Si bien es de
apreciar todo intento sincero y prudente de clarificar el misterio psicológico
y teológico del pecado, la
Iglesia, sin embargo, tiene el deber de recordar a todos los
estudiosos de esta materia, por un lado, la necesidad de ser fieles a la Palabra de Dios que nos
instruye también sobre el pecado; y, por el otro, el riesgo que se corre de
contribuir a atenuar más aún, en el mundo contemporáneo, el sentido del pecado….
….Sin embargo,
sucede frecuentemente en la historia, durante períodos de tiempo más o menos
largos y bajo la influencia de múltiples factores, que se oscurece gravemente
la conciencia moral en muchos hombres. «¿Tenemos una idea justa de la
conciencia?» —preguntaba yo hace dos años en un coloquio con los fieles— . «¿No
vive el hombre contemporáneo bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia, de
una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una
"anestesia" de la conciencia?»[97]. Muchas señales indican que en nuestro
tiempo existe este eclipse, que es tanto más inquietante, en cuanto esta
conciencia, definida por el Concilio como «el núcleo más secreto y el sagrario
del hombre»[98], está «íntimamente unida a la libertad del
hombre (...). Por esto la conciencia, de modo principal, se encuentra en la
base de la dignidad interior del hombre y, a la vez, de su relación con Dios»[99]. Por lo tanto, es inevitable que en esta
situación quede oscurecido también el sentido del pecado,
que está íntimamente unido a la conciencia moral, a la búsqueda de la verdad, a
la voluntad de hacer un uso responsable de la libertad. Junto a la conciencia
queda también oscurecido el sentido de Dios, y entonces, perdido
este decisivo punto de referencia interior, se pierde el sentido del pecado. He
aquí por qué mi Predecesor Pío XII, con una frase que ha llegado a ser casi
proverbial, pudo declarar en una ocasión que «el pecado del siglo es la pérdida
del sentido del pecado»[100].
¿Por qué este
fenómeno en nuestra época? Una mirada a determinados elementos de la cultura
actual puede ayudarnos a entender la progresiva atenuación del sentido del
pecado, debido precisamente a la crisis de la conciencia y del sentido de Dios
antes indicada.
El «secularismo»
que por su misma naturaleza y definición es un movimiento de ideas y
costumbres, defensor de un humanismo que hace total abstracción de Dios, y que
se concentra totalmente en el culto del hacer y del producir, a la vez que
embriagado por el consumo y el placer, sin preocuparse por el peligro de
«perder la propia alma», no puede menos de minar el sentido del pecado. Este
último se reducirá a lo sumo a aquello que ofende al hombre. Pero precisamente
aquí se impone la amarga experiencia a la que hacía yo referencia en mi primera
Encíclica, o sea que el hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este
mundo acabará por volverse contra el hombre[101]. En realidad, Dios es la raíz y el fin
supremo del hombre y éste lleva en sí un germen divino[102]. Por ello, es la realidad de Dios la que
descubre e ilumina el misterio del hombre. Es vano, por lo tanto, esperar que
tenga consistencia un sentido del pecado respecto al hombre y a los valores
humanos, si falta el sentido de la ofensa cometida contra Dios, o sea, el
verdadero sentido del pecado.
Se diluye este
sentido del pecado en la sociedad contemporánea también a causa de los
equívocos en los que se cae al aceptar ciertos resultados de la ciencia humana.
Así, en base a determinadas afirmaciones de la psicología, la preocupación por
no culpar o por no poner frenos a la libertad, lleva a no reconocer jamás una
falta. Por una indebida extrapolación de los criterios de la ciencia
sociológica se termina —como ya he indicado— con cargar sobre la sociedad todas
las culpas de las que el individuo es declarado inocente. A su vez, también una
cierta antropología cultural, a fuerza de agrandar los innegables
condicionamientos e influjos ambientales e históricos que actúan en el hombre,
limita tanto su responsabilidad que no le reconoce la capacidad de ejecutar verdaderos
actos humanos y, por lo tanto, la posibilidad de pecar.
Disminuye
fácilmente el sentido del pecado también a causa de una ética que deriva de un
determinado relativismo historicista. Puede ser la ética que relativiza la
norma moral, negando su valor absoluto e incondicional, y negando,
consiguientemente, que puedan existir actos intrínsecamente ilícitos,
independientemente de las circunstancias en que son realizados por el sujeto.
Se trata de un
verdadero «vuelco o de una caída de valores morales» y «el problema no es sólo
de ignorancia de la ética cristiana», sino «más bien del sentido de los
fundamentos y los criterios de la actitud moral»[103]. El efecto de este vuelco ético es también
el de amortiguar la noción de pecado hasta tal punto que se termina casi
afirmando que el pecado existe, pero no se sabe quién lo comete.
Se diluye
finalmente el sentido del pecado, cuando éste —como puede suceder en la enseñanza
a los jóvenes, en las comunicaciones de masa y en la misma vida familiar— se
identifica erróneamente con el sentimiento morboso de la culpa o con la simple
transgresión de normas y preceptos legales.
La pérdida del
sentido del pecado es, por lo tanto, una forma o fruto de la negación
de Dios: no sólo de la atea, sino además de la secularista. Si el pecado es
la interrupción de la relación filial con Dios para vivir la propia existencia
fuera de la obediencia a Él, entonces pecar no es solamente negar a Dios; pecar
es también vivir como si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia
diaria. Un modelo de sociedad mutilado o desequilibrado en uno u otro sentido,
como es sostenido a menudo por los medios de comunicación, favorece no poco la
pérdida progresiva del sentido del pecado. En tal situación el ofuscamiento o
debilitamiento del sentido del pecado deriva ya sea del rechazo de toda
referencia a lo trascendente en nombre de la aspiración a la autonomía
personal, ya sea del someterse a modelos éticos impuestos por el consenso y la
costumbre general, aunque estén condenados por la conciencia individual, ya sea
de las dramáticas condiciones socio-económicas que oprimen a gran parte de la
humanidad, creando la tendencia a ver errores y culpas sólo en el ámbito de lo
social; ya sea, finalmente y sobre todo, del oscurecimiento de la idea de la
paternidad de Dios y de su dominio sobre la vida del hombre.
Incluso en el
terreno del pensamiento y de la vida eclesial algunas tendencias favorecen
inevitablemente la decadencia del sentido del pecado. Algunos, por ejemplo,
tienden a sustituir actitudes exageradas del pasado con otras exageraciones;
pasan de ver pecado en todo, a no verlo en ninguna parte; de acentuar demasiado
el temor de las penas eternas, a predicar un amor de Dios que excluiría toda
pena merecida por el pecado; de la severidad en el esfuerzo por corregir las
conciencias erróneas, a un supuesto respeto de la conciencia, que suprime el
deber de decir la verdad. Y ¿por qué no añadir que la confusión,
creada en la conciencia de numerosos fieles por la divergencia de opiniones y
enseñanzas en la teología, en la predicación, en la catequesis, en la dirección
espiritual, sobre cuestiones graves y delicadas de la moral cristiana,
termina por hacer disminuir, hasta casi borrarlo, el verdadero sentido del
pecado? Ni tampoco han de ser silenciados algunos defectos en la praxis de la Penitencia sacramental:
tal es la tendencia a ofuscar el significado eclesial del pecado y de la
conversión, reduciéndolos a hechos meramente individuales, o por el contrario,
a anular la validez personal del bien y del mal por considerar exclusivamente
su dimensión comunitaria; tal es también el peligro, nunca totalmente
eliminado, del ritualismo de costumbre que quita al Sacramento su significado
pleno y su eficacia formativa.
Restablecer el
sentido justo del pecado es la primera manera de afrontar la grave
crisis espiritual, que afecta al hombre de nuestro tiempo. Pero el sentido del
pecado se restablece únicamente con una clara llamada a los principios
inderogables de razón y de fe que la doctrina moral de la Iglesia ha sostenido
siempre.
Es lícito
esperar que, sobre todo en el mundo cristiano y eclesial, florezca de nuevo un
sentido saludable del pecado. Ayudarán a ello una buena catequesis, iluminada
por la teología bíblica de la
Alianza, una escucha atenta y una acogida fiel del Magisterio
de la Iglesia,
que no cesa de iluminar las conciencias, y una praxis cada vez más cuidada del
Sacramento de la Penitencia.
(JuanPablo
II Exhortación apostólica post sinodal Reconciliatio et Paenitentia)
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