Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
Mostrando entradas con la etiqueta Maria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Maria. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de agosto de 2025

Candido Pozo: La maternidad espiritual de Maria

 


El 25 de marzo de 1985, solemnidad de la Anunciación del Señor, S. S. Juan Pablo 11 firmaba la Encíclica Redemptoris Mater .  

Parece claro que el Pueblo de Dios esperaba de un Papa como él, un gran documento mariano. Se trata de un Papa que ha llevado a su escudo papal no sólo el anagrama de María, sino las palabras «Totus tuus» que sintetizan el núcleo fundamental de su consagración personal de esclavitud mariana, hecha mucho antes de su pontificado y renovada ante la imagen de la Virgen de Czestochowa en su primer viaje, como Papa, a Polonia ; de un Papa que en sus viajes apostólicos no omitia nunca la visita al santuario mariano más representativo de cada nación, para desde él fomentar con su ejemplo y su palabra la piedad mariana de cada pueblo.. En este sentido, puede decirse que Juan Pablo  II, aun dentro de su magisterio tan rico y abundante sobre la Virgen, estaba «en deuda» con la Iglesia.

En todo caso, es lógico que no pudiera escribir su gran documento sobre María, sino después de haber hablado de Dios, es decir, del misterio trinitario. Ello explica su gran trilogía previa de Encíclicas, en la que cada una de ellas está dedicada a una de las tres divinas personas: Redemptor hominis (4 de marzo de 1979)  trata del Hijo, Divesin misericordia  (30 dé noviembre de 1980) del Padre, Dominumet vivificantem  (18 de mayo de 1986)7 del Espíritu Santo.

Pero es significativo que a continuación Juan Pablo II haya querido hablar a la Iglesia sobre la Madre del Señor . El enfoque de su  Encíclica «Sobre la Bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia peregrina» estaba condicionado por la primera de sus Encíclicas. Si la visión de Cristo que Juan Pablo II había subrayado en ella, era la de «Redentor del hombre», es normal que ahora el ángulo de acceso a la figura de María fuera el de «Madre del Redentor» (Redemptoris Mater), es decir, la relación de María con la obra redentora de Cristo, «su presencia activa y ejemplar en la vida de la Iglesia» .

(…)

 En la Encíclica Redemptoris Mater, el Papa explica la respuesta de María al ángel como respuesta de fe; así la interpretó ya Isabel en la visitación: «Feliz la que ha creído» (Lc 1, 45): «La plenitud de gracia anunciada por el ángel significa el don de Dios mismo; la fe de María, proclamada por Isabel en la visitación, indica cómo la Virgen de Nazareth ha respondido a ese don» . Pero no podemos olvidar que la formulación histórica de la respuesta de fe de María tiene acentos de la más total entrega: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Es conocido que la palabra «fe» tiene en el Nuevo Testamento diversos sentidos.

(..-)

No puede subvalorarse la importancia de esta fe. Sin embargo, hay que declarar su insuficiencia, si no se desarrolla de modo que sea «la fe que actúa por la caridad» (Gal 5, 6). Cuando la fe no llega a un comportamiento coherente, habrá que reconocer con tristeza que «como el cuerpo sin espíritu está muerto, también la fe sin obras está muerta» (Sant 2, 26).

(…)

La respuesta de fe de María evidentemente no se circunscribe a aceptar como verdadero el anuncio del ángel, sino que pasa a una disponibilidad absoluta frente a los planes de Dios. Como esclava se somete a su voluntad y se ofrece para unir su destino al de su Hijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). La Encíclica Redemptoris Mater llama a la profecía del anciano Simeón (Lc 2, 34-35), «un segundo anuncio a María».

(…)

En efecto, el primer anuncio, el del ángel, tiene tonos gloriosos y triunfales . Del Hijo que se promete a la Virgen, se dice que «será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de su padre David, reinará sobre la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 32-33). Ahora María tiene que oir de labios de Simeón otras palabras, «sugeridas por el Espíritu Santo» (cfr. Lc 2, 25-27)28, que suenan de modo mucho más lóbrego. El «segundo anuncio» contiene dos elementos: de Jesús se profetiza que será «signo de contradicción» (Lc 2, 34), es decir, «bandera discutida» según nuestra traducción litúrgica (el tema impresiona fuertemente a Juan Pablo II quien, como es sabido, en los Ejercicios Espirituales que, siendo Cardenal, predicó a Pablo VI, centró alrededor de él todas sus consideraciones); como consecuencia de este combate en torno a Cristo y de la mención que se hace a Jesús, María tendrá que sufrir acerbamente: «a tu misma alma la traspasará una espada» (Lc 2, 35).

(…)

Mientras María «avanzaba en la peregrinación en la fe» , la oscuridad es patente en Nazaret durante el largo período de la vida oculta. El Papa señala que en esos años, para usar expresiones de San Juan de la Cruz.   María vive la «noche de la fe» en cuanto que un «velo» cubre la realidad del misterio. El uso de esta terminología es normal en Juan Pablo 11; no se olvide que la tesis doctoral de Karol W ojtyla en teología fue sobre «La fe según San Juan de la Cruz» . Probablemente no siempre hemos meditado bastante estos aspectos, cuando nos hemos referido a la vida oculta de Jesús en Nazaret.

(…)

 María convive en Nazaret con un Jesús desconcertantemente consagrado a tareas que nada parecen tener que ver con su misión ni siquiera parecen estar en concordancia con la descripción contenida en el anuncio del ángel. Es por ello maravilloso contemplar que «de este modo María, durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe» . Realmente María «vivía en la intimidad con este misterio sólo por medio de la fe».

(…)

Aunque el Papa hace su afirmación en un contexto en el que la referencia se hace, sobre todo, al heroísmo con que «esperando contra toda esperanza, creyó» (Rom 4, 18), es sumamente sugestivo que escriba que la «'obediencia de la fe' por parte de María a lo largo de todo su camino tendrá analogías sorprendentes con la fe de Abraham» 49. Por su fe Abraham fue constituido «padre de todos los creyentes» (Rom 4, 11). La respuesta de fe de María al ángel es la razón última por la que Ella es la «Madre de los vivientes» , es decir, de los que creyendo reciben la vida verdadera.

(…)

María, asunta en cuerpo y alma a los cielos, está espiritualmente presente en la Iglesia gracias a su permanente intercesión ante su Hijo resucitado, es decir, por su mediación intercesora.

(…)

 La mediación de María es una mediación participada de la de Cristo y que, por ello, nada resta ni añade «a la dignidad y eficacia de Cristo, único mediadof» 57. En este contexto, el Papa recuerda la f6rmula de San Bernardo: «Mediadora al Mediador» , porque pone de relieve la subordinaci6n de la mediación de María a la de Cristo. Esta subordinación implica también una unión a las intenciones deCristo. La mediación de María «participa, por su carácter subordinado, de la universalidad de la mediación del Redentor, único Mediador»

(…)

Juan Pablo II indica una pista teológica que puede ser sumamente' fecunda para mantener con nitidez la singularidad de la mediación de María, comparada con la de los santos: «Efectivamente la mediación de María está íntimamente unida a su maternidad y posee un carácter específicamente materno que la distingue del de las demás criaturas que, de un modo diverso y siempre subordinado, participan de la única mediación de Cristo». María es Madre de Cristo y Madre de los discípulos. Tanto con respecto a Cristo como con respecto a los discípulos tiene una relación materna. Por ello, en su intercesión María «se pone 'en medio', o sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede -más bien 'tiene derecho de' - hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres»  De este modo, dentro de las mediaciones subordinadas a la de Cristo, el único Mediador, se señala una nota específica de la mediación intercesora de María que se da en Ella y solamente en Ella, es decir, una nota que no se da en la mediación de ninguno de los santos: es una mediación materna no simplemente porque María es Madre de Cristo ante el que intercede.

 C. Pozo Facultad de Teología GRANADA

 

(En este enlace puede leerse el texto competo en pdf bajo el titulo: Candido Pozo: Lamaternidad espiritual de Maria) 


viernes, 17 de agosto de 2018

María, miembro eminente del Cuerpo místico y Madre de la Iglesia



Como dice el concilio Vaticano II, María "es también saludada como miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia y como su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y en el amor" (Lumen gentium, 53). La Madre del Redentor también ha sido redimida por él, de modo único en su inmaculada concepción, y nos ha precedido en la escucha creyente y amorosa de la palabra de Dios que nos hace felices (cf. ib., 58). También por eso María "está íntimamente unida a la Iglesia.
La Madre de Dios es figura (typus) de la Iglesia, como ya  enseñaba san Ambrosio: en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo. Ciertamente, en el misterio de la Iglesia, que también es llamada con razón madre y virgen, la santísima  Virgen  María  fue por delante mostrando en forma eminente y singular el modelo de virgen y madre" (ib., 63). El mismo Concilio contempla a María como Madre de los miembros de Cristo (cf. ib., 53, 62), y así Pablo VI la proclamó Madre de la Iglesia. La doctrina del Cuerpo místico, que expresa del modo más fuerte la unión de Cristo con la Iglesia, es también el fundamento bíblico de esta afirmación. "La cabeza y los miembros nacen de una misma madre" (Tratado de la verdadera devoción, 32, o.c., p. 30), nos recuerda san Luis María. En este sentido, decimos que, por obra del Espíritu Santo, los miembros están unidos y son configurados con Cristo Cabeza, Hijo del Padre y de María, de modo que "todo hijo verdadero de la Iglesia debe tener a Dios por Padre y a María por Madre" (El Secreto de María, 11).
En Cristo, Hijo unigénito, somos realmente hijos del Padre y, al mismo tiempo, hijos de María y de la Iglesia. En el nacimiento virginal de Jesús, renace de algún modo toda la humanidad. A la Madre del Señor "se le pueden aplicar, con más verdad que a san Pablo estas palabras: "¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros" (Ga 4, 19). Yo doy a luz todos los días hijos de Dios, para que Jesucristo, mi Hijo, se forme en ellos en la plenitud de su edad" (Tratado de la verdadera devoción, 33, o.c., p. 31). Esta doctrina tiene su expresión más bella en la oración: "Oh Espíritu Santo, concédeme una gran devoción y una gran inclinación hacia María, un sólido apoyo en su seno materno y un asiduo recurso a su misericordia, para que en ella tú formes a Jesús dentro de mí" (El Secreto de María, 67).
Una de las expresiones más altas de la espiritualidad de san Luis María Grignion de Montfort se refiere a la identificación del fiel con María en su amor a Jesús, en su servicio a Jesús.
Meditando en el conocido texto de san Ambrosio: "Que el alma de María esté en cada uno para glorificar al Señor; que el espíritu de María esté en cada uno para exultar en Dios" (Expos. in Luc., 12, 26: PL 15, 1561), escribe: "¡Qué dichosa es un alma, cuando... está del todo poseída y gobernada por el espíritu de María, que es un espíritu suave y fuerte, celoso y prudente, humilde e intrépido, puro y fecundo!" (Tratado de la verdadera devoción, 258, o.c., p. 162). La identificación mística con María está totalmente orientada a Jesús, como se expresa en la oración: "Por último, mi queridísima y amadísima Madre, haz que, si es posible, no tenga yo otro espíritu que el tuyo para conocer a Jesucristo y sus divinos designios; que no tenga otra alma que la tuya para alabar y glorificar al Señor; que no tenga otro corazón que el tuyo para amar a Dios con caridad pura y ardiente como tú" (El Secreto de María, 68).


miércoles, 17 de enero de 2018

La dormición de la Madre de Dios

La imagen más antigua conocida de María, sosteniendo a Jesús niño. Datada del siglo II,67​ Catacumbas de PriscilaRoma  - Wikipedia 

Sobre la conclusión de la vida terrena de María, el Concilio cita las palabras de la bula de definición del dogma de la Asunción y afirma: «La Virgen inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo» (Lumen gentium, 59). Con esta fórmula, la constitución dogmática Lumen gentium, siguiendo a mi venerado predecesor Pío XII, no se pronuncia sobre la cuestión de la muerte de María. Sin embargo, Pío XII no pretendió negar el hecho de la muerte; solamente no juzgó oportuno afirmar solemnemente, como verdad que todos los creyentes debían admitir, la muerte de la Madre de Dios.

En realidad, algunos teólogos han sostenido que la Virgen fue liberada de la muerte y pasó directamente de la vida terrena a la gloria celeste. Sin embargo, esta opinión era desconocida hasta el siglo XVII, mientras que, en realidad, existe una tradición común que ve en la muerte de María su introducción en la gloria celeste.

 ¿Es posible que María de Nazaret haya experimentado en su carne el drama de la muerte? Reflexionando en el destino de María y en su relación con su Hijo divino, parece legítimo responder afirmativamente: dado que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre. En este sentido razonaron los Padres de la Iglesia, que no tuvieron dudas al respecto. Basta citar a Santiago de Sarug († 521), según el cual «el coro de los doce Apóstoles», cuando a María le llegó «el tiempo de caminar por la senda de todas las generaciones», es decir, la senda de la muerte, se reunió para enterrar «el cuerpo virginal de la Bienaventurada » (Discurso sobre el entierro de la santa Madre de Dios, 87-99 en C. Vona, Lateranum 19 [1953], 188). San Modesto de Jerusalén († 634), después de hablar largamente de la «santísima dormición de la gloriosísima Madre de Dios», concluye su «encomio», exaltando la intervención prodigiosa de Cristo, que «la resucitó de la tumba» para tomarla consigo en la gloria (Enc. in dormitionem Deiparae semperque Virginis Mariae, nn. 7 y 14: PG 86 bis, 3.293; 3.311). San Juan Damasceno († 704), por su parte, se pregunta: «¿Cómo es posible que aquella que en el parto superó todos los límites de la naturaleza, se pliegue ahora a sus leyes y su cuerpo inmaculado se someta a la muerte?». Y responde: «Ciertamente, era necesario que se despojara de la parte mortal para revestirse de inmortalidad, puesto que el Señor de la naturaleza tampoco evitó la experiencia de la muerte. En efecto, él muere según la carne y con su muerte destruye la muerte, transforma la corrupción en incorruptibilidad y la muerte en fuente de resurrección» (Panegírico sobre la dormición de la Madre de Dios, 10: SC 80, 107).

 Es verdad que en la Revelación la muerte se presenta como castigo del pecado. Sin embargo, el hecho de que la Iglesia proclame a María liberada del pecado original por singular privilegio divino no lleva a concluir que recibió también la inmortalidad corporal. La Madre no es superior al Hijo, que aceptó la muerte, dándole nuevo significado y transformándola en instrumento de salvación.
María, implicada en la obra redentora y asociada a la ofrenda salvadora de Cristo, pudo compartir el sufrimiento y la muerte con vistas a la redención de la humanidad. También para ella vale lo que Severo de Antioquía afirma a propósito de Cristo: «Si no se ha producido antes la muerte, ¿cómo podría tener lugar la resurrección?» (Antijuliánica, Beirut 1931, 194 s.). Para participar en la resurrección de Cristo, María debía compartir, ante todo, la muerte.

 El Nuevo Testamento no da ninguna información sobre las circunstancias de la muerte de María. Este silencio induce a suponer que se produjo normalmente, sin ningún hecho digno de mención. Si no hubiera sido así, ¿cómo habría podido pasar desapercibida esa noticia a sus contemporáneos, sin que llegara, de alguna manera, hasta nosotros?
Por lo que respecta a las causas de la muerte de María, no parecen fundadas las opiniones que quieren excluir las causas naturales. Más importante es investigar la actitud espiritual de la Virgen en el momento de dejar este mundo. A este propósito, san Francisco de Sales considera que la muerte de María se produjo como efecto de un ímpetu de amor. Habla de una muerte «en el amor, a causa del amor y por amor», y por eso llega a afirmar que la Madre de Dios murió de amor por su hijo Jesús (Traité de l’Amour de Dieu, Lib. 7, cc. XIII-XIV).
Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca mejor que en ese caso la muerte pudo concebirse como una «dormición».
 Algunos Padres de la Iglesia describen a Jesús mismo que va a recibir a su Madre en el momento de la muerte, para introducirla en la gloria celeste. Así, presentan la muerte de María como un acontecimiento de amor que la llevó a reunirse con su Hijo divino, para compartir con él la vida inmortal. Al final de su existencia terrena habrá experimentado, como san Pablo y más que él, el deseo de liberarse del cuerpo para estar con Cristo para siempre (cf. Flp 1, 23).
La experiencia de la muerte enriqueció a la Virgen: habiendo pasado por el destino común a todos los hombres, es capaz de ejercer con más eficacia su maternidad espiritual con respecto a quienes llegan a la hora suprema de la vida.

viernes, 12 de mayo de 2017

Maria estaba allí….desde el “si” hasta la Resurrección


“….hoy miramos a María, Madre de la esperanza. María ha vivido más de una noche en su camino de madre. Desde su primera aparición en la historia de los Evangelios, su figura se perfila como si fuera el personaje de un drama. No era un simple responder con un “sí” a la invitación del ángel: y sin embargo Ella, mujer todavía en plena juventud, responde con valor, no obstante nada supiese del destino que la esperaba. María en ese instante se nos presenta como una de las muchas madres de nuestro mundo, valientes hasta el extremo cuando se trata de acoger en su propio vientre la historia de un nuevo hombre que nace.

Ese “sí” es el primer paso de una larga lista de obediencias —¡larga lista de obediencias!— que acompañarán su itinerario de madre. Así María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa, que a menudo no comprende todo lo que le ocurre alrededor, pero que medita cada palabra y acontecimiento en su corazón.
En esta disposición hay un rasgo bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir en la dirección correcta. No es ni siquiera una mujer que protesta con violencia, que se queja contra el destino de la vida que revela a menudo un rostro hostil. En cambio es una mujer que escucha: no os olvidéis de que siempre hay una gran relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que escucha. María acoge la existencia tal y como se nos entrega, con sus días felices, pero también con sus tragedias con las que nunca querríamos habernos cruzados. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo está clavado en el madero de la cruz.

Hasta ese día, María casi había desaparecido de la trama de los Evangelios: los escritores sagrados dan a entender este lento eclipsarse de su presencia, su permanecer muda ante el misterio de un Hijo que obedece al Padre. Pero María reaparece precisamente en el momento crucial: cuando buena parte de los amigos se han disipado por motivo del miedo. Las madres no traicionan, y en ese instante al pie de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cuál haya sido la pasión más cruel: si la de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo. Los evangelios son lacónicos, y extremadamente discretos. Reflejan con un simple verbo la presencia de la Madre: Ella “estaba” (Juan 19, 25), Ella estaba. Nada dicen de su reacción: si llorase, si no llorase... nada; ni siquiera una pincelada para describir su dolor: sobre estos detalles se habría aventurado la imaginación de poetas y pintores regalándonos imágenes que han entrado en la historia del arte y de la literatura. Pero los Evangelios solo dicen: Ella “estaba”. Estaba allí, en el peor momento, en el momento más cruel, y sufría con el hijo. “estaba”. María “estaba”, simplemente estaba allí. Ahí está de nuevo la joven mujer de Nazareth, ya con los cabellos grises por el pasar de los años, todavía con un Dios que debe ser solo abrazado, y con una vida que ha llegado al umbral de la oscuridad más intensa. María “estaba” en la oscuridad más intensa, pero “estaba”. No se fue. María está allí, fielmente presente, cada vez que hay que tener una vela encendida en un lugar de bruma y de nieblas. Ni siquiera Ella conoce el destino de resurrección que su Hijo estaba abriendo para todos nosotros hombres: está allí por fidelidad al plan de Dios del cual se ha proclamado sierva en el primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión. Los sufrimientos de las madres: ¡todos nosotros hemos conocido mujeres fuertes, que han afrontado muchos sufrimientos de los hijos!

La volveremos a encontrar en el primer día de la Iglesia, Ella, madre de esperanza, en medio de esa comunidad de discípulos tan frágiles: uno había renegado, muchos habían huído, todos habían tenido miedo (cf Hechos de los Apóstoles 1, 14). Pero Ella simplemente estaba allí, en el más normal de los modos, como si fuera una cosa completamente normal: en la primera Iglesia envuelta por la luz de la Resurrección, pero también de los temblores de los primeros pasos que debía dar en el mundo.”

lunes, 3 de octubre de 2016

Maria, Madre de misericordia


“María es Madre de misericordia porque Jesucristo, su Hijo, es enviado por el Padre como revelación de la misericordia de Dios (cf.Jn 3, 16-18). Él ha venido no para condenar sino para perdonar, para derramar misericordia (cf. Mt 9, 13). Y la misericordia mayor radica en su estar en medio de nosotros y en la llamada que nos ha dirigido para encontrarlo y proclamarlo, junto con Pedro, como «el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Ningún pecado del hombre puede cancelar la misericordia de Dios, ni impedirle poner en acto toda su fuerza victoriosa, con tal de que la invoquemos. Más aún, el mismo pecado hace resplandecer con mayor fuerza el amor del Padre que, para rescatar al esclavo, ha sacrificado a su Hijo 181: su misericordia para nosotros es redención. Esta misericordia alcanza la plenitud con el don del Espíritu Santo, que genera y exige la vida nueva. Por numerosos y grandes que sean los obstáculos opuestos por la fragilidad y el pecado del hombre, el Espíritu, que renueva la faz de la tierra (cf. Sal 104, 30), posibilita el milagro del cumplimiento perfecto del bien. Esta renovación, que capacita para hacer lo que es bueno, noble, bello, grato a Dios y conforme a su voluntad, es en cierto sentido el colofón del don de la misericordia, que libera de la esclavitud del mal y da la fuerza para no volver a pecar. Mediante el don de la vida nueva, Jesús nos hace partícipes de su amor y nos conduce al Padre en el Espíritu.
Esta es la consoladora certeza de la fe cristiana, a la cual debe su profunda humanidad y su extraordinaria sencillez. A veces, en las discusiones sobre los nuevos y complejos problemas morales, puede parecer como si la moral cristiana fuese en sí misma demasiado difícil: ardua para ser comprendida y casi imposible de practicarse. Esto es falso, porque —en términos de sencillez evangélica— consiste fundamentalmente en el seguimiento de Jesucristo, en el abandonarse a él, en el dejarse transformar por su gracia y ser renovados por su misericordia, que se alcanzan en la vida de comunión de su Iglesia. «Quien quiera vivir —nos recuerda san Agustín—, tiene en donde vivir, tiene de donde vivir. Que se acerque, que crea, que se deje incorporar para ser vivificado. No rehuya la compañía de los miembros» 182. Con la luz del Espíritu, cualquier persona puede entenderlo, incluso la menos erudita, sobre todo quien sabe conservar un «corazón entero» (Sal 86, 11). Por otra parte, esta sencillez evangélica no exime de afrontar la complejidad de la realidad, pero puede conducir a su comprensión más verdadera porque el seguimiento de Cristo clarificará progresivamente las características de la auténtica moralidad cristiana y dará, al mismo tiempo, la fuerza vital para su realización. Vigilar para que el dinamismo del seguimiento de Cristo se desarrolle de modo orgánico, sin que sean falsificadas o soslayadas sus exigencias morales —con todas las consecuencias que ello comporta— es tarea del Magisterio de la Iglesia. Quien ama a Cristo observa sus mandamientos (cf. Jn 14, 15).

María es también Madre de misericordia porque Jesús le confía su Iglesia y toda la humanidad. A los pies de la cruz, cuando acepta a Juan como hijo; cuando, junto con Cristo, pide al Padre el perdón para los que no saben lo que hacen (cf. Lc 23, 34), María, con perfecta docilidad al Espíritu, experimenta la riqueza y universalidad del amor de Dios, que le dilata el corazón y la capacita para abrazar a todo el género humano. De este modo, se nos entrega como Madre de todos y de cada uno de nosotros. Se convierte en la Madre que nos alcanza la misericordia divina.”

(de la Encìclica Veritatis Splendor de San Juan Pablo II) 


martes, 25 de marzo de 2014

Oh Maria aurora del mundo nuevo



Oh Maria,
aurora del mundo nuevo, 
Madre de los vivientes, 
a Ti confiamos la causa de la vida
mira, Madre, el número inmenso 
de niños a quienes se impide nacer, 
de pobres a quienes se hace difícil vivir, 
de hombres y mujeres víctimas 
de violencia inhumana, 
de ancianos y enfermos muertos 
a causa de la indiferencia 
o de una presunta piedad. 
Haz que quienes creen en tu Hijo 
sepan anunciar con firmeza y amor 
a los hombres de nuestro tiempo 
el Evangelio de la vida
Alcánzales la gracia de acogerlo 
como don siempre nuevo, 
la alegría de celebrarlo con gratitud 
durante toda su existencia 
y la valentía de testimoniarlo 
con solícita constancia, para construir, 
junto con todos los hombres de buena voluntad, 
la civilización de la verdad y del amor, 
para alabanza y gloria de Dios Creador 
y amante de la vida.


jueves, 9 de mayo de 2013

Mayo, mes de Maria, el mes que más nos recuerda el Totus Tuus de Juan Pablo II

 “El mes de mayo nos estimula a pensar y hablar de modo particular de Ella. En efecto, éste es su mes. Así, pues, el período del año litúrgico y a la vez el corriente mes llaman e invitan a nuestros corazones a abrirse de manera singular a María.” Expresaba el Beato Juan Pablo II en la Audiencia General del 2 de mayo de 1979.
La fiel y firme trayectoria mariana de Karol Wojtyla/Juan Pablo II fue marcada desde los años de su niñez, cuando después de la muerte de su madre, fue su padre quien le guio por los caminos de su amor a Maria, para que encontrara en ella su consejera, aliada y mediadora en momentos tristes y trágicos de su historia. Sus primeros pasos fueron ante el altar a Nuestra Señora del Socorro en su parroquia y el Santuario carmelita “sobre la colina” como el lo llama.




Le siguieron luego Kalwaria Zebrzydowska, el Santuario de los hermanos paulinos, a tan poca distancia de su natal Wadowice , destino mariano de peregrinación de toda la nación, que más tarde quedaría sellado de por vida por su fuerte vinculo a ese lugar santo de los polacos: el Santuario de su Reina y Madre de Jasna Gora. 
 Con ocasión de la primera visita a su patria como Pontífice el Papa Juan Pablo II recalco en breves palabras en su homilía del 4 de junio de 1979 en el Santuario la indisoluble unión de Polonia con su Madre y Reina. “La historia de Polonia se puede escribir de diversos modos; especialmente la de los últimos siglos se puede interpretar en clave diversa. Sin embargo, si queremos saber cómo interpreta esta historia el corazón de los polacos, es necesario venir aquí, es necesario sintonizar con este santuario, es necesario percibir el eco de la vida de toda la nación en el corazón de su Madre y Reina.”

Ese amor a Maria ya desde sus jóvenes años se extendería como lazo natural a su Hijo como el mismo le confiaba a Vittorio Messori en Cruzando el Umbral de la Esperanza, en un capitulo (XXXII) que es una especie de pequeño compendio de su vida mariana.
Alli explica el sentido de la devoción y el significado de su Totus Tuus, formula que – como el decía “no tiene solamente un carácter piadoso, no es una simple expresión de devoción: es algo más. La orientación hacia una devoción tal se afirmó en mí en el período en que, durante la Segunda Guerra Mundial, trabajaba de obrero en una fábrica. En un primer momento me había parecido que debía alejarme un poco de la devoción mariana de la infancia, en beneficio de un cristianismo cristocéntrico. Gracias a san Luis Grignon de Montfort comprendí que la verdadera devoción a la Madre de Dios es, sin embargo, cristocéntrica, más aún, que está profundamente radicada en el Misterio trinitario de Dios, y en los misterios de la Encarnación y la Redención.
Así pues, redescubrí con conocimiento de causa la nueva piedad mariana, y esta forma madura de devoción a la Madre de Dios me ha seguido a través de los años: sus frutos son la Redemptoris Mater y la Mulieris dignitatem.
Respecto a la devoción mariana, cada uno de nosotros debe tener claro que no se trata sólo de una necesidad del corazón, de una inclinación sentimental, sino que corresponde también a la verdad objetiva sobre la Madre de Dios. María es la nueva Eva, que Dios pone ante el nuevo Adán-Cristo, comenzando por la Anunciación, a través de la noche del Nacimiento en Belén, el banquete de bodas en Caná de Galilea, la Cruz sobre el Gólgota, hasta el cenáculo del Pentecostés: la Madre de Cristo Redentor es Madre de la Iglesia.
El Concilio Vaticano II da un paso de gigante tanto en la doctrina como en la devoción mariana. No es posible traer aquí ahora todo el maravilloso capítulo VIII de la Lumen gentium, pero habría que hacerlo. Cuando participé en el Concilio, me reconoci a mí mismo plenamente en este capítulo, en el que reencontré todas mis pasadas experiencias desde los años de la adolescencia, y también aquel especial ligamen que me une a la Madre de Dios de forma siempre nueva. La primera forma, la más antigua, está ligada a las visitas durante la infancia a la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en la iglesia parroquial de Wadowice, está ligada a la tradición del escapulario del Carmen, particularmente elocuente y rica en simbolismo, que conocí desde la juventud por medio del convento de carmelitas que se halla «sobre la colina» de mi ciudad natal. Está ligada, además, a la tradición de las peregrinaciones al santuario de Kalwaria Zebrzydowska, uno de esos lugares que atraen a multitudes de peregrinos, especialmente del sur de Polonia y de más allá de los Cárpatos. Este santuario regional tiene una particularidad, la de ser no solamente mariano, sino también profundamente cristocéntrico. Y los peregrinos que llegan allí, durante su primera jornada junto al santuario de Kalwaria practican antes que nada los «senderos», que son un Viacrucis en el que el hombre encuentra su sitio junto a Cristo por medio de María.




 La Crucifixión, que es también el punto topográficamente más alto, domina los alrededores del santuario. La solemne procesión mariana, que tiene lugar antes de la fiesta de la Asunción, no es sino la expresión de la fe del pueblo cristiano en la especial participación de la Madre de Dios en la Resurrección y en la Gloria de su propio Hijo. Desde los primerisimos años, mi devoción mariana estuvo relacionada estrechamente con la dimensión cristológica. En esta dirección me iba educando el santuario de Kalwaria.



Un capítulo aparte es Jasna Góra, con su icono de la Señora Negra.


 La Virgen de Jasna Góra es desde hace siglos venerada como Reina de Polonia. Éste es el santuario de toda la nación. De su Señora y Reina la nación polaca ha buscado durante siglos, y continúa buscando, el apoyo y la fuerza para el renacimiento espiritual. Jasna Góra es lugar de especial evangelización. Los grandes acontecimientos de la vida de Polonia están siempre de alguna manera ligados a este sitio; sea la historia antigua de mi nación, sea la contemporánea, tienen precisamente allí su punto de más intensa concentración, sobre la colina de Jasna Góra.

Cuanto he dicho pienso que explica suficientemente la devoción mariana del actual Papa y, sobre todo, Su actitud de total abandono en María, ese Totus Tuus.”

Otro destino mariano por excelencia, ya como sacerdote, obispo y arzobispo fue el tan querido Santuario de Piekary y las majestuosas peregrinaciones que se sucedían año a año durante el mes de mayo.


Invito visitar posts etiquetados Marianas


jueves, 28 de marzo de 2013

Juan Pablo II : Una existencia «eucarística» aprendida de María



El último Jueves Santo antes de su partida el Beato Juan Pablo II le regalaba  a los sacerdotes su habitual (y última) Carta,  tal como lo venía haciendo desde elcomienzo de su pontificado;  la primera en 1979, las excepciones en 1980 y 2003 (*)

Era el Año de la Eucaristía y la Carta la enviaba desde el Policlínico Gemelli,   “enfermo entre los enfermos, uniendo en la Eucaristía mi sufrimiento al de Cristo.”

Esa última Carta a los sacerdotes “el Jueves Santo, día del amor de Cristo llevado « hasta el extremo » (Jn 13, 1), día de la Eucaristía, día de nuestro sacerdocio” terminaba con un apartado en dos párrafos dedicados a su amadísima Madre Maria y a su estrecha relación con la Eucaristía.

“ Como he recordado en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia (cf. nn. 53-58), la Santísima Virgen tiene una relación muy estrecha con la Eucaristía. Lo subrayan, aun en la sobriedad del lenguaje litúrgico, todas las Plegarias eucarísticas. Así, en el Canon romano se dice: «Reunidos en comunión con toda la Iglesia, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor». En las otras Plegarias eucarísticas, la veneración se transforma en imploración, como, por ejemplo, en la Anáfora II: «Con María, la Virgen Madre de Dios [...], merezcamos [...] compartir la vida eterna».
Al insistir en estos años, especialmente en la Novo millennio ineunte (cf. nn. 23 ss.) y en la Rosarium Virginis Mariae (cf. nn. 9 ss.), sobre la contemplación del rostro de Cristo, he indicado a María como la gran maestra. En la encíclica sobre la Eucaristía la he presentado también como «Mujer eucarística» (cf. n. 53). ¿Quién puede hacernos gustar la grandeza del misterio eucarístico mejor que María? Nadie cómo ella puede enseñarnos con qué fervor se han de celebrar los santos Misterios y cómo hemos estar en compañía de su Hijo escondido bajo las especies eucarísticas. Así pues, la imploro por todos vosotros, confiándole especialmente a los más ancianos, a los enfermos y a cuantos se encuentran en dificultad. En esta Pascua del Año de la Eucaristía me complace hacerme eco para todos vosotros de aquellas palabras dulces y confortantes de Jesús: « Ahí tienes a tu madre » (Jn 19, 27).


 (*) En 1980 la Carta Dominicae Cenae dedicada a todos los Obispos de la Iglesia sobre el Misterio y el Culto de la Eucaristía 

El jueves Santo del 2003 la Encíclica Ecclesia de Eucharistia sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia.

Su última Carta a los sacerdotes fue efectivamente en el 2005 – Año de la Eucaristía, pero además al Año de la Eucaristía octubre 2004/octubre 2005  había dedicado su Carta ApostólicaMane Nobiscum Domine  dirigida al Clero y a los fieles. 

viernes, 18 de enero de 2013

Juan Pablo II: el Papa de la Misericordia (2)


Maria conoce a fondo el misterio de la Misericordia



 “Nadie ha experimentado, como la Madre del Crucificado el misterio de la cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: el « beso » dado por la misericordia a la justicia.104 Nadie como ella, María, ha acogido de corazón ese misterio: aquella dimensión verdaderamente divina de la redención, llevada a efecto en el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre, junto con su « fiat » definitivo.

María pues es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la misericordia: Virgen de la misericordia o Madre de la divina misericordia; en cada uno de estos títulos se encierra un profundo significado teológico, porque expresan la preparación particular de su alma, de toda su personalidad, sabiendo ver primeramente a través de los complicados acontecimientos de Israel, y de todo hombre y de la humanidad entera después, aquella misericordia de la que « por todas la generaciones » 105 nos hacemos partícipes según el eterno designio de la Santísima Trinidad.”

(Dives in misericordia n.9) 

miércoles, 15 de agosto de 2012

Juan Pablo II : Maria y la mujer




En la clausura del Año Mariano, el 15 de agosto de 1988,  solemnidad de la Asunción de la Virgen María,   en el decimo año de su Pontificado,  el Beato Juan Pablo firmaba su CartaApostólica Mulieris Dignitatem sobre la dignidad y la vocación de la mujer y nos invitaba a reflexionar y meditar sobre la «Theotókos», su Madre, su todo, su Totus Tuus, sobre  “Aquella «plenitud de gracia» concedida a la Virgen de Nazaret, en previsión de que llegaría a ser «Theotókos», que significa al mismo tiempo la plenitud de la perfección de lo «que es característico de la mujer», de «lo que es femenino». 

Nos encontramos aquí – decía Juan Pablo II -  en cierto sentido, en el punto culminante, el arquetipo de la dignidad personal de la mujer. Cuando María, la «llena de gracia», responde a las palabras del mensajero celestial con su «fiat», siente la necesidad de expresar su relación personal ante el don que le ha sido revelado diciendo: «He aquí la esclava del Señor» (Lc 1, 38). A esta frase no se la puede privar ni disminuir de su sentido profundo, sacándola artificialmente del contexto del acontecimiento y de todo el contenido de la verdad revelada sobre Dios y sobre el hombre….. De hecho, este Hijo, que es el verdadero y consubstancial «Hijo del Altísimo», dirá muchas veces de sí mismo, especialmente en el momento culminante de su misión: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 45)”. 

“En Muglieris Dignitatis  Juan Pablo II  nos entrega su doctrina más original e innovadora respecto de la mujer. Aquí el servir es identificado con reinar, y audazmente se le devuelve a la mujer la autenticidad de su ser, para nada relegado a posiciones subalternas, sino elevado a factor de salvación de lo humano, pues toda mujer está llamada de alguna manera, igual que María, Theotókos, madre de Dios, alumbrando en la tierra todo lo que espiritualice lo  material y haga a la vez visible concretamente lo espiritual” *(Delbosco)

En Cruzando el Umbral de la Esperanza Vittorio Messori le presentaba al Papa la pregunta:  En la Carta apostólica con el significativo título de Mulieris dignitatem («La dignidad de la mujer»), Usted ha mostrado entre otras cosas cómo el culto católico por una Mujer, María, no es en absoluto irrelevante en lo que se refiere a la cuestión femenina.

Y el Papa respondía:
“…. Este culto no es sólo una forma de devoción o piedad, sino también una actitud. Una actitud respecto a la mujer como tal. Todo lo que escribí sobre
el tema en la Mulieris dignitatem lo llevaba en mí desde muy joven, en
cierto sentido desde la infancia. Quizá influyó en mí también el ambiente de
la época en que fui educado, que estaba caracterizado por un gran respeto y
consideración por la mujer, especialmente por la mujer-madre”.

En la Conclusión de la Carta apostólica el Papa en nombre de la Iglesia”expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del «genio» femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina. La Iglesia pide, al mismo tiempo, que estas inestimables «manifestaciones del Espíritu» (cf. 1 Cor 12, 4 ss.), que con grande generosidad han sido dadas a las «hijas» de la Jerusalén eterna, sean reconocidas debidamente, valorizadas, para que redunden en común beneficio de la Iglesia y de la humanidad, especialmente en nuestros días. Al meditar sobre el misterio bíblico de la «mujer», la Iglesia ora para que todas las mujeres se hallen de nuevo a sí mismas en este misterio y hallen su «vocación suprema». Que María, que «precede a toda la Iglesia en el camino de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo»,(63) nos obtenga también este «fruto» en el Año que le hemos dedicado, en el umbral del tercer milenio de la venida de Cristo.”

*La visión de la mujer en el pensamiento de Juan Pablo II – Maria Paola Scarinci de Delbosco) 

Invito visitar post Mulieris Dignitatem 20 años




jueves, 17 de mayo de 2012

Juan Pablo II y San Luis Maria Grignion de Monfort

María, «obra maestra del Altísimo, milagro de la Sabiduría eterna» 

El magisterio del Papa Juan Pablo II trasluce y contagia un profundo amor filial y devocion a Maria.  Guiado por su padre en la natal Wadowice Karol comenzó a  peregrinar de niño al cercano Santuario mariano de KalwariaZebrzydowska 


peregrinaciones que luego continuaron con  compañeros de escuela y amigos.   

Con ocasion del IV centenario  del Santuario el 19 de agosto de 2002 (su última visita a Polonia), en su homilía el Santo Padre  abria su corazon dando testimonio de su intima y antigua union  al Santuario: “Vengo hoy a este santuario como peregrino, como venía cuando era niño y en edad juvenil. Me presento ante la Virgen de Kalwaria al igual que cuando venía como obispo de Cracovia para encomendarle los problemas de la archidiócesis y de quienes Dios había confiado a mi cuidado pastoral. Vengo aquí y, como entonces, repito:  Dios te salve, Reina y Madre de misericordia.”

Enraizada tempranamente esta amistad mariana se fue perfilando en la persona de Karol Wojtyla como estudiante, obrero, sacerdote y finalmente como pastor para quedar  plasmada en  su escudo episcopal Totus Tuus (*) inspirándose para ello en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort”   (Don y Misterio

En Cruzando el Umbral de la Esperanza el Papa Juan Pablo II  en breves palabras nos confia esta entrega de su persona simbolizada en su lema:

Totus Tuus. Esta fórmula no tiene solamente un carácter piadoso, no es una simple expresión de devoción: es algo más. La orientación hacia una devoción tal se afirmó en mí en el período en que, durante la Segunda Guerra Mundial, trabajaba de obrero en una fábrica. En un primer momento me había parecido que debía alejarme un poco de la devoción mariana de la infancia, en beneficio de un cristianismo cristocéntrico. Gracias a san Luis Grignon de Montfort comprendí que la verdadera devoción a la Madre de Dios es, sin embargo, cristocéntrica, más aún, que está profundamente radicada en el Misterio trinitario de Dios, y en los misterios de la Encarnación y la Redención. Así pues, redescubrí con conocimiento de causa la nueva piedad mariana, y esta forma madura de devoción a la Madre de Dios me ha seguido a través de los años: sus frutos son la Redemptoris Mater y la Mulieris dignitatem.


Con ocasion de la Fiesta de la Inmaculada Concepcion el 8 de diciembre de 2003, celebrándose un nuevo aniversario de  la aparición del Tratado de la verdadera devoción a la santísima Virgen de San Luis María Grignion de Montfort el Papa Juan Pablo II le dirige una carta a la familia monfortiana  confirmando su espiritu mariano anclado en Jesucristo :

“Hace ciento sesenta años se publicaba una obra destinada a convertirse en un clásico de la espiritualidad mariana. San Luis María Grignion de Montfort compuso el Tratado de la verdadera devoción a la santísima Virgen a comienzos del año 1700, pero el manuscrito permaneció prácticamente desconocido durante más de un siglo. Finalmente, en 1824 fue descubierto casi por casualidad, y en 1843, cuando se publicó, tuvo un éxito inmediato, revelándose como una obra de extraordinaria eficacia en la difusión de la "verdadera devoción" a la Virgen santísima. A mí personalmente, en los años de mi juventud, me ayudó mucho la lectura de este libro, en el que "encontré la respuesta a mis dudas", debidas al temor de que el culto a María, "si se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo" (Don y misterio, BAC 1996, p. 43). Bajo la guía sabia de san Luis María comprendí que, si se vive el misterio de María en Cristo, ese peligro no existe. En efecto, el pensamiento mariológico de este santo "está basado en el misterio trinitario y en la verdad de la encarnación del Verbo de Dios" (ib.).

Internándonos en la trayectoria mariana del Papa Juan Pablo II quizas deberiamos ahondar también en la vida y obra de San Luis Maria Grignion de Monfort, inspirador definitivo y maduro de su devocion a la Madre de Dios.  Para ello invito visitar la página oficial de "La Compañía de María  (conocida también con el nombre de "Misioneros Monfortianos"), quienes allí declaran su cristianismo cristocéntrico a Jesús por Maria: “ El carácter mariano de la Compañía es un valor esencial de nuestra Congregación. María no está presente de manera accidental en la vida de los misioneros: la devoción a María es parte integrante de su vida espiritual y de su apostolado. La «perfecta consagración» a Jesús por María es el acto más significativo del carácter mariano de nuestra inspiración."

Por otra parte invito leer en la páginaoficial la fascinante historia personal de  este “Incomparable cantor y discípulo de la Madre del Salvador, a quien celebra como la que guía seguramente hacia Cristo: «Si establecemos la sólida devoción a la santísima Virgen, es sólo para establecer más perfectamente la de Jesucristo y ofrecer un medio fácil y seguro para encontrar al Señor»” (Juan Pablo II a la familiamonfortiana 1997, con ocasión de los 50 años de la canonización de su fundador) 

Allí mismo en el sitio de losmisioneros monfortianos se ofrece generosamente las Obras Completas de San Luis Maria Grignion de Monfort para consulta libre. 


 (*) abreviatura de la forma más completa de la consagración a la Madre de Dios, que dice: Totus tuus ego sum et omnia mea Tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor Tuum, Maria)