Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 21 de noviembre de 2025

Pio XII: El saber sacerdotal debe ir junto con la convicción sacerdotal.

 


Preparando otro trabajo me encuentro con la biografia del Papa Pio XII y entre los documentos parte de los  consejos a los seminaristas de entonces,  de la diócesis de Bonn,  que no tiene desperdicio y no ha perdido vigencia y lo incluyo en este blog,  en parte,  para dar a conocer la valiosa biografía escrita por Mons. Vives:

Su concepción del sacerdocio la expresó en Alemania en 1926, al dirigirse a los seminaristas de la diócesis de Bonn de esta manera:

“Vosotros queréis llegar a ser sacerdote: La posición de un conductor e intermediario sobrenatural, para la que el oficio sacerdotal lo destina, requiere dos cosas: el saber sacerdotal y la convicción sacerdotal.”

“Construid por medio de un profundizado estudio de la filosofia y de su historia, y ante todo por medio de una absoluta comprensión de la Philosophia perennis, la filosofia escolástica, los fundamentos para una defensa sólida y eficaz de las bases de nuestra fe.”

“Llenad por medio de serios estudios de la Escritura, y de los antepasados vuestros corazones y mentes con toda la riqueza y deslumbrante belleza de la doctrina católica.”

“Aprended por el estudio de la historia de la Iglesia y del derecho canónico comprensión de las tareas gigantescas de la Iglesia en el pasado y en el presente.”

“Y sobre todo, conceded a la investigación especulativa de las verdades de la fe el sitio de honor que le corresponde en el programa de estudio entero. Alberto el Grande, el maestro de Santo Tomás, y León XIII el exitoso restaurador del estudio escolástico, deben ser en este camino vuestro guía y vuestro ideal.”

“Si vosotros seguís estos ejemplos, lograréis entonces también lo que constituye el último y más profundo Arcanum (*) de toda actividad sacerdotal: una síntesis armónica, basada en lo sobrenatural, realizada en Dios, del saber y de la fe.”

“El saber sacerdotal debe ir junto con la convicción sacerdotal.”

“Sólo allí, donde la brillante llama de la ciencia se une al tranquilo fuego divino de verdadera piedad, de una fe humilde y valiente fidelidad hacia la Iglesia y el Papa, crece aquel cariño apostólico, que da al sacerdocio contenido y consagración y le posibilita para ganar nuevas victorias para e1 Evangelio de la Cruz.”

Fuente: Monseñor FranciscoVives Estevez : Pio XII su vida y documentos pontificios

(*) secreto, misterio

lunes, 13 de octubre de 2025

Pío XII y Fátima; el apunte secreto sobre el “milagro del sol” – Andrea Tornielli

 




Entre los documentos del Papa Pacelli, el resumen, seco y notarial, de lo que el Pontífice vio antes de la proclamación de la Asunción, en 1950: el globo solar giraba, como sucedió durante la última de las apariciones portuguesas

Hasta hace poco (12 de mayo 2017)  era un caso conocido, pero sin fundamento documental. En 1950, poco antes de proclamar el dogma mariano de la Asunción de María con su cuerpo en el cielo en el momento de su muerte, el último de los dogmas proclamados por la Iglesia católica, Pío XII asistió a un hecho extraordinario. Mientras paseaba por los jardines vaticanos vio varias veces el mismo fenómeno que se verificó el 13 de octubre de 1917, al final de las apariciones de Fátima, cuando la multitud acudió a donde estaban los tres pastorcillos en un día lluvioso: de repente vio que el sol giraba y se acercaba. Los presentes pudieron observar esta extraña «danza» sin deslumbrarse.



El primero y único que había hablado sobre el «milagro» que vio Pío XII fue el cardenal Federico Tedeschini, durante una homilía. Hace nueve años surgió, en el archivo de la familia Pacelli, un apunte autógrafo del Papa. Un texto inédito sobre aquella visión. Se trata de un apunte manuscrito en el que, en primera persona, Pío XII cuenta lo que le sucedió. La descripción es seca, casi notarial, sin ceder a ningún sensacionalismo. El Papa Pacelli lo escribió reutilizando una hoja que, en la otra cara, tenía algunas líneas mecanografiadas para una audiencia, rasgo que confirma el carácter parsimonioso del Pontífice que nació en Roma, acostumbrado a apagar personalmente las luces en las salas del Vaticano después de las audiencias y a reciclar los sobres con los que le enviaban el programa cotidiano de las audiencias.

  «Era el 30 de octubre de 1950», ante-vigilia del día de la solemne definición de la Asunción, explica Pío XI. El Papa se preparaba para proclamar como dogma de fe lo que la Iglesia siempre había creído desde los primeros siglos, es decir la asunción corporal hacia el cielo de la Virgen en el momento de su muerte. Lo hizo después de haber consultado al episcopado mundial, de acuerdo a la unanimidad: solo 6 respuestas de 1181 manifestaron algunas reservas. Hacia las cuatro de la tarde llevaba a cabo «el acostumbrado paseo por los jardines vaticanos, leyendo y estudiando». Pacelli recuerda que, mientras subía por la explanada de la Virgen de Lourdes «hacia la cumbre de la colina, en la calle de la derecha, que costea la muralla», levantó los ojos hacia el cielo. «Fui sorprendido por un fenómeno, nunca hasta ahora visto por mí. El sol, que estaba todavía bastante alto, parecía como un globo opaco amarillento, circundado por un círculo luminoso», pero que no impedía de ninguna manera fijar la mirada «sin recibir la mínima molestia. Una nubecita muy ligera encontrábase delante». «El globo opaco —continúa Pío XII en su apunte— se movía ligeramente en el extremo, tanto girando como desplazándose de izquierda a derecha y viceversa. Pero dentro del globo se veían, con toda claridad y sin interrupción, movimientos muy fuertes».

El Papa después dice haber asistido al mismo fenómeno el día siguiente, 31 de octubre, y también el primero de noviembre, el día de la definición del dogma de la Asunción. Se habría repetido también el 8 de noviembre. «Y después ya no». Recuerda también haber tratado, en otros días, a la misma hora y en condiciones atmosféricas semejantes, «mirar el sol para ver si aparecía el mismo fenómeno, pero en vano; no pude mirarlo ni siquiera un instante, la vista quedaba inmediatamente deslumbrada».

Hay que notar que el Papa no habla de «milagro» ni se lanza con posibles interpretaciones. Lo que es seguro es que quedó sorprendido por la coincidencia. Durante los días siguientes, Pío XI contó lo que había visto «a pocos íntimos y a un pequeño grupo de cardenales (tal vez cuatro o cinco), entre los que estaba el cardenal Tedeschini». Este último, en octubre del año siguiente, 1951, debía viajar a Fátima para cerrar las celebraciones del Año Santo. Antes de partir fue recibido en audiencia y le pidió al Papa si podía citar esa singular visión del sol girando en su homilía. «Le respondí: “Déjalo, no es el caso”. Pero él insistió —continúa Pío XII en el manuscrito—, sosteniendo la oportunidad de tal anuncio, y yo entonces le expliqué algunos particulares del evento». «Esta es, en breves y simples términos —concluye Pacelli— la pura verdad». «Pío XII estaba muy persuadido de la realidad del fenómeno extraordinario al que asistió en cuatro ocasiones», dijo en su momento sor Pascalina Lehnert, la religiosa y gobernante del aposento papal.

El llamado «milagro del sol», como hemos recordado, se había verificado el 13 de octubre de 1917 en Fátima, durante la última de las apariciones a los tres pastorcillos. Lo describió de esta manera en su crónica M. Avelino di Almeida, periodista laico y no creyente enviado por el periódico «O Seculo», y testigo ocular: «Y se asiste entonces a un espectáculo único e increíble al mismo tiempo, para quien no fue testigo… Se ve a la inmensa multitud voltear hacia el sol, libre de nubes, en pleno día. El sol recuerda un disco de plata descolorido y es posible verlo a la cara sin sentir el más mínimo malestar. No quema, no deslumbra. Se diría un eclipse».

Pío XII tenía un fuerte vínculo con Fátima: la primera aparición a los tres pastorcillos se verificó el 13 de mayo de 1917, el mismo día en el que el Papa Pacelli fue consagrado arzobispo en la Capilla Sixtina. Existen documentos que demuestran que Pío XII y la vidente sor Lucía dos Santos siempre quedaron en contacto, y que el Pontífice, en el último año de su vida, guardó el texto del Tercer Secreto de Fátima en su aposento. Quien mantuvo los contactos directos entre Lucía y el Papa fue la marquesa Olga Morosini Cavadal, la mujer que en 1977 acompañó al patriarca de Venecia, Albino Luciani, a visitar a la vidente de Fátima en el monasterio de Coimbra: «Varias veces —declaró la marquesa en el proceso de beatificación de Pacelli— transmití mensajes del Santo Padre a sor Lucía y de ella para él, pero, como prometí nunca revelar nada a quién sabe quién, no me siento autorizada para hacerlo ahora».

 

Andrea Tornielli– La Stampa

viernes, 22 de agosto de 2025

Los Papas del Concilio Vaticano II – (3 de 8) Pio XI y Pio XII - Luis Marin de San Martin, OSA

 

El Concilio Vaticano II fue un verdadero don de Dios para la Iglesia, cuya luz ilumina también nuestro presente. Un auténtico motor de renovación, que ha logrado impulsar la vida de los cristianos despertando sus potencialidades y mostrando el rostro de una Iglesia dinámica y en diálogo con el mundo, que ofrece a los hombres y mujeres de nuestro tiempo la novedad de la fe cristiana vivida en la alegría del amor de Dios, capaz de dilatar los espacios de la esperanza. En estas páginas quiero presentar a los hombres que, de manera más directa, hicieron posible la llegada de esa nueva primavera. El papa Juan XXIII, que convocó el Vaticano II y acompañó su primera sesión. Y el papa Pablo VI, que dirigió las tres siguientes etapas y vivió las tensiones del posconcilio. Junto a ellos quiero recordar a sus antecesores, Pío XI y Pío XII, que también pensaron en un Concilio aunque, por diversas razones no llegaron a convocarlo. Y a sus sucesores, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI, que participaron y vivieron las sesiones conciliares. No pretendo hacer aquí una historia minuciosa del Vaticano II, ni tampoco de los pontificados y sus diferentes circunstancias. Tan sólo quiero exponer a grandes rasgos la acción de estos papas y su profundo amor a la Iglesia, tomando como punto de referencia el Vaticano II. Así fueron y actuaron los papas del Concilio.

 

PÍO XI y PÍO XII: Los primeros tanteos.

En la primera mitad del siglo XX encontramos dos corrientes principales respecto a la realidad de los Concilios. Para unos, la definición dogmática de la infalibilidad pontificia y las robustecidas prerrogativas papales hacían completamente innecesarias y superadas las asam- 24 bleas conciliares como lugar efectivamente normativo. Para otros, sin embargo, la conveniencia de reunir un Concilio era una idea recurrente, casi siempre ligada a la reanudación del inconcluso Vaticano I2 . En este sentido, junto con otras iniciativas ligadas a diversas personas y ambientes eclesiales3 , merecen destacarse los pasos dados al respecto por los papas Pío XI (1922-1939) y Pío XII (1939-1958)

 PIO XI

 


El proyecto de Pío XI Ya en la encíclica Ubi arcano, publicada poco después de su elección , Pío XI indicaba que había pensado «convocar oportunamente en Roma, cabeza del mundo católico, una solemne asamblea del mismo carácter, que buscase un remedio oportuno a la actual decadencia provocada por las grandes perturbaciones de la humanidad». No obstante reconocía también que no se atrevía «a emprender la continuación de aquel Concilio ecuménico iniciado, durante nuestra juventud, por el Romano Pontífice Pío IX», sino más bien esperar «a que la bondad misericordiosa del Señor nos manifieste con mayor certeza los designios de su voluntad (Jue 6,17)». Para avanzar en esta tarea clarifica dora, el papa Ratti tomó dos decisiones. La primera fue nombrar en mayo de 1923 una Comisión formada por el dominico Hugon, el servita Lépicer, el jesuita Tacchi Venturi y por monseñor Bianchi Cagliesi, para recoger la documentación del Vaticano I existente en el Archivo y comprobar lo que restaba por hacer según el plan original. La segunda fue ordenar una consulta a todos los cardenales y también a diversos obispos, prelados y abades nullius para que expresaran su opinión, en el plazo de seis meses, sobre la conveniencia o no de continuar el inconcluso Vaticano I6 . Según algunos indicios, aunque no existe prueba documental de ello, el papa nombró en el año 1924 una nueva Comisión presidida por el cardenal Luigi Sincero, con la tarea de estudiar el material. Así, los trabajos se concretaron en dos propuestas presentadas a Pío XI a comienzos de 1924, con una marcada orientación teológico-dogmática y un evidente deseo de robustecer la estructura eclesial7 . No obstante el interés de Pío XI por la idea del Concilio y los pasos dados en los primeros tiempos de su pontificado, lo cierto es que la enormidad de la tarea y las dificultades de todo tipo que prometían acompañar tanto la preparación como el desarrollo, hicieron que el papa Ratti considerase más sensato no dispersar fuerzas y concentrarlas mejor en la solución de temas más urgentes, como por ejemplo la llamada cuestión romana. Además, las dificultades del mapa político, con el ascenso de los totalitarismos, concentraron muchas de las energías de Pío XI durante el resto de su pontificado, con lo que la posible reanudación del Vaticano I quedó sin llevarse a efecto.

 

PIO XII



Pío XII y el reto conciliar.

La idea de reanudar el Vaticano I volvió a resurgir con fuerza después de la Segunda Guerra Mundial ligada a los que podríamos denominar «ambientes conservadores» que propugnaban un Concilio doc trinal que corrigiese errores y desviaciones, aportara seguridades, fijase la posición de la Iglesia frente al mundo y reforzara la disciplina eclesiástica . En efecto, fue el cardenal Ernesto Ruffini, arzobispo de Palermo quien, durante la audiencia concedida por Pío XII 24 de febrero de 1948, propuso la convocatoria de un Concilio. El papa Pacelli nombró una Comisión secreta presidida por el asesor del Santo Oficio, Alfredo Ottaviani, futuro cardenal, que se reunió por primera vez el 15 de marzo de 1948. De esta Comisión formaban parte los monseñores Hudal y Dalpiaz, los jesuitas Hürt, Tromp y Creusen, el benedictino Beste y el p. Grendel, de la Sociedad del Verbo Divino. A propuesta de esta comisión, en marzo de 1949 Pío XII creó cuatro Comisiones preparatorias coordinadas por una Comisión Central, presidida monseñor Francesco Borgongini Duca, nuncio apostólico en Italia, y con el p. Pierre Charles, S.J., profesor de Teología Dogmática en el Colegio Máximo de Lovaina como secretario. Pronto advirtieron en sus trabajos que ya no resultaba posible pensar en una mera reanudación del Concilio limitándose a asumir, tal cual, los proyectos dejados sin tratar por el Vaticano I. Los retos planteados por el mundo no eran ya los de 1870 ni tampoco podían obviarse diversos temas de interés general sobre los que la Iglesia debiera decir una palabra e iluminar con la luz del Evangelio. En la relación conclusiva presentada al papa Pío XII el 15 de enero de 1951 por monseñor Borgongini Duca, presidente de la Comisión Central, se avanzaba un posible esquema sobre las materias a tratar. En él encontramos un claro deseo de robustecer la unidad de la Iglesia desde la clarificación doctrinal, la consolidación de la disciplina y la lucha contra el error. No obstante, al hilo de las discusiones sobre la temática conciliar, surgieron en la Comisión profundas discrepancias de base que harán imposible el acuerdo en el tipo el tipo de Concilio que se pretendía convocar, en su duración, su desarrollo, el papel de la Curia Romana y en otras cuestiones de calado, que afectaban al perfil conciliar, determinando su orientación. Todo esto, unido a las dificultades logísticas y organizativas, hizo que Pío XII ordenara, en enero de 1951, suspender los preparativos y aparcar el tema. En definitiva, el papa Pacelli quedó convencido, al igual que su antecesor, de que los tiempos no estaban maduros para un Concilio largo, que plantearía enormes dificultades, y también de que el mismo magisterio pontificio y la actividad de la Curia podían suplir, en gran medida y con mucho menor coste, los resultados de un Concilio breve circunscrito a condenar los errores contemporáneos y a proclamar el dogma de la Asunción, como había sido la propuesta inicial de Ruffini y Ottaviani en 194811.


Eneste enlace puede leerse el texto completo en pdf de 

Concilio Vaticano II 40 años después  - Centro Teologico San Agustin 


 

 


viernes, 25 de marzo de 2022

Consagración de Rusia y Ucrania este 25 de marzo 2022 (1 de 4)

 


 (tomado de FB del padre Sebastián Zagari, párroco Parroquia San Roque, San Pedro, PBA -  CAMINO A LA CONSAGRACIÓN DE RUSIA Y UCRANIA DE ESTE 25 DE MARZO)

31/10/1942: En medio de la segunda guerra mundial, el Papa Pío XII consagra el mundo al Inmaculado Corazón de María, haciendo referencia implícita a los pueblos deRusia:

"A los pueblos separados por el error o la discordia, especialmente aquellos que te profesan singular devoción, donde no había casa que no ostentase tu venerada imagen (hoy tal vez escondida y reservada para días mejores), dales la paz y condúcelos al único redil de Cristo, bajo el único y verdadero Pastor".

7/7/1952: El mismo Papa Pío XII, ante muchos pedidos de todo el mundo, consagra Rusia al Inmaculado Corazón en una Carta Apostólica:

"Nos, por tanto, para que nuestras oraciones y las vuestras sean escuchadas más fácilmente y para daros una prueba especial de nuestra particular benevolencia, lo mismo que hace pocos años consagramos todo el mundo al Corazón inmaculado de la Virgen Madre de Dios, así ahora, de manera especialísima, consagramos todos los pueblos de Rusia al mismo Corazón Inmaculado, en la firme confianza de que con el poderosísimo patrocinio de la Virgen María se realizarán cuanto antes los votos que nos, vosotros, y todos los buenos formulan por una verdadera paz, por una concordia fraternal y por la debida libertad para todos y en primer lugar para la Iglesia; de forma que, mediante la oración que Nos elevamos junto con vosotros y con todos los cristianos, el Reino salvador de Cristo, que es `Reino de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz´ triunfe y se consolide establemente en todas las partes de la tierra".

 


martes, 15 de octubre de 2013

La devoción mariana de los Papas



Probablemente sea una sorpresa para muchos – lo fue para mí – el hecho que el Papa Pio XII haya sido el Papa que más cartas encíclicas le ha dedicado a Maria : 8 cartas. El Papa Pacelli fue el primer Pontífice que, respondiendo al pedido de la Virgen Maria en Fátima,  consagró el mundo al Corazón Inmaculado deMaría, el 31 de octubre de 1942,  mediante un radio mensaje titulado “Una oración por la consagración de la Iglesia y del género humano al Corazón Inmaculado de María.” Donde expresaba a su comienzo  “Reina del Santísimo Rosario, auxilio de los cristianos, refugio del género humano, vencedora de todas las batallas de Dios! Te suplicamos postrándonos ante tu trono, seguros de obtener misericordia y de recibir las gracias y la ayuda necesaria para hacerle frente a las calamidades presentes, no por nuestros méritos, de los cuales no presumimos, sino únicamente merced a la inmensa bondad de tu corazón materno.”

La devoción a María de Juan XXIII se revela en el “Diario del alma”,   donde “recoge las anotaciones espirituales que fue tomando Angelo Roncalli a lo largo de casi setenta años, desde su entrada en el seminario hasta su muerte, cuando ya no era Angelo Roncalli sino el papa Juan XXIII.”   El Papa Juan XXIII confió el Concilio Vaticano II a partir de la inauguración misma  a María: ¡Oh María, auxilio de los cristianos, auxilio de los obispos, de cuyo amor recientemente hemos tenido peculiar prueba en tu templo de Loreto, donde quisimos venerar el misterio de la Encarnación! Dispón todas las cosas hacia un éxito feliz y próspero y, junto con tu esposo San José, con los santos Apóstoles Pedro y Pablo, con los santos Juan, el Bautista y el Evangelista, intercede por todos nosotros ante Dios.”

Promulgada la Constitución DogmáticaLumen Gentium el 21 noviembre de 1964, Pablo VI declaró a la Virgen María “Madre de la Iglesia” y el 2 de febrero de 1974 firmó la exhortación apostólica Marialis Cultus,    “para la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen Marìa.”   “La Iglesia católica, - dice el Papa Pablo VI allí - basándose en su experiencia secular, reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda para el hombre hacia la conquista de su plenitud. Ella, la Mujer nueva, está junto a Cristo, el Hombre nuevo, en cuyo misterio solamente encuentra verdadera luz el misterio del hombre, (124) como prenda y garantía de que en una simple criatura —es decir, en Ella— se ha realizado ya el proyecto de Dios en Cristo para la salvación de todo hombre.”
  

La devoción mariana del Beato Juan Pablo II nace en el seno de su familia en su pueblonatal Wadowice,  y ante la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de su parroquia; se desarrolla en sus peregrinaciones a los Santuarios marianos más emblemáticos de Polonia,  Nuestra Señora de Jasna Gora  y Kalwaria Zebrzydowska - para citar solo algunos ejemplos – se expresa plenamente en su lema episcopal y apostólico Totus Tuus y podría ser el tema para todo un tratado.  Su amor y devoción a María fue un tesoro anidado en su corazón, que en 1978 llevó a Roma y que no abandonaría jamás. Ya siendo Papa  le dedicó  su Carta EncíclicaRedemptoris Mater , que  “desarrolla y actualiza la enseñanza del Concilio Vaticano II contenida en el capítulo VIII de la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia”; con ocasión del año Mariano 1987/1988 nos regaló, especialmente a las mujeres, su  Carta Apostólica Mulieris Dignitatem sobre la dignidad y la vocación de la mujer; y el 16 de octubre de 2002 la Cartaapostólica Rosarium Virginis Mariae  sobre el Rosario donde dice:  “El Rosario  es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21).”  El Beato Juan Pablo II consagró al mundo al Inmaculado Corazón de María en dos oportunidades: durante el Ángelus del 16 de octubre de 1983   y con ocasión del Jubileo de los Obispos  el  8 de octubre del año 2000
  
En continuidad con su predecesor, Benedicto XVI en cada audiencia, discurso y homilía  hablaba a los fieles de  María, al igual que en sus viajes apostólicos a los Santuarios Marianos.  En su viaje apostólico a su natal Baviera el Papa Benedicto renovaba el Acto de Consagración deBaviera a la Virgen María.  Y durante el mismo viaje  expresaba:  “De María aprendemos la bondad y la disposición a ayudar, pero también la humildad y la generosidad para aceptar la voluntad de Dios, confiando en él, convencidos de que su respuesta, sea cual sea, será lo mejor para nosotros.”   En el discurso final del rezo del Santo Rosario en el Santuario de Nuestra Señora de Aparecidanos recordaba que : “A través de los ciclos de meditación del Rosario, el divino Consolador quiere introducirnos en el conocimiento de Cristo, que brota de la fuente límpida del texto evangélico. Por su parte, la Iglesia del tercer milenio se propone dar a los cristianos la capacidad de "conocer el misterio de Dios, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2, 2-3). María santísima, la Virgen pura y sin mancha, es para nosotros escuela de fe destinada a guiarnos y a fortalecernos en el camino que lleva al encuentro con el Creador del cielo y de la tierra.

La devoción mariana del Papa Francisco nos es aún más conocida.  Los argentinos sabemos que fue el entonces sacerdote jesuita Jorge Bergoglio quien introdujo la devoción en la Argentina a la Virgen que desata los nudos, a aquella a quien se dirigió en  la reciente Oraciónmariana en la Plaza San Pedro . Recordamos, también con cierta nostalgia sus tradicionales homilías con ocasión de las peregrinacionesjuveniles al Santuario de Nuestra Señora de Luján.

El 24 de julio de este año en Brasil,en Aparecidael Papa Francisco recordaba que “al día siguiente de mi elección como Obispo de Roma fui a la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma, con el fin de encomendar a la Virgen mi ministerio y expresaba “Hoy he querido venir aquí para pedir a María, nuestra Madre, el éxito de la Jornada Mundial de la Juventud, y poner a sus pies la vida del pueblo latinoamericano.”
Durante su visita a la Virgen de Bonariaen Cagliari el Papa Francisco reiteraba su devoción mariana:  “En el camino, a menudo difícil, no estamos solos, somos muchos, somos un pueblo, y la mirada de la Virgen nos ayuda a mirarnos de modo fraterno entre nosotros. ¡Mirémonos de modo más fraterno! María nos enseña a tener esa mirada que busca acoger, acompañar, proteger. Aprendamos a mirarnos unos a otros bajo la mirada maternal de María.”

(para este post me inspiré en el artículo de Luz Erika Limachi  de Radio Vaticana –Vatican News, pero prácticamente solo en el título y en cierta manera en la secuencia)