Todos
somos conscientes en cierta manera de que no es posible llenar la medida total
de la justicia en la transitoriedad de este mundo. Las palabras oídas tantas
veces “no hay justicia en este mundo”, quizá sean fruto de un simplicismo
demasiado fácil. Si bien hay en ellas también un principio de verdad profunda.
En un cierto
modo la justicia es más grande que el hombre, más grande que las dimensiones de
su vida terrena, más grande que las posibilidades de establecer en esta vida
relaciones plenamente justas entre todos los hombres, los ambientes, la
sociedad y los grupos sociales, las naciones, etc. Todo hombre vive y muere con
cierta sensación de insaciabilidad de justicia porque el mundo no es capaz de
satisfacer hasta el fondo a un ser creado a imagen de Dios, ni en lo profundo
de la persona ni en los distintos aspectos de la vida humana. Y así, a través
de este hambre de justicia el hombre se abre a Dios que “es la justicia misma”.
Jesús en el
sermón de la montaña lo ha dicho de modo claro y conciso con estas palabras:
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán
hartos” (Mt 5, 6).
Con este sentido
evangélico de la justicia ante los ojos, debemos considerarla al mismo tiempo
dimensión fundamental de la vida humana en la tierra: la vida del hombre, de la
sociedad, de la humanidad. Esta es la dimensión ética. La justicia es principio
fundamental del la existencia y coexistencia de los hombres, como asimismo de
las comunidades humanas, de las sociedades y los pueblos. Además, la justicia
es principio de la existencial de la Iglesia en cuanto Pueblo de Dios, y
principio de coexistencia de la Iglesia y las varias estructuras sociales, en
particular el Estado y también las Organizaciones Internacionales. En este
terreno extenso y diferenciado, el hombre y la humanidad buscan continuamente
justicia; es éste un proceso perenne y una tarea de importancia suma.
A lo largo de
los siglos la justicia ha ido teniendo definiciones más apropiadas según las
distintas relaciones y aspectos. De aquí el concepto de justicia conmutativa,
distributiva, legal y social. Todo ello es testimonio de cómo la justicia tiene
una significación fundamental en el orden moral entre los hombres en las
relaciones sociales e internacionales. Puede decirse que el sentido mismo de la
existencia del hombre sobre la tierra está vinculado a la justicia. Definir
correctamente “cuanto se debe” a cada uno por parte de todos y, al mismo
tiempo, a todos por parte de cada uno, “lo que se debe” (debitum)
al hombre de parte del hombre en los diferentes sistemas y relaciones, definirlo
y, sobre todo, ¡llevarlo a efecto!, es cosa grande por la que vive una nación y
gracias a la cual su vida tiene sentido.
A través de los
siglos de existencia humana sobre la tierra es permanente, por ello, el
esfuerzo continuo y la lucha constante por organizar con justicia el conjunto
de la vida social en sus aspectos varios. Es necesario mirar con respeto los
múltiples programas y la actividad, reformadora a veces, de las distintas
tendencias y sistemas. A la vez es necesario ser conscientes de que no se trata
aquí sobre todo de los sistemas, sino de la justicia y del hombre. No puede ser
el hombre para el sistema, sino que debe ser el sistema para el hombre. Por
ello hay que defenderse del anquilosamiento del sistema. Estoy pensando en los
sistemas sociales, económicos, políticos y culturales que deben ser sensibles
al hombre y a su bien integral; deben ser capaces de reformarse a sí mismos y
reformar las propias estructuras según las exigencias de la verdad total acerca
del hombre. Desde este punto de vista hay que valorar el gran esfuerzo de
nuestros tiempos que tiende a definir y consolidar “los derechos del hombre” en
la vida de la humanidad de hoy, de los pueblos y Estados.
(de laAudiencia General del Papa Juan Pablo II del 8 de noviembre de 1978)


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