Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 18 de octubre de 2024

Ese otro 16 de octubre, tan diferente al de 1978

 


Fue un 16 de octubre negro, triste, trágico.

 Leemos en la Enciclopedia del Holocausto  que en el momento de la ocupación alemana del norte y el centro de Italia a principios de 1943 vivían aproximadamente 12.000 judíos en Roma. El 16 de octubre de 1943 más de 1.000 de ellos fueron apresados y deportados al campo de concentración de Auschwitz. Tan solo un pequeño número  regresó a sus hogares.

Es un momento de la historia que no puede faltar en este blog en honor a Juan Pablo II por su intima relación con el pueblo judío, desde su más tierna infancia en su pueblo  natal Wadowice hasta sus días como Sumo Pontífice y Obispo de Roma.

Mucho se ha escrito y criticado a la Iglesia por su “inacción” en aquel periodo nefasto de la historia en que Hitler hasta había ordenado destruir elVaticano,  o sea una crítica totalmente infundada.  El odio de Hitler llegaba mucho mas allá de destruir al pueblo hebreo, su intento era destruir toda una civilización. Mientras tanto el trabajo de la Iglesia en la persona del Papa Pio XII, a quien quisieron desacreditar llamándolo “el papa de Hitler” fue silenciosa y encomiable.   Las difamaciones contradicen radicalmente la verdad. Podemos constatarlo en Corazones.org con abundantes enlaces a otras bibliografías. 



Juan Pablo II decía en su discurso en la sinagoga de Roma el 13 de abril de 1986    “la comunidad judía de Roma pagó un alto precio de sangre. Y fue ciertamente un gesto significativo el que, en los años oscuros de la persecución racial, las puertas de nuestros conventos, de nuestras iglesias, del seminario romano, de edificios de la Santa Sede y de la misma Ciudad del Vaticano se abrieran para ofrecer refugio y salvación a tantos judíos de Roma, rastreados por los perseguidores.”

Invito ver un corto video 

Y visitar mis posts etiquetados: Auschwitz-Birkenau 

Nuestros hermanos mayores http://juanpablo2do.blogspot.com/2009/02/nuestros-hermanos-mayores.html

 

jueves, 13 de julio de 2023

Las »raíces« hebreas de Juan Pablo II – Stanislaw Dziwisz (2 de 2)

 


 (de la conversación con Gian Franco Svidercoschi - Una vida con Karol)

 

(Svidercoschi) Ahora se podrá entender mejor porque, siendo ya Papa, Karol Wojtyla fue a Oswiecim (Auschwitz) a decir: «No podía dejar de venir aquí». Y por que hizo lo que, en dos mil años de historia, no había hecho jamás ningún jefe de la Iglesia católica: entrar en una sinagoga. Cumpliendo un gesto histórico de solidaridad y de reparación hacia todos los judíos, los de todas las épocas.

 

(Dziwisz) En febrero de 1981 el Santo Padre fue a haer una visita pastoral a una parroquia romana, San Carlos en Catinari. Como no estaba muy lejos del barrio del gueto, se organizó un encuentro entre el Papa y el rabino, Elio Toaff, en la sacristía. Todo muy privado, muy breve, pero también por primera veza. El hielo ya estaba roto.

Cinco años después, siempre en febrero, Juan Pablo II estaba hablando con sus colaboradores, durante la comida, sobre un futuro viaje a Estados Unidos. El arzobispo de Los Angeles le había propuesto al Pontífice que visitara la sinagoga de la ciudad. Al llegar a ese punto, alguien saltó «Santo Padre, porque no empieza por su diócesis»)?

Y así, comenzó por Roma. Satisfaciendo un deseo que, por otro lado, Juan Pablo II alimentaba desde hacia tiempo.

 

Hacía falta un Papa como él, hijo de una nación que también había experimentado trágicamente la barbarie de la guerra y de los campos de concentración, para repetir las afirmaciones del Concilio contra la Shoá, contra el antisemitismo. Afirmaciones que, hechas allí, en la sinagoga de Roma, asumían sin embargo un valor rompedor

 

Es verdad. Hacía falta un Papa como él, con su historia, para hablar de forma creíble acerca de las raíces hebreas del cristianismo, para recordar y volver a proponer la unión espiritual que une indeleblemente a judíos y cristianos.

Hacía falta un Papa como él, que siempre ha considerado el catolicismo en la misma línea del Antiguo Testamento, y así lo ha vivido siempre, para rezar junto a los hermanos mayores, como los ha llamado, aludiendo a su fe, a su gran amor por las Sagradas Escrituras.

Y para el santo Padre, al final de la visita, no podía haber mejor resultado que las palabras que le dirigió el rabino Toaff en el coloquio privado, extraoficialmente: «Los judíos os estamos muy agradecidos a los católicos porque habéis difundido por el mundo la idea del Dios  monoteísta.»

 

Por fin, judíos y cristianos, podían comenzar a caminar juntos. Aunque no sin dificultades y controversias. Como cuando se abrió un convento de carmelitas en Oswiecim (Auschwitz). O ante las críticas por parte de los judíos a las reticencias (o a lo que juzgaron como tales) de los documentos vaticanos a la hora de reconsiderar la historia pasada, especialmente  el pontificado de Pio XII y sus presuntos «silencios».

Pero Juan Pablo II siempre conseguía acallar las críticas con palabras contundentes, definitivas. Admitiendo la excesiva blandura de la resistencia e spiritual de muchos cristianos ante el nazismo. Rubricando lo irrevocable de la elección divina del pueblo judío, y el carácter único y especifico de la Shoá.

Hasta que al fin, durante el Jubileo de 2000, llego el momento de la peregrinación a Tierra Santa.

 

Cuando entramos en el mausoleo de Yad Vashem, comprendí por la emoción que se leía en su rostro por que el Santo Padre tenía tanto interés en realizar esa visita. Y creo que ea emoción era solo  una ínfima parte de los sentimientos que experimentaba por dentro. Y que compartía con sus amigos judíos, que estaban a su lado.

Quizá, digo, porque sólo lo imagino, quizá el Santo Padre, sintiendo que se aproximaba el fin, pensaba que no había hecho lo suficiente para honrar a las víctimas de la Shoá, para condenar todo cuanto (hombres e ideología) había originado aquella tragedia. Y por eso esperaba con impaciencia el momento de entrar en el Memorial para rezar una oración en memoria de los seis millones de  judíos asesinados solo porque eran judíos. Y entre esos seis millones, una cifra estremecedora: casi un millón y medio de niños.

Y allí, con aquel peso terrible encima, la osa más justa que se podía hacer fue, como hizo el Santo Padre, reducirlas palabras al máximo y dejar, en cambio que «hablase» el silencio. El silencio del corazón. El silencio de la memoria.

En ese momento, como si quisiera apoyarlo y expresarle que entendía perfectamente lo que estaba sintiendo, el primer ministro israelí, Ehud Barak, se acerco al Papa: «No hubiera podido decir usted más de lo que ha dicho!»

Y ahora, siguiendo el hilo de los recuerdos, quisiera rememorar otro gran gesto del Santo Padre. No un gesto dirigido a los medios, no un gesto público, sino un gesto que nacia de su profunda fe. Hablo de la visita al Muro de las Lamentaciones.

El Santo Padre leyó en voz baja el folleto que tenia entre las manos: era la petición de perdón al pueblo judío que ya había sido leída en San Pedro y que el había querido llevar allí. Avanzo unos pasos y metió la pequeña hoja de papel en una de las hendiduras del Muro.

Me pregunte qué significado tendría para los judíos aquella imagen. La respuesta la obtuve pocos días después, leyendo un periódico. Había una declaracion de Elie Wiesel, judío. Premio Noble de la Paz: «Cuando era pequeño me daba miedo pasar delante de una iglesia, ahora todo ha cambiado…»

 

Las »raíces« hebreas de Juan Pablo II – Stanislaw Dziwisz (1 de 2)

 


 

(de la conversacion con Gian Franco Svidercoschi - Una vida con Karol )

 

(Svidercoschi) Existe una extraordinaria continuidad entre el Wojtyla de los años polacos y el Wojtyla pontífice. Continuidad en la actuación, en los gestos, hasta en las palabras. Como si las experiencias vividas en su juventud, y luego como sacerdote y obispo, hubieran sido las «etapas» obligadas, necesarias, para prepararse para las responsabilidades del pontificado.

(Dziwisz) Pienso de hecho, que todo lo que Karol Wojtyla trajo consigo, la doctrina, la ciencia, el saber, la santidad, la forma de observar el mundo, y también sus mayores preocupaciones como obispo, la familia, los jóvenes, los derechos humanos, la ortodoxia doctrinal, la instrucción del clero, todo lo que aportó, su contribución, podríamos decir, como Papa, lo ha vivido y madurado en la dimensión de la universalidad, hasta transformarlo en ese algo profundamente nuevo que permitió que su pontificado estuviera caracterizado por el signo del cambio.

 

Pero de todas sus experiencias polacas hay probablemente una que, más que las otras, podrá ayudarnos a entender lo que ha hecho después, ya en la cátedra de San Pedro. El primer Papa que ha entrado en una sinagoga, que más se ha preocupado por «purificar» los conocimientos del catolicismo sobre el judaísmo, y que ha pronunciado palabras más duras contra el antisemitismo es el mismo Wojtyla que, ya desde niño, en Wadowice, su lugar natal, estaba acostumbrado a convivir diariamente con los judíos.

 

Wadowice  contaba entonces casi con diez mil habitantes, y un tercio lo componían los judíos, que se sentían totalmente polacos, grandes patriotas. Católicos y hebreos vivían en un clima de serenidad, sin conflictos.  Así, a través de una práctica cotidiana hecha de amistad, de estima y de tolerancia, Karol Wojtyla pudo conocer el judaísmo desde dentro. También en el plano religioso, espiritual.  Ya entonces había empezado a madurar en él la idea de que judíos y católicos estaban unidos por la consciencia de que rezan al mismo Dios.

 

 

El propietario del apartamento de los Wojtyla era judío. Karol tenia compañeros de clase judíos, como Zygmunt y Leopold. Jugaba a la pelota con amigos judíos, como Poldek, el músico, sin que notase diferencia alguan etnre ellos. Era judía su amiga del piso de arriba, Ginka, un poco mayor que el, y que lo aficiono al teatro. Y gabiua otra familia judía a la que Karol veía con frecuencia, los Kluger, sobre todo a Jerzy, al que había conocido en primero de primaria y que era uno de sus mejores amigos.

 

Karol y Jerzy, mejor dicho, Lolek y Jurek, como solían llamarse el uno al otro, estuvieron en la misma clase hasta que terminaron el instituto. En esa época solían ir mucho a sus respectivas casas, Jurek iba a casa de los Wojtyla  porque el padre de Lolek, el «Señor Capitan», le ayudaba a hacer los deberes.  Lolek iba a casa de Jurek a escuchar la radio o el cuarteto musical que dirigía el propio abogado Kluger, que también era el presidente de la comunidad judía local. Y luego estaba la abuela de Jurek, la señora Huppert,  que deba frecuentes paseos con el párroco, monseñor Prochownik, por la plaza principal, hasta que se sentaban en  un banco a hablar tan alto que Cwiek, el único policía del pueblo, tenía que quedarse allí de guardia para alejar a los curiosos que se paraban a escuchar.

Así era la vida cotidiana en Wadowice.

 

Hay un segundo aspecto que explica las «raíces hebreas», por asi decirlo, de este Papa.  Cuando estallo la Segunda Guerra Mundial, el vivió  de cerca, aunque fuera de forma indirecta, aquella tragedia espantosa: «la solución final», como fue llamado el plan destinado a que la raza judía desapareciera de Europa.

 

Karol se enteró después, cuando ya había terminado la guerra, de que muchos amigos suyos habían muerto en el frente y también en los campos de concentración nazis.  Supo que la Shoá, el exterminio del pueblo judío, se había consumado en su misma tierra, la tierra polaca. Y se quedo tan impresionado que siempre llevo dentro de sí el recuerdo de aquella terrible experiencia.

 

También parte de la familia Kluger fue aniquilada por la locura nazi. La madre de Jurek, su hermana de veinte años, Tesia, y la abuela desaparecieron en los campos de concentración. Jurek combatió en Italia en el ejército del general Anders; al terminar la guerra, se caso y se fue a vivir a Roma. Y allí, inesperadamente, se encontró un dia con su viejo amigo Lolek, que se había convertido en arzobispo de Cracovia.

 

Y fue una amistad que no se interrumpió jamás, ni siquiera después de que Wojtyla fuese elegido Papa. El Santo Padre lo invitaba con frecuencia, a él y a su familia, a comer o a cenar. Seguían hablándose de tu, como dos compañeros de escuela. El ingeniero Kluger trataba al Papa como si fuera uno más de su familia, y el Papa se sentía realmente uno de ellos. Bautizo a su nieta, bendijo el matrimonio de la joven, llego hasta a bautizar a la hija de ésta. Una amistad autentica! La amistad de toda una vida!

 

Nuestros “hermanos mayores”

(Republicacion del post fechado 21/2/2009) 
(antigua sinagoga de Wadowice)

Su buena relación con los judíos databa de Wadowice - donde la comunidad judía estaba compuesta casi por un tercio de los diez mil habitantes; bien integrados a la vida ciudadana las relaciones eran de aprecio y amistad - arraigada en el caso de Wojtyla en “amigos muy queridos” como Jurek (Jerzy Kluger), hijo de un conocido abogado, presidente de la comunidad judía local y amigo de la infancia, con quien perdió contacto durante la guerra. Lolek y Jurek volvieron a encontrarse en Roma cuando Karol Wojtyla era Arzobispo y estaba participando del Concilio Vaticano II.


La casa donde vivían los Wojtyla era propiedad del señor Balamuth, judío.
En la escuela de Wadowice había dos equipos de fútbol judío y católico y cuando faltaban jugadores Lolek no dudaba unirse al equipo judío como portero si hacia falta....

Hasta que un día se puso en marcha la “monstruosa maquinaria” y
- fueron literalmente pisoteadas las palabras del poeta Adam Mickiewicz


En la nación todos son ciudadanos. Todos los ciudadanos son iguales ante la ley y ante la administración. Para el judío, nuestro hermano mayor, debemos demostrar aprecio y ayuda en su camino hacia el bienestar eterno y en todas las cuestiones iguales derechos

- y destruida la antigua sinagoga de Wadowice

 

(El 9 de Mayo de 1989, animado por Juan Pablo II, Jurek asistía a la inauguración en Wadowice de una placa conmemorativa en el lugar donde habia estado la antigua Sinagoga y leia una carta del Papa).

 

- perseguidos hasta el extremo aquellos “hermanos mayores” en Cracovia corrieron la misma suerte al tiempo que era derribada la estatua de aquel que creía que “todos los ciudadanos son iguales”...

Ya como Juan Pablo II le decía el Papa a Vittorio Messori en Cruzando el umbral de la esperanza que cuando era Obispo de Cracovia había tenido intensos contactos con la comunidad judía de la ciudad, relaciones cordiales que continuó después de su traslado a Roma y agregaba “Pero una experiencia del todo excepcional fue para mi la visita a la sinagoga romana

 


(13 de abril 1986) durante aquella visita memorable – decía - definí a los judíos como hermanos mayores en la fe” “Sois nuestros hermanos predilectos y en cierto modo podría decirse que sois nuestros hermanos mayores” había dicho.


Y en la jornada extraordinaria en Asís en octubre de 1986 estaban allí juntos hebreos, cristianos y musulmanes para orar... cuando invito a todos los hermanos y hermanas a buscar ser "operadores de la paz en pensamiento y acción, con la mente y el corazón dirigidos a la unidad de la familia humana”.


El 16 de marzo de 1998 se publicaba “Nosotros recordamos:: una reflexión sobre la “Shoah

 

En la Audiencia del 29 de marzo del 2000 Juan Pablo II hacia un resumen de su precioso viaje a Tierra Santa.
En Yad Vashem, memorial de la Shoah, - decìa - rendí homenaje a los millones de judíos víctimas del nazismo. Una vez más expresé profundo dolor por esa terrible tragedia y reafirmé que "nosotros queremos recordar" para comprometernos juntos -los judíos, los cristianos y todos los hombres de buena voluntad- a vencer el mal con el bien, para caminar por la senda de la paz.”


En Jerusalén “ciudad santa para judìos, cristianos y musulmanes”, se habia reunido con dos rabinos jefes de Israel y con el gran mufti de Jerusalén y otros representantes de las religiones monoteístas: la judia y la musulmana y expresaba su intimo deseo:

Jerusalén està llamada a convertirse en “símbolo de la paz entre cuantos creen en el Dios de Abraham y se someten a su ley. Ojalá que los hombres apresuren el cumplimiento de este designio”.

 

jueves, 30 de julio de 2015

Una bendición recíproca: Juan Pablo II y el Pueblo Judío


Ciudad del Vaticano, 28 de julio de 2015 (Vis).-''Una bendición recíproca: El Papa Juan Pablo II y el Pueblo Judío'', es el título de la exposición que se abre hoy en el Vaticano (Brazo de Carlomagno, 29 julio- 17 septiembre) después de haber recorrido diversas capitales estadounidenses y a haber sido vista por más de un millón de visitantes.
La muestra, concebida como un regalo a san Juan Pablo II para su 85 cumpleaños, se inauguró en la Xavier Universidad de Cincinatti (EE.UU) el 18 de mayo de 2005, apenas un mes después de la muerte del Pontífice. Ahora llega a Roma y sus organizadores quisieran que una de sus etapas europeas fuera Cracovia, la ciudad polaca de la que Karol Wojtyla fue arzobispo.
''Una bendición recíproca'', describe los pasos del Pontífice para mejorar la relación entre la Iglesia Católica y el pueblo judío y refleja la actualidad de la declaración conciliar ''Nostra Aetate'', emanada hace cincuenta años en la que se expresa el aprecio de la Iglesia Católica por las otras religiones, y se reafirman los principios de fraternidad universal, de amor y de no discriminación.
Financiada por diversas universidades y privados que creen en el diálogo interreligioso como fuente de progreso para la humanidad, la exposición narra en cuatro secciones, a través de fotos, vídeos , grabaciones y otras fuentes interactivas, las relaciones de Juan Pablo II con los que él mismo definió durante su histórica visita a la sinagoga de Roma el 13 de abril de 1986 como ''nuestros hermanos mayores''.
La primera sección ilustra los años juveniles de Karol Wojtyla en su Wadowice natal, la amistad, que duró toda la vida, con el joven judío Jerzy Kluger y las relaciones entre católicos y hebreos en Polonia en la década de 1920-1930. La segunda sección está dedicada a los años universitarios y laborales del Papa en Cracovia, durante la Segunda Guerra Mundial, no lejano de sus amigos que conocen el terror de la shoah. La tercera describe la vida sacerdotal y episcopal del pontífice santo, el evento del Concilio Vaticano, que marca un cambio de rumbo en la relación entre judíos y cristianos, y la estrecha relación del cardenal arzobispo de Cracovia con la comunidad judía de su archidiócesis.
La última sección abarca la figura de Wojtyla como Sucesor de Pedro, su visita a la sinagoga romana y el viaje que efectuó a Israel en el año 2000 cuando dejó en el Muro Occidental de Jerusalén una oración pidiendo el perdón divino por el trato que habían recibido en pasado los judíos y para reafirmar el recorrido fraternal de los católicos junto al Pueblo de la Alianza. Llegados aquí, los visitantes de ''Una bendición recíproca'', están invitados a escribir una oración que se introduce en una reproducción del Muro, como hizo Juan Pablo II. Las oraciones así recogidas, se depositarán en el Muro Occidental sin ser leídas.
(fuente: VIS News)

viernes, 8 de abril de 2011

Juan Pablo II en la Argentina 1987 (14) con la comunidad judía en Buenos aires


Al llegar nuevamente a Buenos Aires y trasladarse a la Nunciatura Apostólica se encontró que la gente lo reclamaba y debió salir al balcón a saludar…..

Venia de Paraná, tierra de inmigrantes, donde celebró una conmovedora liturgia Nuestros antepasados . . . reconociendo que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra . . . buscaban una patria” (Hb 1, 13-14)

y terminaba su homilía-oración

El Señor “convirtió el desierto en un lago, / y la tierra reseca en un oasis: / allí puso a los hambrientos, / y ellos fundaron una ciudad habitable” (Sal 107 [106], 25-36.

¡La Ciudad permanente! ¡La Jerusalén celestial! Amén.”

Significativamente este Papa tan íntimamente ligado a la comunidad judía, sus “hermanos mayores”, ya desde su natal Wadowice (invito leer el post Las “raices” judìas de Karol Wojtyla por Gian Franco Svidercoschi) concluía el día con un encuentro en la Sede de la Nunciatura con representantes de la comunidad judía.

En su discurso el Papa agradeció su presencia y el deseo de encontrarse con él. Les recordaba que “sus encuentros con representantes de la comunidad judía constituyen desde el comienzo de mi pontificado, una cita frecuente, durante mis visitas a los diversos países. Esto no es algo casual, ni fruto solamente de un deber de cortesía.”

Y agregaba

“Bien sabéis que, desde el Concilio Vaticano II y su Declaración Nostra Aetate (cf. Nostra Aetate, 4), las relaciones entre la Iglesia católica y el Judaísmo han sido puestas sobre una nueva base, que es en realidad muy antigua, puesto que toca a la cercanía de nuestras respectivas religiones, unidas por aquello que el Concilio llama precisamente un “vínculo” espiritual.

Los años sucesivos, y el progreso constante del diálogo por ambas partes, han ahondado todavía más la conciencia de ese “vínculo” y la necesidad de afianzarlo siempre en el mutuo conocimiento, estima y superación de los prejuicios que en épocas pasadas nos han podido separar.”

Terminaba saludando “La paz con vosotros Shalom alehém

Muchas gracias tôdah rabâh.