes no se canso de invitar e insistir acerca de la santidad en sus diferentes Mensajes, discursos u homilías:

En la homilía en Monte del Gozo en 1989
¡No tengáis miedo a ser santos! Esta es la libertad con la que Cristo nos ha liberado (cf. Gál 5, 1). No como la prometen con ilusión y engaño los poderes de este mundo: una autonomía total, una ruptura de toda pertenencia en cuanto criaturas e hijos, una afirmación de autosuficiencia, que nos deja indefensos ante nuestros límites y debilidades, solos en la cárcel de nuestro egoísmo, esclavos del «espíritu de este mundo», condenados a la «servidumbre de la corrupción» (Rm 8, 21).

en Manila en 1995
“Es tiempo de comprometeros más plenamente en seguir a Cristo en el cumplimiento de su misión salvífica. Toda forma de apostolado y todo tipo de servicio deben tener su fuente en Cristo. Cuando os dice: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21), os hace también capaces de cumplir esta misión. En cierto sentido, se comparte a sí mismo con vosotros. Es lo mismo que dice san Pablo: Dios nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, para estar llenos de amor; así mismo nos ha elegido de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo (cf. Ef 1, 4-5).

En el Mensaje para la JMJ de 1998
“El don del Espíritu hace actual y posible para todos el antiguo mandato de Dios a su pueblo: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19, 2). Llegar a ser santos parece una meta ardua, reservada a personas totalmente excepcionales, o destinada a quien quiera permanecer ajeno a la vida y a la cultura de su tiempo. Sin embargo, llegar a ser santos es don y tarea arraigados en el bautismo y en la confirmación, encomendados a todos en la Iglesia, en todo tiempo. Es don y tarea de los laicos, de los religiosos y de los ministros sagrados, en el ámbito privado y en el público, en la vida de cada uno y en la de las familias y comunidades.”

En el Mensaje con ocasión de la XV JMJ
“¡Contemplad y reflexionad! Dios nos ha creado para compartir su misma vida; nos llama a ser sus hijos, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, templos luminosos del Espíritu del Amor. Nos llama a ser “suyos”: quiere que todos seamos santos. Queridos jóvenes, ¡tened la santa ambición de ser santos, como Él es santo!
Me preguntaréis: ¿pero hoy es posible ser santos? Si sólo se contase con las fuerzas humanas, tal empresa sería sin duda imposible…. Aunque el camino es duro, todo lo podemos en Aquel que es nuestro Redentor. No os dirijáis a otro si no a Jesús. No busquéis en otro sitio lo que sólo Él puede daros, porque «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hc 4,12). Con Cristo la santidad –proyecto divino para cada bautizado– es posible. Contad con él, creed en la fuerza invencible del Evangelio y poned la fe como fundamento de vuestra esperanza. Jesús camina con vosotros, os renueva el corazón y os infunde valor con la fuerza de su Espíritu.
Jóvenes de todos los continentes, ¡no tengáis miedo de ser los santos del nuevo milenio!.... El Señor os quiere apóstoles intrépidos de su Evangelio y constructores de la nueva humanidad.”

En el Mensaje para la XVII JMJ
“¡Con cuántos santos, también entre los jóvenes, cuenta la historia de la Iglesia! En su amor por Dios han hecho resplandecer las mismas virtudes heroicas ante el mundo, convirtiéndose en modelos de vida propuestos por la Iglesia para que todos les imiten. Entre otros muchos, baste recordar a Inés de Roma, Andrés de Phú Yên, Pedro Calungsod, Josefina Bakhita, Teresa de Lisieux, Pier Giorgio Frassati, Marcel Callo, Francisco Castelló Aleu o, también, Kateri Tekakwitha, la joven iraquesa llamada la "azucena de los Mohawks". Pido a Dios tres veces Santo que, por la intercesión de esta muchedumbre inmensa de testigos, os haga ser santos, queridos jóvenes, ¡los santos del tercer milenio!”

Sin excluir a nadie se lo recordó también a las familias en su

Mensaje de 1994
“ Todos están llamados a ser Iglesia gloriosa, santa e inmaculada. «Sed santos —dice el Señor— pues yo soy santo» (Lv 11, 44; cf. 1 P 1, 16).” Carta a las familias 1994
Y , de diferente manera a los niños en su Carta a ellos
“¿Cómo no recordar, por ejemplo, los niños y niñas santos, que vivieron en los primeros siglos y que aún hoy son conocidos y venerados en toda la Iglesia?” Carta a los niños

Y en la Carta Apostólica Familiaris consortio
“Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio”
y “La vocación universal a la santidad está dirigida también a los cónyuges y padres cristianos.”
En la misma carta apostólica (32) Juan Pablo II subraya la importancia de la oración en la pedagogía de la santidad, recordándonos que esa “ « vocación universal a la santidad » ese « alto grado » de la vida cristiana ordinaria” ese “don de santidad” personal que se da a cada bautizado” hay que descubrirlo. Y agrega - “También es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona” y “para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración”

lunes, 4 de abril de 2011

Cardenal Stanislaw Dziwisz : La santidad de Juan Pablo II : don y deber


El cardenal Stanislaw Dziwisz en su homilía de la Santa Misa celebrada en la Basílica de Nuestra Señora en Cracovia, con ocasión del sexto aniversario de la muerte del Papa expreso que la santidad de Juan Pablo II es un don, pero también un deber, un reto. La santidad de otro hombre no solo debe ser admirada – agrego – sino que debemos ganarla en nuestra vida cotidiana, en nuestro propio entorno.

Resalto además que “Juan Pablo II estaba enamorado y sumergido en Dios y recordó que hace seis años, el 2 de abril de 2005, cuando el Papa Juan Pablo II murió, el mundo entero se detuvo con el pensamiento en su lecho de muerte, inclinado sobre el misterio de su vida y ministerio.

Al hablar de Polonia expreso que “ se sumió en la tristeza al despedir al Santo Padre y agradecerle por su gran contribución creativa a la historia contemporánea de nuestra nación . Los días de su partida y los funerales nos unieron tal como el nos unió en vida con su enseñanza y su actitud abierta a Dios y al hombre…. Al morir nos dimos cuenta que perdimos un punto de referencia fiable.” “Pero al mismo tiempo – agrego – despertó en nosotros la esperanza que se quedaba con nosotros de otra manera en otra dimensión quizás aun más eficaz. Nuestras expectativas se cumplieron y la tristeza se convirtió en alegría profunda esperando la beatificación y canonización. "La confirmación de su santidad, es para nosotros una indicación que el camino hacia Dios que él nos enseñó, es el camino que tenemos que seguir" - agregó el arzobispo de Cracovia.”

Destacó además el Cardenal Dziwisz "Su vida personal y su servicio han sido absolutamente transparentes como pastor, sacerdote, obispo y Papa el vivió, trabajó, amó, habló y escribió a la vista de todo el mundo" - "No había en el hipocresía sino solo verdad y amor a Dios y el hombre… Su vida fue coherente y consistente, desde su juventud….. Su ideal más importante, su gran pasión por Jesucristo. A el se entrego, a su servicio exclusivo vivió todos los días de su vida, de el hablo y escribió con pasión. Por eso viviendo a la luz de Cristo y de su Evangelio pudo convertirse en conductor en el camino de la fe para los demás…. Que su santidad despierte en nosotros el deseo de santidad.”


domingo, 2 de enero de 2011

El comienzo de una gran aventura


“Entre los cristianos no pueden faltar los deseos que expresan la esencia misma y el sentido fundamental de nuestra vida: ¡deseos de llegar a ser cada vez mas santos! San Pablo, en su carta a los romanos, recuerda que somos santos por vocación y que albergamos el germen de santidad recibido en el bautismo, confiado por el Señor a nuestra responsabilidad y cuidado.

¡Ser santos! Pensar en esta realidad, tomar conciencia de lo que significa la llamada bautismal, me recuerda siempre el bellísimo cuadro de Caravaggio que se encuentra en la iglesia de San Luis de los Franceses en Roma: La llamada de Mateo. Jesús que entra en la habitación donde Mateo, con un grupo de hombres inclinados sobre una mesa, está en pleno debate. Mateo se da cuenta de esta presencia y percibe la mano que Jesús tiende hacia ellos. Sorprendido, casi perturbado, se señala a si mismo al mismo tiempo que su gesto y su mano expresan elocuentemente una pregunta: «me lo dices a mi?» ¿Me llamas precisamente a mi?». Toda la dinámica del encuentro entre el Maestro y el publicano contiene el sabor de lo increíble. Mateo está sorprendido, intrigado, confundido. Atónito, consciente de su propia culpa, que como un abismo lo separa de Jesús, se siente, por otro lado, atraído irresistiblemente por la bondad de quien le ofrece su confianza y su amistad. ¡Es el comienzo de una gran aventura!”

(del Prólogo de Mons. Slawomir Oder “Totus Tuus” Boletín mensual de la Postulaciòn de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Juan Pablo II - enero 2008)

jueves, 19 de marzo de 2009

La consigna de la santidad



1. La consigna principal que el Vaticano II ha dado a todos los hijos e hijas de la Iglesia es la santidad. No es una consigna de carácter simplemente exhortativo, esta profundamente enraizada en la índole de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, cuyos miembros no pueden ser extraños a la linfa santa y santificadora que lo impregna.
A este tema basilar, el Concilio dedica un capítulo de la
Lumen gentium ―el quinto― que se titula "Vocación universal a la santidad". Está construido sobre los fundamentos bíblicos y teológicos de la santidad de Dios, de Cristo, de la Iglesia. Se ramifica en las multiforme dimensiones del ejercicio de la santidad. Se fija en las distintas categorías de los componentes del organismo eclesial, como sujeto de vocación tan grande.
Los fieles laicos están incluidos plenamente por razón de su misma dignidad. "Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (
Lumen gentium, 40). "Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar intrínsecamente la santidad y la perfección dentro de su propio estado" (ib., 42)....

Invito visitar mis otros posts:

Hoy que celebramos la festividad de San Jose, invito especialmente visitar el blog Ser sal de la tierra con una preciosa oracion a San Jose del Beato Ángelo Roncalli - S.S. Juan XXIII
y tambien en el blog De todos los dias el muy bonito texto de San Jose de los silencios

domingo, 26 de octubre de 2008

Llamado a la santidad del sacerdote


“En contacto continuo con la santidad de Dios, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico. Esto explica que de un modo especial deba vivir el espíritu de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. En esta perspectiva se comprende también la especial conveniencia del celibato. De aquí surge la particular necesidad de la oración en su vida: la oración brota de la santidad de Dios y al mismo tiempo es la respuesta a esta santidad. He escrito en una ocasión: ''La oración hace al sacerdote y el sacerdote se hace a través de la oración''. Sí, el sacerdote debe ser ante todo hombre de oración, convencido de que el tiempo dedicado al encuentro íntimo con Dios es siempre el mejor empleado, porque además de ayudarle a él, ayuda a su trabajo apostólico. Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez mas secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad. Los hombres, sobre todo los jóvenes, esperan un guía así. ¡El sacerdote puede ser guía y maestro en la medida en que es un testigo auténtico!” (Juan Pablo II: Don y Misterio)

En su discurso del del 13 de mayo de 2005 en la Basílica de San Juan de Letrán,
el Santo Padre Benedicto XVI, como Obispo de Roma recordando “la extraordinaria experiencia de fe que vivimos con ocasión de la muerte de nuestro amadísimo Papa Juan Pablo II” les decía a los sacerdotes de Roma “ no hemos sido enviados a anunciarnos a nosotros mismos o nuestras opiniones personales, sino el misterio de Cristo y, en él, la medida del verdadero humanismo. Nuestra misión no consiste en decir muchas palabras, sino en hacernos eco y ser portavoces de una sola "Palabra", que es el Verbo de Dios hecho carne por nuestra salvación. Cristo resucitado nos llama a ser sus testigos y nos da la fuerza de su Espíritu para serlo verdaderamente. Por consiguiente, es necesario estar con él (cf. Mc 3, 14; Hch 1, 21-23)……. jamás destacaremos suficientemente cuán fundamental y decisiva es nuestra respuesta personal a la llamada a la santidad. Esta es la condición no sólo para que nuestro apostolado personal sea fecundo, sino también, y más ampliamente, para que el rostro de la Iglesia refleje la luz de Cristo (cf. Lumen gentium, 1), induciendo así a los hombres a reconocer y adorar al Señor”

domingo, 28 de septiembre de 2008

Karol Wojtyla obispo y la misión de la santidad

Karol Wojtyla fue nombrado obispo el 4 de julio de 1958, pero la consagración episcopal tuvo lugar el 28 de septiembre, allí junto a San Estanislao, patrono de Polonia - en la histórica catedral de Wawel que “encierra una historia de amor, que convierte la vida por los hermanos en una entrega a Cristo


“Tengo siempre presente aquella gran ceremonia, como si lo estuviera viendo hoy (la liturgia era aún más rica que la de hoy) y recuerdo a cada una de las personas que tomaron parte” decía Juan Pablo II en ¡Levantaos! ¡Vamos!
En una ceremonia presidida por el Arzobispo Eugenius Baziak, Karol Wojtyla se convertía en el obispo más joven de Polonia. Había elegido como lema Totus Tuus que lo seguiría acompañando, cuando veinte años mas tarde, sería nombrado Pastor de toda la Iglesia. y Obispo de Roma - el más joven del siglo -

Juan Pablo II recuerda ese momento tan especial y la misión de santidad del obispo en ¡Levantaos! ¡Vamos!
“Sin duda alguna, ser nombrado obispo es un honor. Pero esto no significa que el candidato haya sido elegido para considerarse diverso de los demás, como si fuera un hombre y un cristiano eminente. El honor que se le tributa depende en realidad de su misión, que es la de presentarse en el centro de Iglesia para ser el primero en la fe, el primero en la caridad, el primero en la fidelidad y el primero en el servicio…está llamado de una manera especial a la santidad personal para contribuir al incremento de la santidad de la comunidad eclesial que le ha sido confiada… Es el responsable de que se lleve a cabo la vocación universal a la santidad de la que habla el capitulo V de la constitución conciliar Lumen Gentium…en esta vocación está la «dinámica intrínseca y determinante» de la eclesiología (Novo millennio ineunte, 30) …. “

“…la imposición de la mitra adquiere un significado particular en la liturgia de la ordenación. El obispo neolecto la recibe como si fuera una exhortación a esforzarse para que en él «brille el resplandor de la santidad» ”…

“…En el rito de la ordenación episcopal viene después la entrega del báculo pastoral. Es el signo e la autoridad que compete al obispo para cumplir su deber de atender a la grey. También este signo se encuadra en la perspectiva de la preocupación por la santidad del Pueblo d Dios. El pastor debe vigilar y proteger, conducir a las ovejas…… descubrirá que la santidad no es «una especie de vida extraordinaria, practicada solo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno» (Novo millennio ineunte, 31”